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miércoles, 6 de abril de 2011

Libro recomendado: "escribir ficción" Edith Wharton



 
Título
Escribir Ficción
Autora
Edith Wharton
Editorial
Páginas de Espuma
Traducción y prólogo
Amelia Pérez de Villar
ISBN
978-84-8393-082-3



Queda dicho: voy a recomendar un libro del que sólo he leído el prólogo, apenas 9 páginas. Acaba de llegar a mi mesa, y no me ha dado tiempo a más; pero he sentido el impuso de escribir, y a esta compulsión respondo.
Justo al terminar el prólogo me vino una imagen: la de un joven escultor florentino que se levanta antes de que amanezca. Se dirige a un patio interior que utiliza como taller, bombea del pozo un cubo de agua y espera sentado a que amanezca. Permanece quieto, mirando una enorme pieza de mármol, una roca blanca situada en el centro del patio que ilumina la luna.
Nadie ha querido esculpir sobre esta piedra, porque tiene imperfecciones, sobre todo en su lado izquierdo. Amanece. El joven se sube a una escalera y lentamente deja que el agua empape la piedra. Los primeros rayos de la mañana, junto con el agua derramada, permiten escudriñar el interior marmoleo, en la búsqueda de pequeñas burbujas de aire, vetas casi imperceptibles o sutiles desperfectos. El joven acaricia la piedra, como lleva haciendo desde niño cuando ayudaba en una cantera cerca de casa. En ese momento está solo, la piedra y él. El tiempo fluye despacio, como el agua.
El joven se llama Miguel Ángel, y está apoyando su frente sobre lo que acabará siendo – sobre lo que ya es -  su “David”.



Amelia es traductora, cierto. Y de las mejores. Pero es escritora por encima de todo, y por eso le bastan nueve páginas para transmitir toda su pasión por la escritura, su conocimiento arcano de la palabra y el silencio, del tiempo y la pausa, su desprecio por lo banal y efímero. Amelia ha debido recibir un hechizo en algún momento de su vida, posiblemente de muy joven, porque conoce el misterio de la voz que se traza sobre papel. Los escritores primero escuchan, se muestran atentos a lo que les rodea, se empapan de imágenes y sonidos. Pero siempre acaban solos con ellos mismos, en un soliloquio con un buen amigo, y les llegan palabras de muy adentro. De donde realmente nacen las palabras.
Hay prólogos que te obligan a seguir leyendo, los hay que incluso justifican por sí mismos la compra de un libro. En su prólogo al Diccionario de Filosofía, Fernando Savater realiza una descripción magnífica de lo que significa “vivir la filosofía”, ser filósofo. El prólogo de Amelia pertenece a esta categoría, y por ello escribo estas líneas. 
Es muy de agradecer la labor que está realizando la editorial “Páginas de Espuma”, atreviéndose a publicar textos como “Escribir Ficción”; pero además es necesario resaltar la justicia que representa el que se cite en la portada el nombre de la traductora. “Justicia” es dar a cada cual lo que merece. Es en estos detalles en los que se adivina la labor de un editor comprometido con la cultura y la excelencia.
Es en estos pequeños detalles en los que deposito la esperanza por un futuro mejor, en el que personas como Amelia Pérez de Villar obtengan el reconocimiento que merecen, y mis hijos puedan al menos tener la oportunidad de optar por la sutileza frente a la estulticia, por el matiz frente al barullo embrutecedor en el que estamos inmersos. 

Antonio Carrillo Tundidor   

lunes, 21 de marzo de 2011

Libro recomendado: "El fin de una época"



 El Periodismo según Iñaki Gabilondo






Titulo
El fin de una época
Autor
Iñaki Gabilondo
Editorial
Barril Barral
ISBN
978-84-937707-4-7






El año 2010 asistimos al cierre de CNN+, una cadena de televisión que dedicaba las 24 horas al análisis de la actualidad. Justo Instantes después de que dejara de emitir sus informaciones, sus reportajes o sus entrevistas, el país entero perdió un poco de libertad. Cuando un periódico, una radio, un espacio informativo en internet o una cadena de televisión calla, se silencia a un periodista, y todos nos volvemos un poco más sordos sumidos en el estruendo de la basura.

Sobre todo, si lo que sustituye al periodismo, a la información y la opinión, es la imagen repetida de un joven que dormita a las 11 de la mañana, o la charla intrascendente de unos ciudadanos que concursan en un programa intrascendente. Es un insulto a todos, una vergüenza de la que somos responsables todos, una tragedia para todos que todos nos hemos buscado.

