jueves, 10 de noviembre de 2011

La carrera del siglo




Es esta una historia de malos que resultan buenos, y de buenos que acaban siendo los malos. Es una historia de aventuras, de riesgo y de valor. En el siglo XIX todavía había lugar para la épica; y es ésta una historia de héroes.

Bienvenidos al 30 de junio del año 1870.

Bienvenidos a la carrera del siglo.




Una multitud se agolpa en los muelles de Nueva Orleans, observando maravillados a los dos barcos más veloces del río: el Natchez y el Robert E.Lee.

El capitán del Natchez es el famoso Thomas P. Leathers, conocido como "Old Push", un hombre sin duda conflictivo; bravucón, tramposo y polémico. Los pasajeros del Natchez disfrutan viéndolo asomarse con un megáfono por la borda mientras grita improperios a sus adversarios. Leathers había sabido explotar las carreras por el Mississippi como un espectáculo; y a fe que es el hombre adecuado para montar grandes broncas y encender los ánimos. Alrededor de las carreras de barcos de vapor se cruzaban grandes apuestas, en las que se ponían en riesgo auténticas fortunas; y los aficionados de uno u otro barco solían acabar riñendo a puñetazos. A menudo no sólo las tripulaciones; también los pasajeros participaban de la excitación de la carrera. Y, en ocasiones, la competición acababa en tragedia cuando una caldera sobrepasaba los límites de seguridad y explosionaba. No era raro ver a los tripulantes taponando las válvulas de escape con sus cuerpos.

El otro barco en liza, el Robert E. Lee, tiene por capitán a John W. Cannon, alguien más comedido que Leathers. Sin embargo, su comportamiento estos últimos días ha sido extraño. Sin que se sepa la razón, durante una semana el Lee ha permanecido oculto.

Entre los asistentes corre un rumor que cobra fuerza: hay algo raro en el Lee. Pronto, un periodista se da cuenta de que el interior del barco está casi hueco. Durante días el capitán Cannon ha ordenado quitar cortinas, muebles, lámparas e incluso puertas del barco. Además, apenas si lleva pasaje, y los fardos de mercancía en cubierta son muchos menos de los acostumbrados. Los cronistas europeos, que cubren la noticia para los principales diarios de Londres y París, envían telegramas urgentes: Cannon ha hecho trampas. Ha aligerado su barco al límite, y no tiene previsto realizar las paradas acostumbradas para descargar pasaje y mercancías.





Leathers, haciendo buena su reputación, no sólo no aligera su barco, sino que afirma que él sí va a realizar todas las paradas. Incluso, en un gesto de altanería, a las 5 de la tarde permite que el Lee salga primero y cobre una cierta ventaja. El comienzo de la carrera hace que la ciudad entera atruene; se auguran tres días llenos de emociones.

Una hora después se hace el primer control de tiempo. El Lee lleva ventaja: seis minutos.

Esto no le hace ninguna gracia a Leathers, que empieza a despotricar en cubierta. Muy enfadado, baja a la sala de calderas. Lleva una caja grande con él. Cuando sube, al cabo de unos minutos, el Natchez parece volar. Leathers ha ordenado que se alimente el fuego con grasa de cerdo, lo cual implica un aumento de la potencia de la caldera. Pero, además, ha repartido una generosa ración extra de whisky entre los fogoneros, los cuales han reaccionado con gran entusiasmo al envite.

En consecuencia, aunque el Natchez realiza las paradas previstas y el Lee no se detiene, la ventaja del segundo no llega a la hora. Las crónicas cuentan que el pasaje del Natchez, comprometido con la causa de la carrera como si fuera parte de la tripulación, realizaba el desembarco a la carrera, en un tiempo récord.




Durante la noche, las orillas del Mississippi se engalanaban por miles de hogueras que intentaban iluminar la escena. Fueron tres días de excitación y fiesta.

