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jueves, 2 de junio de 2011

La verdadera naturaleza humana; tercera parte: Alteridad. y escucha

Imagen sacada de natxomorso


Prefacio

Cuando te inicias en la creación de un blog hay unas cuantas normas de obligado cumplimiento: "no escribas sobre demasiados temas, nunca divagues y, por encima de todo, sé conciso".

Pido humildes disculpas.

Sólo yo tengo la culpa de lo que sigue.




Introducción: el salto de un cigoto

No estamos solos. Existen los otros. A este fenómeno lo llamamos alteridad.

Kant lo denominaba "pensamiento ensanchado"; si existen los demás, debemos compartir la existencia con ellos, debemos comunicarnos. El conflicto es siempre una posibilidad, y será preciso que ejercitemos las habilidades sociales desde pequeños si queremos salir indemnes de esta interacción. Al fin y al cabo, durante muchos años dependemos de los adultos para sobrevivir. Por eso les sonreímos desde la cuna.

La comunicación entre la madre y su hijo comienza desde la misma fecundación; durante la travesía del cigoto por las Trompas de Falopio se produce un intercambio de información bioquímica entre la madre y ese cuerpo extraño. Gracias a este aprendizaje, cuando el cigoto llega al borde del enorme precipicio que es el útero dispone de instrucciones precisas sobre cómo y dónde caer, para así fijarse convenientemente. En el caso de las inseminaciones artificiales, este diálogo no se ha producido, y es preciso introducir varios embriones para que alguno prospere. Esta es la razón por la que son habituales los partos múltiples.


Nosotros mismos y las palomitas

Pero antes de analizar la experiencia de vivir eso que llamamos "los otros", diremos algo sobre la comunicación con nosotros mismos. Desde antes de nacer exploramos nuestro cuerpo, chupamos nuestros dedos, y los gemelos se tocan en el seno de la madre. Este masaje propioaceptivo nos ayuda a situarnos, a delimitar el alcance de lo que somos. Primero debemos saber hasta dónde llegamos para entender que fuera de "nosotros" están "los otros". Este primer reconocimiento de lo inmediato es el inicio de la amistad más importante y duradera que tendremos a lo largo de nuestra vida: el amor propio.

Tenemos que saber lo que somos para saber lo que queremos. El amor a los demás empieza por el amor a uno mismo.

Por cierto: debemos ser capaces de leer los mensajes que nos lleguen de nuestro propio cuerpo. Es interesante que el cuerpo hable, como afirma Antonio Damasio; y asombra que el cerebro esté tan atento a este diálogo. El cuerpo manda advertencias, y conviene interpretarlas convenientemente. De no ser así, hay una falta de cuidado, un des-cuido, que suele manifestarse en una falta de orden, de aseo, mental y físico. Un cuerpo abandonado denota una estructura mental deficiente. "mens sana in corpore sano"

Esto último me conduce a una reflexión: en ocasiones se nos conmina a buscar la paz interior por medio del ascetismo y la privación de estímulos sensoriales. Esto es típico de corrientes espirituales provenientes de oriente, en las que se impone una disciplina estricta que implica un abandono del deseo, lo que supone negar ciertos estímulos básicos como el sexo, la comida o la diversión. No acabo de entenderlo; posiblemente porque procedo de un ambiente cultural antagónico, que prima la sensualidad, la comida y la convivencia social. Estamos de acuerdo en que cualquier exceso resulta dañino, y que practicar un ejercicio de autocontrol sirve para llevar una existencia más libre, menos dependiente de las posesiones materiales. Pero una tortilla de patatas de vez en cuando, una noche de parranda con los amigos o una aventura intrascendente de juventud también forman parte de lo que somos. No siempre vamos a estar pendientes del colesterol; nuestro cerebro necesita alimentarse con una morcilla frita en barbacoa, acompañada de una cerveza bien fría y en un ambiente de risas absurdas.

El yoga es una práctica saludable, qué duda cabe; pero es necesario atiborrarse de palomitas en el cine la tarde de los sábados junto a nuestros hijos. Una cosa no quita la otra.


Los otros como míos y la matanza del cerdo


En fin; una vez descubiertos a nosotros mismos, vienen los demás, unos seres grandes y misteriosos que nos dan de comer y nos acarician. Hay alguien en concreto que me amamanta, y cuyo olor conozco. Incluso su tono de voz o el latido de su corazón me tranquilizan como por arte de magia. Mi primer contacto con el exterior es este ser maravilloso que me acurruca y ofrece protección. Los vínculos con ella durarán toda la vida.

Pertenezco a un clan, y aprendo los rudimentos que permiten que me relacione con los miembros de mi tribu. Aprendo la expresión no verbal, que en buena parte es innata; voy madurando mi sistema motor y consigo una libertad ambulatoria que me permite explorar el entorno más inmediato. Es mi primera aventura, gateando por la alfombra. Y con apenas tres años adquiero una habilidad que tiene mucho de magia: el lenguaje. Entonces tomo conciencia de algo importante: los otros son los míos. O, si se quiere, yo formo parte de los otros. Al menos de algunos de ellos, de los más cercanos.

De todas las herramientas que desarrollamos para relacionarnos y formar parte de un todo mayor que nosotros mismos, la más importante, con diferencia, es la escucha. Más incluso que el habla. Sólo escuchando se asimilan conceptos, estereotipos culturales y el lenguaje. Escuchar es un ejercicio de con-cordia; ponemos nuestra atención (nuestro corazón) en lo que alguien ajeno nos dice, y a menudo ello implica el que, de alguna manera, seamos capaces de ponernos en su lugar. Sentimos lo que esa persona siente. Esto, que hasta hace poco era una intuición propia de la psicología transpersonal, ha quedado demostrado con el descubrimiento de las neuronas espejo. Lo que los otros nos aportan lo asimilamos y lo hacemos nuestro. Desarrollamos algo tan intangible, etéreo e importante como la empatía.

