miércoles, 29 de marzo de 2017

El tiempo orgánico


Imagen de Cristóbal Vila



El tiempo.
 Un tiempo orgánico, el tiempo que se percibe como la fina arena de un reloj que se escapa de entre los dedos. Un tiempo que ha ido cambiando su velocidad y ritmo con el paso de los siglos.


El tiempo humano.
Lo estudiaremos en cuatro apartados:

1.    Tiempo y diversión. Una explosión inmensa
2.    Tiempo y pausa. El mentiroso
3.    Tiempo y conocimiento. El hombre que anduvo 800 kilómetros
4.    Tiempo acelerado. El tiempo del reloj de arena.
5.  Tiempo como arte. Comer en el DiverXo

El tiempo es un elemento esencial para comprender el fenómeno humano, y nuestra historia comienza hace 3.614 años, con un hombre asomado al mar Mediterráneo. Es primavera, y hay preocupación en su rostro.

No es de extrañar: su cultura está a punto de desaparecer afectada por la mayor catástrofe natural de los últimos 10.000 años.


1. TIEMPO Y DIVERSIÓN
UNA EXPLOSIÓN INMENSA



(circa)12 de abril de 1613 a.C. Un hombre mira hacia el norte desde lo alto de una cumbre de la isla de Creta. Es un minoico; pertenece a la civilización más fascinante y misteriosa de la antigüedad.

A su lado, un anciano proveniente de la isla de Thera comenta en voz baja "será hoy". Hace tres meses abandonó su isla, que ahora se encuentra completamente deshabitada. Ha habido tiempo suficiente para que la población preparara la huída: llevan meses sufriendo terremotos y erupciones, cada vez más fuertes. El gran volcán de Thera se está despertando con toda su furia.


Finalmente, algo terrible sucede. Lo primero que perciben es un lejano resplandor en el horizonte, seguido a los pocos segundos de una honda de sonido tan enorme que tumba a ambos hombres. A pesar de encontrarse a 150 kilómetros, la explosión tiene efectos devastadores para Creta. Olas de más de 20 metros destrozan toda la costa norte, casi toda la flota minoica se ve afectada; se inicia un invierno sin sol que destrozará las cosechas... Los efectos de la explosión se sentirán a lo largo del planeta. En China, a más de 12.000 kilómetros, hay registros de la catástrofe.

La enorme caldera del volcán de Thera ha colapsado, y el océano irrumpe violentamente en su interior. La presión provoca que la mitad de la isla estalle en lo que se conoce como explosión cataclísmica, un suceso que proyecta miles de millones de toneladas de toba y ceniza a 36.000 metros de altura. Hablamos de una explosión equivalente a la de una bomba atómica de 700 kilotones. ¡53 bombas como la de Hiroshima explosionando a la vez en un sólo punto! ¿Pueden imaginarlo?

Lo que antes era una isla redondeada se ha transformado, en un instante, en una media luna. El viento sopla en dirección sureste, y Egipto entra en la oscuridad. Un escriba muestra su angustia: "El sol se ha ocultado, nadie se ve la sombra, las cosechas han muerto, ahora debemos sobrevivir". Se perdieron la cosechas durante este "invierno nuclear", y hubo hambre y miedo. Hay restos de ceniza en los hielos de Groenlandia, y en los anillos de los árboles de Canadá. Millones de toneladas de ceniza caen en el Mediterráneo. La devastación es total.


Esta catástrofe supuso la desaparición de la civilización Minoica. Una tragedia para la especie humana.

Los Minoicos surgieron como talasocracia comercial hacia el 2.000 a.C. Durante siglos dominaron los mares, y sus buques transportaron mercancías de un punto a otro del Mediterráneo. Eran inmensamente ricos y respetados. Su flota los mantenían a salvo de cualquier intento de invasión, y vivían una existencia pacífica y próspera.
Con la civilización minoica sucedió algo único en la historia de la humanidad: la riqueza se repartía de manera igualitaria entre todos los minoicos. Por ejemplo, las clases más humildes de la sociedad, agricultores o artesanos, vivían todas en casas urbanas confortables; disponían de varias habitaciones y agua corriente, caliente y fría, canalizada por tuberías de plomo. Ni Grecia, Egipto ni Roma fueron capaces de algo similar. Es un momento y lugar únicos en la historia de la humanidad. Para que se me entienda: habrá que esperar a la época de Cervantes (siglo XV d.C.) para que el pueblo llano acceda de nuevo a una vivienda con varios espacios diferenciados, algo que sólo los dirigentes se podían permitir.




Una sociedad del bienestar, muy próspera, en la que se dispone de tiempo libre y, por consiguiente, aparece el arte, los juegos y los deportes. De nuevo, en cualquier casa, incluso las más humildes, hay una asombrosa manifestación artística en forma de frescos, ladrillos labrados o bajorrelieves en piedra.


Los frescos nos muestran escenas asombrosas. Mujeres decoradas con tocados y engalanadas con maquillajes que antes remiten al París de los felices 20 que a personas provenientes de un pasado de 4.000 años. ¡Estamos en la edad de bronce, y hay indicios de una tecnología y nivel de vida impensables para tal fecha!