Unos meses después, el periodista más conocido de CNN+, y posiblemente de España, publica un libro con el título "El fin de una época". Y uno espera que abra la caja de los truenos.

Pero Iñaki Gabilondo viene a poner cordura y templanza donde otros ponemos encono, y analiza desapasionadamente el estado actual de la profesión periodística. No descalifica, sino desbroza razones que expliquen la situación que vivimos. Periodista hasta que muera, Gabilondo propone una reflexión en el plano axiológico sobre lo que supone informar, sobre la industria del periodismo y los criterios economicistas que han monopolizado todo, hasta ahogar al mismo aire.

Los periodistas, nos dice Gabilondo, vigilan mas el numero de oyentes o lectores que la verdad de lo que cuentan. Al fin y al cabo, las empresas periodísticas tienen que ganar dinero, porque tener beneficios es la finalidad última de una empresa privada; y el número de oyentes o lectores tiene un reflejo inmediato en los ingresos publicitarios.

El problema es que la información en sí, el oficio periodístico, está sujeto a unos principios básicos que, si no se cumplen, desvirtúan su cometido. Un periodista trabaja para un empresario, pero él no es empresario. A menudo es lo contrario a un empresario. Donde uno busca beneficios, el otro busca la verdad.

Gabilondo se muestra tajante: si eliges esta profesión es porque te importan los demás, porque tienes la intención de servir a la sociedad. No se comienza la carrera de periodismo pensando en hacerse rico. Al menos no en su época.

Te tiene que interesar el ser humano, las distintas realidades que nos conforman y los distintos puntos de vista. Un periodista tiene que tener una visión holística, no parcial, y debe formarse durante toda su vida viajando, leyendo, acudiendo a conciertos o escuchando a los demás con auténtico interés. Con los únicos con los que conviene poner algo de distancia es con los que ostentan el poder. El periodista no trabaja para ellos, sino para informar de lo que ellos hacen. Sobre todo si lo hacen mal.

El periodismo no es el primer poder. No legisla, juzga ni gobierna. En una de las pocas referencias personales que Gabilondo hace en el libro, afirma que Pedro j Ramírez podría haber sido el mejor periodista del país si se hubiera dedicado a este oficio, pero se ha dedicado a otro: al oficio de querer mandar sin presentarse a las elecciones. Hay periodistas endiosados que creen conocer lo que el pueblo necesita mejor que el propio pueblo, en la izquierda y en la derecha. Se los distingue enseguida: son los que más gritan.

Es importante diferenciar la opinión de la información, y es inadmisible que un periodista contamine los datos objetivos con prejuicios ideológicos. Es el ciudadano el que se forma su propia opinión; el periodista sólo es un cauce que permite que la información llegue a su destino lo más veraz y contrastada posible.

En otra breve mención personal, Gabilondo se refiere a la conocida anécdota de Jiménez Losantos con el Loco de la Colina. Han proliferado vociferantes provocadores cuya intención última es la de ganar dinero, a costa de perder algún que otro juicio por infamias o atentar contra el honor ajeno. Para ellos es un precio barato. Y lo que afirmo no se circunscribe a una ideología de derechas: también la izquierda tiene a sus profetas de la intransigencia. Es un mal que nos acorrala por todos lados.

Y por si todo esto fuera poco, existe otro enemigo inexorable: la sociedad de la inmediatez, de las prisas y titulares, en la que la información se suministra con pequeñas píldoras, fáciles de tragar. Es una realidad de teletipos que envejecen nada más salir, de guerras en directo. No hay tiempo ni paciencia para el análisis, para escudriñar el porqué de las cosas. Se nos tiene que dar todo mascadito, como si fuéramos bebés con su primer puré. Si no interrumpes no se te escucha. El Loco de la Colina ¡qué recuerdos! está más solo que nunca con sus silencios.

Y, sin embargo, estamos en crisis, cierto, pero perduraran los valores. Gabilondo afirma que la profesión de periodista exige tiempo, objetividad, empatía y desinterés económico; y será siempre así. No hay alternativa posible. Pasaran estos vientos de miedo y urgencias y volverá el periodismo. Con otra cara, otros formatos.... pero será periodismo. Incómodo para el poder y el dinero.

Para entonces se habrá asentado una realidad con matices importantes, como lo que ha supuesto el fenómeno de Wikileaks. El poder no podrá disponer del secreto como arma de desinformación masiva.

Será el momento de otro Gabilondo, de otro Luis del Olmo, de otro Carlos Mendo. Del periodismo.

Ojalá llegue pronto.

Antonio Carrillo Tundidor.

