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miércoles, 10 de diciembre de 2014

Incógnitas sobre la Peste Negra



El año 1346 un mal terrible se extendió por Asia.

Fueron muchos meses de muerte que pasaron desapercibidos en la Europa medieval.

Todo comenzó en una tierra inhóspita, en las amplias estepas tártaras, posiblemente Manchuria. Un roedor, la marmota, era portador de un mal terrible y conocido desde antiguo: la peste. Sus pulgas propagaron una desolación que pronto cabalgó lejos, a lomos de un nuevo huésped: la rata negra. La India resultó diezmada y las crónicas chinas hablan de al menos 15 millones de muertos. Poco después Oriente Medio o Egipto sucumbieron bajo el aleteo de la guadaña.

Dos años más tarde, arriban silentes barcos a los puertos de Mesina, Venecia, Marsella o Génova cuyos tripulantes están ya enfermos o muertos. Provienen de ciudades genovesas asediadas por ejércitos mongoles. Y unas escurridizas y pequeñas ratas oscuras desembarcan, sembrando una ponzoña para la que no hay cura ni estamos inmunizados.

La rata negra procede de la India y está acostumbrada a los climas cálidos; sin embargo, en el refugio de los hogares europeos las ratas (y sus pulgas) sobreviven, y en las grandes ciudades las mujeres, ocupadas en labores domésticas, fueron víctimas propiciatorias del mal que portaban.

 
Con el frío hay menos pulgas, pero los contagios no se detienen. Las frías temperaturas del otoño europeo alteran el sistema digestivo de la pulga, que no puede metabolizar convenientemente la sangre que ha ingerido. Las enzimas gástricas no destruyen las bacterias de la peste, que se multiplican en su interior. 

La pulga está siempre hambrienta. Y en un ambiente insalubre ratas enfermas y pulgas infectadas proliferan.

En 1348 una muerte repentina, como nunca se ha visto, asola el continente. Es la famosa peste negra. Los hijos asustados abandonan a los padres enfermos y, contraviniendo la naturaleza misma, los padres abandonan a los hijos. Los médicos desatienden a las víctimas e incluso los sacerdotes se niegan a ofrecer el alivio de la extremaunción. La situación es tan grave que los obispos permiten que los familiares practiquen este sacramento por sí mismos. Esta vivencia nueva de la fe, más personal, sin la intermediación del sacerdote, será uno de los caldos de cultivo del protestantismo.

Los pueblos asisten a lo que parece el fin del orden social, una hecatombe que parece acabar con el atisbo de civilización que supuso la ciudad en la Baja Edad Media. Un tercio de la población europea fallece en cuestión de pocos meses. No hay quien siembre los campos, y en ciudades de Alemania fallece el 90% de la población. El hambre es atroz. Reina el caos de la desesperación y del desánimo.

El rey francés Felipe VI acude a la Facultad de Medicina de la Sorbona, una de las más prestigiosas del mundo, para que aclarare en lo posible las causas de lo que parecía el fin del mundo. Los doctos profesores presentaron su dictamen: una triple conjunción de Saturno, Júpiter y Marte en el grado cuarenta de Acuario, ocurrida el veinte de marzo de 1345, había elevado las temperaturas y emponzoñado el aire.

Sin embargo, sí se observan unas pautas que ayudan a luchar contra el mal. Nadie relaciona el contagio con la picadura de las pulgas, pero hay profesiones más propensas a contraer el mal; como los comerciantes de paños. Las vestiduras parecen transportar la muerte, y en algunas ciudades los viajeros debían desprenderse de sus ropajes y sólo se les permitía entrar después de vestirse con unas ropas nuevas prestadas por la propia ciudad. Se queman las ropas de los muertos.

Es curioso que nadie acabase de ver la relación entre ropa, pulga y peste. De hecho, habrá que esperar a principios del siglo XX, cuando se pusieron de moda los abrigos de piel de marmota de Manchuria (volvemos, pues, al origen). Miles de cazadores inexpertos se dedicaron al lucrativo negocio de atrapar a los roedores, especialmente a los más débiles por enfermos. Con ello incumplían una tradición centenaria de los cazadores expertos: “nunca se caza a una marmota enferma”.

Al poco, una epidemia de peste bubónica mató a 60.000 personas. Diez años antes, en Francia, se había descubierto el bacilo causante de la peste.

Los médicos medievales formularon las hipótesis más peregrinas; creían que la peste se debía a los vientos cálidos que provenían del sur. Se recomendaba aspirar el olor de maderas aromáticas o, por el contrario, el olor pútrido de las letrinas públicas; toda actividad física implicaba un mayor consumo de aire, y por tanto era peligrosa. También se le echó la culpa a los judíos, que envenenaban las aguas.

