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lunes, 22 de febrero de 2021

SEDNA

 



No se me da bien contar historias. Al fin y al cabo, antes fui un pez.

A menudo divago narrando anécdotas absurdas, sin apenas interés. Por ejemplo: mucha gente piensa que los peces respiramos agua, y no es cierto. Como el resto de los animales, de dentro y fuera del océano, respiramos dioxígeno molecular, un compuesto gaseoso formado por dos átomos de oxígeno. Por lo tanto, todos los peces necesitamos que haya dioxígeno disuelto en el agua para no ahogarnos. Por eso en las peceras un pequeño motor permite una circulación de aire en forma de burbujas que ascienden ¿Cómo es posible que encontremos esta molécula gaseosa en los océanos? Primero, porque la superficie del mar está en contacto con la atmósfera, rica en dioxígeno, y se produce un intercambio gaseoso. Cuando el mar está agitado el aporte de oxígeno es mayor. Además, los microorganismos vegetales y las algas también producen oxígeno como resultado de la fotosíntesis, y parte de ese oxígeno permanece en el agua.

En el océano la mayoría opina que gran parte del dioxígeno que circunda la Tierra se originó primero en el mar. Guárdenme un secreto: los animales acuáticos nos sentimos calladamente orgullosos de nuestro rico entorno y de nuestra herencia.

Antes yo no era un ser muy listo, es cierto, pero recuerdo vagamente el placer de deambular por el ártico; el frío mar boreal permite una mayor concentración de gas disuelto y es rico en algas y plancton. Pero todo acabó bruscamente una mañana, cuando una foca me devoró.

No me quejo, es ley de vida; y lo de ser foca en realidad fue divertido. La interacción social era mayor y se jugaba a menudo. Uno podía esperar una larga y plácida vida rodeado de congéneres, pero tuvo su fin un día de verano mientras buceaba bajo la banquisa y divisé un agujero en el hielo. Pensé que podía aprovechar para asomar la cabeza y respirar el dioxígeno anhelado.

Sufrí entonces un dolor lacerante y cayó una oscuridad definitiva; había sido arponeado por un cazador inuit. El boquete abierto en el hielo era una trampa.

Y fue partir de ese momento que todo cambió, y tomé conciencia de mi inua, de mi alma.

Fue un fogonazo, de repente. Era una magia tan antigua como la vida misma. Después de matarme el cazador me honró con una ceremonia para preservar mi espíritu, dándome las gracias por el aporte de carne, grasa y piel. Además, en el poblado el chamán bendijo mis restos y rogó por que formase parte del sutil equilibrio de la vida. Ya no era solo pez o foca; los esquimales me abrieron los ojos a una realidad espiritual de la que todos formamos parte como una unidad indisoluble. El pueblo inuit me hizo partícipe de esa verdad que llamamos inconsciente colectivo. La vida con los ropajes de la percepción y la memoria.

Comprendí el origen del mundo, al principio una masa uniforme de agua que se vio alterada por la caída de grandes trozos de tierra desde el espacio. Y en esa primera tierra firme aparecieron los hombres, unos seres maltrechos, sin gracia ni talento, que no sabían ni caminar; pero los dioses les ofrecieron el mayor de los regalos: la mujer. Bajo su cuidado e inteligencia la humanidad comenzó a prosperar.

Las mujeres inuit están encargadas de la tarea más trascendental para la supervivencia del poblado: mantener vivo el fuego en el interior de las casas sobre una mezcla de musgo y grasa. Para un pueblo que vive seis meses bajo una permanente oscuridad y atenazados por un frío extremo el fuego es el bien más preciado. De hecho, los inuits piensan que las estrellas del firmamento son pequeños agujeros que dejaban ver las fogatas de nuestros familiares ya fallecidos.

Y yo, que comparto el alma de la tribu, que formo parte de su exquisita mitología, sé que tienen razón. Salvo que las estrellas no arden, porque no hay oxígeno en ellas. Nuestros antepasados viven en fuegos que no son fuegos, y que queman sin arder.

El pueblo inuit ama y respeta la palabra. Cuando surge una discusión entre ellos, por un insulto o afrenta, se dirime el problema con un enfrentamiento público a base de canciones y versos. La palabra improvisada e ingeniosa puede ser un arma poderosa si la blande una inteligencia viva y mordaz.

Y fue en una de esas noches interminables, de historias y relatos en el interior cálido de una cabaña, que un anciano contó la historia de Sedna. La historia del mar. Mi historia. La historia de todos.

Lejos, en los albores del tiempo, en una isla sin nombre vivía un hombre viudo y su hija Sedna, de gran belleza. Una mañana el horizonte avisó de la llegada de un barco extranjero. El capitán era un hombre apuesto y encantador, y embriagado por la belleza de Sedna la sedujo y convenció para que abandonase a su padre y a su pueblo. Pero al poco de partir Sedna se dio cuenta de que su amado era en realidad un cruel brujo. Un ser contra natura que disfrutaba haciendo daño a la mujer.

