viernes, 20 de mayo de 2011

A la sombra de un libro: introducción a los clásicos




Título
Introducción a los clásicos

Autores
Mary Beard, John Henderson
Editorial
Acento, Colección Flash
ISBN
84-483-0405-5
Traducción
Jaime Suñé




Introducción

Supongamos que se encuentra en Londres. Dispone de poco tiempo, y ha echado un vistazo a lo que se considera fundamental: el Big Ben, el Parlamento, el palacio de Westminster o la Torre de Londres. Ahora se halla en Oxford Street y dispone de sólo media hora. Muy cerca se halla el Museo Británico, y decide entrar.

Al fin y al cabo, es gratuito.

¿Qué puede hacer? Puede correr por las salas, pretendiendo ver la mayor cantidad posible de objetos y monumentos. Sabe que el edificio alberga maravillas como la Piedra de Rosetta, mármoles del Partenón, tesoros de Babilonia o momias egipcias.

Sin embargo, le propongo algo muy distinto: diríjase a la impresionante colección de vasijas griegas. Fíjese bien: hay una pequeña escalera que conduce a una sala situada en el entresuelo. Es fácil pasarla de largo, ansiosos por ver la impresionante sala que alberga las esculturas del Partenón.





Si tiene suerte, le sucederá lo que a mí hace 15 años; estará solo. Tras subir un par de tramos se halla atrapado por un espacio atemporal: la sala que alberga parte del friso que adornaba el interior del templo de Bassae, en Arcadia.





A la altura de sus ojos se suceden imágenes de gran violencia, grabadas en piedra. Imágenes vivas. Escenas que narran la batalla del hombre contra seres mitológicos (centauros) y, lo que es más sobrecogedor, fragmentos en los que el hombre lucha a muerte contra la mujer (amazonas). Hay niños en medio del fragor, en ocasiones protegidos por sus madres frente a los centauros. El friso es una obra de arte mayúscula, con un realismo y una técnica sorprendentes.





Sepa que es afortunado; los griegos del siglo V a.C. no podían verlo como usted lo ve. El friso se hallaba originariamente en la parte interior del templo, a siete metros de altura. No debía ser fácil verlo tan alto y en la penumbra. ¿Qué sentido tenía, entonces? Y hay algo más: el templo en sí, una majestuosa obra de arte que se atribuye al arquitecto del Partenón. Se alzaba aislado en una zona montañosa de difícil acceso en el Peloponeso griego. ¿Qué hacía un templo tan magnífico, posiblemente el más bello de Grecia, en medio de la nada, lejos de cualquier ciudad? Me recuerda a la ermita templaria del cañón del río Lobo, en Soria; un lugar solitario, lejos de cualquier camino.





El templo de Bassae esconde un misterio. ¿Cual? ¿Por qué estaba dedicado al Dios Apolo? ¿Qué significado tienen las escenas del friso? ¿Por qué en Arcadia?


El templo

A principios del siglo XIX corrían rumores sobre un templo maravilloso construido por Ictino, el mismo arquitecto que levantó el Partenón. La fuente de estos rumores era un libro de viajes escrito en el siglo II por Pausanias. Este templo fabuloso se encontraría en una zona inhóspita del Peloponeso, a 1.100 metros de altitud; una comarca llena de bandidos y asolada por la malaria. El primer occidental que dio noticias de la existencia del templo fue Joachim Brocher, un francés que a finales del XVIII acabó muerto por los bandidos, cuando intentaba regresar.




Un grupo heterogéneo de seis exploradores, formado por dos barones alemanes, dos arqueólogos daneses y dos arquitectos ingleses, obvió los prejuicios nacionalistas de una Europa en guerra y se embarcó unido en la búsqueda del templo. Corría el año 1811. Al poco tiempo, la expedición encontró los restos de un templo inaudito, de una perfección formal fascinante. Pero, además, descubrieron algo más: un capitel corintio, fragmentos de estatuas y parte del friso, prácticamente intacto, en 23 paneles.





El inglés Cockerell, que descubrió el friso excavando en la madriguera de un zorro, nos dejó algunos dibujos sobre su interpretación de cómo debía ser el interior del templo en su época de máximo esplendor.





