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miércoles, 29 de noviembre de 2023

El bastidor del lenguaje


 

En toda casa con un niño pequeño se oculta un bastidor de lenguaje.

Es el lugar donde la criatura recoge y consolida palabras, donde las expresiones forman dibujos y los sonidos tienen colores y olores familiares. Es un milagro cotidiano que pasa desapercibido. Un misterio repetido desde hace cientos de miles de años.

Los humanos estamos hechos de palabras. Nos conforman y dan identidad. Nuestros mayores son los heraldos inconscientes, los que nos hablan de niños. Nos alimentan de esas palabras. Su ofrenda inadvertida nos aporta todo lo que realmente importa: un lenguaje y una manera de ser ante la vida. Una cultura.

Diminutos duendes bordan durante la noche, a medios puntos de cruz, gestos y entonaciones, un sendero de sonidos y caricias que nos conducen a lo que llegaremos a ser. Nuestro destino se pavimenta con este bordado de verbos y adjetivos nuevos. Los duendes hilvanan en la oscuridad mientras dormimos.

Con el tiempo el niño adquiere un bagaje inmenso sin esfuerzo. Un niño chino aprenderá a contar de uno a diez utilizando solo una mano. Un niño norteamericano sabe que los adjetivos siguen un orden: número, opinión, tamaño, forma, estado, edad, color, material y propósito. Es algo que no aprenderá en la escuela, pero sabrá distinguir a un hablante no nativo porque descuida este orden. Un español sabe estar “contigo”, y estar “sin ti”. Un estudioso del español tendrá que aprender a no decir “sintigo” o “con ti”. Los nativos no necesitan aprenderlo en el colegio; simplemente se sabe.

La labor de los duendes es precisa y sutil. El hijo de unos padres sordomudos adquirirá un lenguaje gestual propio de la cultura sorda. En el bastidor caben peculiaridades étnicas, localismos o prejuicios familiares. Cada casa tiene un bastidor único. Todo hogar es un universo propio e insustituible.

Cuando ustedes vuelvan del hospital con un recién nacido los duendes que los acompañaron en la infancia estarán esperando. Habrán acordado un lenguaje nuevo, porque en la mayoría de las familias hay dos progenitores y, por lo tanto, el lenguaje del nido es el resultado de un compromiso. De la fusión de dos hogares previos.

Sospecho que los duendes de la madre llevarán la voz cantante. Ella le habla al bebé mientras lo amamanta. Se dice idioma materno, no paterno. El niño ha escuchado a la madre mientras estaba en su seno. Las palabras deben oler a su pecho. A la leche que lo alimenta.

Posiblemente, la primera palabra que bordarán los duendes será “mamá”.

 

Antonio Carrillo

lunes, 1 de octubre de 2018

Aznavour


El 1 de abril del año 2011 publiqué este artículo. Uno de los primeros.

Hoy, 1 de octubre de 2018, Aznavour se ha ido.

Tengo una pena sorda, una sensación de pérdida. Y siento lástima. Por mí.

Es un día extraño. Está siendo una noche extraña.

Escuchen la canción que acompaña a estas líneas:

"Il te suffisait que je t'aime"

Y permitan que la melancolía haga su tarea de entrelazar los recuerdos y gemidos, de bajar los ojos y perderse de nada que no sea uno mismo.

Escuchen. Sientan. Sigan vivos.


El lenguaje de la melancolía: "Il te suffisait que je t'aime"


El año 1964 charles Aznavour publica su álbum Hier Encore. Como era costumbre en la época, además del LP se publican sencillos con las canciones más importantes. La canción que da título al álbum, "Hier encore", le valió a Aznavour el premio de la Asociación Americana de los Autores Compositores. Cuando sale a la venta el sencillo, en la cara B del pequeño disco se ofrece una única canción. En absoluto una de las canciones más conocidas de Aznavour. Una canción triste y aparentemente sencilla; un poema de una belleza arrebatadora.

