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jueves, 16 de febrero de 2012

Pompeya: una mujer, una nube extraña y un aragonés tozudo


Una mujer abandona la casa de sus amos.

Estamos en el año 832 desde la fundación de Roma, el séptimo día antes de las calendas de septiembre. Con el tiempo, de esta palabra, "calendas", derivará "calendario"; pero falta mucho para ello. Centrémonos.

Vivimos, así pues, el 24 de agosto del año 79 d.C., y nuestra protagonista habita en la región de Campania, una zona privilegiada, lugar de vacaciones para la nobleza romana, fecunda en ricas fincas y propiedades, con una tierra fértil, playas de aguas cálidas y un clima agradable. Está salpicada por pequeñas poblaciones y cuenta con una gran urbe, Neapolis (Nápoles).



La mujer abandona, decíamos, la casa de sus amos. Es una esclava de 43 años, a la que se le advierten los muchos años de trabajo por su andar cansino. Se sabe afortunada; tiene unos dueños amables y justos, y ha sido lo bastante poco agraciada como para que los hombres no le incomodaran salvo en un par de ocasiones. Lleva una vida tranquila y tiene varias amigas en casa. Como Alia, la esclava que sabe leer, hija que fue de un pequeño propietario empobrecido. Alia es hermosa y más joven, la pobre. El hijo del amo la solicita a menudo en su lecho.

Podría ser peor, piensa. Podría haberle obligado a ponerse la toga corta oscura y la peluca rubia, para así ganar dinero con ella. Habría sido una "triviae", una prostituta de baja estofa que ofrece "los tres servicios". La mujer no puede evitar estos pensamientos mientras recorre las calles de una ciudad en la que hay más prostíbulos que panaderías. Muchos de los anuncios que jalonan las paredes son bastante explícitos respecto del servicio que se ofrece.

Casi a diario, Alia le acompaña en el paseo, y con su ayuda escudriña los carteles. Les gusta estar al día de las novedades, y a menudo se escandalizan con ciertos anuncios y proclamas. La ciudad bulle de gente; y en esta época del año aun más. Hay multitud de anuncios proponiendo alquileres durante el verano (sigue habiendo habitaciones disponibles, a pesar de lo avanzada que está la temporada), y se anuncian juegos próximos en ésta y otras ciudades cercanas. En ellos se puede leer al final la fórmula "qua dies permittat" (si el tiempo lo permite) ¿Les suena?

Por toda la ciudad hay restos humeantes de la fiesta de anoche, la "vulcanalia", la fiesta en honor a Vulcano, el dios del fuego.

Sin embargo, con sus ojos de mujer mayor, nuestra protagonista sabe leer la decadencia en una grieta no reparada, en un local abandonado, en las hogueras vulcanalias aun sin limpiar o en los burdeles medio llenos. La mujer hace memoria: la mañana del 5 de febrero del 62 la tierra se agitó con fuerza y destruyó buena parte de la ciudad. Hubo cientos de muertos, y las obras de reparación no han acabado 17 años después. Se percibe que la región vive un periodo de declive económico evidente, y la tierra se agita para recordarlo. En el 64 hubo otro pequeño temblor; se cuenta que el sátrapa Nerón se encontraba recitando en Nápoles cuando le sorprendió el terremoto. Era la primera vez que ejecutaba una canción en público, y demostró valor al continuar con su representación. Cuando salió del teatro, éste se derrumbó. 

Es la hora quinta. La mujer debe darse prisa, pronto hará mucho calor.

Es una incomodidad lo que está pasado con el agua, piensa. Llevan varios días sufriendo temblores, y hace dos, inexplicablemente, el Aqua Augusta, el acueducto que abastece de agua la ciudad, se ha secado. Las autoridades no saben por qué.

La mujer se detiene a observar el muro de una casa; hay elecciones próximamente, y la pared está repleta de carteles electorales de color rojo. Lo normal es que un equipo de tres personas intervengan en su elaboración; uno blanquea la pared y otro realiza el cartel con una letra cuidada. El tercero alumbra y vigila si es de noche; las calles no siempre son seguras. Se emplean todo tipo de argucias durante la campaña: en ocasiones, los seguidores de un candidato intentan tapar los carteles de su adversario; y se han visto carteles en los que prostitutas apoyaban a una persona. Es seguro que son falsos, obra de sus oponentes. Lo cierto es que ninguno de los candidatos ha podido explicar lo que sucede con el agua, ni ha propuesto soluciones. (No como en nuestros tiempos, lector, en los que contamos con grandes políticos prestos a encontrar soluciones).  

