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martes, 31 de diciembre de 2013

Aníbal, Escipión, cinceles y un faro



 
Mi amigo Ángel Segado Bernal, traductor y cartagenero de pro, insiste en que dedique una entrada al general Aníbal. No estoy nada convencido; ¿qué podría aportar sobre Aníbal que no se haya dicho mil veces ya? El famoso militar, que estuvo en un tris de derrotar a la poderosa Roma, es una de las figuras más conocidas del mundo antiguo ¿Cómo podría sorprender a los lectores de este blog con algo nuevo?

 


Aníbal


No se me ocurre otra manera que bajar de las alturas del personaje y contar alguna anécdota que, por cotidiana y pequeña, pudiera pasar desapercibida. Ello me llevará a profundizar en la figura de Escipión, el antagonista vencedor de Aníbal. Al final, puede que aparezca alguna sorpresa. Es lo que sucede con estos artículos: uno nunca sabe con certeza hacia dónde le conducirá la senda de una historia.

Comencemos pues a transitarla.    

Dos mundos

La lucha de Roma contra Cartago es la continuación de una guerra permanente entre Oriente y Occidente. Si unos siglos antes Grecia se había enfrentado a Persia, ahora Roma se enfrentaba a los herederos de los fenicios ¿Qué hubiese sucedido si Persia o Cartago hubieran vencido? Probablemente, nuestra herencia grecolatina habría dado paso a una cultura diferente, en la que la influencia del Oriente mesopotámico habría sido mayor.

Mileto, ciudad jonia

Pero esto es simple especulación. Además, no debemos perder de vista un aspecto que ya hemos tratado anteriormente: Alejandro Magno había adentrado la influencia griega prácticamente hasta las orillas del Ganges y, por otro lado, corrientes de pensamiento oriental se habían asentado a su vez en el sur de Italia, provenientes de las ciudades jonias, enclaves de Anatolia conocidos como "la Grecia asiática". Lo vimos en otras entradas, al hablar de Parménides o Empédocles. Los cartagineses habían tenido frecuentes contactos - y conflictos - con las ciudades griegas, y habían asimilado buena parte de su cultura y su ciencia; y los romanos, a su vez, habían hecho suyas enseñanzas provenientes de la "Magna Grecia". Un ejemplo de esto último lo tenemos en una anécdota que pasa casi desapercibida, y que tiene por protagonista a Escipión.

Tito Livio
El historiador Tito Livio nos cuenta que el joven Publio Cornelio Escipión era fiel todos los días a un extraño ritual; un hábito que seguiría practicando el resto de sus días. Al amanecer, se dirigía al Capitolio, y una vez dentro se sentaba en silencio y pasaba un tiempo solo. Meditando.

Esta costumbre nos recuerda poderosamente a la actitud contemplativa que recomendaba recluirse en el interior de un templo y encerrarse en sí mismo, como forma de encontrar tanto la curación como la sabiduría. Esta práctica tiene un claro origen en Zoroastro y en rituales chamánicos centroeuropeos, que llegaron a través de la influencia mesopotámica y se instauraron en los templos de Apolo, el dios curador.

Polibio
Es importante destacar que esta actitud meditativa de Escipión causó una enorme impresión en sus conciudadanos romanos, menos dados a la introspección, y más al "jolgorio expansivo". De hecho, Escipión se fue labrando una reputación de hombre espiritual, de estirpe divina, cuyos "ensueños" le permitían estar en comunicación con los mismos dioses. Polibio cuenta que en la elección de Escipión como edil curul, a la temprana edad de 22 años, él mismo invocó unos sueños premonitorios que le aseguraban la victoria.

Dos años después, una terrible derrota en Hispana puso a Roma frente al abismo. Con Aníbal venciendo en tierras italianas y el frente hispano perdido, Roma se podía considerar irremisiblemente derrotada.

Escipión


Pero entonces, cuando nadie se ofreció a asumir el mando de las tropas en Hispania, el joven Escipión, con 24 años, se subió a la tribuna de oradores y se postuló como procónsul. Fue elegido entre aclamaciones. Seis años después, con el ejército cartaginés hispano derrotado, sería elegido cónsul. Era el Salvador de Roma.

