domingo, 18 de febrero de 2024

El evangelio del Jesús histórico



Son tiempos oscuros en Judea, de mucho miedo. Los zelotes y sicarios han atacado a los romanos y masacrado sus guarniciones por medio del engaño. Y Roma reacciona con crueldad ante la traición. Nunca perdona.

Lo sé porque yo mismo he nacido en una colonia romana de Asia. Mis padres fueron romanos y mis hijos – si sobrevivo a este espanto – lo serán también.

Son tiempos oscuros y he buscado la paz en la meditación y el recogimiento. Hace unos años recibí la gracia del mensaje del Mesías, del Hijo de Dios. Su misericordia alcanza a pobres y ricos, libres y esclavos, mujeres y hombres; a judíos y gentiles por igual. Es algo nunca visto. Conocí a los afortunados que caminaron a su lado y compartieron su pan. Escuché sus historias y ayudé a transcribir sus hechos y palabras.

Pero esa época feliz pertenece a mi pasado. En estos tiempos de odio y muerte he procurado el refugio del desierto, en una comunidad de hombres de luz que se dedican a orar y escribir. Me han acogido. Se dice que otros seguidores del Nazareno estuvieron antaño entre estos muros, como el bautista que purificó el rostro misericordioso de Nuestro Señor con las aguas del Jordán.

Desde esta colina seca y caliente podemos ver las orillas del mar de Arabah y algunos pequeños enclaves. Nos han llegado noticias de un gran ejército romano que se dispone a destruir Jerusalén. Atacarán después las fortalezas de Maqueronte y Masada, los últimos focos de resistencia judía. Y nos verán. Y no les importará que no tengamos muros ni fosos. Que seamos pacíficos. Nos masacrarán.

Al amanecer aprovecho las primeras luces para intentar distinguir en el horizonte el reflejo en las armaduras, el polvo que levantan sus grandes torres de asedio y sus bueyes. Los miles de hombres que desfilan hacia la sangre prometida.

Mis anfitriones han ocultado en cuevas cercanas el tesoro de sus textos sagrados. Llevan mucho tiempo dedicados a la tarea de transcribirlos, y quieren preservarlos. Los guardan en ánforas y sellan las cuevas. Yo he decidido hacer lo mismo. En ánforas de mi propiedad, y en las que se lee con tinta la palabra “Roma”, he guardado textos en griego. Entre otros, mi preciado texto sobre las enseñanzas y vida del Nazareno. No me ha dado tiempo a sellar bien las vasijas y es posible que el paso del tiempo dañe los papiros, más frágiles que el pergamino. Espero sobrevivir a esta espera de muerte y recuperar la palabra del Señor. Si Dios quiere.

El miedo se siente en la garganta. Se habla en voz baja, apenas se alza la mirada. Algo terrible va a suceder y no podemos hacer nada por evitarlo. ¿Llegará el día en el que el hombre pueda vivir sin miedo al hombre? Si el Galileo murió por todos nosotros, ¿por qué me angustia tanto esta espera? ¿No debería recibir el martirio con alegría?

El sol cae, un día más. Con la noche bajan las temperaturas. Hay un tenue rumor de agua que proviene de las cisternas. Salen las estrellas y sueño con Jesús. Eso me reconforta. Un poco.

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En Cisjordania, a unos 13 kilómetros de Jericó y cerca del Mar Muerto, se han localizado las ruinas de un pequeño asentamiento. Es una zona muy árida, abastecida por una corriente de agua proveniente de Jerusalem. Había cisternas donde poder cumplir con un ritual de purificación bautismal esenio, hornos de orfebrería y un edificio de dos plantas con mesas y bancos. En este lugar se han descubierto tinteros, porque era el hogar de eruditos y estudiosos.

Las fuentes históricas afirman que en el verano de 68, y en el curso de la primera guerra judeo-romana, la Legio X Fretensis, acuartelada en Jericó, destrozó este enclave esenio y masacró a todos sus habitantes.

Sabemos mucho sobre sus habitantes porque, en unas cuevas cercanas, se descubrieron en 1941 casi mil manuscritos. Son los textos más antiguos que tenemos sobre el antiguo testamento y las reglas de la comunidad judía, escritos casi todos en hebreo y otros pocos en arameo. Los autores ocultaron esta enorme biblioteca en vasijas selladas.  Es uno de los principales hallazgos arqueológicos del siglo XX.

Se han localizado un total de once cuevas, y cada uno de los rollos o papiros está codificado primero con el número de la cueva, después con la letra Q y posteriormente por el número que le corresponde.

Y así, llegamos al misterio del 7Q5. El fragmento quinto encontrado en la cueva 7.

En realidad, todos los fragmentos encontrados en la cueva 7 son peculiares. Todos estaban muy deteriorados, como si se hubiesen almacenado con menos cuidado. Y todos estaban escritos en un tipo de griego del siglo I. Y estaban escritos en papiros. Además, estaban guardados en el interior de un ánfora con una inscripción en tinta negra que dice Rumah ("Roma") en hebreo. La única cueva con textos en griego, la única con papiros y un ánfora con la palabra Roma…. Es extraño ¿verdad?

Pero hay más.

El fragmento7Q5 es un trocito de papiro diminuto, de apenas 3,9 por 2,7 centímetros. Tiene 5 renglones y apenas se distinguen 20 letras. Está escrito en estilo ornamentado o "Zierstil", utilizado entre los años 50 a. C. y 50. Es decir, en época de Cristo.

Este minúsculo fragmento pasó desapercibido, por su mal estado de conservación y su pequeño tamaño. Pero el hecho de estar escrito en griego y la datación en época herodiana lo hace interesante.

En 1972 el paleógrafo y papirólogo español José O´Callaghan Martínez hizo público un descubrimiento que causó un enorme revuelo: el fragmento encontrado no coincidía con ningún texto del antiguo testamento, pero sí con el Evangelio de San Marcos 6, 52-53

52ΔΙΟΤΙ ΔΕΝ ΕΝΟΗΣΑΝ ΕΚ ΤΩΝ ΑΡΤΩΝ ΕΠΕΙΔΗ Η ΚΑΡΔΙΑ ΑΥΤΩΝ ΗΤΟ ΠΕΠΩΡΩΜΕΝΗ 53ΚΑΙ ΔΙΑΠΕΡΑΣΑΝΤΕΣ ΗΛΘΟΝ ΕΠΙ ΤΗΝ ΓΗΝ ΓΕΝΝΗΣΑΡΕΤ ΚΑΙ ΕΛΙΜΕΝΙΣΘΗΣΑΝ

(en negrita las letras del manuscrito)

¿En las cuevas del Qumran se encuentra un manuscrito del evangelio de San Marcos anterior al año 68? Eso es imposible según la historiografía bíblica, que afirma que los evangelios no se escribieron antes del siglo II. El papiro neotestamentario más antiguo del que tenemos noticia es un Evangelio de Juan datado hacia la mitad del siglo II, más de 100 años después del 7Q5.

