jueves, 16 de febrero de 2012

Pompeya: una mujer, una nube extraña y un aragonés tozudo


Una mujer abandona la casa de sus amos.

Estamos en el año 832 desde la fundación de Roma, el séptimo día antes de las calendas de septiembre. Con el tiempo, de esta palabra, "calendas", derivará "calendario"; pero falta mucho para ello. Centrémonos.

Vivimos, así pues, el 24 de agosto del año 79 d.C., y nuestra protagonista habita en la región de Campania, una zona privilegiada, lugar de vacaciones para la nobleza romana, fecunda en ricas fincas y propiedades, con una tierra fértil, playas de aguas cálidas y un clima agradable. Está salpicada por pequeñas poblaciones y cuenta con una gran urbe, Neapolis (Nápoles).



La mujer abandona, decíamos, la casa de sus amos. Es una esclava de 43 años, a la que se le advierten los muchos años de trabajo por su andar cansino. Se sabe afortunada; tiene unos dueños amables y justos, y ha sido lo bastante poco agraciada como para que los hombres no le incomodaran salvo en un par de ocasiones. Lleva una vida tranquila y tiene varias amigas en casa. Como Alia, la esclava que sabe leer, hija que fue de un pequeño propietario empobrecido. Alia es hermosa y más joven, la pobre. El hijo del amo la solicita a menudo en su lecho.

Podría ser peor, piensa. Podría haberle obligado a ponerse la toga corta oscura y la peluca rubia, para así ganar dinero con ella. Habría sido una "triviae", una prostituta de baja estofa que ofrece "los tres servicios". La mujer no puede evitar estos pensamientos mientras recorre las calles de una ciudad en la que hay más prostíbulos que panaderías. Muchos de los anuncios que jalonan las paredes son bastante explícitos respecto del servicio que se ofrece.

Casi a diario, Alia le acompaña en el paseo, y con su ayuda escudriña los carteles. Les gusta estar al día de las novedades, y a menudo se escandalizan con ciertos anuncios y proclamas. La ciudad bulle de gente; y en esta época del año aun más. Hay multitud de anuncios proponiendo alquileres durante el verano (sigue habiendo habitaciones disponibles, a pesar de lo avanzada que está la temporada), y se anuncian juegos próximos en ésta y otras ciudades cercanas. En ellos se puede leer al final la fórmula "qua dies permittat" (si el tiempo lo permite) ¿Les suena?

Por toda la ciudad hay restos humeantes de la fiesta de anoche, la "vulcanalia", la fiesta en honor a Vulcano, el dios del fuego.

Sin embargo, con sus ojos de mujer mayor, nuestra protagonista sabe leer la decadencia en una grieta no reparada, en un local abandonado, en las hogueras vulcanalias aun sin limpiar o en los burdeles medio llenos. La mujer hace memoria: la mañana del 5 de febrero del 62 la tierra se agitó con fuerza y destruyó buena parte de la ciudad. Hubo cientos de muertos, y las obras de reparación no han acabado 17 años después. Se percibe que la región vive un periodo de declive económico evidente, y la tierra se agita para recordarlo. En el 64 hubo otro pequeño temblor; se cuenta que el sátrapa Nerón se encontraba recitando en Nápoles cuando le sorprendió el terremoto. Era la primera vez que ejecutaba una canción en público, y demostró valor al continuar con su representación. Cuando salió del teatro, éste se derrumbó. 

Es la hora quinta. La mujer debe darse prisa, pronto hará mucho calor.

Es una incomodidad lo que está pasado con el agua, piensa. Llevan varios días sufriendo temblores, y hace dos, inexplicablemente, el Aqua Augusta, el acueducto que abastece de agua la ciudad, se ha secado. Las autoridades no saben por qué.

La mujer se detiene a observar el muro de una casa; hay elecciones próximamente, y la pared está repleta de carteles electorales de color rojo. Lo normal es que un equipo de tres personas intervengan en su elaboración; uno blanquea la pared y otro realiza el cartel con una letra cuidada. El tercero alumbra y vigila si es de noche; las calles no siempre son seguras. Se emplean todo tipo de argucias durante la campaña: en ocasiones, los seguidores de un candidato intentan tapar los carteles de su adversario; y se han visto carteles en los que prostitutas apoyaban a una persona. Es seguro que son falsos, obra de sus oponentes. Lo cierto es que ninguno de los candidatos ha podido explicar lo que sucede con el agua, ni ha propuesto soluciones. (No como en nuestros tiempos, lector, en los que contamos con grandes políticos prestos a encontrar soluciones).  

La mujer piensa en todo esto mientras retoma su camino y pasa junto a una plaza, con una fuente seca.

La mujer se acerca a una de las puertas de la ciudad, sorprendida por el ruido. De repente, todos los perros de la ciudad se han puesto a aullar a la vez. Los caballos están inquietos, con ansia por salir a campo abierto; a los jinetes les cuesta dominarlos. ¿Qué está pasando? En los cielos, grandes bandadas de pájaros se dirigen al norte.

Sale de la ciudad y pronto deja atrás una necrópolis. Ya es la hora sexta y el astro sol brilla en lo más alto. (De esta hora "sexta", que marcaba el mediodía, procede nuestra palabra "siesta"). Frente al bullicio de la ciudad, la campiña ofrece silencio. Todavía debe caminar un trecho hasta llegar a la finca del amo y recoger la cesta de huevos frescos que le han encargado. La mujer se detiene; algo ha llamado su atención. El silencio tan absoluto. No es normal que ni tan siquiera canten los pájaros. El silencio del campo es más inquietante que el bullicio de la ciudad 

Entonces, sin previo aviso, a sus espaldas, un gigante que llevaba dormido mil años despierta con una explosión descomunal, un ruido imposible que destroza su cima. La mujer observa aterrada la enorme columna de humo que se alza hacia lo más alto. El dios Vulcano se ha manifestado con toda su furia el día posterior a su fiesta. Corre hacia la ciudad en busca de refugio.

Corre hacia Pompeya.

Es la una de la tarde del 24 de agosto del 79 d.C.




Una nube extraña se divisa desde Miseno, a unos 35 kilómetros al norte. Son las dos de la tarde. Dos personas extraordinarias son testigos del suceso: Plinio el viejo y su sobrino, Plinio el joven, abogado, escritor y científico. 