 

domingo, 20 de marzo de 2011

Libro recomendado: Biografía de la Tierra



Biografía de la Tierra: Francisco Anguita


Título
Biografía de la Tierra
Autor
Francisco Anguita
Editorial
Aguilar
ISBN
84-03-09277-6









Recomendar un libro de ciencia constituye un riesgo. Si el libro es sobre geología, es un suicidio para un blog. Y, sin embargo, en ocasiones la ciencia resulta tan emocionante como una novela, tan divertida como una película de Ciencia Ficción; depende  de cómo esté narrada la historia.

El profesor de la Complutense Francisco Anguita nos ofrece un libro lleno de anécdotas, de datos sorprendentes, de informaciones inauditas. La realidad, el pasado, la historia geológica de nuestro planeta atesora tal cantidad de sorpresas que, francamente, nada de lo que la ficción pueda mostrarnos lo iguala. A menudo resulta difícil de creer.

Como se indica en la portada de este fabuloso libro, la biografía de la Tierra es la historia de un planeta singular. Lo que les cuento a continuación, créanselo, son pequeñas perlas de ciencia, asombrosas e increíbles. En el libro hay muchas más. Asómense a él.

La formación de la luna y la duración de los días.

Al principio, en la tercera órbita de nuestro sistema solar había no uno, sino dos planetas. Uno tenía aproximadamente el tamaño de Venus; el otro, más pequeño, tendría el tamaño de Marte. Estos dos planetas acabaron colisionando, en lo que tuvo que ser un espectáculo increíble. Casi toda la masa se fundió en un único cuerpo, pero una parte importante de materia quedó en la órbita del planeta hasta formar un gigantesco satélite: la Luna.

Imagen de ohmybits.com








La luna al principio orbitaba a unos 25.000 kilómetros; es decir, quince veces más cerca que en la actualidad. ¿Se imaginan una noche con una luna 15 veces más grande en el horizonte? Llenaría el cielo. Nuestro planeta se vería sometido a una atracción gravitatoria increíble, que afectaría a su superficie: un océano de fuego de 1.000 kilómetros de profundidad. Su velocidad de rotación sería enorme: un día duraba cuatro horas. El sol cruzaría por el cielo girando sobre sí mismo a gran velocidad. Todo esto está confirmado por un reloj biológico, similar a los anillos de los árboles: los depósitos calizos de los fósiles de coral. Por ejemplo: sabemos que hace 550 millones de años el día duraba 21 horas.

El Gran Bombardeo Terminal


Uno de los sucesos más extraños se produjo hace 3.900 millones de años: la Tierra y el resto de los planetas interiores sufrieron un súbito bombardeo de miles de asteroides. Lo extraño es que la Tierra ya tenía 600 millones de años, y se deberían haber acabado estos choques propios de los primeros tiempos. La luna muestra las heridas en un 80% de su superficie. En la tierra los impactos fueron brutales, al punto que en ocasiones todos los océanos hervían por los impactos, y la atmósfera alcanzaría los 1.700Cº durante miles de años. En estas condiciones ¿Cómo pudo surgir la vida? Porque la paradoja es que, mientras estas catástrofes se sucedían, hace 3.900 millones de años ya había vida en la Tierra.

El nacimiento de la vida


¿Dónde germinó la vida? Los cometas que nos bombardeaban suministraban aminoácidos, que constituyen los ladrillos para la vida. Pero el ambiente parece demasiado hostil para que prospere. La teoría de que la vida surgió en una charca cálida cercana a la superficie y bañada por el sol ya no se sostiene. Este ambiente distaba mucho de ser idílico. Periódicamente, la acometida de asteroides de 200 km de diámetro debía acabar con todo rastro de vida cerca de la superficie. ¿Acaso la vida se rehizo de la catástrofe una y otra vez, siempre adoptando fórmulas distintas? ¿O hay que buscar en otros lugares?

Otra teoría conocida afirma que la vida proviene del interior de los cometas que nos visitaron. En este caso el problema es el mismo: explicar cómo pudo sobrevivir a las condiciones extremas del Gran Bombardeo Terminal.

La respuesta puede que nos la dé el árbol genealógico de los seres vivos. Se sabía que cuanto más retrocedemos en el tiempo, las formas de vidas son más simples; pero en 1981 se descubrió además que cuanto más nos acercamos a los orígenes (a las raíces) del árbol, más sube la temperatura. La vida más primitiva vivía en un ambiente cuya temperatura superaba los 100 ºC. ¿Qué lugar puede ser este?

