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jueves, 26 de septiembre de 2013

Mi padre, cura obrero en Los Badalejos


 

Hoy hace siete meses que falleció mi padre. Es curioso, creía que el tiempo traería una pizca de consuelo en el olvido.
Pero le sigo echando muchísimo de menos, y todos los días algo me trae su recuerdo.
Al poco de morir, nos llegó, entre otros, este reconocimiento del ayuntamiento gaditano de Medina Sidonia: 

PESAME DESDE EL AYUNTAMIENTO DE MEDINA SIDONIA

Desde el Ayuntamiento de Medina Sidonia, en nombre de su Alcalde, M. Fernando Macías, en el mío propio como Tte. de Alcalde Delegado en Los Badalejos y Malcocinado, y, por supuesto, en nombre de sus vecinos que tan grato recuerdo guardan del Padre Carrillo, queremos hacer llegar a su familia nuestro más sincero pésame por su reciente perdida.

El conocimiento de su lucha para con los vecinos de Los Badalejos durante unos años de extrema carestía y ausencia de medios, sin duda es un aliciente para continuar el trabajo en una época tan difícil como la que vivimos en este momento, salvando las diferencias.

En reconocimiento y agradecimiento a su trabajo, Los Badalejos sigue recordando a Antonio Carrillo manteniendo una calle con su nombre en Los Badalejos. Por supuesto sigue vivo en el recuerdo de sus vecinos. Reciban un saludo afectuoso.

ANTONIO DE LA FLOR GRIMALDI Tte. De Alcalde-Delegado de Medio Ambiente y Servicios Municipales. Tte. De Alcalde-Delegado en San Jose de Malcocinado y Los Badalejos.

 
AYUNTAMIENTO DE MEDINA SIDONIA


Y, poco después, Miguel Roa, profesor del Instituto Público San Juan de Dios de Medina Sidonia, me comunicó que tenían previsto glosar la figura de mi padre en el libro “El Barrio”, que editan todos los años.
Me encomendaron escribir sobre el paso de mi padre por una pedanía de Medina Sidonia, Los Badalejos.
Lo que sigue es el texto que salió publicado:

“Estamos en 1958, y el Rector del seminario de Cádiz propone al obispo que Antonio Carrillo Robles prosiga sus estudios en Roma. Con apenas 22 años su alumno más brillante no puede ser ordenado sacerdote; es demasiado joven.
Durante tres años estudia teología en la Universidad Gregoriana y, posteriormente, Sagradas Escrituras en el Pontificio Instituto Bíblico, un privilegio al alcance de unos pocos cientos de personas en el mundo. En 1961 le ordenan que regrese a España, y le nombran superior del seminario menor de Cádiz. Tiene apenas 25 años
La iglesia católica estaba inmersa en un proceso de cambio propiciado por el Papa Juan XXIII. El sacerdote que vuelve de Roma se ha embebido en un espíritu conciliar, más abierto y cercano. Es algo que se manifiesta muy pronto: el padre Carrillo se niega a dar en latín clases de teología a niños que desconocen tal idioma. Relaja un tanto el ambiente en el seminario, procura mejorar la comida (siempre le gustó comer) e introduce el estudio y disfrute de la música clásica (su gran pasión), lo cual se percibe como un soplo de aire fresco. Un compañero sacerdote escribe en su diario: "los niños de primer curso estaban encantados con él".
El obispo está molesto. El padre Carrillo no siempre guarda las formas en su manera de dar las lecciones, de distraer a sus alumnos; e incluso se rumorea que le han visto caminar en verano por las plazas de Cádiz sin llevar el preceptivo sombrero de teja. Carrillo se ha enfrentado abiertamente con el rector del seminario, delante de alumnos y profesores, y visita periódicamente a un sacerdote preso por razones políticas en la cárcel del Puerto de Santa María. El escándalo es mayúsculo: ¡se ha escuchado en el seminario música de zarzuela; nada menos que "La leyenda del beso"! ¡Imperdonable!
El castigo es ejemplar: Carrillo recibe la orden de trasladarse como párroco de dos humildes pedanías cercanas a Medina Sidonia, San José de Malcocinado y Los Badalejos. Un sacerdote y profesor amigo escribe en su diario: "noviembre de 1963; Hace unos días, dos en concreto, el martes, trasladaron al P.ACR. a los Badalejos. Dicho así, parece una cosa normal, pero no lo comprendo. (...) ¿Es realmente la voluntad de Dios que a una persona tan preparada como P.ACR se le envié allí y el Seminario pierda un profesor y superior que anima, estimula y da ejemplo de entrega?"
La intención del obispo es clara: quebrar la voluntad de Carrillo sometiéndolo a un entorno extremadamente difícil. En 1926, el Estado había comprado los terrenos de San José de Malcocinado con la intención de instalar una Yeguada Militar, pero el experimento no prosperó. Sin embargo, dado que se había encontrado agua y construido unos pabellones, el Instituto Nacional de Colonización arrienda los terrenos a unos cientos de personas. Otras muchas se instalan en chabolas situadas en una Cañada Real: los Badalejos.
Todas ellas malviven en una tierra que no les pertenece.