La mujer piensa en todo esto mientras retoma su camino y pasa junto a una plaza, con una fuente seca.

La mujer se acerca a una de las puertas de la ciudad, sorprendida por el ruido. De repente, todos los perros de la ciudad se han puesto a aullar a la vez. Los caballos están inquietos, con ansia por salir a campo abierto; a los jinetes les cuesta dominarlos. ¿Qué está pasando? En los cielos, grandes bandadas de pájaros se dirigen al norte.

Sale de la ciudad y pronto deja atrás una necrópolis. Ya es la hora sexta y el astro sol brilla en lo más alto. (De esta hora "sexta", que marcaba el mediodía, procede nuestra palabra "siesta"). Frente al bullicio de la ciudad, la campiña ofrece silencio. Todavía debe caminar un trecho hasta llegar a la finca del amo y recoger la cesta de huevos frescos que le han encargado. La mujer se detiene; algo ha llamado su atención. El silencio tan absoluto. No es normal que ni tan siquiera canten los pájaros. El silencio del campo es más inquietante que el bullicio de la ciudad 

Entonces, sin previo aviso, a sus espaldas, un gigante que llevaba dormido mil años despierta con una explosión descomunal, un ruido imposible que destroza su cima. La mujer observa aterrada la enorme columna de humo que se alza hacia lo más alto. El dios Vulcano se ha manifestado con toda su furia el día posterior a su fiesta. Corre hacia la ciudad en busca de refugio.

Corre hacia Pompeya.

Es la una de la tarde del 24 de agosto del 79 d.C.




Una nube extraña se divisa desde Miseno, a unos 35 kilómetros al norte. Son las dos de la tarde. Dos personas extraordinarias son testigos del suceso: Plinio el viejo y su sobrino, Plinio el joven, abogado, escritor y científico. 

Este último nos describe la erupción con detalle en una carta dirigida al historiador Tácito: "la nube mostraba un aspecto y una forma que recordaba más a un pino que a ningún otro árbol. Pues tras alzarse a gran altura como si fuese el tronco de un árbol larguísimo, se abría como en ramas; yo imagino que esto era porque había sido lanzada hacia arriba por la primera erupción; luego, cuando la fuerza de ésta había decaído, debilitada o incluso vencida por su propio peso, se disipaba a lo ancho, a veces de un color blanco, otras sucio y manchado a causa de la tierra o cenizas que transportaba". Plinio describe terremotos, cómo el cielo se oscurece como si fuera de noche y la mar se ve sacudida por maremotos.

¿Exactamente, qué está describiendo Plinio?

El volcán Vesubio es uno de los 12 volcanes más peligrosos del mundo (otros de la lista son el Teide en Canarias, o el Galeras en Pasto, Colombia), y el único que mostró actividad en la parte continental de Europa durante el siglo XX. En sus laderas viven en la actualidad unos tres millones de personas, siendo la zona volcánica más densamente poblada del mundo.

El año 79 el Vesubio había dado indicios de una erupción inminente, pero los habitantes de la zona ni tan siquiera sabían que era un volcán. De hecho, llevaba mil años sin apenas actividad. Demasiado tiempo callado, demasiada energía acumulada.

La mañana del 24, hacia las 9, la cámara de lava comienza a enviar magma y gases ardientes en dirección a la cima del volcán. Cuatro horas más tarde la montaña no soporta la presión, y explosiona con la fuerza de 100 bombas nucleares. Durante 19 horas se liberan 4 km3 de ceniza y roca a la atmósfera, formando una nube en forma de hongo que alcanza los 30.000 metros de altitud, tres veces la altura a la que vuela un avión. Cuando la ardiente nube piroclástica finalmente colapsa, arrasa con todo lo que hay en un radio de 20 kilómetros. El viento sopla en dirección sureste, y se ven afectadas las ciudades de Herculiano, Oplontis, Pompeya y Stabiae.