Por cierto, nos atrevemos a dar un salto en el tiempo. 30 años, nada menos. El héroe Escipión se muere, y lo hace lejos de Roma. Ha abandonado la ciudad después de haber sido acusado de malversar fondos públicos. Rota su alma y su cuerpo, muere sin decir ni una sola palabra, fiel a su costumbre reservada y callada. Pero ordena poner en su tumba el siguiente epitafio: "Patria ingrata, no posees ni mis huesos".

Ese mismo año, el 183 a.C., morirá Aníbal. Su gran enemigo.

Pero volvamos: el joven romano con costumbres orientales y el gran general cartaginés con formación griega iniciaron una lucha enconada que sólo podía acabar con la derrota de uno de ellos. Cartago y Roma tenían a sus héroes, a dos de las principales figuras de la antigüedad clásica. Dos personajes extraordinarios.


El ejército de Aníbal



Aníbal ha cruzado los Alpes y ha vencido a los romanos en sucesivas batallas. En concreto, la batalla de Cannas se considera el ejercicio más brillante de estrategia militar, y es estudiado hoy en día en todas las academias.

Tenía bajo su mando a un ejército multiétnico de mercenarios, en el que destacaban los soldados íberos, tanto en infantería como en caballería. Pero hay un aspecto del ejército de Aníbal poco conocido y, sin embargo, fundamental: su artillería.

El ejército cartaginés utilizaba máquinas de guerra de su invención, como la catapulta o la ballesta gigante. Pero mucho mas mortífera resultaba su primera línea de batalla, formada por especialistas capaces de lanzar proyectiles más lejos, más fuerte y con mejor puntería que cualquier otro ejército. Claro que no disparaban flechas, sino piedras; y no utilizaban arcos, sino hondas.

Aníbal admiraba especialmente a sus 2.000 honderos, todos ellos procedentes de las islas Baleares.

Estos guerreros aprendían a utilizar la honda desde muy niños, de tal manera que, según se dice, no probaban el pan sin antes acertar con el pedazo colocado por su madre sobre la rama de un árbol. Portaban tres tipos de hondas, según la distancia de disparo, y las que no utilizaban se las anudaban a la cabeza. Utilizaban como proyectiles piedras o trozos de plomo que podían pesar hasta medio kilo. Con ellos podían atravesar cualquier armadura. Un hondero podía alcanzar objetivos situados a 100 metros, con una precisión y un daño que sobrepasaba, y con mucho, la de un arquero.

Como anécdota, sepan que cuando Roma quiso apoderarse de las islas Baleares tuvo que acorazar sus embarcaciones forrándolas de cuero, porque los honderos, disparando a la línea de flotación desde la orilla, las hundían. ¿Se lo imaginan?; destrozaban barcos a pedradas.

Las legiones romanas tardaron dos largos años en someter las islas.


La ciudad y el faro de Escipión

Pero volvamos con nuestro joven Escipión, y sus éxitos en Hispania.

El procónsul había decidido acabar con las líneas de aprovisionamiento que llegaban al ejército de Aníbal desde la península Ibérica, y para ello atacó y exterminio al ejército cartaginés en España. Sin la ayuda procedente de Cartago-Nova (Cartagena) y otras poblaciones similares, Aníbal tenía pocas posibilidades de sobrevivir en Italia.

Finalmente, una vez sometida Hispania, Escipión decidió atacar la propia patria de Aníbal, y se dirigió hacia el norte de África. Ello obligará a Aníbal a enfrentarse a Escipión en territorio cartaginés. La audaz maniobra de Escipión ha dado resultado: Roma está a salvo.




Pero antes, fijémonos de nuevo en otra anécdota. Durante su estancia en Hispania, antes y después de la guerra, Escipión se ganará el respeto de los habitantes íberos, y a lo largo de su vida promoverá algunas obras públicas de importancia.





En el golfo de Cádiz se encuentra la desembocadura del río Guadalquivir, uno de los principales ríos navegables de España (en la actualidad, el único). El delta del río forma una gigantesca marisma, llamada Doñana, que, por su situación y clima, se convierte en la principal zona de cría e invernada de Europa. Pero hay algo más: la marisma y sus bosques es zona de cría del felino más amenazado del planeta, el Lince Ibérico, y en ella se encuentra la raza de caballo salvaje más antigua de Europa, el "Caballo de las Retuertas". Además es hogar de ciervos, nutrias, lirones, gamos, jinetas, flamencos, anguilas, águilas imperiales, tritones, buitres, halcones, camaleones... su riqueza faunística lo convierte en la mayor reserva biológica de Europa.