Pero hay más: aparte de las prácticas deportivas y el gusto por el arte, los frescos nos dicen algo más: las mujeres aparecen en una actitud social de perfecta igualdad con el hombre. Ambos realizan las mismas tareas, e incluso aparecen en las mismas competiciones atléticas, algo impensable en el mundo griego posterior. Las deidades principales hunden sus raíces en un mismo tronco: "La diosa madre", una expresión religiosa, igualitaria y pacífica, proveniente del pasado paleolítico, de los albores del hombre.
¿Algo más? Quizás sí; algo importante. En la civilización minoica no hay expresiones pictóricas ni restos arqueológicos que remitan a la violencia ni a la conquista. Es una civilización sin murallas ni armas, sin imágenes de batallas heroicas ni desfile de prisioneros de guerra. Creta es una isla, y ninguna civilización podía disputar a los minoicos la supremacía en el mar. En una época en la que se inician los intercambios comerciales a nivel global, los minoicos hicieron posible transacciones entre todas las potencias de la época. No representaban una amenaza para nadie, y gracias a ellos las clases dirigentes egipcias o mesopotámicas podían acceder a productos de lujo procedentes de lugares lejanos. Puede que Creta no fuera muy grande, pero la enorme flota mercante les hacía inmensos. Como una vez leí a la entrada de un astillero en Valencia, "construir barcos es una manera de agrandar el suelo patrio." La civilización minoica estaba presente en todos los puertos del mundo conocido.


Hablamos, en definitiva, de iniciativa, curiosidad, igualdad, pacifismo, prosperidad; de invertir en arte y calidad de vida. Las imágenes cretenses están impregnadas de alegría por vivir. Y de ocio.

Hay, en efecto, una cultura del divertimento de la que participa toda la población. Los frescos nos muestran a hombres realizando asombrosas piruetas frente a los toros, animales emblemáticos de su cultura y que les acompañaban en forma de imágenes en sus barcos. Incluso ahora todo es incruento; no hay escenas de maltrato animal. Sólo belleza y alegría. Baile y música. Y deporte.

La clave para entender esta cultura es doble: por un lado la intensa actividad comercial generaba un excedente de riqueza que tenía su reflejo en la posibilidad de disponer de tiempo libre, algo impensable en esa época salvo para unos pocos dirigentes. El ocio era un bien disfrutado por la gran mayoría de los cretenses minoicos. Además, hablamos de un ocio sin miedo. A no haber enemigos ni guerra, las energías que otros pueblos gastaban en atacar o defenderse, los cretenses las dedicaban a satisfacer sus necesidades afectivas, estéticas y lúdicas. Eran creativos y curiosos, exigentes y cosmopolitas. Cuando el volcán de Thera explosionó puso fin a un experimento sociológico único en la historia de la humanidad. Para entonces la civilización minoica daba muestras de desgaste, y había pasado por momentos difíciles debido a terremotos o a la presencia, cada vez más amenazante, de "pueblos del mar", que traían consigo una perspectiva diferente de la convivencia y los valores. Thera dio la puntilla a un fenómeno que estaba destinado a caer bajo el empuje de la violencia imperante en la edad de bronce. Los micénicos aprovecharon la debilidad minoica, y el ser humano olvidó lo que implicaba llevar una existencia digna, igualitaria y feliz.



El tiempo del hombre perdió sustancia, impronta. Una mayoría de los humanos vivían existencias monótonas, repetitivas o crueles por el hecho de ser mujeres, pobres o esclavos. El ocio perduró como privilegio de unos pocos.

 Sólo en la Atenas democrática encontramos una experiencia similar, aunque sustentada en la esclavitud y al alcance de unos cuantos hombres. Y, curiosamente, si rastreamos sus orígenes, de nuevo la pista nos conduce a Creta. A un mentiroso que durmió 50 años  encerrado en una cueva. Lo veremos en el siguiente capítulo.


2. TIEMPO Y PAUSA
EL MENTIROSO


Detuvimos el tiempo con una explosión en Creta, y a Creta volvemos. Mil años más tarde.

Epiménides era un joven bastante peculiar, que vivió en el siglo VI a. C. Por ejemplo, le gustaba llevar el pelo largo, algo inusual en su cultura.
Cuentan que un día su padre lo envió a un campo para que cuidara de una oveja y que, desviándose del camino, se adentró en una cueva, de las muchas que hay en Creta. Cuando al cabo se despertó, buscó al animal infructuosamente.
Cuando volvió a la ciudad se encontró en casa de sus padres a un anciano: era su hermano menor. La noticia conmocionó a toda Grecia: había permanecido dormido en la cueva 57 años.

Durante el largo sueño, bendecido por Zeus, tuvo contacto con el mundo de los muertos, el Hades, el inframundo en que gobierna la desdichada Perséfone, una diosa antiquísima que pudo tener su origen en la civilización minoica. Esta experiencia hizo de Epiménides un hombre sabio y justo, que además adquirió el don de la profecía. En realidad, toda su filosofía está impregnada del misticismo de lo que conocemos como misterios órficos.


Estos misterios órficos representan un primer intento de distinguir entre cuerpo y alma, y sobre tal base propugna una existencia ascética para alcanzar un estado más elevado tras la muerte. Tiene una clara influencia oriental; en concreto percibimos rasgos de Zoroastro en su magia y su ética y, fundamentalmente, una clara remisión a la religiosidad vedana procedente de la India. Representó a su vez una enorme influencia en Pitágoras y en los presocráticos que poblaron la Magna Grecia (sur de Italia) del siglo VI y, a través de ellos, en Platón.