El sacerdote que sucedió al padre Carrillo habla del lugar en estos términos: "Si he dicho yeguada, ya podemos suponer qué clase de viviendas componían San José de Malcocinado: las antiguas cuadras de los caballos. Pero peores eran las de Los Badalejos. Me parecían como las que veía como «viviendas primitivas» en la Historia del Arte de Pijoan"
 
Una fría noche de noviembre de 1963, bajo una lluvia torrencial, llega Antonio Carrillo a Los Badalejos, traqueteando sobre su Vespa blanca. Si la intención del obispo era la de humillar al erudito estudiante y profesor, fracasó estrepitosamente. Enseguida Carrillo envía una carta al obispado comunicando que ha decidido ceder su casa de párroco (la única medianamente decente) a una familia con 11 hijos. El obispo responde con un enfado monumental, y se niega a tal desvarío. Carrillo decide entonces centrar sus esfuerzos en un único objetivo: mejorar las (penosas) condiciones de vida de sus parroquianos.
Acude al Gobernador de la provincia y demás autoridades, consigue financiación, material de construcción, y presiona para que se tenga en consideración una reciente encíclica de Juan XXIII, en la que establece que todas las tierras de colonos que atestigüen veinticinco años de ocupación pertenecen a quienes las han habitado. Tras toda una vida trabajándola, la tierra es propiedad del colono, no del Estado. Una vecina de los Badalejos lo explica fenomenalmente: “El padre Carrillo era buenísimo, daba misa como todos los curas, pero hizo más cosas por el pueblo; hizo casas para que se vinieran más familias a vivir a La Yeguada, y dejamos de pagarle a Franco”. Otro vecino es incluso más claro: “Carrillo era un cura bien preparado y no le temía al caudillo”.
 
Antonio Carrillo es feliz en los Badalejos, "rodeado de gente sencilla", como le escribe a un compañero. Su situación refleja un claro enfrentamiento con el poder civil y eclesiástico; ante los actos conmemorativos del 25 aniversario de la colonización de San José de Malcocinado, en los que se pretende enaltecer el Instituto Nacional de Colonización, Carrillo se niega obstinado a dar la misa preceptiva, aduciendo que no podía celebrar el nacimiento de una institución que supuso la creación de colonias de pobreza y marginalidad. Finalmente, tuvo que acudir un  sacerdote de Benalup a oficiar la misa.
Pronto comienza, previó sorteo, una primera fase de construcción de 10 viviendas. Algunos vecinos recuerdan el momento en el que se introdujo en una olla todas las solicitudes. Fue sin duda una tarea ardua conseguir los medios económicos y materiales para proseguir con el proyecto; una cuadrilla de albañiles de Medina Sidonia y de Paterna de Rivera construyeron casas de mampostería con tejados decentes en las cañadas reales y la carretera a Benalup. Carrillo facilitaba cal para blanquearlas, y pintura verde o celeste para las puertas. "No eran una maravilla, pero eran humanas y apropiadas", escribe el sacerdote que le sucedió en los Badalejos. El coste de las casas era de 10.000 pesetas, pero al propietario que aportaba mano de obra se le descontaba del total. El padre Carrillo firmaba pagarés de 100 pesetas.
 
