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domingo, 3 de junio de 2018

INTELIGENCIA ARTIFICIAL: El debate sobre la IA fuerte



Lo que sigue es un reto que le planteo a mi amigo Rafa Yáñez, ingeniero informático. Le propongo debatir en profundidad (al menos en la que yo sea capaz de alcanzar) sobre la inteligencia artificial.

La pregunta objeto de debate sería:



¿El ser humano logrará crear en el futuro un ente inteligente?

Mi respuesta, lo adelanto, es un no rotundo.



Es un debate apasionante, qué duda cabe, pero muy complejo. Primero convendría acordar con Rafa unas cuantas premisas:

¿Qué es la inteligencia? Etimológicamente la palabra “inteligencia” se refiere a la capacidad de elegir entre distintas opciones. Esto implica que  hablamos de una cualidad gracias a la cual un ente – en este caso artificial -  se relaciona con su entorno, y en este trasvase de información escoge, de entre distintas respuestas o acciones, la que resulte más eficaz o eficiente. La respuesta no será siempre la misma, ni está preconfigurada. Donde hay inteligencia hay variedad.

¿A qué inteligencia nos referimos? Este punto es importante. Existen dos tipos de Inteligencia Artificial: la IA fuerte y la débil.

En mi opinión, el debate debería centrarse en la IA fuerte. La IA débil es una realidad incuestionable, muy útil en la resolución de problemas y con unas posibilidades prácticas indudables. Ya hay máquinas capaces de emular las capacidades intelectivas humanas en determinadas tareas, siempre muy concretas. IBM inventó una máquina capaz de vencer al ajedrez, y podemos diseñar una máquina que haga por nosotros las tareas de cálculo complejas que implica, por ejemplo, decodificar las secuencias del genoma humano. Pero estas máquinas tienen dos limitaciones; se dedican únicamente a las tareas para las que están programadas y, en todo caso, no son capaces de saltarse los algoritmos que son la base de su lógica, creando motu proprio algoritmos, pautas de actuación o procesos lógicos nuevos. No son creativas ni plantean hipótesis.

Las inteligencias de la IA débil son lo que hemos diseñado que sean. Potentes pero limitadas, porque sólo hacen aquello que están diseñadas para hacer. No son inteligentes, tan solo son eficaces porque tienen una enorme capacidad de cálculo y, gracias a los últimos avances en programación y hardware, pueden no repetir errores y aprender de ellos.

La IA fuerte, por el contrario, aspira a crear un ente capaz de pensar por si mismo, más allá de su potencia de cálculo o de su capacidad de almacenamiento. Actúa no sobre ámbitos concretos de la realidad (una partida de ajedrez o el diagnóstico de una enfermedad sobre la base de unos síntomas), sino sobre la generalidad de retos que plantea constantemente la realidad. Debe tomar decisiones que, en ocasiones, tendrán incluso consecuencias de índole ética.

Pero, y éste es el tercer punto a tratar, ello no implica que debamos pensar en la IA fuerte como una inteligencia equiparable o similar a la inteligencia humana

¿La Inteligencia Artificial debe ser igual que la humana? Desde mediados del siglo pasado hemos especulado con la posibilidad de crear entes equivalentes a los humanos, hasta el punto de hacerlos indistinguibles de nosotros. La inteligencia HALL 9000 de la novela 2001 Una Odisea en el Espacio hablaba, razonaba e incluso sentía como un humano cualquiera; al final, manifiesta el miedo a dejar de existir, lo que implica conciencia. Data, el androide de la nave Enterprise, entabla un juicio para que se le reconozca públicamente su identidad y derechos como individuo cognoscente.

Esta inteligencia similar a la humana ha demostrado, por el momento, ser una absoluta quimera.

Sin embargo, por simplificar lo que estamos buscando, hay facetas de la psique humana de las que una máquina podría prescindir; por ejemplo, la sensibilidad estética o las emociones. El estudio de la IA fuerte debe huir de todo antropocentrismo. La IA fuerte podría razonar o actuar de manera muy distinta a los seres humanos, y no por ello ser menos inteligente. En definitiva, la IA fuerte no tiene por qué ser similar a la humana.

¿Es necesario que La IA fuerte esté viva? No es fácil contestar a esta pregunta, porque nuestra inteligencia es, de hecho, un constructo de la vida, la obra más elaborada de la evolución natural. Pero si nos fijamos en los tres elementos definitorios de un ser vivo, la inteligencia artificial fuerte cumple con dos: debe ser una singularidad, un individuo con una identidad diferenciada y, segundo, debe relacionarse con su entorno. Sin embargo la IA no tiene la compulsión de generar descendencia, de replicarse. Por consiguiente, no creemos que sea necesario que esté viva.

¿Es necesario que perciba sensaciones? Sin duda, la respuesta en este caso es sí. La IA no se explica sin un abanico lo más amplio posible de sensores que le faciliten un contacto auditivo, visual, electromagnético o de cualquier otro tipo, una red de estímulos que le permita percibir el entorno por sí misma. Para responder a la realidad e interactuar con ella, para superar la prueba de la inteligencia, la IA debe disponer de ojos y oídos, o sensores digitales equivalentes. Debe saber qué se le requiere y un contexto en el que se posiciona. La IA fuerte existe porque participa y aporta respuestas. No puede ser autista. No puede no contestar.

¿Es necesario que hable? Definitivamente, no. No hace falta un HALL 9.000; los delfines o chimpancés son entes dotados de una inteligencia considerable (aunque diferente e inferior a la humana), y no hablan. Pero ambas especies interactúan con el entorno y se comunican con sus semejantes. Toda relación implica comunicación. Hablar, no. Comunicarse, sí.

¿Es necesario que sea consciente? Posiblemente es la pregunta más difícil de contestar. Defensores de la IA fuerte como Ray Kurzweil consideran que en un primer momento no son necesarias las capacidades espirituales de la mente humana (como la consciencia). Estas capacidades son fruto de la evolución y surgen espontáneamente en una entidad que tiene la capacidad de pensar. Sólo es cuestión de tiempo.

En todo caso, la individualidad y la capacidad de reflexionar conducen casi inexorablemente a la autopercepción y, en consecuencia, a la consciencia. Una máquina que interacciona y responde a su entorno tiene conciencia (conocimiento) de sus propios límites, distingue entre el “yo” y “los demás”. Se sabe existente (que no viva). Y, posiblemente, única. Todo esto implica que no habrá una máquina inteligente igual a otra, del mismo modo que todo ser humano es un ente único e irrepetible. Si se dan cuenta, este hecho nos obliga a abordar cuestiones que interesan a la ética ¿Tiene derechos una máquina con IA fuerte? ¿Se debe proteger su dignidad? ¿La máquina se preocupará por su propia supervivencia?


¿Qué consecuencias tendría la IA fuerte? Todo lo anterior, el análisis de lo que se denomina “singularidad”, implica el riesgo de que las máquinas evolucionen por sí mismas hasta superar en inteligencia a los humanos, en una carrera exponencial hacia la excelencia y el predominio inexorable de la máquina sobre el hombre.

