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lunes, 31 de marzo de 2014

El Teide y los extraterrestres



 

La corteza terrestre se encuentra fracturada en múltiples sitios, conformando un sistema de placas que se alejan unas de otras o chocan entre sí, destruyendo o generando corteza. Estos lugares, como el Oeste del continente americano, de Alaska a la Patagonia, o el cinturón de fuego del pacífico, muestran una fortísima actividad tectónica.

Sin embargo, hay algunos (pocos) lugares situados en el interior de una placa que manifiestan una actividad volcánica intensa y persistente. Los denominamos "puntos calientes". Y son sitios que conviene tener vigilados porque son muy peligrosos.

Lo son porque en ellos puede haber calderas inmensas que generan supervolcanes, como Yellowstone, o todo el poder energético y calórico se concentra en un punto muy concreto, provocando la crecida de los mayores volcanes de la Tierra. Es lo que sucede en Hawái, con montañas como el Manua Kea cuya altura desde la base supera los 10.000 metros. En términos absolutos, la montaña más alta del planeta.
 
 

En el Atlántico hay un punto caliente, en el que se alza el tercer volcán más alto de la Tierra, con 7.500 metros de altura. Se trata del Teide, en las Islas Canarias.

La adscripción de Canarias como punto caliente es discutible. Tiene cerca la placa Africana, y por el oeste tenemos la majestuosa presencia de la Dorsal Atlántica, una enorme cordillera de 15.000 kilómetros de largo y montañas que superan los 3.000 metros. Cuando esas montañas sobresalen por encima del nivel del mar reciben un nombre: Azores o Islandia.

Sea como fuere, Canarias es un lugar cuya actividad volcánica es importante. Hace unos 4 millones de años, a finales del mioceno, el fondo del Atlántico, situado a 4.000 metros de profundidad, muestra señales de que algo sucede en su interior. Desde las zonas más profundas del Manto terrestre columnas de magma caliente ascienden en este punto, formando enormes depósitos energéticos. La presión es enorme, y la corteza se rompe, creando depósitos de materia volcánica que se solidifica enseguida por las condiciones abisales. Estos sedimentos se acumulan hasta alcanzar una altura superior a los cuatro kilómetros. Entonces, la tierra emerge del mar.

En lo que hoy es Tenerife hay tres focos (chimeneas) que generan tres volcanes: Anaga, Teno y Adeje. Cuando vierten sus coladas se unen formando una sola isla con tres picos volcánicos. Ha nacido la isla de Tenerife.

La actividad volcánica se detiene, y durante un millón de años la erosión moldea un paisaje de valles y barrancos

En pleno plioceno la actividad volcánica vuelve con enorme fuerza, y una enorme chimenea unifica los tres antiguos volcanes en un único edificio volcánico: el Edificio Cañadas. Este volcán gigantesco medía casi 8.500 metros desde la base, con un diámetro de 40 kilómetros. Un gigante que colapsó por su propio peso. Hay una sucesión de derrumbes y erupciones, a veces muy violentas y explosivas. Finalmente, ya en el Pleistoceno, hace un millón de años aproximadamente, se alzan en estratos sucesivos lo que, con el tiempo, constituirán los volcanes Teide-Pico Viejo. Una explosión enorme creará una caldera de 16 kilómetros de longitud; la conocida como Caldera de las Cañadas.

El Teide por consiguiente es el resultado de un proceso tectónico intenso y relativamente reciente. Es algo que conviene tener en cuenta: esta montaña que se eleva 3718 metros sobre el nivel del mar y cuya altura total es de 7.500 metros sigue activa.

Un dato: la Asociación Internacional de Vulcanología y Química del Interior de la Tierra hizo una lista de los 16 volcanes más peligrosos del mundo. El Teide está en esa lista. Cuando ha entrado en erupción a menudo lo ha hecho estallando, con explosiones similares a las que provocaron el fin de Pompeya (Vesubio) o la civilización Minoica (Santorini). Una gran explosión en Tenerife podría tener efectos en la costa Africana, Europea y Americana.

El Teide se conoce desde antiguo, y se ha especulado sobre su naturaleza y su altitud. Heródoto llega a decir que "se afirma que es tan alto que no se puede ver su cumbre por estar cubierto siempre de nubes en invierno y en verano". El propio Ulises en sus viajes llega a ver "un monte oscuro por la distancia, tan alto como no había visto nunca otro".