El sacerdote estaba constantemente de viaje, siempre en moto, buscando recursos, financiación. Cuando tenía prevista una salida, avisaba a los vecinos, por si tenían que tramitar la solicitud de luz o cualquier otro asunto. A menudo escribía los formularios, porque una buena parte de la población era casi analfabeta.
Su ejemplo cundió: se recuerda una ocasión en la que fueron todos los vecinos en manifestación, pancarta incluida,  hasta el poblado de Cantarranas. Pedían el suministro eléctrico ante el obispo, que estaba allí de visita. Para entonces, el prelado debía de estar más que arrepentido de su decisión. Para más inri, en junio de 1964 el pueblo recibe la visita de un grupo de profesores y alumnos provenientes del seminario de Cádiz. Echan una mano en la construcción de las casas. Un profesor del seminario escribe: "Ayer tarde, al ver la Iglesia llena de gente y viviendo un cristianismo que me parecía del siglo primero, me sentí impotente (...) Todos decíamos que no se nos olvidará la estancia con PACR en esta Parroquia rural. Hemos aprendido mucho. Aquí han tomado un concepto muy bueno de los seminaristas. La gente se ha portado muy bien con nosotros, nos dejaban arrugados con sus regalos. Durante todos los días comimos en la Venta 'El Soldado' de los Badalejos".
El 8 de septiembre de 1964, a los diez meses de su llegada a Los Badalejos, se inauguraron las primeras casas, con presencia del recientemente nombrado obispo de Cádiz, Antonio Añoveros.
 
Los vecinos guardan una imagen del padre Carrillo quitándose la sotana, colgándola en cualquier sitio y descargando material de un camión, “como si fuera para su casa”. Las anécdotas sobre su labor pastoral y humana son casi interminables: llamaba a misa a las 12 de la mañana y acudía todo el barrio; no le importaba que las mujeres dejasen su tarea y entraran en la iglesia engalanadas sencillamente, con su delantal de cocina. Ofició el primer bautizo en castellano, algo que sorprendió a unas gentes acostumbradas a escuchar la ceremonia en un ininteligible latín. Después de la misa del gallo, invitaba a los feligreses a un refresco que había enfriado dentro del pozo. En una ocasión, supo de un niño sin bautizar, tan pobre que ni siquiera tenía padrino. Pidió comida de entre los lugareños, organizó una fiesta y fue con su vespa, acompañado de un grupo de vecinos en bicicleta, a traer al niño al pueblo. Y lo bautizó.
 
Tocaba la guitarra, y hacía música con vasos de agua y una cuchara; él, que había dirigido coros de más de cien intérpretes en salas de concierto. Montaba obras de teatro con niños y adultos, visitaba a los enfermos e incluso se ocupaba del traslado en los casos más graves. Una vecina recuerda que "a mi suegro, ya fallecido, lo llevó un día a Benalup, al médico, montado en su vespa; y como era tan nervioso, y enfermo que estaba, lo ató a su cuerpo con una sábana, porque los vecinos le decían que se le iba a caer por el camino".
 
En 1966 Antonio Carrillo pide la dispensa papal; quiere dejar el sacerdocio. El obispo Añoveros le convence para que recapacite otro año en Roma. Allí prosigue sus estudios, y acompaña como secretario e intérprete a su obispo en las últimas sesiones del Concilio Vaticano II. Se le comenta la posibilidad de que opte a ser uno de los obispos más jóvenes de Europa. Todo resulta inútil; Antonio Carrillo Robles se encontraba más cómodo, más en su sitio, en el fango de Los Badalejos que en los alfombrados salones de un palacio episcopal. En 1968 recibe la dispensa papal y contrae matrimonio. No se le permite casarse en la iglesia; la ceremonia se celebra en el despacho del sacerdote que oficia el sacramento, y sólo se permitió la presencia de los dos testigos preceptivos.
Acaba, pues, su vida como sacerdote; comienza otra como esposo, padre y Traductor Jurado, repleta también de anécdotas y éxitos. Pero en una pedanía de Cádiz no se difumina su recuerdo, su impronta. Hay una segunda, incluso una tercera generación que ha oído hablar del Padre Carrillo. En internet, se puede leer: “Por último, conservamos en la memoria de nuestros padres - posiblemente la segunda generación - a un hombre que ayudó a construir nuestro "pueblo". Este fue el querido y admirado Padre Carrillo, gracias al cual pudimos amortiguar nuestra pobreza y hambre en los años sesenta. ¡Donde quiera que esté, un fuerte abrazo!”
El año 2.000 se celebró una fiesta en su honor, a la que asistió con su esposa y cinco hijos. Se le entregaron dos placas conmemorativas y una reproducción en madera de la iglesia de los Badalejos. De las dos calles del pueblo, una lleva por nombre "Padre Carrillo".
Antonio Carrillo Robles falleció el 26 de febrero de 2013. Hay una última anécdota; en 1977 pudo construir una casa en la que vivió (vivimos) muchos años. Encargó a unos artesanos de Talavera de la Reina un enorme y colorido recuadro de cerámica con el nombre de la casa, que se veía desde la calle.
La casa en la que Antonio Carrillo Robles vio crecer a sus hijos tenía por nombre "Los Badalejos".”

