lunes, 6 de febrero de 2012

El llanto de una niña.


Dedicado a Teresa Ruiz de la Parte, una auténtica luchadora por los Derechos humanos y la infancia.

 

Japón, año 2011. Una niña de apenas seis años se encuentra junto a su madre, en un estudio de televisión. Hay mucho público observando el espectáculo en directo. Ambas participan en un concurso que se retransmite a todo el país.

El presentador indica que el tiempo ha comenzado, y la madre se dirige a la hija, hablándole en voz baja, al oído. Las reglas del concurso son claras; las madres no pueden tocar (pegar ni pellizcar) a las niñas, pero pueden decirles cualquier barbaridad que se les ocurra. De repente, la niña rompe a llorar, desconsoladamente. Y todos, la madre, el presentador, el público, aplauden alborozados. El presentador recoge una lágrima de la cara de la niña y la muestra en pantalla. La madre ha sido capaz de hacer llorar a su hija en apenas unos segundos.

Ha ganado el concurso.

La madre, claro.

Algunos se preguntarán; ¿y? ¿Acaso no hay ejemplos mucho peores de abuso de la mujer en el mundo, con niñas obligadas a prostituirse en el sudeste asiático antes de los diez años, respondiendo a la demanda de un turismo sexual asqueroso? ¿No hay miles de niñas que se ven sometidas todos los años a la tortura de la ablación del clítoris, a resultas de la cual muchas mueren por una septicemia? ¿No sería mejor referirse a las mujeres muertas a pedradas por sus propios familiares tras haber sido violadas, para así salvar el "honor familiar"? ¿No es infinitamente peor quemar con ácido el rostro de una joven por negarse a contraer matrimonio con una persona impuesta?

A ello respondo: todo lo anterior es cierto, pero ¿qué posibilidades hay de que alcancemos un grado de dignidad para la mujer y la infancia en el mundo si ni tan siquiera en los países democráticos y socialmente más avanzados somos capaces de acabar con el abuso de menores o mujeres? La pregunta, así planteada, nos conduciría a otra: ¿podemos - o debemos - proteger y protestar por la dignidad de esa niña, a 10.500 kilómetros de distancia, siendo como es ciudadana de un país democrático? ¿Tenemos derecho?

La sociedad japonesa es extremadamente peculiar. Al menos, eso parece desde la perspectiva de un español. En realidad, toda sociedad resulta sorprendente vista desde lejos. La diversidad humana es un reflejo de nuestra complejidad, y lo que para un latino resulta normal, puede aterrar a la sensibilidad de un oriental; y viceversa. Ninguno está en posesión de la verdad. El relativismo es un elemento indisoluble de lo social.

Dicho lo cual, merece la pena detenerse un momento a elucubrar sobre unos mínimos axiológicos inexcusables. Si el relativismo es cierto, que sin duda lo es, ¿no podemos criticar costumbres arraigadas en una cultura sólo por el hecho de que les pertenece, que forman parte de su acervo? ¿Quién puede atribuirse la potestad de decir lo que está mal o bien? ¿Disponemos de algún referente, a escala planetaria, que fije unos valores mínimos de obligado cumplimiento por cualquier sociedad humana?  

En efecto, existe algo así: la Declaración de los Derechos del Hombre de la Organización de Naciones Unidas. Un texto importante; según el libro Guinness de los récords, es el texto traducido a más idiomas, superando hoy día las 340 lenguas. Esta declaración, sin embargo, no tiene rango de Ley ni es de obligado cumplimiento. Tiene, por tanto, una función sólo orientativa respecto de los derechos inherentes al ser humano. Su afianzamiento legal en forma de Tratados Internacionales no se consiguió hasta 1976 (a través de los Pactos Internacionales de Derechos); y ello gracias a obviar asuntos tan espinosos como la pena de muerte, práctica habitual en China, Estados Unidos o Japón.




Pues bien, ¿me creerán si les digo que la ONU ha ejercido una importante presión sobre Japón para que ratificara la Convención sobre eliminación de todas las formas de discriminación contra las mujeres? Tras una enorme presión internacional, Japón suscribió la Convención... ¡en 1985! 