 
Sin embargo, sabemos de un caso en el que los consejos del doctor salvaron al paciente: en la sede papal de Aviñón el número de víctimas era tal que, como sucedía en otros lugares, no había posibilidad de enterrar a los miles de muertos diarios. El Papa Clemente VI se vio obligado a consagrar las aguas del río Ródano, y desde entonces se arrojaron los muertos a la corriente. En esta tesitura Guy de Chauliac, médico del pontífice, prohibió al Santo Padre que recibiera visitas, y lo mantuvo cautivo durante todo el caluroso verano provenzal en un salón, en medio de dos grandes fuegos. En ese ambiente asfixiante no podía haber pulgas, y Clemente VI no enfermó de la peste de 1348.

Hoy en día se discute lo que realmente sucedió en la Europa del siglo XVI. La velocidad de propagación del mal, su rapidísima expansión, más parece obra de un agente infeccioso, como una gripe, la viruela o una fiebre hemorrágica. Se han encontrado restos del bacilo de la peste en cadáveres de la época, y los síntomas son inequívocos, especialmente con la peste bubónica; pero en otros cadáveres no hay indicios de bacilos. Algunos especialistas defienden la idea de que no hubo una sola causa que explicase el desplome demográfico, sino una desgraciada concatenación de enfermedades que se cebaron en una población desnutrida y débil.
 

Pero hay más: la Peste Negra esconde un enigma. Si observan el mapa que aporto, observarán que hay dos zonas en concreto en las que no se dieron casos de peste, o fueron muy raros. Hablamos de la ciudad de Milán y de un área muy concreta del occidente pirenaico. Estos dos lugares fueron refugios situados en medio de zonas con una altísima incidencia, oasis que se salvaron de horror ¿Por qué?
 
Llegados a este punto sólo podemos especular. En el caso de Milán, parece demostrado que las autoridades actuaron con mucha diligencia, cegando las tres primeras casas en las que se manifestaron síntomas de la enfermedad. Dentro de estos hogares quedaron encerrados y condenados enfermos y sanos por igual. Esta actuación, y la estricta cuarentena que impusieron a los visitantes, pueden explicar que pudiesen controlar la marea de muerte de 1348. De todos modos, otras poblaciones tomaron medidas similares y ello no evitó que la peste se propagara; el control de las ratas, una verdadera plaga, era imposible.

El asunto de los Pirineos es, francamente, inexplicable. Veamos: los autores y científicos lo justifican en el hecho de que eran zonas poco pobladas y con apenas tránsito ni contacto. Si esta fuese la explicación ¿qué sucede con otras zonas montañosas, como la asturiana? ¿Acaso no hay valles en los Alpes tan o más inaccesibles? Por qué la peste asoló esas otras zonas agrestes, y sin embargo salvaguardó un pequeño reducto del occidente pirenaico?

Tras mucho reflexionar sobre ello, ni tan siquiera encuentro el bosquejo de una hipótesis. ¿Acaso las poblaciones de esa zona en concreto tenían un sistema inmunológico que les preservaba de la muerte? ¿Existió una mutación que nos protegió de la peste o de otras enfermedades? ¿Qué hay de especial en esta zona?

Insisto, no lo sé. En lo primero que pensé fue en la endogamia vasca, que se manifiesta en un índice inusualmente alto del factor RH negativo en la sangre. Vascos y judíos son los únicos de los grandes pueblos occidentales que mantienen rasgos propios en su genotipo. Pero la zona no coincide exactamente con las vascongadas. De todos modos, es una idea que dejo en el aire.

La peste nos cambió, alteró las estructuras sociales y derrumbó todo el armazón feudal. Los que sobrevivieron transmitieron un sistema inmunológico más fuerte, que nos ayudó a soportar otras pandemias. “Lo que no te mata te hace más fuerte”, dice el refrán. Y es cierto.

Los investigadores han estado buscando claves genéticas en la supervivencia, herencias en nuestro sistema inmunológico que se han transmitido a lo largo de los siglos. Es una tarea difícil, por aquello de que los humanos tenemos la costumbre de emigrar y no parar demasiado quietos. Sin embargo, un hecho asombroso acaecido en una población de Inglaterra del siglo XVII nos ofreció las pistas que necesitamos.

Es el increíble ejemplo que nos ofreció el pueblo de Eyam, en Derbyshire. Su historia merece ser recordada.

 
En la primavera de 1665 la ciudad de Londres sufrió una terrible epidemia de peste. Entonces eran comunes  esas figuras espectrales de los médicos ataviados con las máscaras picudas y los bastones de color blanco, una idea del médico de Luis XIII. El humilde sastre George Vicars, de visita en la capital, volvió a Eyam con un cargamento de ropas, sin ser consciente de que en su carro la muerte se agazapaba en forma de pequeñas pulgas. Vicars enfermó a los dos días de su llegada, y falleció en menos de una semana.