Yo no creo en este funesto augurio, porque no creo que jamás llegue a existir un ente consciente e inteligente creado por el hombre. Esta creencia la fundamento en dos motivos:

1.       La inteligencia humana es fruto de la evolución natural, con miles de millones de años de experimentación. El cerebro, su obra más acabada, es de tal complejidad que no es viable intentar siquiera construir prototipos que emulen su eficacia y potencia. Intentamos ganarle una carrera a un F1 trabajando con el diseño de una bicicleta sin motor.



2.       La inteligencia no tiene un fundamento únicamente físico. El pensamiento es un fenómeno que, en esencia, desconocemos por lo complejo que resulta. No podemos emular lo que no podemos entender. El uso de la lógica o los algoritmos, la computación, tan solo se asoman a la superficie del reino de la intuición y la conciencia, de la reflexión y los sentimientos. Pretendemos enfrentar a un Fernando Alonso entrenado contra un niño de dos años que no sabe siquiera pedalear.



En definitiva, hay una enorme diferencia en diseño (Hardware) y programación (software). O, en términos utilizados por los ingenieros informáticos, hay un enfoque “de abajo arriba” en el que se intenta simular la estructura del cerebro (con redes neuronales u ordenadores cuánticos); y un enfoque “de arriba abajo” en el que se pretende crear programas que simulen la cognición (como los sistemas expertos o la inteligencia artificial evolutiva)

Analizaremos ambos enfoques por separado:



A.      Hardware



¿Qué es una computadora? Una máquina que recibe unos datos a través de dispositivos de entrada, los procesa por medio de un soporte lógico en forma de lenguaje de programación y los convierte en información, que es enviada a los dispositivos de salida para ser almacenada, impresa, transmitida a otro dispositivo, etc. El trabajo lo realizan una o varias unidades centrales de procesamiento (CPU) situadas en un circuito integrado: el microprocesador. El cerebro de la bestia.

Pero conviene que nos fijemos en lo más básico. Los microprocesadores están formados por uno o varios CPU, que a su vez están formados por transistores, algo así como la unidad básica de todo este complejo entramado digital. El secreto del transistor es que está hecho de un elemento llamado silicio, que tiene una característica interesante: 8 electrones en su última capa (capa de Valencia). Este elemento, con una capa exterior estable (por una cuestión de física cuántica, la regla del octeto, que no vamos a detallar,) es poco conductor y no le gusta mezclarse ni relacionarse con nadie. Pero si se lo contamina y se le quita o añade un electrón, se altera y vuelve semiconductor, con la peculiaridad de que en la búsqueda del equilibrio genera una corriente direccional que además implica una ganancia (amplificación). Situado en una oblea (lámina) de silicio diez veces más finas que un pelo humano, en un circuito impreso con miles de transistores iguales, el tamaño de cada transistor apenas si llega al ancho equivalente a 200 electrones.

Para entendernos; usted se compra un portátil con el microprocesador AMD Ryzen de última generación. Pues bien, el microprocesador de su portátil, diminuto, cuenta con 4.800 millones de transistores. Alucinante.

Para que entiendan la complejidad de un microprocesador, les pondré un ejemplo que les sorprenderá. China, con sus 2.000 millones de habitantes y su enorme desarrollo industrial, tiene dos problemas importantes que dificultan su desarrollo: primero, no tiene reservas propias de energía. China tiene que importar todo el petróleo y el gas que mantiene en marcha su producción. Con tanta población y la mayor industria del planeta, imaginarán la cantidad ingente de dinero que el gobierno Chino gasta en petróleo. Sin embargo, curiosamente, hay algo en lo que China tiene que invertir mucho más dinero: la compra de microprocesadores a EEUU, Japón o Corea. La friolera de 200.000 millones de euros al año. Y preguntarán ¿por qué China no fabrica sus propios microchips? Lo están intentando, y lo conseguirán, pero les representa un enorme esfuerzo. Es una tecnología tan avanzada que está al alcance de unos pocos países punteros. Simplemente, por el momento no saben hacerlo a un nivel que les permita la producción en masa y ser autosuficientes.

Gordon E. Moore, cofundador de Intel, postuló la Ley que lleva su nombre, la Ley de Moore. Según Moore cada 18-24 meses se duplica el número de transistores de un microprocesador. Cada vez son más pequeños. Sin embargo, como veremos al hablar de entropía y disipación de calor, parece que estamos alcanzando límites a este proceso.

Tengo noticias de al menos dos microprocesadores chinos: el Loongson y el ShenWei; y de un microprocesador de última generación, el Sunwai, desarrollado por Jiāngnán Computing Lab en la ciudad de Wuxi. En esta ciudad se encuentra el supercomputador más potente del mundo, el Sunway TaihuLight, que tiene 40.960 procesadores sunwai y es capaz de realizar un trillón de operaciones por segundo ¿Han oído hablar de la guerra comercial entre China y EEUU y los problemas derivados del robo de patentes? Los norteamericanos no quieren que China les copie y deje de comprarles tecnología. Porque China sólo es capaz de producir el 10% de los microchips que necesita. Invierte grandes cantidades de dinero para mejorar su I+D; pero sigue muy lejos de los americanos o los japoneses.

Sigamos: además de la enorme capacidad de los microprocesadores, tenemos una realidad complejísima que se denomina big data: una ingente cantidad de información e interconexiones de los ordenadores en todo el mundo, con los terminales funcionando en red a través de entornos conexionistas del llamado “Deep Learning”. Las cifras son mareantes; calculamos que todo el conocimiento humano desde la prehistoria hasta el 2003 cabe en 5 exabytes. Pues bien; en el 2018 el planeta produce 5 exabytes de información en tan solo 48 horas.

Sin embargo parece haber un problema: la miniaturización parece tener un límite (lo que comentamos sobre la Ley de Moore) y la subida de las frecuencias de reloj de las computadoras no crecen al ritmo esperado, exponencialmente. Parece haber un límite debido a la segunda Ley de la Termodinámica y el borrado de información.

Mejor lo explico con un ejemplo.

En el año 1997 el ajedrecista Kaspárov se enfrento a un supercomputador de IBM, Deeper Blue, una máquina capaz de calcular 200 millones de movimientos por segundo. No sin polémica, la computadora ganó la partida.

Los ingenieros de IBM se enfrentaron a un serio problema. Durante la partida los microprocesadores de Deeper Blue, en los momentos más intensos de cálculo frenético, se recalentaban a unos niveles difíciles de controlar.

Es un problema conocido en el mundo de los superordenadores. En ocasiones se tienen que utilizar elementos como hielo seco, nitrógeno líquido o helio líquido, con temperaturas cercanas al cero absoluto. Sólo así el microprocesador de silicio puede alcanzar su límite físico, que se calcula en 10 GHz de velocidad. En el superordenador ETH, que se está construyendo en Suiza, se reciclará parte del calor que genere la máquina para calentar las habitaciones de la universidad donde se encuentra.

La energía necesaria para disipar tanto calor se calcula en unos 250Kw extra.