Sedna lloraba asomada al océano, aterrorizada por su destino. Su padre escuchó los lamentos y se hizo a la mar sobre su kayak para rescatarla. Lo consiguió, y juntos huyeron intentando regresar al hogar, a la libertad. Pero el malvado brujo, enfadado por haber perdido a Sedna, juró que la joven no podría escapar de él, y con sus embrujos provocó que el océano se agitase embravecido en una tempestad atronadora, como nunca se había visto.

El padre de Sedna está aterrorizado; piensa que el mar está siendo gobernado por los designios de los dioses enfadados y arroja a su hija Sedna a las aguas. La joven se hunde un instante para en seguida salir a frote y, desesperada, se aferra con fuerza a la borda del kayak. Aterrada le suplica a su padre que le perdone la vida, que la salve. Pero la pequeña canoa no resiste el empuje que supone tener a Sedna agarrada, se escora peligrosamente, y el padre toma una decisión terrible: blande un hacha y con golpes repetidos corta los dedos y las manos de Sedna.

El rostro de Sedna se hunde y desvanece en un camino sin retorno a las profundidades del frío océano. Milagrosamente sus pequeños dedos amputados se convierten en todas las especies de peces que hay en el Océano Ártico. Los pulgares se convierten en focas o morsas. Las manos en ballenas.

La mar se llena de seres que respiran, y desde entonces, en lo profundo, vive en soledad Sedna, la reina del mar. A sus dominios van las almas de los que mueren para ser juzgadas por lo que hicieron en vida. En ocasiones escasea la pesca y el pueblo pasa hambre; otras muchas el océano se agita nervioso. Los hombres saben que Sedna está nerviosa: sus largos cabellos se han enredado y la muchacha se revuelve furiosa porque no tiene manos ni dedos para alisarlos. Los chamanes sabios, en la orilla, mueven sus manos y cantan, peinando a la joven diosa. Con el tiempo la mar vuelve a la calma.

Se hace el silencio en la cabaña. Los más pequeños reflexionan sobre el respeto a los seres que habitan en los mares y la necesidad de respetar a las mujeres. Todo se engloba en una visión equilibrada y coherente de la realidad. La llama consume el oxígeno y da calor. Las hijas se abrazan a sus madres y sueñan con Sedna.

Yo, que solo soy espíritu y que antes fui pez, estoy en todos ellos, en la tribu y los animales, en el mar y el hielo. En los vivos y los muertos. En el firmamento. Y puedo viajar a otra Sedna lejana que vive en una oscuridad permanente. Una Sedna de agua y frío.

 


El 14 de noviembre de 2003, desde el observatorio de Monte Palomar de San Diego, se detectó un cuerpo extraño dentro de nuestro sistema solar; aparentemente se trata de un planeta enano, como Plutón, pero su órbita es tan lejana que desde su superficie el Sol parece una estrella más, brillante pero sin forma. Está muy, muy lejos. Demasiado.

Es el objeto grande más distante del Sol que conocemos, con una órbita asombrosamente excéntrica, que pasa de un afelio (mayor distancia) de 960 ua (ua es la abreviatura de Unidad Astronómica, la distancia promedio de la Tierra al Sol) a un perihelio (menor distancia) de 76 ua. Con una órbita tan elongada este cuerpo tarda 11.400 años en completar una vuelta alrededor del Sol. Para que lo sitúen en perspectiva el planeta enano Plutón, cuando se encuentra en su afelio, está a un máximo de 48 ua, y solo tarda 248 años en completar su órbita. 

Si pudiésemos acercarnos a este cuerpo astronómico ¿qué veríamos?

Es una esfera con 1.000 kilómetros de diámetro. Destaca por la intensidad de su color rojo, como si fuese un Marte en miniatura. Está tan lejos de todo que nunca ha sido molestado; no se observan cráteres ni relieves causados por el impacto de meteoritos.

Su superficie es químicamente compleja. En 1979 Carl Sagan descubrió las tolinas, unas moléculas orgánicas muy primitivas y de enorme complejidad, formadas a partir de moléculas ricas en nitrógeno, como el metano, cuando son bombardeadas por radiación ultravioleta. El resultado es un hidrocarburo rico en nitrógeno y carbono de color rojizo. En la superficie de este cuerpo helado hay, además de tolina, agua congelada, metano, nitrógeno, metanol y carbono, formando una capa superficial rica en compuestos orgánicos.

¿De dónde viene este cuerpo tan peculiar, con una órbita tan lejana? No lo sabemos con certeza. Algunos científicos especulan con que perteneció a otro sistema planetario y fue capturado por el nuestro. Otros opinan que en los orígenes de nuestro sistema solar una estrella que transitaba cerca alteró su órbita. Los hay que afirman que es una prueba de la existencia de un gran planeta aun por descubrir. Lo cierto es que este cuerpo existe, que orbita en los límites de nuestro sistema solar, que lo descubrimos por pura casualidad y que tiene nombre.

Se llama Sedna.