No se podía hacer demasiado: Eyam estaba infectada.

El pueblo, en vez de dejarse llevar por el pánico, se reunió en mayo con el reverendo Mompesson y el ministro puritano Stanley y acordaron un plan de acción. Había que frenar la enfermedad en Eyam, y la única manera era aislarse del exterior. Además, los vecinos redujeron al máximo el riesgo de contagio: los familiares de los muertos enterraban a sus víctimas, y las misas se celebraban al aire libre, para que pudiesen estar separados unos grupos de otros. Durante 16 meses Eyam se encerró en sí misma para proteger a las poblaciones vecinas.

Pasado ese tiempo, entraron las primeras personas del exterior. Se encontraron con un paisaje desolador: el pueblo contaba con 350 habitantes, y sólo habían sobrevivido 83. Pero en toda la comarca de los alrededores no hubo ni un solo caso de peste. La valentía de las gentes de Eyam había conseguido frenar la propagación de la peste.

Eyam era un lugar único: durante más de un año una parte de la población había sobrevivido a la enfermedad de forma aparentemente aleatoria. Muchos supervivientes habían tenido un contacto directo con la enfermedad, como Elizabeth Hancock, que cuidó y enterró a sus seis hijos y a su marido en apenas 8 días; o como el enterrador del pueblo ¿Por qué unos sí y otros no? La respuesta debía estar en el sistema inmunológico.

Los genetistas del siglo XXI están estudiando a los descendientes de los 83 supervivientes de Eyam. Han descubierto en muchos una mutación genética conocida como “Delta 32”. Es una mutación que, en su forma heterocigótica (con sólo una copia mutada), se encuentra en un 20% de los europeos. Sin embargo, en el resto del mundo es una mutación muy rara. Los genetistas han rastreado el momento en que se produjo esta mutación: hace unos 600 años. Sobre el 1.400.

Lo asombroso es que estudios recientes han demostrado que esta mutación implica una menor incidencia del virus del SIDA. En el caso de los homocigóticos (un 1%) al parecer son inmunes a contraer la enfermedad.

Acabo ya. Es difícil hablar de un tema tan manido y poder explicar algo nuevo. La peste procedía de las marmotas, hubo un papa que sobrevivió sudando y que consagró un río, hubo dos lugares en los que no se conocen casos de Peste y en un pueblo de Inglaterra sus habitantes demostraron valentía y sensatez.

Espero que, si nos toca pasar por algo así, demostremos estar a su altura. Porque nosotros sí tenemos muchos más conocimientos sobre la enfermedad, vías de contagio y hábitos de higiene. Porque tenemos un sistema de salud pública que nos protege.

Porque ¿saben? La mayor pandemia en términos absolutos se dio en el siglo XX, en 1918, con 100 millones de personas muertas de gripe.

Es algo que conviene recordar. Puede volver a pasar. Conservemos la calma y cuidemos los unos de los otros. Confiemos en la sensatez que transmitan nuestros dirigentes políticos...

... y sí. Yo también me estoy acordando de la reciente crisis del ébola.


Antonio Carrillo

lunes, 23 de julio de 2012

El Sudor Inglés


Dedicado al verdadero Peter Maude, un inglés de la BBC que goza de muy buena salud. Un amigo.

Peter Maude se encuentra cuidando de sus queridas flores, en su pequeña propiedad cercana a Londres.

Es mediodía, y hace calor.

Le fecha es el 28 de agosto de 1485, y se percibe mucha agitación en el ambiente: el nuevo rey Enrique VII llega a Londres tras su victoria en la batalla de Bosworth, en Leicestershire. No es un rey popular, y además corren rumores sobre una misteriosa enfermedad que golpea inmisericorde las poblaciones por las que pasa la comitiva real.

Peter Maude no es un hombre supersticioso, pero comienza a sentir una extraña opresión en el pecho. No sabe por qué, pero de repente percibe el ocre sabor del miedo en su boca. En unos minutos, siente que su cuerpo se agarrota por el pánico.

Es un hombre sano, de 38 años de edad; pero se siente desvalido e inquieto. Y no sabe la razón de tanta zozobra.

Media hora más tarde, ya en el interior de su vivienda, Peter nota un entumecimiento de los músculos, y sufre un enorme dolor de cabeza. Pero lo más extraño es el sudor. Peter transpira copiosamente, a pesar de encontrarse en el interior fresco de la casa, y de no tener fiebre. Su cuerpo está frío y empapado.

Sufre de convulsiones y se adormece.

A las dos horas de empezar los extraños síntomas el estado de Peter empeora por momentos. El dolor en el cuerpo empeora, y afecta a extremidades, cuello y espalda. Ha comenzado a sangrar copiosamente por las fosas nasales, y no responde a su esposa, quien angustiada observa impotente cómo su marido se muere a una velocidad asombrosa.


