sábado, 4 de marzo de 2017

Las cartas de Jesucristo




Primero; ¿Sabía escribir Jesucristo?

La única mención inequívoca que he encontrado al respecto es la fantástica parábola de la mujer adúltera del evangelio de San juan.

Unos escribas y fariseos le preguntan a Jesús si debían apedrear a una mujer adúltera.

Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo.

Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: “Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra”.

E, inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra.

Creo que es un texto de una elegancia literaria innegable.

Que Jesús supiese leer y escribir no resulta en absoluto extraño. Junto a la sinagoga de Nazaret se encontraba la escuela, a la que los niños acudían a partir de los cinco años. Había un primer ciclo, de enseñanza obligatoria, en el que se enseñaba el alfabeto hebreo, a leer y escribir fundamentalmente textos sagrados. En un segundo ciclo de dos años profundizaban en el conocimiento de la Ley oral judía.

Por tanto, no resulta tan extraña la fascinante historia protagonizada por Abgaro, el toparca (reyezuelo) de Edesa, hoy la turca Urfa.

Eusebio, obispo de Cesarea y (denostado) historiador de la iglesia del siglo IV, nos relata lo sucedido en su “Historia Eclesiástica”. Resulta que, en tiempos de Cristo, el pobre Abgaro penaba de una enfermedad incurable y, conocedor de la fama milagrera de Jesús, se decidió a escribirle una carta. El historiador Eusebio tuvo el buen sentido de transcribirla del siríaco original al griego.

Disponemos en realidad de dos versiones, con una traducción realizada por Antonio Piñero Sáenz, catedrático y profesor emérito de griego clásico por la Universidad Complutense de Madrid, una autoridad mundial en textos neotestamentarios y, lo que es más importante, nacido en Chipiona, provincia de Cádiz (Mi madre nació en Chipiona; un beso mamá).

La carta de Abgaro a Jesucristo, en la versión de “La Enseñanza de Adai”, es del tenor siguiente:



Abgaro Ouchama a Jesús, el Buen Doctor Quien ha aparecido en el territorio de Jerusalén, saludos:

He oído de Vos, y de Vuestra sanación; que Vos no usáis medicinas o raíces, sino por Vuestra palabra abrís (los ojos) de los ciegos, hacéis que los paralíticos caminen, limpiáis a los leprosos, hacéis que los sordos oigan; cómo por Vuestra palabra (también) curáis espíritus (enfermos) y aquellos atormentados por demonios lunáticos, y cómo, de nuevo, resucitáis los muertos a la vida. Y, al darme cuenta de las maravillas que Vos hacéis, me he dado cuenta de que (de dos cosas, una): o habéis venido del cielo, o si no, Sois el Hijo de Dios, quien hace que sucedan todas éstas cosas. También me doy cuenta de que los judíos murmuran en contra Vuestra, y Os persiguen, que buscan crucificaros y destruiros. Poseo únicamente una pequeña ciudad, pero es bella, y lo suficientemente grande para que nosotros dos vivamos en paz.



De haberle hecho caso Jesús ¡Cómo hubiese cambiado la historia!

Hanán, secretario, bibliotecario y pintor de la corte de Abgaro transmitió en persona la misiva a Jesús. Mientras esperaba la respuesta, fascinado por la majestuosidad del rostro del Mesías, Hanán hizo un retrato del rostro de Jesús; el conocido como “Mandylion”, la imagen más antigua que se conoce de la cara de Jesucristo.


El propio Jesús escribió la respuesta, que rezaba de esta guisa:

Id, y decid a vuestro amo, quien os envió a Mí: ‘Feliz seáis, vos que habéis creído en Mí, sin haberme visto, porque está escrito de mí que quienes me vean no creerán en Mí, y que aquellos que no me vean creerán en Mí. En cuanto a lo que habéis escrito, que debería ir a vos, (he aquí, que) todo a lo que fui enviado aquí está terminado, y subo de nuevo a Mi Padre Quien me envió, y cuando haya ascendido a Él os enviaré a uno de Mis discípulos, quien sanará todos vuestros sufrimientos, y (os) dará la salud de nuevo, y convertirá a todos aquellos con vos a la vida eterna. Y vuestra ciudad será bendecida por siempre, y el enemigo nunca prevalecerá sobre ella.