Pero, ¿y el tiempo? El bíos orphicos, el estilo de vida órfico, implicaba un cierto abandono de lo corporal en favor de un enriquecimiento espiritual. No era extraño encontrar a sus seguidores deambulando por las ciudades griegas, inmersos en una vida ascética y errabunda, en la que seguían unos pocos preceptos, como no comer carne ni derramar sangre animal. Se creían poseedores de una sabiduría ancestral y defendían la existencia de sucesivas reencarnaciones hasta alcanzar un estado de plenitud que limpiara el alma de toda culpa.

Por supuesto, el tiempo era un elemento primordial en la religiosidad órfica. Insertos en un Mediterráneo convulso, en el que grandes potencias se disputaban la supremacía mediante la guerra, los vagabundos órficos abogaban por una actitud contemplativa y pausada de la vida. En el devenir humano perdemos conciencia del "ahora", embebidos en proyectos, siempre más pendientes del mañana que del hoy. De hecho, entendían la vivencia del "ahora" como un regalo (no en vano al "ahora" lo llamamos "presente"). Debemos despojarnos de toda vanidad y, si acaso, aprender del ritmo de la naturaleza, que en su latido mantiene un orden profundo que llamamos primavera u otoño. Recordemos que Perséfone, maestra de Epiménides, representa junto a su madre Demeter el mito de las estaciones.

Una enseñanza que Epiménides adquirió en el Hades era la "catarsis", el arte de la purificación, que Pitágoras ligó con la música. Gracias a la música, las artes y la meditación el alma se purifica, y alcanza un nivel de armonía que permite su curación. Catarsis era también el arte de dominar las emociones siendo perfectamente consciente de ellas, tanto de las propias como de las ajenas. En este sentido, Epiménides le concedería una gran importancia a lo que hoy llamamos empatía. Era, para entendernos, un experto en lo que hoy llamamos "Inteligencia Emocional".

Tenemos noticias de Epiménides tanto en su faceta de poeta como de filósofo. En este último aspecto fue el inventor de una famosa paradoja: la "Paradoja del Mentiroso".

Esta paradoja pertenece al grupo de las falsídicas, ya que aparenta contradecirse a sí misma. Epiménides formuló simplemente la siguiente frase:

"Todos los cretenses son mentirosos"

Epiménides es cretense y, por tanto, es mentiroso. Ello implica que, al formular esta frase, lo que realmente dice -dado que miente- es que todos los cretenses son veraces; pero no se puede evitar caer en una contradicción permanente: si los cretenses dicen la verdad, Epiménides también. Y son mentirosos ¿Lo sigue? Es una espiral que no tiene fin.

 Como curiosidad, sepa que habrá que esperar al siglo XX para que una de las mayores inteligencias de la historia, Bertrand Russell, resuelva la paradoja distinguiendo entre lenguaje objeto y metalenguaje.



Pero volvamos; hay noticias que nos llegan de Plutarco: estamos en la época de la Olimpíada XLVI, y un barco se acerca a Creta.

Es un navío griego, ateniense sin duda. Nicias, hijo de Nicérato, está al mando. Pide que le indiquen el paradero de Epiménides. Trae consigo una llamada de auxilio: Atenas se muere, y sólo Epiménides puede salvarla.

La ciudad, que sufre una terrible plaga de peste, había acudido a pedir consejo al oráculo de Delfos, la cual señaló a Epiménides como la única persona que podía purificar la ciudad. Atenas se había condenado tras sacrificar a unos ciudadanos rebeldes que se habían protegido escondidos en lugar sagrado, un delito terrible.

Cuando Epiménides, que ya era un anciano, desembarcó en Atenas, el pueblo se arremolinó para disfrutar de su proverbial maestría en la realización de sacrificios. Pero Epiménides era alguien especial. Y lo que hizo cambió Atenas y al pensamiento occidental.
Se acercó a un campo y llevó consigo bastantes ovejas, negras y blancas. Una vez reunidas, las condujo al Aerópago, símbolo del poder de la nobleza en la ciudad. Allí dio instrucciones a los ciudadanos atenienses de que las siguieran, dejándolas rondar a su aire. Los atenienses, hombres de acción, recibieron con escepticismo tal orden. Con paciencia debían dejar que el tiempo transcurriera al ritmo de unas ovejas perezosas, a las que debían acechar sin molestar. Cuando un animal se acostaba, debía ser sacrificado en el lugar.

La enseñanza de Epiménides parece clara. La ciudad debía aprender a disfrutar de la pausa, seguir el ritmo de los animales. La espera da lugar a la introspección, a la reflexión y al recogimiento. Fíjense en esta última palabra: re-cogere, volver a adquirir lo que se tenía desde el principio. Detenerse para, de esta manera, encontrarse a sí mismo.

