jueves, 3 de marzo de 2011

Las curiosidades del lenguaje: el lenguaje primordial

EL LENGUAJE PRIMORDIAL
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los seres humanos estamos hechos de palabras, y nos alimentamos del contacto con nuestros semejantes. Ningún otro animal nace tan indefenso, tan insatisfecho (del latín "in satis factum": no suficientemente hecho)

Venimos a la vida arropados por un entorno cultural que nos conforma y conforta, nos ofrece respuestas, seguridades y certidumbres. Nuestro devenir está repleto de preguntas, de inquietudes y curiosidades. La búsqueda deviene en vida, en transcurso, siempre acompañados, nunca solos.

Aprendemos el habla escuchando los ecos de nuestro entorno, incluso desde el seno materno. El término "sordomudo" es incorrecto; los sordos no son realmente mudos, pero sin la escucha no han podido aprehender el habla. El historiador griego Herodoto pensaba que nacemos con un idioma. No es cierto. Lo demuestran los estudios realizados sobre los llamados "niños salvajes",  niños criados por animales y sin contacto con otros seres humanos. Son individuos que imitan el gruñido de los animales, sin un habla gramaticalmente estructurada. Prefieren la compañía de otros animales, y suelen morir jóvenes. Esto prueba la necesidad el auxilio de los demás para llegar a ser lo que la naturaleza nos depara: individuos.

El infierno no son los otros, es la falta de los demás. Cuando nace su hijo, el padre musulmán lo acurruca en los brazos y le susurra al oído versos del Corán. Cuando fallezca, alguien le susurrará, durante su último aliento, versos sagrados en el mismo idioma.

En efecto, no nacemos con la facultad del habla, pero es tanta su importancia que podemos morir si se nos escatima. Como nos recuerda Humberto Eco, el rey Federico II de Sicilia experimentó con dos bebés, a los que ordenó que no se les hablara desde  su nacimiento. El experimento tenía como finalidad averiguar qué idioma adquirirían los niños. Los dos sufrieron una muerte repentina e inexplicable. Seguramente, las nodrizas les racanearon no sólo el habla, sino también las caricias. Las pobres mujeres no querrían establecer un vínculo afectivo con criaturas a las que no se les permitía consolar con palabras o arrullos. Para ellas tuvo que ser una tortura. Su tragedia particular, como tantas otras, forma parte de la vergüenza humana.

Durante el siglo XX, en orfanatos de la antigua Unión Soviética, se disparó el índice de muertes durante los primeros meses de la infancia, sin que hubiera una razón aparente. Un estudio posterior demostró que el hacinamiento y las pésimas condiciones en las que se criaba a los niños no permitían que disfrutaran del contacto físico ni verbal necesario. Sin caricias, la vida parecía carecer de sentido, y muchos se dejaban morir en el vacío. Incluso hoy en día no es excepcional conocer por boca de psiquiatras infantiles de casos en los que niños adoptados en instituciones públicas de la antigua Europa del Este manifiestan importantes trastornos mentales, como el “Trastorno Generalizado del Desarrollo”. La causa parece ser siempre la misma: la falta de muestras de afecto en los primeros meses de vida y el poco contacto verbal con los bebés. Si no se les habla y acaricia, los bebés humanos desarrollan una sinapsis deficiente, muy especialmente en el vínculo que establece el "sistema límbico" (las emociones) con los lóbulos prefrontales. Negar a un niño el afecto es acto de crueldad inaceptable. Es un crimen contra la (su) humanidad.

El habla, en definitiva, se adquiere, y es sumamente importante. De hecho, estudios recientes parecen confirmar que la disposición neuronal hacia la facultad del habla comienza a desarrollarse ya en el seno materno. Durante muchas semanas la escucha se convierte en un sentido fundamental en la penumbra del seno materno. Por increíble que parezca, los niños lloran tanto dentro de la madre como una vez nacidos en su propio idioma. Según un famoso estudio de la Universidad de Würzburg, realizado en 2009, los bebés lloran reproduciendo las tonalidades propias del idioma materno. Una de las investigadoras, Kathleen Wermke, comenta que “El hallazgo más espectacular de este estudio es que los neonatos humanos no sólo son capaces de reproducir distintos tonos cuando lloran, sino que prefieren las pautas sonoras típicas del idioma que han oído durante su vida fetal, en el último trimestre de gestación”. Más adelante volveremos sobre la cuestión del tono, de la música, fundamental para este artículo.

¿Cómo se originó el lenguaje? Rousseau, el primer antropólogo para Levi-Strauss, cree que la facultad del habla es una manifestación tanto del contexto social como del entorno físico o del clima en que se vive. Es una característica evolutiva, que nace tanto de la necesidad de cortejar a una pareja (con música, adornos y danza) como, en estadios evolutivos más avanzados, de transmitir conocimientos. El propio Darwin estudió el lenguaje en aves o mamíferos, y la correlación que se daba entre lenguaje, tonalidad y danza.