Portada de Hier encore
"Il te suffisait que je t'aime", "Te bastaba con que yo te amara", recoge un tema recurrente en Aznavour: el paso del tiempo y la melancolía por un pasado - una juventud - irremediablemente perdidos. Con una cadencia que sobrecoge, el marido deja entrever su  rendición ante lo inevitable. Ella no le entiende, no escucha sus palabras ni encuentra consuelo en su amor. La melodía insiste una y otra vez en un mismo fraseo, como una rueda que gira inmisericorde, sumando años, arrugas, achaques y añoranzas. El tono sube, hay momentos en los que parece que la voz levanta vuelo, pero las frases terminan con un mismo gemido: Il te suffisait que je t'aime. Como en el "Ne me quitte pas" de Brell, la congoja es tan profunda que se siente como propia.

Afortunadamente para los que no conocemos este maravilloso idioma, contamos con una traducción de Antonio Carrillo Robles.

Disfrútenla.







"Il te suffisait que je t'aime"

Nous avions vingt ans toi et moi
Quand on a sous le même toit
Combattu la misère ensemble
Nous étions encore presqu'enfants
Et l'on disait en nous voyant :
"Regardez comme ils se ressemblent"

Nous avons la main dans la main
Surmonté les coups du destin
Et résolu bien des problèmes
Le ventre vide en privation
Tu te nourrissais d'illusions
Il te suffisait que je t'aime

Nous avons lutté tant d'années
Que la fortune s'est donnée
Mais l'âge a pris ton insouciance
Tu te traînes comme un fardeau
Et ne ris plus à tout propos
Et pleures ton adolescence

Et passes du matin au soir
Des heures devant ton miroir
Essayant des fards et des crèmes
[Más Letras en http://es.mp3lyrics.org/as2k]
Et moi, je regrette parfois
Le temps où pour forger tes joies
Il te suffisait que je t'aime

Si je le pouvais mon amour
Pour toi j'arrêterais le cours
Des heures qui vont et s'éteignent
Mais je ne peux rien y changer
Car je suis comme toi logé
Tu le sais à la même enseigne

Ne cultive pas les regrets
Car on ne récolte jamais
Que les sentiments que l'on sème
Fais comme au temps des années d'or
Et souviens-toi qu'hier encore
Il te suffisait que je t'aime

Pour moi rien n'a vraiment changé
Je n'ai pas cessé de t'aimer
Car tu as toujours tout le charme
Que tu avais ce jour béni
Où devant Dieu tu as dit : " oui "
Avec des yeux baignés de larmes

Le printemps passe, et puis l'été
Mais l'automne a des joies cachées
Qu'il te faut découvrir toi-même
Oublie la cruauté du temps
Et rappelle-toi qu'à vingt ans
Il te suffisait que je t'aime



Teníamos 20 años tú y yo,
cuando bajo el mismo techo
combatimos la miseria juntos.
Nosotros éramos casi unos niños
y decían cuando nos veían
"mirad cómo se parecen".

Con una mano sobre la otra
superamos los muchos golpes del destino
y resolvimos muchos problemas;
pasando hambre en la privación
te alimentabas de ilusión.
Te bastaba con que yo te amara.

Luchamos tantos años
cuantos nos dio la fortuna;
pero la edad se ha llevado tu despreocupación,
te arrastras como un fardo
y dejas de comer a propósito,
y lloras tu adolescencia.

Y pasas de la mañana a la noche,
horas y horas delante de tu espejo,
probándote maquillajes y cremas.
Y yo echo de menos a veces
el tiempo en que para forjar tu alegría
te bastaba con que yo te amara.

Si yo pudiera, amor mío,
por ti yo pararía
el golpe de las horas que pasan.
Pero no puedo cambiar nada,
porque estoy, bien lo sabes,
en tus mismas condiciones.

Pero no cultives la pena,
porque sólo se cosechan
los sentimientos que se aman.
Haz como tantos años atrás,
y acuérdate que sólo ayer
te bastaba con que yo te amara.