En los años 70 los humanos nos adentramos en los lugares más desconocidos de nuestro planeta: los fondos oceánicos. Las fosas abisales alcanzan profundidades de 11.000 metros. Conocemos mejor Marte que estos lugares oscuros y misteriosos de nuestro planeta. Hace poco se descubrieron unas formaciones geológicas sorprendentes: unas chimeneas termales desde la que fluye lava y gases incandescentes procedentes del manto. A su alrededor, hay múltiples formas de vidas, que tienen su fuente última de alimento en la energía y los nutrientes procedentes del interior de la Tierra. Por primera vez, encontramos vida que no dependía de la energía del sol. Estas chimeneas termales, protegidas a gran profundidad, pueden ser un lugar a tener en cuenta como lugar en que nació la vida.

La gran catarata del Mediterráneo

Hace 5 millones de años África cerró el Estrecho de Gibraltar, y con el tiempo el mar Mediterráneo se secó. Resulta difícil de imaginar: se podía cruzar de Barcelona a Túnez caminando por el lecho de lo que fue un mar. En las zonas más profundas quedarían depósitos de agua, como lagos; pero la desecación del Mediterráneo es un hecho.

Imagen de infogeologia.wordpress.com


Lo sorprendente es la manera cómo se rellenó: el Atlántico irrumpió por un estrecho camino entre Huelva y Alicante, que provocó una catarata gigantesca que rellenó el Mediterráneo en apenas 50 años. Como resultado, generó un cañón submarino de 200 metros de profundidad y 300 kilómetros de largo. Se descubrió en 1996, y recibió el nombre de “garganta de Valencia”. ¿Se lo imaginan?

Estas y otras muchas historias le esperan en un libro ameno pero riguroso. De la mano del profesor Anguita, asómense al asombroso mundo de la geología.

Antonio Carrillo Tundidor

 

jueves, 10 de marzo de 2011

Libro Recomendado: Castellio contra Calvino





Titulo
Castellio contra Calvino
Autor
Stefan Zweig
Traducción
Berta Vias Mahou
Editorial
El Acantilado
ISBN
84-95359-56-1





:

La editorial El Acantilado ha recuperado la obra de Zweig, sobre todo sus ensayos y biografías, de un olvido de años. Zweig era un autor muy conocido en la España de los 60 por su faceta de novelista, pero había un gran desconocimiento del resto de su producción literaria. Con total seguridad, sus análisis ideológicos no serían del agrado del régimen absolutista franquista.

El libro que comentamos resultaría especialmente incómodo, porque es un manifiesto, furibundo a veces, a favor del humanismo, siempre enfrentado al fanatismo; del individuo frente al poder que procura siempre imponer su criterio. De la tolerancia frente al fanatismo. Este libro es un un intenso llamamiento a la libertad. Es una celebración de la dignidad humana. Es un libro imprescindible.

Castellio es una figura olvidada por la historia, uno de tantos héroes que arriesgaron su vida en defensa de lo que hoy llamamos derechos humanos. No espere encontrar su nombre en enciclopedias; al fin y al cabo, no era más que un humanista, un profesor. Y un traductor, que apenas podía ganar lo suficiente como para alimentar a su mujer y sus hijos.

Enfrente, Calvino. Concentrado en una misión para la que se sentía llamado, siempre en posesión de la verdad, intolerante y sobrio. Sus hombres entraban en los hogares y medían el largo de las faldas, el tipo de adornos en el vestuario de las mujeres de Ginebra. Impuso el terror y la obediencia. Era implacable, tenaz y fanático.

El desencadenante del enfrentamiento entre ambos fue la tortura y muerte del español Servet. Queda para la historia lo que dejó escrito Castellio al respecto:

"Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre"

Con esta frase se resume el libro.

No se pierda este libro. Al final, o al menos quiero creerlo, Castellio se impuso. El futuro le pertenece, pertenece a sus ideas.

De no ser así, no habrá futuro.




Antonio Carrillo Tundidor

domingo, 20 de febrero de 2011

Libro recomendado: Armas, gérmenes y acero

Libro de la semana: “Armas, gérmenes y acero”


TITULO:
Armas, gérmenes y acero
AUTOR:
Jared Diamond
EDITORIAL:
DEBOLSILLO
ISBN:
9788483463260
PRECIO:
9,95 €





A menudo las respuestas más sorprendentes surgen de preguntas simples. El truco consiste en utilizar un poco de sentido común, otra pizca de erudición y un atisbo de intuición. Cuando confluyen estos tres ingredientes en el crisol adecuado, se gana un premio Pulitzer y se adquiere fama mundial. Parece fácil, pero para vender más de un millón de ejemplares de un ensayo es preciso sorprender.

La pregunta sencilla que Jared Diamond se planteó en 1987 fue la siguiente:

¿Por qué Colón "descubrió" América, y no sucedió al revés?