El Teide entra en la leyenda. En la Edad Media sirve de faro a los navegantes que se adentran por primera vez por tales aguas, si bien su inmensa mole provoca recelos. Unos italianos del siglo XII se aterraron al circunnavegar Tenerife y tener constancia de que el Teide se erguía omnipresente por todos lados. El gran Bocaccio nos dice que, presas del miedo, no se atrevieron a desembarcar.

"También encontraron otra isla en la que no quisieron desembarcar porque en ella ocurría cierta maravilla. Dicen que allí existe un monte que, según sus cálculos, tiene treinta millas, o aún más, de altura, que se ve desde muy lejos y en cuya cima se divisa cierta blancura. [...] Dieron la vuelta a la isla y por todas parte observaron lo mismo por lo que consideraron que estaban en presencia de un encantamiento y no tuvieron valor de descender a tierra..."

Pero la anécdota más increíble la protagoniza Cristóbal Colón. La noche del 24 de agosto de 1492, preparando su partida hacia lo desconocido que hubiese al Oeste del océano, escribe en relación con la isla de Tenerife: 

"(...) fuego del pico de la Sierra que es una de las más altas que se saben del mundo, que fue causa de gran maravilla"

¿Pudo asistir Colón a una erupción del Teide en su primer viaje a las Américas. No está claro; pudo ver una erupción del Boca Cangrejo, un volcán cercano.



Lo cierto es que en la Europa moderna, hasta el siglo XVIII, consideraban al Teide la montaña más alta del mundo conocido. Hoy es el parque Nacional más visitado de España y uno de los más visitados del mundo.

Termino, no sin antes hacer otra mención curiosa al Teide y los extraterrestres. Y no me refiero a lo sucedido en 1989, cuando el programa de radio "Espacio en blanco" convocó una "alerta OVNI" en el Teide para lograr un contacto con extraterrestres.

Esa noche acudieron 40.000 personas.

Antes de empezar: me voy a referir a una iglesia, reconocida como tal por los Tribunales de España en diciembre de 2007 e inscrita en el correspondiente registro de Entidades Religiosas del Ministerio de Justicia de España. Por consiguiente, los hechos a los que voy a hacer referencia tienen la consideración de credo y merecen el respeto debido, aunque no se compartan en parte.  O en absoluto.

Verán: hace 75 millones de años un ser llamado Xenu era el dictador de una Confederación Galáctica. En un ejercicio de exterminio cruel, trajo al planeta Tierra a miles de millones de personas, las situó junto a volcanes y exterminó con bombas de hidrógeno.

Las almas de estos pobres desgraciados se conservaron y, posteriormente, se introdujeron en los cuerpos de las personas. A esto se le denomina Incidente II.

Lo habrán adivinado: el Teide fue uno de los volcanes en los que se produjeron las extinciones. De hecho, L. Ron Hubbard (el fundador de la Iglesia de la Cienciología), recogió los llamados "materiales de OT-III", algo así como unas claves sobre el origen galáctico de la humanidad y su reflejo en la jerarquía dentro de la Iglesia de la Cienciología. En Tenerife Hubbard fundó, en 1967, la Sea Organization, un grupo de devotos que recorrían en sus barcos todo el globo terráqueo para convencer al mundo de su verdad. En 1973 Hubbard sufrió un grave accidente de moto en Tenerife. Cuando volvió al buque de la Cienciología, con un brazo y varias costillas rotas, y con un humor de perros, ideó el "Rehabilitation Project Force", un código de castigos y trabajos para los que habían sido deshonestos con la Cienciología o su creador.  

Hay algo que me deja perplejo: hace 75 millones de años gobernaban los Dinosaurios, el Océano Atlántico estaba expandiéndose y no existía nada parecido al Teide.
 
 

Pero vamos, milagros los hay en todas las creencias, y no vamos a dejar que la paleogeología contradiga desde la razón lo que la fe establece.

¿No creen?

Antonio Carrillo

jueves, 16 de febrero de 2012

Pompeya: una mujer, una nube extraña y un aragonés tozudo


Una mujer abandona la casa de sus amos.

Estamos en el año 832 desde la fundación de Roma, el séptimo día antes de las calendas de septiembre. Con el tiempo, de esta palabra, "calendas", derivará "calendario"; pero falta mucho para ello. Centrémonos.

Vivimos, así pues, el 24 de agosto del año 79 d.C., y nuestra protagonista habita en la región de Campania, una zona privilegiada, lugar de vacaciones para la nobleza romana, fecunda en ricas fincas y propiedades, con una tierra fértil, playas de aguas cálidas y un clima agradable. Está salpicada por pequeñas poblaciones y cuenta con una gran urbe, Neapolis (Nápoles).