Para mí no ha cambiado realmente nada,
yo no he dejado de amarte;
porque sigues teniendo el encanto
que tenías aquél bendito día
en que ante Dios Dijiste "si",
con los ojos bañados en lágrimas.

Pasa la primavera, y después el verano,
pero el otoño oculta alegrías
que debes descubrir tú misma.
Olvida la crueldad del tiempo,
y recuerda que a los veinte años
te bastaba con que yo te amara.



Antonio Carrillo Tundidor.

domingo, 17 de diciembre de 2017

La muerte del teatro.




Si usted, viajero en el tiempo, acude a una representación teatral en la Atenas del siglo V a.C., es probable que le aguarden grandes sorpresas. Acaba de salir el sol, y se van a representar cuatro obras seguidas durante la mañana, como es costumbre. El público se agolpa en la entrada. 

Ha tenido suerte; no es fácil conseguir una entrada. El teatro es una manifestación fundamental del orgullo griego, y acudir es un símbolo de estatus, de identidad, que se demuestra por del hecho de que los asientos principales están reservados a embajadores, magistrados, sacerdotes y demás miembros de la clase dirigente. También a los huérfanos de los muertos en batalla. Pero desde la época de Pericles el teatro está subvencionado; pertenece a la ciudad por entero. A todos incumbe. Toda la ciudad participa.

De todos modos, si bien los griegos le han dado nombre (la palabra "theatrón" significa 'lugar para contemplar') y han aportado algunos de sus autores más sobresalientes, no han sido sus inventores. Mil años antes, en Egipto, se representaban historias mitológicas, como la de Osiris, utilizando máscaras. Además, aunque no hagamos referencia alguna, existe una tradición teatral en oriente, muy especialmente en Japón, que merecería un artículo entero. También hay una tradición teatral maya (con obras como "el baile de los gigantes" o "Rabinal achi") e inca ("ollantay"). Creía conveniente al menos hacer mención a estas manifestaciones culturales ajenas a occidente, porque, a menudo, parece que toda historia se circunscribe a Europa y su entorno cultural. Y no es así.



Las máscaras son siempre importantes en la antigüedad. En Grecia, los actores representan un personaje llevando la máscara de un anciano, un joven o una mujer, con semblantes tristes o alegres. En todo lo alto, una gran peluca remata el efecto y le confiere más fuerza a la máscara, que está recién pintada con vivos colores. Puede que usted tuviera una idea más sobria del clasicismo griego, pero observe el Partenón: no es un edificio de mármol blanco. Está pintado con colores vivos: rojo, azul, dorado... Tiene un cierto aire "kirsch", ¿cierto?

Pero no puede apartar la mirada de las máscaras: no me extraña, son enormes, desproporcionadas. De esta manera, resultan perfectamente visibles para el público que ocupa las últimas filas. Al fin y  al cabo, el aforo es de unos 15.000 espectadores. Su gran tamaño, y su estudiado diseño cumplen otra función: hacen de megáfono; amplifican el volumen de la voz. De hecho, hay autores que defienden que la palabra "persona" procede de esas máscaras que se utilizaban "para sonar" ("per sonare"). Un mismo actor podía interpretar a más de un personaje (podía ser más de una "persona"); bastaba con que se cambiara de máscara. Para guardar las proporciones, los actores calzaban los "coturnos": zapatos con grandes alzas que los convertían en gigantes. Se rellenaban las vestimentas con almohadones para aumentar su volumen. 

Los actores, sobre todo de tragedias, eran personas de prestigio en la sociedad griega. Cuidaban de sus preciosas máscaras como si de un tesoro se tratara, y se requería su presencia a lo largo de todo el mundo heleno. Una polis griega tenía siempre un ágora y un teatro.