Herculiano está situada de manera que no recibe tanto la acometida de gases como una corriente de fango ardiente, que la sepulta a 15 metros de profundidad. Una mayoría de sus habitantes tuvieron tiempo de evacuar la ciudad. Posiblemente, la presión del fango y la lava, algo realmente tangible, les obligó a salir corriendo, sin preocuparse por salvar  enseres ni riquezas. Se han encontrado en Herculiano unos 300 cadáveres, aunque esta cantidad es sólo estimativa. Es seguro que debieron de fallecer muchos más.

En Pompeya sin embargo las cosas sucedieron de otra manera. La ciudad sí recibió la acometida de cenizas, piedras y, sobre todo, gases nocivos provenientes del volcán. Se piensa que la mayoría de los 2.000 muertos encontrados fallecieron por asfixia al respirar los vapores nocivos. Buscaron refugio en sus casas, y ello fue su perdición. A esto hay que sumar el derrumbe de techos, las altas temperaturas (la nube piroplástica alcanzo temperaturas de 350 grados) o la constante lluvia de ceniza pumítica blanca, que debía introducirse en los pulmones. El polvo volcánico enterró la ciudad a una profundidad de unos seis metros.

Cuando todo acabó, Pompeya no existía, la erupción cambió el curso del río Sarno y levantó la playa. Con el tiempo se olvidó su emplazamiento.


Un aragonés tozudo entra en escena. Es casi un desconocido. Su nombre: Roque Joaquín de Alcubierre, ingeniero. Y es el verdadero descubridor de Pompeya.




Roque nació en agosto de 1702 en Zaragoza, y en junio de 1734, con 32 años, aprovecha la victoria de Montemar para buscar fama y fortuna como ingeniero militar en Nápoles, ahora territorio español. Desde 1736 trabaja en las obras de ampliación del palacio real de Portici y en encargos relacionados con la conducción de aguas 

Dos años más tarde, ya capitán ingeniero, hizo amistad con un cirujano llamado Giovanni de Angelis, quien le confesó los muchos restos arqueológicos que se encontraban por la zona. Además, supo de la existencia del llamado "pozo Nocerino", excavado por el príncipe de Elbeuf en 1720 mientras buscaba mármoles para su casa; un lugar en el que se habían encontrado cimientos de edificios antiguos. Con una intuición que lo acompañó el resto de su vida, Roque pensó que había grandes descubrimientos esperando a ser desenterrados, e informó a sus superiores.

El propio monarca Carlos III, un hombre culto, se mostró entusiasmado con la idea, compró los terrenos al príncipe de Elbeuf y, en una Real Orden fechada el 13 de octubre de 1738, encargó a nuestro zaragozano que comenzase de inmediato las excavaciones en el pozo Nocerino. Claro que, como suele ser norma en España, los medios con los que contaba no eran como para hacerse muchas ilusiones: tres obreros con sus picos y palas. Pero pronto Roque encontró el muro de un templo romano, y el monarca, muy motivado, puso a su cargo a quince obreros más.

El problema es que Alcubierre no era arqueólogo (en esa época la arqueología era una ciencia por nacer), y su formación de ingeniero militar le llevaba a excavar profundas galerías, oscuras y mal ventiladas, y muy peligrosas. A pesar de todo, las excavaciones avanzaron a buen ritmo y con grandes resultados, hasta que se encontró una inscripción: no se encontraban en un templo de Pompeya, sino en el teatro de Herculiano.



La mítica ciudad de Herculiano, que Plinio el joven había citado en una carta a Tácito unos 1650 años antes, y que había desaparecido de la historia, volvía a ver la luz. Su teatro, la basílica, esculturas, adornos y frescos. Todo en un estado de conservación asombrosamente bueno.

El importante hallazgo, que confirmaba el descubrimiento de los restos de una de las ciudades mencionadas en los textos de Plinio el Joven, alimentó aún más el entusiasmo de Alcubierre. Una galería tras otra, piezas de distinta índole se iban sucediendo sin descanso: esculturas de mármol y bronce, pequeños utensilios y, finalmente, bellísimas pinturas. Pero el trabajo bajo tierra, en esas oscuras galerías subterráneas viciadas por el humo de las lámparas, minó la salud de Roque Joaquín de Alcubierre, y tuvo que retirarse a Nápoles durante cuatro años, entre 1741 y 1745. Perdió casi toda su dentadura y se quedó prácticamente ciego.