Hoy, 26 de septiembre, hace siete meses que quedé huérfano de un hombre excepcional.
Del que estoy inmensamente orgulloso.

Antonio Carrillo Tundidor

martes, 5 de marzo de 2013

La muerte de mi padre, Antonio Carrillo Robles. Sacerdote, traductor y músico



Mi padre se ha muerto hace apenas cinco días, y siento que se ha llevado el aire con él.

Ahora soy un huérfano de 44 años.

Escribo desde su casa, que fue la mía, con palabras torpes. Cuando lo que se escribe nace de una herida tan honda no fluye el lenguaje; se agolpa a borbotones, como las lágrimas o la sangre.

No será un texto bien escrito, lo asumo. No importa. Sólo pretendo presentar a mi padre, contar parte de su historia, aún a retazos, en un aleteo de anécdotas que agitan mi memoria aturrullada. Les ruego paciencia.

Me duele el pecho porque lo quería con locura. Era un hombre bueno, generoso y excepcional. Su biografía está plagada de logros que a veces cuesta creer. Pero son ciertos.

En 1958, a los 22 años, Antonio Carrillo, gaditano de San Fernando, es un alumno brillante del seminario de Cádiz, licenciado en teología con honores; el rector solicita al obispo que lo envíe a proseguir sus estudios en Roma. Le exigen que haga de nuevo los cuatro años de teología en la Universidad Gregoriana, pero debe aprobar las 48 asignaturas en un solo año. Lo consigue, pero tienen que ingresarlo en una clínica de reposo durante dos meses por agotamiento mental.

Los dos años siguientes consigue el doctorado en teología y, muy especialmente, le permiten cursar la licenciatura en Sagrada Escritura en el Pontificio Instituto Bíblico, el único centro oficial de enseñanza bíblica de la iglesia católica. Sólo unos pocos cientos de alumnos en todo el mundo consiguen llegar a estos niveles de excelencia. Mi padre estudia entonces idiomas fascinantes como el hebreo, arameo, griego clásico o acadio, de la mano de los mayores expertos mundiales. Traduce de hecho tablillas de arcilla mesopotámicas pertenecientes a la biblioteca de Ashurbanipal.



En 1961, con apenas 25 años, le ordenan volver a España. Recibe entonces el encargo de dirigir el seminario menor de Cádiz. Es un puesto que ocupa durante tres años y que provoca enseguida enfrentamientos con sus superiores. Mi padre venía de un Vaticano inmerso en un espíritu conciliar de la mano del Papa Juan XXIII, y sus formas amables y algo más distendidas no casaban bien con el rigorismo formal de rectores u obispos. Por poner un ejemplo, mi padre se negó a dictar las clases de teología en latín a niños de 10 años, porque sus pequeños alumnos desconocían tal idioma. Se preocupó además por cuestiones aparentemente mundanas, como mejorar la alimentación en el seminario, e introdujo la enseñanza de la música (su gran pasión) dirigiendo coros, agrupaciones musicales o disponiendo audiciones de obras sinfónicas durante la comida. Juan Cejudo, compañero de mi padre, lo recuerda en este escrito:

Juan cejudo sobre mi padre
Ni en las formas ni en el fondo mi padre consigue evitar la confrontación. Visita en la cárcel del Puerto de Santamaría a un sacerdote y poeta preso por el nefasto Tribunal de Orden Público. En una ocasión, se cose en el forro de la sotana la sentencia del T.O.P., y consigue sacarla a Francia. Se publicará en el diario Le Monde.

Es inevitable; hay que castigar al díscolo de Antonio Carrillo. Se decide enviarlo como simple párroco a Los Badalejos, una humilde pedanía cercana a Medina Sidonia, Cádiz, en la que cientos de personas malviven en viviendas insalubres.


Tocando la guitarra en Los Badalejos

Y es entonces cuando mi padre ofrece la verdadera medida del hombre que era. La única casa construida y decente era la del párroco. Mi padre le escribe al obispo: no está dispuesto a vivir una casa mientras familias enteras viven en chozas. Mi padre pretende cederle la casa a una familia con nueve hijos. El obispo se niega.