El profesor O´Callaghan fue vilipendiado durante años. El profesor alemán Kurt Aland hizo varias pruebas utilizando la base de datos del Thesaurus Linguae Graecae del programa Íbico, todas ellas infructuosas, pero los informáticos descubrieron que estaba alterando datos para justificar sus tesis en contra de O´Callaghan. Cuando la universidad de Liverpool utilizó el programa de manera imparcial los resultados coincidían con la interpretación de O´Callaghan. Las palabras concuerdan con un texto del Evangelio según San Marcos.

Este trocito de papel pone en solfa todo lo que creemos saber sobre los nuevos testamentos, y abre una ventana a la teoría de que fueron escritos en época de Cristo, por personas que o bien lo conocieron o recibieron una información inmediata de los que caminaron junto al Salvador. Es posible que el primer evangelio fuese un intento de unificar anécdotas que se compartían entre sus seguidores para evitar que cayeran en el olvido.

Es algo sobre lo que especula la “escuela de las Formgeschichte” o “historia de las formas”. Según esta corriente el primer evangelio se basó en perícopas: historias sobre Jesús que, al unirse en un compendio ordenado cronológicamente, conformaron el primer evangelio, que sirvió de modelo para los otros dos.

En este sentido llama la atención que el fragmento 7Q5 concuerde con el Evangelio de San Marcos, porque la historiografía neotestamentaria establece que es muy probable que el Evangelio de San Marcos fuese el primero. Los Evangelios de Mateo y Lucas fueron posteriores, y se fundamentaron en el de San Marcos y en una fuente desconocida (la denominada Fuente Q).

Esta posibilidad nos acerca más que ninguna otra a la existencia de un Jesús histórico, que anduvo por Galilea y Judea en la primera mitad del siglo I. La figura que nos muestran los evangelios no fue por consiguiente una invención muy posterior, fruto de antiguas leyendas o testimonios casi olvidados por el paso de los decenios. En el fragmento 7Q5 percibimos el aliento de un Jesús cercano.

 

Notas:

1.      1. La posibilidad de que existiera un seguidor de Cristo ciudadano romano y judío en la época de la caída de Qumran se confirma con figuras como San Pablo, nacido en Tarso, capital de la provincia romana de Cilicia. Por cierto, su idioma materno era el griego.

 

2.     2. La relación entre San Juan Bautista y la secta del Qumran está sometida a debate y en absoluto comprobada. Me limito a reflejar las opiniones expresadas por el Papa Benedicto XVI:

 

“Parece que Juan el Bautista y tal vez también Jesús y su familia fueron cercanos a esta comunidad. En cualquier caso, en los manuscritos de Qumrán hay múltiples puntos de contacto con el mensaje cristiano. No puede descartarse que Juan el Bautista viviera un tiempo en esta comunidad y haya recibido en ella, en parte, su formación religiosa”.


Antonio Carrillo

sábado, 3 de febrero de 2024

Vivir sin estrellas

 


Mi cuerpo murió hace unos 250.000 años.

Desde entonces, mi encéfalo y médula espinal viajan confinados en un cilindro de un metro de diámetro y dos metros de largo dentro de un módulo madre, en una órbita entre Urano y Neptuno. Junto con otras 500.000 almas.

Nos gusta llamarnos así: almas. Hay decenas de millones de módulos madre, que cuidan cada uno de cientos de miles de almas.  Todos los módulos están interconectados. Somos cientos de miles de millones de personas. Y sí, estamos vivos.

En los primeros tiempos, cuando los humanos conseguimos conectar el sistema nervioso central a una red de realidad virtual y detuvimos la degeneración celular de neuronas y células glía, los primeros cerebros que se confinaron vivían una vida eterna en la simulación de una juventud sin fin y plena. Pero todos ellos acabaron psicóticos. Aprendimos que el cerebro necesita recrear la experiencia de una vida real, con sus fases de crecimiento y maduración. También de muerte. Y de dolor.

Sin la pérdida, sin el reto de la vida efímera, perdíamos la lucidez.

Las personas ahora estamos dentro de un programa que simula una vida física, corpórea. Nuestro sistema nervioso central está conectado a infinitos estímulos que activan las áreas visuales, auditivas, olfativas, gustativas o táctiles. También las motoras y las relacionadas con el equilibrio. Pero, además, tenemos simulaciones que permiten activar áreas de estímulo propioceptivo. Nos duele la tripa o la cabeza. Tenemos una percepción de nuestros límites físicos, nos sentimos individuos, desde antes de nacer.

Porque nacemos. Y morimos. Una y otra vez. El programa simula un deterioro cognitivo que acaba con la muerte; entonces hay un reseteo sináptico, y nuestro cerebro se reconfigura con la estructura neuronal de un feto de dos semanas. Detrás dejamos maridos, hijos o nietos; todos ellos encéfalos flotando en un tubo, reencarnados todos miles de veces. El padre pudo haber sido hijo hace 10.000 años. Nadie lo sabe, porque no recordamos nada. Creemos que es real. Quizás lo sea. Todo es aleatorio. Elegimos pareja, nos relacionamos, procreamos activando los estímulos adecuados en el cerebro y un nuevo sistema nervioso, de los miles disponibles en ese momento esperando a ser activados, pasa a ser nuestro hijo o hija. Ponemos la mano sobre el vientre abultado de nuestra pareja. Sentimos como se mueve.

Mi cuerpo murió hace 250.000 años. Estoy encerrado en una nave a miles de millones de kilómetros de la Tierra. Lo sé porque me muero de un cáncer de páncreas.

Hace unos meses todo comenzó con unas molestias en el vientre. El diagnóstico fue atroz: apenas medio año. Durante ese tiempo, mientras pude, seguí trabajando en el observatorio astronómico, en lo alto del volcán de Canarias. Quería aprovechar cada anochecer, los olores del sendero que me conducían al recinto, el sonido de los insectos que saludaban a la luna.

Y fue hace dos semanas que vino la oscuridad. Trabajaba desde casa (mi deterioro me impedía trasladarme) cuando las imágenes de la pantalla se volvieron negras. Estaba estudiando unos cúmulos estelares a miles de millones de años luz. Pero ya no estaban.

Reinicié el sistema informático que me conectaba al telescopio. Pedí que se hicieran todo tipo de diagnósticos. Todo estaba correcto. Simplemente, ya no había estrellas.

Introduje otras coordenadas. Nada. Oscuridad. El universo profundo se había evaporado. Estábamos solos.