Sus descubridores lo llamaron Sedna en recuerdo de la diosa de las profundidades heladas del océano ártico. Y puede que el nombre sea premonitorio, porque el pequeño planeta Sedna puede ocultar en su interior un secreto fascinante.

Si estuviésemos sobre la superficie de Sedna habría una oscuridad sin igual en nuestro sistema solar; el sol no calienta y apenas si ofrece una luz difusa. El día dura unas 10 horas, y cuando se oculta el Sol el firmamento debe engalanarse en un espectáculo digno de verse. Pero si profundizásemos dentro de Sedna, si atravesásemos su superficie helada rica en compuestos orgánicos, es posible que encontrásemos un océano de agua líquida. Un verdadero reino de Sedna ¿Cómo es posible?

Hay un fenómeno natural conocido como “calor por desintegración nuclear”. En pocas palabras, los cuerpos del sistema solar están compuestos por múltiples elementos de la tabla periódica, y los más pesados se acumulan en el núcleo. El interior de planetas y satélites están calientes porque los isótopos radiactivos de elementos como el uranio, el torio o el potasio interactúan con los átomos de otros elementos, causando movimiento en sus partículas elementales y, en consecuencia, calor.

Los modelos que se manejan de calentamiento interno a través de la desintegración radiactiva indican que Sedna podría ser capaz de soportar un océano subterráneo de agua líquida. Todo dependerá de la cantidad de elementos radiactivos presentes en Sedna.

Pero imaginen: a 20 veces la distancia de Plutón una pequeña esfera sólida de 1.000 kilómetros de diámetro puede ocultar un océano en penumbra de agua líquida rica en nutrientes orgánicos. Sería un lugar propicio para que la vida experimentase en sus muchas formas durante miles de millones de años, porque la lejanía de Sedna supone dos ventajas: una menor incidencia de la radiación solar, a lo que ayudaría las capacidades aislantes de la tolina, y un entorno libre de acometida de meteoritos y cometas. Un remanso de paz en medio de la nada. Bajo la apariencia de un mundo yermo, oscuro y frío podría bullir la vida.

Pero sería una vida muy distinta a la nuestra. ¿Por qué? Por la ausencia total de oxígeno atmosférico, de dioxígeno molecular. La vida en Sedna sería anaeróbica, capaz de sobrevivir en un ambiente libre de oxígeno. Es importante recordar que en la Tierra hay lugares propicios para la vida anaeróbica. Por ejemplo, el interior de nuestro organismo. Y en sus orígenes toda la vida en la Tierra era anaeróbica. Pero en Sedna, sin la facultad energética que aporta el oxígeno, la vida sería posiblemente muy sencilla. Poco evolucionada. No habría células eucariotas. Todo son especulaciones y es muy improbable que enviemos una sonda a explorar Sedna.

 

He vuelto. Vuelvo a ser yo. Se lo advertí; no se me da bien contar historias.

Es porque antes era un pez.

En el cosmos toda la vida está interconectada por cuerdas invisibles e indetectables, capaces de soslayar tiempos y distancias. Los chamanes lo saben, como saben que Sedna aguarda en lo más profundo del océano ártico. Como saben que conviene peinar sus negros cabellos.

Aquí, en la Tierra, y en lo más profundo del espacio.

 

Antonio Carrillo

jueves, 25 de abril de 2019

Un canto a la vida: Reedito la fosa de las Marianas


Imagen de Kenichiro tomiyasu

En este artículo que publiqué hace tiempo me adentraba en terrenos inexplorados gracias al impulso vital de la imaginación. Y en este momento tan difícil me apetece compartirlo una vez más. Porque la vida sigue y mañana amanecerá. Porque la fosa de las Marianas existe realmente. Porque merece la pena abrir los ojos y soñar despiertos con parajes, personas y fenómenos fascinantes. 

Considérenlo un desagravio contra este manto de oscuridad que ahoga mis días.

Mañana amanecerá y buscaré volar a lugares maravillosos. Ros estará conmigo. Siempre.


En estos tiempos de satélites orbitales y Google Earth, sólo podemos aportar certezas sobre la profundidad y volumen del océano, pero no tanto sobre su orografía. En realidad, conocemos mejor el relieve de Marte que los fondos oceánicos. Hemos trazado por sónar un mapa incompleto de la corteza submarina, en parte gracias al esfuerzo realizado durante decenios para poder detectar submarinos enemigos. Pero si queremos completar esta tarea hercúlea serán precisos más de 100 años de trabajo sin descanso. El océano es muy, muy grande; y tridimensional. Recuerdo haber leído la anécdota de dos niños que veían por vez primera el mar:

- ¡Hala... qué grande!

- Sí. Y por debajo hay más.

En efecto, lo fascinante es que debajo hay mucho mas. El océano impresiona no sólo por su (enorme) superficie, sino fundamentalmente por su (descomunal) volumen. Por fortuna, disponemos de dos herramientas sin las cuales la narración de este viaje extraordinario sería imposible.