Vuelvo a la partida de ajedrez entre el humano y la máquina. A un científico se le ocurrió la idea de monitorizar las constantes de Kaspárov durante la partida. Mientras Deeper Blue ardía, la temperatura corporal del humano no subió ni medio grado. En términos exclusivamente de eficiencia energética, el cerebro era un Ferrari y el supercomputador un tractor averiado.

¿Por qué?

Como ya he dicho, el problema radica en la segunda ley de la termodinámica: la entropía. Sin entrar en muchas profundidades, la física cuántica ha demostrado que el simple uso de información no representa un gasto energético, o es indetectable. Por eso Kaspárov no se veía afectado. Pero Deeper Blue no solo manejaba información; fundamentalmente se dedicaba a borrarla. Y la información, según las últimas teorías en física teórica, tiene una virtualidad similar a la materia o la energía. Por tanto, eliminar información del universo implica un alto coste (Ley de Conservación de la Energía).

Si tu eliminas información a razón de 200 millones de jugadas por segundo, lo haces para rechazar los movimientos que entrañan un peligro. El ordenador necesita hacer los cálculos uno a uno, a una velocidad de vértigo. Cuanta más jugadas rechace, más se acerca a un movimiento idóneo, más “ordenado”. Es decir: lo que hace es bajar la entropía, el desorden. Pero como debe haber un equilibrio termodinámico, la física exige que en el universo se produzca una reacción contraria de aumento de entropía. Y esto se manifiesta en forma de calor.

Insisto: borrar información tiene un coste energético altísimo. Y por ello la capacidad de cálculo (de borrado) de un microprocesador parece tener un límite.

Pero ¿Qué hay dentro del cráneo de Kaspárov que le permita superar esta limitación? Para que lo entiendan, en el 2005 se realizó un experimento con un superordenador. Por medio de complejos algoritmos consiguieron simular lo que sería (lo que se supone que sería) un único segundo de pensamiento primordial en el cerebro de un recién nacido.

El superordenador necesitó procesar información durante 50 días a pleno rendimiento para realizar lo que un recién nacido hace en un segundo.

Insisto: ¿Cómo se explica algo así? ¿Qué es el cerebro, el hardware de la inteligencia humana? ¿De qué está hecho? ¿Qué capacidad tiene?

Por decirlo de una vez: el cerebro sapiens es la organización de materia más compleja que existe en el universo. Al menos del universo que conocemos. Ni más, ni menos.

Pongamos un ejemplo: el cerebro de Rafa, mi amigo interlocutor. Apenas un kilo y medio (suponemos) de una masa blancuzca y gelatinosa, llena de surcos en su superficie y en la que se distinguen claramente dos hemisferios (esperamos). Deeper Blue es mucho más espectacular, a menos a simple vista. Pero escudriñemos el cerebro de nuestro ingeniero informático con un microscopio.

Hay una maraña indescifrable de fibras nerviosas, de conexiones y núcleos celulares, ramificaciones más o menos densas, pequeñas como una célula o tan largas que viajan de un extremo a otro del cerebro. 100.000 millones de neuronas.

Detengámonos aquí. Lo del número de neuronas es algo que todo el mundo sabe. Pero ¿sabían que hay distintos tipos de neuronas? Algunas tienen forma de repollo, otras de árbol, las hay con forma de raíz… ¿Cuántos tipos de neuronas hay en el cerebro de Rafa?

Sorpréndanse: ni la más remota idea.

Por ahora se han catalogado unos 50 tipos de neuronas, pero los neurólogos creen que deben ser cientos, sino miles. La mayoría de las neuronas ni las conocemos. Y es importante, porque la forma determina la función. No conocemos en detalle ni tan siquiera la forma de los ladrillos que dan fundamento a nuestro órgano más importante, el que nos dota de inteligencia.

El otro asunto que dificulta el estudio del cerebro es el de las conexiones. Cada una de las neuronas está conectada a unas mil; hablamos de una red de unos 100 billones de conexiones. Vamos a cortar un cubito de cerebro de Rafa; apenas un milímetro cuadrado. Hay mil millones de conexiones en algo tan pequeño, algunas tan diminutas que cuesta verlas.

Si el genoma humano contiene unos 30.000 genes, casi dos terceras partes se dedican al diseño y mantenimiento de esta red. En el seno materno, el feto crea unas 250.000 neuronas por minuto. Son datos que dan idea de la complejidad del reto de emular al cerebro.

¿Les parece complicado? Pues solo acabamos de comenzar. Las redes neuronales forman áreas funcionales que se ocupan de realizar una determinada tarea. Por el momento se han distinguido más de 150 áreas, pero podría haber muchas más. Además, en ocasiones hay áreas redundantes, y otras cuya activación no acaba de comprenderse. En una función concreta se detecta la activación de distintas áreas, algunas de las cuales también se activan para otras funciones. Es un verdadero galimatías, en el que el ovillo de axones que recorren el cerebro, a veces de parte a parte, tiene una longitud total de unos 150.000 millones de kilómetros.

Es mucho “cable” como para seguirle la pista. Y todo encerrado en un cráneo de apenas 1.500 cm3.

Hasta ahora el hardware humano es impresionante; pero todos los números y datos no convierten al cerebro en un milagro. Podríamos afrontar el reto de intentar hacer un cálculo de las combinaciones posibles, teniendo además en cuenta que los neurotransmisores encargados de transmitir la señal son más de 50 – que sepamos -, cada uno con una función, o que las conexiones (sinapsis) entre las neuronas no siempre son iguales: hay neuronas – la mayoría  - que no se tocan, que transmiten la información salvando un espacio vacío entre las dentritas (terminaciones). Pero en ocasiones las neuronas sí se tocan directamente. No sabemos la razón de esta diferencia.

Son muchos inconvenientes los que se suman, sin embargo podríamos intentar introducir todas las variables e intentar esbozar un mapa.

Pero esta tarea titánica sería inútil.

Porque todo este endemoniado laberinto biológico y electroquímico es impredecible; el cerebro es maleable. Es decir: constantemente estamos rehaciendo las conexiones neuronales, desechando unas y estableciendo otras nuevas. El mapa tridimensional del cerebro tendría una validez cero si no se actualiza en tiempo real. Lo cual es, simplemente, imposible. Podemos medir la actividad eléctrica del cerebro, u observar la afluencia de sangre a una determinada zona e inferir una consecuencia de este fenómeno. Pero las hipótesis que inferimos no dejan de ser especulaciones. Y, en todo caso, tener una imagen de conjunto de una red de billones de conexiones funcionando en tiempo real, que se transforman, que se agrupan siguiendo patrones que no entendemos, que son redundantes y en ocasiones impredecibles… es demasiado complejo.

Las probabilidades de este baile de información se disparan inevitablemente a un número: infinito.

Y, por último, deberíamos intentar el absurdo de multiplicar este infinito por los 6.000 millones de personas que vivimos en este planeta, porque no hay un cerebro igual a otro. Ni siquiera el cerebro de dos gemelos idénticos presenta las mismas conexiones. Esta singularidad es lo que nos hace únicos e insustituibles. Además, el cerebro se moldea en base a la experiencia que supone relacionarse con otras personas. Un niño que crece aislado no aprende a hablar, y su inteligencia está muy por debajo de la media. Estos 6.000 millones de organismos tienen una energía potencial ilimitada porque, al ser entes vivos, interactúan diariamente con una realidad física impredecible. Y gracias a los avances en comunicación que ha posibilitado la tecnología, el Big Data también afecta a las personas, que están más interconectadas.