La mujer abandona, decíamos, la casa de sus amos. Es una esclava de 43 años, a la que se le advierten los muchos años de trabajo por su andar cansino. Se sabe afortunada; tiene unos dueños amables y justos, y ha sido lo bastante poco agraciada como para que los hombres no le incomodaran salvo en un par de ocasiones. Lleva una vida tranquila y tiene varias amigas en casa. Como Alia, la esclava que sabe leer, hija que fue de un pequeño propietario empobrecido. Alia es hermosa y más joven, la pobre. El hijo del amo la solicita a menudo en su lecho.

Podría ser peor, piensa. Podría haberle obligado a ponerse la toga corta oscura y la peluca rubia, para así ganar dinero con ella. Habría sido una "triviae", una prostituta de baja estofa que ofrece "los tres servicios". La mujer no puede evitar estos pensamientos mientras recorre las calles de una ciudad en la que hay más prostíbulos que panaderías. Muchos de los anuncios que jalonan las paredes son bastante explícitos respecto del servicio que se ofrece.

Casi a diario, Alia le acompaña en el paseo, y con su ayuda escudriña los carteles. Les gusta estar al día de las novedades, y a menudo se escandalizan con ciertos anuncios y proclamas. La ciudad bulle de gente; y en esta época del año aun más. Hay multitud de anuncios proponiendo alquileres durante el verano (sigue habiendo habitaciones disponibles, a pesar de lo avanzada que está la temporada), y se anuncian juegos próximos en ésta y otras ciudades cercanas. En ellos se puede leer al final la fórmula "qua dies permittat" (si el tiempo lo permite) ¿Les suena?

Por toda la ciudad hay restos humeantes de la fiesta de anoche, la "vulcanalia", la fiesta en honor a Vulcano, el dios del fuego.

Sin embargo, con sus ojos de mujer mayor, nuestra protagonista sabe leer la decadencia en una grieta no reparada, en un local abandonado, en las hogueras vulcanalias aun sin limpiar o en los burdeles medio llenos. La mujer hace memoria: la mañana del 5 de febrero del 62 la tierra se agitó con fuerza y destruyó buena parte de la ciudad. Hubo cientos de muertos, y las obras de reparación no han acabado 17 años después. Se percibe que la región vive un periodo de declive económico evidente, y la tierra se agita para recordarlo. En el 64 hubo otro pequeño temblor; se cuenta que el sátrapa Nerón se encontraba recitando en Nápoles cuando le sorprendió el terremoto. Era la primera vez que ejecutaba una canción en público, y demostró valor al continuar con su representación. Cuando salió del teatro, éste se derrumbó. 

Es la hora quinta. La mujer debe darse prisa, pronto hará mucho calor.

Es una incomodidad lo que está pasado con el agua, piensa. Llevan varios días sufriendo temblores, y hace dos, inexplicablemente, el Aqua Augusta, el acueducto que abastece de agua la ciudad, se ha secado. Las autoridades no saben por qué.

La mujer se detiene a observar el muro de una casa; hay elecciones próximamente, y la pared está repleta de carteles electorales de color rojo. Lo normal es que un equipo de tres personas intervengan en su elaboración; uno blanquea la pared y otro realiza el cartel con una letra cuidada. El tercero alumbra y vigila si es de noche; las calles no siempre son seguras. Se emplean todo tipo de argucias durante la campaña: en ocasiones, los seguidores de un candidato intentan tapar los carteles de su adversario; y se han visto carteles en los que prostitutas apoyaban a una persona. Es seguro que son falsos, obra de sus oponentes. Lo cierto es que ninguno de los candidatos ha podido explicar lo que sucede con el agua, ni ha propuesto soluciones. (No como en nuestros tiempos, lector, en los que contamos con grandes políticos prestos a encontrar soluciones).  

La mujer piensa en todo esto mientras retoma su camino y pasa junto a una plaza, con una fuente seca.

La mujer se acerca a una de las puertas de la ciudad, sorprendida por el ruido. De repente, todos los perros de la ciudad se han puesto a aullar a la vez. Los caballos están inquietos, con ansia por salir a campo abierto; a los jinetes les cuesta dominarlos. ¿Qué está pasando? En los cielos, grandes bandadas de pájaros se dirigen al norte.