Estudio sobre el "sudor Inglés" de Euricius Cordus


Dos horas más tarde, apenas cuatro horas desde que empezó a percibir el miedo irracional en su jardín, Peter Maude fallece.

Con Peter mueren muchos miles de ingleses, en un horror que asolará pueblos y ciudades, a ricos y pobres, bosques y pantanos. Es una enfermedad que tiene confundidos a los médicos de la época. Los síntomas son extraños, la muerte se produce a las pocas horas y, por si fuera poco, sólo afecta a hombres adultos, entre 14 y 55 años. Apenas afecta a las mujeres, y no se conocen casos en niños ni ancianos. ¿Cómo es posible?

El horror durará unos años, siempre en verano, y desaparecerá de repente. Todavía hoy no sabemos su causa, ni podemos explicar sus síntomas ni su etiología.

Sólo tenemos un nombre: Sudor Inglés.

Y un deseo: que no vuelva.

Antonio Carrillo

jueves, 2 de junio de 2011

La verdadera naturaleza humana; tercera parte: Alteridad. y escucha

Imagen sacada de natxomorso


Prefacio

Cuando te inicias en la creación de un blog hay unas cuantas normas de obligado cumplimiento: "no escribas sobre demasiados temas, nunca divagues y, por encima de todo, sé conciso".

Pido humildes disculpas.

Sólo yo tengo la culpa de lo que sigue.




Introducción: el salto de un cigoto

No estamos solos. Existen los otros. A este fenómeno lo llamamos alteridad.

Kant lo denominaba "pensamiento ensanchado"; si existen los demás, debemos compartir la existencia con ellos, debemos comunicarnos. El conflicto es siempre una posibilidad, y será preciso que ejercitemos las habilidades sociales desde pequeños si queremos salir indemnes de esta interacción. Al fin y al cabo, durante muchos años dependemos de los adultos para sobrevivir. Por eso les sonreímos desde la cuna.

La comunicación entre la madre y su hijo comienza desde la misma fecundación; durante la travesía del cigoto por las Trompas de Falopio se produce un intercambio de información bioquímica entre la madre y ese cuerpo extraño. Gracias a este aprendizaje, cuando el cigoto llega al borde del enorme precipicio que es el útero dispone de instrucciones precisas sobre cómo y dónde caer, para así fijarse convenientemente. En el caso de las inseminaciones artificiales, este diálogo no se ha producido, y es preciso introducir varios embriones para que alguno prospere. Esta es la razón por la que son habituales los partos múltiples.


Nosotros mismos y las palomitas

Pero antes de analizar la experiencia de vivir eso que llamamos "los otros", diremos algo sobre la comunicación con nosotros mismos. Desde antes de nacer exploramos nuestro cuerpo, chupamos nuestros dedos, y los gemelos se tocan en el seno de la madre. Este masaje propioaceptivo nos ayuda a situarnos, a delimitar el alcance de lo que somos. Primero debemos saber hasta dónde llegamos para entender que fuera de "nosotros" están "los otros". Este primer reconocimiento de lo inmediato es el inicio de la amistad más importante y duradera que tendremos a lo largo de nuestra vida: el amor propio.

Tenemos que saber lo que somos para saber lo que queremos. El amor a los demás empieza por el amor a uno mismo.

Por cierto: debemos ser capaces de leer los mensajes que nos lleguen de nuestro propio cuerpo. Es interesante que el cuerpo hable, como afirma Antonio Damasio; y asombra que el cerebro esté tan atento a este diálogo. El cuerpo manda advertencias, y conviene interpretarlas convenientemente. De no ser así, hay una falta de cuidado, un des-cuido, que suele manifestarse en una falta de orden, de aseo, mental y físico. Un cuerpo abandonado denota una estructura mental deficiente. "mens sana in corpore sano"

Esto último me conduce a una reflexión: en ocasiones se nos conmina a buscar la paz interior por medio del ascetismo y la privación de estímulos sensoriales. Esto es típico de corrientes espirituales provenientes de oriente, en las que se impone una disciplina estricta que implica un abandono del deseo, lo que supone negar ciertos estímulos básicos como el sexo, la comida o la diversión. No acabo de entenderlo; posiblemente porque procedo de un ambiente cultural antagónico, que prima la sensualidad, la comida y la convivencia social. Estamos de acuerdo en que cualquier exceso resulta dañino, y que practicar un ejercicio de autocontrol sirve para llevar una existencia más libre, menos dependiente de las posesiones materiales. Pero una tortilla de patatas de vez en cuando, una noche de parranda con los amigos o una aventura intrascendente de juventud también forman parte de lo que somos. No siempre vamos a estar pendientes del colesterol; nuestro cerebro necesita alimentarse con una morcilla frita en barbacoa, acompañada de una cerveza bien fría y en un ambiente de risas absurdas.