Escipión, según algunas fuentes locales, dará su nombre a la población gaditana situada frente a Doñana, y que da entrada al río Guadalquivir: Chipiona. Hablamos de una de las zonas marítimas con más pecios (barcos hundidos) del mundo, ya que hay múltiples afloramientos rocosos en sus aguas, que son muy transitadas desde hace milenios. Esto supuso que desde la antigüedad se decidiera erigir un faro que ayudara a la navegación. El nombre de la ciudad, según algunos (dudosos) cronistas, vendría de "Scipionis turris": la torre de Escipión. Poco conocemos del faro original, pero Estrabón afirmaba que el faro de Chipiona casi podía semejarse al mítico Faro de Alejandría.

El faro de Chipiona, en la actualidad, es una impresionante obra civil de mediados del siglo XIX; el faro más alto de España, el tercero de Europa y el quinto del mundo. Sus 70 metros de altura se construyeron utilizando "piedra ostionera", una piedra típica de la provincia de Cádiz, de origen sedimentario y formada por restos de conchas marinas y piedras erosionadas del mar. Resulta fascinante la (fatigosa) subida por el interior del faro, donde se puede acariciar la roca repleta de restos de crustáceos como conchas o nácar. Desde lo alto, las vistas del Parque Nacional de Doñana y del Guadalquivir son impresionantes.

Como símbolo, la luz del faro de Chipiona era lo último que se divisaba de la costa española cuando se viajaba al Nuevo Mundo. Hoy en día se utiliza como baliza por los aviones, ya que es uno de los 20 faros aeromarítimos de España.

Pero he de ser honesto, y no puedo ocultar que el nombre de Chipiona (donde nació mi madre) tiene en realidad su origen, con casi total seguridad, en la figura del cónsul Quinto Servilius Caepión, un personaje poco menos que detestable.

Caepion, Incapaz de vencer al líder lusitano Viriato, logró su muerte sobornando a tres lugartenientes durante una tregua. Lo asesinaron mientras dormía. Por este hecho cobarde Roma le negó los honores del triunfo, y fue conocido Caepión como el "Cónsul sin honor". Posteriormente, se apropió supuesta e indebidamente de los tesoros del templo de Tolosa. Por último, su manifiesta negligencia supuso la muerte de 150.000 soldados romanos en la batalla de Arausio.

Terminó sus días en el exilio y despojado de la ciudadanía romana.

Espero que me perdonen mis conciudadanos chipioneros, pero la historia no siempre responde a lo que uno desea.


Los cuatro protagonistas de Zama


Estamos en el norte de Africa. En el 202 a.C. Aníbal y Escipión se enfrentan por primera y ultima vez. Pero algo extraordinario sucede. Pocas horas antes de la batalla Aníbal envía un mensajero a Escipión: quiere entrevistarse con él.

Ambos generales adelantaron sus campamentos para facilitar el encuentro, hasta una distancia de 5 kilómetros. Tito Livio cuenta que "a media distancia entre ambos se eligió un sitio bien visible para que no hubiese lugar a una emboscada. Dejaron los hombres armados a igual distancia y se acercaron" ¿Se imaginan la intensidad del momento? "Guardaron silencio unos instantes, mirándose uno a otro como sobrecogidos de admiración mutua".

Aníbal, que seguro sabía que tenía la batalla perdida, hace un último intento para evitar la debacle: "tengo miedo de tu juventud y de tu ininterrumpida buena estrella, dos cosas que suelen inspirar mayor arrogancia de lo que requiere una negociación serena"

La réplica de Escipión es implacable: "preparados para la guerra, ya que no pudisteis soportar la paz"

Hablo de los cuatro protagonistas de Zama. ¿Por qué cuatro, y no dos?

Una vez más, proponemos un giro a la historia, y dos personajes anónimos aparecen. Se trata de dos profesionales de la traducción, dos intérpretes. Dos colegas de hace 2.200 años.