Han terminado las cuatro obras de la mañana. Afortunadamente, no suelen ser demasiado largas. Es hora de descansar y comer. Por la tarde aguarda una única obra: una comedia. A los griegos les gusta acabar la jornada con risas. El espectáculo cambia, el ambiente es más relajado, y los autores e intérpretes se muestran audaces. Un actor incluso sale del escenario y se dirige personalmente a un dirigente sentado entre el público. Nadie escapa de la sátira, y autores y actores disponen de inmunidad. En una democracia, cualquiera puede ser ridiculizado en público. A menudo, las mayores y más duras acusaciones se revisten con el alegre manto de la comedia. Se ridiculiza a gente muy conocida, como a Sócrates, el filósofo. El público ríe a carcajadas.



Esta libertad, síntoma de salud democrática, será una excepción en la historia del teatro (en la historia del mundo), como veremos al hablar del autor francés Moliere.

Años más tarde, ya en Roma, se respira otro ambiente, y acudir al teatro debía ser divertido para el público y un auténtico suplicio para autores e intérpretes. Plauto, un autor romano, se ve obligado a ofrecer algunas recomendaciones sobre cómo comportarse en el teatro. Con buen tino, comienza por el hecho, fundamental, de acudir con el estómago lleno.

"Los que han comido han procedido con talento (...) A decir verdad, cuando uno tiene en casa de qué vivir, no es de cuerdos venir al espectáculo sin haber antes cenado...


Para, posteriormente, ofrecer algunos consejos de carácter más general:



"ninguna joven de mundo se sentará en el proscenio;


los lictores no dirán ni una sola palabra, ni tampoco sus varas;


el ordenador no pasará por delante de nadie para acomodar a alguien mientras los actores estén en el escenario;


los que se han quedado durmiendo hasta las mil y una horas se resignaran a permanecer de pie, o que no duerman hasta tan tarde;


Las nodrizas deberán cuidar en casa a sus mamoncillos, en lugar de traerlos al espectáculo; es la mejor solución para no sentir sed ellas mismas, y para que sus criaturas no se mueran de hambre y no berreen aquí como cabritillos;


Las damas mirarán sin ruido, reirán sin ruido, moderando los estallidos de sus voces aflautadas. Dejen para más tarde su parloteo, no vayan a encolerizar también aquí a sus maridos como ya lo hacen en casa (sic)”



Solicita pues al público - y muy especialmente a la mujer - que se comporte con decoro y prudencia al subir el telón (un invento romano). Y es que son muchos los autores que expresan sus amargas quejas sobre el desorden, peleas y ruido entre el público, que a menudo impiden escuchar las obras. El espectáculo suele resultar más entretenido en la platea que en el escenario.



Era un mundo, el de la farándula, que se había devaluado bastante; los propios actores eran esclavos o libertos, agrupados en compañías (greges); es decir, no precisamente representantes de la clase alta. Durante el mandato de Tiberio el autor Tácito nos indica que:

“se votaron multitud de medidas sobre el salario de los actores y sobre la represión de los excesos de sus partidarios: se prohibió a los senadores que llevasen a sus casas pantomimas, que se las escoltase en la calle, o que se les permitiese actuar fuera del teatro. Se autorizó a los pretores a castigar con el exilio la conducta escandalosa de los espectadores... “




Como hemos dicho, los espectáculos teatrales en ocasiones derivan en comportamientos violentos. Sabemos incluso de enfrentamientos entre facciones del público, uno en concreto en el que varios soldados y un centurión murieron al querer imponer orden. En definitiva, poco queda de la sutileza del teatro griego.


Los autores malviven en su mayoría, dependiendo de unas pocas familias de empresarios que se dedican al mundo editorial, y sujetos a los caprichos de un público poco exigente, que requería obras que trataran temas actuales de una manera sencilla y, a menudo, soez. Trabajan a destajo y, salvo contadas excepciones, no se hacen ricos con su oficio de escritores.

Vaya; más o menos como ahora.

La época dorada griega de respeto, prestigio e influencia social desaparecerá para siempre.