A pesar de lo dicho anteriormente, la primera y fundamental son los avances que hemos realizado los últimos 100 años en el conocimiento de esta vastedad casi inabarcable. Todavía es mucho más lo que desconocemos; pero, al menos, ya somos capaces de percibir el alcance de nuestra ignorancia. Este vértigo de sólo saber que no sabemos es un primer paso ineludible hacia el conocimiento. Por de pronto, hemos aprendido a tenerle respeto al océano, y a vislumbrar las oportunidades que nos ofrece en su biodiversidad y complejidad geológica.

La otra ayuda con la que contamos es una facultad casi divina que usted y yo poseemos: la imaginación. A partir de este mismo instante, usted ya no está leyendo este texto en un monitor; ahora forma parte de la tripulación del submarino experimental "Argos".

Bienvenido a bordo.


Imagine: se encuentra en la cabina de observación de proa; una esfera transparente fabricada con una resina de policarbonato similar al Lexan, más resistente incluso, que permite 280 grados de visión nítida del océano con la ayuda de potentes deflectores situados bajo el casco. El resto de la nave dispone de un armazón de varias capas de titanio que suman dos metros de grosor. El "Argos" es una maravilla tecnológica que soporta más de 2.000 atmósferas de presión.

Llevamos ya dos meses de viaje, y hemos visitado lugares fabulosos. ¿Recuerda? En mitad del golfo de México, al inicio de la travesía, visitamos un lago submarino; un lugar en el que una masa de agua con una densidad enorme, debido a su alto contenido en sales, adopta la forma de un lago de aguas tranquilas, que se distingue perfectamente del resto; tanto es así que podemos trazar el límite de sus orillas. Debajo de este lago submarino hay una profunda sima que permanece inexplorada. ¿Qué misterios esconde? ¿Qué vida encierra? Tenemos la intención de volver pronto para encontrar respuestas.

Tomamos rumbo norte, siguiendo la corriente ascendente del golfo, una autopista de agua submarina de 100 kilómetros de anchura que conduce agua cálida hacia el norte de Europa y condiciona el clima de todo un continente. Recuerdo el día en que divisamos en el horizonte las estribaciones de la Dorsal Atlántica, la gran cordillera de 15.000 kilómetros de longitud y 1.500 kilómetros de anchura, con montañas de hasta 3.000 metros, tan altas que en ocasiones asoman por encima del mar y adoptan el nombre de Azores o Islandia. Parte del viaje lo hicimos por el espectacular valle que recorre el centro de esta cordillera, un lugar con laderas y barrancos de tres kilómetros. Navegar por este enorme cañón fue una experiencia casi mágica. Había infinidad de valles, ecosistemas y puntos calientes de actividad volcánica. Sin duda, es otro lugar al que volveremos, aunque si consideramos la Dorsal Atlántica como parte de una cordillera que circunda el planeta, la longitud total de este sistema montañoso es de unos 38.000 kilómetros. Necesitaríamos cientos de años para explorar en profundidad algo tan grande.



La dorsal Atlántica está creando corteza terrestre a razón de 3 centímetros por año. Lógicamente, en algún lugar de la Tierra esta cantidad de corteza tiene que estar destruyéndose. Y precisamente este lugar es nuestro destino.

Más al norte, bajo el Estrecho de Dinamarca, una franja de agua que separa Islandia de la costa oriental de Groenlandia, visitamos la mayor catarata submarina del mundo; una fuerza de la naturaleza que transporta cinco millones de metros cúbicos de agua por segundo en una caída de 3.500 metros hacia el profundo mar de Irminger. Nada hay comparable. La mayor cascada de la superficie, el Salto del Ángel en Venezuela, no llega a los 1.000 metros.


Algo más al norte, la corriente del golfo se canaliza en una autopista de agua inmensa que conduce millones de toneladas de agua cálida. En paralelo, otro enorme río subterráneo transporta una cantidad equivalente de agua fría en sentido contrario. Para que se hagan una idea, estas dos corrientes que confluyen en el norte de Europa transportan más agua que todos los ríos de la Tierra juntos.

Hay otro fenómeno interesante que ha sido objeto de estudio y observación a lo largo de estas semanas en el "Argos": la formación y comportamiento de formas cristalizadas de gas - fundamentalmente metano - a profundidades abisales. Las bajas temperaturas y la enorme presión posibilitan esta cristalización.

¿Por qué es tan importante este hecho? El metano es un gas que juega un papel protagonista en el llamado "efecto invernadero", y la cantidad de gas cristalizado en el fondo del océano es apabullante: 3.000 veces la que hay en la atmósfera. Si la actividad tectónica libera parte de este gas a la atmósfera, estamos irremisiblemente abocados a acabar como nuestro planeta hermano: Venus.

Este "hielo inflamable", como también se lo denomina, provoca un fenómeno poco conocido pero fascinante: el hundimiento repentino de buques.