Imagen sacada de larioja


Claro que para que este ejercicio de generosidad realmente dé frutos hace falta que esté dispuesto a escuchar. Resulta frustrante observar que, en general, las personas tienen una capacidad de escucha muy deficiente. ¿Usted no? ¿Está seguro? ¿Cuántas veces está hablando con alguien, y mientras aparenta escucharlo en realidad está pensando en su respuesta? ¿No le ha pasado nunca? ¿Le pasa a menudo? ¿Está deseando que el otro acabe para decir algo? ¿Pone toda su atención en los demás?

Puede que usted no se sienta escuchado. Tiene motivos para ello; son pocas las personas dispuestas a prestar atención, ejercitando lo que se denomina una "escucha activa". ¿Por qué es tan difícil? Porque escuchar implica respetar las opiniones de quien me habla, y supone un deseo de aprender del otro. En general, todos preferimos el sonido de nuestra propia voz, un diálogo de soliloquios estéril e innecesario. Hay talleres de psicología industrial que se dedican a ejercitar la facultad de escucha activa entre ejecutivos. Y se paga mucho dinero por aprender a escuchar. Resulta rentable.

Antes he dicho que formo parte de los "míos", pero este concepto dista mucho de ser simple. Hay factores culturales, geográficos, tecnológicos y económicos que afectan al alcance de lo que considero "míos". Hace sólo cien años las personas vivían en un ámbito geográfico que, en la mayoría de los casos, se circunscribía a unos 30 kilómetros, lo que una persona podía recorrer andando. Esto tenía sus ventajas; el sentimiento de identidad era más fuerte, nos sentíamos más seguros dentro de un ámbito territorial y cultural que abarcábamos. Había algunas normas de obligado cumplimiento, pero si te atenías a lo que eran los usos y costumbres tu vida cobraba sentido, y el tiempo transcurría al ritmo de las estaciones y los ritos de paso. Sabías, y esto es importante, lo que eras, lo que se esperaba de ti. Conocías los senderos, reales y metafóricos. Todo, tú mismo, estaba donde debía de estar.

Lo explicaré poniendo como ejemplo algo tan común en las zonas rurales como la matanza del cerdo. Seguro que logro sorprenderles.

Durante siglos la cuestión religiosa dominaba la esfera cultural y social. Tanto era así, que prácticamente te definías por tus creencias; y el confesar una religión distinta a la oficial podía causarte la muerte. La inquisición no podía tener sedes ni tribunales en todas las poblaciones, pero durante la contrarreforma se esmeró en localizar y exterminar todo foco de protestantismo en España, así como cualquier atisbo de confesión judía o musulmana. Al fin y al cabo, buena parte de la península acababa de ser musulmana durante siete siglos.

Para localizar la mayor cantidad posible de falsos católicos, la inquisición instauró una práctica terrible; una caravana compuesta por inquisidores y soldados recorría las poblaciones, en la búsqueda de herejes a los que descubrir. Días antes, se colgaba un cartel en la puerta de la iglesia advirtiendo de su próxima llegada, y notificaban que toda la población debía presentarse ante el inquisidor, y denunciar cualquier comportamiento sospechoso de un vecino, como un indicio de que se practicaba la brujería o se observaban los ritos judíos o musulmanes en la intimidad. Como se ve, todo muy edificante. Por supuesto, esto hizo posible que rencillas vecinales se resolvieran con falsas denuncias.

Una manera que tenían los vecinos para demostrar que eran cristianos, aparte de acudir periódicamente a la iglesia, era comer carne de cerdo, prohibida para los musulmanes y judíos. Pero no bastaba con comerla; había que hacer una demostración pública de su consumo. Cuando una familia mataba a su cerdo organizaba una fiesta a la que invitaba a los vecinos. Era una manera simple y directa de manifestar su catolicismo: la familia comía carne de un animal considerado impuro por otras confesiones. "Como cerdo: soy de los vuestros, no de los otros".


Los otros: mormones negros

"Los otros" no comparten una identidad cultural. Ostentan una representación distinta de la realidad, hasta el punto de que nos sentimos "esencialmente" diferentes. A menudo, esta diferencia se manifiesta en cuestiones que tienen que ver con el fenotipo, y que por tanto señalan una herencia genética distinta. El mejor ejemplo es el color de la piel.


Imagen sacada de filosofando


Una mayoría de los antropólogos defienden la teoría de que no hay razas en la especie humana. Somos genéticamente idénticos; pero por cuestiones de adaptación al medio hemos ido estableciendo diferencias en la manera como se manifiesta el genotipo. A estas diferencias se les llama "clinas". Por ejemplo, un esquimal es más bien pequeño y robusto, porque la esfera es la mejor manera de mantener el calor; sin embargo, en la sabana africana los humanos son delgados y altos, para poder disipar mejor las altas temperaturas. Las diferencias a las que hacemos referencia son sólo adaptaciones físicas al clima; las distinciones en socialización, creencias o valores tienen, sin embargo, un origen cultural.

La palabra "casta" proviene del sánscrito, y significa color. Es bastante corriente que se establezcan jerarquías sobre la base del color de la piel. Un ejemplo paradigmático es el de los afroamericanos en Estados Unidos.