La carrera estaba abierta, y muchos opinaban que se decidiría cuando ambos barcos se vieran obligados a abastecerse de madera. Pero el "honesto" Cannon se había guardado otro as en la manga. En un recodo del río aparece un barco, el Pargaud. Sin detener sus máquinas, el Pargaud y el Lee se acercan hasta que, con medio de sogas, igualan su velocidad y navegan juntos. Entonces, desde el Pargaud se lanzan enormes fardos a la cubierta del Lee. Es madera de pino y manteca de cerdo. En unos pocos minutos se ha consumado la operación. Ha sido una maniobra peligrosa y audaz, pero ha dado resultado. El Lee se ha reabastecido de combustible sin detenerse. Falta poco para terminar la carrera, y ha aumentado la distancia con el Natchez en una hora.

Leathers piensa que la carrera está perdida, y, en consecuencia, reparte una generosa ración de whisky no sólo entre la tripulación, sino también entre el pasaje. Si van a perder, al menos que les pille bien borrachos, piensa.

Pero, entonces, les llegan noticias. ¡El Lee ha embarrancado!

El Mississippi es un río imprevisible, con crecidas, cambios repentinos de tiempo y frecuentes bancos de arena. El Lee ha tocado fondo con uno de esos bancos, y no puede moverse.

El capitán Cannon ordena desesperado a su piloto maniobras adelante y atrás, en un febril intento por desatascar su nave. Al cabo de una hora lo consigue; pero en ese momento llega un sonido fuerte y alegre: la sirena del Natchez.



A partir de entonces, los dos barcos se enzarzan en una pelea frenética. Hay un momento en que se acercan tanto que chocan el uno contra el otro con gran estruendo, y se mantienen así, forcejeando, durante unos minutos. Un testigo presencial afirma que acortaron la distancia hasta el punto de que dos pasajeros de ambos barcos pudieron darse gentilmente la mano. La carrera ha llegado a su punto culminante, y no hay tregua posible.

Pero, de nuevo, es el Mississippi el que marca los ritmos. Súbitamente, a medianoche del último día, se levanta una niebla tan densa que no permite ver ni a cinco metros. Y es en este momento en el que Leathers, el bravucón y tramposo, ofrece su verdadera talla de capitán. Ordena acercar el barco a la orilla y detenerlo. Hay tripulantes que protestan, y pasajeros que quieren continuar. Pero Leathers afirma que es responsable de las vidas que lleva a bordo de su barco, y en absoluto está dispuesto a ponerlas en peligro por una carrera. El Natchez debe esperar a que se levante la niebla, y se pueda navegar seguros.

Cannon no tiene tales problemas de conciencia. Ordena situar a cinco hombres a proa del barco, que van gritando continuamente la profundidad que marcan las sondas. Así, lentamente, el Lee avanza, mientras el resto de la tripulación y el poco pasaje rezan en cubierta porque no se produzca un choque que supondría seguro la muerte por ahogamiento. Muy pocos sabían nadar. Al cabo de un tiempo, el Lee alcanza una zona en la que se levanta la niebla, y puede proseguir su marcha a toda velocidad hacia la meta.

Y, en efecto, el Lee gana la carrera por una ventaja de seis horas y treinta y seis minutos.

Todo lo sucedido acabó siendo objeto de grandes crónicas periodísticas en todo el mundo. Si bien el Lee había ganado, tanto en París como en Londres se consideró probado que Cannon había hecho trampas, y que no debían pagarse las apuestas.

Pocos años después, el Lee tuvo un triste final. Como tantos otros barcos de vapor del Mississippi acabó víctima de un incendio, que lo destruyó, matando a 21 personas. Sin embargo, valga esta anécdota para demostrar la importancia que se le daba a estas carreras, y a estos palacios flotantes que navegaban el Mississippi: si usted acude a Nueva Orleans, le recomiendo que entre en la catedral de San Luis. Verá una impresionante lámpara de araña del siglo XIX: es la lámpara que iluminaba el salón principal del Robert E. Lee, el barco que ganó la carrera del siglo.


Antonio Carrillo

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