Durante el mandato del emperador Nerón, la aristocracia se verá obligada a acudir a un arte que entusiasma al sátrapa. Los propios nobles acabarán subiendo al escenario. Nerón ofrece espectáculos crueles, con torturas y muertes reales. En ocasiones, de incógnito, el propio emperador propicia una bronca entre el público. Pero este ¿renacer? del teatro morirá con el tirano, y se irá apagando en el siglo II de nuestra era, para morir en el V.

Hará falta esperar casi mil trescientos años para que el teatro renazca en Occidente, de la mano de unos autores insuperable.





A finales del XVI y, sobre todo, el siglo XVII, el teatro, en efecto, vuelve a la vida. En España vivimos un siglo de oro, con autores como Cervantes, Calderón de la Barca y, muy especialmente, el increíble Lope de Vega.

Lo de Lope es digno de estudio; Cervantes lo definió como "monstruo de la naturaleza". Mantuvo a dos familias a la vez (lo cual era un escándalo), y tuvo varios hijos naturales (esto era más normal). En total tuvo más de 15 hijos reconocidos; escribió sus primeros versos a los cinco años y su primera obra a los 10.  Estrenó más de 1.800 obras teatrales, que se representaban en los "corrales de comedias", gestionadas por las hermandades. Creía que malgastaba su talento con tal arte, pero necesitaba el dinero. Escribía una obra completa en dos días, y trabajaba de secretario particular para cuatro nobles al mismo tiempo. Por cierto, una curiosidad: Lope de Vega se encuentra enterrado en la calle Cervantes de Madrid, y Cervantes en la calle Lope de Vega. Y es pura casualidad. 

En Europa, el autor más importante es, sin duda, Shakespeare. Cuando el autor inglés aparece, a finales del XVI, su obra atesora tal fuerza que cambia, de manera al principio imperceptible, la manera como se entiende el arte de la dramaturgia. Shakespeare dignifica un arte que llevaba abandonado muchos siglos.

Las primeras obras de Shakespeare debieron de representarse en los patios interiores de las posadas, en un ambiente de jolgorio y ruido francamente inadecuados. Pero el paulatino interés de la nobleza británica, su patrocinio, y el temor que manifestaban las autoridades locales por las reyertas y la poca higiene en tales locales, posibilitaron que en la época Isabelina se construyeran teatros a las afueras de la ciudad. Seguían pareciéndose a los patios de las tabernas, pero estaban mejor acondicionados, y ayudaron a prestigiar un tanto el oficio de actor y dramaturgo.



En Francia e Italia, al inicio del XVII, las obras se representan en salas largas y estrechas, mal alumbradas, con un escenario al fondo. En las paredes, dos pisos de galerías forman los palcos. Los actores descuidaban el vestuario, y acudían en masa ciudadanos de clase baja, que pagaban muy poco y aguantan toda la representación de pie. A menudo vociferan pidiendo asesinatos y acción en el escenario. Eran momentos de penuria: el empresario pagaba al autor una miseria, y le exigía lo que su público pedía: violencia y un lenguaje pobre y campechano. Los actores malviven como mendigos deambulantes.

Hacia el año 1630 las personas instruidas comienzan a frecuentar el teatro. Al principio, y con el fin de que no me mezclaran con la plebe, los caballeros disponían de asientos en el mismo escenario, detrás de los actores. Las señoras asistían al espectáculo resguardadas en los palcos. El patio, como antes, seguía repleto de gentes de pobre condición y de jóvenes sin recursos. Pero pronto surgiría un autor nuevo en Francia, una voz a la que merecerá la pena escuchar y que, al igual que Shakespeare, dignificará el oficio con el genio de su pluma: Moliere.



