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viernes, 8 de junio de 2018

UN PALIDO PUNTO AZUL


Si me preguntan por un logro humano, el primero que me viene a la memoria es el maravilloso periplo de las sondas Voyager.

Nada ha llegado tan lejos. Gracias a ellas tuvimos las primeras imágenes de mundos fascinantes.

La Voyager 2 es la única sonda que ha visitado Urano y Neptuno.

Todavía hoy siguen enviando información valiosísima, sobre la radiación procedente de más allá del Sistema Solar.

La Voyager 1 es el primer objeto humano que se adentró en el espacio interestelar.

Carl Sagan convenció a la Nasa para que la Voyager 1 girase su cámara el año 1990 y tomase unas fotografías de lo que dejaba atrás. Del Sistema Solar.

Iluminada por una franja de luz solar, la Tierra, a 6.000 millones de kilómetros, aparece como un débil, diminuto punto azul.

Mi pasión por la ciencia de la debo a Sagan. A su serie Cosmos y a sus libros de divulgación.

Este hombre, al que Asimov definió como una de las dos únicas personas más inteligentes que él mismo, que convenció a la URSS del horror de la guerra atómica, que asesoró en la creación de la película 2001... ante esta imagen, declarada una de las 10 mejores imágenes espaciales de la historia, reflexionó durante tres minutos.

Estos tres minutos, las reflexiones que provocan, me definen porque los escuché de joven y me forjaron como persona.

No acudo a misa, no milito en ningún partido político ni me siento concernido por doctrina alguna. Pero cuando escucho estas palabras, simplemente callo. Reflexiono.

Espero que también les iluminen.


Gracias, maestro.

Antonio Carrillo

jueves, 3 de octubre de 2013

La verdad sobre las Voyager



Hace pocas semanas, tras publicar el artículo sobre Inteligencia Artificial, mi hermano Carlos González me propuso con sorna que respondiera a un reto: el de encontrar indicios de inteligencia, del tipo que fuese, en nuestro propio planeta.

Ello me hizo pensar. Si tuviese que elegir, ¿qué logro humano propondría como hito de nuestra especie? ¿Qué es lo más espectacular que hemos hecho?

Pensé en catedrales góticas, en sinfonías y en el habla. El lenguaje matemático, la técnica o las artes. De Altamira a la nanotecnología, los ejemplos se agolpan a miles. Es difícil elegir.

Entonces pensé en un sólo instante: la llegada del hombre a la Luna. Podía servir. Tras ese gesto hay un sinfín de logros, de avances científicos. Era la culminación de un largo viaje que comenzaba ¿con el jonio Tales y un eclipse? Seguramente antes, mucho antes; con la mirada asombrada de los primeros humanos, atónitos espectadores de las fases lunares, íntimamente ligadas con las cosechas y estaciones, con la concepción de la vida humana, con tantos misterios para los que no había respuesta.
 
El viaje... El hombre tiene en el tránsito, en la búsqueda, la manifestación más clara de su inteligencia. Somos animales curiosos, inquisitivos e inquietos. Si algo nos define es nuestro afán explorador; somos frenéticos buscadores de respuestas. Por consiguiente, pensé, si tuviese que elegir un logro humano me decantaría por un viaje. Por el más lejano de todos.

Por el asombroso logro de las sondas Voyager.

 


 
El viaje de las dos naves Voyager es asunto que me tiene fascinado desde niño. Ambas fueron lanzadas en 1977. Resulta curioso; a pesar de su nombre, la Voyager II inició su viaje 16 días antes y, sin embargo, la Voyager I se encuentra en la actualidad mucho más lejos. Ambas sondas debían explorar las zonas más recónditas del Sistema Solar y, en efecto, sólo la Voyager II ha llegado a los planetas más lejanos: Saturno y Urano. Ninguna otra nave ha llegado, estudiado y fotografiado a estos gigantes gaseosos y sus fascinantes satélites. Por eso lleva algo de retraso; se le pidió que echara un vistazo a estos dos astros. Y a fe que mereció la pena el desvío.

 

Las Voyager, idénticas ambas, pesan 815 kilos y disponen de una antena reflector Cassegrain de 3,7 metros. Todavía emiten señales gracias a su generador nuclear, y a diario transmiten información a la lejana Tierra. Le sorprenderá saber que almacenan datos en una cinta digital de apenas 500 megabytes. Posiblemente, con menos capacidad que su ordenador de casa. Al fin y al cabo, las viajeras portan tecnología de hace 40 años. Y, sin embargo, las Voyager están muy bien hechas, y han resuelto con absoluto éxito todos los retos a los que se han visto expuestas. Sus magníficos sistemas redundantes reflejan una época de excelencia en el diseño de la exploración espacial.