Más tarde, algo recuperado, Roque Joaquín Alcubierre supo que se habían encontrado algunas pieza de interés en un terreno situado a varios kilómetros de allí. El ingeniero aragonés comenzó a excavar en aquella zona en 1748. De nuevo una inscripción hallada en 1763 confirmó que había encontrado Pompeya.

Carlos III no sólo financió las excavaciones; ordenó que se le informase de cada descubrimiento, promovió la publicación de tratados que estudiaran los restos y la fundación de un museo en el que conservar, catalogar y estudiar las piezas. Es importante destacar este hecho: se prohibió que pieza alguna saliera de Nápoles. Sólo hubo una excepción, una pequeña e insignificante caja de semillas, que se conserva en el museo arqueológico nacional de Madrid. Es el único tesoro que Carlos III se trajo de Nápoles.

¿Y Roque Joaquín Alcubierre? Johann Joachim Winckelmann, el verdadero padre de la arqueología, había criticado con dureza los modos de Roque, y empezaron a ser frecuentes los roces con sus subalternos, el suizo Carlos Weber y el romano Francesco de la Vega. Finalmente, nuestro bravo aragonés fue paulatinamente apartado de las excavaciones, y su figura cayó en un olvido insoportable, siendo como es una de las figuras fundamentales en el nacimiento de la arqueología.

Que se sepa: fue Roque Joaquín Alcubierre, zaragozano e ingeniero, quien, arrastrándose bajo tierra durante 42 años, envenenándose con un aire malsano, descubrió los tesoros de Herculiano y Pompeya. 

Antonio Carrillo Tundidor.  

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Sobre la navidad



Prácticamente todo lo que voy a decir es sabido por todos ustedes. Bien lo sé. Sin embargo, siempre cabe la esperanza de que le aguardarle una sorpresa en un párrafo, que surja el asombro en una frase. Es por ello que le animo a seguir leyendo.

Los primeros cristianos consideraban la fecha del nacimiento de Cristo un suceso menor, del que apenas se ocupan los Evangelios. Las creencias paganas, tanto romanas como griegas o egipcias, sí celebraban con grandes festejos el natalicio de dioses, faraones o emperadores. Lo importante en Cristo es su muerte, su sacrificio por la salvación del hombre. De hecho, su símbolo (aparte de otros, como los peces, grabados en las paredes de las catacumbas de Roma) es la cruz en la que expiró. Orígenes es claro al respecto: "No vemos en las escrituras que nadie haya guardado una fiesta ni celebrado un gran banquete el día de su natalicio. Sólo los pecadores, como Faraón y Herodes, celebraban con gran regocijo el día en que nacieron en este mundo"

Además, ¿cómo se puede celebrar una fecha de la que se sabe tan poco? Ningún evangelio es claro al respecto. Resulta difícil saber el año porque, y esto resulta incontestable, los pocos datos sobre el nacimiento de Cristo que aportan los evangelios y la verdad de los hechos históricos resultan incongruentes con el calendario cristiano que seguimos en la actualidad. Cristo no pudo nacer el año cero; o, si se quiere, Jesús nació 5 ó 6 años antes que Cristo ¿Por qué lo sabemos?

Dice el Evangelio de San Mateo que Herodes regía en Judea el año que nació Cristo; pero lo cierto es que ese gobernante murió 5 años antes del año cero de nuestra era. Además, tenemos otro dato fácil de datar: José se encontraba de viaje con su mujer a punto de dar a luz porque tenía que obedecer la orden de César Augusto de someterse a un censo. Ese censo (que aparece en múltiples crónicas y está bien datado) se produjo 6 años antes de que Cristo naciera. Por cierto: Augusto supo entonces que gobernaba sobre 50 millones de personas, un dato impresionante. Otro emperador, el andaluz Trajano, gobernó más tarde sobre 100 millones de almas. No se me ocurre mejor ejemplo del extraordinario suceso que denominamos "Pax Romana". 