Esta "incubación" provocó cambios profundos en Atenas. Los legisladores cretenses utilizaban el recogimiento como herramienta que inspira buenas leyes. Epiménides fue tajante: dar buenas leyes es curar. Hasta el momento de su muerte tuvo contactos frecuentes con Solon, el creador del cuerpo legislativo que trajo la democracia a Atenas. El tiempo libre que permitía la explotación de una enorme masa de esclavos se utilizó para conformar un espíritu y un cuerpo cultivados en el orden, el saber y el equilibrio. Y en el honor, un concepto que adquirirá mucha importancia en una Atenas compuesta por individuos libres. Surgen con fuerza la filosofía y las ciencias, y las artes viven un momento de autentico esplendor. Un ciudadano ateniense participa activamente en el gobierno de la ciudad, acude por las tardes al teatro, se ejercita en el gimnasio y se solaza en simposium en los que se habla de política, filosofía o ciencia.

Sólo fracasó Epiménides en una enseñanza: siguiendo la tradición cretense, Epiménides se opuso a la subordinación de la mujer griega, y abogó por concederles un estatus similar al hombre. Por desgracia, en esto los atenienses no le hicieron caso alguno. La mujer en Grecia era un objeto que pasaba de casa de su padre a la casa del esposo, y su vida se circunscribía al gobierno de su hogar y la crianza de sus hijos. Sólo a las cortesanas (hetairas) se les permitía participar en banquetes e incluso ofrecer su opinión. Autores como Aristóteles incluso dudaban de la existencia de un alma femenina.

Finalmente, Epiménides volvió a casa. Los atenienses le ofrecieron dinero, que él rechazó, e inició su último viaje de regreso a su isla. Era muy anciano y murió al poco de volver al hogar. Es controvertido el tema de su edad: Flegón dice que murió con 157 años, sus conciudadanos afirmaron que tenía 299 años cuando se produjo el óbito. Jenófanes afirma prudente que murió con "apenas" 154 años.

Cuenta Pausanias que cuando Epiménides murió, descubrieron que su piel estaba tatuada con unas figuras extrañas, parecidas a escrituras. Esto resultaba sorprendente, en tanto los griegos sólo tatuaban a sus esclavos. De nuevo Epiménides se muestra un sujeto de lo más extravagante. ¿Cómo se explican estos tatuajes?

La única explicación posible es que Epiménides tuvo contacto con las religiones chamánicas de Asia central, debido a que el ritual del tatuaje se asocia a menudo a la iniciación del chamán de estas religiones. Esto explicaría muchas peculiaridades de su filosofía, y el hecho de que se le adivinen influencias orientales. En una época tan emocionante como la "Era Axial", Epiménides sería un compendio de ideas, algunas lejanas, otras más cercanas, todas ellas asentadas en el suelo fértil de Creta, la tierra en la que floreció la civilización minoica.

La tierra en la que el tiempo encontró el ocio, la diversión y la pausa.

Los frutos los veremos pronto: perduran hoy en día y suponen los cimientos sobre los que se asienta nuestra cultura.

Pero para entenderlo, tendremos que iniciar otro viaje. Éste a pie. Un tortuoso calvario de 800 kilómetros cuya meta es introducir un palo en la tierra.

3. TIEMPO Y CONOCIMIENTO
EL HOMBRE QUE ANDUVO 800 KILÓMETROS

Un hombre espera a que un barco finalice su atraque en el puerto de Alejandría. Es un esclavo público, un servidor del Estado, que presta sus servicios en la institución más famosa e importante de la ciudad: el museo.
Cuando suben a bordo, los funcionarios ordenan una inspección a fondo del buque; no les interesa el cargamento ni la tripulación. Alejandría es una ciudad única: su policía de aduanas busca libros.

 Encuentran un ejemplar desconocido en Alejandría. Requisan el rollo, y le entregan a su propietario un recibo. Podrá recuperar su libro transcurridos unos días, cuando se haya transcrito su contenido. En realidad, lo más probable es que reciba la copia, y el museo se quede con el original requisado.


Nuestro hombre regresa al museo. Allí le informan que debe partir hacia una misión ordenada por Erastótenes, el director de la biblioteca. Se encamina hacia el despacho de Erastótenes, lo que le permite contemplar, una vez más, la magnitud del museo. Consta de varias dependencias: la mayor biblioteca del mundo, con más de 400.000 libros, laboratorios de ciencias físicas y naturales, un jardín botánico y un zoológico. En su interior se compila y analiza todo un saber de siglos. Manifiesta el espíritu de una ciudad, Atenas, que hizo del conocimiento su bandera. Lo prueba el hecho de que dos discípulos del sabio Aristóteles han sido los artífices de este gigantesco centro de estudios.

 El esclavo espera fuera. No cuestiona las órdenes que recibe; desde niño se le ha adiestrado en obedecer. Un superior sale de la habitación y le hace un gesto; le ordena que se presente a las afueras del museo a las seis de la mañana.

Van a iniciar un viaje.

 Será un viaje muy largo. Durante días nuestro hombre camina siguiendo una línea recta, hacia un destino que desconoce. Al cabo de una semana empiezan a dolerle terriblemente los pies. El calzado que lleva no es el adecuado para caminar durante tanto tiempo. Hay otros dos esclavos, pero son débiles, y él realiza casi todo el trabajo. Aunque aprovechan las horas de menos calor, el cansancio se ceba con unos hombres malnutridos cuya vida ha sido un constante trabajar de sol a sol, desde la infancia.