Sacada de laclasemata


A principios del siglo XX, y aprovechando el reclutamiento de jóvenes para luchar en la I Guerra Mundial, en la localidad de Vineland, New Jersey, se llevó a cabo un gran experimento social: por primera vez se realizaron cientos de miles de  test de inteligencia. El resultado final dejó perplejos a los investigadores: la edad mental del norteamericano medio era de sólo 14 años. La de un adolescente.

Como había que dar una explicación a un nivel tan bajo, se optó por echarle la culpa a los negros y emigrantes, cuya mezcolanza con los pioneros anglosajones blancos había supuesto que la edad mental de la media bajara enormemente. Esta explicación justificó el segregacionismo durante las décadas posteriores. Los negros estaban contaminando la sociedad de primitivismo y estupidez.

¿Hace cuánto de todo esto? El líder de los mormones tuvo una revelación proveniente de Dios: los hombres negros podían ser sacerdotes. Esta revelación no llegó hasta 1978. El mismo año en el que se permitió el voto de la mujer en algunos cantones de la civilizada Suiza. La segregación y el racismo sigue siendo una realidad sociológica inexcusable en prácticamente todas las sociedades con convivencia multirracial.

También se establece una distinción entre nosotros y ellos sobre la base de una creencia, identidad nacional, orientación sexual o género. En África se produjo un fenómeno asombroso al finalizar la II Guerra Mundial. Muchos hombres negros de colonias europeas intervinieron en el conflicto. Como no había uniformes para todos, la gran potencia económica, Estados Unidos, les suministró uniformes de soldado norteamericano. Cuando la contienda llegó a su fin, tuvieron que devolverlos; y hubo auténticos disturbios.

Esos hombres, vestidos con sus uniformes norteamericanos, asumieron por un tiempo la identidad estadounidense; vivieron la sensación de ser otros. Su piel era negra, cierto, pero "disfrazados" de soldados se sentían como sujetos de otra categoría, pertenecientes al primer mundo.

¿Se les puede culpar por ello? La identidad, la cultura africana, acababa de pasar por el vergonzoso trauma de la colonización europea.


Los otros como objeto: cosas que hablan

Precisamente en África se han producido fenómenos de lucha entre etnias que han desembocado en autenticas matanzas. También la religión ha sido causa de frecuentes guerras civiles. Y, sin embargo, si se profundiza en los fenómenos descritos se observa una constante: la lucha suele tener como fundamento la disputa de unos bienes materiales escasos, y a menudo está condicionada por los métodos de producción. En concreto, son muchas las matanzas que han tenido como protagonistas a ganaderos y agricultores.

"El otro" se convierte en enemigo irreconciliable cuando, por razones climáticas o demográficas, sobreviene una etapa de escasez de recursos. La falta de comida convierte al otro en enemigo. Y el ejemplo lo tenemos en casa.

En las elecciones locales y regionales, celebradas en España hace 10 días, un partido xenófobo de extrema derecha acaba de conseguir un concejal en la segunda ciudad más grande de Madrid. No engañaban a nadie: sus lemas, que llenaban las calles, eran "ni uno más" y "los españoles primero". Es un fenómeno conocido; en época de crisis los partidos situados fuera del sistema se alimentan del miedo y escarban en los sentimientos más primarios de una población confusa y asustada. Vivimos en un primer mundo de acogida; curiosa palabra "a-cogida": los que vienen no forman parte del nosotros sino provisionalmente, mientras resulten útiles. Después, serán un estorbo, un foco de delincuencia, unos elementos distorsionadores de la paz social que no se adaptan a nuestras costumbres.

Parece mentira que la humanidad esté repitiendo el fenómeno de Weimar. El auge de la ultraderecha se está asentando en países de tradición socialdemócrata y avances sociales y fuerte civismo, como los nórdicos.

Nos tocan vivir tiempos oscuros. Tony Judt lo predijo.




Hay instintos muy primarios que se activan en estos casos. Uno de ellos es el de la territorialidad. Tenemos un ejemplo extremo en El Salvador, y la lucha de bandas rivales en las calles, un problema de tal gravedad que ha provocado la intervención del ejército. Estos individuos no nombran a sus rivales; son "los otros". Ha sido necesario habilitar cárceles para cada bando, porque la violencia llegaba a tales extremos
que se jugaba al fútbol en el patio con la cabeza de un rival decapitado. De hecho, es común que sean los propios dirigentes de las bandas los que regulen las normas dentro de la prisión. Cada banda tiene su barrio, su territorio; y su cárcel.

¿Por qué no se le pone nombre al otro? Es un recurso que permite pasar de "otro" a "enemigo" y, finalmente, "objeto". No es sólo que se niegue al extraño el derecho a ocupar un mismo entorno; ni tan siquiera se le reconoce su humanidad. No merecen formar parte de nuestra especie. Se los mata como se mata a un animal. Así actuaba Himmler.

En el mundo antiguo la esclavitud era un fenómeno cotidiano. Para poder justificar el horror de poseer a otro ser humano los romanos, siempre prácticos, distinguieron entre tres tipos de posesiones: las "cosas mudas", como un arcón, las "cosas semi-mudas", como un buey, y las "cosas que hablan", los esclavos. Cosas, objetos que se podían poseer, explotar, violentar o matar. Muy pocas voces de la época se alzaron contra este fenómeno que sustentaba la economía.

Ahora bien, no es necesario retroceder 2.000 años para presenciar este fenómeno de horror y dominio. Considerar al otro como objeto es más común de lo que quisiéramos creer. En mayo de 2010, un ministro palestino afirmó que los judíos no son personas. Los nazis establecieron una pirámide racial en la que los latinos ocupábamos la base más degradada; pero al menos tuvieron la "gentileza" de considerarnos humanos. Los judíos o gitanos no lo eran.