Este último nos describe la erupción con detalle en una carta dirigida al historiador Tácito: "la nube mostraba un aspecto y una forma que recordaba más a un pino que a ningún otro árbol. Pues tras alzarse a gran altura como si fuese el tronco de un árbol larguísimo, se abría como en ramas; yo imagino que esto era porque había sido lanzada hacia arriba por la primera erupción; luego, cuando la fuerza de ésta había decaído, debilitada o incluso vencida por su propio peso, se disipaba a lo ancho, a veces de un color blanco, otras sucio y manchado a causa de la tierra o cenizas que transportaba". Plinio describe terremotos, cómo el cielo se oscurece como si fuera de noche y la mar se ve sacudida por maremotos.

¿Exactamente, qué está describiendo Plinio?

El volcán Vesubio es uno de los 12 volcanes más peligrosos del mundo (otros de la lista son el Teide en Canarias, o el Galeras en Pasto, Colombia), y el único que mostró actividad en la parte continental de Europa durante el siglo XX. En sus laderas viven en la actualidad unos tres millones de personas, siendo la zona volcánica más densamente poblada del mundo.

El año 79 el Vesubio había dado indicios de una erupción inminente, pero los habitantes de la zona ni tan siquiera sabían que era un volcán. De hecho, llevaba mil años sin apenas actividad. Demasiado tiempo callado, demasiada energía acumulada.

La mañana del 24, hacia las 9, la cámara de lava comienza a enviar magma y gases ardientes en dirección a la cima del volcán. Cuatro horas más tarde la montaña no soporta la presión, y explosiona con la fuerza de 100 bombas nucleares. Durante 19 horas se liberan 4 km3 de ceniza y roca a la atmósfera, formando una nube en forma de hongo que alcanza los 30.000 metros de altitud, tres veces la altura a la que vuela un avión. Cuando la ardiente nube piroclástica finalmente colapsa, arrasa con todo lo que hay en un radio de 20 kilómetros. El viento sopla en dirección sureste, y se ven afectadas las ciudades de Herculiano, Oplontis, Pompeya y Stabiae.




Herculiano está situada de manera que no recibe tanto la acometida de gases como una corriente de fango ardiente, que la sepulta a 15 metros de profundidad. Una mayoría de sus habitantes tuvieron tiempo de evacuar la ciudad. Posiblemente, la presión del fango y la lava, algo realmente tangible, les obligó a salir corriendo, sin preocuparse por salvar  enseres ni riquezas. Se han encontrado en Herculiano unos 300 cadáveres, aunque esta cantidad es sólo estimativa. Es seguro que debieron de fallecer muchos más.

En Pompeya sin embargo las cosas sucedieron de otra manera. La ciudad sí recibió la acometida de cenizas, piedras y, sobre todo, gases nocivos provenientes del volcán. Se piensa que la mayoría de los 2.000 muertos encontrados fallecieron por asfixia al respirar los vapores nocivos. Buscaron refugio en sus casas, y ello fue su perdición. A esto hay que sumar el derrumbe de techos, las altas temperaturas (la nube piroplástica alcanzo temperaturas de 350 grados) o la constante lluvia de ceniza pumítica blanca, que debía introducirse en los pulmones. El polvo volcánico enterró la ciudad a una profundidad de unos seis metros.

Cuando todo acabó, Pompeya no existía, la erupción cambió el curso del río Sarno y levantó la playa. Con el tiempo se olvidó su emplazamiento.


Un aragonés tozudo entra en escena. Es casi un desconocido. Su nombre: Roque Joaquín de Alcubierre, ingeniero. Y es el verdadero descubridor de Pompeya.




Roque nació en agosto de 1702 en Zaragoza, y en junio de 1734, con 32 años, aprovecha la victoria de Montemar para buscar fama y fortuna como ingeniero militar en Nápoles, ahora territorio español. Desde 1736 trabaja en las obras de ampliación del palacio real de Portici y en encargos relacionados con la conducción de aguas 

Dos años más tarde, ya capitán ingeniero, hizo amistad con un cirujano llamado Giovanni de Angelis, quien le confesó los muchos restos arqueológicos que se encontraban por la zona. Además, supo de la existencia del llamado "pozo Nocerino", excavado por el príncipe de Elbeuf en 1720 mientras buscaba mármoles para su casa; un lugar en el que se habían encontrado cimientos de edificios antiguos. Con una intuición que lo acompañó el resto de su vida, Roque pensó que había grandes descubrimientos esperando a ser desenterrados, e informó a sus superiores.

El propio monarca Carlos III, un hombre culto, se mostró entusiasmado con la idea, compró los terrenos al príncipe de Elbeuf y, en una Real Orden fechada el 13 de octubre de 1738, encargó a nuestro zaragozano que comenzase de inmediato las excavaciones en el pozo Nocerino. Claro que, como suele ser norma en España, los medios con los que contaba no eran como para hacerse muchas ilusiones: tres obreros con sus picos y palas. Pero pronto Roque encontró el muro de un templo romano, y el monarca, muy motivado, puso a su cargo a quince obreros más.

El problema es que Alcubierre no era arqueólogo (en esa época la arqueología era una ciencia por nacer), y su formación de ingeniero militar le llevaba a excavar profundas galerías, oscuras y mal ventiladas, y muy peligrosas. A pesar de todo, las excavaciones avanzaron a buen ritmo y con grandes resultados, hasta que se encontró una inscripción: no se encontraban en un templo de Pompeya, sino en el teatro de Herculiano.



La mítica ciudad de Herculiano, que Plinio el joven había citado en una carta a Tácito unos 1650 años antes, y que había desaparecido de la historia, volvía a ver la luz. Su teatro, la basílica, esculturas, adornos y frescos. Todo en un estado de conservación asombrosamente bueno.

El importante hallazgo, que confirmaba el descubrimiento de los restos de una de las ciudades mencionadas en los textos de Plinio el Joven, alimentó aún más el entusiasmo de Alcubierre. Una galería tras otra, piezas de distinta índole se iban sucediendo sin descanso: esculturas de mármol y bronce, pequeños utensilios y, finalmente, bellísimas pinturas. Pero el trabajo bajo tierra, en esas oscuras galerías subterráneas viciadas por el humo de las lámparas, minó la salud de Roque Joaquín de Alcubierre, y tuvo que retirarse a Nápoles durante cuatro años, entre 1741 y 1745. Perdió casi toda su dentadura y se quedó prácticamente ciego.

