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jueves, 9 de febrero de 2023

Reedito Ética empresarial en 2012. El mundo de la traducción.



Este artículo lo publiqué en mayo de 2012. Y la realidad que describo no ha cambiado demasiado.
Por ello he decidido reeditarlo.


Permítanme la indiscreción: soy el gerente de la agencia de traducciones más antigua de Madrid, y en estos 62 años nuestra empresa ha vivido momentos mejores y peores, navegando, como todas, sobre los oleajes que provocan los ciclos económicos.

Lo que nos distingue de otras actividades es una figura peculiar, un profesional altamente cualificado, un artesano de la palabra que precisa de muchos años para formarse. Este es un negocio que no permite atajos. La principal herramienta de un traductor sigue siendo un cerebro moldeado por la experiencia, alertado por los errores cometidos en el pasado y despierto a la búsqueda provocada por un reto inesperado y que proviene de algo tan vivo como el idioma.

Ser traductor consiste en una búsqueda constante. Los traductores exploran territorios nuevos todos los días.

Pero, más allá de todo romanticismo, somos, en definitiva, una empresa. Y por consiguiente, nuestra finalidad última es obtener beneficios; ganar un dinero que nos permita seguir con la actividad que desarrollamos. En definitiva, pagar sueldos y alquileres. Y estamos inmersos en un mercado altamente competitivo, que nos exige un esfuerzo constante por ofrecer calidad al mejor precio.

Ahora bien, ¿cuánto vale el trabajo de un profesional de la traducción?

Cada vez menos.

En estos tiempos de tecnología, innovación e inmediatez, los valores intangibles de la experiencia han perdido fuelle. Nos hemos visto invadidos por virus corporativos muy agresivos que, ajenos a todo lo que no sea su Cuenta de Resultados, tergiversan los usos de una actividad para la que antaño se precisaba constancia, vocación y ciertas dotes de sabiduría. Es penoso ver cómo hemos perdido valores y, con ellos, dignidad. Si antes una minoría podía considerarse traductores, y una generación nueva aprendía con paciencia el oficio de los mayores, hoy casi cualquiera puede traducir. Basta con que rebajen su tarifa a niveles deshonrosos. Se convierten así en esclavos involuntarios de la codicia de unos cuantos empresarios que ni comprenden la esencia de este trabajo ni respetan la extrema dificultad que entraña el ejercicio de este oficio. Para ellos la traducción es un servicio empresarial más, una manera de ganar dinero. La pausa necesaria para volver al texto con una nueva mirada, la búsqueda de un giro idiomático que resuelva una encrucijada, la inmersión en una terminología técnica extremadamente difícil... son todos aspectos ajenos al ansia por obtener beneficios fácil y rápidamente. El traductor es, cada vez más, un personaje anónimo y prescindible, capaz de rellenar páginas de Word. Es un condenado a galeras, que con cada golpe de remo suma una palabra más al procesador de texto. Sabe que si protesta, si se levanta del sitio, alguien ocupará su lugar. La nave no se detiene jamás. Y el remero, oculto en sus entrañas, desconoce su rumbo. Tan solo boga, día tras día. Sin descanso. Por una limosna de pan y una escudilla de agua. Las palabras caen como granos de un reloj de arena, y las tapas de los diccionarios se pudren de salitre, desuso y sudor. No hay tiempo. La palabra, al poco, se convierte en enemigo. Es la alienación máxima. Se rema, se traduce, con los ojos vendados.

Más palabras. Más palabras. Y por menos.

Esta realidad, que puede sonar exagerada, no responde a un momento de crisis en la que debemos ajustar los precios. Durante 62 años hemos pasado por todo tipo de dificultades; pero lo que vivimos es distinto. Insisto en que es un problema de valores, de ética empresarial. Se están dando situaciones de franca explotación, aprovechando la penosa situación que atraviesan muchos profesionales, especialmente los más jóvenes. Se realizan trabajos sin cobrar por ellos, con la burda justificación por parte de la empresa de que se trataba de una prueba. Se organizan cursos de traducción en los que los alumnos realizan trabajos que se facturan al cliente. Se contratan equipos de becarios por seis meses, sin pagarles nada, y exigiéndoles que realicen traducciones que, una vez más, se facturan como trabajos realizados por profesionales. El mercado se ve alterado por estas prácticas innobles, y lo peor es que las agencias serias, al no poder competir, no pueden incorporar traductores jóvenes para así poder formarlos.

La posibilidad de aprender el oficio, de revisar, consultar y corregir, no tiene cabida en esta carrera ciega hacia el abismo en la que estamos inmersos. No se aprende a traducir en una facultad, como no basta leer mil libros para convertirse en médico. La experiencia, palpar un abdomen, emitir un diagnóstico y equivocarse cien veces, aprender de ello, lo es todo.