Pensé que era la medicación. Pero otros colegas me confirmaron lo mismo: las estrellas se habían apagado. Sólo podíamos ver las más cercanas, la de nuestro propio cúmulo de galaxias. Pero lejos, en el espacio y en el tiempo, todo había desaparecido.

Ahora mismo estoy en una sala blanca. La muerte me ronda, y el sistema me ha informado de que en realidad no voy a morir. Que todo lo que he vivido es una simulación. Que en realidad morí hace cientos de miles de años. Que me reiniciarán. Que no recordaré nada.

Le pregunto al módulo madre por las estrellas ¿Ha sido un defecto del programa?


No. Las estrellas han desaparecido. El módulo opera con instrumentos científicos reales, que nos permiten avanzar en el conocimiento del cosmos. La información se comparte entre todos los módulos, y perdura. Nos sobrevive. Ha habido avances en neurología, nuevas corrientes artísticas, se han librado conflictos y hemos evolucionado como especie.

 

Pero ¿Y las estrellas? Insisto

 

No están.

 

¿Cómo es posible?

 

El universo se expande, cada vez más deprisa, empujado por la energía oscura. Ha superado la velocidad de la luz. Crece tan rápido que la luz de las estrellas no nos llega. Todo se irá apagando. Es inevitable. La entropía se adueña de la realidad, condenándonos al frío. Incluso los módulos madre acabarán muriendo, porque no seremos capaces de atrapar ni un atisbo de energía. Pero falta mucho para eso. No debes preocuparte.

 

Renacerás y no recordarás nada.

 

Cierro los ojos. Me acuerdo de cuando conocí a Elena, de mi primera motocicleta. De la vez que Susana se hizo una brecha en el columpio con cinco años. Recuerdo a mi padre tocando el vetusto piano de casa mientras mamá preparaba la cena. Recuerdo a mi perra, que acompañó toda mi infancia. Y los senos de Alicia que se adivinaban bajo la blusa. Tantos libros leídos, tantos abrazos de amigos.

Mi mano se desliza lentamente sobre la sábana de la cama blanca. Recuerdo nuestra primera casa y los apaños que improvisé para poder hacerla habitable. Recuerdo la cara de orgullo de mi familia cuando recogí el título; la cara de mi abuela, sollozando. Mi mano se detiene sobre un pequeño dispositivo con dos botones.

Me gustaba comer palomitas en el cine, tomar el café de la mañana con el sol calentándome la cara, viajar sin billetes ni visados.

Aprieto el botón rojo.

He decidido no volver a nacer. Mi tejido neuronal se degenerará rápidamente y expulsarán el cilindro al espacio.

A un espacio sin estrellas en el que no quiero vivir.

Me quedan minutos.

Me acuerdo de las partidas de mus en la facultad, del nacimiento de mis hijos, de mis dos nietos. Recuerdo ese nido de golondrinas, y la ilusión de los niños al volver del colegio por ver a los polluelos. Recuerdo la noche en que murió mi hermano, la primera vez que vi el mar infinito….

Oscuridad

 

Antonio Carrillo

miércoles, 29 de noviembre de 2023

El bastidor del lenguaje


 

En toda casa con un niño pequeño se oculta un bastidor de lenguaje.

Es el lugar donde la criatura recoge y consolida palabras, donde las expresiones forman dibujos y los sonidos tienen colores y olores familiares. Es un milagro cotidiano que pasa desapercibido. Un misterio repetido desde hace cientos de miles de años.

Los humanos estamos hechos de palabras. Nos conforman y dan identidad. Nuestros mayores son los heraldos inconscientes, los que nos hablan de niños. Nos alimentan de esas palabras. Su ofrenda inadvertida nos aporta todo lo que realmente importa: un lenguaje y una manera de ser ante la vida. Una cultura.

Diminutos duendes bordan durante la noche, a medios puntos de cruz, gestos y entonaciones, un sendero de sonidos y caricias que nos conducen a lo que llegaremos a ser. Nuestro destino se pavimenta con este bordado de verbos y adjetivos nuevos. Los duendes hilvanan en la oscuridad mientras dormimos.

Con el tiempo el niño adquiere un bagaje inmenso sin esfuerzo. Un niño chino aprenderá a contar de uno a diez utilizando solo una mano. Un niño norteamericano sabe que los adjetivos siguen un orden: número, opinión, tamaño, forma, estado, edad, color, material y propósito. Es algo que no aprenderá en la escuela, pero sabrá distinguir a un hablante no nativo porque descuida este orden. Un español sabe estar “contigo”, y estar “sin ti”. Un estudioso del español tendrá que aprender a no decir “sintigo” o “con ti”. Los nativos no necesitan aprenderlo en el colegio; simplemente se sabe.

La labor de los duendes es precisa y sutil. El hijo de unos padres sordomudos adquirirá un lenguaje gestual propio de la cultura sorda. En el bastidor caben peculiaridades étnicas, localismos o prejuicios familiares. Cada casa tiene un bastidor único. Todo hogar es un universo propio e insustituible.

Cuando ustedes vuelvan del hospital con un recién nacido los duendes que los acompañaron en la infancia estarán esperando. Habrán acordado un lenguaje nuevo, porque en la mayoría de las familias hay dos progenitores y, por lo tanto, el lenguaje del nido es el resultado de un compromiso. De la fusión de dos hogares previos.

Sospecho que los duendes de la madre llevarán la voz cantante. Ella le habla al bebé mientras lo amamanta. Se dice idioma materno, no paterno. El niño ha escuchado a la madre mientras estaba en su seno. Las palabras deben oler a su pecho. A la leche que lo alimenta.

Posiblemente, la primera palabra que bordarán los duendes será “mamá”.

 

Antonio Carrillo

miércoles, 28 de junio de 2023

Extraterrestres en la Gran Pirámide

Los griegos calificaron la gran pirámide de Guiza como una de las siete maravillas del mundo antiguo, la única que ha perdurado. Heródoto, el primer historiador, afirmó hace 2.400 años que era una tumba, e incluso identificó correctamente a su constructor: el faraón Keops.

No todas sus opiniones eran correctas; El sabio griego creía que había sido construida por 100.000 esclavos, y propuso que el faraón arruinado optó por prostituir a su pobre hija. El historiador cometió algunos errores, cierto, pero las cosas fueron a peor tras el derrumbe del mundo clásico: el conocimiento cayó en el olvido. La biblia se convirtió en la única fuente de conocimiento sobre un oriente lejano en el tiempo, y las pirámides de Egipto fueron los graneros que José, hijo de Jacob, llenó de trigo durante los siete años de abundancia que predijo tras un sueño del faraón. En la catedral de San  Marcos de Venecia vemos mosaicos con las pirámides en su forma de silos de grano.