Estas dos ancianas nos han aportado una ingente cantidad de información sobre nuestro sistema. Han descubierto 21 nuevos satélites de los que no se tenían noticia, han encontrado anillos en planetas, mundos helados y otros volcánicos. Las Voyager son, a día de hoy, las principales embajadoras del género humano. Portan un disco de cobre recubierto de oro con mensajes y diversos datos sobre nosotros y nuestro planeta.


Gracias a ellas, dentro de miles de millones de años, cuando ya no estemos, vagará por el espacio un pálido reflejo de lo que fuimos: la música de Mozart o de Bach.

Las Voyager viajan muy, muy rápido. La Voyager I supera los 61.000 kilómetros por hora aunque, sin que se sepa muy bien el porqué, se está frenando muy lentamente. Es un misterio, de tantos.

Las sondas están equipadas con seis pares de propulsores (3 principales y 3 de reserva), pero éstos tiene como función principal mantener el control del movimiento. No es por el impulso de sus cohetes por lo que las Voyager son tan rápidas. La razón de su velocidad es lo que las convierten en la máxima expresión del ingenio humano.

Las Voyager se aceleraron solas, progresivamente, en un baile de precisión asombrosa con los planetas que visitaron. Para alguien como yo, incapaz de resolver una simple raíz cuadrada, las Voyager, su fascinante viaje, es casi un milagro.

Me explicaré. Las sondas se lanzaron en un momento muy especial, que sólo se da una vez cada 176 años; una rara alineación de los planetas permite que las naves se crucen en una trayectoria de encuentro con todos los astros, que las impulsan a una velocidad cada vez mayor. Es lo que se conoce como "asistencia gravitacional".




Imagine una enorme mesa de billar. La Voyager II (la bola blanca) abandona la Tierra siguiendo una trayectoria que le lleva a encontrarse con el gigante Júpiter, una bola naranja que se mueve por el tapete, el 9 de julio de 1979. Explora el enorme planeta gaseoso y sus satélites y, aprovechando el tirón gravitacional del gigante, sale acelerada en dirección a Saturno, una bola verde. Llega al planeta de los anillos el 25 de agosto de 1981. Los científicos deciden entonces variar la trayectoria de la nave, y provocan que su tránsito por Saturno la desvíe y acelere en dirección al lejano e inexplorado Urano. Llega a la bola azul pálido de nuestro inmensa mesa de billar el 24 de enero de 1986. Por vez primera tenemos imágenes de un planeta que navega por el espacio "tumbado" ¿Cuántos cálculos habrán sido necesarios para hacer posible este encuentro entre masas en movimiento? Las Leyes de Kepler o Newton, 400 años más tarde, hacen posible este milagro.


De nuevo un tirón gravitacional y un cambio en la trayectoria. La Voyager llega a Neptuno, una bola de color azul intenso, el 25 de agosto de 1989. Los responsables de la misión aprovechan para visitar Tritón, un extraño satélite con rotación retrógrada y géiseres de 8 kilómetros de altura. Un lugar fascinante y frío.

Es el final. La sonda Voyager II abandona el tapete de billar y se adentra en la oscuridad del espacio, lejos de casa. Su gemela, la Voyager I, le lleva ventaja; en 1990 recibe una orden desde la Tierra: debe girar su cámara y tomar una fotografía de lo que deja atrás. Es la primera imagen del Sistema Solar. La Tierra apenas se adivina como un pale blue dot, un punto azul pálido en expresión de Carl Sagan. Desde entonces, ambas sondas se alejan. Olvidadas.

 


 

Muy de vez en cuando las Voyager son noticia; pero ya sólo interesan a la comunidad científica y a los aficionados a la astronomía. La página web de la NASA aporta datos en tiempo real de la distancia a la que se encuentran, y desde hace unos meses nos informaban de un dato significativo: los sensores de la Voyager I perciben más radiación procedente del espacio profundo que del Sistema Solar.


Entonces, hace unas pocas semanas, estalla la noticia; las Voyager despiertan de un letargo de 23 años. Los periódicos españoles reflejan titulares espectaculares.

Y falsos.