En efecto, Aníbal y Escipión iban acompañados de intérpretes. Es extraño, puesto que Aníbal debía de entender el latín, y sin duda ambos hablaban griego. Habría sido interesante contar con unas actas de lo que realmente se habló durante la entrevista; algunos autores hablan de un acuerdo encubierto entre Escipión y Aníbal, que sirvió para terminar con un conflicto de la manera menos gravosa para ambos. Pero ello implica que Aníbal cometió errores estratégicos durante la batalla a propósito, sacrificando la vida de miles de hombres. Y es algo difícil de creer.

La batalla de Zama puso fin a la segunda guerra Púnica.


Final: elefantes para una película




Hollywood está rodando una película sobre Aníbal, y se cuenta con un gran presupuesto. El productor le muestra orgulloso al director los 40 elefantes que solicitó para la batalla de Zama.

- ¿De dónde ha sacado tanto elefante? - pregunta el director.

- De zoológicos privados y públicos, circos... ¿Sabe?, Estados Unidos es el país con mayor número de tigres del mundo. Es como para estar orgulloso. Tenemos de todo.

El director se calla su opinión. Tiene los elefantes que quería, y podrá grabar con imágenes reales, no generadas por ordenador. Está satisfecho.

Se dirige a un enjuto personaje que está leyendo el guión sentado en una silla. Es un experto en historia antigua, que les asesora sobre la época. Acaba de llegar al rodaje, y le cae bien; aunque es un tanto excéntrico.

- ¡Qué le parece, profesor! ¡Impresionante!

El anciano levanta la cabeza de la lectura, y observa la enorme concentración de paquidermos.

- Muy bonito, sí. ¿Para qué son?

El director se lo queda mirando, nervioso.

- Son elefantes, profesor ¡Elefantes! ¡Vamos a recrear la batalla de Zama, y hemos reunido 40 elefantes africanos!

- Pero Aníbal no utilizó a estos animales. Sus elefantes eran muy distintos.

- ¿Cómo dice?

- Aníbal utilizaba elefantes de la especie "Loxodontia Africana Cyclotis". Elefantes de bosque, procedentes del norte de Africa. Del Sahara. Eran mucho más pequeños, apenas si alcanzaban los 2,30 de altura. Están extinguidos, ¿sabe? Una lástima. No se parecían a estos enormes animales que ha traído. No le sirven.

El director mira angustiado a los 40 elefantes. El profesor se levanta y le da una amable palmadita al hombro mientras señala el cuaderno del guión.

- Piense además en el asunto del cincel. Yo no estoy seguro de cómo abordarlo. En el guión no se menciona ¿No le parece un problema?

El director lo mira como si se hubiera vuelto loco

- ¿El cincel? ¿Qué cincel?

- El conductor del elefante, el mahout, llevaba siempre un cincel y un martillo. Por si el el animal se asustaba.

- No le entiendo.

- Verá. El elefante es un animal imprevisible, sobre todo si no está bien entrenado ni gobernado. A menudo provoca estragos entre sus propias tropas si se desmanda. Por eso lo del cincel.

- Explíquese.

- Un elefante asustado podía significar la muerte de decenas de combatientes aliados. El mahout debía de acabar con su vida de inmediato. Con su martillo y cincel golpeaba salvajemente el cuello del animal hasta que le cortaba la espina dorsal. Debía frenar la estampida. A menudo el conductor fallecía aplastado cuando el animal se derrumbaba.

El director siente que se marea.

- No pretenderá que muestre algo así en pantalla. La MPAA nos va a dar una calificación -17. Sería un desastre para la taquilla. En América no matamos así a los animales. No en el cine.

- Me han contratado para que les explique la realidad de hace 2.200 años. Me han pedido que colabore en hacer una película realista. ¿Quiere que le explique cómo murió la primera fila de combatientes cartagineses, o cómo fue la acometida de la caballería númida por la retaguardia? ¿Los problemas de movilidad causados por la sangre y los cadáveres? 20.000 muertos merecen esa calificación -17 de la que habla. Fue una masacre horrible. No cuente con hacer una película para todos los públicos.

- Pero...

- Y debería cambiar su guión. La noche anterior a la batalla los romanos estuvieron abrillantando sus escudos, corazas y cascos. Escipión les había ordenado bruñir a conciencia todo el metal. Esta batalla se ganó con trapos y cera, no bebiendo junto a una hoguera.