Nos estamos introduciendo en terrenos pantanosos; hay un delicado equilibrio entre la idiosincrasia cultural de un pueblo y el respeto debido a las normas internacionales que protegen los derechos y la dignidad del hombre. Por ejemplo, hay una costumbre muy curiosa y arraigada en Japón: el festival “Naki Sumo” del Templo Senso, en Tokio. Desde hace más de 400 años, enormes luchadores de sumo mantienen a bebés de menos de un año en el aire, y tratan de asustarlos para que empiecen a llorar mientras son observados por los jueces. El niño que dé más gritos y lo haga con mayor fuerza es considerado el ganador. Los padres piensan que esta tradición atraerá buena salud y ahuyentará los malos espíritus. Los niños pasan un mal rato, pero enseguida son consolados por unos padres que quieren lo mejor para ellos. No digo que me parezca bien; pero en mi país a las niñas se les practican agujeros en los lóbulos de las orejas al poco de nacer para que puedan llevar pendientes, y supongo que esto debe resultar doloroso. Los niños se ven involucrados pronto en prácticas, ritos de paso, que los conforman en un entorno cultural, como sucede con la circuncisión judía.

Desde luego, no se trata de una madre que hace lo posible por asustar a su hija y provocar sus lágrimas frente a unas cámaras, con la única intención de ganar un concurso.

Distinto también parece el fenómeno japonés "Cryin Girl", un DVD en el que aparecen jovencitas llorando. Una joven llora tras ser regañada por su jefe, y una famosa modelo lo hace por no soportar el acoso de los paparazzi. Por supuesto, hay jovencitas desconsoladas tras ser abandonadas por su novio. Lo que no hay es hombres adultos llorando.



Lo de las lágrimas y la mujer sumisa en Japón, ¿tiene alguna explicación? 

En la sociedad japonesa el individuo se integra en unas estructuras complejas que forman parte de su yo más profundo. Posiblemente debido a su densidad demográfica, el japonés vive pendiente de respetar el espacio social en su entorno, regulado por normas de comportamiento extremadamente rígidas. Dos amigos se seguirán llamando por sus apellidos, salvo que tengan una relación muy íntima.

Lo importante es evitar la confrontación; los japoneses utilizan el "Sumimasen" (el pedir perdón) constantemente, como fórmula de solventar un mínimo atisbo de malentendido. La armonía se preserva por encima de todo, y los estamentos sociales se imbrican en conexiones de enorme complejidad: familia, trabajo, amigos... todo está íntimamente relacionado en la mente del japonés. Desde pequeños interiorizan un ceremonial relativo a la inclinación que implica una sutileza y complejidad incomprensible para un occidental. Cuando un japonés saluda con una inclinación de su cuerpo, adopta una postura, unos grados de inclinación, que varían sobre la base del mensaje que pretenda enviar.

Para que esta estructura fuertemente jerarquizada funcione resulta imprescindible un cierto sentido de la sumisión. En Japón se denomina "amae" al rol de dependencia que una persona asume frente a otra, admitiendo con ello su deseo de hacerse querer. Hay una figura prototípica: la de la mujer japonesa que se comporta como una niña pequeña, deseosa de ser protegida por su marido. La mujer se comporta en público manifestando su sumisión hacia el marido/padre, caminando incluso unos pasos por detrás de su cónyuge. Es curioso que la palabra "okuscan", esposa, signifique literalmente la persona que está detrás: y que la palabra "shujin", marido, signifique maestro o señor. La cultura "otaku" del dibujo manga está repleta de jovencitas vestidas de colegialas, con faldas muy cortas, y con un aire de candidez significativo. Es una expresión estética del imaginario social y sexual japonés. 

Este comportamiento ha generado serios problemas en la sociedad moderna, como es el caso del "chikan", el acoso de la mujer japonesa en los transportes públicos. El abuso del que son objeto estudiantes de instituto, por parte de hombres que las tocan y violentan, ha obligado a las autoridades a implementar dos vagones en los horarios de máxima afluencia, de 7:30 a 9 de la mañana, en los que sólo pueden viajar mujeres.

La desigualdad que describimos hunde sus causas en una filosofía, un estilo de vida, milenario. Como dijo Confucio: "la mujer debe obedecer a su padre en la juventud, a su marido en la madurez y a su hijo en la vejez". Resulta curioso que, según datos de la ONU, las mujeres japonesas ocupen el tercer lugar en el mundo en cuanto a ingresos y a nivel educativo, pero el número 27 en lo que se refiere a puestos de responsabilidad en política o en la empresa.

Y, sin embargo, las cosas están cambiando.

La presión internacional obligó a Japón a legislar a favor de la igualdad de género, y desde 1992, aproximadamente, se empezaron a ver mujeres conduciendo camiones, pilotando aviones o en el ejército. Las japonesas han ido ganando terreno a la desigualdad.