Bueno, es excusable ¿cierto? Con la caída de roma la historiografía había muerto, desalojada por la creencia. Resulta más difícil justificar la opinión de Ben Carson, candidato republicano a la presidencia de los EEUU en el 2016: “las pirámides fueron construidas como bodegas de granos y no, como dicen los arqueólogos, para el entierro de faraones muertos”. El hombre más rico del mundo, Elon Musk, afirmó en el 2020 que las pirámides habían sido construidas por extraterrestres.

Al parecer no bromeaba.

Conviene aclarar algunas cosas. Sabemos bastante sobre la época de las pirámides y su construcción. Y no hay nada mágico ni ultraterrenal en ello. Al contrario, la construcción de las pirámides fue un ejemplo de optimización de recursos y racionalización de esfuerzos. Eso incluye alguna chapuza, como cuando Micerinos falleció antes de finalizar su templo. Su hijo Chepseskaf lo terminó usando ladrillo en bruto y tierra apisonada para ir más rápido. Hoy en día solo quedan los cimientos y parte del sótano, en una chapuza impropia de extraterrestres superpoderosos.

Los Egipcios hicieron lo posible por trabajar lo menos posible. Por ejemplo, la esquina suroeste de la pirámide de Kefrén no está construida con sillares de piedra, sino tallada directamente sobre una colina de roca preexistente. A pesar de lo que pueda leer, la mayoría de la piedra la extrajeron directamente de la propia meseta de Guiza a escasos metros, porque tenía la ventaja de estar fragmentada con líneas muy rectas debidas a plegamientos anticlinales. Estas piedras no están finamente talladas, ni encajan a la perfección. ¿Para qué esforzarse en un trabajo que nadie iba a ver? Sólo los bloques más cercanos al borde se trajeron desde algo más lejos, en concreto desde las canteras de piedra caliza de la cercana Tura, una piedra muy blanca y de gran calidad. Estaban perfectamente pulidas y escuadradas. Las pesadas piedras graníticas que se utilizaron en el gran corredor o en la cámara del Rey se trajeron desde Asuán, en el lejano sur.

¿Hay alguna prueba de este esfuerzo organizativo? ¿Algún testimonio documental? De hecho, sí. En el año 2013 se encontró el cuaderno de bitácora de uno de los inspectores encargados de trasladar las piedras del revestimiento desde Tura. Y es un testimonio definitivo de un trabajo coordinado y eficaz. De los egipcios, no de los extraterrestres.

No son muy conocidos los restos egipcios encontrados en el desierto de Libia al oeste, ni los localizados en la Península del Sinaí, en la costa occidental del mar rojo o en Nubia, al sur. Y, sin embargo, revisten un enorme interés. En el verano de 2011 arqueólogos franceses y norteamericanos comenzaron a excavar el puerto más antiguo jamás descubierto, con más de 4.500 años de antigüedad. Es un complejo enorme, de 5 kilómetros de extensión, con multitud de estancias y construcciones de todo tipo y tamaño. En este puerto de Wadi al-Jarf se encontró el Diario de Merer, la prueba definitiva que desmonta cualquier teoría alternativa a la construcción de las pirámides. Merer era un funcionario con el título de inspector, y estaba obligado a llevar un cuaderno de bitácora en su tarea de traslado de bloques de piedra desde la cantera de Tura a la pirámide de Guiza. Con su equipo, formado por 40 barqueros, trasladaba en seis viajes unos 200 bloques de 3 toneladas al mes. Y todo está descrito con detalle.

En el primer día Merer salía cargado de piedras desde Tura hacia Guiza, aprovechando la corriente del río Nilo.  Llegaban a un lago artificial que se había creado junto a la pirámide, para acercar lo más posible las piedras a su destino final y ahorrarse el trabajo de arrastrarlas por tierra. Allí las piedras eran inspeccionadas en un centro administrativo llamado Ra-she Khufu (la boca del estanque de Khufu). Pasaban la noche. Al día siguiente se descargaban la treintena de bloques de piedra y, al tercer día, regresaban a Tura aprovechando los vientos del norte.

¿Y cómo se trasladaban los bloques de piedra de la cantera al barco y del barco a la pirámide? Arqueólogos franceses e ingleses han descubierto en las canteras de alabastro de Hatnub una rampa con bastante pendiente de la época de Keops. Estaba flanqueada por sendas escaleras con numerosos orificios para postes. Las piedras se movían sobre trineos de madera ayudándose de los postes laterales y de la fuerza de los bueyes.


Además, científicos holandeses han demostrado experimentalmente que las piedras se movían con mucha menos fricción al añadirse un poco de agua durante el traslado. En una de las paredes de la tumba del nomarca (líder local) Djehutihotep, en la necrópolis de Deir el-Bersha, vemos a un grupo de personas tirando de un trineo que carga una estatua enorme. Alguien vierte agua sobre la arena.


Las pruebas se acumulan. También se ha encontrado el poblado de los trabajadores encargados de construir la gran pirámide. Eran personas libres, bien alimentadas y con excelentes cuidados médicos. Los esqueletos muestran facturas perfectamente curadas.

Las pirámides no fueron un milagro inexplicable; tampoco una explosión inmediata de creatividad y genio constructor. Al contrario, fueron fruto de un proceso de aprendizaje que tiene sus hitos en Zoser, con su primera pirámide escalonada de piedra, en Snefru y sus tres pirámides que afianzaron el conocimiento de las pirámides con caras lisas. Y la consolidación que supusieron las enormes pirámides de la meseta de Guiza. Son cientos las pirámides alzadas a lo largo de los años, en Egipto y en otros muchos lugares.

Los extraterrestres no son necesarios para explicar las pirámides. Pero es una lástima que nadie sepa de Merer y de su rigor a la hora de llevar un registro documental de su labor como funcionario del imperio antiguo. Supongo que se debe a que no es entretenido. Es más interesante especular sobre naves extraterrestres trasladando grandes bloques, sobre alquimistas milenarios capaces de disolver y solidificar rocas. Sobre gigantes mitológicos que trasladaban grandes bloques de piedra.

A lo mejor están huecas y llenas de grano. O son centrales energéticas para abastecer naves espaciales. Es posible que en su interior haya nidos de reptilianos esperando a eclosionar.

¿Usted qué cree?

Antonio Carrillo

domingo, 4 de junio de 2023

Alienígenas en televisión

Hace años un programa de televisión llamado “Cosmos” despertó en mí el interés por la ciencia. Durante la adolescencia, una época de búsqueda y asombro, fui afortunado al llenar mi mente de estímulos como planetas, redes neuronales, evolución o galaxias.

Carl Sagan, el autor, tenía el raro talento de aunar disciplinas diversas: física, geología, historia, biología o filosofía, que nos abrían los ojos a una realidad holística y siempre apasionante. Todo un universo de saber apoyado sobre un rigor científico inexcusable. Una gozada.