La respuesta más inmediata, que surge casi de manera intuitiva, es la siguiente: los occidentales, con nuestro bagaje histórico, científico y filosófico, éramos y somos la élite del mundo. La prueba la tenemos en la globalización en la que estamos inmersos, que impone unos valores y un estilo de vida occidentalizados a todo lo largo del planeta. Desde hace milenios somos la cuna de las más poderosas civilizaciones, hemos desarrollado el pensamiento científico y alcanzado cotas tecnológicas imposibles de igualar. Nosotros conquistamos el mundo y alcanzamos la luna porque somos mejores y estamos mejor preparados.

Jared Diamond
¿Significa esto que los europeos (blancos) éramos - o somos - más inteligentes que los negros, los incas o los aborígenes australianos? ¿Estamos genéticamente mejor predispuestos para la experimentación, la exploración o la inventiva? Le propongo una travesura; indague en su entorno inmediato, y pregunte: "¿crees que los negros son menos listos, que están más cerca de los monos?"; sorpréndase cuando personas jóvenes, con estudios universitarios superiores, contesten sin empacho que, sin duda, somos diferentes; ellos, los “otros”, claro está, inferiores. "¿Acaso hay un Mozart o un Galileo negro? ¿Qué gran civilización ha prosperado en el África subsahariana, o en Oceanía?"

Simplezas aparte, lo que resulta incuestionable es el hecho de que Colón llegó a América, y como consecuencia el inca Atahualpa perdió un poderoso imperio a manos de un puñado de españoles. Es impensable conjeturar con que hubiera podido suceder lo contrario. Algo debió condicionar la historia de Eurasia hasta el punto de convertir a sus pobladores en dominadores del mundo. ¿Qué diferencia hay entre Eurasia, África y América? La diferencia de inteligencia entre “razas” humanas es una estupidez evidente; entonces, ¿qué otra explicación hay?

Responder a esta pregunta es preguntarnos por nosotros mismos. Por cómo el entorno condiciona lo que somos, lo que llegamos a ser.

Lo primero: la humanidad tuvo su origen en África. Es evidente: nuestros parientes más próximos, chimpancés y gorilas, son originarios de este vasto continente. Después de la explosión de Toba, hace 75.000 años, empezamos prácticamente de nuevo, y nos fuimos expandiendo luchando contra los rigores de la última glaciación, hasta alcanzar todos los lugares del planeta. Hace unos 12.000 años cruzamos los 70 km del estrecho de Bering y poblamos América.

Partamos de una premisa: por entonces todo el planeta atesoraba una megafauna de mamíferos y aves; hablamos de animales de más de 25 kilos de peso. Esta fauna se tuvo que enfrentar al depredador más eficaz e implacable que ha existido: el Ser Humano. En África, nuestro lugar de origen, los animales habían convivido con homíninos (que no homínidos) durante millones de años, tiempo más que de sobra para adaptar su fenotipo a la amenaza humana y adquirir hábitos de defensa o camuflaje que les permitieran sobrevivir. África es hoy la mayor (y única) reserva de grandes mamíferos: elefantes, rinocerontes, hipopótamos, jirafas, cebras, leones, hienas, etc. La explicación es simple: dispusieron de más tiempo. En su mayoría, los africanos son animales salvajes imposibles de domesticar. El animal que causa más accidentes en los zoológicos de todo el mundo es, curiosamente, la cebra, cuyo carácter irascible y propensión a morder desespera a sus cuidadores. De hecho, es muy difícil domesticar y montar a una cebra.

En Eurasia hubo una presencia humana desde antiguo, desde el paleolítico y, en efecto, como consecuencia perduran algunas especies de grandes mamíferos salvajes: ciervos, osos, tigres o elefantes... Lo que diferencia Eurasia de África es el hecho de que cuando se produjo la revolución del neolítico, y descubrimos la domesticación de animales, los humanos pudimos acceder a unos animales más dóciles, y sacar provecho de su leche, su carne, su estiércol o su utilidad como animales de carga. Habíamos acabado con buena parte de la megafauna, cierto, pero la que quedaba fue suficiente para crear especies nuevas adaptadas a las necesidades humanas: vacas, cerdos, gallinas, ovejas....

En América el hombre llegó “tarde”, en el mesolítico; era un cazador extraordinario y pronto exterminó a las fuentes de proteínas que representaban los grandes mamíferos y aves, que no huían de una amenaza para ellos desconocida. Cuando llegó el momento de intentar la domesticación, apenas quedaban animales de más de 25 kilos. Con Oceanía sucedió lo mismo.