El yoga es una práctica saludable, qué duda cabe; pero es necesario atiborrarse de palomitas en el cine la tarde de los sábados junto a nuestros hijos. Una cosa no quita la otra.


Los otros como míos y la matanza del cerdo


En fin; una vez descubiertos a nosotros mismos, vienen los demás, unos seres grandes y misteriosos que nos dan de comer y nos acarician. Hay alguien en concreto que me amamanta, y cuyo olor conozco. Incluso su tono de voz o el latido de su corazón me tranquilizan como por arte de magia. Mi primer contacto con el exterior es este ser maravilloso que me acurruca y ofrece protección. Los vínculos con ella durarán toda la vida.

Pertenezco a un clan, y aprendo los rudimentos que permiten que me relacione con los miembros de mi tribu. Aprendo la expresión no verbal, que en buena parte es innata; voy madurando mi sistema motor y consigo una libertad ambulatoria que me permite explorar el entorno más inmediato. Es mi primera aventura, gateando por la alfombra. Y con apenas tres años adquiero una habilidad que tiene mucho de magia: el lenguaje. Entonces tomo conciencia de algo importante: los otros son los míos. O, si se quiere, yo formo parte de los otros. Al menos de algunos de ellos, de los más cercanos.

De todas las herramientas que desarrollamos para relacionarnos y formar parte de un todo mayor que nosotros mismos, la más importante, con diferencia, es la escucha. Más incluso que el habla. Sólo escuchando se asimilan conceptos, estereotipos culturales y el lenguaje. Escuchar es un ejercicio de con-cordia; ponemos nuestra atención (nuestro corazón) en lo que alguien ajeno nos dice, y a menudo ello implica el que, de alguna manera, seamos capaces de ponernos en su lugar. Sentimos lo que esa persona siente. Esto, que hasta hace poco era una intuición propia de la psicología transpersonal, ha quedado demostrado con el descubrimiento de las neuronas espejo. Lo que los otros nos aportan lo asimilamos y lo hacemos nuestro. Desarrollamos algo tan intangible, etéreo e importante como la empatía.

Imagen sacada de larioja


Claro que para que este ejercicio de generosidad realmente dé frutos hace falta que esté dispuesto a escuchar. Resulta frustrante observar que, en general, las personas tienen una capacidad de escucha muy deficiente. ¿Usted no? ¿Está seguro? ¿Cuántas veces está hablando con alguien, y mientras aparenta escucharlo en realidad está pensando en su respuesta? ¿No le ha pasado nunca? ¿Le pasa a menudo? ¿Está deseando que el otro acabe para decir algo? ¿Pone toda su atención en los demás?

Puede que usted no se sienta escuchado. Tiene motivos para ello; son pocas las personas dispuestas a prestar atención, ejercitando lo que se denomina una "escucha activa". ¿Por qué es tan difícil? Porque escuchar implica respetar las opiniones de quien me habla, y supone un deseo de aprender del otro. En general, todos preferimos el sonido de nuestra propia voz, un diálogo de soliloquios estéril e innecesario. Hay talleres de psicología industrial que se dedican a ejercitar la facultad de escucha activa entre ejecutivos. Y se paga mucho dinero por aprender a escuchar. Resulta rentable.

Antes he dicho que formo parte de los "míos", pero este concepto dista mucho de ser simple. Hay factores culturales, geográficos, tecnológicos y económicos que afectan al alcance de lo que considero "míos". Hace sólo cien años las personas vivían en un ámbito geográfico que, en la mayoría de los casos, se circunscribía a unos 30 kilómetros, lo que una persona podía recorrer andando. Esto tenía sus ventajas; el sentimiento de identidad era más fuerte, nos sentíamos más seguros dentro de un ámbito territorial y cultural que abarcábamos. Había algunas normas de obligado cumplimiento, pero si te atenías a lo que eran los usos y costumbres tu vida cobraba sentido, y el tiempo transcurría al ritmo de las estaciones y los ritos de paso. Sabías, y esto es importante, lo que eras, lo que se esperaba de ti. Conocías los senderos, reales y metafóricos. Todo, tú mismo, estaba donde debía de estar.

Lo explicaré poniendo como ejemplo algo tan común en las zonas rurales como la matanza del cerdo. Seguro que logro sorprenderles.

Durante siglos la cuestión religiosa dominaba la esfera cultural y social. Tanto era así, que prácticamente te definías por tus creencias; y el confesar una religión distinta a la oficial podía causarte la muerte. La inquisición no podía tener sedes ni tribunales en todas las poblaciones, pero durante la contrarreforma se esmeró en localizar y exterminar todo foco de protestantismo en España, así como cualquier atisbo de confesión judía o musulmana. Al fin y al cabo, buena parte de la península acababa de ser musulmana durante siete siglos.