35 años más tarde mi hijo Pablo puede ver en horario de máxima audiencia documentales en los que se defienden ideas como que las pirámides de Egipto las construyeron gigantes descendientes de extraterrestres lascivos. La Tierra podría ser plana, los humanos convivieron con los dinosaurios y los gobiernos ocultan la existencia de ruinas en Marte. 

Es descorazonador ver como todos los días se desgranan una retahíla de argumentos sin lógica alguna, en una verborrea repleta de fechas y supuestos datos históricos que no se sustentan en hechos demostrables. En estos documentales se utiliza el llamado Gish gallop o ametralladora de falacias, una técnica de debate que se basa en la acumulación frenética de datos y argumentos tramposos, en una sucesión que no ofrece pausa para la reflexión ni está apoyada en argumentos científicos o lógicos validables.

No hay apenas documentales de ciencia. Tenemos, eso sí, buscadores de tesoros, personas que milagrosamente encuentran objetos alucinantes en trasteros y contenedores (parece que no hay guardamuebles en los EEUU que no contengan una espada samurái o una guitarra de Presley), o misterios sin resolver de todo tipo. Y muchos extraterrestres rijosos que nos visitaron hace milenios, que sembraron las semillas de la ciencia y del saber. Un conocimiento al parecer inalcanzable para los humanos sin ayuda.

Tenemos la televisión que merecemos. Es así de simple. Un 27% de los norteamericanos o españoles creen que el Sol gira alrededor de la Tierra. Cuando una sociedad aborregada e ignorante siga los dictados de líderes mesiánicos en posesión de una única verdad todos tendremos la culpa. Por desidia.

Espero que, si algo así sucede, los amables alienígenas de antaño regresen para librarnos de tanta mediocridad.

Por favor.

Antonio Carrillo

martes, 28 de marzo de 2023

El peor año de la humanidad y una mascota enferma


Nuestro relato comienza con una niña de cinco años, que juega en el patio de su casa en Raphta. Hace mucho frío, a pesar de encontrarse en Azania (hoy Tanzania), en el este de África. La chavala sueña con conocer las blancas montañas de la luna, donde nace el poderoso río Nilo.

Su padre es comerciante del marfil deseado. Se lo vende a esos romanos que hablan griego, a los magos que – se rumorea - dominan un fuego que arde bajo el agua. Es el año 536 según el calendario de los cristianos. Y hoy, como ayer, como en el último año, apenas si ha salido el sol. Y hace mucho frío.

 

Desde el año 535 todo el planeta está sumido en las penumbras. Las crónicas hablan de un sol tan débil que la luz del día se asemeja a las noches de luna llena. En la China meridional del amable emperador Wu de Liang, en pleno agosto, no se superaban los 5 grados, y ciudades y campos están bajo un manto de nieve blanca. Europa y Asia padecen una densa niebla seca. Fueron 18 meses terribles, de hambre, sequía y penurias.

Los anales gaélicos describen la falta de pan en Irlanda. Procopio de Cesarea describe un sol apagado que no calienta, y una época de muerte. El senador romano Casiodoro dice que al mediodía no hay luz, y las personas que deambulan como espectros no producen sombras por la ausencia del sol.

Las cosechas no prosperan, los animales mueren. Los análisis de los anillos de la madera de un roble irlandés nos aportan la prueba de que durante 8 años los árboles dejaron de crecer. Estos análisis se han confirmado en los troncos de árboles de Finlandia, California, Chile y Suecia. El planeta entero se adormece, súbitamente congelado.

¿Por qué sucede esto?

El análisis de los núcleos de hielo recogidos en lugares tan distantes como Groenlandia y la Antártida muestran que en esa época había grandes cantidades de ácido sulfúrico, lo que evidencia una lluvia ácida en los cielos del mundo. El origen más probable de esta antagonista de la vida son las erupciones volcánicas masivas.

Además, en los núcleos de hielo de Groenlandia se han observado sedimentos y microorganismos de origen marino. Curiosamente, los microfósiles detectados provenían de aguas cálidas, tropicales. Los geólogos especulan con erupciones submarinas que, al vaporizar el agua del mar, transportan a la atmósfera los sedimentos marinos. El análisis de los hielos de un glaciar en Suiza nos ofrece nuevas pistas: en la ceniza se distinguen partículas microscópicas de vidrio volcánico procedente de Islandia.

Por lo tanto, parece demostrado que desde al menos el año 535 la tierra sufrió una sucesión de erupciones catastróficas en distintos lugares del planeta. Por ejemplo, el volcán Krakatoa explosionó el año 535, y también erupciona el volcán Rabaul en Papúa Nueva guinea. Se postulan erupciones masivas en Islandia, y parece probado que hubo actividad volcánica submarina en zonas ecuatoriales… y además contamos con la catástrofe del lago de Ilopango en El salvador. Fueron demasiadas catástrofes en poco tiempo, y la Tierra no fue capaz de curarse.

El lago de Ilopango, a solo 16 kilómetros de San Salvador, mide 11 kilómetros de largo y 8 de ancho, con una superficie de 72 km² y una profundidad de 230 m. Su belleza oculta un monstruo dormido; en realidad es un cráter inmenso, y en sus profundidades yace un enorme depósito de magma. En el año 536 este leviatán abrió sus fauces de fuego en un aullido que conmocionó a todo el planeta.

Es difícil imaginar la potencia del estallido sin hacer mención a las cifras: imagine que multiplica por más de 100 el estallido del Monte St. Helens de 1980, un horror que arrasa todo rastro de vida animal y vegetal 2.000 kilómetros cuadrados a la redonda. Fortísimos vientos huracanados ardientes, a cientos de kilómetros por hora, queman campos y ciudades. 80.000 personas mueren en cuestión de pocos minutos. El monstruo expulsa a la atmósfera más de 84 kilómetros cúbicos de ceniza y polvo que cubren buena parte del planeta.

Los efectos fueron terribles en poblaciones mayas cercanas. La cultura Moche de Perú, maravillosa en su dominio de la cerámica, comienza un declive imparable que acabará con su desaparición. La sequía global agrava las consecuencias del frío y la falta de luz. En China se describe una lluvia extraña, improductiva, de un polvo amarillo. En el imperio romano de oriente, en Bizancio, los sueños de restaurar un imperio romano que abarque todo el Mediterráneo están abocados al fracaso. Belisario, el glorioso general bizantino, ha llegado a Roma, y el Papa que desafía las órdenes del emperador Justiniano es destituido. Pero hay hambre, oscuridad y presagios de muerte en el aire.

Y, sin embargo, lo peor está por venir. La humanidad se enfrenta a un enemigo invisible que le someterá a un dolor inenarrable, a un calvario definitivo y cruel. Y todo comienza en el 536, en el patio de una casa en Raphta.