Existe un lugar llamado el mar de los Sargazos, descubierto por Cristóbal Colón, que se encuentra en el denominado "triángulo de las Bermudas". Desde muy antiguo este lugar tiene reputación de cementerio de barcos. Es una zona en la que las mareas circulan en el sentido de las agujas del reloj, y se caracteriza por la presencia de auténticos bosques superficiales de algas. Con el tiempo, miles de toneladas de algas se descomponen en el fondo, y la descomposición de grandes cantidades de materia viva provoca sobresaturación de gases hidratados y cristalizados de metano. ¿Qué sucede si una bolsa de gas se libera y asciende hacia la superficie?

Los barcos flotan porque el aire que contienen, de muy baja densidad, contrarresta con una fuerza ascendente el peso de su armazón de acero. Es un equilibrio complejo de sustentación y flotabilidad frente a gravedad. Ahora bien: si un buque tiene la mala fortuna de encontrarse bajo una enorme burbuja de gas que asciende desde el fondo del océano, sufrirá un final espantoso y repentino. El agua mezclada con gas metano tiene una densidad mucho menor, y el buque perdería instantáneamente su flotabilidad. Caería a plomo al fondo del océano sin previo aviso, vertical y repentinamente. Un observador creería haberlo visto desaparecer.

Desde el "Argos" hemos observado con preocupación un aumento de la emisión de gas metano desde el fondo del océano, especialmente el latitudes más altas, en las que resulta más evidente el aumento de temperatura. Esto ratifica estudios publicados en 2010 en la revista "Science", informes que ponen en evidencia una liberación acelerada de metano en el Ártico. Si finalmente estas observaciones se confirman, y resultan también ciertas las noticias procedentes de la estepa siberiana, en el sentido de que la capa de "permafrost" que contiene los ingentes depósitos de gas de Siberia se está derritiendo, entonces dará igual lo que hagamos: el planeta estará irremisiblemente condenado, al menos como hogar del ser humano.

¿Creen que exagero? Hace miles de millones de años Venus se parecía a la Tierra; se parecen en tamaño, se formaron de la misma manera y están a una distancia similar del sol. Sin embargo, en algún momento se produjo un efecto invernadero, quizás provocado por su mayor proximidad a la estrella, y hoy es un lugar infernal. La temperatura en su superficie supera los 400 grados, es mayor que en Mercurio, y la presión atmosférica multiplica por 100 la de la Tierra. Cuando llueve, lo que cae del cielo es ácido sulfúrico.

Venus tuvo océanos en el pasado, y una temperatura superficial similar a la nuestra. Quién sabe si vida. La Tierra puede acabar de la misma manera. ¿Por qué? El metano genera 30 veces más efecto invernadero que el dióxido de carbono. Y por primera vez este año, el 2011, ha asistido al deshielo de parte del Ártico en tal medida que se han abierto dos vías inéditas de navegación atravesando el polo norte. ¿Lo sabían? ¿Saben cuantos millones de toneladas de metano se han liberado?

En fin; volvamos de tanto catastrofismo. Volvamos al "Argos".

¿Recuerda el tiburón gigante que pudimos observar mientras atravesamos las profundidades del ártico? Tuvimos el privilegio de poder estudiar a un tiburón boreal en su hábitat, a 2.500 metros de profundidad. Este animal de 7 metros es capaz de atrapar osos polares o morsas.

El tiburón vive en simbiosis con el copépodo Ommatokoita elongata, un parásito que se alimenta del tejido de su cornea, provocándole una ceguera parcial. A cambio, el brillo del copépodo atraerá a presas como el calamar. Esto explica cómo un animal tan lento como el tiburón boreal o de Groenlandia puede atrapar presas veloces.

Un tiburón que porta un parásito que se alimenta de sus ojos. El océano es, sin duda, sorprendente.






20 de septiembre de 2011. 12º, latitud norte; 144º, longitud este. Océano Pacífico. Fosa de las Marianas






Se siente el nerviosismo a bordo. Nos acercamos a uno de los destinos principales de nuestro viaje: la fosa de las Marianas. La fosa, con forma de media luna, mide 2.500 kilómetros de largo y 70 kilómetros de ancho. Pero lo que la convierte en un fenómeno excepcional es su profundidad: más de 11.000 metros. Abajo, en el llamado abismo Challenger, el lugar más profundo de la tierra, se soportan presiones de 1100 atmósferas, 10 veces más que en Venus.

Es normal que todos estemos inquietos. En la fosa de las Marianas no se pueden cometer errores. Se pagan con la vida.

Es un lugar casi inexplorado, desconocido en su mayor parte. Como anécdota: si un total de 12 personas han caminado sobre la luna, sólo 2 han podido descender al abismo de las Marianas. Y la historia de este descenso, el 23 de enero de 1960, es la historia de un hombre excepcional: Auguste Piccard, el científico que sirvió de inspiración al dibujante Hergé para la creación del (entrañable) personaje Silvestre Tornasol.