Molière se caracteriza por tener una visión despiadada y certera respecto a las contradicciones e hipocresías de su época: con valentía realiza una crítica a la condición que vive la mujer, del culto al dinero, de la necedad del médico o del paciente, o la estulticia del enamorado. Pero su obra más polémica es "El Tartufo", una crítica a la iglesia que fue prohibida durante 5 largos años. A la muerte del autor, en 1673, fue necesaria la intervención personal del rey, a instancias de la esposa de Moliere, para que se le concediera el derecho a descansar en tierra santa. El más grande de los dramaturgos franceses fue enterrado de noche, sin ceremonia y en la parte del cementerio reservada a los niños no bautizados.  En realidad, esta prohibición se explica no sólo por lo polémico de su obra; la iglesia consideraba inmoral la profesión de actor, y en general se les negaba el entierro en terreno sagrado.

Han pasado dos milenios desde el esplendor griego, y las cosas han cambiado bastante.

Por cierto, como anécdota curiosa, 350 años más tarde, en 1982, una de las principales Prelaturas católicas, el Opus Dei, pone reparos en su recensión de la obra "Tartufo", a la que considera precursora del relativismo moral que impera hoy en día. Afirma textualmente en su "valoración doctrinal" que:


"Los supuestos cartesianos de moral moderada y equilibradora de Molière son incompatibles con el exceso de fervor. La verdadera religiosidad queda, pues, mal parada, resultando injustamente sospechosa cualquier manifestación de verdadera piedad, en la idea de que, si nadie es perfecto, lo más indicado es portarse mediocre o conformistamente en equilibrio. Como decía Napoleón, tras admirar el arte de Molière, "Tartufo nos presenta la devoción con tintes odiosos" ... "no vacilo en afirmar que si la obra hubiera sido compuesta en mis tiempos, no habría permitido que se representara". La devoción religiosa queda, pues, indirectamente e injustamente lesionada, aunque Molière afirme que no era su intención hacerlo."

  




Dejémoslo claro: lo que esta Prelatura opina tiene como únicos destinatarios a sus miembros, y no alcanza a otros estamentos sociales; ni tan siquiera es una postura oficial de la iglesia católica. Por desgracia, en varios países regidos por gobiernos totalitarios sí perdura una censura activa y militante, que define cuáles libros resultan peligrosos, y prohíbe en consecuencia su venta y acceso público. Es lo contrario a Grecia: se queman libros y se callan voces en detrimento de la pluralidad, la libertad y la democracia. Los poderosos se protegen de la crítica por miedo.

En definitiva, el teatro se muere. Lo habrán oído decir. Lleva muriéndose 2.500 años. Tuvo que soportar la competencia de los juegos olímpicos, de las luchas de gladiadores o las carreras de caballos. Después se tuvo que enfrentar a la pujanza del cine o la televisión, a la desconfianza de los poderosos, o al desinterés de una masa social inculta y desatenta a todo lo que no fuera entretenimiento fácil y fugaz.

En consecuencia, una vez más, el teatro se muere; constantemente. Es bien sabido. Y auguro que seguirá muriéndose 2.500 años más. Mientras podamos representar textos de Sófocles, Shakespeare, Moliere, Goethe, Tennessee Williams, Ibsen, Pirandello o Lorca, su agonía será larga, posiblemente eterna; y nos sobrevivirá a todos. Mientras en épocas convulsas de crisis (como la revolución francesa o "el corralito" en Argentina) el público busque el contacto personal e íntimo con el intérprete, como válvula de escape, el teatro tendrá un lugar propio en nuestras ciudades, ganado a pulso con el paso de los siglos.



Estoy completamente seguro. Quedan muchos telones por subir. Muchos aplausos guardados. Pero cuidado: Blanca Portillo, actriz y ex-directora del Festival de Teatro clásico de Mérida (ciudad extremeña en la que se halla uno de los teatros romanos más bellos del mundo) acaba de decir que "la cultura es un bien social, no debería existir una cultura de izquierdas o de derechas. No puede servir como arma arrojadiza entre partidos. Es un espacio de libertad. Y ahora más que nunca soy consciente de que me interesan las personas, no los partidos". 