Esta realidad tan penosa y preocupante a nadie escandaliza. En otras actividades se vivirán situaciones parecidas, se me dirá. Pero hay una faceta en la traducción que pasa desapercibida, y que a todos nos atañe.

Hay organismos públicos, como Direcciones Provinciales de la Seguridad Social, que pagan las traducciones de los expedientes a 0,02 euros la palabra. Es decir, documentos que versan sobre cuestiones fundamentales como jubilaciones, prestaciones por accidentes o pensiones se pagan a un precio imposible. Si la agencia cobra 2 céntimos de euro la palabra ¿cuánto cobra el traductor? ¿1 céntimo? Y este precio se aplica a traducciones inversas al ruso, griego o noruego. ¿Cómo es posible? ¿Cómo se admite una propuesta económica en una licitación pública a un precio manifiestamente temerario? Estos precios están en algunos casos un 500% por debajo del precio de mercado ¿Por qué no ha prosperado ninguna de las reclamaciones que he interpuesto ante las mesas de contratación? Y lo que es más importante ¿quién está traduciendo estos expedientes a ese precio? No un traductor. Eso seguro.

Pero la realidad es aun peor: la interpretación en sede judicial está en manos de dudosa capacitación, y a unos precios irrisorios. Se han dado casos, documentados por los propios magistrados, en los que los supuestos intérpretes desconocían el idioma objeto de interpretación, o no sabían expresarse en castellano. ¿Qué ha sucedido con las quejas elevadas por miembros de la magistratura ante el Consejo General del Poder Judicial? ¿Por qué no ha trascendido un escándalo tan mayúsculo?

En un Estado de Derecho la salvaguarda de Derechos Fundamentales es un pilar central sobre el que se asienta la existencia misma de la democracia. El derecho a un juicio justo, y con plenas garantías constitucionales, es algo que nos atañe a todos los ciudadanos. Si miramos a otro lado, corremos simplemente el riesgo de ser los siguientes, y nos convertimos en cómplices. El escándalo de una interpretación inadecuada en los procedimientos penales afecta a personas marginales, fundamentalmente a extranjeros indocumentados, y por tanto no es noticia. Un jugador se lesiona el menisco, una famosilla se encama con un torero o un cantante aparece muerto por una sobredosis y la noticia es de dominio público. Pero en España todos los días se celebran juicios en los que el derecho a una defensa digna se ve presuntamente vulnerado, y no pasa nada.

Realmente, algo no funciona. Algo está pasando en el orden de los valores.

Me preocupa especialmente que el periodismo esté sufriendo también los embates de la crisis, y que la salud democrática se vea afectada por intereses empresariales de grandes emporios de comunicación aquejados por un descenso de los ingresos publicitarios. Una prensa con dificultades económicas es vulnerable a la presión política, a que se dirija su línea editorial. Y esto importa realmente porque los ojos de los periodistas son los nuestros. Están donde se produce la noticia por nosotros, para contarnos lo que sucede. ¿Acaso no lo sabemos todo?

Insisto una vez más, es un problema de valores. Estamos permitiendo que el miedo socave nuestra fortaleza moral, nuestra dignidad y los avances en derechos y libertades ganados con tanto esfuerzo durante años. Al albur de la crisis económica, florecen prácticas empresariales insoportables que a todos nos afectan. La pregunta es: ¿seremos los siguientes? ¿No vamos a alzar la voz mientras no nos afecte?

Seré claro: ya nos afecta. Porque el abuso laboral sobre una generación de jóvenes es asunto que a todos nos concierne, porque lo que suceda en un juzgado, sea o no extranjero el acusado, a todos nos atañe en lo más íntimo. Porque necesitamos una prensa libre y un marco legal que nos proteja frente a los abusos provenientes del miedo.



Estamos perdiendo la batalla contra el desaliento. Y les estamos robando a nuestros propios hijos brotes de libertad que tardaron muchos años en arraigar. Es un problema de perspectiva. Creo que deberíamos detenernos un momento, dejar de remar.

Y preguntarnos adónde vamos.

Porque yo, al menos, no lo tengo nada claro.

Antonio Carrillo.

jueves, 6 de noviembre de 2014

El español neutro



 
Yo vivo de la palabra.

Todos vivimos con y para la palabra.

Yo, además, vivo de ella.

