lunes, 2 de enero de 2012

Orgasmo femenino y ceguera.



Con perdón:

Zeus, dios del Olimpo, era un hiperactivo sexual, un pobre enfermo aquejado de satiriasis.

No encuentro otra manera de explicar su desenfreno amatorio, que llevó a extremos patológicos, casándose con su hermana (algo propio de la época), acostándose con su propia hija (algo no tan propio) y cayendo en ocasiones en la ignominia de la violación.

Zeus tuvo relaciones extramatrimoniales con personajes como Sémele, Europa, Leda, Démeter, Maya, Lamia, Ío, Latona, Dione, Aix, Gea, Metis, Mnémosime, Perséfone, Alcmea, Antílope, Calisto, Carme, Dánae, Egina, Elara Himalia, Electra, Eurímone, Laodamia, Mera, Níobe, Talia, Yodama... y muchas otras. No era, precisamente, un ejemplo de fidelidad conyugal. 

Su esposa legítima, Hera, tenía fama de mal genio, y sin duda se mostraba poco comprensiva con las veleidades amorosas del esposo. Estaba más que harta de sus caprichos y aventuras y, en ocasiones, su mal genio y su afán vengativo se manifestaron con una crueldad infinita.

Un ejemplo lo tenemos en la reina Lamia de Libia, a quien Zeus amaba. Hera, como venganza, mató a sus hijos, y el dolor insoportable convirtió a la pobre Lamia en monstruo. Además, la mujer fue maldecida con la incapacidad de cerrar sus ojos, de forma que siempre estuviese obsesionada con la imagen de sus hijos muertos. Zeus, compasivo, le concedió el don de poder sacárselos para descansar. Según cuentan algunas crónicas, Lamia perdió finalmente la locura (no es de extrañar), y, llevada por la envidia, adquirió la costumbre de comerse a los hijos de otras mujeres.



Como ven, una historia de lo más gratificante.



Las broncas entre Zeus y Hera eran la comidilla del Olimpo. Zeus hizo lo imposible por engañar a su cónyuge. Así, dispuso que una ninfa de la montaña le hiciera de acompañante, distrayéndola con su hablar exquisito e incesante. Cuando Hera, finalmente, descubrió el subterfugio, castigó a la pobre ninfa quitándole el don de la voz. Sólo podía repetir la última palabra que decían los demás. La criatura sufrió enormemente por ello, y se retiró a la soledad del campo, en donde conoció al pastor Narciso, del que se enamoró apasionadamente. Pero el bello Narciso no sólo no le correspondió, sino que se burló de su triste condición. Finalmente, la ninfa, abatida por el amor no correspondido y abrumada por la tortura de sólo repetir lo que le decían, fue perdiendo peso hasta acabar desapareciendo, convertida en una sombra volátil.

Ovidio describe magistralmente su final:

"...prendido tiene el amor, y crece por el dolor del rechazo, y atenúan, vigilantes, su cuerpo desgraciado, las ansias, y contrae su piel la delgadez y al aire el jugo todo de su cuerpo se marcha; voz tan solo y huesos restan: la voz queda, los huesos cuentan que de la piedra cogieron la figura. ...Desde entonces se esconde en las espesuras, y por nadie en el monte es vista; por todos oída es: el sonido es el que vive en ella."



Por cierto, creo que no lo dije. La ninfa se llamaba "Eco". 

Sigamos: Hera, lo dijimos, está furiosa, y nada calma su agitación. Zeus busca una patética excusa en la furibunda predisposición sexual de la mujer. ¿Cómo puede él, un varón, negarse a las pretensiones de tantas mujeres deseosas de satisfacer las ansias de sexo? Más que culpable, Zeus se considera a sí mismo víctima del "furor uterino" de las féminas. ¿No es acaso cierto que "ninfómana" proviene de "ninfa"? ¿No conoce Hera la historia de las mujeres de Lemnos, que prácticamente se abalanzaron sobre los argonautas, de tal manera que Hércules tuvo que sacarlos de sus lechos uno a uno a bastonazos? Las mujeres son seres extraños, impredecibles ¡Pero si incluso hay una mortal del Estado de Pennsylvania, Amy Wolfe, casada el 2009 con una atracción de feria! ¡Quién pretende entender a las mujeres!