Permítanme que insista: este peligro se cierne sobre todos nosotros en estos tiempos de escasez; y conviene estar atentos a los mensajes populistas de cartón-piedra. Nadie es inocente, ni puede hacer como si no lo viera. Vivimos tiempos convulsos en los que urge tomar partido por la dignidad del hombre. Sin matices.


Los otros de los otros: Cenicienta y el zapato de cristal.


Porque, al fin y al cabo, ¿no se ha parado a pensar que usted es "el otro de los otros"? Ellos tampoco entienden nuestras costumbres, y les debemos parecer extraños. Hasta ahora en Occidente hemos marcado el paso de la historia, pero, ¿y si cambian las tornas? ¿Y si el futuro pertenece al Oriente?

Por de pronto, y por si eso llega a suceder, tengo un mensaje tranquilizador: no somos tan distintos. O, si se quiere, ya llevan con nosotros desde siempre. ¿Quiere un ejemplo? Igual le sorprende:

Cenicienta sale huyendo del palacio porque suenan las doce. En su frenética huída se le cae un zapato de cristal. El príncipe, un enamorado enfermizo al que han bastado dos horas de baile, se dedica frenético a buscar por el reino a la mujer que conoció en la fiesta, y lo hace llevando en cojín de seda rojo el delicado zapato de cristal. Cientos de mujeres se lo prueban, pero sólo a una le queda bien; a nuestra deliciosa Cenicienta.

¿No les llama la atención que un zapato pase por cientos de mujeres sin que a ninguna le valga? ¿De qué talla de pie estamos hablando? No de un 36 ó 37, sin duda. El cuento nos ofrece una pista: el zapato es extremadamente pequeño.

En la cultura de Oriente se considera hermoso un pie de mujer pequeño. Y sí, querido - y a estas alturas paciente - lector, lo ha adivinado. La cenicienta es un cuento infantil que proviene de China. ¿Sorprendido? La imprenta, el papel, la seda, los cometas, la brújula, la pólvora, la porcelana, el ábaco, los periódicos, las oposiciones y las academias, arados de hierro, sal, té, los naipes, el molino de agua, la llave, la herradura, el cepillo de dientes, el paraguas, el reloj mecánico... son todos inventos chinos. ¿Cómo llegaron a Occidente?

Hubo dos grandes corrientes migratorias y comerciales, la primera en el siglo V a.C., corresponde a lo que Jünger denominó la "Era Axial". Fue un momento único, pues convivieron casi en el mismo momento histórico Buda, Confucio, Zoroastro y Sócrates. Hubo un mercadeo desde Oriente, que, entre otros muchos productos, supuso la llegada a Europa del sarampión. Otra gran corriente migratoria se localiza a principios del siglo XIV. Esta apertura trajo como amigo no deseado la peste negra, que asoló Europa, matando a un tercio de sus habitantes.

La Peste Negra fue un acto de terrorismo biológico premeditado. Las fuerzas mongolas, aliadas con la ciudad de Venecia, asediaron la ciudad enemiga de Génova. Ante la imposibilidad de tomarla por la fuerza, abandonaron el empeño, no sin antes arrojar a sus muertos de peste asiática al interior de la ciudad. Un barco genovés que huía del horror recabó en Marsella, y la peste se extendió sin remedio por toda Europa.

Es curioso cómo en la historia los hechos se concatenan formando tramas complejas. La asociación entre mongoles (conquistadores de China gracias a Genghis Kahn) y venecianos supuso el fin del régimen feudal, que resultaba insostenible con una merma tan importante de la población; los campesinos se quitaron el yugo de sus señores y decidieron buscar fortuna en las ciudades. Surgieron los gremios, las universidades, las naciones...

¿Le parece exagerado lo que digo? En el año 2.000 Naciones Unida reunió a un comité de expertos de todo el mundo para que contestaran a la pregunta siguiente: ¿Cuál ha sido el personaje más importante del segundo milenio?

Si yo hubiese tenido que apostar por una respuesta, creo que habría dicho Darwin. Aunque también estaban en mi lista nombres como Colón, Lutero, Newton, Santo Tomás de Aquino, Kant, Leonardo da Vinci, Einstein, Napoleón, Freud, Erasmo, Fleming... pero jamás hubiese acertado el nombre que resultó finalmente elegido: Genghis Kahn.




Posiblemente mi error consista en obcecarme en un eurocentrismo insoportable. El imperio conquistado por Genghis Kahn abarcaba desde el extremo oriental de China hasta las mismas puertas de Viena. En parte gracias a él, Oriente y Occidente se encontraron; y pudo haber un trasvase de información que ayudó a cimentar la edad moderna.


Sacado de biografiasyvida


La pregunta es: Genghis Kahn, ¿es de "los míos", o de "los otros"? La respuesta más inteligente quizá sea que alguien así es siempre de "los nuestros", nazca donde nazca. Hay personas, acontecimientos o logros que son patrimonio de la humanidad. Cuando los norteamericanos colocaron su bandera sobre la superficie lunar, era la humanidad entera la que había alcanzado ese logro.

Creo que es hora de acabar. Oigo bostezos


Epílogo: Odiseo en el Hades.


Odiseo desciende al hades siguiendo las indicaciones de Circe. Lo que se encuentra es un lugar brumoso, en el que apenas se distinguen las sombras. Pero, sobre todo, destaca un rumor constante de voces, todas hablando a la vez. Nadie escucha al otro, sólo hablan sin fin.