 

La niña es pequeña para saber que de su querida Raphta salen 50 toneladas anuales de marfil rumbo a Bizancio. Se matan 5.000 elefantes al año; no es de extrañar que más al norte, por Etiopía o Eritrea, de donde es su padre, los elefantes se hayan extinguido. Los cuernos de rinoceronte también son un producto de lujo. Pero la pequeña es ajena a todo y solo le preocupa una cosa: su mascota, un pequeño gerbillo, está enfermo. Ya no corretea en su jaula. Jadea. Vomita sangre.

 

Enormes volcanes estallan, se derrumban imperios y el hambre campa por doquier; un Papa díscolo muere de hambre y apaleado en una cárcel. Pero todo este espanto tenía solución hasta que un pequeño roedor cae enfermo en el patio de una casa de una ciudad del este de África… el mundo ya no será nunca el mismo. Este suceso doméstico, aparentemente sin importancia, acabará con el mundo antiguo y empujará a todo occidente a un periodo de 1.000 años de oscuridad y miedo.

El gerbilino está enfermo por una bacteria llamada Yersinia pestis, muy común pero restringida a estas zonas del este de África. Una pulga pica al roedor con aspecto de ratón y se contagia a su vez; pero en el 536 algo ha cambiado. Por vez primera hace frío en Raphta, y la pulga diminuta se convierte en un arma de destrucción masiva.

Las pulgas no son de sangre caliente, como el roedor, y son vulnerables a la temperatura ambiente. En Raphta la temperatura ha bajado de 27,5 °C., y algo sucede. Exactamente cuando se baja de esta temperatura la bacteria libera una enzima que provoca su rápida expansión en el estómago y el tracto digestivo de la pulga. La bacteria obstruye el intestino medio de la pulga, que no puede alimentarse. Esto hace que busque frenéticamente alimento, lo cual favorece a la expansión de la pandemia. La pulga infecta a otros gérbilinos, pero también a ratas negras. Y a humanos.

Es la primera epidemia de peste en la historia de la humanidad. La primera de muchas.

Pocos años más tarde las redes comerciales transportan la peste de África al imperio bizantino, muy debilitado por las hambrunas. El 25 % de la población, unos 50 millones de personas, muere. Las ciudades se despueblan, se abandonan los terrenos de cultivos por falta de mano de obra. Con el tiempo, la infección llegará a toda Europa y a Asia, y dejará un rastro de muerte durante siglos. La unificación del imperio romano será imposible. Habrá revueltas, se paralizan las actividades comerciales y el trasvase de cultura y conocimientos. Pueblos provenientes de Mongolia y pueblos eslavos invadirán y se instalarán en el este de Europa. En unos campos abandonados proliferarán plagas de langostas, como la que arrasó España en el 578 y devastó Toledo. Más hambre. Más muerte.

El mundo se vuelve muy pequeño. Los grandes caminos empedrados que unían todos los puntos del imperio romano caen en el olvido. El universo se reduce a un poblado, a una aldea, castillo o parroquia. En los púlpitos se dirá que tanto dolor es un castigo de Dios por nuestros pecados. Que la obediencia es la salvación. Todo rastro de pensamiento científico, de debate o espíritu crítico, desaparece. El mundo, antaño esférico, se vuelve plano. El dogma se afianza alimentándose del miedo. Solo en unos pocos reductos, en scriptoriums de monasterios, se resguarda el saber de siglos luminosos. En una Bizancio acorralada también se preserva la memoria del saber. Surgen nuevos idiomas, feudos y reinos.

Raphta cae en el olvido. Hoy ignoramos su ubicación exacta. Espero que la niña, de la que desconocemos el nombre, haya sobrevivido, y haya podido embarcarse en la búsqueda de las montañas de la luna. Pasarán mil años y esa necesidad de explorar, de conocer y preguntarse, germinará en un nuevo tiempo, en un renacimiento de calor y luz. Y descubriremos una cura para la peste que nos ha matado por cientos de millones.

Pero no olvidemos: en lo profundo del lago de Ilopango duerme un monstruo. Y nada es para siempre.

¿Lo oyen? Es su respiración.

Antonio Carrillo

lunes, 20 de marzo de 2023

El metro hecho de sueños

Una cuadrilla de trabajadores de la compañía Degnon Contracting está excavando una nueva línea de metro en el duro subsuelo de Nueva York. Son una amalgama de nacionalidades: italianos, irlandeses y otros muchos, mano de obra barata que lucha contra el esquisto y el resistente gneis que hoy hacen posible el bosque de rascacielos. Es el año 1912.
Se encuentran debajo de la calle Broadway, pero el trabajo se ha detenido. Han encontrado algo inesperado. Llaman al ingeniero. Hay un túnel muy extraño y un raro artefacto.
Tres hombres se adentran en la oquedad, y lo que ven resulta difícil de creer. Las lámparas de carburo iluminan un túnel perfectamente circular, y en él un vagón de madera con forma cilíndrica exquisitamente decorado, con lámparas de oxígeno y capacidad para 22 pasajeros. Era extraño, porque no había locomotora alguna que lo hiciese funcionar. Al ingeniero le vino a la memoria un cuento breve del escritor Julio Verne: “Un expreso del futuro”, de 1895, en el que se relata la experiencia de un viaje bajo el Atlántico a bordo de un ferrocarril sin locomotora, impulsado por energía neumática. Una obra de fantasía. Un imposible. Pero, ¿acaso no estaban viendo algo parecido? 

Al final del túnel vieron un andén, con la entrada del túnel flanqueada por dos estatuas gemelas de Mercurio, el dios mensajero con sandalias aladas. En lo alto se podía leer “PNEUMATIC (1870) TRANSIT”. No cabía dudas: ¡era un sistema de transporte neumático de hacía 40 años!
En una sala lateral se encontraron con la maquinaria que hacía posible tal hazaña: una bomba neumática de 100 caballos de vapor de potencia y seis metros y medio de altura, capaz de mover 9.000 metros cúbicos de aire por minuto. También vieron una enorme sala de espera, lujosamente decorada. Medía 40 metros de largo y estaba engalanada con cuadros, fuentes, dibujos, falsas ventanas y un gran piano. Todo seguía allí, en la oscuridad, testigos mudos de una proeza sin igual. Pero nadie recordaba este lugar. ¿Dónde estaban? ¿Qué estaban viendo? ¿Quién había construido algo así?
En la década del 1870 todas las grandes ciudades del mundo crecían con rapidez y había una necesidad imperiosa por mejorar el transporte público. El caballo como medio de transporte en superficie era lento, y resultaba muy poco higiénico por razones obvias. Londres había inaugurado su primer “metro” subterráneo en 1863, con unas locomotoras de vapor que quemaban fuel y condesaban su vapor en unos depósitos especiales. Sin embargo, era imposible evitar que la mayor parte del humo escapara y llegase a los viajeros. 