Para localizar la mayor cantidad posible de falsos católicos, la inquisición instauró una práctica terrible; una caravana compuesta por inquisidores y soldados recorría las poblaciones, en la búsqueda de herejes a los que descubrir. Días antes, se colgaba un cartel en la puerta de la iglesia advirtiendo de su próxima llegada, y notificaban que toda la población debía presentarse ante el inquisidor, y denunciar cualquier comportamiento sospechoso de un vecino, como un indicio de que se practicaba la brujería o se observaban los ritos judíos o musulmanes en la intimidad. Como se ve, todo muy edificante. Por supuesto, esto hizo posible que rencillas vecinales se resolvieran con falsas denuncias.

Una manera que tenían los vecinos para demostrar que eran cristianos, aparte de acudir periódicamente a la iglesia, era comer carne de cerdo, prohibida para los musulmanes y judíos. Pero no bastaba con comerla; había que hacer una demostración pública de su consumo. Cuando una familia mataba a su cerdo organizaba una fiesta a la que invitaba a los vecinos. Era una manera simple y directa de manifestar su catolicismo: la familia comía carne de un animal considerado impuro por otras confesiones. "Como cerdo: soy de los vuestros, no de los otros".


Los otros: mormones negros

"Los otros" no comparten una identidad cultural. Ostentan una representación distinta de la realidad, hasta el punto de que nos sentimos "esencialmente" diferentes. A menudo, esta diferencia se manifiesta en cuestiones que tienen que ver con el fenotipo, y que por tanto señalan una herencia genética distinta. El mejor ejemplo es el color de la piel.


Imagen sacada de filosofando


Una mayoría de los antropólogos defienden la teoría de que no hay razas en la especie humana. Somos genéticamente idénticos; pero por cuestiones de adaptación al medio hemos ido estableciendo diferencias en la manera como se manifiesta el genotipo. A estas diferencias se les llama "clinas". Por ejemplo, un esquimal es más bien pequeño y robusto, porque la esfera es la mejor manera de mantener el calor; sin embargo, en la sabana africana los humanos son delgados y altos, para poder disipar mejor las altas temperaturas. Las diferencias a las que hacemos referencia son sólo adaptaciones físicas al clima; las distinciones en socialización, creencias o valores tienen, sin embargo, un origen cultural.

La palabra "casta" proviene del sánscrito, y significa color. Es bastante corriente que se establezcan jerarquías sobre la base del color de la piel. Un ejemplo paradigmático es el de los afroamericanos en Estados Unidos.

Sacada de laclasemata


A principios del siglo XX, y aprovechando el reclutamiento de jóvenes para luchar en la I Guerra Mundial, en la localidad de Vineland, New Jersey, se llevó a cabo un gran experimento social: por primera vez se realizaron cientos de miles de  test de inteligencia. El resultado final dejó perplejos a los investigadores: la edad mental del norteamericano medio era de sólo 14 años. La de un adolescente.

Como había que dar una explicación a un nivel tan bajo, se optó por echarle la culpa a los negros y emigrantes, cuya mezcolanza con los pioneros anglosajones blancos había supuesto que la edad mental de la media bajara enormemente. Esta explicación justificó el segregacionismo durante las décadas posteriores. Los negros estaban contaminando la sociedad de primitivismo y estupidez.

¿Hace cuánto de todo esto? El líder de los mormones tuvo una revelación proveniente de Dios: los hombres negros podían ser sacerdotes. Esta revelación no llegó hasta 1978. El mismo año en el que se permitió el voto de la mujer en algunos cantones de la civilizada Suiza. La segregación y el racismo sigue siendo una realidad sociológica inexcusable en prácticamente todas las sociedades con convivencia multirracial.

También se establece una distinción entre nosotros y ellos sobre la base de una creencia, identidad nacional, orientación sexual o género. En África se produjo un fenómeno asombroso al finalizar la II Guerra Mundial. Muchos hombres negros de colonias europeas intervinieron en el conflicto. Como no había uniformes para todos, la gran potencia económica, Estados Unidos, les suministró uniformes de soldado norteamericano. Cuando la contienda llegó a su fin, tuvieron que devolverlos; y hubo auténticos disturbios.

Esos hombres, vestidos con sus uniformes norteamericanos, asumieron por un tiempo la identidad estadounidense; vivieron la sensación de ser otros. Su piel era negra, cierto, pero "disfrazados" de soldados se sentían como sujetos de otra categoría, pertenecientes al primer mundo.

¿Se les puede culpar por ello? La identidad, la cultura africana, acababa de pasar por el vergonzoso trauma de la colonización europea.


Los otros como objeto: cosas que hablan

Precisamente en África se han producido fenómenos de lucha entre etnias que han desembocado en autenticas matanzas. También la religión ha sido causa de frecuentes guerras civiles. Y, sin embargo, si se profundiza en los fenómenos descritos se observa una constante: la lucha suele tener como fundamento la disputa de unos bienes materiales escasos, y a menudo está condicionada por los métodos de producción. En concreto, son muchas las matanzas que han tenido como protagonistas a ganaderos y agricultores.