El 14 de septiembre La Vanguardia afirma que "por primera vez en la historia de la humanidad, una sonda espacial abandonó nuestro sistema solar". El 19 de septiembre El Mundo se entusiasma: "después de una odisea de 36 años viajando por el espacio, la nave Voyager 1 ha logrado cruzar la frontera de nuestro Sistema Solar", y el 22 de septiembre el Diario ABC remata el despropósito: "la NASA anunciaba por fin oficialmente que, por primera vez en la historia de la exploración espacial, una nave humana había conseguido salir del Sistema Solar para adentrarse en el oscuro espacio interestelar".

Imagino a un joven leyendo la noticia. Me molesta la falta de rigor, la búsqueda del titular fácil, espectacular, vendedor. Se define del Sistema Solar sin tener la menor idea de lo que se habla. Porque lo cierto es que las Voyager acaban de iniciar su viaje a los confines de nuestro sistema.

Están apenas abandonando la estación.

De nuevo emplearé una analogía. Los astrónomos utilizan una unidad de medida para las grandes distancias en el espacio: la Unidad Astronómica (UA). La UA equivale a la distancia media entre la Tierra y el Sol; es decir,149.597.870.700 metros. Casi 150 millones de kilómetros.

Suponga que estoy sentado en una mesa de un lugar extraño. Aquí la UA equivale a 1 metro. En un extremo de la mesa una bombilla representa al Sol, y a un metro exacto nos encontramos nosotros. Júpiter, por ejemplo, se encuentra a 5 metros de la bombilla. Lo representa una silla algo alejada de la mesa. Neptuno, el planeta más lejano, se sitúa a 30 metros de la bombilla. Hemos tenido que salir de la habitación y clavar una baliza solar en el césped. Apenas se ve la luz de la bombilla.
 

A 50 metros de distancia encontramos una aglomeración de cuerpos helados que llamamos cinturón de Kluiper. Plutón o Eris son enormes planetoides (Eris es mayor que Plutón). Nos interesa este lugar, con más de 800 astros, tanto que hemos enviado una sonda a explorarlo. Dentro de dos años será (fugaz) noticia la nave "New Horizons", cuando el 15 de julio del 2015 se acerque a Plutón. Por el momento, ya ha enviado alguna información de interés y acaba de fotografiar el sistema Plutón/Caronte por vez primera. Pero esto no es noticia; aún no lo es.

¿Dónde se encuentran las Voyager? Muy lejos; a más de 126 metros de la bombilla. Cuando la Voyager nos envía un mensaje viaja a la velocidad de la luz, pero la comunicación tarda ¡14 horas! en llegar a la Tierra. Es un lugar extraño, en el que las radiaciones y las mareas de partículas procedentes del Sol apenas se perciben. Nos acercamos a una intemperie en la que escuchamos el sonido del cosmos. Llamamos heliopausa a esta frontera.


 
Observen estos dos gráficos. El primero representa a la Voyager 1 y el segundo a la 2. ¿Ven la diferencia? La 1 recibe mucha más radiación exterior (viento interestelar) que interior. El encuento frontal de estas dos mareas de partículas provoca la aparición de un "Arco de choque" en la parte frontal del sistema solar (algo así como un escudo)  y una especie de "cola de cometa" (heliocauda) en la posterior. Es un tema candente: los últimos descubrimientos son de hace menos de dos meses.


 

Parece claro: la Voyager 1 se encuentra fuera de la heliopausa. Pero, ¿dónde localizamos los límites del Sistema Solar?

Dentro de miles de años las Voyager llegarán a un lugar extraño. De repente, a unos dos kilómetros de la bombilla, comienzan a aparecer grandes cuerpos helados. Son más de cien billones de cometas; una nube inmensa, la nube de Oort, que rodea por completo el Sistema Solar. Su límite exterior marca el final del Sistema Solar, a 50 kilómetros de la bombilla.

 



Recuerde el dato: la Voyager I se encuentra hoy a 126 metros.

Pero entonces, ¿por qué se habla de "abandonar el Sistema Solar"?

Imagine el titular: "la sonda Voyager muestra indicios de que ha sobrepasado la heliopausa". Mejor aún: "los científicos esperan un cambio en la dirección del campo magnético para certificar que la Voyager ha superado la heliopausa". Imagino los bostezos. Es más fácil el titular explosivo, que vendé periódicos. Al fin y al cabo, ¿a quién le importa una nube de cometas que jamás veremos?