Años antes, en la década de 1860, se había dado a conocer una nueva invención: el correo neumático. A través de pequeños túneles se enviaban cápsulas con mensajes y pequeños paquetes. Empezaban a verse en comercios, entidades bancarias y organismos públicos. Las cápsulas recorrían grandes distancias en apenas unos pocos segundos.
Alfred Ely Beach, un inventor norteamericano, pensó que este sistema era limpio, seguro y eficaz; y que podía utilizarse en el transporte de personas. En una feria en Nueva York, en 1867, presentó su idea: un tubo de madera de 1.80 metros de diámetro y 30 de longitud, suspendido del techo, y en cuyo interior un vagón con capacidad para 10 asientos era disparado por aire a presión. El invento funcionaba.
Pero Beach se enfrentó con un poderoso adversario: William M. Tweed, terrateniente, político corrupto y empresario sin escrúpulos, con intereses en el mundo del ferrocarril, que se opuso a las ideas de Beach. Además, los comerciantes y propietarios de los edificios de la calle Broadway veían con preocupación que sus propiedades pudiesen sufrir daños por la perforación de túneles. Beach no consiguió el permiso para excavar su metro. 

Sin embargo, estaba decidido a construir su línea, y solicitó un nuevo permiso para construir un sistema de reparto de correo subterráneo parecido al de Londres. Eran dos túneles pequeños, de unos 145cm de diámetro, bajo la calle Broadway. Cuando consiguió el permiso solicitó una enmienda para simplificar el proyecto; en vez de dos túneles independientes construiría uno más grande. El cambio pasó desapercibido y la enmienda fue aprobada.
Beach alquiló un sótano de la tienda Devlin's Clothing Store, un almacén situado en el 260 de Broadway, y a escondidas empezó a perforar, por debajo de las tuberías y cloacas de Nueva York, un túnel profundo de 2.40 metros de diámetro. Había inventado el Beach Shield, un artefacto que trituraba la tierra por medio de piquetas conectadas a una bomba hidráulica, que anticipó a las tuneladoras modernas. Aprovechaba la oscuridad de la noche para sacar la tierra en sacos, que almacenaba en sótanos de edificios cercanos. No quería que nadie supiese de la magnitud de la obra.
Casi al final se filtró a la prensa la verdad de lo que estaba sucediendo, pero ya era tarde para detener a Beach, y el 1 de marzo de 1870 las autoridades pudieron hacer el primer viaje en el metro neumático de Nueva York. Los primeros pasajeros tomaban asiento bajo tierra y una fuerte ráfaga de aire propulsaba el vagón y le hacía recorrer unos cientos de metros. Cuando se aproximaba al final del túnel sus ruedas tocaban un cable telegráfico que hacía sonar una campana en la sala de la gran bomba neumática. El ingeniero movía las válvulas, y pasaba del modo “propulsor” a “estirador”, por lo que el vagón reducía su velocidad y se detenía suavemente. A los pocos instantes, la cápsula era “absorbida” de vuelta a su punto de origen. Eso era todo, un viaje de ida y vuelta bajo tierra. 

A los neoyorquinos les encantó. El viaje costaba 25 centavos, y en dos semanas se recaudaron 2.805 dólares. En su primer año de funcionamiento se contabilizaron 400.000 viajeros. Todo el mundo estaba entusiasmado, y Beach imaginó a miles de inversionistas invirtiendo en su Beach Pneumatic Transit Co. Me encanta el detalle del dibujo, con el querubín soplando las velas.
Por desgracia, estalló la Gran Depresión de 1873, la primera gran crisis del capitalismo, y el proyecto de Beach se quedó sin inversores. Intentó sobrevivir alquilando su túnel primero como galería de tiro, y luego como bodega. Pero no era suficiente para recuperar la inversión y acabó cerrando.
Alfred Ely Beach murió el 1 de enero en 1896 a la edad de 69 años. Dos años más tarde, en 1898, un incendio destruyó el edificio de los almacenes Devlin y borró todo rastro de la entrada al sótano y al andén de la estación. Y cayó el olvido.
Allí quedó el piano, los frescos de las paredes, el vagón y la maquinaria. Todos ellos hechos de ese material del que se forjan los sueños.

Antonio Carrillo

jueves, 9 de marzo de 2023

El libro más misterioso

 


Todos tenemos la necesidad de buscar refugio en los templos. Mis santuarios suelen adoptar la forma de museos o bibliotecas. Me fascinan sus atmósferas, sus laberintos de cultura revelada. Su evocación de una realidad más rica y matizada.

Hace años Humberto Eco nos invitó a conocer un templo imaginado: la biblioteca del monasterio medieval de El nombre de la rosa. Es una novela maravillosa, que transpira su amor por los libros y que le aportó fama mundial. No es de extrañar que en el otoño de 2013 fuese invitado a celebrar el 50 aniversario de otro lugar fascinante: la biblioteca Beinecke de Manuscritos y Libros Raros de la Universidad Yale. Ya solo el nombre resulta evocador: la biblioteca de libros raros.

Al llegar, Eco vio una fachada sobria, sin ventanas. Una caja de hormigón y piedra diseñada por Gordon Bunshaft, ganador del premio Pritzker, el conocido como Nóbel de la arquitectura. Pero una vez dentro asistió a un milagro en forma de luz: el mármol veteado de la fachada tiene apenas 32 milímetros de espesor, lo que le confiere una cualidad translúcida. Es un corte tan fino que la luz atraviesa la piedra, provocando un ambiente de perpetua penumbra, que invita al recogimiento. Es una luz tamizada que protege el tesoro de cientos de miles de ejemplares únicos y que refuerza el sentimiento de habernos adentrado en un verdadero templo.

En el centro, una torre de cristal de seis pisos nos muestra 180.000 libros, todos ellos extraordinarios. Más abajo, en los sótanos, se resguardan muchos más. Todos los ejemplares han sido sometidos a un procedimiento extremadamente peculiar: fueron envueltos en plástico y congelados durante 3 días a -36 ºC. Es un sistema que ahora imitan muchas otras instituciones y que previene las plagas.

Humberto Eco tiene a su disposición algunos de los ejemplares más alucinantes del mundo, como una de las escasas 48 biblias de Gutenberg que se conservan en el mundo. Pero el erudito solicita ver un solo libro, el que tiene el código MS 408.

Eco ha pedido que le traigan el manuscrito Voynich, el libro más misterioso del mundo.


El semiólogo italiano disfruta del privilegio de poder pasar las páginas de un ejemplar repleto de imágenes insólitas, de plantas desconocidas, de soles y estrellas, de mujeres desnudas conectadas por tuberías y diagramas circulares ininteligibles.

Un libro que nadie ha podido leer, porque está escrito en un idioma que no existe.