Más tarde, algo recuperado, Roque Joaquín Alcubierre supo que se habían encontrado algunas pieza de interés en un terreno situado a varios kilómetros de allí. El ingeniero aragonés comenzó a excavar en aquella zona en 1748. De nuevo una inscripción hallada en 1763 confirmó que había encontrado Pompeya.

Carlos III no sólo financió las excavaciones; ordenó que se le informase de cada descubrimiento, promovió la publicación de tratados que estudiaran los restos y la fundación de un museo en el que conservar, catalogar y estudiar las piezas. Es importante destacar este hecho: se prohibió que pieza alguna saliera de Nápoles. Sólo hubo una excepción, una pequeña e insignificante caja de semillas, que se conserva en el museo arqueológico nacional de Madrid. Es el único tesoro que Carlos III se trajo de Nápoles.

¿Y Roque Joaquín Alcubierre? Johann Joachim Winckelmann, el verdadero padre de la arqueología, había criticado con dureza los modos de Roque, y empezaron a ser frecuentes los roces con sus subalternos, el suizo Carlos Weber y el romano Francesco de la Vega. Finalmente, nuestro bravo aragonés fue paulatinamente apartado de las excavaciones, y su figura cayó en un olvido insoportable, siendo como es una de las figuras fundamentales en el nacimiento de la arqueología.

Que se sepa: fue Roque Joaquín Alcubierre, zaragozano e ingeniero, quien, arrastrándose bajo tierra durante 42 años, envenenándose con un aire malsano, descubrió los tesoros de Herculiano y Pompeya. 

Antonio Carrillo Tundidor.  

lunes, 6 de febrero de 2012

El llanto de una niña.


Dedicado a Teresa Ruiz de la Parte, una auténtica luchadora por los Derechos humanos y la infancia.

 

Japón, año 2011. Una niña de apenas seis años se encuentra junto a su madre, en un estudio de televisión. Hay mucho público observando el espectáculo en directo. Ambas participan en un concurso que se retransmite a todo el país.

El presentador indica que el tiempo ha comenzado, y la madre se dirige a la hija, hablándole en voz baja, al oído. Las reglas del concurso son claras; las madres no pueden tocar (pegar ni pellizcar) a las niñas, pero pueden decirles cualquier barbaridad que se les ocurra. De repente, la niña rompe a llorar, desconsoladamente. Y todos, la madre, el presentador, el público, aplauden alborozados. El presentador recoge una lágrima de la cara de la niña y la muestra en pantalla. La madre ha sido capaz de hacer llorar a su hija en apenas unos segundos.

Ha ganado el concurso.

La madre, claro.

Algunos se preguntarán; ¿y? ¿Acaso no hay ejemplos mucho peores de abuso de la mujer en el mundo, con niñas obligadas a prostituirse en el sudeste asiático antes de los diez años, respondiendo a la demanda de un turismo sexual asqueroso? ¿No hay miles de niñas que se ven sometidas todos los años a la tortura de la ablación del clítoris, a resultas de la cual muchas mueren por una septicemia? ¿No sería mejor referirse a las mujeres muertas a pedradas por sus propios familiares tras haber sido violadas, para así salvar el "honor familiar"? ¿No es infinitamente peor quemar con ácido el rostro de una joven por negarse a contraer matrimonio con una persona impuesta?

A ello respondo: todo lo anterior es cierto, pero ¿qué posibilidades hay de que alcancemos un grado de dignidad para la mujer y la infancia en el mundo si ni tan siquiera en los países democráticos y socialmente más avanzados somos capaces de acabar con el abuso de menores o mujeres? La pregunta, así planteada, nos conduciría a otra: ¿podemos - o debemos - proteger y protestar por la dignidad de esa niña, a 10.500 kilómetros de distancia, siendo como es ciudadana de un país democrático? ¿Tenemos derecho?

La sociedad japonesa es extremadamente peculiar. Al menos, eso parece desde la perspectiva de un español. En realidad, toda sociedad resulta sorprendente vista desde lejos. La diversidad humana es un reflejo de nuestra complejidad, y lo que para un latino resulta normal, puede aterrar a la sensibilidad de un oriental; y viceversa. Ninguno está en posesión de la verdad. El relativismo es un elemento indisoluble de lo social.

Dicho lo cual, merece la pena detenerse un momento a elucubrar sobre unos mínimos axiológicos inexcusables. Si el relativismo es cierto, que sin duda lo es, ¿no podemos criticar costumbres arraigadas en una cultura sólo por el hecho de que les pertenece, que forman parte de su acervo? ¿Quién puede atribuirse la potestad de decir lo que está mal o bien? ¿Disponemos de algún referente, a escala planetaria, que fije unos valores mínimos de obligado cumplimiento por cualquier sociedad humana?  

En efecto, existe algo así: la Declaración de los Derechos del Hombre de la Organización de Naciones Unidas. Un texto importante; según el libro Guinness de los récords, es el texto traducido a más idiomas, superando hoy día las 340 lenguas. Esta declaración, sin embargo, no tiene rango de Ley ni es de obligado cumplimiento. Tiene, por tanto, una función sólo orientativa respecto de los derechos inherentes al ser humano. Su afianzamiento legal en forma de Tratados Internacionales no se consiguió hasta 1976 (a través de los Pactos Internacionales de Derechos); y ello gracias a obviar asuntos tan espinosos como la pena de muerte, práctica habitual en China, Estados Unidos o Japón.




Pues bien, ¿me creerán si les digo que la ONU ha ejercido una importante presión sobre Japón para que ratificara la Convención sobre eliminación de todas las formas de discriminación contra las mujeres? Tras una enorme presión internacional, Japón suscribió la Convención... ¡en 1985! 