Observamos varias peculiaridades en Bassae que merecen resaltarse. El lugar central lo ocupaba una columna distinta a ninguna otra vista antes: la primera con un capitel corintio de la que se tiene noticia. La estatua del Dios Apolo se situaba en un lateral, mirando hacia las montañas. Esto era inusual.

Un templo dedicado a Apolo; más concretamente a Apolo Epikourios, el Auxiliador, el dios de la medicina, padre de Asceplio, el primer médico, quien recogió presuroso uno de los dos líquidos que brotaron de la cabeza cercenada de Medusa. Desde entonces, fue capaz de curarlo todo, incluso pudo revivir a los muertos. Zeus se vio obligado a matarlo por su insolencia: devolver a los muertos del hades altera el orden natural de las cosas, y Zeus debe velar por el equilibrio en el cosmos. Debe haber muerte, puesto que hay vida.

¿Por qué Bassae estaba dedicado al dios de la curación? Según Pausanias, el templo fue obra de unos artistas atenienses en agradecimiento por haber sobrevivido a la epidemia de peste que diezmó la ciudad durante la guerra contra Esparta. Una epidemia que costó la vida del líder ateniense Pericles, y que significó la derrota definitiva de Atenas.

El friso
 
En las escenas del friso el hombre lucha con - y vence a - la mujer. Lo masculino se impone a lo femenino, y emplea la fuerza: hay una imagen fundamental, la de un Heracles musculado blandiendo un garrote contra una mujer, que se protege tras su escudo. Recordemos que la mujer griega no participaba de la vida ciudadana. La democracia ateniense estaba vedada a la mujer, y sólo las cortesanas podían intervenir en los banquetes.




Es curioso que la otra escena del friso represente la lucha del hombre contra los centauros, mitad hombres, mitad caballos. Es inevitable pensar en la analogía: la amazonas, blandiendo sus espadas, llevando cinturones y montando a caballo, se asimilan a los centauros; es decir, al desorden. A lo que se escapa de "lo natural". Una mujer que no sabe ocupar su lugar, que no se conforma con permanecer encerrada entre las paredes de su casa, sumisa y dominada por su marido, es similar a un centauro. Una mujer que piense por sí misma es, en definitiva, un monstruo antinatural, al que hay que combatir. El mensaje es claro. Y se percibe miedo en él. El hombre teme a la mujer, teme que tome conciencia de su verdadera fuerza.




El friso transmite una sensación de enorme crudeza. No es elegante ni estilizado, como las telas marmoleas del Partenón. Transmite una intensidad difícil de explicar, y no resulta agradable. Sus proporciones, a veces extrañas, se explican si pensamos en su emplazamiento original, en la penumbra del interior del templo, a siete metros. ¿Qué impresión debía causar desde esa perspectiva? Seguramente su desproporción cobraría otro sentido, aumentaría el efecto.




El friso era un recordatorio, grabado en piedra, del orden natural de la vida. Era una advertencia al visitante: guarda el equilibrio en la vida, en la salud, en el orden social. Incluso aquí, lejos del mundo civilizado, este monumento de piedra simboliza el orden frente al caos, el Cosmos frente a la Hybris que nos acecha.






Et in Arcadia ego


El paraje inhóspito en el que se alza el templo de Bassae se transformó en paraíso gracias a la pluma del poeta Virgilio, que describe la Arcadia como un mundo idílico, lejos del bullicio egoísta y cruel del mundo civilizado, lleno de guerra y esclavitud. Su obra “las Bucólicas” recrea un mundo de poetas y pastores, que sufre ya la presión civilizadora de la ciudad que acabará con esta edad dorada, con este paraíso de paz.

Esta Arcadia idealizada vuelve con fuerza durante el romanticismo. Surge una corriente de jóvenes cultos que miran con nostalgia el pasado clásico, que viajan a Grecia e Italia y se muestran trágicamente descontentos. Hay una búsqueda de la juventud y la pasión.

Todo este sentimiento trágico se resume en una frase: Et in Arcadia ego. Una expresión que utilizará el Goethe más joven, que aparecerá en la novela "Retorno a Brideshead,", cuando unos alocados Charles y Sebastian bromean con una calavera que tiene la frase escrita en la frente. El propio Sebastian caerá víctima del ansia insatisfecha de la juventud eterna, del exceso, de la hybris.