A la pregunta de qué necesita el teatro en estos momentos, a Blanca le sale un grito: "¡Libertad!, por encima de todo. Y espacios donde hacerse, y gente que le guste y le interese el teatro de verdad".



No se trata de volver a Grecia. Tampoco Atenas era ni mucho menos una democracia perfecta. Se trata, simplemente, de construir sociedades dignas y orgullosas de sí mismas. Sociedades justas y libres. Con prensa libre, libertad de cátedra, seguridad jurídica, en un entorno de orden y justicia social equitativa. 


Con voces en la noche que se expresen encima de un escenario.

Una vez más; las veces que haga falta: ¡con libertad!. 

Antonio Carrillo.

martes, 18 de noviembre de 2014

Hablar en público.

Emilio Castelar, uno de los mejores oradores de la historia




Hablar expuesto ante un público es una circunstancia estresante que a todos nos afecta, aunque de distinta manera.

He conocido a prestigiosos profesores universitarios cuyas clases eran casi ininteligibles por su nervioso balbuceo; y a otros que se parapetaban tras una barricada de folios leídos, y no asomaban la cabeza en una hora. También he conocido a personas sin formación universitaria capaces de encandilar a un auditorio con una capacidad de improvisación y una espontaneidad admirables. Son personas que irradian seguridad, que se crecen ante un micrófono o un auditorio atento. 

Como en todo, hay trucos y consejos, y de ellos vamos a hablar. Pero, por desgracia, lo que no podemos en una reseña es transformar una personalidad retraída en osada, ni volver intrépido al apocado. En definitiva: siga estos consejos para salir airoso del trance, pero lo va a seguir pasando mal. Se lo digo por propia experiencia.


Empecemos por lo obvio: lo primero que tiene que hacer es preparase muy bien el tema sobre el que va a hablar. Sin embargo, memorizarlo palabra por palabra a menudo resulta contraproducente, porque se pierde espontaneidad, y uno está siempre expuesto a perder el hilo y no ser capaz de retomar la senda trillada que se había marcado En todo caso, y a no ser que el protocolo o las circunstancias se lo impidan, lleve el texto por escrito, por si se encuentra en dificultades.

Si no todo el texto, al menos sí conviene llevar siempre un guión básico que le permita controlar a modo de guía el tiempo y la deriva de su charla. En un formato de palabra más grande, subraye las cuestiones más importantes o complejas de las que va a hablar.

El tiempo importa. Ensaye el discurso (las veces que haga falta) y cronométrese. No se quede ni corto ni se pase de tiempo. En todo caso, ensaye algo tan importante como los silencios. Los mejores oradores no sólo saben cómo hablar; consiguen que sus silencios hablen.

El tono de voz debe ser grave. Un tono de voz agudo muestra nerviosismo, y acaba perturbando al auditorio. La razón es clara: percibimos los tonos agudos como una acometida ¿Acaso no ha percibido que el ruido de un coche que se acerca es agudo, mientras que nada más sobrepasarle se vuelve grave? Esto responde a una ley física, la ley del efecto Doppler, y justifica que los sonidos más agudos nos resulten agresivos, mientras los graves transmitan calma. Su voz debe ser grave, pero natural, no ampulosa. El volumen siempre lo suficientemente alto como para que se le escuche, pero nunca estridente. Hable despacio, vocalizando correctamente, pero huya de los ritmos cansinos y monótonos.

Y no olvide respirar de forma armonizada.

Procure ser ameno, pero no gracioso; imaginativo, pero no confuso; versado, pero no soberbio. Utilice las citas cuando esté justificado, pero nunca en demasía. No divague en exceso, puede perder al público en alguno de esos cerros de Úbeda argumentales. Siempre reconduzca la charla a unas pocas ideas básicas que quiera dejar claras. Muéstrese humilde y reconozca lo que no sabe: con ello se ganará la simpatía de los demás.