Eso es el infierno. La falta de escucha. Una eternidad de ruido de palabras. El infierno es un lugar donde todos acaban siendo "los otros", y uno no puede oírse ni a sí mismo. Allí, en este páramo de sombras, el héroe Aquiles le confiesa a Odiseo estas terribles palabras:

“Preferiría ser el más pobre y sucio de los rudos campesinos que se revuelcan en los estercoleros sobre la tierra, que ser el gran rey Aquiles en este mundo de sombras subterráneas"





Imagen de Daniel Díaz



Nada hay peor que el infierno de la soledad sonora.

Recordémoslo, ahora. Mientras sigamos vivos.

Estamos a tiempo de escuchar.



Antonio Carrillo

lunes, 16 de mayo de 2011

La verdadera naturaleza humana. Segunda parte. Colaboración, sudor y sentido del humor




Imagen sacada del blog "lamiradaderuth"







Teníamos pendiente la tarea de hacer un análisis desde la perspectiva antropológica de la naturaleza humana; pero antes aportaremos algo más sobre los indicios que ofrece nuestra fisonomía.

Aristóteles intuyó la teoría de la evolución cuando dijo que "la naturaleza es el principio del movimiento". Los seres vivos se adaptan (se mueven) de tal manera que ocupan un lugar específico en el nicho biológico. Si se quiere saber algo de un animal, conviene empezar por su fisiología, que nos ofrece pistas sobre su comportamiento y naturaleza.

Imagen sacada del blog "tabanitosportu"



El Homo Sapiens es un animal extremadamente peculiar. Tuvo su lugar de origen en el extremo oriental de África, hace unos 150.000 años, y es consecuencia de la evolución de una rama de los homininos, la de los "Homo". De esta rama fructificaron varias especies, como los Neandertales, que ocuparon durante miles de años un nicho biológico en Eurasia, convivieron con nosotros y se extinguieron recientemente. Desde su desaparición, sólo quedamos nosotros. Somos los últimos "Homo".

Lo distintivo del Homo sapiens es que se conjuguen dos tipos de evolución: la natural y la cultural. No sólo heredamos; además aprendemos y enseñamos. Esto es consecuencia de haber desarrollado un órgano maravilloso, el cerebro humano, que nos otorga habilidades inauditas. En el cerebro está la clave de la naturaleza humana.

Los humanos somos omnívoros, y necesitamos del aporte proteínico necesario para mantener no sólo un cuerpo, sino también una ingente actividad cerebral. Somos, por tanto, cazadores, carroñeros y recolectores. No lo parece; no ostentamos unos caninos que nos identifiquen como depredadores, ni podemos alcanzar una velocidad similar a la de otros animales cazadores o sus presas. No somos guepardos ni leones. Y, sin embargo, somos una máquina de matar asombrosa. La más poderosa que haya existido jamás.

El humano es un corredor de fondo. Poseemos un sistema circulatorio y muscular bastante evolucionado. Todas las venas, arterias o capilares que forman nuestro sistema circulatorio tienen una longitud increíble: 125.000 kilómetros. Para que un sistema así funcione necesitamos de un motor muy potente; si aprovecháramos el total de la fuerza ejercida por nuestro corazón durante un solo día para, por ejemplo, levantar un coche de dos toneladas, lo alzaríamos hasta una altura de 10.000 metros, la altitud de vuelo de un avión comercial.

Los cazadores de la sabana africana eran capaces de correr tras una presa durante horas, hasta que la víctima acababa derrengada por el esfuerzo. El cerebro y los genitales se protegían del sol por una espesa mata de pelo. En el resto del cuerpo, el pelo es apenas visible. En cambio, sudamos. Durante la caza, cada gramo de sudor que se evapora con la brisa supone 5 calorías menos. Estamos, como los coches, refrigerados por agua. Increíble.

El sudor supone una pérdida de agua que debemos reponer de inmediato. Ello implica que debamos acarrear durante la caza cierta cantidad de agua; o, al menos, debemos planificar los lugares en los que podemos encontrar agua. Además, tenemos memoria y aprendizaje. Sabemos leer las huellas que dejan otros animales, podemos seguir su rastro, predecir su comportamiento, valorar su estado. Es una cualidad que nos permite prescindir de unos sentidos portentosos. No necesitamos la vista del águila, el olfato del perro ni el sónar del murciélago. Fabricamos armas arrojadizas capaces de atravesar la dura piel de un Mamut. Colaboramos en tareas colectivas planificadas, y trabajamos coordinados con otros miembros del clan. Nuestra fisiología nos obliga a utilizar flechas envenenadas para matar casi al instante y no correr riesgos, fabricamos piedras afiladas como colmillos para cortar la carne, curtimos y cosemos pieles para proteger nuestro cuerpo lampiño del frío del invierno.

Hemos domesticado a los perros para que nos avisen de la llegada de depredadores; y nuestro cerebro nos ha facilitado el uso del fuego, que nos da luz, calor y protección e, incluso más importante, nos permite cocer la carne y las verduras. Con la cocción los nutrientes se asimilan fácilmente, y podemos derivar la energía de la digestión a otros usos, fundamentalmente al cerebro: el órgano que hace posible la curiosidad, la creatividad, el aprendizaje; las flechas, abrigos y cuchillos. La evolución cultural, en suma. Lo que somos.

Platon narra en el diálogo "Protagoras" el mito de Epimeteo. Este Titán recibe el encargo de dotar a los animales de unas características que les permitirán sobrevivir dentro de su propio nicho biológico. Pero el humano queda el último en el reparto, desnudo e indefenso, y Epimeteo ha gastado todas las facultades. Prometeo, su hermano, decide entonces robar y otorgar a los humanos algo que corresponde a los dioses: las artes. Este asombroso don les confiere a los hombres un carácter casi divino; pueden fabricar utensilios, cubrirse con pieles, transmitir sus conocimientos, domar el fuego, fabricar trampas... a partir de este momento el humano deja de estar aprisionado por las exigencias de la herencia, y domina y hace suya la naturaleza; se distingue así del animal, que no puede ser otra cosa sino lo que es. El humano forja su destino. Elige. Dispone de una evolución cultural que transformará el planeta entero a su conveniencia. Estamos en la cúspide de la cadena alimenticia.