Por no hablar de cómo el cerebro de una persona que murió hace 2.400 años puede transformar el mío. Si leo “El Banquete” de Platón es seguro que las reflexiones que contiene provocarán un cambio en la forma de mi cerebro.

Lo que llevamos descrito hasta el momento sucede en una capa externa de apenas 5 milímetros de espesor; el neocórtex: la sede del razonamiento.

Pero sigamos: reflexionamos sobre la importancia que tienen los números, inteligibles, para explicar la inteligencia humana. Ahora bien, suponga que le cortasen el cerebro de un niño por la mitad. Tendría la mitad de conexiones neuronales, de áreas implicadas… ¿Qué pasaría?

Que se moriría, pensará una mayoría ¿y si le digo que sobrevive? Vale, pero sería un vegetal, o un discapacitado severo. ¡Medio cerebro, todo un hemisferio! ¡700 gramos de cerebro y medio billón de conexiones! La mitad de las áreas funcionales extraídas, arrancadas miles de millones de conexiones en apenas unas horas de operación quirúrgica.

Se denomina hemisferectomía la operación por la que se vacía un hemisferio cerebral por completo. Pues bien: si esta operación (para tratar de curar una epilepsia grave sin tratamiento farmacológico, por ejemplo) se realiza en una edad temprana, con el cerebro hirviendo de agitación neuronal, con siete años aproximadamente, el niño no sólo no muere, sino que tampoco sufre secuelas graves. El niño con medio cerebro hablará, comerá, resolverá problemas matemáticos y sabrá leer. Terminará sus estudios en la universidad.  Será un niño (casi) normal.

¿Cómo es posible?

El secreto, una vez más, está en la ductilidad cerebral. Con esa edad, el cerebro utilizará todos sus recursos para reconfigurar su forma, de tal manera que optimice el espacio y pueda realizar todas las funciones que la inteligencia le exige. Este ejemplo nos obliga a revisar la férrea (e inamovible) organización cerebral. Una vez más: en el cerebro todo es posible, porque se reinventa a sí mismo. Constantemente.

Es un poco mareante.

Y si sólo fuese esto… pero es que hay mucho más que neuronas en el cerebro. De hecho, las neuronas ocupan una mínima parte. Casi todo el cerebro es otra cosa. ¿Sorprendidos?

Las células gliales (conocidas como glía) son células que sirven de soporte para las neuronas. Sin glía, las neuronas no pueden sobrevivir. Hay 10 células glía por cada neurona en los humanos (en la mosca la proporción es justamente la contraria). Y parte de su función se adivina tras su etimología: "Glía" es una palabra que procede del griego, y significa pegamento; unión.

Como sucedía con las neuronas, no hay una sola célula glía, sino varias, con distintos nombres y formas, todas especializadas en distintas labores y localizadas en distintos lugares del cerebro y del cuerpo. Curiosamente, hay células glía por todo el cuerpo, formando parte del sistema nervioso periférico. También en la retina (que se considera parte del sistema nervioso central) donde, aparte de participar en su desarrollo y organización, actúan como filtro, de manera que posibilitan una imagen más nítida.

La primera función de la célula glía es separar las neuronas en familias, en agrupaciones diferenciadas. Sin esta labor de agrupamiento y diferenciación el cerebro sería ingobernable. La glía no sólo sostiene el cerebro; le da forma. Ya dijimos que el cerebro está organizado en secciones que, aunque suenen en conjunto, lo hacen cada una con una potencia y timbre diferente. Pero no comprendemos cómo lo hace. Sabemos que hay un director de orquesta en una zona de los lóbulos prefrontales; pero poco más.

Las células glía provienen de oxígeno y nutrientes a las neuronas, cuidando de las condiciones homeostáticas del cerebro. Sustituyen, así, al tejido conjuntivo. Son importantes almacenes de glucógeno. Dentro de las neuronas hay cientos de pequeñas centrales energéticas llamadas mitocondrias, entes no humanos, siquiera animales. En cada una de nuestras células hay miles de bacterias, con su propio ADN, que nos alimentan. Un acuerdo de colaboración que se inició hace miles de millones de años, toda vez que una arquea intentó comerse a una bacteria que sobrevivió en su interior y llegó a un acuerdo: tú no me digieres y yo te aporto energía.

Simular este aporte energético, su eficacia y complejidad, es una tarea que la ingeniería informática ni tan siquiera se plantea.

También participan activamente las glía en el desarrollo de las redes neuronales. Ayudan en el diseño de la intrincada red de autopistas en el cerebro. Son algo así como los topógrafos del sistema nervioso. Controlan los niveles de neurotransmisores, vigilan la correcta correspondencia entre iones de sodio y potasio, responsables de la activación eléctrica entre dentritas. Con ello hacen factible el desarrollo de axones y dentritas, e incluso establecen redes sinápticas no neuronales paralelas que hacen el sistema más eficaz y seguro. En definitiva: participan activamente en la sinapsis: en el entramado de trasvase de información que constituye la esencia del cerebro. En lo que somos. Sin las células glía el cerebro humano no sería tan moldeable ni propenso al aprendizaje. Esto explica la diferencia de proporción entre moscas y humanos: los homo sapiens necesitamos un cerebro flexible y abierto a la curiosidad y al cambio.

Eso es IA fuerte: improvisación y adaptación.

Por si esto fuera poco, las células glía son las encargadas de proteger y aislar los axones por los que transcurre los impulsos nerviosos. Son las que forman las vainas de mielina que hacen de los axones unos “cables” maravillosamente eficaces en la tarea de transmitir impulsos eléctricos. Además, crean una barrera hematoencefálica (junto con el endotelio de los capilares encefálicos) que aísla a las neuronas del ataque de patógenos o de cambios bruscos en la carga iónica del entorno, por ejemplo por un exceso de potasio. A su vez, retiran del entorno los neurotransmisores liberados, como el GABA o el glutamato, mediante pinocitosis (un mecanismo de absorción por el que se atrapan los elementos formando cavidades, y luego cerrándolas).

También son el recurso del cerebro para paliar daños cuando surgen problemas. Detectan pequeñas roturas en los vasos sanguíneos, reparan los daños y retiran los restos. Cuando el problema es mayor las neuronas las activan, las glía aumentan su tamaño, aumentan su número de filamentos y se ponen a trabajar duro. Lo primero que hacen es reclutar soldados. Captan células inmunitarias presentes en la sangre, y las derivan a las zonas donde hacen falta. Mientras tanto, minimizan los daños limpiando la zona donde se ha producido el daño, comiéndose a las neuronas que han resultado muertas. A su vez, abonan el área accidentada con nutrientes y neurotransmisores, procurando con ello que la recuperación sea más rápida, con un aumento significativo de las conexiones neuronales.