Nos estamos introduciendo en terrenos pantanosos; hay un delicado equilibrio entre la idiosincrasia cultural de un pueblo y el respeto debido a las normas internacionales que protegen los derechos y la dignidad del hombre. Por ejemplo, hay una costumbre muy curiosa y arraigada en Japón: el festival “Naki Sumo” del Templo Senso, en Tokio. Desde hace más de 400 años, enormes luchadores de sumo mantienen a bebés de menos de un año en el aire, y tratan de asustarlos para que empiecen a llorar mientras son observados por los jueces. El niño que dé más gritos y lo haga con mayor fuerza es considerado el ganador. Los padres piensan que esta tradición atraerá buena salud y ahuyentará los malos espíritus. Los niños pasan un mal rato, pero enseguida son consolados por unos padres que quieren lo mejor para ellos. No digo que me parezca bien; pero en mi país a las niñas se les practican agujeros en los lóbulos de las orejas al poco de nacer para que puedan llevar pendientes, y supongo que esto debe resultar doloroso. Los niños se ven involucrados pronto en prácticas, ritos de paso, que los conforman en un entorno cultural, como sucede con la circuncisión judía.

Desde luego, no se trata de una madre que hace lo posible por asustar a su hija y provocar sus lágrimas frente a unas cámaras, con la única intención de ganar un concurso.

Distinto también parece el fenómeno japonés "Cryin Girl", un DVD en el que aparecen jovencitas llorando. Una joven llora tras ser regañada por su jefe, y una famosa modelo lo hace por no soportar el acoso de los paparazzi. Por supuesto, hay jovencitas desconsoladas tras ser abandonadas por su novio. Lo que no hay es hombres adultos llorando.



Lo de las lágrimas y la mujer sumisa en Japón, ¿tiene alguna explicación? 

En la sociedad japonesa el individuo se integra en unas estructuras complejas que forman parte de su yo más profundo. Posiblemente debido a su densidad demográfica, el japonés vive pendiente de respetar el espacio social en su entorno, regulado por normas de comportamiento extremadamente rígidas. Dos amigos se seguirán llamando por sus apellidos, salvo que tengan una relación muy íntima.

Lo importante es evitar la confrontación; los japoneses utilizan el "Sumimasen" (el pedir perdón) constantemente, como fórmula de solventar un mínimo atisbo de malentendido. La armonía se preserva por encima de todo, y los estamentos sociales se imbrican en conexiones de enorme complejidad: familia, trabajo, amigos... todo está íntimamente relacionado en la mente del japonés. Desde pequeños interiorizan un ceremonial relativo a la inclinación que implica una sutileza y complejidad incomprensible para un occidental. Cuando un japonés saluda con una inclinación de su cuerpo, adopta una postura, unos grados de inclinación, que varían sobre la base del mensaje que pretenda enviar.

Para que esta estructura fuertemente jerarquizada funcione resulta imprescindible un cierto sentido de la sumisión. En Japón se denomina "amae" al rol de dependencia que una persona asume frente a otra, admitiendo con ello su deseo de hacerse querer. Hay una figura prototípica: la de la mujer japonesa que se comporta como una niña pequeña, deseosa de ser protegida por su marido. La mujer se comporta en público manifestando su sumisión hacia el marido/padre, caminando incluso unos pasos por detrás de su cónyuge. Es curioso que la palabra "okuscan", esposa, signifique literalmente la persona que está detrás: y que la palabra "shujin", marido, signifique maestro o señor. La cultura "otaku" del dibujo manga está repleta de jovencitas vestidas de colegialas, con faldas muy cortas, y con un aire de candidez significativo. Es una expresión estética del imaginario social y sexual japonés. 

Este comportamiento ha generado serios problemas en la sociedad moderna, como es el caso del "chikan", el acoso de la mujer japonesa en los transportes públicos. El abuso del que son objeto estudiantes de instituto, por parte de hombres que las tocan y violentan, ha obligado a las autoridades a implementar dos vagones en los horarios de máxima afluencia, de 7:30 a 9 de la mañana, en los que sólo pueden viajar mujeres.

La desigualdad que describimos hunde sus causas en una filosofía, un estilo de vida, milenario. Como dijo Confucio: "la mujer debe obedecer a su padre en la juventud, a su marido en la madurez y a su hijo en la vejez". Resulta curioso que, según datos de la ONU, las mujeres japonesas ocupen el tercer lugar en el mundo en cuanto a ingresos y a nivel educativo, pero el número 27 en lo que se refiere a puestos de responsabilidad en política o en la empresa.

Y, sin embargo, las cosas están cambiando.

La presión internacional obligó a Japón a legislar a favor de la igualdad de género, y desde 1992, aproximadamente, se empezaron a ver mujeres conduciendo camiones, pilotando aviones o en el ejército. Las japonesas han ido ganando terreno a la desigualdad.

Lo de los niños también es importante. El gobierno japonés reconoció el abuso infantil como un problema social que debía afrontar ¿Saben cuándo se hizo esta declaración? El año 2.000. ¿Saben cuándo se legisló en Japón el permiso por maternidad? En 1991 ¿No les sorprende lo tardío de las fechas?

Pero hay avances, significativamente estos primeros años del siglo XXI; y resulta fascinante la respuesta que se ha producido por parte del hombre japonés. Ante una mujer más fuerte e independiente, el hombre japonés se ha desentendido del sexo.

Ha sido noticia en todos los periódicos hace apenas unos días: un estudio publicado por la Asociación de la Planificación Familiar de Japón afirma que un 36% de los varones entre los 16 y los 19 años muestra poco o ningún interés hacia el sexo. El varón se ha refugiado en actividades privadas o con amigos, a menudo relacionadas con una vivencia excesiva del fenómeno conocido como "redes sociales"; espacios en la nube de internet en los que las personas interactúan. Un 40% de los japoneses casados no han hecho el amor durante al menos un mes. Además, las mujeres menores de 25 años se manifiestan más preocupadas por sus estudios e independencia en el trabajo. ¿No les parecen datos muy significativos? ¡Pero si a los 16 años apenas queda hueco en la mente del varón para otra cosa!

No cabe duda: a los hombres japoneses les espera un largo proceso de cambio. Deberán acostumbrarse a convivir con mujeres en condiciones de igualdad, y olvidar de su imaginario sexual toda referencia a la sumisión y la humillación. También los padres deberán acostumbrarse a que los hijos no les pertenecen, ni pueden abusar de ellos a su antojo.  