 Unos funcionarios a lomos de unos mulos llevan de manera escrupulosa la cuenta de los pasos del esclavo. Al caer la noche comparan sus resultados. El esclavo no entiende la razón de este viaje ni de por qué se cuentan sus pasos. Él sólo se preocupa de dar un paso más, día tras día.

 Han pasado 20 días, y el esclavo tiene heridas en los pies. El dolor es cada vez mayor, y la distancia que recorre en una jornada es, progresivamente, menor. Al final, las úlceras le impiden seguir caminando. Le permiten subir a un carro; el destino está cerca. Las heridas le supuran y desprenden un olor nauseabundo. El pie hinchado está sucio, ennegrecido, y comienza a tener fiebre.

 Yace en el carro, sudando y delirando. Pasan los días. Cree haber oído que ya están de regreso. Espera poder recuperarse en Alejandría. Pero a los tres días una septicemia acaba con su vida. Sus compañeros de viaje se detienen el tiempo justo para hacer un apresurado enterramiento cerca del camino. No hay inscripción alguna, nada que indique la presencia de un cadáver humano.

 Al fin y al cabo, no era más que un esclavo.

Cuando la expedición regresa a Alejandría, el jefe de la misma se dirige al despacho de Eratóstenes. Le indica una cifra exacta. Cuando se dispone a abandonar la habitación escucha una última pregunta:
- ¿Ha habido algún problema?

Se lo piensa un momento, y contesta:

- Ninguno.

Eratóstenes hace una seña con la cabeza y se queda solo, haciendo cálculos sobre un papiro. Tiene un skaphe, un reloj de su invención, a su lado. Con el dato que le acaban de dar, y otros que ha adquirido por sí mismo, medirá la circunferencia del planeta Tierra. 1800 años antes de Colón no sólo tiene la certeza de que el planeta es una esfera; además sabe lo que mide. Es extraordinario.

Carl Sagan (maestro divulgador) lo explica en este vídeo extraordinario:


En Grecia existía un listado de 7 sabios que cambiaron el mundo para siempre: Cleóbulo de Lindos, Solón de Atenas, Quilón de Esparta, Bías de Príene, Tales de Mileto, Pítaco de Mitilene y Periandro de Corinto. Lo cierto es que hubo varias listas, y en algunas aparecía nuestro Epiménides, el excéntrico sabio cretense. Estos hombres lograron crear un mundo contemplativo y amante del saber, en el que por vez primera nuestra especie utilizaba su tiempo para algo más que sembrar la tierra o guerrear; establecieron hipótesis que explicaran los fenómenos terrestres y celestes, y buscaron formas de comprobarlas empíricamente. Las matemáticas fueron un instrumento poderoso en manos de estos hombres y de sus sucesores; fueron capaces de predecir eclipses. De medir la circunferencia de la Tierra.

En estos los tiempos de Arquímedes o Eratóstenes, y en otros anteriores, existe una palabra: "schole".

Significaba ocio.

Son tiempos en los que el conocimiento no conoce de la prisa; menos de la competitividad o de las "evaluaciones".

El "ocio", pues, es lo contrario al "no (nego) ocio", al negocio. Sin embargo, es fácil percibir que en la actualidad vivimos tiempos en los que la educación de más calidad es un negocio; no transmitimos a nuestros jóvenes valores de pausa y cultivo, sino de competitividad.
Al conocimiento se le discute el valor de la siembra, y se memorizan programas, todos iguales, para poder aprobar un examen. Al poco, se olvida lo estudiado. 
La siembra cae en el terreno baldío de la urgencia. 

En mi opinión, la diferencia radica en los medios de producción; en la antigüedad la mano de obra esclava facilitaba los excedentes necesarios para poder disfrutar de una vida más des-ocupada en buscarse el sustento. Los griegos se dedicaban a la escuela (al ocio), a los symposium o al teatro, porque disponían de tiempo.
La clave fue que dedicaran su tiempo a cultivar la mente. Esa es la mayor herencia del mundo griego.
Hoy, que disponemos de maquinaria y, en principio, podríamos diseñar una sociedad que buscara refugio en la pausa y el saber, hemos optado por algo muy distinto.

Y, con ello, se resiente el tiempo orgánico.



4: TIEMPO ACELERADO
EL TIEMPO DEL RELOJ DE ARENA



El tiempo del hombre es un tiempo orgánico. Es el tiempo del latido, de las fases lunares, de las estaciones y la siembra.

El tiempo humano puede verse, porque es un tiempo de mareas, de relojes de arena, de amaneceres. Así ha sido durante decenas de miles de años: el humano transcurre al ritmo de la naturaleza. A su propio ritmo.

Sin embargo, la modernidad supuso un cambio cuantitativo y cualitativo del tiempo. El tiempo fue haciéndose más acelerado y preciso, y se hizo necesario inventar un tiempo mecánico. Es algo que Junger describe en “El libro del reloj de arena”. Con ello, el tiempo dejó de ser algo relativo. Si la brújula nos situó en el espacio, el reloj nos situó en el tiempo. El tiempo se hizo igual para todos, artesanos o labriegos, marinos o sacerdotes.