El día en que inaguraron las casas
Montado en su Vespa blanca, Antonio Carrillo, el erudito, recorre con entusiasmo la provincia de Cádiz buscando dinero, materiales de construcción, ayuda... En dos años construye más de 60 viviendas. Sus parroquianos lo adoran. Tanto es así, que el año 2.000 el pueblo organiza una fiesta en homenaje a mi padre, le entregan una placa y una reproducción a escala de la iglesia en la que ofició misa. De las dos calles que tiene los Badalejos, una tiene de nombre: "Padre Carrillo".

¿Se dan cuenta? Mi padre tenía en vida una calle a su nombre, algo inusual. En esta entrada, un joven de "Los Badalejos" recuerda la memoria de sus mayores hacia la labor del Padre Carrillo:


En una pedanía cercana, San Martín del Malcocinado, una maestra rural de ojos celestes traba amistad con el sacerdote. Se despiden como amigos, pero mi padre no la olvida. Los años de enfrentamiento seguro han pasado factura a su vocación, y finalmente habla con el obispo: pide la dispensa del Papa. Solicita permiso para abandonar el sacerdocio.

El obispo de Cádiz Antonio Añoveros, amigo de mi padre, intenta por todos los medios que recapacite. Le propone, de hecho, que vuelva a Roma durante un año y retome sus estudios. Mi padre obedece, pero antes busca a esa maestra rubia que no era capaz de olvidar. Sólo tiene un dato: la dirección de un familiar en Jerez. La maestra está en Suiza; y allí la encuentra mi padre. Pero no consigue un compromiso. Mi madre (ya lo habrán adivinado) no quiere ser la causa de que abandone el sacerdocio; y no entablarán una relación, siquiera epistolar, hasta que este asunto quede resuelto.

Tiene 30 años, y mi padre ha vuelto a Roma. Acompaña esporádicamente como secretario e intérprete al obispo Añoveros en algunas sesiones finales del Concilio Vaticano II, continúa sus estudios en Sagrada Escritura y aprovecha para aprender un alemán muy básico. Sin embargo, continúa firme en su determinación de abandonar el sacerdocio y, finalmente, en 1968, recibe la dispensa papal.

Ese mismo año contrae matrimonio con mi madre, e inicia una nueva vida.

Yo nací en 1969. Soy el mayor de cinco hermanos. Mi padre comenzó esta nueva andadura desde cero, con el coraje de siempre. Durante el día era recepcionista en un hotel, y se buscaba unas propinas subiendo las maletas a las habitaciones. Por la noche, daba clases de inglés y de música.
Carta del Obispo Antonio Añoveros felicitando a mis padres por mi nacimiento

Pronto supo del mundo de la traducción, y comenzó su andadura como traductor. Tuvo conocimiento de la existencia de la figura del "Traductor Jurado", una categoría profesional que se conseguía tras aprobar unos exámenes muy exigentes: sólo aprobaban 1 de cada 100. El  verano de 1969 aprobó los cinco idiomas a los que se presentó.

Antonio Carrillo Robles se convirtió en Traductor Jurado e Intérprete Oficial de inglés, francés, italiano, portugués y Latín.

Su carrera como traductor es sorprendente. Las nuevas generaciones seguro se sorprenderán de estos datos. En los noventa, una empresa informática norteamericana citó a los directores de las principales agencias de Madrid; querían presentarles un paquete informático que permitía traducir más palabras generando memorias. Alguien levantó la mano:

- ¿Por qué no le pregunta al señor Carrillo cuántas palabras traduce de media?

Mi padre traducía una media de 600.000 palabras al mes. En una época en la que no había ordenadores, memorias ni internet. Simplemente, tenía el original delante en un atril, y grababa en una cinta de cassette el texto, que luego un equipo de mecanógrafas transcribía. Horas y horas, fines de semana incluidos, cientos de cintas de 90 minutos. Su capacidad de trabajo siempre fue increíble. Su constancia, impresionante. Pero lo que destacaba, por encima del volumen, era la calidad de sus traducciones. Mi padre traducía textos jurídicos y técnicos, y pronto se ganó una reputación que supuso, por ejemplo, que Laín Entralgo, Director de la Real Academia de la Lengua, le incluyera en el equipo de expertos que armonizarían el lenguaje técnico médico del inglés al castellano. El Director de la Oficina de Interpretación y Lenguas le propuso entrar como funcionario en el Organismo, y poco más tarde, en un asunto de enorme complejidad técnica, y que afectaba a una naviera estatal, la Oficina de Interpretación le solicitó que se encargara de la traducción de las patentes de ingeniería objeto de litigio.