No va a ser fácil, pero sí inevitable. Una sociedad que conquista avances sociales lucha por mantenerlos, incluso aunque deban cambiar hábitos culturales milenarios. A esto lo llamamos civilización.


Acabo;  lo hago yéndome muy lejos de Japón, atravesando el océano Pacífico. Estoy en los EEUU.

Hay un certamen de belleza infantil. Muñecas con vida lucen un bronceado artificial, una sonrisa artificial y lujosos vestidos y joyas. Uñas postizas y fundas en los dientes a los siete años; un negocio que mueve unos 500 millones de dólares anuales a costa de explotar a niñas desde los cinco años. El espectáculo es completo: un reality llamado "Little Miss Perfect" nos muestra lo que el telón esconde: las luchas entre las madres. Todo muy gratificante. 

Me niego a incluir fotos de estas niñas postizas. Las hay por internet, a cientos. Niñas con seis años "perfectas", que lucen pestañas imposibles y llevan lentillas de colores. Criaturas a las que se les está robando la niñez. El año pasado una niña de tres años salió vestida de prostituta; un millón de personas la estaban viendo por televisión. En el estudio todo el mundo se reía. Unos meses antes, otra niña se mostró con un busto y trasero postizo. En mayo de 2011 se mostraron imágenes de una madre inyectando Bótox en el rostro de su hija Britney, de 8 años, para que cuando sonriera no le salieran arrugas. La niña confesó que dolía, pero que se había acostumbrado.

De nuevo: ¿podemos protestar? ¿Estamos legitimados para ello?

En mi caso la respuesta es clara. Ojalá hubiera podido estar presente para impedir a la madre inyectarle Bótox a una niña que no le pertenece. Que no es suya. 




Que por ser niña es de todos. Que por su condición de ser humano merece protección y respeto.

La dignidad de Britney sí es cosa mía.



Antonio Carrillo.

miércoles, 1 de febrero de 2012

El genio del desierto: primera parte




Introito

¿Recuerdan la historia del arqueólogo y el genio del desierto?




 La comencé hace siete meses, y tiempo es de retomarla ¿Por qué de esta larga espera?

Puede sorprenderles, pero encontrar a un genio resulta ser un suceso extraordinario, y creí conveniente corroborar la historia con otros arqueólogos de prestigio. Así, tuve que acudir a profesionales como Alicia Torija, por saber si la historia era fidedigna y, por tanto, podía publicarse en este blog con garantías de verdad.

Alicia, que dirigió el proyecto de excavación en el desierto de Rub al-Jali, me acaba de confirmar punto por punto todo lo que a continuación sigue. Y, apoyado, en tal seguridad, conforme a lo relatado, continúo con la asombrosa historia del genio en el desierto.

Lamento la larga espera. Sólo espero que haya merecido la pena.


  

Primeros reflejos

El genio estuvo callado unos instantes, como pensándose las palabras con cuidado. Mientras tanto, remarcaba con su larga uña los tres círculos en la arena. Cuando habló, lo hizo en voz baja; mi amigo tuvo que acercarse.

- "Esto eres tú. Apenas tres círculos trazados en la arena del desierto. Precisamente por eso eres tan complejo, tan difícil de explicar". 

Mi amigo se sentó a su lado, sin entender lo que le estaba diciendo. El genio no le miraba; tenía los ojos fijos en la arena.

- "Pero no naciste con esta forma - borró dos de los círculos -. Es algo que debo explicarte, y llevará su tiempo. Tendrás que ser paciente. 

Cuando el hombre ve por primera vez la luz, lo hace siendo incompleto. Ninguna criatura nace tan indefensa, tan falta de recursos para la supervivencia. Tan dependiente. Quedan, eso sí, pequeños recuerdos de lo que un día fue un simio, un pequeño mamífero; a estos vestigios remotos los llamamos reflejos primarios.



El reflejo de succión, por ejemplo, te permitió alimentarte del pecho de tu madre. Nadie tuvo que explicarte cómo se hacía. No lo recuerdas, pero también fuiste capaz de sostenerte en pie sobre una camilla, agarrado con una fuerza sorprendente a los dedos del pediatra con unos minutos de vida: es el reflejo de agarre. Hace millones de años, este reflejo te permitió sujetarte al pelo de tu madre mientras se balanceaba de rama en rama. El reflejo de moro te sirve de defensa frente a los imprevistos y las situaciones de peligro. Si tienes hambre o frío, lloras para llamar la atención. Y muy pronto aprendes a sonreír con la "sonrisa de Duchenne", una herramienta poderosa para ganarte el cariño de los adultos, de los que depende tu supervivencia.


Todos estos instintos primarios, así como otras cualidades sorprendentes, como el oído tonal perfecto de Mozart con el que nacen todos los niños, desaparecen con el tiempo para dejar paso a las habilidades más propiamente humanas; aunque, en ocasiones, quedan rescoldos en nuestro cerebro. Y esto puede representar un problema. Alguien en quien el reflejo de moro no está integrado puede manifestar impulsividad, miedo a los ruidos o ansiedad; si lo que se mantiene es el reflejo de agarre puede tocarse compulsivamente la palma de la mano, incomodarle el contacto físico y tener mala letra, por un torpe agarre del bolígrafo ¿A qué se debe esta permanencia de estructuras neuronales vetustas mal integradas en un cerebro sapiens evolucionado? A una enfermedad, quizás, a una desestructuración neuronal por condicionantes externos, a un parto difícil o, simplemente, a que no se le ha permitido al niño gatear lo necesario. Los humanos tenéis la costumbre de menospreciar lo verdaderamente importante: gateáis para ejercitar y modelar el cerebro, para promover la bilateralidad del mismo. Se avanza la rodilla derecha y la mano izquierda, y viceversa, en un ejercicio acompasado que provoca una estimulación cerebral de ambos hemisferios a los pocos meses. Todo comportamiento en estas primeras - y fundamentales - semanas tiene una explicación; y todo niño debe cubrir las mismas etapas en su desarrollo neuronal. Cada uno a su ritmo, cierto; pero conviene que complete su adiestramiento: un niño al que no se le permite gatear (porque no se manche, por ejemplo) manifestará más adelante problemas de piscomotricidad. Nos hacemos gateando, así de simple. Caminar vendrá más tarde, como el habla, o aprender a mentir."