En Alemania, en el siglo XVI, el reloj de una iglesia comenzó a tocar los cuartos. Ya no bastaba con los años o los días. Ni siquiera las horas. El humano comenzó a necesitar una percepción del minuto. Más deprisa. Más competitivos. Más precisos.




Más iguales.

Con ello se alteró nuestra memoria operativa, la herramienta por la que procesamos la información del presente sobre la base de lo que hemos aprendido en el pasado, para así ser capaces de predecir el futuro. Con el tiempo mecánico, inmisericorde, no disponíamos de tiempo para pensarnos las cosas. La vida abandonó toda práctica contemplativa. Simplemente, pasaba por delante de nuestros ojos, a toda velocidad.

El presente se hace el amo del hombre. Lo inmediato impone su mandato. En la Odisea, Ulises llega a una isla en la que tres de sus hombres comen de una flor llamada "loto". Es deliciosa, ofrece la felicidad; pero hace perder la memoria. Los que caen bajo su embrujo sonríen como bobos. Olvidan sus prioridades, abandonan sus deberes y se produce una pérdida de valores. Ya no quieren volver a casa, proseguir su camino de regreso; sólo seguir comiendo de la flor. Viven sólo el presente, lo inmediato. No tienen proyectos, y por tanto son menos libres: están alienados.

Viven ajenos al transcurso del tiempo. En palabras de Khalil Gibrán, serían “extraños en medio de las estaciones y prófugos de la procesión de la vida, que marcha en amistad y sumisión orgullosa hacia el infinito”. Están solos.

Tendemos a olvidar algo: no somos eternos; tenemos un número cerrado de divisiones celulares. El cuerpo nos pide que respetemos su ritmo, y no lo hacemos. Nos invade la cultura del “fast food”, y alargamos la juventud hasta más allá de lo razonable.  

Alguien fallece con 70 años, y en su velatorio se comenta “¡era tan joven!” En la actualidad, tras la crianza de los hijos y los nietos, vivimos un tiempo muy largo y, permítaseme,  redundante. Es muy probable que lleguemos cansados al final. Es incluso posible que estemos hastiados desde antes. Teilhard De Chardín decía que “el gran cáncer del hombre moderno es el aburrimiento”.

Vivimos tiempos de prisas e inmediatez, partícipes en una carrera hacia ninguna parte. Hemos creado una sociedad de analfabetos funcionales. La urgencia nos obliga a conformarnos con un aprendizaje de titulares. ¿Y a cambio de qué? ¿Qué conseguimos con tanta prisa?

Tener.

Somos esclavos del consumo. “La esclavitud no se abolió, sólo se puso en nómina”. Todos sabemos cuántas pulgadas tienen nuestras televisiones, cuánta potencia tiene nuestro coche o qué marca de ropa vestimos, y cuánto cuesta. Sin embargo, muchos de nosotros no sabemos cosas básicas, imprescindibles para entender nuestra propia naturaleza social o animal. Pondré un ejemplo:

La madrugada del 17 de enero de 1994, el Observatorio Griffith, situado en Los Ángeles, recibió cientos de llamadas de personas aterradas. El cielo era extraño, insólito. Las personas afirmaban ver "una gigante nube plateada" en el firmamento. ¿Acaso estábamos asistiendo a una invasión extraterrestre?

Acababa de ocurrir el terremoto de  Northridge, y la ciudad se había quedado sin luz. Lo que los ciudadanos estaban viendo aterrados eran estrellas. ¿No les parece algo más que una anécdota?

Ariadna le entrego a Oreo un hilo para que no se perdiera en el laberinto. Nosotros pasamos los fines de semana encerrados en enormes centros comerciales. El Minotauro somos todos. Malgastamos nuestro tiempo en actividades tan vacías que llamamos al tiempo de ocio “Tiempo Libre”. ¿De quién se tiene que liberar el tiempo? ¿De nosotros mismos?

No podemos evitarlo. Erich Fromm nos explica que “el carácter social internaliza las necesidades externas, enfocando de este modo la energía humana hacia las tareas requeridas por un sistema económico y social determinado”. Parece que no hay salida. Es el sistema el que nos tiene presos.

¿O no?

Propongo la única cura eficaz: la pausa. Hace falta que vuelva Epiménides. Que nos recuerde lo que decía Empedocles: que “el mar es el sudor de la tierra”.


Es una frase que está llena de tiempo orgánico. De tiempo humano.

De tiempo.



Resta un último artículo:

"El tiempo como arte. Comer en el DiverXo"

Le dedicaré una entrada propia. Lo merece.



Antonio Carrillo

viernes, 24 de marzo de 2017

El terrible “Evento Carlomagno”; o el fin de la civilización




Estamos en el año 774 y Carlomagno ha vencido a los lombardos en Pavía, lo que virtualmente lo convierte en dominador de Italia y máximo defensor de la cristiandad y de Roma. Es un primer y trascendental hito que culminará cuando el Papa lo corone emperador.

Y, sin embargo, algo le preocupa. En los años 774 y 775 “le resulta muy difícil gobernar”, según sus propias palabras. Las plantas no se desarrollan normalmente; hay hambruna, enfermedades, peste. Y el sol se comporta de manera extraña. En los años siguientes habrá un aumento de las muertes por cáncer de piel y se producirán una tasa muy alta de nacimientos con malformaciones.