 

Y es una lástima. Porque de lo que hablo es de nuestro hogar. Lo que somos (y seremos) comienza con el conocimiento de nuestro entorno. Si se sabe explicar, el universo resulta fascinante ¿Saben qué sucede si algo desestabiliza la frágil estabilidad gravitatoria que mantiene la nube de Oort? Cientos de miles de cometas "caen" hacia el Sol, provocando una lluvia potencialmente peligrosa. El conocido como "bombardeo terminal", o algunas de las extinciones masivas producidas a lo largo de miles de millones de años, pueden tener su origen en tales y tan remotas regiones del Sistema Solar. También cabe la posibilidad de que la vida tenga mucho que ver con compuestos de la química orgánica resguardados en el interior de los cometas. Son especulaciones, cierto, pero fascinantes.


En todo caso, mucho más interesantes y ricas en matices que un puñado de titulares que buscan el interés inmediato y un olvido rápido. En este preciso momento, hemos detectado un objeto procedente de la nube de Oort, llamado 2010 WG9, que tiene fascinada a la comunidad científica. No esperen oír nada de él.
 

Sospecho que detrás de esta política informativa hay motivos crematísticos, incluso dentro de la comunidad científica. Hace pocos años corrió el rumor de que el proyecto "Voyager" se quedaba sin financiación. Sólo 10 personas trabajan en el control y estudio de la misión, y ¿saben cuánto tiempo pueden conectarse a las antenas terrestres para "conversar" con las Voyager? 38 segundos a la semana.

Las Voyager están amortizadas. Como estamos escasos de recursos, el dinero vuela hacia proyectos de investigación "de actualidad". Y si pueden aportar imágenes, tanto mejor.

Los científicos implicados en la misión Voyager intentan mantener viva la llama de la curiosidad. Unos titulares espectaculares pueden suponer millones de dólares en financiación privada del proyecto. No es mucho lo que necesitan: las Voyager suponen un gasto de 4 millones de dólares anuales.

Ajenas a todo esto, las sondas se alejan. Hay una página de la NASA que muestra la distancia en tiempo real. Viendo cómo transcurren los kilómetros, uno toma conciencia de la velocidad a la que viajan.


Rumbo a las estrellas.

 
Antonio Carrillo.

martes, 24 de mayo de 2011

El mejor traductor 4; el error. Perspectiva, razón última y recursos





En memoria de Carl Sagan, maestro de tantos.


Perspectiva: un punto azul pálido.


El 14 de febrero de 1990 la nave espacial Voyager 1 recibió un mensaje inaudito desde la Tierra. Debía girar sus cámaras y captar imágenes de lo que dejaba atrás, como una foto de despedida en su viaje sin retorno hacia el espacio exterior. La nave estaba ya muy lejos, a 6.000 millones de kilómetros de la Tierra; tan lejos, que las imágenes tardaron 5 horas y media en llegarnos a la velocidad de la luz.

Después de obedecer la orden y enviar la información requerida, la Vóyager 1 siguió imperturbable su viaje, a 65.000 kilómetros por hora. Hoy está abandonando las últimas fronteras del sistema solar. Sigue funcionando, alimentada por una pequeña batería nuclear. La persona que tuvo la idea de tomar las imágenes, Carl Sagan, falleció hace años: pero deja un legado inmenso, incluidas algunas fotos borrosas y una serie televisiva que descubrió la ciencia a toda una generación: Cosmos.



De todas las imágenes nos interesa una: en ella se ve un punto azul pálido. Es el planeta Tierra. Somos nosotros. En ese puntito apenas visible nació Mozart y se viaja en avión. Es un planeta parecido al resto desde la distancia; pero en su superficie se proyectan películas y se entregan traducciones. A menudo perfectas y, en ocasiones, con errores.




Es un punto azul pequeño, apenas perceptible. Nos vemos frágiles desde tan lejos, nos sentimos humildes y nos sabemos falibles. En esta leve mota azul que recorre el espacio alrededor de una estrella se hacen cosas mal a cada instante, día tras día; y absolutamente nadie está vacunado del error.

Les pido disculpas por haber subido tan lejos. Ya vuelvo. Es sólo que, a veces, es bueno encaramarse lo más alto posible para tener una perspectiva más amplia. Sub especie aeternitatis, decía Spinoza, criticando la costumbre que tenemos los humanos de considerarnos como un todo eterno, con los demás y el universo girando a nuestro alrededor. En realidad, viene a decir Spinoza, todos somos parte prescindible de un entramado tan complejo y sutil que haríamos bien en adoptar una actitud más humilde. Desde lo alto de un rascacielos no se distinguen individuos; somos todos como hormigas.