Zeus, ya lanzado, continua con su perorata: recuerda que en Gales, en la Edad Media, una mujer podía dejar a su marido por tres razones: lepra, mal aliento o no cumplir con ella en la cama. Según los galenos victorianos de finales del XIX, la mujer es un individuo siempre enfermo debido a la disposición de sus órganos sexuales. Por ejemplo, una mujer sin menstruación corre el riesgo de que los flujos no convenientemente expulsados se dirijan hacia el cerebro, causando graves alteraciones ¿Acaso no es cierto que el útero está conectado al sistema nervioso, provocando grandes desequilibrios psíquicos, muy comunes, por lo demás, en la mujer?



Frente a la histeria (y desenfreno) característicos de la mujer, el hombre se muestra calmado y sereno; pero ¡ay! es presa fácil de los encantos y engaños femeninos. Los médicos victorianos procuraban vencer la tendencia horrible en la mujer de disfrutar con el sexo o caer en la histeria, bien golpeándoles la cara con toallas húmedas, bien con duchas frías, ahogos y, en los casos más graves, la castración o la extirpación de úteros sanos. Esta última práctica, que hizo famoso al doctor Baker Brown, mereció una alabanza del Times y una donación económica de los príncipes de Gales. Había síntomas que avisaban de que algo extraño sucedía con una mujer: su deseo de independencia, el descontento con el tipo de vida que le había tocado llevar, el deseo de obtener el divorcio, problemas en la vista o depresión. Estos tratamientos tan razonables se aplicaban en niñas de 10 años. ¡Pero si incluso las había que pretendían ejercer el derecho al voto! Con el tiempo, tan graves síntomas no han hecho sino agravarse, y hoy en día se pueden encontrar representantes del sexo débil en prácticamente todas las instituciones del Estado. Un horror, sin duda.

Los judíos, con su conocido sentido práctico, regularon la satisfacción sexual de sus esposas tomando en cuenta las limitaciones físicas del esposo. Para ello, la actividad sexual debía acomodarse a la profesión del mismo:


"Hombres de constitución fuerte que disfrutan de los placeres de la vida, teniendo ocupaciones provechosas y que están exentos de impuestos, deben cumplir su deber marital todas las noches. Los jornaleros que trabajan en el pueblo donde residen deben cumplir su deber marital 2 veces a la semana; pero si están empleados en otro pueblo, sólo 1 vez a la semana. Los hombres que transportan cargas en camellos desde lugares distintos, deben atender su deber marital una vez cada 30 días".



Resulta curioso que los "exentos de impuestos" puedan cumplir todas las noches. Con ello se confirma que toda carga impositiva merma gravemente la libido masculina. Nada se dice, sin embargo, de la mujer ni de su carga de trabajo, clara muestra de que a la mujer se le supone dispuesta continuamente para el sexo, que los quehaceres domésticos no son trabajo, o bien, lo más probable, que su opinión "importa un pimiento".

A la mujer conviene tenerla bajo constante vigilancia. ¿Acaso no es cierto que la mujer puede disfrutar de algo llamado "orgasmos múltiples"? Este fenómeno (desconocido para el hombre) no es, en absoluto, excepcional, y depende, en buena manera, de que la mujer se encuentre relajada y a gusto, tenga experiencia, seguridad y la fortuna de contar con una pareja dispuesta a estimularla convenientemente. Porque, salvo en la masturbación, el orgasmo (femenino) suele ser cosa de dos.

Aquí Zeus se encuentra con un dato que contradice sus teorías aberrantes: solamente un tercio de las mujeres sexualmente activas llegan al orgasmo con regularidad, y entre el 5 y el 10 % nunca lo han experimentado. ¿Por qué?