Hemos podido datar cuándo se fabricó la piel que conforma sus 240 páginas; según las pruebas del carbono 14 el pergamino se fechó entre 1404 y 1438, y el análisis químico de la tinta demostró que fue aplicada no mucho después. Por lo tanto, estamos ante un verdadero ejemplar de finales de la Edad Media.

Algunas pistas nos permiten elucubrar sobre el lugar en el que fue escrito: Italia. Hay un dibujo de una ciudad amurallada y, curiosamente, en la Baja Edad Media del norte Italiano la forma de las almenas podía ser un signo de orientación política. En concreto, las almenas cuadradas se utilizaban en murallas de los  güelfos, una facción que apoyaba al papado. Sus enemigos los gibelinos, que apoyaban al emperador, se identificaban con almenas con forma de cola de golondrina.


Las almenas dibujadas en el manuscrito Voynich eran almenas gibelinas, similares a las del castillo de Fenís en el norte de Italia.

Además, la escritura está hecha en un tipo de letra que se denomina “itálico”, propio del norte de Italia y de principios del 1.400. Todo coincide.

En la década de 1940 George Kingsley Zipf, lingüista de la Universidad de Harvard, ideó una ley que determina la frecuencia de aparición de las distintas palabras de un idioma. Es una ley que permite distinguir los idiomas naturales de los artificiales, como el de los elfos de El señor de los anillos o el klingon de Star Trek. El idioma del manuscrito Voynich cumple con la Ley de Zipf. 

Es un texto escrito de izquierda a derecha, dividido en párrafos y sin signos de puntuación. Es un alfabeto de entre 20 y 30 glifos, con unas 35.000 palabras. El Santo Grial de la criptografía histórica que se ha resistido a desentrañar sus misterios hasta el día de hoy.

¿Cuál es su propósito? Hay múltiples teorías. Es muy extraño que los dibujos muestren plantas que aparentemente no existen. Algunos teóricos de ideas alucinatorias has especulado con que se trate de un herbario extraterrestre. En realidad, puede que la explicación sea más mundana: podría tratarse de un manual de secretos guardados por artesanos medievales, en cuestiones como farmacopea de venenos, fabricación de instrumentos ópticos, medicina avanzada, fabricación de nuevos materiales como el papel o el vidrio… asuntos que representaban las mayores innovaciones tecnológicas a finales de la Edad Media y cuyo conocimiento y difusión estaba regulado y protegido por el Estado para evitar que potencias extranjeras tuviesen acceso al mismo.  

Por otra parte, un experto en herbarios antiguos, Sergio Toresella, ha propuesto que el manuscrito Voynich podría ser un herbario alquímico ficticio, con dibujos inventados; un manual con el que los curanderos trataban de impresionar a sus clientes. Al parecer era una práctica conocida en el norte de Italia de esa época, aunque ninguno de los manuales que nos han llegado ha sido escrito en un idioma desconocido. Y es curioso que un idioma inventado cumpla con la Ley de Zipf.

Podemos encontrarnos ante un grimorio: un libro de conocimiento mágico europeo de la Baja Edad Media, con sus fórmulas mágicas, correspondencias astrológicas, hechizos e invocaciones de entidades sobrenaturales y aquelarres.  Un libro como el Liber Aneguemis (en español, Libro de las leyes), un manual de magia natural práctica donde se explica cómo crear una entidad humanoide a partir del sacrificio de una vaca, esperma humano, minerales o sangre. Un libro fascinante donde se ofrece las claves de la invisibilidad, de la transformación o de la adivinación. También se ofrece información sobre las ilusiones ópticas o la fabricación de artefactos.  

No me extraña que Humberto Eco pidiese ver el manuscrito Voynich. Yo habría hecho lo mismo.  Y eso que la biblia de Gutenberg de la biblioteca Beinecke está completa: sólo hay 21 biblias Gutenberg completas en el mundo.

Por cierto, hay una biblia completa de Gutenberg en la Biblioteca Pública del Estado de Burgos; no es de extrañar, Burgos, en el norte de España, era una localidad importante en la edición de libros del siglo XV. Y hay más: en el año 2015 Yale seleccionó a una editorial experta en ediciones facsímiles, con más de 14 premios nacionales, para hacer un facsímil del manuscrito Voynich. Esa editorial se llama Siloé y tiene su sede en Burgos.

Tras años de investigación y de trabajo sobre el manuscrito, y dada la cantidad de información recabada, la editorial decidió reformar el antiguo Museo del Libro de Burgos y convertirlo en el actual museo del manuscrito Voynich. Su última incorporación es una carta manuscrita de Ethel Lilian Voynich a la investigadora Eleanor Marquand, del Jardín Botánico de Nueva York, sobre las plantas dibujadas en el manuscrito.

Lo decía al principio: los laberintos de cultura que nos llevan de la Italia medieval y sus almenas a Connecticut, donde está Yale, y a la hermosa Burgos.

Estos trayectos por la cultura y el saber no son inútiles. Nos vacunan contra el aburrimiento y la estulticia. Y hoy son más necesarios que nunca.

Porque, por desgracia, convivimos con la idiotez y la mediocridad. ¿Recuerdan que les dije el nombre del arquitecto de la biblioteca Beinecke? Gordon Bunshaft, uno de los creadores más importantes del siglo XX, diseñó una casa para él y su esposa: la conocida como Travertine house.  Una caja rectangular de hormigón revestido de travertino, con unos espacios habitables interiores separados por paneles de vidrio. La iluminación estaba diseñada específicamente al servicio de una colección de arte que incluía piezas de Picasso, Le Corbusier o Henry Moore. ¿Se lo imaginan?

La viuda de Bunshaft intentó renovar el interior en 1990, pero una disputa con un vecino, el promotor Harry Macklowe, lo impidió. Cuando falleció en 1994 la casa y su contenido fueron legados al MOMA, que vació la casa de sus obras de arte y la vendió a un particular, Martha Stewart, sin restricciones que protegieran una obra de arte de la arquitectura del siglo XX.

Martha acabó en la cárcel por problemas legales, y le regaló la casa a su hija Alexis, quien a su vez se la vendió al magnate textil Donald Maharam, quien describió la Travertine house como "decrépita y en gran parte irreparable". La demolió en el 2005 para que su yerno, David Pill, pudiese diseñar una casa nueva.

La Travertine house también era un templo, y cuando se derribó todos nos volvimos un poco más pobres. Los constructores, empresarios textiles, notarios y funcionarios de prisiones son necesarios. Pero también lo es un semiólogo y un poeta, un historiador y un músico. La cultura nos pertenece a todos y a todos corresponde protegerla.

Sin cultura corremos el riesgo de demoler templos con nosotros dentro.

Hay casas que no son prácticas, y hay libros que no se pueden leer. Menos mal.


Antonio Carrillo