Hay otra manera de explicarlo: en un chiste de Mafalda, un niño tapa la Luna con su dedo. Otro le pregunta: "¿sabes por qué tu dedo parece más grande que la Luna?" "Pues claro", responde, "porque es MI dedo".


La razón última del error.

Supongamos que viviéramos en un mundo sin errores. ¡Perfecto!, podría pensar alguno. Pero, si no nos equivocáramos, ¿Cómo aprenderíamos?

Un mundo perfectamente armónico sería aburrido, y a la larga moriríamos anquilosados, sin estímulos. Sólo las especies dispuestas al cambio pueden afrontar el reto de adaptarse a un nuevo nicho biológico. Lao Tse lo expresa de forma soberbia: los débiles juncos que se pliegan pueden soportar la mayor de las tempestades, porque no oponen resistencia al viento más fuerte. Los árboles recios se quiebran. Un grado mínimo de estrés y adaptabilidad es necesario para avanzar como individuos y como especie. Nos equivocamos, lo volvemos a intentar, aprendemos, adquirimos destreza y acabamos enseñando a otros; pero el error estará siempre presente. Forma parte de nuestra naturaleza. Errar es humano.


Calipso y Odiseo por Burroughs


En el curso de su viaje, Odiseo recibe una propuesta de la fascinante Calipso: vivir a su lado en una isla paradisiaca, ser inmortal y siempre joven. Pero Odiseo, que ya lleva 7 años conviviendo con Calipso, rechaza tales tentaciones; es consciente de que esa vida perfecta sería irreal. Caer en la tentadora oferta de Calipso supondría sacrificar lo que constituye su verdadera meta: volver a casa y reencontrarse con su esposa, Penélope. Es el momento de que Odiseo continúe su viaje, y viva su propia e imperfecta vida como humano; se equivocará, fracasará y, a veces, vencerá. Pero para un mortal, buscar la perfección absoluta es siempre un desatino. Quien busque la infalibilidad total se condena a la penuria de fracasar desde un principio. Sólo quien conoce el miedo puede llamarse valiente. Sólo quien aprende de sus errores puede llamarse sabio.

Lo siento por tanto, querido cliente. Nadie puede garantizarle que no se cometerá un error con su encargo. Los malos abogados dan los casos por ganados antes de empezar. Los peores traductores son los que no reconocen jamás la posibilidad de un error.

Pero entonces, si el error es inevitable, ¿Cómo podemos minimizar sus efectos?



Recursos ante el error



ü  Fases: Para que se cometan los menos errores posibles, el traductor debe instaurar unas pautas de trabajo que debe cumplir en todo momento:

·         Recepción del trabajo. En esta fase, el traductor debe ser honesto consigo mismo, la agencia y los clientes. Debe comprometerse a unos plazos de entrega razonables, siempre con un margen suficiente de trabajo. Las prisas y el cansancio son aliadas del error.

·         Realización del trabajo. El traductor debe informarse de la terminología que utiliza el cliente, y conviene reservar un tiempo a la preparación del trabajo. Todos los encargos son distintos, porque no hay dos clientes iguales. Este tiempo que dedique a, por ejemplo, realizar un pequeño glosario con los términos más complicados, luego puede significar un importante ahorro de tiempo. 

·         Revisión. La fase fundamental. Siempre se cuelan gazapos de todo tipo; a menudo mecanográficos. Si confía en que el revisor del word haga esa tarea por usted, comete un gran error. Para que la revisión sea eficaz, es necesario que haya transcurrido al menos 24 horas sin haber leído el documento. Tiene que alejarlo de sí mismo, extrañarlo y verlo con nuevos ojos. Por desgracia, las urgencias en la entrega no siempre lo hacen posible.



ü  Departamento de revisión. A menudo las agencias tenemos un departamento dedicado única y exclusivamente a la revisión de los trabajos. Esta tarea se realiza justo antes de entregar el trabajo al cliente.

Si el corrector detecta un error, y no es un problema ortográfico, consulta con el traductor y le indica los fallos que ha encontrado.

Este proceso funciona con todos los traductores de la agencia, veteranos o jóvenes, puesto que todos están sujetos a la posibilidad del error. Es imprescindible un cierto grado de humildad del traductor en el caso de que se detecte un error, y no llevar la defensa de su traducción a límites que rocen el ridículo. Lo cierto es que a menudo el mundo de los traductores está repleto de egos sensibles a la crítica, y hay que andarse con pies de plomo cuando se critica el trabajo de un compañero. Pero no siempre estamos en posesión de la verdad, y tener una mente abierta y receptiva a los consejos es una manera inteligente de aprender. Incluso aunque se sea muy veterano ¿Quién me asegura que no pueda aprender de un joven?