Pero volvamos: estamos en el siglo IV, y las cosas han cambiado mucho desde las primeras congregaciones cristianas. Han transcurrido siglos desde la muerte de Cristo, y la "parusía", la creencia fuertemente instaurada sobre el inminente regreso de Cristo, había perdido fuerza. Era imperativo construir y consolidar un cuerpo normativo y doctrinal que afrontara con garantías de firmeza tiempos convulsos y nuevas responsabilidades. El cristianismo se convierte en la religión oficial del Estado, y debe rellenar huecos festivos fuertemente arraigados en el imaginario popular desde hace milenios. Por ejemplo, el festejo que coincide con el solsticio de invierno, el 25 de diciembre. La fecha en la que nació el hijo de Isis, la diosa egipcia del firmamento, y otras muchas deidades de la antigüedad.



En Roma la celebración comienzan el 17 de diciembre, con el inicio de las saturnales. Son momentos de jolgorio y alegría, en los que incluso los esclavos podían descansar y divertirse. Probablemente tiene su origen en antiguos ritos agrarios, cuando se celebraba el final de la siembra. Tras al esfuerzo, venía un merecido descanso.

Es la época más oscura del año en el hemisferio norte, con menos luz, y las casas se llenaban de velas y antorchas, se adornaban con plantas puertas y enseres, y las familias aprovechaban para reunirse y hacerse regalos. Se organizaban cenas en casas de amigos y vecinos. Los "gremios", como el de los vigiles, celebraban grandes fiestas, como si banquetes de empresa se tratara. Las borracheras eran considerables. Nos recuerda a una Navidad mezclada con una celebración del nuevo año.


El emperador Constantino y el Papa Silvestre decidieron aprovechar tales festividades para instaurar el nacimiento de Cristo la noche del 24. Con ello, mandaban un mensaje significativo: Cristo nació el mismo día que el antiquísimo "sol invictus", una figura pagana con fuerte implante. De hecho, Constantino decretó el año 321 que el día romano de descanso sería el "dies solis", que correspondía a nuestro domingo. Además, Cristo nacía el día en que nació Mitra, un culto procedente de Oriente muy importante y arraigado, especialmente, entre los soldados.

Y satisfacer al ejército siempre ha resultado una medida inteligente, qué duda cabe

La celebración de la navidad es, por consiguiente, un asunto controvertido, especialmente entre los cristianos reformistas, que no ven en la Biblia indicación alguna al respecto. Es curioso observar cómo en la Ginebra de Calvino se multaba o encarcelaba a las personas por celebrar la Navidad. (También se golpeaba a las mujeres que llevaban la falda algo más corta o con un adorno de más, pero esa es otra historia). El Parlamento inglés de 1664, dominado por Oliver Cromwell, aprobó un proyecto de ley prohibiendo la Navidad, denominándola un "día festivo pagano". Esta prohibición se levantó en 1660, cuando "los puritanos" perdieron el poder. Por cierto, en Inglaterra sigue vigente una ley de 1551 que obliga a ir a la iglesia el día de Navidad "sin utilizar vehículo alguno". Ignoro la razón.


Pero entonces, en definitiva, ¿cuándo nació Jesucristo? Si de algo estamos seguros es de que no fue en invierno. El evangelio de San Lucas afirma de forma taxativa que "cuando Él nació, había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño” (Lucas 2.8). Esto jamás pudo haber acontecido en la región de Judea en el mes de diciembre, con heladas nocturnas y temperaturas muy bajas durante el invierno. Los pastores resguardaban sus rebaños a mediados de octubre y no los exponían a la intemperie hasta bien entrado el mes de marzo. Por tanto, como muy pronto, Jesús nació en primavera.