El genio se queda un instante en silencio, y observa el único círculo dibujado en la arena.



- "Fíjate en este círculo. Hay una letra "N" escrita. N de niño. Eres tú, nada más nacer. Con unos pocos reflejos, con hambre y necesidad de afecto. Es asombroso; falto de afecto el humano muere. Esto es hermoso y terrible a la vez. Manifiesta vuestro compromiso esencial con la concordia y la empatía, pero a su vez implica una cruel dependencia del adulto. El niño es consciente desde muy pronto de que necesita de los otros, y hace lo posible por llamar la atención y recabar el afecto que precisa. Está indefenso en un mundo de gigantes a los que no entiende, en un universo de sonidos y aromas, en ocasiones intensos, desagradables. De la comodidad del útero pasa al hambre, al frío y a la soledad consigo mismo. Por eso muy pronto el niño se explora, se toca, se chupa, se reconoce. Se busca. El masaje propiaceptivo es un primer vínculo consigo mismo. El niño debe conocer sus propios límites para luego ser capaz de distinguir lo que no forma parte de él."

El arqueólogo intervino. Estaba impaciente porque el genio avanzara. 

- "Pero todo esto, aunque resulte interesante, no parece algo definitivo. Quiero decir... todos acabamos creciendo, superando la infancia y ocupando un lugar entre los otros. Me prometiste algo único, la clave de la comunicación humana".

El genio apenas se inmutó. 

- "Y te acabaré abriendo los ojos a este milagro. Pero antes, necesito que te conozcas. 'Conócete a ti mismo' es mucho más que una frase ingeniosa en el frontispicio de un templo griego; es una condición inexcusable para llegar a la sabiduría. Porque cuando fuiste esto - y el genio señaló el círculo - te sentiste solo, y tuviste miedo. Y no lo has olvidado. Las experiencias que se marcan en estos primeros meses y años quedan grabadas en lo que llamamos personalidad. Todo lo demás son ropajes; lo que realmente eres proviene de estos primeros instantes."

Entonces, y sin previo aviso, el genio hizo un gesto sobre el círculo, y el arqueólogo desapareció en él.

- "¿Te sientes? Has vuelto al principio. Los sentidos se agudizan día tras día, y todo es confuso. Dedicas casi la totalidad de la energía que ingieres en cambiar las conexiones de tu cerebro, en una tarea de afinación extremadamente compleja. Un cerebro nacido para la música y la tonalidad desaparece porque debe prepararse para recibir el milagro del habla. El oído, un sentido al que no le concedemos demasiada importancia, te permitirá hablar. Piénsalo: no existen los sordomudos; son sordos que no han escuchado la voz de su madre.

Pero, ¿qué te pasa?; sientes la frustración de no poder comunicarte; es muy pronto. Tienes miedo, ¿verdad? No es extraño: vivir no es una tarea sencilla. Implica sufrimiento y pérdida. Es algo que aprendemos pronto. ¿No estábamos mejor en el seno materno? ¿No querríamos volver a él?" 

De nuevo un gesto, y el humano vuelve de su pasado. Está sudando.

- "Aterrador; ¿no es cierto? Y, ¿sabes? Hay algo importante que debes tener en cuenta. Es la primera enseñanza que te aporto." 

El genio se acerca al oído del arqueólogo, y le susurra:

- "No lo olvides jamás: todos los humanos, sin excepción, fueron niños alguna vez. Y todos recordáis, en lo más profundo de vuestra alma, este miedo a quedaros solos, a no ser escuchados. Si alguna vez te sientes intimidado por alguien, procura encontrar en sus ojos el niño que oculta. Si consigues llegar a él, ya no te intimidará jamás. Todo humano es vulnerable."

El hombre adopta una postura fetal, acercándose las rodillas al pecho. No sabe muy bien lo que le pasa, pero ha decidido no interrumpir al genio. Es consciente de que él mismo es el protagonista de la historia; y no está muy seguro de querer oír el resto. Con preocupación observa que el genio dibuja un nuevo círculo en la arena.




La historia, su historia, continúa.  

En el nuevo círculo hay una letra "P". El genio lo observa, un tanto divertido.

- "¿Sabes? Voy a explicarte por qué los movimientos de protesta, como el 15-M, suelen acabar en fracaso".


El sol desciende más lento de lo normal sobre el oeste, como queriendo escuchar también.


Antonio Carrillo.

jueves, 26 de enero de 2012

El ocaso de la cultura

"Cronología del ruido"


Por una vez, en una entrada de este blog habrá poco texto. No hará falta; las imágenes hablarán por sí solas.
El artista Pablo Genovés expone en este preciso momento, en la galería Pilar Serra de Madrid, una muestra de 14 fotografías. En ellas espacios, hoy inmaculados y preservados, rebosantes todos ellos de cultura y civilización, aparecen violados por el caos y el abandono.   
La foto que sirve de portada representa la entrada principal del Louvre mancillada por escombros. Es un fotomontaje, qué duda cabe, pero impacta sobremanera. De alguna manera, representa, manifiesta algo que debemos tener presente: nada es para siempre. Lo que creemos eterno pueden ser ruinas en un futuro no tan lejano. ¿Acaso un ciudadano romano del siglo I no creería eterno el foro por el que paseaba? ¿Cómo respondería a las imágenes de unas pocas columnas y edificios en ruinas, único vestigio del esplendor de su imperio?
Teatros, museos, catedrales…  la cultura es algo vivo, y por tanto frágil.
El tiempo deposita polvo sobre los cuadros, como la nieve de Joyce caía inmisericorde sobre las tumbas y los muertos. Si no los limpiamos, si no renovamos nuestro compromiso por la civilización y el conocimiento, si abandonamos esa tarea pensando “otros lo harán”, estaremos cometiendo un atentado contra la esencia misma del saber.
Distraiga por un momento su vista de la televisión, de las tabletas digitales o del teléfono “inteligente”, y observe estas imágenes de Pablo Genovés.

¿No siente un escalofrío?