El físico suizo Auguste Piccard (1884-1962) fue, junto con su asistente Paul Kipfer, el primero en alcanzar la estratosfera el 27 de mayo de 1931, a una altura de 15.785 metros. Se resguardaron en una cabina hermética para poder soportar tanto el frío como la falta de oxígeno. Este viaje merece un artículo propio: el globo despegó de Augsburgo, Alemania, antes de lo previsto y sin previo aviso, mientras sus tripulantes hacían los últimos chequeos; y una vez en las alturas tuvieron fugas que los dejaron sin aire ni agua. A la vuelta, la cápsula no amerizó en el cálido Adriático, como estaba previsto, sino en el glaciar tirolés Gurgler Ferner, a casi 2.00 metros de altitud, en Austria. Tuvieron que pasar la noche allí hasta que los rescataron. En este vínculo puede disfrutar de un vídeo de la época:





Más tarde, el inquieto Piccard centró su atención a las profundidades marinas, y proyectó varios batiscafos, que culminarían con la invención del "Trieste", la nave que en 1960 condujo a su hijo Jacques y al marine y explorador Don Walsh a alcanzar la sima más profunda de la Tierra, a más de 11.000 metros de profundidad. Ellos fueron los dos únicos humanos en descender al abismo, aprisionados en una esfera del tamaño de una nevera. Por cierto, a mitad de trayecto se agrietó el cristal exterior de la escotilla. A pesar de todo, continuaron el descenso. Se jugaron la vida. Y desafortunadamente, al tocar fondo, la nube de cieno que levantaron les impidió toda visión del exterior. Pero antes pudieron observar a un ser vivo: un vertebrado. Un pez similar al rape.

El siguiente descenso se produjo en 1995, con la participación del robot japonés Kaiko, un pequeño sumergible que realizó más de 250 exploraciones a lo largo de su fructífera vida, descensos que permitieron descubrir 180 nuevas bacterias y 350 especies. El Kaiko, que tanto ha ayudado en el conocimiento del océano, desapareció en medio de un tifón, al romperse el cable que lo unía a su barco nodriza.

El siguiente en descender fue el submarino no tripulado Nereo, que nos facilitó las primera imagen del fondo. Esto es todo lo que tenemos del abismo Challenger. Compárenlo con las miles de imágenes que tenemos de Marte.



Nos acercamos al abismo. Navegamos a 4.500 metros de profundidad, en la denominada zona abisal. Nos rodean seres extraños; algunos monstruos de pesadilla, como los peces demonio, también llamados dragones negros. Estos seres tan extraños, del género Idiacanthus, tienen una longitud máxima de 53 cm.




También encontramos la Víbora de Mar, un pez de la familia Stomiidae, con luces en el cuerpo, en la zona del vientre y en las aletas de la cola. Este feroz habitante de las profundidades puede cazar presas más grandes que el mismo gracias a la extraordinaria movilidad de su terrible mandíbula.



Por cierto, no es extraño que emigre a la superficie y acabe arrojado a las playas de la Península Ibérica, una zona en la que abunda. Su picadura produce un dolor enorme que puede durar dos días, y son frecuentes las infecciones que derivan en necrosis o gangrena, lo cual acaba requiriendo la amputación del miembro. Todos los años se producen picaduras de víboras de mar en España.

Pero atención: recibimos un sonido. Un animal enorme, de 22 metros, nada lentamente a 1.500 metros de profundidad. El chasquido que emite es el sonido más fuerte que emite animal alguno; puede oírse a 10 kilómetros de distancia, y su intensidad es tal que aturde a sus presas. Esta formidable máquina asesina puede descender a tales profundidades gracias a su tórax flexible, que permite una enorme compresión pulmonar debido a la presión. Durante la hora que puede mantenerse bajo el agua el cachalote disminuye su metabolismo a niveles increíbles: su corazón late una sola vez por minuto, y la sangre abandona los capilares de la piel y otras zonas no fundamentales para regar órganos esenciales como el cerebro (el más grande que hay existido jamás).

Pero el sonido se desvanece. Tras una cordillera acaba de aparecer una sima, una fosa gigantesca. Hemos llegado a la fosa de las Marianas.



Hace 50 millones de años la placa del Pacífico buceó bajo la placa Mariana hacia el oeste, destruyendo litosfera (superficie terrestre). Estamos en el lugar donde se destruye la corteza de se creaba en el Atlántico. El plano de subducción o plano de Benioff, que puede superar los 500 kilómetros, alcanza una inclinación de 45º. Toda esta fuerza originó la mayor fosa del planeta, y una intensa actividad volcánica. La fosa forma parte del "Cinturón de fuego del Pacífico", la zona con mayor actividad sísmica del planeta. En la fosa, el rozamiento continuo que produce el hundimiento de la placa del Pacífico provoca terremotos intermedios y profundos, y la fusión de materiales provoca un ascenso de estos en forma de magma, originando volcanes. Es preciso ser precavidos.




Iniciamos el descenso. Nos adentramos así en la zona hadal (nombre que procede de "hades"), un lugar del océano desconocido para el hombre. En general, los datos abruman: se piensa que en los océanos viven 1 millón de especies, pero sólo hemos catalogado 230.000 organismos marinos, según el Censo de Vida Marina. Por tanto, nos movemos entre presunciones y, en cualquier momento, salta la sorpresa. Un viaje como el nuestro permite catalogar miles de formas de vida desconocidas hasta el momento, familias enteras de organismos nuevos.