Dirijo una empresa, una agencia de traducción. Un lugar de puentes livianos, cimentados de verbos y sujetos y asfaltados de adverbios y adjetivos. Todos los días se reciben encargos y se trazan rumbos nuevos, que buscan hermanar culturas y saberes con la diplomacia de la palabra traducida. Es una red que se acrecienta con los años, labores anónimas las más de las veces, que nos ha permitido ser testigos de excepción de la fascinante acrecida de un pais castigado de suyo por la historia y sus pésimos gobernantes.
 

Trabajo en la calle Mayor, frente a la Plaza Mayor, zona señera del Madrid más antiguo, en donde un pasado de siglos asienta un urbanismo de recodos, adoquines y piedras gastadas. Llevamos traduciendo sin descanso, en este mismo lugar, desde 1950. Las remodelaciones en los despachos no han callado del todo el rumor de esas primeras máquinas de escribir; los muchos diccionarios – hoy en franco desuso – permanecen en sus estantes como testigos mudos de una época en la que la traducción tenía más de oficio que de negocio.

Hablo de un pasado más digno y respetuoso con una labor difícil, que necesita de un aprendizaje de muchos años y que, de hecho, no acaba jamás. En Tradux, mi empresa, hemos adoptado un código ético que nos niega la opción de competir en un entorno hostil, de mercaderes y esclavistas.

Es algo de lo que estamos orgullosos, aunque nos cueste lidiar en lodazales y trincheras para las que nos faltan recursos y vocación.

Porque yo vivo de la palabra pensada y cuidada. De la palabra cultivada con el interés que se pone sobre lo que realmente importa. No siempre es el dinero. Además de las tareas propias de la gestión, en ocasiones ayudo en la revisión de textos.

En esta red intrincada y diaria de contratos, manuales o documentos oficiales casi siempre hay un mismo idioma al inicio o al final del sendero: el español. Nuestra lengua materna, la lengua a/desde la que traducimos.

Lo dije hace ya tres años y lo repito ahora: no hay un lenguaje fundamental; lo fundamental es el lenguaje. Hablar de un idioma mejor que otro es tan absurdo como defender la idea de un Dios más creíble o una música superior. Lo cultural, por diverso y subjetivo, rehúye todo intento de prelación, de preferencia. Sin embargo, la historia del español, su gestación, sus primeros pasos en un entorno cambiante y profuso en influencias lingüísticas diversas, su expansión hace 500 años por todo un continente… Son todos factores que convierten este idioma en un fenómeno cultural significativamente complejo. Tanto es así que, en ocasiones, más parece que habláramos de geolectos con diferencias tan significativas que ponen en solfa la existencia de una sola lengua.   
 
    

Los datos hablan por sí solos: el español es el segundo idioma del mundo como lengua materna, tras el Chino, con cientos de millones de hablantes, y es el único idioma que se habla en los seis continentes: América, Europa (sólo en España; el idioma oficial de Andorra es el catalán), África (es idioma oficial en Guinea Ecuatorial y en el Sahara Occidental, así como en las ciudades españolas de Ceuta y Melilla y las islas Canarias), Asia (En donde su presencia es testimonial: en Filipinas se le reconoce el estatus de lengua oficial para los documentos coloniales no traducidos, y existe una Academia Filipina de la Lengua Española; y en Israel hay una comunidad Sefardí cuya lengua es el ladino, una mezcla de castellano medieval, hebreo, algo de griego y turco) Oceanía (el español es el idioma oficial en la Isla chilena de Pascua; y querría citar el caso de la isla de Guam y su idioma, el chamorro; una mezcla de polinesio y español. Un idioma en las antípodas de España y que tiene en su alfabeto la letra ñ, con palabras como “saludu”, “amigo”, “Buena”, “yo”, “adiós” “probecho”, “nabidat”, “aire”, “noche”….) y la Antártida (en donde sólo hay dos asentamientos civiles, con escuelas, uno argentino y otro chileno. En ambos se enseña como lengua nativa el español).

La variación diatópica del español es un asunto que nos debería ocupar a todos, porque en nuestro idioma tenemos un tesoro que estamos obligados a preservar. La lengua es algo vivo, cambiante. Pero debe cuidarse de la influencia empobrecedora de los extranjerismos, así como de la falta de rigor en su uso y enseñanza. Si optamos por el camino más cómodo, corremos el riesgo de sucumbir a una corriente falsamente igualitaria en la que se prefiere obviar la excelencia. No digo que debamos hablar cotidianamente cuidando escrupulosamente las formas; ello atentaría a la función primera de todo lenguaje: comunicar algo de forma espontánea en un entorno sociocultural determinado. Pero si escribo un artículo periodístico, me expreso en televisión o traduzco un texto, es necesario (exigible, diría) un conocimiento de las normas gramaticales y lexicales más básicas que determinan lo que es correcto y lo que no. Existe, de hecho, un Diccionario Panhispánico de Dudas, redactado por las Academias de España, Colombia, Ecuador, México, El Salvador, Venezuela, Chile, Perú, Guatemala, Costa Rica, Filipinas, Panamá, Cuba, Paraguay, Bolivia, República Dominicana, Nicaragua, Argentina, Uruguay, Honduras, Puerto Rico y Norteamérica. Su publicación representó un gran logro en la dirección correcta, aunque puede que resulte insuficiente.