 
"Nuevo barroco"



"Boreas viento del norte"


"Mecánica de la ficción"



"La biblioteca y el muro"


"Otras cumbres"






"Custodia"


Antonio Carrillo

domingo, 22 de enero de 2012

Olfato



Los sentidos son la ventana que nos abren al mundo, a la realidad. Lo que sabemos de lo que nos rodea es una construcción de lo que vemos, oímos, tocamos, gustamos u olemos. Y, esto es asombroso, la realidad cambia: hay tantas realidades como seres. Se percibe de múltiples maneras, con infinidad de matices. Hay animales que disfrutan de sentidos de los que los humanos carecemos.

Incluso dentro de nuestra especie podemos hablar de una manera subjetiva, personal, de percibir nuestro entorno. Un invidente afinará su sentido del olfato; y los pocos afortunados que disfruten de un oído tonal absoluto percibirán matices en la música, inaprensibles para la mayoría. Además, nuestra experiencia, nuestro estado de ánimo o múltiples variables orgánicas determinan que percibamos un entorno propio, actual y cambiante.

Los órganos de los sentidos recaban información acerca del medio para ayudarnos a sobrevivir. Así de simple. Por ello, los sentidos juegan un papel fundamental en el funcionamiento y organización de nuestro sistema nervioso. Los sentidos son importantes porque nos mantienen vivos, y nuestro organismo está permanente alerta a lo que nos dicen.

En lo que sigue, vamos a centrar nuestra atención en un sentido aparentemente poco importante en el ser humano: el sentido del olfato.

Espero sorprenderles.


G. Groddeck, colaborador de Freud, afirmó que "a pesar de todo lo que se ha enseñado y aprendido, el hombre es primariamente un 'animal nasal' y aprende a reprimir su agudo sentido del olfato durante la infancia, porque de otra manera la vida le sería insoportable". Esto es, como poco, una exageración. Y, sin embargo, hay datos que nos llaman la atención: el olfato humano es el más sensible de todos nuestros sentidos; una cantidad de materia ínfima vaporizada en el aire basta para estimular las células olfativas, y en este proceso somos capaces de percibir más de 10.000 aromas diferentes. El mecanismo bioquímico que lo hace posible sigue planteando multitud de incógnitas.

El olfato no es el único sentido al nacer, pero sí el más fuerte. El recién nacido se guía por el sentido del olfato para identificar a su madre, a la que distingue enseguida del resto de personas. La matrona deposita al niño sobre el pecho materno para que pueda olerla y se recupere así del estrés del parto. A menudo deja de llorar. Muy pronto surge un estímulo que relaciona la sensación de hambre con el aroma de la leche del pecho. Este aroma dulce, único, le proporciona un enorme placer, porque le anticipa la comida, el calor reconfortante del pecho o la textura del pezón en su boca. El olfato proporciona el primer ejercicio de antelación y memoria.

Con este ejemplo del niño presentamos dos características fundamentales del olfato: su relación con las emociones y el aprendizaje.

Desde luego, no disfrutamos del sutil olfato del perro, el cual dispone de unos 300 millones de sensores olfativos, seis veces más que cualquier humano; en el perro estas células altamente especializadas recubren la membrana nasal por completo, mientras que en el hombre la superficie con la que olemos es de apenas unos cinco centímetros cuadrados, y se concentra en la parte superior trasera de la fosa nasal. Esto explica que cuando nos esforzamos en captar un olor arruguemos la nariz y levantemos el rostro, procurando que entre la mayor cantidad de aire en contacto por la zona superior del interior de la nariz.

A este gesto tan característico lo llamamos olisquear.


Pero, aunque tengamos menos células olfativas, en el sistema nervioso no importa tanto la cantidad (el tamaño) como la función. Y el olfato humano tiene la particularidad de ser el único de los sentidos que está directamente conectado al sistema límbico y al hipotálamo, lugares ambos situados en una zona antigua del cerebro (el mesocortex o cerebro medio) en la que se regulan las emociones, se almacena la memoria y se liberan hormonas. Lo que procede de nuestro olfato pasa primero por el tamiz de las pasiones. El olor nos trae recuerdos, nos provoca sentimientos, añoranzas.




Olores, emociones, recuerdos y aprendizaje. Es una conjunción apasionante. Si bien es cierto que no dependemos del olfato para buscar alimento o pareja (aunque esto último veremos que es discutible), o detectar a un depredador, el olor es una compañía silente que dialoga primero con los lugares más íntimos de nuestro cerebro, donde no llegan directamente ni la vista ni el oído. Por tanto, no se sorprenderán si les digo que el olfato juega, en efecto, un papel importante en la atracción afectiva y el comportamiento social hacia los demás. ¿No tiene acaso una familiar, un hogar, su propio olor?

¿Ha oído hablar de la "inteligencia emocional"? En tal caso, les sorprenderá saber que, en efecto, las resonancias han demostrado que la amígdala (el núcleo emocional del cerebro) sólo se activa ante estímulos olfativos. Es importante señalar que, si bien todos los sentidos funcionan como recolectores de datos desde la memoria, únicamente el sentido del olfato suma al recuerdo las emociones asociadas. Esto significa que un olor puede provocar una respuesta emocional, imprevista y espontánea. Y las emociones asociadas a un olor determinado pueden cambiar a lo largo de una vida, dependiendo de las experiencias vitales sufridas. Insisto: los olores recuperan de los recovecos de la memoria no sólo recuerdos, sino, muy especialmente, sentimientos vividos en relación con los mismos. Y esto resulta más sorprendente cuanto más lejos se sitúa el recuerdo en el tiempo. El olor de la ropa en casa de nuestra abuela; el olor del pueblo en el que pasábamos las vacaciones de verano... El olor de una magdalena en el té despierta intensos recuerdos en Marcel Proust, que lo embarcan en una "búsqueda del tiempo perdido". Por cierto, en medicina se denomina "síndrome Proust" a este despertar súbito de recuerdos del pasado por un olor concreto.

El olfato es, por consiguiente, una maravillosa máquina del tiempo. Pregúntele a un anciano por los aromas que lo devuelven a la niñez. Se sorprenderá.