De hecho, en ocasiones las facultades sonoras de algunos animales resultan sorprendentes. En youtube circula un video grabado por el naturalista británico Richard Attemborough, en el que se muestra las facultades del ave Lira, capaz de imitar incluso el sonido de una máquina fotográfica.

También en los humanos la música, junto con la danza, llama a los lugares mas profundos del cerebro. Parecería la lengua de la Naturaleza. ¿En qué lengua hablaba nuestro cerebro en sus orígenes? El prestigioso neurólogo Oliver Sacks nos ofrece una pista increíble en su ensayo "musicofilia": todos los bebés humanos nacen con una facultad única. Nacemos con un oído tonal perfecto. Y esto es, créanme, asombroso.

Imagine que se encuentra dando la espalda a un piano, y alguien toca una tecla. Sólo 1 de cada 45.000 humanos adultos tiene la capacidad de afirmar, sin género de dudas, qué nota se ha pulsado. A esto lo llamamos oído absoluto u oído tonal perfecto. Una persona que goce de este don puede decir en qué tonalidad susurra el viento entre las ramas de un sauce, o si están afinados los instrumentos de una orquesta. Lo que para nosotros es una realidad de sonidos grises, para ellos la vida ofrece una gama inacabable de matices musicales y sonoros. Mozart lloraba en la cuna cuando oía un violín desafinado. Y en una maternidad los niños recién nacidos se muestran inquietos si la música a la que están acostumbrados suena en una tonalidad distinta, o con disonancias.

La música ha sido nuestra compañera desde hace millones de años, sobre todo si se acompaña del movimiento acompasado del cuerpo. La única posibilidad de estimular los cerebros aquejados de demencia severa procede de la música; fundamentalmente si se acompaña de una danza. Lo llevamos en lo más primitivo de nuestros genes; estamos filogenéticamente diseñados para danzar alrededor del fuego al ritmo de unos instrumentos de percusión. Resulta curioso: la música activa muchas zonas de la corteza cerebral, alterando su fisonomía al punto que un médico forense sólo puede adivinar la profesión de un fallecido si éste ha sido músico. La estructura de su cerebro es única.

Por desgracia, este oído tonal perfecto muere pronto. La coclea, posiblemente una de las zonas más fascinantes de la fisonomía humana, permite que las miles de sutiles ramificaciones que parten hacia el cerebro, cada una afecta a una frecuencia diferente, pierdan exactitud, o incluso deshace el vinculo sináptico. Nuestro oído musical pierde entonces afinación, y deja "espacio" para que se desarrolle el lenguaje.

Según Sir Roger Penrose, eminente físico británico, no basta la simple lógica de enunciados basada en razonamientos binarios (verdad o mentira, 0 y 1) para entender el funcionamiento de nuestro cerebro. En definitiva, la lógica de los lenguajes informáticos no alcanza en absoluto el grado de sutileza que denota el pensamiento humano, en el que confluyen una lógica común con otra que, en palabras de María Zambrano, deviene en lenguajes (y lógicas) poéticas. Y, además, contamos con los sentimientos, el inconsciente o la intuición. El lenguaje primordial humano, si acordamos que no puede ser la música, que decae en la niñez, debe superar la lógica binaria, y debe mostrar tal  flexibilidad que le permita nombrar todas las cosas; sus combinaciones no deben tener fin, porque siempre la intuición, la imaginación o la inventiva nos exigirá una denominación nueva en un universo simbólico o tecnológico renovado. Nos adentramos entonces en la búsqueda de lo que Humberto Eco denomina "la lengua perfecta".

No faltan voluntarios para este "el dorado" lingüístico. La lengua Aymara, por ejemplo, es un lenguaje de la Andes que se localiza en poblaciones cercanas al lago Titicaca, con alrededor de un millón y medio de hablantes. No es muy sabido, pero gracias al pueblo Aymara los humanos cultivamos la patata. Su lengua no se basa en una lógica binaria, sino en una estructura trivalente (lógica de tres valores) y una riqueza lexical y combinatoria tal que se calcula puede alcanzar más de 300.000 formas verbales. En consecuencia, es muy flexible, apta para expresar conceptos abstractos o arquetípicos, y ofrece una manera peculiar de estructurar el tiempo, al parecer única. La música y la danza ocupa un lugar preeminente en la cultura Aymara. En definitiva, se postula como una buena candidata a la lengua perfecta.

Pero, ¿y si nos arriesgamos a dar un paso más y proponemos la lengua de los daimonides, de la magia y las hadas, la lengua que alimenta "el fuego secreto de los filósofos", según el celebérrimo ensayo de Patrick Harpur?. Alguien tan ortodoxo como Manuel García Teijeiro, catedrático de Filología Clásica de la Universidad de Valladolid, habla de La lengua de los dioses y de los fantasmas, "una lengua que es absolutamente perfecta, donde la relación entre el nombre y la cosa no es caprichosa, sino que esta basada justamente en la esencia misma del ser". Se trata entonces de unir el signo a la realidad, de manera que cambiando los signos (las palabras) se podría también cambiar la propia realidad. Resulta entonces imperativo ocultar el verdadero nombre hebreo de Dios, o se desconoce el nombre del chamán, para evitar que puedan apropiarse de su esencia y su poder. En esta realidad alternativa, hay una palabra para cada cosa, y la lengua alcanza alturas ontológicas.