- Eso no puede ser. Los asteros...

- Ah sí, ya he visto a esos actores musculosos que pretende poner en primera línea de batalla. Sepa que en realidad eran hombres muy jóvenes y pobres. ¿Sabe que se ponían plumas en el casco para aparentar ser más altos? Si quiere mostrar la realidad, a los verdaderos héroes de Zama, tendrá que realizar más cambios en el guión ¡Se han olvidado de los músicos!

A estas alturas, el director sólo escucha.

- Verá: Escipión colocó en primera fila de batalla no a soldados musculosos, sino a una numerosa banda de músicos, armados de cuernos y trompetas. Cuando los cartagineses atacaron con sus ochenta elefantes los músicos provocaron un estruendo de mil demonios. Además, los soldados, con sus metales relucientes, consiguieron deslumbrar a los animales. Todo esto provocó una estampida de elefantes, que retrocedieron asustados. Eran elefantes recién capturados, no veteranos curtidos en batallas. Tampoco los conductores tenían demasiada experiencia. Hubo una auténtica masacre, sobre todo en el ala izquierda.

"Un musical", piensa el director; "un musical gore es lo que pretende este tipo".

El productor se acerca.

- Han llamado de Los Ángeles. Que cuándo empezamos a rodar.

Pero el director piensa en otra cosa. Piensa en músicos, en soldados con delantal sacando brillo, en hombres golpeando hasta la muerte a animales asustados. Se dirige al profesor:

- ¿Hay algo más que deba saber?

El anciano reflexiona.

- En realidad, sí....



Antonio Carrillo

miércoles, 9 de febrero de 2011

Curiosidades del lenguaje: historia. Los primeros intérpretes



Los primeros intérpretes.



Es difícil responder a la pregunta de cuándo se produjo la primera interpretación; pero nos sirve de excusa para bucear en la memoria de nuestra especie y visitar lugares fascinantes.

Podemos empezar con una visita a los montes Zagros, al oeste de Irán, cerca de la ciudad de Bisistun. Allí, en la ladera de un acantilado, a cien metros de altura, hallamos una inscripción que mide unos 15 metros de alto por 25 de ancho. Recibe el nombre de "la inscripción de Behistún",y es prácticamente desconocida.

Sin embargo, gracias a este monumento fundamental, erigido por el rey persa Darío I y recientemente declarado patrimonio de la humanidad, hemos podido traducir los textos más antiguos de los que tenemos noticia fehaciente, textos escritos sobre tablillas de arcilla en una lengua olvidada hace miles de años.

En efecto, lo que convierte esta inscripción en un hallazgo extraordinario es el hecho de que está redactada en tres idiomas: persa antiguo, elamita y babilonio. Gracias a su existencia, y a la decisiva intervención del oficial británico Sir Henry Rawlinson, hemos sido capaces de recuperar del olvido las voces sumerias en que la humanidad escribió sus primeros textos, hace 5.500 años. (Por cierto, durante la segunda guerra mundial la inscripción fue utilizada para hacer prácticas de tiro; un signo triste de los tiempos en que vivimos).

Algo parecido sucedió con el descubrimiento en 1799 de la famosa Piedra de Rosetta, que desveló  los secretos del antiguo Egipto. ¡Qué tesoros oculta la lengua etrusca, o la minoica, a la espera de su ”piedra de Rosetta”! ¡Qué tragedia es la pérdida de un idioma! Una lengua muerta encarna la muerte de una cultura, de un universo arquetípico y simbólico, de una filosofía irremplazable. Conviene recordarlo en estos tiempos de uniformidad y empobrecimiento cultural, en los que la UNESCO prevé la desaparición inmediata de 6.000 lenguas, el 50% de las que se hablan en el planeta. Un desastre, una pérdida, que nos afecta a todos por igual.

Hemos acordado que la grafía marque el comienzo de la historia, pero es cierto que la expresión escrita no es condición necesaria para que haya civilización. Muchas culturas fueron – y son - ágrafas y, sin embargo, lograron avances técnicos y disfrutaron de un riquísimo bagaje cultural, que transmitían de forma oral. La escritura es un gran invento, qué duda cabe, pero ya antes de su aparición la humanidad había creado universos simbólicos de gran complejidad, y un amplio compendio de conocimientos a lo largo del planeta. Al fin y al cabo, en nuestro largo deambular como especie la escritura ha ocupado un brevísimo soplo final. Durante 145.000 años fuimos capaces de prosperar sin ella.