La pregunta entonces es: desde la antropología, en condiciones idóneas, en un hábitat que facilita la adquisición de nutrientes y sin presión demográfica, ¿cómo se comporta el cazador/recolector sin colmillos ni pelo que llamamos humano? ¿Son cooperativos o competitivos? ¿Igualitarios o jerarquizados? ¿Violentos o pacíficos?

Quedan pocos ejemplos de sociedades cazadoras/recolectoras que hayan permanecido indemnes a la influencia del progreso. Una de ellas es la de los pigmeos.





Los etnólogos que han convivido con los pigmeos, y con el resto de pueblos cazadores/recolectores, describen una sociedad cooperativa, poco jerarquizada, en la que la mujer no está subordinada al hombre; una sociedad en la que se le concede una enorme importancia a la tradición oral consistente en narrar mitos, en la que la educación y cuidado de los niños es una labor colectiva, en la que la violencia no se aplica como forma de solventar los conflictos. Sociedades en la que el tiempo dedicado a procurarse la subsistencia ocupa unas 6 horas del día; el resto es ocio, juego e intercomunicación. Son pueblos en los que destaca un sentido lúdico de la existencia, con una vivencia desacomplejada de la sexualidad y en los que el sentido del humor forma parte de su identidad. ¿No les recuerda a los bonobos, de los que hablamos hace unas semanas?

Son grupos en los que se com-parte (se parte con) lo que se tiene, en los que se tienen instaurados ritos de paso que dan sentido a la madurez, al paso de los años, y refuerzan los lazos entre los distintos miembros.

Los pigmeos nos ofrecen infinidad de anécdotas. Un antropólogo se extrañó de la actitud socarrona y alegre con la que recibían la llegada de personas ajenas al poblado. Mucho más tarde supo que los pigmeos acostumbran a defecar en el sendero que conduce a su poblado. Mientras ellos utilizan una senda oculta, el resto de las personas llegan después de haber caminado sobre sus heces. Es una broma que les hace mucha gracia. Los que llegan son el "hazme-reír" del poblado.

Una antropóloga francesa me contó la anécdota de una mujer buena, a la que llegó la menopausia sin haber engendrado un hijo. Otra familia del poblado le ofreció a su propia hija, que fue a vivir a su cabaña y engendró un hijo con un hombre de la tribu. Tras el parto, las dos mujeres se ocuparon del cuidado y la crianza del bebé. Para la joven y su familia era un honor ayudar a la otra mujer mayor a experimentar la experiencia de tener un hijo. La tribu no concebía que a una mujer buena se le negara ese derecho.

En ocasiones los pigmeos trabajan para otras poblaciones de agricultores, pero en general no están mucho tiempo, ni entienden la manera de ser de sus empleadores, su devoción por el trabajo, su ansia por acumular cosas y su falta de tiempo libre.

Como dice la letra de la canción: "pobrecito mi patrón, piensa que el pobre soy yo".

Al menos una vez al año las mujeres irrumpen en casa de sus cuñados, a los que arrastran a la fuerza fuera de sus cabañas, bajo la mirada divertida de la esposa. Entonces, empiezan a lanzar insultos y burlas por la poca actividad sexual recibida de su hombre, mientras se colocan enormes falos de madera y se pavonean imitando la típica prepotencia masculina. Resulta curioso que las burlas no las dirijan a sus propios maridos, sino que utilicen a sus cuñados. Seguramente, su marido estará siendo objeto de burla a su vez por otra mujer de la familia. Los hombres aguantan este "chaparrón" cariacontecidos, pero humildes. No les queda otra.

Un antropólogo entró en contacto con los ¡Kung, otra cultura cazadora/recolectora. Del desierto de Kalahari. Preguntó al primer hombre por el jefe de la tribu, y el individuo se presentó como tal. El problema fue que el segundo hombre con el que habló se definió igualmente como dirigente, y así, uno tras otro, todos los hombres del poblado decían lo mismo; todos eran jefes. Finalmente, el antropólogo entendió que los ¡Kung no comprendían del todo el concepto de autoridad. Unos meses después, le contaron la historia de un miembro de la tribu que se volvió loco. Se colocó unos adornos extraños y empezó a vociferar que era el único jefe de la tribu, y que los demás le debían obediencia. El clan entero abandonó el poblado y lo dejó a solas con su locura, acompañado por su desconsolada esposa.

Todo lo anterior describe el comportamiento de grupos humanos que viven en condiciones propias del paleolítico. Las mismas en las que hemos vivido durante el 95% del tiempo en que los humanos poblamos este mundo. Es mucho tiempo, demasiado, para no tenerlo en cuenta.

¿Cómo hemos llegado al estilo de vida patriarcal, competitivo y ensordecedor en el que hemos transformado nuestra sociedad? Lo veremos en otra ocasión. Soy perfectamente consciente de caer en el estereotipo del "buen salvaje" de Rousseau. Nada hablo de la esperanza de vida, de la falta de asistencia médica, de la contaminación tecnológica; ni de episodios de violencia que se dan en otras sociedades antiguas, en lugares como Nueva Guinea, en donde la presión demográfica y la disputa entre agricultores y ganaderos convierten la vida en un infierno. Por si se lo pregunta, claro está que prefiero la comodidad de mi hogar a una choza; y querría estar en un hospital, y no en la selva, si sufro de apendicitis.