En definitiva, se puede divagar lo que se quiera; la lista de lenguas candidatas a la lengua perfecta sería enorme. Las culturas ágrafas parten con ventaja: atesoran una gran variedad de nombres de especies que deben memorizar; les va la vida en ello. También deben recordar sus mitos, una visión única de la realidad que explica los fenómenos celestes y le da sentido a la vida. Los Yaganes, por ejemplo, poseen un vocabulario que supera las 40,000 palabras, y los esquimales utilizan 63 formas para el presente y 252 disidencias; y disponen de decenas de palabras para definir los distintos matices del color blanco. El antropólogo "Marvin Harris" nos muestra en su ensayo "Nuestra especie" otros ejemplos; como el kwakiutl, una lengua de los indios norteamericanos que sería la pesadilla de cualquier estudiante de bachillerato: tiene el doble de casos que el latín.

Pero, finalmente, la búsqueda resulta infructuosa: no existe un lenguaje perfecto. No lo es la música, ni la lengua de las hadas, ni una lengua indígena por muy compleja que sea. Como opinaba Rousseau, cada cultura ha ido adaptando su lengua a sus necesidades y acondicionamientos geográficos o climáticos. Hablar de la lengua perfecta implica reconocer la existencia de una cultura perfecta, lo que constituye un error imperdonable. ¿Acaso hay una cultura superior a otra? ¿Hay civilizaciones, razas o creencias intrínsecamente preponderantes? ¿Quién puede arrogarse la facultad de decidir qué culturas son superiores? ¿Qué criterio utilizaría?

A principios del siglo XX, durante la Primera Guerra Mundial, en Vineland, un pequeño pueblo del estado de New Yersey, se aprovechó el reclutamiento de tropas con destino al frente europeo para realizar una serie de test de inteligencia a más de un millón de norteamericanos. El resultado final sorprendió a los investigadores: la inteligencia promedio del varón norteamericano adulto se correspondía a la de un adolescente de 14 años. Como había que dar una explicación a unos resultados tan bajos, se optó por lo más obvio: la pureza de raza de los colonos blancos originarios de Inglaterra u Holanda se había contaminado con la presencia de afroamericanos y la afluencia masiva de inmigrantes procedentes del Mediterráneo, de países de este de Europa o de asiáticos. El resultado de los test aconsejaba un segregacionismo que preservara la pureza y superioridad blanca frente al salvajismo o primitivismo innato de los negros. Las consecuencias de esta política se hicieron sentir hasta la década de los 70.

Incluso en los años 80 se publicaron libros en los que se demostraba que los afroamericanos conseguían en los test de inteligencia valores sensiblemente por debajo de los blancos. Ello provocó una encendida polémica, en la que algunos pensadores bienintencionados atribuían los bajos niveles de los afroamericanos a las condiciones educativas y sociales que soportaban los niños en los suburbios de las ciudades. No es que nacieran menos inteligentes, sino que la falta de estímulo educativo y la convivencia en unos entornos familiares desestructurados hacían imposible que sus cocientes fueran similares al de los blancos. Y en esta explicación, precisamente, radica el error.

¿Qué mide un test de inteligencia? En principio debería medir las capacidades y herramientas cognitivas y emocionales que atesora un individuo con el fin de acomodarse con éxito en un entorno determinado. ¿Cómo puede medir un test las habilidades sociales que desarrolla un joven afroamericano para integrarse en un grupo o clan? ¿Cómo puede medir un test el bagaje cultural propio y definitorio del rap, o de cualesquiera otras manifestaciones artísticas provenientes de la comunidad afroamericana? En definitiva: ¿Se espera que un afroamericano de buenos resultados en un test de inteligencia diseñado por blancos para blancos? Afirmo que sería necesario hacer test individualizados, al punto de que cada individuo pudiera manifestar sus habilidades en campos tan difícilmente medibles como la inteligencia emocional, la sensibilidad artística, la capacidad empática o la intuición. Y ello no es posible.

No hay un ser humano igual a otro, y no hay dos culturas iguales. Pero es imperdonable establecer un rango que valore en una escala medible el ambiente cultural, social o lingüístico en que uno se haya desarrollado. No hay una lengua perfecta, lo hemos dicho; tampoco hay lenguas mejores o peores. Un niño tropieza, y su madre encuentra las palabras, la entonación, con la que consolarlo. Un padre regaña a su hijo y le muestra un sendero en valores y comportamientos que hagan de él un individuo adaptado y respetuoso con las costumbres de su pueblo. En ese momento la lengua que se emplea, sea la que sea, es siempre la lengua más perfecta.

No existe un lenguaje primordial; lo primordial es el lenguaje.

Antonio Carrillo Tundidor

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