Esta leyenda (a todas luces falsa) fue muy popular durante la Edad Media: las copias de la carta de Jesús se usaban como amuleto. Y la importancia del relato ha llegado hasta nuestros días: Abgar es un beato en la iglesia oriental, y durante la cuaresma se conmemora su historia. En el billete armenio de 100.000 drams aparece Abgar y la bandera con el Mandylion.


Por acabar con este relato, hay quien defiende la (improbable) teoría de que el Mandylion (desaparecido en la Edad Media) sea la Sábana Santa de Turín.

Las historias no tienen que ser verídicas para ser interesantes ¿No creen? En el año 745 el Papa San Zacarías tuvo que convocar un concilio en la basílica de Teodoro del Palacio Lateranense para, fundamentalmente, pronunciar un anatema en contra de las herejías de dos sacerdotes: Clemente y Adelberto.

Nos interesa especialmente Adelberto, un sinvergüenza de tomo y lomo que había montado un pingüe negocio de reliquias falsas. Y ¿saben cómo consiguió fama y miles de seguidores? Todo se basaba en una carta escrita de puño y letra por Jesús.

La carta, que fue leída en el concilio, demuestra los serios problemas a los que se enfrentaba la infraestructura de correos de una época al parecer frenética. La carta, tras ser escrita por Jesús, cayó del cielo en la ciudad de Jerusalén, donde la recogió el arcángel San Miguel en la puerta de Efrén. El periplo epistolar se vuelve algo caótico: el sacerdote Icoré, tras leer y copiar la carta, se la envió a su colega Talasio, en la ciudad de Jeremías.  Éste remitió la carta al sacerdote Leohan, en Arabia, quien a su vez se la envió a Macruis, en Vetsania. Finalmente, y por razones que se escapan a mi comprensión, Macruis envió la carta al monte del arcángel San Miguel, de donde partió, suponemos que en forma de correo urgente, por intermediación de un ángel que, finalmente, la depositó en el sepulcro de san Pedro en Roma.

Pero, si hubo un momento en la historia en el que florecieron las cartas de Jesús, sin duda debemos centrar nuestra atención en la época de las cruzadas.

Ya desde un principio Pedro el ermitaño, líder de la primera cruzada, enseñaba en su peregrinación en busca de adeptos una carta que el propio Jesús le había dado en el Santo Sepulcro de Jerusalén, con órdenes explícitas sobre la cruzada.

Si de algo podemos estar seguros es de que una figura que abogaba por la paz, como Jesús, no pudo influir de ninguna manera en las decisiones de un genocida como Pedro. Tras tomar Jerusalén el 15 de julio de 1099, y nombrado capellán del ejército victorioso, exigió en un sermón en el monte de los Olivos que los valientes soldados saquearan la ciudad y aniquilaran a todos los infieles desarmados, mujeres y niños, musulmanes y judíos por igual. A cambio, con la sangre de sus espadas los cruzados se aseguraban la entrada en el paraíso.

La historia de las cruzadas es una historia de infamia, en ocasiones justificada por supuestas cartas de Jesucristo. Un conde de Renania, el conde Emicho, cabeza de la "cruzada alemana" de 1096, necesitado del dinero de las comunidades judías asentadas a lo largo del Rin, exterminó a poblaciones enteras. Lo curioso es que a menudo los obispos cristianos de las ciudades intentaron proteger a los miembros de la comunidad judía. En Mainz, por ejemplo, el Arzobispo Ruthard se refugió con la población judía en su residencia personal. Sin embargo, Emicho y sus tropas asaltaron el palacio arzobispal y masacraron a los allí presentes.  

Emicho llevaba consigo misivas del mismo Jesús, con las que justificaba su barbarie.

A un pastor llamado Esteban de Cloyes le bastó anunciar que portaba una carta de Jesús destinada al rey de Francia para aglutinar una marea de 30.000 seguidores. Y al monje cisterciense húngaro Jacobo, el “maestro húngaro”, la Virgen María le entregó una carta escrita en arameo (idioma que desconocía) en la que le informaba que los ricos caballeros jamás conquistarían Jerusalén; que debían encargarse de la tarea los pobres y desheredados; pastores y campesinos sobre los nobles y caballeros. Una verdadera revolución.

Por supuesto, lo habrán adivinado, el tal Jacobo acabó siendo ejecutado por la nobleza.

En fin, han sido unas pinceladas sobre un tema que, espero, les habrá distraído.

No espero más.

Antonio Carrillo

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