Pero vayamos acabando, no sin antes mencionar algunas curiosidades y anécdotas relativas a elementos típicos de estas fechas:

Papá Noel o Santa Claus tiene su origen, según la Enciclopedia Británica, en San Nicolás, obispo de Mira. Hay una leyenda leyenda según la cual "regalaba clandestinamente dotes a las tres hijas de un ciudadano pobre, lo cual dio origen a la costumbre de obsequiar regalos en secreto la víspera del día de San Nicolás (6 de diciembre), fecha que después se cambió al día de Navidad”. En otros lugares, como España, los regalos los traen los Reyes Magos, lo cual resulta francamente inconveniente para los niños, porque sólo tienen dos días de vacaciones de Navidad para disfrutarlos. Pero, traumas infantiles y polémicas aparte, un dato: le propongo que busque el nombre de los Reyes Magos en los evangelios canónicos. No los encontrará. Melchor, Gaspar y Baltasar aparecen en el apócrifo evangelio armenio de la infancia. También es el protoevangelio de Santiago el que nos informa de que el Niño Jesús estaba acompañado de un buey y una mula. Los evangelios apócrifos, prohibidos por la iglesia, nos aportan por consiguiente detalles o anécdotas que damos por absolutamente ciertas.

En todo caso, sepa que la imagen del Santa Claus como un obeso bonachón de barba blanca y vestido de rojo NO obedece a una campaña publicitaria de Coca-Cola de principios de siglo. Hay antecedentes claros desde, al menos, 1863, en dibujos del celebérrimo dibujante germano-estadounidense Thomas Nast, y en autores anteriores. Se utilizaba el color rojo y, en ocasiones, el verde. Lo de la Coca-Cola es, simplemente, una leyenda urbana. Como mucho, la publicidad de Coca-Cola sí ayudó a fijar una imagen y un color como definitivos e incontestables.

Muy antigua resulta, sin embargo, la tradición de decorar un árbol. Los romanos ponían en los árboles máscaras del dios Baco para que los protegiera. En diciembre, durante las saturnales, colgaban golosinas y cerezas rojas, que luego se convirtieron en bolas de colores, como tributo al dios sol. Prácticamente al mismo tiempo, las tribus germanas adornaban un árbol con antorchas el 25 de diciembre, y cantaban y bailaban a su alrededor.

El belén, por su parte, es una costumbre más antigua de lo que se cree; hay claras menciones a representaciones del nacimiento de Cristo en monasterios alemanes desde muy antiguo,  y desde la época faraónica estamos acostumbrados a ver pequeñas figuras de barro que representan escenas cotidianas, como las que se muestran en el museo Metropolitano de Nueva York. Cumplían con una función religiosa: acompañaban a los cadáveres en sus tumbas para servirlos en la otra vida.



Sin embargo, para muchos, el belén es una invención de San Francisco de Asís, que representó en 1224 una escena del nacimiento de Jesús utilizando personas reales. Lo cierto es que, durante siglos, los belenes estuvieron restringidos prácticamente a los monasterios franciscanos y los conventos de las Clarisas. Mucho más tarde, durante el siglo XVIII, el monarca napolitano y luego español, Carlos III, popularizó la construcción de belenes, gracias en buena manera a su esposa alemana María Amalia de Sajonia.

Mucho antes, en plena edad media, surgen los primeros poemas en romance castellano. Fueron coplas cantadas por los habitantes de las villas sobre temas navideños. Son los Villancicos, o "canción de villanos". Estas coplillas navideñas se hicieron muy populares durante el siglo XVIII y XIX.


Según algunos, también del siglo XVIII proviene un dulce que representa la Navidad: el turrón. Su origen habría que buscarlo en 1715, en el asedio de Barcelona durante 14  largos meses por las tropas de Felipe V durante la Guerra de Sucesión. Un pastelero, de apellido turró (o Turrós), pergeñó una manera de producir un alimento altamente nutritivo y que no se estropeara fácilmente. Pero, si hemos de ser fieles a la verdad, lo cierto es que hay referencias fidedignas sobre este alimento desde, al menos, el siglo XV; y es casi seguro que se trata de un invento procedente de Arabia.

Y, por último, de nuevo Carlos III; en realidad, su ministro de hacienda, el Marqués de Esquilache, quien funda la lotería de Navidad. El primer sorteo se celebra el 10 diciembre de 1763, basado en el juego napolitano de lotto. Por cierto, un dato que asombra: los niños del colegio de San Ildefonso participan en el sorteo desde 1771 hasta hoy en día. El primer niño en cantar un gordo se llamaba Diego López.  

Mañana es el sorteo: mucha suerte.

Y feliz Navidad a todos. 

Antonio Carrillo