En definitiva, el cerebro es un mecanismo que se repara y reconfigura a sí mismo. Algo que un ordenador no puede hacer.

Después de todo lo que he dicho, entenderán que la definición que Kurzweil hace del cerebro,  un simple fractal probabilístico, una redundancia masiva muy común en los sistemas biológicos, suena demasiado simplista. Y créanme; podría seguir escribiendo decenas de páginas sobre lo poco que sabemos del cerebro.

Los microprocesadores, por muy avanzados que estén, no pueden siquiera acercarse en una milésima parte a la complejidad intrínseca del cerebro. Piénselo: nuestro sistema nervioso es fruto de 3.800 millones de años de investigación en el mayor laboratorio que haya existido: la vida.

¿Podemos replicarlo? No. Primero, porque no lo conocemos y, por consiguiente, no lo entendemos. No en profundidad. Segundo, porque es demasiado complejo. Estamos en unos estadios de conocimiento tan básicos que sería como pedirle a un niño de tres meses que resolviese una integral. Por no poder, ni tan siquiera podemos crear vida simulando en un laboratorio las condiciones de la Tierra primigenia. Si no podemos crear ni una simple célula. ¿Cómo podemos pretender emular la culminación más elaborada y compleja de la vida?

Desde luego, si hay un futuro para la IA fuerte (que no lo creo) necesitamos saber más sobre el cerebro, sobre su fisiología y su función. Algo así se intenta con dos revoluciones que se están produciendo en estos momentos:

La primera, crear computadoras con microprocesadores que simulen el comportamiento de las redes neuronales. Es el caso de Intel y su prototipo del microprocesador neuromórfico LOIHI, con 130.000 “neuronas artificiales” y 130 millones de conexiones (sinapsis) entre ellas. Lo importante de estas y otras tecnologías es que implementan un sistema lógico denominado Deep Learning, con el cual la máquina sería capaz de aprender por sí misma. Desde hace más de 20 años se viene investigando en este tipo de redes, como en el caso de las “Redes de Hopfield” o las “Redes de Kohonen”.

La segunda posibilidad de acercarse a la IA fuerte es el avance en el desarrollo de los denominados ordenadores cuánticos, computadoras cuyo secreto radica en utilizar las propiedades fascinantes de las partículas a un nivel subatómico. Me refiero concretamente a la “superposición cuántica”, la capacidad de una partícula elemental de estar en varios estados simultáneamente. Por ejemplo; el spin (giro de una partícula sobre sí misma) puede ser hacia la derecha o hacia la izquierda; pero la física cuántica nos dice que además la partícula puede presentar ambos estados a la vez. Si hasta ahora sólo teníamos bits (dos estados, 1,0/encendido, apagado) ahora tenemos qubit (al menos tres estados). Esto supone que la capacidad de gestionar la información no crece de forma lineal, sino exponencial. IBM presentará próximamente su primer ordenador cuántico.

Estos avances son impresionantes, fundamentales en el desarrollo de la IA débil, pero… por el momento han conseguido crear una máquina con el potencial de aprendizaje de una lombriz de tierra, sin la estructura ni la maleabilidad del cerebro humano. Y los límites físicos que la termodinámica impone pueden provocar que no podamos acceder a microprocesadores de silicio cada vez más pequeños y potentes. Como vimos, mientras las máquinas borren información y disminuyan su entropía, tendremos límites a la capacidad de procesamiento. En cambio, en el cerebro, en su kilo y medio de neuronas y células glía, de redes mutables y diminutas centrales energéticas no humanas, la potencialidad es infinita.

Como vimos al hablar de Platón, ni siquiera la muerte representa una frontera.



B.      Software



En la programación de cualquier computadora se utiliza de base una lógica de silogismo (simbólica) que, gracias a los avances que supuso el álgebra booleana y el sistema pergeñado por De Morgan, avanzó hacia una lógica de primer orden. Las computadoras obedecen a unos programas (sistemas formales) que se basan en algoritmos, una sucesión de instrucciones concretas, ordenadas y finitas que tienen por fin conseguir un resultado.

Los sistemas formales parten de un lenguaje formal y unos mecanismos deductivos en forma de reglas (código) que transforman unas expresiones (o símbolos) en otras. Pueden ser muy complejos, y ocupar miles de líneas de código; pero una computadora sólo hará lo que el informático le ha dicho que haga. Y lo puede hacer muy bien, es evidente.

Puede ganar al ajedrez, conducir un vehículo de manera autónoma o leer expresiones de la cara de una persona; pero estos avances – impresionantes – pertenecen al ámbito de la IA débil.

Si el ordenador funciona bajo la forma de un sistema de lógica formal, está sujeto a los teoremas de incompletitud de Gödel, como nos recuerda Roger Penrose. No puede ser a la vez consistente y completo. Esto limita su alcance, la posibilidad de que se independice del programador. Que se programe a sí mismo. Puede aprender, incluso mejorar con la experiencia, como consigue la IA débil con el Deep Learning; pero eso no es inteligencia.

La pregunta es: ¿Por qué la inteligencia humana no está sometida a esos mismos límites? No puede ser sólo que nuestro hardware sea mejor; algo distinto debe haber en nuestro software.

Lo primero que hay que decir es que la inteligencia radica en el cerebro, fruto pues de una evolución de miles de millones de años, y que el impulso que nos hizo generar esta potencia cognitiva fue el afán de supervivencia y de transmitir nuestros genes. Somos los reyes de la manipulación simbólica, cierto, pero hay algo más. Algo más profundo. Nuestra representación simbólica de la realidad y de nosotros mismos – la autopercepción – es fruto también de lo que llamamos instintos. Intuiciones. Y que estos procesos cerebrales son inconscientes. De hecho, el 80% de nuestra actividad cerebral no se maneja por un discurso simbólico, sino por un rumor de fondo del que no tenemos noticia ni podemos rendir cuentas.

Kaspárov no podía analizar 200 millones de movimientos por segundo cuando jugó contra Deep blue. La mente humana no tiene esta capacidad de cálculo. Entonces ¿por qué era capaz de vencer a la máquina? Deep Blue generaba algo parecido a un árbol de decisiones estadístico, e iba rechazando las bifurcaciones que no resultaban convenientes. Una a una. Kaspárov, sin embargo, sabía si un movimiento era conveniente o no sin necesidad de realizar un análisis explícito o refrendar las condiciones de validez de unas proposiciones que tenía memorizadas. Kaspárov recibía una conjetura espontánea, un destello de comprensión que no tiene una explicación inmediata, algo así como un elan vital a la manera de Bergson, un soplo instintivo que nos permite conjeturar. Un modo de razonamiento que llamamos abducción.

Umberto Eco llamaba al razonar abductivo el razonar del detective; una especie de “pensamiento lateral”, no puramente lineal, sin verdadera validez lógica, pero capaz de extraer suposiciones de indicios presentes en el subconsciente. Junto con la inducción, la abducción nos aporta a los humanos herramientas lógicas que no es necesario que sean validadas. Es decir, no borramos porque simplemente inducimos o inferimos. Bertrand Russell afirmaba que sabía si una formulación matemática era correcta sólo por su belleza. Y Einstein afirmó que a las leyes de la naturaleza no se podía llegar por la lógica, sino por la intuición.