El sentido del olfato sólo está presente en un estado de vigilia; no sabemos muy bien la razón, pero no soñamos olores. O, si se quiere, no recuperamos recuerdos de los aromas que nos llegan estando dormidos. Puede que esto se deba al hecho de que las memorias olfativas precisan de una imagen visual para ser descritas, recuperadas. No podemos utilizar el lenguaje para activar las zonas cerebrales donde guardamos la memoria olfativa de un suceso, de una emoción. Entrar en una habitación donde estuve en mi niñez puede evocarme sentimientos y olores asociados; pero hablar de esa habitación no provoca el mismo efecto. Es difícil describir un olor con palabras. Rousseau definía el olfato como “el sentido de la imaginación.”

Es un sentido más complejo de lo que creíamos; las células responsables de percibir y procesar los olores son mucho más elaboradas que las que perciben el gusto, por ejemplo. Además, se renuevan una vez al mes. La naturaleza tiende a maximizar el aprovechamiento de los recursos; si nuestro olfato es tan complejo y está tan complejamente interconectado, alguna importancia tendrá para el humano. Esto es seguro.

La manera como se percibe y procesa el olor tiene un fuerte componente cultural. Los occidentales, por ejemplo, tendemos a enmascarar los olores corporales utilizando perfumes y ungüentos. Por ejemplo, la antropóloga cultural Margaret Mead sugiere que la mezcolanza étnica estadounidense (latinos, afroamericanos, anglosajones, orientales..., todos conviviendo en un mismo espacio) puede explicar la fobia a los olores personales; porque no nos suele gustar como huelen "los otros". Y en un entorno de multiplicidad "racial" (permítaseme la expresión), y en situaciones de proximidad personal (oficinas, ascensores, aulas...), nos incomoda un olor que nos es ajeno. Como siempre, lo extraño nos da miedo y nos provoca rechazo.

Así, Occidente está repleto de ambientadores que enmascaran el olor de un espacio público o privado con fragancias artificiales.




Hay otras culturas, como la árabe, que le conceden una mayor importancia al olor personal. De todos modos, es interesante observar que la poca intensidad del olfato humano puede tener que ver con su carácter social. Imagine que disfrutáramos de un sentido del olfato similar al de los perros: la vida en comunidad sería entonces un auténtico suplicio. ¿Se lo imagina?, sabríamos si alguien ha defecado recientemente, percibiríamos el estado de ánimo de todos los que nos rodean, conocidos o extraños, o la predisposición sexual de alguien situado al otro extremo de un vagón de metro. No habría lugar para la intimidad, para el misterio o la privacidad. Sería como vivir en un estruendo oloroso constante, con el agravante de que los olores traen consigo un fortísimo componente emocional. La convivencia en aglomeraciones humanas como una gran ciudad sería, entonces, inviable. Por cierto, resulta curioso que uno de los pueblos con mayor densidad demográfica del mundo, el japonés, destaque por su poco sentido del olfato. ¿Casualidad?

Además de un sentido del olfato menos intenso, los humanos hemos desarrollado otra herramienta que nos permite vivir en sociedad: la denominada "fatiga olfativa". Pasado cierto tiempo en presencia de un tipo de olor, dejamos de percibirlo, nos acostumbramos a él. Habrá quien se pregunte cómo pudo vivir la humanidad durante buena parte de su historia sin apenas higiene personal ni alcantarillado. Es fácil; porque nacían impregnados de ese olor. No eran conscientes de él. El ser humano ha vivido entre hedores que nos resultarían inconcebibles, pero todo es cuestión de hábito.  La industria del perfume está diseñando productos aromáticos que consisten en varias fragancias que se alternan en un único dispensador: de esta manera se evita este fenómeno de habituación.

Por cierto, no olemos siempre con la misma intensidad a lo largo de nuestra vida. La época que ronda de los 30 a los 60 años marca la plenitud olfativa, pero a partir de los 70 el olfato se pierde hasta casi desaparecer. Muchos ancianos no se huelen en absoluto; esto es algo que conviene tener en cuenta. Cuando nos llegue la ancianidad, tampoco nosotros nos oleremos.

Las mujeres suelen tener mejor olfato que los varones, y el sentido se agudiza extraordinariamente durante el embarazo y la ovulación. Por cierto: en la mayoría de las culturas la mujer cocina los alimentos, y es más joven que su marido. La mujer suele utilizar menos la sal para acrecentar el sabor de la comida que ha preparado. No le hace falta. Y, no hace falta recordarlo, la mujer vive estadísticamente más que el hombre.

Algunos autores defienden la existencia de un subconsciente olfativo, que vendría representado por la importancia de las feromonas en las interrelaciones humanas. Pero este es un tema que está en estudio (especialmente por la industria cosmética) y en absoluto los resultados son concluyentes. Incluso algunos autores están estudiando la relación entre la bioquímica del olfato y ciertos trastornos psiquiátricos, como la esquizofrenia. Una vez más, es un tema interesante, pero del que poco se puede aportar por el momento.

Sí sabemos que tenemos mejor olfato por las mañanas, y cuando tenemos hambre. Olemos mejor en verano, y los individuos de raza negra tienen un sentido del olfato significativamente menor que los caucásicos: las etnias ofrecen sutiles diferencias en su capacidad olfativa. En cuanto al trabajo, los que trabajan en ambientes cerrados suelen tener mejor olfato, y, curiosamente, según afirma el doctor Alan Hirsch, jefe de neurología de la fundación del gusto y el olfato de Chicago, las estadísticas señalan que una de las profesiones con peor olfato (y sentido del gusto) es la de cocinero. ¿No le parece increíble?

Por último, algo realmente sorprendente: todos los sentidos se cruzan al llegar al cerebro. Lo que oímos, vemos o tocamos con el lado derecho del cuerpo lo percibimos en el hemisferio cerebral contrario, el izquierdo; y viceversa. Sin embargo, el olfato, una vez más, se distingue del resto: es el único sentido en el ser humano que no se cruza. ¿Por qué? No lo sabemos; pero alguna razón debe haber. La naturaleza no diseña algo sin que haya un motivo. Los insectos, por ejemplo, tiene localizado su olfato en las antenas; y es un sistema que funciona muy bien; una oruga o una polilla es capaz de reconocer un olor determinado a kilómetros de distancia. Nada en la naturaleza puede igualar algo así.




Acabamos. Me huelo que el tema del olfato ha resultado ser un tema más interesante de lo previsto.

O, al menos, eso espero.

Antonio Carrillo.