Estas condiciones supusieron una “ventaja” que resultó decisiva para los eurasiáticos: comenzaron a ponerse enfermos.

Permitan que me explique: los virus se encuentran, fundamentalmente, en los animales domésticos con los que convivimos; gallinas o cerdos. Eurasia fue un hervidero de enfermedades como el sarampión, la rubéola, paperas, varicela o viruela. Durante milenios, la población se fue inmunizando progresivamente contra multitud de enfermedades que provenían de nuestros animales. Nuestro sistema inmunológico se fue haciendo más fuerte.

Hay otro factor a tener en cuenta, este sí sorprendente por su aparente simpleza: la forma de los continentes. Simplificándolo mucho, Eurasia tiene una orientación este - oeste, mientras que África o América tiene una orientación más vertical, norte- sur.

Se puede representar, muy esquemáticamente, con tres rectángulos.





¿Qué importancia puede tener esta disposición? Lo explicaré con un ejemplo: mi familia es originaria de Cádiz, provincia sita en el sur de España que dista unos 700 Km de mi hogar, Madrid, ciudad situada en el centro de la Península Ibérica. Pues bien, bastan estos 700 km para que la flora de un lugar sea muy distinta de la de otro: fundamentalmente, la mayor exposición a los rayos solares y la templanza que supone la cercanía del mar hace que en el sur nunca se alcancen temperaturas por debajo de 5 grados en invierno; en Madrid, sin embargo, más al norte y a 700 metros de altitud, se alcanzan temperaturas de -10 grados. En consecuencia, la mayoría de las plantas ornamentales que engalanan y aromatizan los patios andaluces (jazmines o damas de noche) son inviables en Madrid. Se mueren al llegar el invierno.

Por el contrario, entre Madrid y Pekín hay una distancia que supera los 9.000 Kilómetros, más de 11 horas de vuelo. Sin embargo, ambas capitales se encuentran situadas en el mismo paralelo 40º, y las semillas que se trasladan desde Pekín fructifican en Madrid.

En consecuencia, si formo parte de una tribu trashumante y he de desplazarme con mis semillas, preferiré una orientación este – oeste, o viceversa, antes que una orientación norte - sur. Un continente con una orientación horizontal facilitará un mayor intercambio de información que uno cuya orientación sea vertical. En efecto, en Eurasia ha habido un continuo movimiento migratorio que ha servido para compartir conocimientos y sacar provecho de los avances tecnológicos desarrollados por otras culturas. Además, también migran los virus, los conflictos bélicos, las sociedades se vuelven dinámicas, emprendedoras y curiosas. Se exploran los océanos.

En 1492 arribaron los primeros europeos al continente americano. Portaban corazas de acero impenetrables para las flechas, iban montados a caballo (un animal originario de la América mesolítica) y disponían de armas de fuego. Llevaban consigo un amplio bagaje en forma de enfermedades infecciosas, y tenían una experiencia de milenios en conflictos bélicos de toda índole.

Lo que sucedió en los años siguientes era inevitable. Pero no fue fruto de unas mentes superiores, ni de unas razas implícitamente más desarrolladas. Los condicionantes geográficos, históricos y meteorológicos explican sin genero de duda el que los europeos nos impusiéramos. No es que fuéramos mejores; tan solo tuvimos la suerte de asentarnos en el mejor de los lugares posibles.

Por ello libros como el de Jared Diamond son imprescindibles: como cura de humildad y para saber colocar las cosas en su justo término. Éste u otros libros similares deberían ser obligada lectura para los jóvenes. No hay humanos superiores, la antropología rechaza el mismo concepto de raza para referirse al homo sapiens. Si no educamos a nuestros jóvenes desde unos valores básicos basados en el respeto y la concordia, podemos acabar abocados a una sociedad de analfabetos morales.

“Armas, gérmenes y acero” de Jared Diamond es una herramienta que nos ayuda a saber lo que somos.

Antonio Carrillo Tundidor

martes, 1 de febrero de 2011

Libro recomendado: “Algo va mal” Tony Judt


“Algo va mal” Tony Judt
TITULO:
Algo va mal
AUTOR:
TONY JUDT
EDITORIAL:
TAURUS
ISBN: 
9788430607969
PRECIO:
19 €



                                       








                                                           
El historiador británico Tony Judt impartió clases en las universidades de Cambridge, Oxford y Berkeley; y fundó en 1995 la cátedra de Estudios Europeos en la Universidad de Nueva York. Fue autor o editor de trece libros, incluido Postguerra (Taurus, 2006), considerado uno de los diez mejores libros de 2005 por la New York Times Book Review, galardonado con el Premio Council on Foreign Relations Arthur Roos y finalista del premio Pulitzer.