"El otro" se convierte en enemigo irreconciliable cuando, por razones climáticas o demográficas, sobreviene una etapa de escasez de recursos. La falta de comida convierte al otro en enemigo. Y el ejemplo lo tenemos en casa.

En las elecciones locales y regionales, celebradas en España hace 10 días, un partido xenófobo de extrema derecha acaba de conseguir un concejal en la segunda ciudad más grande de Madrid. No engañaban a nadie: sus lemas, que llenaban las calles, eran "ni uno más" y "los españoles primero". Es un fenómeno conocido; en época de crisis los partidos situados fuera del sistema se alimentan del miedo y escarban en los sentimientos más primarios de una población confusa y asustada. Vivimos en un primer mundo de acogida; curiosa palabra "a-cogida": los que vienen no forman parte del nosotros sino provisionalmente, mientras resulten útiles. Después, serán un estorbo, un foco de delincuencia, unos elementos distorsionadores de la paz social que no se adaptan a nuestras costumbres.

Parece mentira que la humanidad esté repitiendo el fenómeno de Weimar. El auge de la ultraderecha se está asentando en países de tradición socialdemócrata y avances sociales y fuerte civismo, como los nórdicos.

Nos tocan vivir tiempos oscuros. Tony Judt lo predijo.




Hay instintos muy primarios que se activan en estos casos. Uno de ellos es el de la territorialidad. Tenemos un ejemplo extremo en El Salvador, y la lucha de bandas rivales en las calles, un problema de tal gravedad que ha provocado la intervención del ejército. Estos individuos no nombran a sus rivales; son "los otros". Ha sido necesario habilitar cárceles para cada bando, porque la violencia llegaba a tales extremos
que se jugaba al fútbol en el patio con la cabeza de un rival decapitado. De hecho, es común que sean los propios dirigentes de las bandas los que regulen las normas dentro de la prisión. Cada banda tiene su barrio, su territorio; y su cárcel.

¿Por qué no se le pone nombre al otro? Es un recurso que permite pasar de "otro" a "enemigo" y, finalmente, "objeto". No es sólo que se niegue al extraño el derecho a ocupar un mismo entorno; ni tan siquiera se le reconoce su humanidad. No merecen formar parte de nuestra especie. Se los mata como se mata a un animal. Así actuaba Himmler.

En el mundo antiguo la esclavitud era un fenómeno cotidiano. Para poder justificar el horror de poseer a otro ser humano los romanos, siempre prácticos, distinguieron entre tres tipos de posesiones: las "cosas mudas", como un arcón, las "cosas semi-mudas", como un buey, y las "cosas que hablan", los esclavos. Cosas, objetos que se podían poseer, explotar, violentar o matar. Muy pocas voces de la época se alzaron contra este fenómeno que sustentaba la economía.

Ahora bien, no es necesario retroceder 2.000 años para presenciar este fenómeno de horror y dominio. Considerar al otro como objeto es más común de lo que quisiéramos creer. En mayo de 2010, un ministro palestino afirmó que los judíos no son personas. Los nazis establecieron una pirámide racial en la que los latinos ocupábamos la base más degradada; pero al menos tuvieron la "gentileza" de considerarnos humanos. Los judíos o gitanos no lo eran.

Permítanme que insista: este peligro se cierne sobre todos nosotros en estos tiempos de escasez; y conviene estar atentos a los mensajes populistas de cartón-piedra. Nadie es inocente, ni puede hacer como si no lo viera. Vivimos tiempos convulsos en los que urge tomar partido por la dignidad del hombre. Sin matices.


Los otros de los otros: Cenicienta y el zapato de cristal.


Porque, al fin y al cabo, ¿no se ha parado a pensar que usted es "el otro de los otros"? Ellos tampoco entienden nuestras costumbres, y les debemos parecer extraños. Hasta ahora en Occidente hemos marcado el paso de la historia, pero, ¿y si cambian las tornas? ¿Y si el futuro pertenece al Oriente?

Por de pronto, y por si eso llega a suceder, tengo un mensaje tranquilizador: no somos tan distintos. O, si se quiere, ya llevan con nosotros desde siempre. ¿Quiere un ejemplo? Igual le sorprende:

Cenicienta sale huyendo del palacio porque suenan las doce. En su frenética huída se le cae un zapato de cristal. El príncipe, un enamorado enfermizo al que han bastado dos horas de baile, se dedica frenético a buscar por el reino a la mujer que conoció en la fiesta, y lo hace llevando en cojín de seda rojo el delicado zapato de cristal. Cientos de mujeres se lo prueban, pero sólo a una le queda bien; a nuestra deliciosa Cenicienta.