Sin escritura sí, pero no sin habla. La expresión oral es patrimonio y condición del humano, hasta tal punto que durante los primeros años de desarrollo neuronal, el habla, junto con el desarrollo de habilidades motrices, agota buena parte de la energía que ingerimos. Nuestro cerebro se estructura para poder hablar.

Tenemos que retroceder incluso más allá de la escritura, a los primeros contactos humanos entre civilizaciones, bien sea con fines comerciales, bien como consecuencia de conquistas y agresiones. En este sentido, y ya que la guerra parece haber sido un importante factor de “encuentro” entre distintas culturas, podríamos centrar nuestra atención en los primeros vestigios de murallas.

En el valle del Jordán encontramos las ruinas de la antiquísima ciudad de Jericó. Sus famosas murallas se alzaron hace más de 10.000 años, y tenemos constancia de la existencia de flechas, cereales o ladrillos de adobe. Este asentamiento, en el que se adivina una especialización del trabajo y la existencia de una clase dirigente, debía tener relaciones comerciales con otros enclaves, y sería necesario el aprendizaje de distintas lenguas (una labor de interpretación) si se quería llegar a un acuerdo con ellos. Además, la diplomacia como actividad que procura conseguir tratados de paz jugaría un papel importante; al fin y al cabo, hablamos de una zona en la que las corrientes migratorias indoeuropeas (hititas, carios, aqueos, micénicos…) impusieron un sistema de producción basado en la violencia, la rapiña y la captura de esclavos. Por ello se alzaron unas imponentes murallas en muchas ciudades, como Jericó.

Hoy el lugar, cercano a Jerusalén y al fascinante mar muerto, acoge antiquísimos monasterios ortodoxos. En concreto, nos interesa el más próximo a Jericó, pues tiene una enorme importancia simbólica: se erige sobre el lugar desértico que escogió Jesús para ayunar 40 días y 40 noches, antes de entrar en Jerusalem. Es una paradoja que Jesús meditara sobre la paz sobre los restos de las murallas de Jericó, símbolo de la guerra.

Pero permítasenos que desviemos nuestra atención, una vez más, hacia otros asentamientos humanos en los que la guerra no parece ser la regla, sino la excepción. Hablamos de lo que los arqueólogos denominan “la vieja Europa”.  Es el nombre de diversos pueblos neolíticos (entre ellos las culturas de Hamangia, Varna, o Cucutemi), que habitaron durante milenios la Europa Centro-oriental y la península helena; culturas en las que no encontramos evidencias de conflictos bélicos, producción de armamento o culto a caudillos guerreros. No hay murallas, restos de armas ni vestigio alguno que nos haga pensar en el uso de la violencia.

Muy al contrario, de las pruebas arqueológicas se deduce que eran gentes esencialmente pacíficas; se dedicaban a la agricultura y obtenían grandes excedentes producto de una tierra fértil. Los poblados crecieron hasta convertirse en las mayores agrupaciones humanas del neolítico, con más de mil edificios, algunos con varias alturas, como el que muestra la imagen: un modelo en arcilla de un edificio de hace 7.000 años que se encuentra en el Museo de Historia Nacional de Rumanía.

De la actual Rumanía hasta más allá de la Anatolia turca (Catal Hoyuk), tenemos pruebas de que nuestra especie vivió un periodo de paz y prosperidad, fruto de sociedades igualitarias en las que la mujer tenía un papel preponderante y se rendía culto a la Diosa Madre; una filosofía de vida que culminó en la única gran civilización pacífica de la antigüedad: la talasocracia minoica, la Atlántida de Platón. Todo este espejismo de paz y concordia acabó definitivamente con la terrible explosión de un volcán en la isla griega de Santorini, hace unos 4.500 años. Desde entonces, la guerra, ya sean los acuerdos de paz o las condiciones de una rendición, han ocupado a intérpretes y traductores.

Pero no hemos acabado. Nuestro primer intérprete lo situamos mucho más lejos en el tiempo.