Sale de la ciudad y pronto deja atrás una necrópolis. Ya es la hora sexta y el astro sol brilla en lo más alto. (De esta hora "sexta", que marcaba el mediodía, procede nuestra palabra "siesta"). Frente al bullicio de la ciudad, la campiña ofrece silencio. Todavía debe caminar un trecho hasta llegar a la finca del amo y recoger la cesta de huevos frescos que le han encargado. La mujer se detiene; algo ha llamado su atención. El silencio tan absoluto. No es normal que ni tan siquiera canten los pájaros. El silencio del campo es más inquietante que el bullicio de la ciudad 

Entonces, sin previo aviso, a sus espaldas, un gigante que llevaba dormido mil años despierta con una explosión descomunal, un ruido imposible que destroza su cima. La mujer observa aterrada la enorme columna de humo que se alza hacia lo más alto. El dios Vulcano se ha manifestado con toda su furia el día posterior a su fiesta. Corre hacia la ciudad en busca de refugio.

Corre hacia Pompeya.

Es la una de la tarde del 24 de agosto del 79 d.C.




Una nube extraña se divisa desde Miseno, a unos 35 kilómetros al norte. Son las dos de la tarde. Dos personas extraordinarias son testigos del suceso: Plinio el viejo y su sobrino, Plinio el joven, abogado, escritor y científico. 

Este último nos describe la erupción con detalle en una carta dirigida al historiador Tácito: "la nube mostraba un aspecto y una forma que recordaba más a un pino que a ningún otro árbol. Pues tras alzarse a gran altura como si fuese el tronco de un árbol larguísimo, se abría como en ramas; yo imagino que esto era porque había sido lanzada hacia arriba por la primera erupción; luego, cuando la fuerza de ésta había decaído, debilitada o incluso vencida por su propio peso, se disipaba a lo ancho, a veces de un color blanco, otras sucio y manchado a causa de la tierra o cenizas que transportaba". Plinio describe terremotos, cómo el cielo se oscurece como si fuera de noche y la mar se ve sacudida por maremotos.

¿Exactamente, qué está describiendo Plinio?

El volcán Vesubio es uno de los 12 volcanes más peligrosos del mundo (otros de la lista son el Teide en Canarias, o el Galeras en Pasto, Colombia), y el único que mostró actividad en la parte continental de Europa durante el siglo XX. En sus laderas viven en la actualidad unos tres millones de personas, siendo la zona volcánica más densamente poblada del mundo.

El año 79 el Vesubio había dado indicios de una erupción inminente, pero los habitantes de la zona ni tan siquiera sabían que era un volcán. De hecho, llevaba mil años sin apenas actividad. Demasiado tiempo callado, demasiada energía acumulada.

La mañana del 24, hacia las 9, la cámara de lava comienza a enviar magma y gases ardientes en dirección a la cima del volcán. Cuatro horas más tarde la montaña no soporta la presión, y explosiona con la fuerza de 100 bombas nucleares. Durante 19 horas se liberan 4 km3 de ceniza y roca a la atmósfera, formando una nube en forma de hongo que alcanza los 30.000 metros de altitud, tres veces la altura a la que vuela un avión. Cuando la ardiente nube piroclástica finalmente colapsa, arrasa con todo lo que hay en un radio de 20 kilómetros. El viento sopla en dirección sureste, y se ven afectadas las ciudades de Herculiano, Oplontis, Pompeya y Stabiae.




Herculiano está situada de manera que no recibe tanto la acometida de gases como una corriente de fango ardiente, que la sepulta a 15 metros de profundidad. Una mayoría de sus habitantes tuvieron tiempo de evacuar la ciudad. Posiblemente, la presión del fango y la lava, algo realmente tangible, les obligó a salir corriendo, sin preocuparse por salvar  enseres ni riquezas. Se han encontrado en Herculiano unos 300 cadáveres, aunque esta cantidad es sólo estimativa. Es seguro que debieron de fallecer muchos más.

En Pompeya sin embargo las cosas sucedieron de otra manera. La ciudad sí recibió la acometida de cenizas, piedras y, sobre todo, gases nocivos provenientes del volcán. Se piensa que la mayoría de los 2.000 muertos encontrados fallecieron por asfixia al respirar los vapores nocivos. Buscaron refugio en sus casas, y ello fue su perdición. A esto hay que sumar el derrumbe de techos, las altas temperaturas (la nube piroplástica alcanzo temperaturas de 350 grados) o la constante lluvia de ceniza pumítica blanca, que debía introducirse en los pulmones. El polvo volcánico enterró la ciudad a una profundidad de unos seis metros.

Cuando todo acabó, Pompeya no existía, la erupción cambió el curso del río Sarno y levantó la playa. Con el tiempo se olvidó su emplazamiento.


Un aragonés tozudo entra en escena. Es casi un desconocido. Su nombre: Roque Joaquín de Alcubierre, ingeniero. Y es el verdadero descubridor de Pompeya.