¿Qué estaba sucediendo? Una crónica anglosajona habla de “serpientes maravillosas vistas en los cielos sajones del sur”. El cronista Roger de Wendover describe signos de fuego en los cielos tras el anochecer; y “serpientes en Sussex que parecen surgir del suelo, para el asombro de todos”. En Alemania se habla de “escudos inflamados” en el cielo; en China, en la Provincia Shanxi, también se comenta la presencia de “serpientes en el cielo”.

En el año 774 algo grave sucedió en nuestro planeta a un nivel global. Lo denominamos “Evento Carlomagno” y deberíamos prestarle mucha atención. Es posible que nuestra civilización esté en serio peligro si se repite.

O, mejor dicho, cuando se repita.

Periódicamente nuestra estrella sufre una tormenta solar o, para ser más exactos, una eyección de masa coronal. Desde la superficie del sol, una violenta fulguración emite una gigantesca corriente de radiación y de partículas extremadamente energéticas. Si la eyección es muy intensa y tiene un rumbo de encuentro con nuestro planeta, los humanos corremos un verdadero peligro.

Lo sucedido en el 774 dejó un rastro indeleble en los anillos de los árboles, mudos testigos de lo acaecido hace siglos. Científicos japoneses han descubierto en dos cedros una fortísima exposición a la radiación en forma de carbono 14 justo en los años 774 y 775. Es un experimento que se ha repetido con éxito en Alemania e Irlanda. También se han encontrado isótopos de berilio en estratos de hielo antártico correspondientes a los años 774 y 775.

¿Qué sucedió? Las partículas energéticas provenientes del Sol chocan con el escudo magnético que protege nuestro planeta, e interactúan con el oxígeno o el nitrógeno que forma parte de nuestra atmósfera. En este colisionador enorme de partículas se forman otras nuevas, como el carbono 14. En concreto, cuando las partículas provenientes del sol chocan con los átomos de nitrógeno se forma un átomo de carbono radioactivo con 6 protones y 8 neutrones. Una parte se transforma espontáneamente en otro isótopo, el nitrógeno 14; pero otra parte se conserva como carbono 14 y forma parte del compuesto gaseoso que llamamos dióxido de carbono. Y las plantas asimilan el dióxido de carbono mediante la fotosíntesis.

Los anillos de los árboles – un maravilloso calendario que nos ofrece la naturaleza – no mienten: la Tierra se vio sometida a una radiación muy intensa durante esos dos años. Pero ¿y las serpientes y luces en el cielo?

El 28 de agosto de 1859 ciudadanos de Norteamérica, Cuba, España. Hawái e incluso Colombia presenciaron fascinados el espectáculo de las auroras boreales. El fenómeno fue en aumento; en Madrid se podía leer el periódico en plena noche bajo la luz de las llamaradas ondulantes. El 1 de septiembre el astrónomo británico Richard Christopher Carrington, que estudiaba un grupo de manchas solares, observó que de las manchas salía un gran estallido blanco. Pocas horas más tarde, la Tierra recibió una inmensa oleada de partículas, que causó no sólo nuevas auroras boreales, sino que dañó los sistemas eléctricos europeos y norteamericanos. Los picos de tensión eléctrica inutilizaron las estaciones de telégrafos.

Si hubiese habido astronautas en una estación orbital, hubiesen muerto. Y los satélites artificiales, de haber existido, habrían sufrido graves daños.

Este suceso recibe el nombre de “Evento Carrington”. Y fue 20 veces más débil que el Evento Carlomagno.

Una eyección de masa coronal de la intensidad de la del año 774 ¿qué efectos tendría hoy mismo?

La tecnología nos ha hecho poderosos, pero dependientes. Un fallo global en nuestros sistemas de telecomunicaciones y eléctricos tendría unas consecuencias difíciles de evaluar. Lo mejor es poner un ejemplo.

Supongamos: estamos en febrero de 2028 y el sol proyecta una eyección de masa coronal equivalente a la del Evento Carlomagno.


8 minutos más tarde, sin previo aviso, la Tierra se ve bombardeada por una inmensa radiación en forma de luz ultravioleta, rayos X y rayos gamma. Gran parte de la radiación sería desviada o absorbida por la atmósfera terrestre, pero con un coste catastrófico. Las capas exteriores de la atmósfera recibirían la energía ionizante procedente de los rayos gamma y X, y una atmósfera ionizada interfiere las comunicaciones por radio.

El primer efecto de la eyección sería el silencio.

Los satélites artificiales que orbitan la Tierra no pueden soportar tal embate. Los paneles solares y los componentes electrónicos, tan delicados como, por ejemplo, los relojes atómicos, dejarían de funcionar. Ello supone que la red de comunicaciones a nivel planetario se vendría abajo, y que todo el sistema de posicionamiento por GPS fallaría. Los aviones que estuviesen en el aire perderían la señal. Y a 10.000 metros de altitud, posiblemente, la cantidad de radiación recibida por los pasajeros alcanzaría niveles muy peligrosos.

Pero lo peor está por llegar. Detrás de la radiación, que viaja a la velocidad de la luz, vienen los verdaderos jinetes de apocalipsis: los protones energéticos.