No es posible programar la intuición ni el razonamiento inductivo ni abductivo. Lo único que podemos programar es el razonamiento deductivo. Y no basta.

No basta porque la realidad es lo que denominamos un “sistema complejo”; está formada por casi infinitas partes que interaccionan generando patrones que son más que la simple suma de sus partes. Para poder participar de un diálogo (comunicación) tan complejo necesitamos de mucho más que la lógica formal. La lógica formal nos restringe el alcance de nuestra perspectiva a las líneas de código. Pero una máquina no formula hipótesis ni genera teorías que deben ser validadas. Le falta imaginación.

La intuición o el razonamiento abductivo ¿Dónde se generan? En mi opinión son una expresión de la evolución natural y la necesidad de supervivencia, y por consiguiente se sustentan en lo que denominamos emociones. Para Jung, la emoción es la principal fuente de los procesos conscientes.

El ordenador no tiene por ejemplo miedo, ni curiosidad, y eso limita su impulso a evolucionar.

Bueno, aquí lo dejo.

Es el turno de Rafa.



Antonio Carrillo

miércoles, 21 de agosto de 2013

Inteligencia artificial



Partamos de lo más simple: la expresión "Inteligencia Artificial (I.A.)" es una paradoja, un oxímoron acaso; un absurdo en sí mismo. "Inteligencia" y "artificial" son dos palabras que no deben ir juntas. Es algo que no tiene sentido.

Y ello porque la inteligencia es función inefablemente orgánica, de base biológica. La inteligencia es la expresión más sutil de ese larguísimo camino que llamamos evolución. La naturaleza, la vida, ha necesitado 4.000 millones de años de intentos, fracasos y acercamientos para, finalmente, crear algo tan maravilloso

¿Alguien nos cree capaces de replicar este proceso ex Novo? ¿En unas pocas décadas? ¿En siglos?


 
La respuesta es obvia: ¡si ni tan siquiera hemos sido capaces de crear vida unicelular en un laboratorio! Podemos recrear las condiciones de la Tierra primigenia, utilizar aceleradores, insuflar energía al caldo resultante... y lo único que obtenemos son aminoácidos ¿Proteínas? No. Y mucho menos ADN.
Por consiguiente, ¿no sabemos fabricar ladrillos y pretendemos levantar un rascacielos de hormigón y cristal? Tal empeño no tiene lógica.

Simplemente, sabemos muy poco del cerebro. Y no es extraño: hablamos de la estructura (que sepamos) más compleja del universo.

Dentro de su cabeza, lector, resguardado en la oscuridad del cráneo, hay un universo entero casi inexplorado. Un misterio, por el momento, irresoluble en su mayor parte. Se ha avanzado mucho en los últimos 50 años, pero apenas estamos empezando a desbrozar los contornos del problema.


La I.A. se enfrenta, pues, a un primer problema de hardware. Las redes neuronales artificiales no se acercan, ni de lejos, a la complejidad real producto de la sinapsis cerebral. En números, disponemos de cien mil millones de neuronas que establecen una red inmensa, con cien billones de conexiones. Son números inabarcables, inasumibles e imposibles de duplicar. Pero la grandeza del cerebro no está en los números, sino en su funcionamiento. Estas conexiones no permanecen inamovibles; el cerebro es muy dúctil, maleable, y constantemente rehace la red neuronal desconectando en un punto y conectando en otros. Es lo que hace un bebé durante los primeros meses de vida, cuando cambia sustancialmente su estructura cerebral.

Por consiguiente, el número de combinaciones en una red que se reconfigura por sí misma es... infinito.  
 
Este fenómeno de la sinapsis no se puede emular de ninguna de las maneras si no es desde un proceso evolutivo de base biológica. Y sabemos tan poco... No disponemos de un método de análisis funcional directo. No podemos "ver" cómo funciona el cerebro en tiempo real, y por tanto sabemos muy poco del mismo. ¿Cómo?, se me dirá ¿Acaso no se realizan Tomografías de Positrones o Resonancias Magnéticas funcionales? Sí, pero estas pruebas sólo miden los cambios en el flujo sanguíneo del cerebro. Son, por consiguiente, métodos de diagnóstico indirecto que no son fiables respecto de la funcionalidad real del órgano. Y más teniendo en cuenta que en el cerebro las conexiones varían en cuestión de micrones. Un área (amplia) del cerebro puede recibir más sangre en previsión de que va a ser necesaria su intervención en un futuro próximo; no lo sabemos. Todo son especulaciones.



¡No tanto!, se me discutirá. Al menos sí sabemos que el cerebro está organizado de una determinada manera. Hay zonas dedicadas al lenguaje, otras (muchas) al sentido de la vista, algunas a planificar el futuro... El cerebro es previsible e inamovible al menos en su estructura ¿O no? La ductilidad cerebral es tan enorme que depara sorpresas incluso en lo que damos por obvio. Creo que lo explicaré con un ejemplo:

¿Qué pasaría si le cortasen el cerebro por la mitad? Que me moriría, pensará una mayoría ¿y si le digo que sobreviviría? Vale, pero sería un vegetal, o un discapacitado severo. ¡Medio cerebro, todo un hemisferio!

Se denomina hemisferectomía la operación por la que se vacía un hemisferio cerebral. Pues bien: si esta operación (para tratar una epilepsia incurable) se realiza en una edad temprana, con el cerebro hirviendo de agitación neuronal, con siete años aproximadamente, el niño no sólo no muere, sino que tampoco sufre secuelas graves. El niño con medio cerebro hablará, comerá, resolverá problemas matemáticos y sabrá leer. Terminará sus estudios en la universidad.  Será un niño (casi) normal ¿Cómo es posible?

El secreto está en la ductilidad cerebral. Con esa edad, el cerebro utilizará todos sus recursos para reconfigurar su forma, de tal manera que optimice el espacio y pueda realizar todas las funciones que se le exigen. Este ejemplo nos obliga a revisar la férrea (e inamovible) organización cerebral.

Hay otro ejemplo. Los neurólogos descubrieron que la incidencia del Alzheimer era menor en personas que realizaban una tarea intelectual a una edad avanzada. Había catedráticos eméritos en activo, escritores que seguían publicando o, simplemente, jubilados que aprendían un nuevo idioma, jugaban al ajedrez o realizaban crucigramas. Este ejercicio cerebral diario y constante bajaba significativamente la incidencia de la enfermedad.

Pues bien: lo importante de este fenómeno se ha sabido hace relativamente poco. Tras realizar autopsias a fallecidos que respondían a este perfil, hemos descubierto que sus cerebros sí estaban afectados por la enfermedad. Sí tenían (estaban enfermos de) Alzheimer, sólo que no mostraban síntomas ¿Cómo es posible?