Quisiera ser claro: no propugno volver a un estado salvaje. Pero cuando la Organización de Naciones Unidas financió una investigación sobre la risa, descubrió con sorpresa que el lugar donde más se ríe es África. Y es de humor, de cuentos, de educación y atención a los hijos; es de vida en comunidad de lo que hablo.

De fogatas frente a frías pantallas de televisión trata este artículo. De tradición oral y memoria del mito frente a escolaridad competitiva y videojuegos. De identidad y pertenencia frente a una progresiva alienación social.

¿Es éste un artículo cargado de tópicos y dogmatismos? Sin duda. ¿Está escrito con trazos demasiado gruesos? Qué duda cabe.

Pero hoy tocaba hablar de risas, de niños, de dignidad, música y mitos. Mañana tocará hablar de la balanza de pagos o de productividad. Hoy no.

Hoy toca hablar de la verdadera naturaleza del hombre.


Antonio Carrillo Tundidor

jueves, 7 de abril de 2011

La verdadera naturaleza humana. Primera parte: el enigma bonobo.




La verdadera naturaleza humana.

El enigma bonobo.



Los humanos, ¿somos buenos o malos por naturaleza?


Es una pregunta absurda, pues remitirnos a nuestra naturaleza implica imbuirnos en nuestra condición animal. Los animales no somos buenos ni malos; actuamos según nuestro instinto sin que pueda aducirse motivación moral alguna. Sólo el humano como individuo actúa en base a criterios éticos y valores culturales adquiridos. Hay individuos que hacen buenas y malas acciones.

Reformulemos entonces la pregunta. ¿Cuál es la verdadera naturaleza humana?

Aún ahora, la pregunta es difícil de responder. Los condicionantes ambientales, geográficos o los relativos a los recursos disponibles condicionan hasta tal punto nuestra entidad social que la respuesta más fidedigna sería "depende". Si tenemos alimentos, baja densidad demográfica y condiciones favorables somos de una manera; si tenemos que competir con otros clanes porque los recursos son escasos somos de otra. En ambos casos, somos y actuamos como humanos; lo que cambia son las circunstancias en las que vivimos.

Forcemos pues un poco más: en condiciones de vida idóneas, ¿cómo es la naturaleza humana?

Ahora sí: nuestra fisionomía nos ofrece algunas pistas. La hembra humana tiene la vagina en una posición extraña, más adelantada que ningún otro mamífero. Esto posibilita que en el coito las parejas puedan mirarse a los ojos y besarse. Pero además, esta disposición provoca que los nacimientos sean más peligrosos, y, por tanto, exige una mayor implicación de las otras hembras del clan en el momento del parto. La selección natural ha preferido primar el afecto y la sociabilidad sobre la seguridad durante el alumbramiento.  Curiosamente, los genitales humanos son proporcionalmente enormes si lo comparamos con los otros primates, y los pechos de las hembras humanas son también más grandes, sin que esto influya lo más mínimo en la lactancia; todo lo dicho sugiere la importancia que el contacto sexual tiene para nuestra especie, un significado que va más allá del puramente reproductivo. Practicamos el coito para reforzar nuestros lazos sociales. Y porque nos gusta.

No hay una gran diferencia de tamaño entre hembras y machos, y los machos no disponemos de unos caninos demasiado desarrollados. Parece que resolvemos nuestras diferencias compartiendo más que disputando. Otra característica fundamental del humano es el tamaño desmesurado del cerebro, que provoca de nuevo problemas en el parto. Como precisamos de un cerebro mucho mayor que el resto de los simios, los humanos nacemos antes de tiempo, desvalidos, y necesitados de la protección del clan. Para nacer con una madurez similar al chimpancé, el humano debería permanecer 18 meses en el seno materno; pero entonces su cerebro no podría pasar por el canal de parto. El cerebro se hace, en buena manera, tras el nacimiento: casi la totalidad de la sinapsis con la que nacemos resulta inadecuada, y se cambia durante los primeros meses de vida. A esta tarea hercúlea dedicamos el 80% de la energía que consumimos.

Todo lo anterior nos habla de una especie que precisa de la sociabilidad, de la empatía, generosa, altruista y amable. Nuestra fisonomía, en definitiva, nos ofrece pistas en el sentido de que nuestra naturaleza es social, igualitaria y pacífica.

Pero harían falta dos pruebas más. Por un lado, la etiología debería demostrarnos que la evolución seguida por nuestra especie va en esa dirección, y tiene un reflejo claro en las especies más cercanas. Por otro lado, la antropología debería mostrarnos pruebas de cómo actuaba el humano en su hábitat primigenio, y facilitarnos datos sobre culturas existentes que mantengan un modo de vida parejo al de los primeros humanos.


Los bonobos


Respecto de lo primero, tengo una sorpresa: los humanos no somos fundamentalmente homínidos, como se dice siempre, sino homininos. Esto significa que formamos parte de una rama propia en la que nos instalamos dos únicas especies muy cercanas: los homo y los pan (chimpancés). Por tanto, si queremos defender esta teoría del “optimismo antropológico”, deberíamos encontrar un refrendo en el comportamiento de nuestros primos cercanos, los "pan". Sin embargo, enseguida surgen dudas.