El autor de la frase, el papa Clemente XI, le encarga al pintor Nicolás Poussin una obra en la que unos jóvenes señalan una tumba en la que está grabada Et in Arcadia ego. El presidente de la Real Academia, sir Joshua Reynolds, muestra en otro lienzo a dos mujeres que contemplan una lápida con la inscripción. El rey Jorge III exclamó al instante: "la muerte está incluso en la Arcadia"

¿Qué creyó entender el monarca?






Virgilio y los románticos añoraban la inocencia y la pasión perdida de la Arcadia, el máximo exponente de un mundo contemplativo que no volverá. La frase Et in Arcadia ego es absurda: no significa nada. "Y en Arcadia yo..." ¿qué? ¿Moriré? ¿Estuve? ¿Qué sentido trágico esconde el friso de Bassae, o la misma Arcadia? El templo de Apolo el Auxiliador era un lugar de curación, en el que los enfermos seguían las prescripciones de los sacerdotes: se acurrucaban en su interior, en silencio, guardando una postura fetal; y dejaban que el tiempo transcurriera mientras el cuerpo buscaba curarse a sí mismo. Es una tradición “mágica” que cobra nuevos bríos en la Magna Grecia, con los pitagóricos o con figuras como Parménides; en todo caso, es una enseñanza que procede de la noche de los tiempos, de Oriente, de la influencia mesopotámica y cretense.

Hablamos de la “catarsis” como limpieza, como purificación del cuerpo y del alma. Como orden y equilibrio.

Apolo, el dios, mira hacia el exterior, a las altas cumbres. Por la noche, en lo alto, en el cielo limpio de la Arcadia, puede ver la constelación de Asceplio, que Zeus le concedió a su hijo tras asesinarlo.

Todos vamos a morir, antes o después.

Y todos añoramos, aún sin saberlo, la Arcadia. Buscamos purificarnos y alcanzar la paz.

Todos y cada uno de nosotros tiene una respuesta a et in Arcadia ego

Porque la Arcadia, lo que significa, sigue vivo en nosotros.

Antonio Carrillo

4 comentarios:

  1. Excelentes imágenes sobre la Historia del Arte y sus vinculaciones con la Antigüedad Clásica.

    Lic. Gustavo Norberto Duperré

    ResponderEliminar
  2. El libro de Beard y Henderson no se puede resumir en menos palabras. ¡Bravo por Antonio Carrillo! "Et in arcadia Ego" es una corta frase de múltiples significados entre los que, aparte del mencionado cuadro de Poussin, podríamos añadir algo de Erwin Panofsky: "Incluso yo (o sea, la muerte) también existo en Arcadia" como parece que afirmó G. Guercino ante el cuadro "La Muerte en Arcadia" atribuido a Bartolomé Schidone (1621).

    ResponderEliminar
  3. ¿Recuerdas en "Retorno a Brideshead", Aurelius, cuando Sebastian y Charles tienen en su cuarto de Oxford una cadavera con "et in Arcadia ego" en la frente? Premonición de Sebastian y su funesto devenir....
    ¡Qué frase tan fascinante! ¡Qué tanto de magia, de misterio, tiene el mundo clásico! Ahora mismo me estoy adentrando en un ensayo sobre Pitágoras y la "incubación" mágica proveniente de oriente (Empédocles, Parménides, Epiménides...)
    ¡Bravo por esta "rara avis": Aurelius! Ojalá hubiera más; muchas más. Mejor nos iría

    ResponderEliminar
  4. A un año exacto de tu comentario, Antonio, va el mío : El universo entero está lleno de magia, dentro nuestro.
    Esas imágenes me hicieron recordar un grabado , enmarcado en casa de un amigo : Prometo traerte una foto de ese grabado del siglo XVII o XVII no se, no recuerdo autor, pero es muy similar a estas disposiciones . Y vere si puedo transcribir la frase que ese grabado tiene, a ver si nos aporta mas misterio, o mas preguntas, para seguir asombrados.
    Abrazo.

    ResponderEliminar