La respuesta está en lo que los neurólogos denominan "reserva cognitiva". Un cerebro entrenado y vigoroso se caracteriza por la redundancia, por las muchas alternativas que presenta ante cualquier reto. Esta capacidad permite "sacrificar" ciertas áreas neuronales sin que apenas tenga consecuencias. En definitiva, la organización cerebral es menos importante que la flexibilidad y frescura sináptica. Los ejemplos expuestos son definitivos. El cerebro "se mueve", está vivo. No es ni podrá ser jamás una máquina.

Los informáticos pueden idear estructuras que imiten la forma y funcionamiento de una red neuronal, pero su plasticidad es imposible de replicar. A la naturaleza le ha llevado millones de años conseguirlo. El asunto es de tal importancia que nuestro cerebro no está hecho sólo de neuronas. Es más: hay unas células diez veces superiores en número, las llamadas células Glia. ¿Su función? Entre otras, dividir las neuronas en "grupos organizados", facilitar que esta organización se pueda reconfigurar y rellenar los huecos que genere esta actividad de cambio y exterminio. Se mueren neuronas constantemente, a miles. Es un sacrificio necesario en aras de la plasticidad.

Pero aún hay más. El cerebro humano presenta una eficiencia energética asombrosa. Tanto es así que, en ocasiones, no parece obedecer las mismas leyes de la termodinámica. Una vez más, lo explicaremos con un ejemplo:

El ajedrecista Kasparov se enfrentó en 1996 y 1997 a un superordenador diseñado por IBM: Deep Blue, un monstruo de 12 toneladas, capaz de calcular 200 millones de movimientos por segundo. Es decir, calculaba en un único segundo más posibilidades que Kasparov en toda su vida. Kasparov venció en el enfrentamiento de 1996 por 4 a 2, y perdió el de 1997 por 3,5 por 2,5, tras una agria controversia: Kasparov acusó a los programadores de hacer trampas en la segunda partida.

Este enfrentamiento daría para hablar largo y tendido sobre la inteligencia humana y la artificial, pero permítanme detenerme en un aspecto que pasó desapercibido. Los informáticos de IBM tenían que enfrentarse al serio problema del sobrecalentamiento de Deep Blue. Todos sus microprocesadores y chips alcanzaban temperaturas altísimas cuando se enfrascaban en la tarea de computar 50 millones de posibles movimientos de media por turno. Hicieron falta enormes ventiladores para disipar el calor (energía) generado.



Enfrente, un humano. Alguien tuvo la idea de monitorizar la actividad metabólica de Kasparov. Mientras jugaba su temperatura corporal no subió ni medio grado. Tampoco se detectaron alteraciones en el ritmo cardíaco, presión arterial, frecuencia respiratoria o sudoración. Nada. La "máquina Kasparov" demostró una eficacia energética inexplicable. Desde una perspectiva entrópica es algo así como un misterio. El misterio de la vida.

Dos humanos aportan dos microscópicos gametos, dos células haploides, y de esta nimiedad se genera algo como Kasparov. Como usted. Francamente, es asombroso. E imposible de replicar.

Se le llama haploide a la célula que sólo aporta la mitad del cromosoma. la genética también juega un papel en la inteligencia: nuestra estructura cerebral está condicionada filogenéticamente, desde antes de nacer. Hay, por consiguiente, una predisposición innata a desarrollar estructuras que permiten adquirir el habla, razonar o desarrollar una consciencia. Este programa, encriptado en los genes, es, una vez más, producto de miles de millones de años de evolución. Es un fenómeno, de nuevo, que no podemos replicar ni tan siquiera imitar. Entre otras razones, porque es más lo que desconocemos que lo que sabemos. Sólo ahora estamos comenzando a estudiar la importancia de los reflejos primitivos que heredamos de nuestros progenitores; rasgos que, si no se desarrollan normalmente, interactúan con nuestra cognición y nuestra psique.

Pero la cosa no acaba aquí. Hay otro factor a tener en cuenta: la mayoría del ADN que porta su organismo no es humano. Ni tan siquiera es animal. usted está invadido en cada célula por un ADN antiquísimo, heredado de su madre, y que resguarda en unas protobacterias llamadas mitocondrias. ¿Para qué necesitamos este código genético distinto (ajeno) al que guardamos en el núcleo? No estamos seguros.
 
 

Preguntas, preguntas, preguntas... Tenemos más preguntas que respuestas. Por si todo lo expuesto fuera poco, las últimas corrientes de investigación en neurociencia parecen demostrar que la inteligencia (la inteligencia, la cognición, lo que sea que nos defina como humanos) no se circunscribe al Sistema Nervioso Central. La prueba de su carácter eminentemente orgánico la tenemos en el sistema endocrino, el sistema nervioso periférico o en órganos que también participan en los sentidos. La inteligencia es conciencia de un entorno (un hábitat) en el intentamos sobrevivir y dejar descendencia, maximizando los recursos a nuestro alcance. Pero para ello la percepción del ecosistema (también cultural en el hombre) es primordial.

Si informáticos e ingenieros quieren apenas llegar a rozar la inteligencia, deberían empezar por lo más básico. ¿Qué herramienta utiliza el organismo humano para percibir, por ejemplo, el sonido? Resulta que hay un diminuto caracol dentro del oído llamado "cloquea" de una complejidad que apabulla. Al final de este artículo dejaré un enlace a un artículo por si quieren saber algo más de esta maravilla. ¿Cómo vamos a desarrollar una inteligencia artificial si no somos capaces de alcanzar el grado de sutileza de la cloquea?

Neurólogos como Antonio Damasio postulan además que hay un continuo diálogo cuerpo/cerebro, tan intenso que ya no hablamos de una dualidad, a la manera de Descartes, sino de una misma cosa. No bastaría con diseñar un ordenador con un trasunto de redes neuronales; habría que inventar algo que hiciera la función de un sistema nervioso autónomo, con la glándula tiroides, los nervios esplácnicos, o ganglios como el celíaco o el mesentérico. Un mal funcionamiento de esos nervios o glándulas tiene efectos en riñones, corazón, sistema digestivo y, en general, en el organismo como un todo. Es bien sabido. Y todo ello cambia la estructura misma de la red neuronal a un nivel microscópico. Una enfermedad de tiroides afecta a la personalidad. ¿Cómo podemos siquiera esbozar un patrón de algo tan complejo?

Al final estamos encerrados en una paradoja: si queremos comprender el cerebro, necesitamos que sea más simple (accesible); pero con un cerebro más sencillo no tendríamos la capacidad intelectual para desentrañarlo.

En los años 60 y 70 pensamos que estábamos cerca de conseguir la Inteligencia Artificial. Se me ocurre un ejemplo que lo ilustra: la ciencia ficción de finales de los setenta tiene como protagonista absoluto la inteligencia artificial: replicantes en Blade Runner, Hal 9.000 en 2001 una odisea en el espacio, los robots de Star Wars, el autómata de Alíen...

En fin, no se han cumplido las previsiones. De hecho, la Inteligencia Artificial apenas ha conseguido avances significativos en 20 años. Y ello a pesar de la progresión en capacidades de procesamiento o memoria. Una nueva familia de materiales superconductores promete importantes avances en este sentido, así como en la conocida como Inteligencia Computacional (IC), que procura salvar la rigidez del algoritmo heurístico utilizando mecanismos adaptativos (Véase “sistemas difusos”, “Computación Evolutiva” o la “Inteligencia de enjambre”. La última tiene que ver con el estudio de sistemas colectivos complejos, como los hormigueros o las colmenas).