Procure no agitarse demasiado; sobre todo, evite los movimientos oscilatorios repetidos. Grábese en una cinta y reprodúzcala al doble de velocidad. Observará los movimientos que suele hacer mientras habla. Evítelos: resultan irritantes.

Y rece por contar con un público paciente y al que le interese lo que dice. Esto es bastante raro, ya que preferimos siempre oírnos a nosotros mismos que a los demás. Tendrá que encontrar algo que les interese.

La primera impresión es la que cuenta, y en una charla, clase o exposición, los 5 primeros minutos son los más importantes y difíciles. Si en ese tiempo ha salido airoso, lo más probable es que tenga un buen final.

Para poder sobrellevar estos aterradores primeros minutos, le voy a contar un truco. Cuando se haga el silencio en la sala, empiece con estas palabras:




Imagen sacada del blog sueños del papel




"En sus comienzos, cuando aún era un físico casi desconocido, Einstein recibió una invitación para dar una serie de 12 conferencias en distintas universidades de la costa este de EEUU. Acompañado siempre del mismo chófer, Einstein se desplazó, en un periplo de un mes, en un intento por desbrozar brevemente los fundamentos de la joven teoría de la relatividad.

Se dice que cuando estaban llegando a su última conferencia, el chófer, que había asistido a las 11 anteriores, le comentó a Einstein.

- ¿Sabe profesor? Esto que usted hace no me parece tan difícil. Yo mismo podría hacerlo.

- ¿Usted cree? - respondió Einstein herido en su orgullo – le propongo algo: como nadie conoce mi aspecto, cuando lleguemos diremos que usted es Einstein y yo el chófer; veremos entonces si es capaz o no de dar la conferencia.

Dicho y hecho. Cuando llegaron el chófer imitó el acento de Einstein y se presentó como el joven genio de la física. Y, en efecto, para sorpresa del auténtico Einstein, fue capaz de hablar durante media hora sobre la teoría de la relatividad.

Y aquí debería de haber acabado esta anécdota, si no fuese porque sucedió algo que no había pasado en las 11 veces anteriores. Nada más acabar de hablar el chófer, una mano se alzó entre el escaso público asistente.

- ¿Si? - preguntó el chófer - ¿desea algo?

- perdone profesor, pero si no he entendido mal, lo que quiere usted decir es que..... y entonces el asistente comenzó a preguntar cosas insólitas para el chófer, que no entendía ni una palabra.

Cuando el alumno acabó de formular su pregunta el chófer se quedó un instante callado; pero enseguida respondió.


- le ruego que me perdone, pero eso que usted ha preguntado es tan evidente, que voy a permitir a mi chófer (señaló a Einstein) que responda por mí."

Esta anécdota, casi seguro falsa, como muchas otras que se atribuyen a Einstein, le permite varias cosas:

·         Durante los primeros minutos, siempre los más difíciles, usted está contado una anécdota fácil de recordar. Cuando ha terminado, su garganta ya está caliente, se ha acomodado al espacio que debe ocupar, y ha mantenido la atención del público.
·         Un público que espera expectante lo que vendrá después. Usted ha demostrado originalidad e ingenio.
·         Aproveche para pedir a los asistentes que sean benevolentes con usted. Si acaso, pídales que piensen en usted como en el chófer, que no dispone de respuestas para todo. Esta muestra de humildad será bienvenida.

Es un truco para que los comienzos sean fluidos y fáciles para todos. Ya tiene al público en el bolsillo. Relájese y, en la medida de lo posible, disfrute. Su calma transmitirá confianza a través del lenguaje no verbal. Pida que lo interrumpan las veces que sean necesarias, ello le dará espontaneidad a la conferencia y le permitirá descansar. No se olvide de llevar agua, beba regularmente, y no pretenda ser quien no es. Muéstrese sencillo y amable.

Lo demás, es pan comido.

Ánimo.




Antonio Carrillo Tundidor