El récord de palabras traducidas lo superó a principios de los noventa, un mes en el que tradujo todos los manuales técnicos de la empresa IBM relativos al nuevo sistema informático de gestión del Corte Inglés. Ese mes superó las 850.000 palabras. La Oficina de Legalizaciones, en la época en la que se legalizaban todas las traducciones, directas e inversas, creó un sello específico para mi padre, dado el volumen de trabajo diario que llegaba de TRADUX.

La comunidad musulmana Ahmadía, con 30 millones de fieles, le encargó la traducción del Sagrado Corán al español, en su condición de "erudito de la lengua castellana".

Mi padre fue maestro de traductores. Quien mejor lo expresa es Amelia Pérez de Villar, que escribe un emocionado homenaje a mi padre:
La orfandad de una hija de Babel

También fue maestro de músicos. Profesionales a los que enseñó sus primeros acordes con la guitarra. Recuerdo una anécdota; a mediado de los ochenta, mi padre se presentó en el Conservatorio Superior de Música de Madrid. Resulta que no tenía título alguno que testimoniara sus conocimientos musicales.

- Buenos días. Quería rellenar una inscripción para los próximos exámenes de solfeo.

- ¿Con quién estudia?

- Con nadie. Soy autodidacta. 

- Querrá presentarse a los exámenes de primero de solfeo.

- No. Verá; me quiero presentar a todo. 

Lo tomarían por un excéntrico. Se presentó a todo en apenas una semana. Y le concedieron matrícula de honor en toda la carrera, salvo en quinto curso, que le dieron un sobresaliente. Cuando protestó, el presidente del tribunal, que ya lo conocía, se disculpó.


- Lo lamento, señor Carrillo. Lo hemos estado discutiendo. Es cuestión de procedimiento ¿sabe? De normativa. No podemos dar un expediente de cinco matrículas a quien se presenta por libre.


La música estuvo siempre presente. Hace poco los dos disfrutábamos de una maravillosa grabación de la Patética de Tchaikovsky. El resto de la familia estaba sentada a la mesa, y nos llamaba. Una violonchelista lloraba. El director dirigía sin batuta. Al día siguiente ingresaba en el hospital, y ya no salió vivo de él.

Con todo, no perdíamos la esperanza. Hace 13 años un cirujano le había pronosticado 6 meses de vida. Mi padre, obstinado, se negó a dejarse vencer. Quiso conocer a sus siete nietos.

Bueno papá. Esto es todo. Sólo quería presentarte a unos amigos. Te echaré de menos el resto de mi vida. Gracias por todo lo que me has dado. Por lo que has dado a todos mis hermanos. A mamá. A tus nietos. A tantos amigos.

Mi padre era un hombre alegre y bueno.
Y me duele el pecho porque le quiero con locura.

Antonio Carrillo






Primeros comentarios y pésames


PESAME DESDE EL AYUNTAMIENTO DE MEDINA SIDONIA


Desde el Ayuntamiento de Medina Sidonia, en nombre de su Alcalde, M. Fernando Macías, en el mío propio como Tte. de Alcalde Delegado en Los Badalejos y Malcocinado, y, por supuesto, en nombre de sus vecinos que tan grato recuerdo guardan del Padre Carrillo, queremos hacer llegar a su familia nuestro más sincero pésame por su reciente perdida.

El conocimiento de su lucha para con los vecinos de Los Badalejos durante unos años de extrema carestía y ausencia de medios, sin duda es un aliciente para continuar el trabajo en una época tan difícil como la que vivimos en este momento, salvando las diferencias.

En reconocimiento y agradecimiento a su trabajo, Los Badalejos sigue recordando a Antonio Carrillo manteniendo una calle con su nombre en Los Badalejos. Por supuesto sigue vivo en el recuerdo de sus vecinos. Reciban un saludo afectuoso.

ANTONIO DE LA FLOR GRIMALDI Tte. De Alcalde-Delegado de Medio Ambiente y Servicios Municipales. Tte. De Alcalde-Delegado en San Jose de Malcocinado y Los Badalejos.

AYUNTAMIENTO DE MEDINA SIDONIA


Recuerdo de Salustiano Gutiérrez

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Recuerdo de Francisco Muñoz-Cruzado

Recuerdo de Justo Fajardo

Recuerdo José Antonio Hernández

Recuerdo de José María Durán

Recuerdo de Juan Cejudo