Lo de los niños también es importante. El gobierno japonés reconoció el abuso infantil como un problema social que debía afrontar ¿Saben cuándo se hizo esta declaración? El año 2.000. ¿Saben cuándo se legisló en Japón el permiso por maternidad? En 1991 ¿No les sorprende lo tardío de las fechas?

Pero hay avances, significativamente estos primeros años del siglo XXI; y resulta fascinante la respuesta que se ha producido por parte del hombre japonés. Ante una mujer más fuerte e independiente, el hombre japonés se ha desentendido del sexo.

Ha sido noticia en todos los periódicos hace apenas unos días: un estudio publicado por la Asociación de la Planificación Familiar de Japón afirma que un 36% de los varones entre los 16 y los 19 años muestra poco o ningún interés hacia el sexo. El varón se ha refugiado en actividades privadas o con amigos, a menudo relacionadas con una vivencia excesiva del fenómeno conocido como "redes sociales"; espacios en la nube de internet en los que las personas interactúan. Un 40% de los japoneses casados no han hecho el amor durante al menos un mes. Además, las mujeres menores de 25 años se manifiestan más preocupadas por sus estudios e independencia en el trabajo. ¿No les parecen datos muy significativos? ¡Pero si a los 16 años apenas queda hueco en la mente del varón para otra cosa!

No cabe duda: a los hombres japoneses les espera un largo proceso de cambio. Deberán acostumbrarse a convivir con mujeres en condiciones de igualdad, y olvidar de su imaginario sexual toda referencia a la sumisión y la humillación. También los padres deberán acostumbrarse a que los hijos no les pertenecen, ni pueden abusar de ellos a su antojo.  

No va a ser fácil, pero sí inevitable. Una sociedad que conquista avances sociales lucha por mantenerlos, incluso aunque deban cambiar hábitos culturales milenarios. A esto lo llamamos civilización.


Acabo;  lo hago yéndome muy lejos de Japón, atravesando el océano Pacífico. Estoy en los EEUU.

Hay un certamen de belleza infantil. Muñecas con vida lucen un bronceado artificial, una sonrisa artificial y lujosos vestidos y joyas. Uñas postizas y fundas en los dientes a los siete años; un negocio que mueve unos 500 millones de dólares anuales a costa de explotar a niñas desde los cinco años. El espectáculo es completo: un reality llamado "Little Miss Perfect" nos muestra lo que el telón esconde: las luchas entre las madres. Todo muy gratificante. 

Me niego a incluir fotos de estas niñas postizas. Las hay por internet, a cientos. Niñas con seis años "perfectas", que lucen pestañas imposibles y llevan lentillas de colores. Criaturas a las que se les está robando la niñez. El año pasado una niña de tres años salió vestida de prostituta; un millón de personas la estaban viendo por televisión. En el estudio todo el mundo se reía. Unos meses antes, otra niña se mostró con un busto y trasero postizo. En mayo de 2011 se mostraron imágenes de una madre inyectando Bótox en el rostro de su hija Britney, de 8 años, para que cuando sonriera no le salieran arrugas. La niña confesó que dolía, pero que se había acostumbrado.

De nuevo: ¿podemos protestar? ¿Estamos legitimados para ello?

En mi caso la respuesta es clara. Ojalá hubiera podido estar presente para impedir a la madre inyectarle Bótox a una niña que no le pertenece. Que no es suya. 




Que por ser niña es de todos. Que por su condición de ser humano merece protección y respeto.

La dignidad de Britney sí es cosa mía.



Antonio Carrillo.

5 comentarios:

  1. Complicado escenario el de Japón con costumbres sociales milenarias, entendidas como castración al ser más que al género. El sometimiento está escrito en la historia de la tradición. El relativismo permite respetar y asimilar la historia de cada entidad social. La sexualización de los MCM sobre todo los visuales, son los más impactantes al deleitar y satisfacer necesidades incluso corporales, aislando al humano de la realidad social. Cómo se hace uso de éste para persuadir, vender, lucrar. Una explosión del ser, trancas atrapadas, que luego siembra sin despertar. Explosión que denigra y hace olvidar el comportamiento natural entre géneros, por la sobreexplotación y el mensaje recibido por los MCM más que por los que deben ser. Primero casa como útero social; luego colegio como primera institución a integrar. Hoy me conecté a las noticias TV y se destacaban, los bailes eróticos de los personajes de la farándula como una competencia. Algo que el grueso de la población chilena, con y sin educación, quiere imitar. El dinero que se obtiene con estos programas es altísimo. ¿En qué se invertirán? Es muy exigente el patrón visual para niñas(os) entregado por los MCM, entonces en vez de enfocarse a estimular conocimientos, aptitudes, pasiones, talentos e integrarlos como un todo, se destaca cómo me ve el resto según un patrón definido sin relativismo. Si bien la danza es sensual tribal curativa universal un todo, la TV como MCM ¿Qué hace? La usa para convertirla en una disciplina sexualizada frente a los ojos sociales, restándole su valor.
    Entender que hijos(as) no son propiedad por concepción o crianza u otros motivos más delicados que esclavizan, emocionalmente, sin permitir el desarrollo forja esta sociedad. Cada país, como núcleo y nido de ideas costumbres tradiciones e idiosincrasia, se acerca a ese cuestionamiento de un acelerado desarrollo más que al sesgo de género. No hay que olvidar, la importancia del vínculo entre géneros como complemento, como asociación donde cada cual tiene algo natural que aportar. Al parecer existe un cordón umbilical invisible que marca a los niños(as) para complacer a sus padres, imitando patrones que confunden su ente privándolos de libertad.
    Las redes sociales son un fenómeno destructivo, desde el prisma del desarrollo humano. Alimenta con descontrol el ego de quienes utilizan el medio para amistades y relaciones virtuales. No me refiero a contactarse con seres con los que hay vínculos verdaderos a los cuales alguna vez saludaste o abrazaste, ya que sin duda facilita y optimiza un afecto verdadero si no que a la obsesión y al culto por la imagen, publicando fotos propias que podrían no serlo y que alimentan un voyerismo social narcicista; la locura de pretender ser quién no eres para ser aceptado es preocupante. La red social es delicada para un fin personal, mucho respeto, no así para potenciar un negocio y posicionarlo; eso es distinto, se puede entonces hacer uso de conexiones virtuales para vender.
    Preocupante es que niños(as) sean fanáticos del animé japonés sobre la realidad descrita. Es comodidad, enchufar a los niños a la nube pero quién es uno para enjuiciar! Hay que sobrevivir en el llamado desarrollo; unos más privilegiados, otros tan condenados.
    Qué responsabilidad tiene la conciencia universal más aún los organizadores de países, para facilitar, vía educación, espacios para que niños(as) no tengan al futuro que pagar por una relación, por una conversación.

    Esa niña Botox ¿Qué culpa tiene de recibir, desde antes de nacer, todos esos estereotipos sin relativismo de los MCM? ¿Cómo podría defenderse frente a un ataque hacia su cuerpo y autoestima, si lo único que anhela es amor, aceptación de quién es?

    Educación. Educación de la conciencia, incluido el relativismo cultural social económico que permite diversidad. Educación que no existe en ningún lugar formal. Educación que sería genial desarrollar y aplicar.

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  2. Respuestas
    1. Interesante discusión.
      No estoy de acuerdo con todo lo de anónimo.
      Resulta sorprendente cómo estos problemas nos plantean relaciones humanas que no estamos acostumbrados a resolver.
      El relativismo es relativismo justamente por ser cultural.
      Los cruces de cultura que estamos viendo actualmente plantean desafíos innovadores, para los que hay que prepararse.
      Que Antonio pueda afirmar que lo de Britney es problema suyo, habla de que hay un dejo de Universalidad dentro de la relatividad puesta de manifiesto, y aceptada bajo ciertos aspectos, pero no bajo otros.
      Alcanzo a vislumbrar que si algo de universalidad no es posible, entonces no podremos hablar de relativismo.
      Definir esa universalidad. Deuda pendiente de todos.
      Muy buen artículo Antonio. Felicitaciones.

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  3. La cuestión la definiría en estos términos: hay una realidad plural y relativa que es la cultural, y en la que es arriesgado hacer pontificado de nada, fundamentalmente de los hechos culturales abiertos ¿hay un Dios mejor que otro? ¿Un idioma mejor? No lo creo.
    Sin embargo, como especie sí hay un mínimo común divisor que debemos defender, precisamente en defensa de la dignidad humana. A este mínimo común lo llamaría civilización. Los logros en avances de Derechos Fundamentales no tienen dueño; son patrimonio de todos.
    El año 1969 el ser humano pisó la Luna. No sólo un norteamericano. Más allá de banderas, el astronauta quiso hablar de un gran paso para la humanidad. La abolición de la esclavitud, la defensa de la infancia, la lucha contra la tortura o la igualdad de género son conquistas que a todos atañen.
    Es una universalidad que sólo se percibe desde una perspectiva extremadamente amplia (sub species aeternitatis, creo que decía Spinoza)
    En todo caso, es un debate apasionante

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