El descenso por la fosa es impresionante. La estructura reforzada de nuestro navío nos permite acercarnos a la ladera este; 36.000 kilómetros cuadrados de paredes oscuras con cuevas, salientes, volcanes, laderas... la fosa es inmensa, y, lo más importante de todo, está aislada. En efecto: descendemos a tales profundidades que las corrientes de organismos del océano no pueden penetran en el fondo. Además, no hay un único ecosistema. La intensa actividad geológica en forma de respiraderos hidrotermales y volcanes implica que, en apenas unos pocos metros, haya enormes diferencias en la química y temperatura del entorno. Y esto supone diversidad biológica.

En la fosa de las Marianas, una ingente cantidad de ecosistemas acogen una biodiversidad que lleva aislada del resto del planeta unos 50 millones de años, como sucede en las Galápagos. La vida se adaptó lentamente a los cambios de temperatura, presión o química. En esto pensamos mientras descendemos. Nos detenemos un instante frente a una enorme gruta, una caverna tan grande que los deflectores del "Argos" ni siquiera permiten adivinar su profundidad. Hay pequeños volcanes de lodo en la fosa, volcanes que no eructan fuego, sino serpentina, una piedra frágil proveniente del manto terrestre. Hay una química única, calor y un espacio indeterminado. Si pudiéramos entrar, ¿qué nos encontraríamos? ¿Acaso la cueva se ensancha y acoge a un ecosistema formado por miles de criaturas de fantasía? ¿Qué misterios, qué maravillas se ocultan a nuestros ojos a lo largo de estas paredes inmensas?

¿Y por qué es tan importante? Pongamos algunos ejemplos: el gusano negro de tubo, que no tiene sistema digestivo, se alimenta gracias a una enzima que disuelve el hidrógeno sulfúrico que surge de chimeneas termales a 400 grados. Esta enzima podría resultar útil para purificar aguas contaminadas. El robot Kaiko descubrió en 1995, en esta misma fosa, una bacteria, la Moritella yayanosii, que contiene proteínas como la DHA y la EPA. Hasta entonces, estas proteínas se extraían sólo de aceite de pescado, y su importancia es enorme: se intenta desarrollar a partir de ellas potentes medicamentos contra la hipertensión y el cáncer, así como un agente purificador de la sangre. También tenemos el ejemplo de la bacteria Shewanella violacea, de un brillante color púrpura. Se está investigando su aplicación como cosmético, en tratamientos de blanqueamiento de la piel y como semiconductor en su forma de estructura cristalina.

La diversidad genética en la fosa es inimaginable; es un tesoro del que no podemos prescindir. Los medicamentos, las terapias genéticas que puedan salvar millones de vidas pueden tener su hogar en este inhóspito paraje.

Continuamos el descenso. A 7.000 metros de profundidad se especulaba con un fenómeno curioso, el de las megaplumas hidrotermales; la temperatura del agua debía ascender levemente. Según una teoría popularizada por escritores como Steve Alten, las chimeneas hidrotermales del fondo expelen un agua negra y ardiente, rica en azufre y metano, que al ascender hasta un nivel de flotabilidad neutra crearían una barrera térmica que separaría el fondo más cálido de la fosa del resto de la zona hadal, en la que el agua apenas alcanza los 2 grados de temperatura. Sin embargo, constatamos que la realidad es menos espectacular: las plumas termales se disuelven y desaparecen, al volverse la pluma menos densa que el agua que atraviesa; y, en todo caso, el aumento de temperatura es de apenas un cuarto de grado.

Tocamos fondo, y hay un silencio reverente en la nave. Vislumbramos múltiples criaturas conocidas como extremófilos: seres capaces de vivir en entornos sin luz, con una presión 1.000 veces mayor de la que encontramos en la superficie, con temperaturas que oscilan de los 2 a los 400 grados, y sin apenas gas de oxígeno disuelto en el agua (la vida no rompe la ligazón química de hidrógeno y oxígeno que forma el elemento "agua"; respira gracias a la presencia de oxígeno gaseoso disuelto en los océanos. Cuanto más se desciende, menos cantidad de oxígeno hay).

Los protagonistas de este ecosistema son los gusanos de tubo gigantes, enormes criaturas blancas y rojas que alcanzan los 2,5 metros y se agrupan en enormes colonias de decenas de miles. También hay camarones de agua profunda, pulpos, cangrejos, pepinos de mar, almejas... casi todos seres albinos y ciegos; todos agrupados alrededor de chimeneas o fumarolas hidrotermales de hasta 60 metros de altura, la altura de un edificio de 20 pisos.

Es sorprendente la cantidad de carbono que encontramos en el fondo. Las fosas son sumideros de este elemento, y por tanto juegan un papel importante en la regulación del clima oceánico. En las fosas se conserva parte del carbono que la atmósfera primigenia perdió hace cientos de millones de años.

