viernes, 24 de marzo de 2017

El terrible “Evento Carlomagno”; o el fin de la civilización




Estamos en el año 774 y Carlomagno ha vencido a los lombardos en Pavía, lo que virtualmente lo convierte en dominador de Italia y máximo defensor de la cristiandad y de Roma. Es un primer y trascendental hito que culminará cuando el Papa lo corone emperador.

Y, sin embargo, algo le preocupa. En los años 774 y 775 “le resulta muy difícil gobernar”, según sus propias palabras. Las plantas no se desarrollan normalmente; hay hambruna, enfermedades, peste. Y el sol se comporta de manera extraña. En los años siguientes habrá un aumento de las muertes por cáncer de piel y se producirán una tasa muy alta de nacimientos con malformaciones.

¿Qué estaba sucediendo? Una crónica anglosajona habla de “serpientes maravillosas vistas en los cielos sajones del sur”. El cronista Roger de Wendover describe signos de fuego en los cielos tras el anochecer; y “serpientes en Sussex que parecen surgir del suelo, para el asombro de todos”. En Alemania se habla de “escudos inflamados” en el cielo; en China, en la Provincia Shanxi, también se comenta la presencia de “serpientes en el cielo”.

En el año 774 algo grave sucedió en nuestro planeta a un nivel global. Lo denominamos “Evento Carlomagno” y deberíamos prestarle mucha atención. Es posible que nuestra civilización esté en serio peligro si se repite.

O, mejor dicho, cuando se repita.

Periódicamente nuestra estrella sufre una tormenta solar o, para ser más exactos, una eyección de masa coronal. Desde la superficie del sol, una violenta fulguración emite una gigantesca corriente de radiación y de partículas extremadamente energéticas. Si la eyección es muy intensa y tiene un rumbo de encuentro con nuestro planeta, los humanos corremos un verdadero peligro.

Lo sucedido en el 774 dejó un rastro indeleble en los anillos de los árboles, mudos testigos de lo acaecido hace siglos. Científicos japoneses han descubierto en dos cedros una fortísima exposición a la radiación en forma de carbono 14 justo en los años 774 y 775. Es un experimento que se ha repetido con éxito en Alemania e Irlanda. También se han encontrado isótopos de berilio en estratos de hielo antártico correspondientes a los años 774 y 775.

¿Qué sucedió? Las partículas energéticas provenientes del Sol chocan con el escudo magnético que protege nuestro planeta, e interactúan con el oxígeno o el nitrógeno que forma parte de nuestra atmósfera. En este colisionador enorme de partículas se forman otras nuevas, como el carbono 14. En concreto, cuando las partículas provenientes del sol chocan con los átomos de nitrógeno se forma un átomo de carbono radioactivo con 6 protones y 8 neutrones. Una parte se transforma espontáneamente en otro isótopo, el nitrógeno 14; pero otra parte se conserva como carbono 14 y forma parte del compuesto gaseoso que llamamos dióxido de carbono. Y las plantas asimilan el dióxido de carbono mediante la fotosíntesis.

Los anillos de los árboles – un maravilloso calendario que nos ofrece la naturaleza – no mienten: la Tierra se vio sometida a una radiación muy intensa durante esos dos años. Pero ¿y las serpientes y luces en el cielo?

El 28 de agosto de 1859 ciudadanos de Norteamérica, Cuba, España. Hawái e incluso Colombia presenciaron fascinados el espectáculo de las auroras boreales. El fenómeno fue en aumento; en Madrid se podía leer el periódico en plena noche bajo la luz de las llamaradas ondulantes. El 1 de septiembre el astrónomo británico Richard Christopher Carrington, que estudiaba un grupo de manchas solares, observó que de las manchas salía un gran estallido blanco. Pocas horas más tarde, la Tierra recibió una inmensa oleada de partículas, que causó no sólo nuevas auroras boreales, sino que dañó los sistemas eléctricos europeos y norteamericanos. Los picos de tensión eléctrica inutilizaron las estaciones de telégrafos.

Si hubiese habido astronautas en una estación orbital, hubiesen muerto. Y los satélites artificiales, de haber existido, habrían sufrido graves daños.

Este suceso recibe el nombre de “Evento Carrington”. Y fue 20 veces más débil que el Evento Carlomagno.

Una eyección de masa coronal de la intensidad de la del año 774 ¿qué efectos tendría hoy mismo?

La tecnología nos ha hecho poderosos, pero dependientes. Un fallo global en nuestros sistemas de telecomunicaciones y eléctricos tendría unas consecuencias difíciles de evaluar. Lo mejor es poner un ejemplo.

Supongamos: estamos en febrero de 2028 y el sol proyecta una eyección de masa coronal equivalente a la del Evento Carlomagno.


8 minutos más tarde, sin previo aviso, la Tierra se ve bombardeada por una inmensa radiación en forma de luz ultravioleta, rayos X y rayos gamma. Gran parte de la radiación sería desviada o absorbida por la atmósfera terrestre, pero con un coste catastrófico. Las capas exteriores de la atmósfera recibirían la energía ionizante procedente de los rayos gamma y X, y una atmósfera ionizada interfiere las comunicaciones por radio.

El primer efecto de la eyección sería el silencio.

Los satélites artificiales que orbitan la Tierra no pueden soportar tal embate. Los paneles solares y los componentes electrónicos, tan delicados como, por ejemplo, los relojes atómicos, dejarían de funcionar. Ello supone que la red de comunicaciones a nivel planetario se vendría abajo, y que todo el sistema de posicionamiento por GPS fallaría. Los aviones que estuviesen en el aire perderían la señal. Y a 10.000 metros de altitud, posiblemente, la cantidad de radiación recibida por los pasajeros alcanzaría niveles muy peligrosos.