Roque nació en agosto de 1702 en Zaragoza, y en junio de 1734, con 32 años, aprovecha la victoria de Montemar para buscar fama y fortuna como ingeniero militar en Nápoles, ahora territorio español. Desde 1736 trabaja en las obras de ampliación del palacio real de Portici y en encargos relacionados con la conducción de aguas 

Dos años más tarde, ya capitán ingeniero, hizo amistad con un cirujano llamado Giovanni de Angelis, quien le confesó los muchos restos arqueológicos que se encontraban por la zona. Además, supo de la existencia del llamado "pozo Nocerino", excavado por el príncipe de Elbeuf en 1720 mientras buscaba mármoles para su casa; un lugar en el que se habían encontrado cimientos de edificios antiguos. Con una intuición que lo acompañó el resto de su vida, Roque pensó que había grandes descubrimientos esperando a ser desenterrados, e informó a sus superiores.

El propio monarca Carlos III, un hombre culto, se mostró entusiasmado con la idea, compró los terrenos al príncipe de Elbeuf y, en una Real Orden fechada el 13 de octubre de 1738, encargó a nuestro zaragozano que comenzase de inmediato las excavaciones en el pozo Nocerino. Claro que, como suele ser norma en España, los medios con los que contaba no eran como para hacerse muchas ilusiones: tres obreros con sus picos y palas. Pero pronto Roque encontró el muro de un templo romano, y el monarca, muy motivado, puso a su cargo a quince obreros más.

El problema es que Alcubierre no era arqueólogo (en esa época la arqueología era una ciencia por nacer), y su formación de ingeniero militar le llevaba a excavar profundas galerías, oscuras y mal ventiladas, y muy peligrosas. A pesar de todo, las excavaciones avanzaron a buen ritmo y con grandes resultados, hasta que se encontró una inscripción: no se encontraban en un templo de Pompeya, sino en el teatro de Herculiano.



La mítica ciudad de Herculiano, que Plinio el joven había citado en una carta a Tácito unos 1650 años antes, y que había desaparecido de la historia, volvía a ver la luz. Su teatro, la basílica, esculturas, adornos y frescos. Todo en un estado de conservación asombrosamente bueno.

El importante hallazgo, que confirmaba el descubrimiento de los restos de una de las ciudades mencionadas en los textos de Plinio el Joven, alimentó aún más el entusiasmo de Alcubierre. Una galería tras otra, piezas de distinta índole se iban sucediendo sin descanso: esculturas de mármol y bronce, pequeños utensilios y, finalmente, bellísimas pinturas. Pero el trabajo bajo tierra, en esas oscuras galerías subterráneas viciadas por el humo de las lámparas, minó la salud de Roque Joaquín de Alcubierre, y tuvo que retirarse a Nápoles durante cuatro años, entre 1741 y 1745. Perdió casi toda su dentadura y se quedó prácticamente ciego.

Más tarde, algo recuperado, Roque Joaquín Alcubierre supo que se habían encontrado algunas pieza de interés en un terreno situado a varios kilómetros de allí. El ingeniero aragonés comenzó a excavar en aquella zona en 1748. De nuevo una inscripción hallada en 1763 confirmó que había encontrado Pompeya.

Carlos III no sólo financió las excavaciones; ordenó que se le informase de cada descubrimiento, promovió la publicación de tratados que estudiaran los restos y la fundación de un museo en el que conservar, catalogar y estudiar las piezas. Es importante destacar este hecho: se prohibió que pieza alguna saliera de Nápoles. Sólo hubo una excepción, una pequeña e insignificante caja de semillas, que se conserva en el museo arqueológico nacional de Madrid. Es el único tesoro que Carlos III se trajo de Nápoles.

¿Y Roque Joaquín Alcubierre? Johann Joachim Winckelmann, el verdadero padre de la arqueología, había criticado con dureza los modos de Roque, y empezaron a ser frecuentes los roces con sus subalternos, el suizo Carlos Weber y el romano Francesco de la Vega. Finalmente, nuestro bravo aragonés fue paulatinamente apartado de las excavaciones, y su figura cayó en un olvido insoportable, siendo como es una de las figuras fundamentales en el nacimiento de la arqueología.

Que se sepa: fue Roque Joaquín Alcubierre, zaragozano e ingeniero, quien, arrastrándose bajo tierra durante 42 años, envenenándose con un aire malsano, descubrió los tesoros de Herculiano y Pompeya. 

Antonio Carrillo Tundidor.