El bilingüismo real es un fenómeno excepcional, que suele tener su fundamento en la existencia de dos progenitores con distinto idioma materno, o en el fenómeno del equilingüismo: la existencia de una región en la que se hablan indistintamente dos idiomas.
Una persona que ha aprendido un segundo idioma en una edad más adulta puede adquirir un dominio fabuloso de otra lengua, pero raramente será bilingüe. Siempre tendrá un idioma de referencia, en el que escribe, fantasea o sueña. Conocer en profundidad un idioma no implica asimilarlo a tu idioma materno. El idioma de la madre se aprende desde dentro del útero; se nace con una predisposición genética y ambiental a un tono, ritmo, fuerza y velocidad. Por eso los recién nacidos alemanes lloran de distinta manera que los franceses o japoneses. El idioma materno se aprehende con nanas y canciones, mientras se bebe la leche de la madre. Escuchando.
Una persona bilingüe no es traductor per se. Sin duda cuenta con un bagaje extremadamente valioso si quiere acabar siéndolo; pero cometería un error de bulto si lo confiara todo al dominio de ambos idiomas. Principalmente, porque el bilingüismo lleva implícito un inconveniente grave: la persona realmente bilingüe no suele ser consciente del idioma en el que habla. Están hasta tal punto imbricados los idiomas en su psique que su consciente no establece una distinción entre ambos.
El oficio de traducir consiste en “expresar en una lengua lo que está escrito o se ha expresado antes en otra” (RAE). En la Oficina de Interpretación de Lenguas, dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores, lo expresan de una manera bastante didáctica: “procura traducir un texto de tal manera que, si en el futuro tu trabajo se volviera a traducir al idioma original, el resultado fuese lo más similar posible”. Este aspecto es el más complicado en el mundo de la traducción, puesto que el idioma es reflejo de una cultura, de una manera de entender y expresar la realidad que, a menudo, difiere enormemente entre distintas lenguas.
En castellano distinguimos entre “ser” y “estar”; el primero hace referencia a la esencia del sujeto, lo identifica, mientras que “estar” define su estado, actual o permanente. La filosofía alemana ha profundizado en esta cuestión con obras como “Ser y Tiempo” de Heidegger; la francesa tiene en Sartre su máximo exponente de la corriente Existencialista (con su obra “El Ser y la Nada”), que trata de demostrar que “la existencia precede a la esencia”. En español la distinción entre “ser” y “existir” forma parte del inconsciente adquirido; la cuestión ontológica que plantea el “ser” la tenemos resuelta, en gran manera, gracias a nuestra lengua.
Sin embargo, la preocupación por el “ser” ha llevado a la lengua alemana a procurar definir los estados del ente (con palabras como el “dasein” de Heiddeger) y el problema de la alienación. Finalmente, Heiddeger llegó a decir que “el problema de la filosofía no es la verdad, sino el lenguaje”.
Una persona verdaderamente bilingüe en alemán y español se enfrenta entonces a un problema: tiene dos percepciones del “ser” muy distintas. Ortega y Gasset lo expresó con gran acierto: “quien domina absolutamente otro idioma, lo que adquiere es otra alma”. Esto es cierto, pero: ¿Cuál de las dos almas predominará a la hora de traducir? ¿Es posible que se dé un estado totalmente ambivalente, en el que se puede dominar el tránsito de una estructura de pensamiento germánica a otra mediterránea, y viceversa, sin que haya momentos de confusión?
Esto es extremadamente difícil. Las personas “fijamos” un idioma porque precisamente el idioma que en que hablamos y pensamos (y soñamos) nos define. Lo otro puede resultar esquizofrénico. Tenemos una necesidad ancestral por definirnos, por sentirnos parte de un grupo que comparte un mismo arquetipo simbólico. Somos íntima y ontológicamente gregarios. Un traductor lo que hace es trasladar un texto a su idioma materno, que es el que realmente domina. El resultado final le pertenece porque le pertenece a su clan, a sus iguales. Realiza un gran esfuerzo por interpretar la intenciones de una cultura que no es la suya pero que conoce bien, de manera que pueda compartir esta visión con su comunidad, haciéndola comprensible para los suyos.
Pero hay una dualidad. La traducción se sustenta en esta paradoja. El traductor tiene que conocer la cultura desde la que traduce, pero su labor fundamental es hacer el texto comprensible para su propia cultura. Siempre hay una leve labor de transformación, de acomodo. Por esto la traducción es un oficio, que se aprende tras muchos años de práctica.
Una persona bilingüe no es traductora. Para serlo tiene que trabajar duramente durante años. Tiene que ganárselo, como el resto.
Antonio carrillo Tundidor