¿No les llama la atención que un zapato pase por cientos de mujeres sin que a ninguna le valga? ¿De qué talla de pie estamos hablando? No de un 36 ó 37, sin duda. El cuento nos ofrece una pista: el zapato es extremadamente pequeño.

En la cultura de Oriente se considera hermoso un pie de mujer pequeño. Y sí, querido - y a estas alturas paciente - lector, lo ha adivinado. La cenicienta es un cuento infantil que proviene de China. ¿Sorprendido? La imprenta, el papel, la seda, los cometas, la brújula, la pólvora, la porcelana, el ábaco, los periódicos, las oposiciones y las academias, arados de hierro, sal, té, los naipes, el molino de agua, la llave, la herradura, el cepillo de dientes, el paraguas, el reloj mecánico... son todos inventos chinos. ¿Cómo llegaron a Occidente?

Hubo dos grandes corrientes migratorias y comerciales, la primera en el siglo V a.C., corresponde a lo que Jünger denominó la "Era Axial". Fue un momento único, pues convivieron casi en el mismo momento histórico Buda, Confucio, Zoroastro y Sócrates. Hubo un mercadeo desde Oriente, que, entre otros muchos productos, supuso la llegada a Europa del sarampión. Otra gran corriente migratoria se localiza a principios del siglo XIV. Esta apertura trajo como amigo no deseado la peste negra, que asoló Europa, matando a un tercio de sus habitantes.

La Peste Negra fue un acto de terrorismo biológico premeditado. Las fuerzas mongolas, aliadas con la ciudad de Venecia, asediaron la ciudad enemiga de Génova. Ante la imposibilidad de tomarla por la fuerza, abandonaron el empeño, no sin antes arrojar a sus muertos de peste asiática al interior de la ciudad. Un barco genovés que huía del horror recabó en Marsella, y la peste se extendió sin remedio por toda Europa.

Es curioso cómo en la historia los hechos se concatenan formando tramas complejas. La asociación entre mongoles (conquistadores de China gracias a Genghis Kahn) y venecianos supuso el fin del régimen feudal, que resultaba insostenible con una merma tan importante de la población; los campesinos se quitaron el yugo de sus señores y decidieron buscar fortuna en las ciudades. Surgieron los gremios, las universidades, las naciones...

¿Le parece exagerado lo que digo? En el año 2.000 Naciones Unida reunió a un comité de expertos de todo el mundo para que contestaran a la pregunta siguiente: ¿Cuál ha sido el personaje más importante del segundo milenio?

Si yo hubiese tenido que apostar por una respuesta, creo que habría dicho Darwin. Aunque también estaban en mi lista nombres como Colón, Lutero, Newton, Santo Tomás de Aquino, Kant, Leonardo da Vinci, Einstein, Napoleón, Freud, Erasmo, Fleming... pero jamás hubiese acertado el nombre que resultó finalmente elegido: Genghis Kahn.




Posiblemente mi error consista en obcecarme en un eurocentrismo insoportable. El imperio conquistado por Genghis Kahn abarcaba desde el extremo oriental de China hasta las mismas puertas de Viena. En parte gracias a él, Oriente y Occidente se encontraron; y pudo haber un trasvase de información que ayudó a cimentar la edad moderna.


Sacado de biografiasyvida


La pregunta es: Genghis Kahn, ¿es de "los míos", o de "los otros"? La respuesta más inteligente quizá sea que alguien así es siempre de "los nuestros", nazca donde nazca. Hay personas, acontecimientos o logros que son patrimonio de la humanidad. Cuando los norteamericanos colocaron su bandera sobre la superficie lunar, era la humanidad entera la que había alcanzado ese logro.

Creo que es hora de acabar. Oigo bostezos


Epílogo: Odiseo en el Hades.


Odiseo desciende al hades siguiendo las indicaciones de Circe. Lo que se encuentra es un lugar brumoso, en el que apenas se distinguen las sombras. Pero, sobre todo, destaca un rumor constante de voces, todas hablando a la vez. Nadie escucha al otro, sólo hablan sin fin.



Eso es el infierno. La falta de escucha. Una eternidad de ruido de palabras. El infierno es un lugar donde todos acaban siendo "los otros", y uno no puede oírse ni a sí mismo. Allí, en este páramo de sombras, el héroe Aquiles le confiesa a Odiseo estas terribles palabras:

“Preferiría ser el más pobre y sucio de los rudos campesinos que se revuelcan en los estercoleros sobre la tierra, que ser el gran rey Aquiles en este mundo de sombras subterráneas"





Imagen de Daniel Díaz



Nada hay peor que el infierno de la soledad sonora.

Recordémoslo, ahora. Mientras sigamos vivos.

Estamos a tiempo de escuchar.



Antonio Carrillo