La mujer ha sufrido una discriminación insoportable a lo largo de los milenios. ¿Sorprendidos? Como hemos visto, se les negaba el derecho al disfrute del sexo. Para los romanos, el orgasmo era una bendición reservada sólo al hombre; un marido que estimulara el clítoris de su mujer para que alcanzar el clímax durante el sexo era despreciado como un impotente. En realidad, que la mujer disfrutara con el sexo se veía como algo inadecuado.

Lo cierto es que la mayoría de las mujeres alcanzan el orgasmo con la estimulación del clítoris, no basta con la penetración; y para disfrutar del sexo sin dolor necesitan de una lubricación adecuada Todo esto nos remite a la importancia de la pareja y su conducta durante el coito, en concreto en la fase inicial de estimulación erótica. El ser humano es un animal que se encuentra en la cima de la evolución, y se expresa sexualmente de una manera compleja, rica en matices y cooperativa. No sólo instintiva. 

Pero ha sido suficiente: Hera está realmente furiosa. Sus gritos se oyen en lo más profundo del hades. ¿Qué tontería es esta del goce de la mujer? Sus vecinos del Olimpo, hastiados de tanto griterío y disturbio, proponen a la pareja que sea un experto independiente quien dilucide esta pelea. ¿A quién se puede consultar al respecto?

Hay alguien muy peculiar a quien se puede acudir: Tiresias de Tebas. Por circunstancias poco claras, y en las que juegan alguna función las serpientes, Tiresias ha sido en algunos momentos de su vida mujer, y en otros hombre. Y tenía fama de hombre sabio. En consecuencia, Zeus y Hera lo llaman a su presencia.

Ya se puede imaginar el lector la fuerte impresión que debe causar el que requieran tu opinión los dos principales dioses del Olimpo. La tensión era palpable, y había cierta expectación sobre la respuesta. Fue Zeus quien hizo la pregunta:

 - Tiresias, dinos: ¿quién experimenta más placer sexual, el hombre o la mujer?


Tiresias se lo pensó durante un instante, pero la respuesta era clara, y no admitía dudas ni demora.


   - Oh, divino Zeus. Sin duda la mujer disfruta diez veces más del sexo que el hombre.


Se podía vislumbrar la sonrisa de triunfo en el rostro de Zeus, pero Hera estaba fuera de sí. Con un gesto irritado, y con muy mal perder, castigó a Tiresias dejándolo ciego de por vida, y abandonó la sala.



Zeus no puede devolverle la vista a Tiresias; no está a su alcance deshacer lo hecho por su consorte.  Pero, a modo de consuelo, le concede una vida extremadamente longeva y, sobre todo, un don único: el de la profecía.

Desde entonces, Tiresias el ciego será el adivino más famoso de Grecia, y aparecerá en múltiples episodios de su mitología.

Su nombre será recordado y venerado por siempre.

Antonio Carrillo.

4 comentarios:

  1. !!! Me mate de risa con ese reglamento judio de satisfaccion carnal a la mujer !!! No lo conocia, muy risueño.

    Opino igual que Tiresias, no porque sea ni profeta, ni ciego, ni sabio, ni hombre-mujer-simultaneo, sino porque si hay algo mas placentero que el placer de uno mismo, es el placer de la mujer cuando uno es el que lo provoca. Ja!

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  2. BÁRBARO. GENIAL.
    VOYA COMPARTIRLO AHORA MISMO.
    GRACIAS
    QUE PLACER LEERTE.
    TU ENFOQUE, TU ESTILO, NARRATIVA...
    BASES HISTÓRICAS Y LITERARIAS...
    IMPERDIBLE.
    FELICIDADES Y GRACIAS

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  3. Es interasante tratado teniendo en cuenta aspectos históricos, les recomiendo y lo comparto.

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  4. Muy ingeniosa la forma en que expones,teniendo como hilo conductor al sexo, muchos de los prejuicios y estereotipos que han recaído (y siguen recayendo) sobre las mujeres a lo largo de la historia. Muy original y ameno!!.
    Saludos!!

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