Estamos en un tiempo en el que nuestra especie no conoce la agricultura ni la domesticación de animales. Ha pasado por momentos muy difíciles: hace unos 75.000 años, la explosión del supervolcán de la isla de Toba dejó a la raza humana con apenas 5.000 parejas reproductoras, en lo que se denomina un “cuello de botella demográfico”. Fue una suerte que sobreviviéramos a una catástrofe de esas dimensiones, a la mayor explosión registrada en la Tierra durante los últimos 25 millones de años.

Los humanos tuvimos que volver a empezar desde nuestros orígenes, de nuevo en África. La explosión de Toba concentró nuestra riqueza genética hasta un punto peligroso para la viabilidad de la especie, y ello nos obligó a unas prácticas culturales en las que ritualizamos el intercambio periódico de las hembras, costumbre que continuaría vigente en las pocas sociedades cazadoras – recolectoras que estudiamos en el siglo XX.

Hace 55.000 años el clima era muy distinto. El Sáhara, por ejemplo, no era un desierto, sino un amplio espacio verde en el que cazábamos grandes presas. La Tierra sufre glaciaciones que hacen prácticamente inhabitable el extremo norte del planeta; aunque nuestra especie ha repoblado casi la totalidad del mismo, adaptándose a las condiciones más extremas. Hemos cambiado el color de la piel y nuestra morfología, adaptándola al entorno. A este fenómeno lo llamamos fenotipo.

Otros humanos, distintos a nosotros, viven y prosperan en Europa. Ellos también hablan, dominan el fuego y entierran a sus muertos. Se han encontrado pétalos de flores en la tumba de una niña pequeña. ¿Los puso su madre? Con el tiempo, la competencia que representa nuestra especie, junto con el progresivo calentamiento del planeta, acabarán provocando su extinción. El último Neanderthal verá anochecer desde los acantilados de Gibraltar, hace sólo 20.000 años.

Las tribus humanas se componen aproximadamente de unos 60 miembros. No hay jerarquías claras, aunque es muy probable que fueran sociedades matriarcales. No hay líderes más allá de la habilidad reconocida por el resto: el hombre que mejor caza dirige a los demás en las expediciones, pero su primacía desaparece en cuanto vuelven al campamento. Las mujeres se ocupan de buscar raíces, frutos o pequeños animales. Ellas aportan buena parte de la comida que la comunidad consume. Se venera a la Diosa Madre, a la naturaleza con la que se vive en armonía, y la violencia entre humanos no se tolera, siempre que la región ofrezca recursos suficientes para las poblaciones que conviven en ella. La tribu dedica unas 6 horas a procurarse alimento, confeccionar ropas o cuidar del fuego. El resto del tiempo lo dedican a jugar con los niños, una tarea en la que todos participan, a educarlos o a fomentar las relaciones sociales en el entorno. Son felices y procuran la felicidad de sus semejantes.

Si ha habido una edad de oro de la humanidad, posiblemente asistamos a la misma.

Periódicamente grupos humanos se encuentran, formando agrupaciones de varios cientos de individuos. Se aprovecha para intercambiar mujeres en edad de procrear, en ceremoniales felices y consentidos por todas las partes implicadas. Con ello se asegura que la carga genética se refresque con combinaciones siempre nuevas, diferentes. En ocasiones las reuniones son mayores, y son miles los individuos que se encuentran. Se intercambian experiencias, recuerdos o aprendizajes.

Asistimos a una reunión enorme, de casi 2.000 personas. Una anciana de 40 años se muestra nerviosa, cree haber distinguido un rostro que no veía desde hace 25 años. El de una hija.

En efecto, es ella. Al principio no se entienden. La distancia y el tiempo ha hecho que la hija adopte usos lingüísticos distintos de los que aprendió de niña. Sin embargo, recuerda bien a su madre, y necesita poco tiempo para que vuelvan las palabras de su niñez.
La hija, que está embarazada, le muestra orgullosa a sus dos nietos: un chico de 9 años y una niña de 4. Los chiquillos no entienden bien a la mujer mayor, que los colma de besos; la madre hace de intérprete.


Así es como imagino la primera labor de interpretación, hace 55.000 años.


Antonio Carrillo Tundidor