Son quince notas.
Una melodía muy simple. Una
sucesión de blancas y negras, en un ritmo ternario, un compás hipnótico de tres
tiempos. El ritmo al que cantan las olas.
Son quince notas, en ocho
compases. Fíjense al principio: la melodía se toca quedamente por el bajo, en
apenas treinta segundos. Medio minuto y quince notas que se suceden. Parece
poca cosa.
Enseguida (30 segundos) el bajo
repite la melodía, pero surgen otras voces. Es lo mismo, pero distinto. Las
ocho notas ya no están desnudas; revestidas ahora de sonidos de seda, que
apenas las rozan, las notas miran hacia lo alto, embelesadas.
Una tercera vez (1 minuto). El
bajo ostinato de nuevo vuelve a insistir en su lamento de tonalidad menor; y
unas voces, distintas de nuevo, conversan con él. Todo es delicado, etéreo.
La cuarta vez que el bajo repite
su canción (1 minuto y 26 segundos) hay un sonido que se eleva, más alto. Hay
dos melodías ahora, hermanadas. A este fenómeno lo llamamos contrapunto, y
asistimos a su forma última, suprema.
Lo que está escuchando es música
en su estado más puro. Stokowski opinaba que esta obra era a la música lo que
una catedral a la arquitectura: una de las obras más espirituales y perfectas jamás
concebidas.
Hasta veinte variaciones se
suceden, una tras otra, todas distintas e iguales; hipnóticas en su complejidad
y sencillez. Es una paradoja difícil de entender. En tu mente la melodía
primera permanece siempre, incluso en los fragmentos en los que no está.
Lo que está escuchando es una
obra que Bach compuso con apenas 21 años, una Passacaglia y fuga. Hay una
armadura de clave con tres bemoles: si, mi, la. La obra está escrita en la
tonalidad de Do menor.
El maestro alemán la compuso para
órgano; pero lo que le propongo que escuche es una transcripción para orquesta realizada
por Stokowski, el director que comenzó siendo organista. En realidad es un
pequeño (gran) sacrilegio, pero la orquesta, el más sublime de los instrumentos
junto con la voz humana, aporta una infinita variedad de timbres que afinan,
delimitan, las muchas voces que intervienen en esta obra. Además, el órgano es
un instrumento muy difícil de grabar con la suficiente fidelidad.
El órgano está sustancialmente
ligado a una atmósfera, a un entorno que le ofrece algo más que acústica. Pero
esto es muy difícil percibirlo con una grabación. Al menos, esa es mi opinión.
En todo caso, pido disculpas por
el atrevimiento.
Hay, dentro de la obra, claves
numéricas: las 20 variaciones se dividen a su vez en dos grupos de 10 (como los
Mandamientos). En la décima variación, por ejemplo, (4 minutos y 47 segundos)
la melodía del bajo desaparece. En la partitura para órgano reina el silencio.
Sin embargo ¿no lo escuchan, aunque no esté?
También se pueden dividir las
variaciones en grupos de cinco. Por ejemplo, al comienzo de la quinta variación
(2 minutos 18 segundos) cambian las notas del bajo. Ya no son sólo blancas y
negras. Cuando el sonido pierde la continuidad y se hace quebradizo, más
vulnerable, se dice que está rielando. Es decir: que brilla con luz trémula.
He leído que esta composición
simula la forma de una cruz. Es discutible y, en todo caso, intrascendente.
La obra termina (8 minutos, 50
segundos) con una fuga maravillosa, al principio con la melodía asumiendo el protagonismo
de la mano derecha; más tarde, en el minuto 9 y 21 segundos, la melodía regresa
al bajo; y se suceden diálogos en los que se pierde por momentos (nunca del
todo) y regresa. La obra finaliza a los 14 y 54 con un majestuoso acorde en Do
mayor.
No pretendo hacer una guía de
audición. Lo único que les ruego es que la escuchen con calma, en silencio. No
son más que 15 notas ¿saben?, repetidas de muy diversas maneras durante 15
minutos.
Pero, desde hace ya muchos años,
estas 15 notas me acompañan y confortan. Es algo que quería compartir.
En este link he elegido la
obra, en la versión editada por DECCA con la Orquesta Filarmónica Checa
dirigida por el propio Stokowski:
¿Saben? Les envidio si es la primera vez que la escuchan.
Que la disfruten.
Antonio Carrillo