ü  El traductor ante el cliente

Se cuenta una anécdota de Franco; alguien le preguntó si el coche oficial lo quería en la puerta anterior o posterior de palacio, a lo que el generalísimo contestó con un lacónico "si". Como nadie quiso aclarar el malentendido, optaron por situar dos coches en ambas salidas.

La infalibilidad no resulta rentable. Es preferible optar por un ambiente más relajado, en el que todos reconozcan la posibilidad del error, y sea posible optar por una solución de consenso.

Los clientes a menudo detectan errores, y protestan por ello. No entienden que la traducción es una actividad sujeta a errores, más si tenemos en cuenta que, a menudo, la disputa se debe a causas puramente de criterio, de optar por sinónimos. Es falso que el cliente siempre tenga la razón. El cliente no es traductor, pero a menudo se considera cualificado para emitir dictámenes. Yo nunca discutiría el diagnóstico de mi médico, pero cualquiera se cree capacitado para opinar sobre una traducción. ¡Cuántas veces nos habrán llegado traducciones hechas por clientes, solicitando un simple cotejo! En muchos casos había que rehacer la traducción por completo.

Puede suceder que la protesta esté justificada, o bien se base en criterios erróneos del cliente. En todo caso, el traductor se enfrenta a un mismo problema: el cliente no se muestra satisfecho, y es el que paga. Así de prosaico.

¿Cómo revertir esta situación? Tenga o no tenga razón el cliente, es necesario establecer un canal de diálogo amable para intentar solucionar el problema, aportando soluciones rápidas y fiables. Al fin y al cabo, la manera como resolvamos este problema condicionará el que vuelva a confiarnos sus trabajos. Hay que encontrar un punto medio entre el criterio profesional del traductor y las exigencias del cliente. En ocasiones, lo que pide el cliente resulta del todo imposible, especialmente en las traducciones juradas; pero incluso entonces el enfoque que adoptemos para afrontar la crisis posibilitará una salida airosa. Incluso aunque se haya cometido un error inexcusable es posible conservar la confianza de un cliente. Depende de cómo se le trate.

Lo explicaré con un ejemplo. En los años setenta un equipo de psicólogos de una universidad estadounidense realizó un estudio sobre el trato al cliente. Se reunieron con los responsables de sala de una biblioteca pública y les pidieron que durante todo el día cumplieran unas pocas instrucciones: no debían mirar a los ojos al usuario, ni sonreír. No debían ser descorteses; bastaba con que se mostraran ausentes. A la salida, el equipo de psicólogos realizó una batería de test a los usuarios que salían de la biblioteca. Eran frecuentes las quejas relativas al funcionamiento de la biblioteca: los asientos eran incómodos, la iluminación inadecuada y el servicio de préstamo de libros lento e ineficaz.

Al día siguiente, los empleados recibieron las siguientes instrucciones: debían mirar a los ojos de los usuarios y sonreír. Cuando se repitió el test, los problemas de funcionamiento habían desaparecido casi por completo. La sonrisa y la atención amable del empleado había tenido efectos sobre la iluminación, los asientos o el funcionamiento de la biblioteca.

La percepción que tenemos de los servicios recibidos está sujeta a condicionantes objetivos (rapidez y calidad), pero también a condicionantes subjetivos (trato recibido). Este segundo aspecto es tan importante que afecta al primero. Un mal servicio puede excusarse con un trato amable. Si usted se ha equivocado y su cliente está enfadado, escúchele, ofrézcale soluciones útiles y espere a que se le pase el primer enfado. Nada va a ganar si le responde de mala manera. Entrará en una espiral de descalificaciones que no puede sino perjudicarle.

Exponga sus criterios de una manera concisa y clara, proponga salidas al problema que respondan a las exigencias del cliente y demuestre calma y profesionalidad. Si se ha equivocado, dígalo. A los clientes les irrita la resistencia numantina a reconocer la propia culpa. Durante su mandato, el presidente Kennedy admitió algunos errores; después de ello, su popularidad subió a los niveles más altos.

Al final, es más probable que se imponga su criterio profesional como traductor si convence al cliente de que es un acuerdo consensuado. El ego del cliente puede ser un problema, o una oportunidad; depende de usted.



En definitiva: se va a equivocar. Asúmalo.

Pero, con usted, se equivocarán todos los demás. Sin excepción.


Antonio Carrillo Tundidor