El entorno es tranquilo. No hay demasiada actividad telúrica. Esto se debe a que hay una franja de roca suave que permite que el roce de ambas placas sea fluido. ¿Recuerdan los volcanes de lodo y la serpentina? La cantidad de corteza que se destruye es, aproximadamente, de 3 centímetros por año. La misma cantidad que se creaba en las dorsales del Atlántico. Es el lugar donde se destruye más placa.

La litosfera se desplaza, y con ella los continentes. Llegará un momento en el que desaparecerá el océano Pacífico, y Australia chocará contra la costa oeste de los Estados Unidos, creando una cordillera similar al Himalaya.

Pero para esto falta mucho. Ni usted ni yo lo veremos.

Adenda: el cineasta y explorador oceánico James Cameron, a bordo de la nave "Deepsea Challenger", tardó 2 horas y 36 minutos en alcanzar el fondo de las Marianas, a casi 11.000 metros, la noche del domingo 25 de marzo de 2012.



Antonio Carrillo Tundidor

miércoles, 17 de enero de 2018

A imagen de Dios



Buenos días. Permítanme que me presente.

Soy un trilobites.

Pertenezco al filo de los artrópodos, el más amplio y diverso del reino animal. Y yo fui el primero.

Mi subfilo nació hace mucho, mucho tiempo, a comienzos del Cámbrico, una era remota en la que apenas había medusas o esponjas. Nosotros fuimos los primeros animales que desarrollaron patas con las que caminar. Los primeros en tener antenas. En presentar dimorfismo sexual; los machos somos distintos que las hembras.

Pero lo más importante es que fuimos los primeros animales en desarrollar ojos complejos. La naturaleza, el universo mismo, se hizo consciente ante la luz con los trilobites.

Esto ha dado mucho de qué hablar entre nosotros, los trilobites. Al fin y al cabo, somos todos muy distintos, con más de 4.000 especies. Pero hay un consenso que se ha mantenido a lo largo de los milenios: somos criaturas privilegiadas.

Los hijos de la luz nos llamamos.

Pensamos que Dios es un trilobites. Que estamos hechos a su imagen y semejanza. Creemos en un Dios inmenso que porta sobre su cuerpo todos los mares y océanos en los que vivimos. Que vela por nosotros.

¿Cómo si no se explica nuestro éxito? Fuimos los primeros y sobrevivimos a dos grandes extinciones. Llevamos 300 millones de años caminando bajo los mares de este planeta, en aguas profundas y someras, frías y calientes, ácidas y alcalinas.

El tiempo pasa. Al Cámbrico se siguió el Ordovícico, luego el Silúrico, el Devónico y el Carbonífero. Ahora estamos en el Pérmico, con los insectos, las plantas con semillas y los reptiles. Hemos visto llegar y extinguirse a cientos de miles de especies. Nosotros permanecemos.

Somos únicos. Eternos.




El relato se detiene. Hay un silencio como nunca ha habido en la Tierra. Prácticamente, la vida se ha extinguido. Nuestro planeta, de repente, es un páramo.

El 95% de las especies han desaparecido. Es la mayor catástrofe en la historia de la Tierra.

¿Qué ha sucedido? En el este del supercontinente de Gondwana cae una roca inmensa, de 40 kilómetros de diámetro. El choque brutal provoca un cráter de 500 kilómetros. La Tierra se abre, tiembla, la corteza se resquebraja. Una parte del continente se desgaja e inicia una marcha hacia el noreste. Con el tiempo lo llamaremos Australia.

Es algo parecido al meteorito que acabó con los dinosaurios, solo que tres veces más grande. Mucho más destructivo.

Desde el lugar del impacto surgen enormes ondas sísmicas que agitan toda la superficie del planeta y que finalmente convergen en las antípodas. En el peor lugar posible: los Traps Siberianos. La mayor zona volcánica del planeta.

Dos millones de kilómetros cuadrados entran en erupción. Como si toda Europa Occidental se abriera dejando fluir lava y gases. Las cifras son desorbitantes: unos 4 millones de km³ de lava salen a la superficie. La emanación de CO2 provoca un aumento de las temperaturas de 5°C.

En los océanos el aumento de temperatura provoca que se descongelen los depósitos de hidrato de metano que hay en el fondo marino. Y pocos gases hay más nocivos que el metano. La temperatura en el planeta aumenta otros 5°C y en los mares se cambian las corrientes oceánicas, cae el nivel de oxígeno atmosférico y se destruyen la mayoría de los ecosistemas. Zonas antaño frondosas se convierten en desiertos sin vida.


Y transcurridos muchos miles de años, sanadas las heridas, unos reptiles, capaces de poner huevos amnióticos, se convirtien en los nuevos amos. Y creen que Dios tiene la forma de un dinosaurio.

Y otros seres, simios desnudos y bípedos, millones de años más tarde, también se creen invencibles, tocados por la gracia divina. Únicos. Inmortales. Con un Dios a su medida.

Y la Tierra gira, ajena a todo este desatino. Ella sí, inmutable.

Antonio Carrillo