Pero lo peor está por llegar. Detrás de la radiación, que viaja a la velocidad de la luz, vienen los verdaderos jinetes de apocalipsis: los protones energéticos.

La eyección no sólo emite energía; si es una eyección muy potente partículas poderosísimas siguen el mismo camino, con energías que superan los 200 MeV. Una potencia que nuestro escudo magnético no puede soportar. Con el campo magnético terrestre dañado, las perturbaciones electromagnéticas alcanzan la superficie. Sobreviene el caos.

Las perturbaciones crean corrientes inducidas, algo así como un pulso electromagnético que genera una inmensa electricidad estática. Los protones energéticos desestabilizan las líneas del campo magnético que, al moverse, generan una línea de energía extremadamente larga y una corriente eléctrica imposible de gestionar.  

Imagine: dejaría de haber corriente eléctrica, porque las líneas eléctricas se quemarían. Toda la comida que guarde en su frigorífico se pudriría, no habría calefacción ni aire acondicionado. Ni luz, televisión, radio ni telefonía. Usted, hasta hace unos minutos ciudadano del primer mundo, estaría de repente aislado. Pero lo malo no ha hecho más que empezar. La civilización corre verdadero peligro por culpa de un simple componente de las centrales eléctricas: los transformadores.

Llamamos transformador a un dispositivo eléctrico que mantiene estable la potencia de la red eléctrica, aumentando o disminuyendo la tensión del circuito de corriente alterna de tal manera que la potencia que entra en él es igual a la que sale. Es, por decirlo de alguna manera, el guarda de tráfico que permite que la circulación fluya uniformemente en los cruces, sin atascos o retenciones ni choques imprevistos. Evita y previene el caos.

Prácticamente todos los aparatos eléctricos tienen transformadores, y una corriente inducida de gran potencia estropearía todo lo que estuviese enchufado. Pero no hablo de que se le estropee la tostadora. No. De lo que hablo es de las Centrales eléctricas.

Toda la corriente eléctrica se gobierna a través de grandes centrales eléctricas, que cuentan con transformadores de alta tensión del tamaño de un autobús; dispositivos inmensos que cuestan millones de euros. Y son muy vulnerables a las tormentas geomagnéticas. No pueden gestionar un ataque tan rápido y poderoso; se queman.

Y no hay apenas repuestos para unos aparatos carísimos fabricados a medida. Además, las fábricas de transformadores, obviamente, funcionan con electricidad.

De lo que hablo es de que no habría suministro eléctrico durante meses. Usted, lector, está sin luz, varios meses. Sin calefacción. Pero eso no es lo peor.

Vaya a la cocina. Abra el grifo del agua corriente. No dispone de agua. Los sistemas de potabilización, las bombas que permiten que haya una presión suficiente para que usted pueda tener agua a seis pisos de altura…. Todo funciona con electricidad. Y los generadores de emergencia tienen una vida muy limitada.

Piénselo ¿Cómo consigue agua? Puede sobrevivir unas semanas con poca comida, pero sin agua morirá en cuestión de poco tiempo. Los más avispados se darán cuenta del problema y asaltarán los comercios para proveerse de agua mineral. Y no habrá fuerzas de seguridad suficientes como para impedir el vandalismo.

¿Tiene un pozo cerca? Lo dudo. No sabe cómo conseguir agua potable, ni cultivar comida. Sin gasolina (no funcionan los surtidores de las gasolineras) sólo puede recorrer una distancia muy pequeña. Y no vive rodeado de ríos o cultivos; vive en una jungla de asfalto que lo aprisiona en un entorno que se ha vuelto hostil.

La tecnología, que le ha hecho poderoso, ahora le hace vulnerable.

¿Cuántos de los que me leen viven en una gran urbe? Una mayoría. Sin suministro de petróleo, gas natural ni agua, con las reservas alcanzando un precio desorbitado… es un desastre. Los hospitales dependen de la electricidad, como los aeropuertos o los servicios de transporte público.

Pero hay más. En el primer mundo hay cerca de 500 reactores nucleares; y necesitan de energía para mantener los niveles de seguridad en funcionamiento. El fallo en los transformadores y, muy especialmente, la sobrecarga de tensión en el propio sistema eléctrico puede provocar un incidente catastrófico ¿Imagina cientos de Chernóbil a la vez? Porque, y esto resulta difícil de creer, no hay un plan de actuación armonizado y coherente que prevea las consecuencias de una eyección masiva.  

El presidente Obama fue el primero en darse cuenta de la importancia del problema, y a través de una orden ejecutiva intentó instaurar el año pasado un protocolo para proteger, entre otras, las instalaciones militares. Porque de los silos nucleares no hemos hablado. Es un tema que con la administración Trump (supongo) habrá quedado en nada.

Sin apenas capa de ozono, el ADN dañado por la radiación y mutaciones y malformaciones, sin suministro de agua ni alimentos, con escapes radioactivos y las tuberías de gas y petróleo estallando por la corrosión producto de las corrientes inducidas, los disturbios sociales y todos los servicios públicos paralizados, la civilización no desaparecerá, pero sí pasará por la peor prueba de su historia. Y habrá millones de víctimas.

El habitante de una tribu africana, con su pozo y su huerto, sobrevivirá. Nosotros moriremos abrazados a un iPhone sin batería.

En el Apocalipsis se lee:


"El cuarto ángel derramó su taza en el sol, y le dio fuerza para afligir a los hombres con ardor y con fuego".

Antonio Carrillo

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