El año 2008 le diagnostican esclerosis lateral amiotrófica, una dolencia terrible que provoca su muerte el día 6 de agosto de 2010. El libro que recomendamos supone el legado de un hombre plenamente consciente de que muy pronto va a morir, y se ve obligado a dictar las páginas de este texto desde la penosa inmovilidad de su lecho. A menudo se le entiende con dificultad cuando habla. Mi en ocasiones poco claro dictado, reconoce el autor en los agradecimientos.

Pero algo va mal es mucho más que la herencia de un profesor moribundo. Es un gran libro.

55 críticos y periodistas de la revista literaria y cultural Babelia de EL PAIS votaron Algo va mal como uno de los diez mejores libros publicados en el año 2010. En realidad, consiguió la mayor puntuación entre los libros de ensayo. Un reconocimiento que hace justicia a 219 páginas escalofriantemente claras, inmisericordes y justas. Es un libro que debería calar en la conciencia de los que sobrevivimos a Tony Judt y tenemos la responsabilidad – colectiva e individual – de trazar el rumbo de nuestra sociedad. El libro da comienzo con una frase que de por sí es un manifiesto: “Hay algo profundamente erróneo en la forma en que vivimos hoy”.

En 1976, Erich Fromm planteaba una disyuntiva entre vivir sujetos al “tener” o al “ser”. Tenía claro que lo primero nos conduciría inexorablemente a una realidad egoísta y egotista, a sociedades en las que lo privado se antepondría a lo público y el consumo individual desenfrenado se alimentaría de la pobreza de muchos. Los más desfavorecidos quedarían desguarnecidos mientras unos pocos vivirían una existencia vacía y alienada, en la que confundirían lo que tienen con lo que son. Los bienes materiales tendrían una caducidad cada vez menor, y nos veríamos inmersos en una vorágine de necesidades permanentemente insatisfechas, esclavos de unos deseos que se agotan en sí mismos y generan otros nuevos. Como dice la cita anónima: “no se ha abolido la esclavitud; tan solo se ha puesto en nómina”.

En efecto, hay algo erróneo en la forma en que vivimos. Lo intuimos, tenemos un vacío que se acrecienta, una falta de comunicación social apremiante, un empobrecimiento de los servicios públicos evidente y una merma en educación y salud democrática que apabulla. La sociedad asiste adormecida a casos de corrupción política, al progresivo desmantelamiento del sistema de salud o a un cambio constante de los planes de estudio; siempre a la baja. Siempre más pobres, más igualitariamente mediocres. Más desnudos.

Y, sin embargo, hubo una alternativa; Europa creó a mediados del siglo XX un sistema propio que revolucionó el periodo de posguerra: el Estado de Bienestar. El empuje unitario que supuso la contienda dio como fruto un compromiso implícito de la ciudadanía por construir unas sociedades más igualitarias, en las que los más favorecidos contribuían con sus impuestos a edificar un sistema de Seguridad Social y Salud Pública digno y – sorprendentemente – eficaz. En este marco de garantías democráticas la izquierda más extrema se quedaba en consignas utópicas y sin fundamento, proclamas de intenciones que apenas si sobrevivieron al mayo del 68. Había un acuerdo implícito en buena parte de la clase política europea, conservadora y progresista, en el sentido de que los logros en política social trascendían la orientación del gobierno de turno. Era un logro de todos para todos.

Sin embargo, el sistema adolecía y adolece de claros defectos. A partir de la década de los 80 la riqueza se acrecentó hasta alcanzar niveles nunca vistos, pero ocultaba algo: la riqueza se basaba en la ostentación de bienes materiales superfluos, y la producción de bienes y servicios perdió fuerza frente a las transacciones financieras. A menudo sólo el consumo interno sostenía la economía de un país, pero la producción industrial se externalizó a países con una mano de obra barata y una legislación laboral inexistente. Además, el reparto de la riqueza se quebraba fácilmente durante los períodos en los que la curva económica decaía, y se acrecentaba una brecha insalvable entre una clase privilegiada y otra sujeta a los inevitables vaivenes del mercado. Esta realidad precaria era y es mucho más clara en los países en los que no se ha querido asentar el Estado del Bienestar, como el caso de Estados Unidos o Gran Bretaña. 

El mundo entero asiste hoy fascinado y envidioso a este procaz desenfreno consumista, y las antenas parabólicas de suburbios o favelas vuelcan imágenes de adolescentes obesos, un bochornoso encomio del dinero fácil y un enorme despilfarro de energía. Pero para mantener este nivel de gasto, bajar los impuestos y no disparar el déficit público, los Estados se han ido desprendiendo de activos públicos, y han privatizado servicios tales como la energía, el transporte, la sanidad o la educación.