El chimpancé común es un animal social, que cuida de su prole y en el que se dan rasgos culturales muy primarios pero claros (utilizan herramientas y enseña a sus hijos a utilizarlas). Tienen un cierto grado de consciencia y no forman grupos con un único macho dominante que copula con las hembras. Pero son muy territoriales y agresivos. Los machos del clan organizan batidas en su hábitat para matar a otros machos solitarios. El macho se muestra dominador sobre la hembra, y en última instancia el instinto de supervivencia del individuo se impone al altruismo. Hay conflictos, tanto dentro del clan como con otros clanes. Todos estos datos nos hablan de una naturaleza territorial y agresiva del hominino.

Y así quedaría la cuestión, si no fuera por un enigma: el enigma bonobo.

A principios de siglo XX los zoológicos europeos empezaron a tener contacto con unos especímenes de chimpancé algo extraños. En concreto, el zoo de Ámsterdam expuso de 1911 a 1916 una curiosa hembra chimpancé, más pequeña, con un rostro más fino y distinta expresión. De alguna manera, parecía más humana.

 Unos años después, Harold Jefferson Coolidge y Ernst Schwarz se disputaron el descubrimiento del “pan panicus”, una nueva especie de chimpancé. ¿Cómo es posible que existiera una especie desconocida? Se explica porque durante los últimos 100 años los Pan panicus o bonobos han sobrevivido en selvas densas y pantanosas de una región relativamente pequeña de la República Democrática del Congo. No es una zona de fácil acceso, incluso hoy. La malaria y multitud de enfermedades esperan a los que se adentran en ellas, y los conflictos civiles hacen de la zona un lugar poco seguro.

"Bonobo. El mono olvidado". Este es el título de uno de los principales estudios publicados hasta la fecha, obra de  Frans de Waal, nombrado por la revista Times una de las 100 personas más influyentes del mundo. El autor afirma, tras estudiar a los bonobos, que “nuestras más nobles características - la generosidad, la amabilidad, el altruismo y la solidaridad- forman parte de la naturaleza humana, pues proceden de nuestro pasado animal”.

¿Qué tiene de especial esta especie? En primer lugar, los humanos que han convivido en la zona desde hace milenios se han negado a darles caza, pues los consideran casi humanos. De hecho, la palabra “bonobo” proviene de la palabra "ancestro" en un antiguo dialecto Bantú.







Los bonobos son pequeños, con caras afinadas, una frente más ancha, y suelen caminar largas distancias en posición bípeda. Transmiten una impresión más grácil que el chimpancé común: su cuerpo y cuello es más delgado, los hombros más estrechos, y las hembras tienen pechos algo prominentes, no planos como las hembras del chimpancé común. Tienen el pelo largo, labios rosados y una mirada distinta: más incisiva. Más centrada en lo que miran.

Por último, al igual que los humanos, los individuos bonobos tienen una apariencia muy distinta unos de otros, lo que afecta a la interacción social. Se reconocen y distinguen visualmente.

Pero si todo esto resulta fascinante, lo es más su carácter: los machos son más fuertes que las hembras, y tienen largos incisivos. Sin embargo, se rigen por una estructura matriarcal e igualitaria en la que no se concibe la violencia. Las hembras forman coaliciones inusitadas, en las que se cuidan unas de otras y mantienen tranquilos y sumisos a los machos.

Pero hay más. Brian Hare y Suzy Kwetuenda realizaron un descubrimiento que les dejó atónitos. Introdujeron a un bonobo hambriento en una habitación llena de comida. Desde donde estaba podía ver otra habitación en la que había otro bonobo. Antes de ponerse a comer, desatrancó la puerta de la habitación y compartió la comida con su congénere. Podía haber elegido comer tranquilamente aislado, pero prefirió la compañía de su semejante. Es más, según descubrimientos publicados en la revista “Current Biology”, los bonobos no se vuelven más egoístas con la edad, como sucede con el resto de los primates, incluidos los humanos.

Se comunican mediante sonidos, aunque no somos capaces de descifrar su lenguaje; pero también utilizan el lenguaje no verbal: expresiones en la cara, gestos con las manos o, como muestra un increíble vídeo de la BBC, la recriminación con la cabeza de una madre hacia su hija por jugar con la comida. Son capaces de controlar sus ritmos respiratorios, por lo que pueden tanto reír como gritar o gemir de placer durante el coito.

El sexo es fundamental para la sociedad bonoba. Lo utilizan como válvula de escape que libera momentos de tensión en el grupo. La sexualidad del bonobo sólo es comparable a la del humano, en variedad, frecuencia y significado.

Por cierto: se miran a la cara durante el coito.



Por último, este extraño animal, con su frente amplia, ha demostrado ser capaz de planificar acciones, de manera que usa herramientas para determinadas tareas, y luego se las lleva para utilizarlas en otra ocasión similar. Sería interesante estudiar el grado de desarrollo de sus lóbulos frontales.

Hace poco se quiso desvirtuar la imagen del bonobo como mono bueno, presentando imágenes de un clan bonobo cazando monos. En mi opinión, nada hay de extraño en este comportamiento: los bonobos son omnívoros, recolectan y cazan. Lo que jamás se ha visto es a un bonobo atacando a un semejante.

Pues bien, este animal todavía poco conocido, resulta que es fruto de una variación en el árbol “pan” hace sólo un millón de años. En definitiva: el chimpancé sociable, matriarcal y pacífico es la versión más evolucionada que conocemos de un hominino (aparte, claro está, del ser humano). Este hecho es muy significativo. Los bonobos viven en zonas de la selva que eligen expresamente de manera que un río los separe del resto de los chimpancés. No quieren mezclarse con ellos.


Termino. Nos queda encontrar una segunda prueba que aclare la naturaleza del hominino homo sapiens. La que aporta el estudio antropológico de nuestra especie desde sus orígenes.

Es algo que dejaremos para otra ocasión.


Antonio Carrillo Tundidor