La eyección no sólo emite energía; si es una eyección muy potente partículas poderosísimas siguen el mismo camino, con energías que superan los 200 MeV. Una potencia que nuestro escudo magnético no puede soportar. Con el campo magnético terrestre dañado, las perturbaciones electromagnéticas alcanzan la superficie. Sobreviene el caos.

Las perturbaciones crean corrientes inducidas, algo así como un pulso electromagnético que genera una inmensa electricidad estática. Los protones energéticos desestabilizan las líneas del campo magnético que, al moverse, generan una línea de energía extremadamente larga y una corriente eléctrica imposible de gestionar.  

Imagine: dejaría de haber corriente eléctrica, porque las líneas eléctricas se quemarían. Toda la comida que guarde en su frigorífico se pudriría, no habría calefacción ni aire acondicionado. Ni luz, televisión, radio ni telefonía. Usted, hasta hace unos minutos ciudadano del primer mundo, estaría de repente aislado. Pero lo malo no ha hecho más que empezar. La civilización corre verdadero peligro por culpa de un simple componente de las centrales eléctricas: los transformadores.

Llamamos transformador a un dispositivo eléctrico que mantiene estable la potencia de la red eléctrica, aumentando o disminuyendo la tensión del circuito de corriente alterna de tal manera que la potencia que entra en él es igual a la que sale. Es, por decirlo de alguna manera, el guarda de tráfico que permite que la circulación fluya uniformemente en los cruces, sin atascos o retenciones ni choques imprevistos. Evita y previene el caos.

Prácticamente todos los aparatos eléctricos tienen transformadores, y una corriente inducida de gran potencia estropearía todo lo que estuviese enchufado. Pero no hablo de que se le estropee la tostadora. No. De lo que hablo es de las Centrales eléctricas.

Toda la corriente eléctrica se gobierna a través de grandes centrales eléctricas, que cuentan con transformadores de alta tensión del tamaño de un autobús; dispositivos inmensos que cuestan millones de euros. Y son muy vulnerables a las tormentas geomagnéticas. No pueden gestionar un ataque tan rápido y poderoso; se queman.

Y no hay apenas repuestos para unos aparatos carísimos fabricados a medida. Además, las fábricas de transformadores, obviamente, funcionan con electricidad.

De lo que hablo es de que no habría suministro eléctrico durante meses. Usted, lector, está sin luz, varios meses. Sin calefacción. Pero eso no es lo peor.

Vaya a la cocina. Abra el grifo del agua corriente. No dispone de agua. Los sistemas de potabilización, las bombas que permiten que haya una presión suficiente para que usted pueda tener agua a seis pisos de altura…. Todo funciona con electricidad. Y los generadores de emergencia tienen una vida muy limitada.

Piénselo ¿Cómo consigue agua? Puede sobrevivir unas semanas con poca comida, pero sin agua morirá en cuestión de poco tiempo. Los más avispados se darán cuenta del problema y asaltarán los comercios para proveerse de agua mineral. Y no habrá fuerzas de seguridad suficientes como para impedir el vandalismo.

¿Tiene un pozo cerca? Lo dudo. No sabe cómo conseguir agua potable, ni cultivar comida. Sin gasolina (no funcionan los surtidores de las gasolineras) sólo puede recorrer una distancia muy pequeña. Y no vive rodeado de ríos o cultivos; vive en una jungla de asfalto que lo aprisiona en un entorno que se ha vuelto hostil.

La tecnología, que le ha hecho poderoso, ahora le hace vulnerable.

¿Cuántos de los que me leen viven en una gran urbe? Una mayoría. Sin suministro de petróleo, gas natural ni agua, con las reservas alcanzando un precio desorbitado… es un desastre. Los hospitales dependen de la electricidad, como los aeropuertos o los servicios de transporte público.

Pero hay más. En el primer mundo hay cerca de 500 reactores nucleares; y necesitan de energía para mantener los niveles de seguridad en funcionamiento. El fallo en los transformadores y, muy especialmente, la sobrecarga de tensión en el propio sistema eléctrico puede provocar un incidente catastrófico ¿Imagina cientos de Chernóbil a la vez? Porque, y esto resulta difícil de creer, no hay un plan de actuación armonizado y coherente que prevea las consecuencias de una eyección masiva.  

El presidente Obama fue el primero en darse cuenta de la importancia del problema, y a través de una orden ejecutiva intentó instaurar el año pasado un protocolo para proteger, entre otras, las instalaciones militares. Porque de los silos nucleares no hemos hablado. Es un tema que con la administración Trump (supongo) habrá quedado en nada.

Sin apenas capa de ozono, el ADN dañado por la radiación y mutaciones y malformaciones, sin suministro de agua ni alimentos, con escapes radioactivos y las tuberías de gas y petróleo estallando por la corrosión producto de las corrientes inducidas, los disturbios sociales y todos los servicios públicos paralizados, la civilización no desaparecerá, pero sí pasará por la peor prueba de su historia. Y habrá millones de víctimas.

El habitante de una tribu africana, con su pozo y su huerto, sobrevivirá. Nosotros moriremos abrazados a un iPhone sin batería.

En el Apocalipsis se lee:


"El cuarto ángel derramó su taza en el sol, y le dio fuerza para afligir a los hombres con ardor y con fuego".

Antonio Carrillo