Durante unos años, Europa se vio favorecida por la llegada de inmigrantes (mano de obra barata) atraídos por la llamada del dinero y el bienestar. El comunismo había caído, y el capitalismo parecía la única respuesta posible. Algunos autores afirmaron que asistíamos al fin de la historia. Durante algunos años las ideas más conservadoras triunfaron, y la desafección por lo público alcanzó cotas insuperables. El Estado debía interferir lo menos posible, lo público era ineficaz y la búsqueda de riqueza y el consumo privado creaban prosperidad a nivel global. La izquierda se quedó sin argumentos y no supo (o no quiso) defender lo público como garantía del reparto de la riqueza. Los sindicatos, dependientes de las subvenciones públicas y con pocos afiliados, han perdido todo protagonismo; y las voces de los intelectuales que claman por una pérdida de valores, de calidad democrática o de nivel educativo se ahoga en un desierto sonoro estruendoso: el de un internet y unas redes sociales en aumento frente a un periodismo escrito en claro retroceso. Nos guste o no, es la realidad que nos ha tocado vivir, una realidad frenética de mensajes telefónicos y titulares fugaces. Una realidad efímera.

Por último, todo el sistema se ha visto sacudido por una crisis económica sin precedentes, y que está provocando una convulsión anímica que sorprende y preocupa a los expertos. En efecto, la crisis ha dejado en evidencia a esta sociedad adocenada, compuesta por individuos laxos, analfabetos funcionales incapaces de afrontar ni asumir una merma de su poder adquisitivo, ciudadanos que confiaron en las recetas milagrosas y lisonjeras, envueltas en papel de regalo, provenientes del sistema financiero y bancario. Sujetos que Son lo que Tienen, y para los que la pérdida de la Cosa significa la pérdida del Ser. Erich Fromm lo predijo, y se han cumplido sus peores expectativas. La crisis nos ha mostrado lo que somos.

Faltos de recursos morales, se acrecienta el miedo, la desesperanza y la apatía. Se intenta convertir al inmigrante en malhechor, y molesta que disfruten de las mismas garantías sociales de las que disfrutan “los nuestros”. Judt lo expresa con rotundidad: “Por decirlo sin ambages: a los holandeses e ingleses no les entusiasma compartir sus Estados de bienestar con sus antiguos súbditos coloniales de Indonesia, Surinan, Pakistán o Uganda; entretanto, a los daneses, como a los austríacos, les agravia “mantener” a los refugiados musulmanes que han llegado a su país en gran número en los últimos años”.        

En diciembre de 2010 el Parlamento Europeo votó un posible recorte de Derechos Fundamentales a los inmigrantes, y en varios países se han producido expulsiones que claramente son contrarias a la legislación internacional en materia de Derechos Humanos. Las condiciones laborales se han endurecido de facto, y no es extraño encontrarse a trabajadores del sector de la hostelería cumpliendo horarios de 12 horas diarias por un mísero salario. Los niveles de desempleo crecen de manera alarmante y, por primera vez en décadas, nos enfrentamos a una situación inusual: la de una generación de jóvenes que tienen peores perspectivas de futuro que sus padres. La adquisición de una vivienda es una entelequia para la mayoría de ellos, y en países con déficit democrático se están produciendo las primeras manifestaciones violentas protagonizadas por jóvenes sin perspectiva de futuro (como Egipto o Túnez).

Tony Judt no ofrece una solución clara. Lo cierto es que no la hay. El Estado de Bienestar se enfrenta a un reto que parece insuperable: en la mayoría de los países la realidad demográfica hace que el sistema resulte económicamente inviable dentro de veinte años. El futuro es, entonces, incierto. Pero sería conveniente recordar lo que hemos logrado, lo que somos (no lo que tenemos) y lo que queremos que nuestros hijos sean. Deberíamos aprender de nuestros errores y procurar, de nuevo, un gran pacto que nos haga salir de este agujero repleto de cosas y vacío de valores. Si intentamos salir cada uno por nuestro lado, sin aunar esfuerzos, no habrá futuro posible. Si recortamos derechos, abandonamos a los más desfavorecidos en la cuneta de la historia y no somos capaces de afianzar unas reglas de convivencia consensuadas, dignas y justas, de nuevo habremos perdido la oportunidad de retomar la única senda posible: la de la esperanza y la concordia.

No hay más salida que la de vencer el miedo a los demás.    


Antonio Carrillo Tundidor