¿Se dan cuenta? Por el momento, sólo hemos analizado la forma. ¿Qué pasa con el fondo, con el software? Mucho; pero tranquilos, en lo que sigue seré breve.

El ESP de mi vehículo podría parecer inteligente. En cuestión de microsegundos calcula multitud de parámetros para evitar que el vehículo derrape. Un ejemplo mejor sería el vehículo "Curiosity", que en la actualidad recorre el suelo marciano. Este ingenio tiene un "Sistema Operativo en Tiempo Real (SOTR)", que le permite adaptar su funcionamiento a los imprevistos que pudieran surgir. Esta adaptabilidad, ¿no es sinónimo de inteligencia?



Una característica de cualquier SOTR es su previsibilidad en la asignación de tareas. El Curiosity se desviará de su ruta si es necesario y escogerá el camino más fácil para cumplir su misión y no correr riesgos. El ESP cumplirá también con su función de asegurar una buena trazada en la conducción bajo determinadas circunstancias.

Yo, ser humano, soy imprevisible. Incluso para mí mismo. Es más, puedo optar por decisiones que pongan en riesgo mi integridad física.

Imagine: soy un joven de 20 años y pretendo impresionar a una muchacha con mis dotes como conductor. Para ello, ejecuto una serie de derrapes que hacen que fluya la adrenalina por nuestras venas. Antes, he tenido que desconectar el ESP del vehículo. ¿Por qué hago algo así? No parece un comportamiento precisamente inteligente.

La motivación principal para todo ente vivo es la supervivencia y la transmisión de su carga genética (procreación). Se sorprendería si analizara cuántas de nuestras decisiones tienen como trasfondo algo tan básico. La hembra buscará a un macho que cuide de su progenie y aporte buenos genes; el macho se fijará en hembras con signos de fertilidad y facilidad para el parto. Todo el sistema que hemos analizado antes, de tanta complejidad y belleza, a cargo de un fin simple: perpetuar la especie.

Ha habido homíninos, inteligentes como nosotros, que no han sobrevivido. Dominaban el fuego, tenían cultura lítica (que posiblemente copiamos) y, quizás, hablaban y enterraban a sus muertos. Tenían un sentido trascendente de la existencia. Tenían consciencia. Y desaparecieron. Sobrevivir no es tarea fácil, y la inteligencia es una herramienta para adaptarnos a los imponderables que puedan surgir y buscar alternativas a los desafíos que plantea la vida. Todo ello con una espada de Damocles permanente: la plena conciencia de nuestra propia muerte como seres finitos. El tiempo se vuelve, entonces, algo subjetivo, y los sentidos que nos enlazan con lo que nos rodea ayudan a que pongamos en común con otros cerebros, igual de complejos, un criterio de actuación que da sentido a la vida. Empezando por unas mismas reglas de juego.

Tiempo y compartir. Trascender ¿Recuerdan las últimas palabras del replicante Roy Batty de Blade Runner?
 
 
 
“I've seen things you people wouldn't believe.
Attack ships on fire off the shoulder of Orion.
I watched c-beams glitter in the dark near the Tannhäuser Gate.
 
All those moments will be lost in time,
 like tears in rain.
 
Time to die.”

 
"He visto cosas que vosotros no creeríais.
Atacar naves en llamas más allá de Orión.
He visto brillar rayos C en la oscuridad,
cerca de la puerta de Tannhäuser.
 
Todos esos momentos se perderán en el tiempo,
Como lágrimas en la lluvia.
 
Es hora de morir."
 
¿Qué es inteligencia? Esto es inteligencia. Y estamos a años luz de replicarla.
 
Por cierto; este diálogo no aparecía en el guión original. Fue una improvisación del propio actor, Rutger Hauger. Un humano

El problema no es que el Curiosity sea o no capaz de sortear una roca. Lo que el Curiosity jamás podrá hacer es mentir. Tampoco añorar, sentir curiosidad o improvisar un texto como el de Hauger. Este vehículo no puede sacrificar su propia vida en aras de un bien superior, porque no está vivo. No tiene (ni tendrá) conciencia de sí mismo como individuo, insustituible y único. Tan sólo podrá computar, responder a rutinas preestablecidas por programas insertos en su lógica binaria.

Pero ¿por qué las matemáticas abstractas no pueden ser programadas en un ordenador? No lo digo yo, es Sir Roger Penrose quien lo afirma. El autor (una eminencia en físicas y matemáticas) afirma taxativo que "la comprensión matemática no es algo computacional, sino algo bastante diferente que depende de nuestra capacidad de ser conocedores de cosas.”

Por consiguiente, hay ámbitos del conocimiento inasumibles para un "cerebro cibernético". ¿Por qué? En opinión de Penrose, porque la sinapsis humana actúa con intensidades variables, no fijas, y se rige por leyes de la mecánica cuántica. 

El tema entra en un bucle peligroso por su complejidad. Parece probado que hay funciones no pueden simularse por procedimientos computacionales (véase el "problema de la parada" en la máquina de Turing), y hay problemas indemostrables desde la simple lógica matemática (teoremas de la incompletitud de Gödel). Los ordenadores se basan en algoritmos para medir las "complejidades", lo cual los sujeta a una relación de recurrencia; son, por consiguiente, algoritmos recursivos. El problema es precisamente que Gödel ha demostrado que una teoría formal consistente y completa o bien no es recursiva o no es aritmética; y lo demuestra en su "teoría de la completitud semántica", referida a la lógica cuantificacional de primer orden. En este caso se utilizan teorías consistentes y completas, pero no recursivas.

En cristiano: Kurt Gödel dijo en una ocasión que los humanos disponemos de una habilidad que trasciende la lógica formal y, por consiguiente, no es mecánica (computacional). Lo que dijo en concreto fue que  humanos tenemos una manera intuitiva de llegar a la verdad. Ello nos permite afrontar el conocimiento de ámbitos tan inaprensibles como las matemáticas abstractas.

Russell, gran matemático y excelso filósofo, afirmaba que su cerebro "sabía" si una formulación matemática era o no verdadera "por su belleza". Antes de la demostración, que podía requerir semanas de trabajo, Russell sabía que estaba en el buen camino porque algo (intuición) le susurraba que así era. Que tenía armonía y sentido. Que era bello.

La Inteligencia Artificial es, por consiguiente, una entelequia, un imposible a día de hoy. Y creo que lo será por siempre.

Propongo, pues, un cambio de nomenclatura: I.A. no es Inteligencia Artificial. Es Inteligencia Artificiosa.

Y con esto me he ganado la animadversión de todos mis amigos informáticos. Y la de usted, lector, que ha demostrado una paciencia infinita llegando hasta el final ¿mereció la pena?

Espero que sí.
 
Enlace sobre la cloquea

Enlace sobre las células Glia

Antonio Carrillo