Con el español nos enfrentamos a un serio inconveniente (o una gran suerte, depende de cómo se mire). Una particularidad gramatical puede ser correcta y aceptada en un determinado ámbito geográfico, pero no en otros. Hablo de opciones que, sin dejar de ser legítimas y reconocidas por las Academias de la Lengua del país en cuestión, sin embargo resultan ajenas y extrañas al resto de los hispanohablantes. Hablamos una lengua rica y diversa.

El español nació en un entorno cambiante, sometido a fuertes variaciones por razones geográficas o culturales. De hecho, en España acabaron surgiendo cuatro idiomas oficiales, reconocidos como tales por la Constitución Española: el español, catalán, gallego y vasco. Por si esto no bastase, la España en la que nace el español es un territorio agreste, que facilita con el paso del tiempo la consolidación de dialectos muy diferentes unos de otros (España es el segundo país más montañoso de Europa, justo detrás de Suiza). Pero, además, es un territorio en el que la reconquista provoca constantes movimientos migratorios y una interrelación inevitable entre una España cristiana y otra árabe, en la que se habla un idioma, el mozárabe, que si bien procede del latín se escribe con el alfabeto y muchos vocablos árabes.

Durante 500 años perduró el mozárabe en zonas del sur peninsular, lugares de donde provinieron buena parte de los expedicionarios que se hicieron a la mar en pos de la aventura de las Indias. Ello explica que el español que se habla en América presente rasgos similares al español del sur de la península.

Si a ello sumamos los 500 años transcurridos tras la llegada de los españoles a los territorios de ultramar, la enorme extensión que acabó adoptando el español como idioma materno y las influencias de las lenguas precolombinas en las distintas áreas, no resulta extraño que sea difícil llegar a un acuerdo sobre lo que podríamos llamar un “español neutro” o “español internacional”. Es decir, un español válido y asumible en cualquier país de habla hispana.

Es un tema muy delicado, porque puede parecer que se intenta imponer un español más culto u ortodoxo, y en absoluto es así. De hecho, no creo que exista un español ortodoxo; hace cien años el español que se habla en Castilla podía arrogarse tal derecho. Pero hoy en día, afortunadamente, no es así. Insisto en ello: no hay un español mejor que otro. Lo que sí hay es un buen o mal uso del español, y la necesidad de acordar claves que nos ayuden a definir un español lo más neutro posible, por mor del entendimiento mutuo entre todos los hispanohablantes.

En el caso de las traducciones, el asunto es de una enorme importancia. Imagine: una empresa alemana o china quiere traducir su página web a un idioma en alza como es el español. Pero, claro está, sólo precisa de una traducción. No de 20.

¿Qué español se escoge? ¿El que se habla en México? ¿El argentino? ¿El cubano? ¿El colombiano? ¿El de Burgos? ¿El de Madrid?

Son tales y tan significativas las diferencias que la pregunta es pertinente. En un próximo artículo intentaré esbozar una respuesta.

Por el momento, dejo una reflexión en el aire: el español se asienta, a pasos agigantados, en Norteamérica. Ya ostenta, tras México, el rango de segundo país por número de hispanohablantes. Sin embargo, el español que se habla en EEUU presenta tal cantidad de “injertos” del habla inglesa que resulta extraño; han bastado dos generaciones para que de la calle surja un dialecto con nombre propio: el espanglish. Este hecho, ¿es factible evitarlo? No lo creo. ¿Es inconveniente? Tampoco. Los humanos, seres sociales, nos adaptamos rápidamente al entorno cultural y escogemos palabras que nos ayudan a transmitir y comprender un mensaje. Es normal que los hispanohablantes adopten palabras del inglés, especialmente en el lenguaje técnico. Sin embargo, considero imprescindible insistir en que el español que se enseña en las escuelas, que se escribe en la prensa o con el que se expresa un locutor debe ser formalmente correcto. Comprensible, sí, pero acorde a las normas gramaticales y lexicales que rigen este idioma. Yo puedo hablar un español informal con mis amigos, pero el español que aprendo y leo debe ser, en lo posible, correcto. En este sentido, más peligroso que el espanglish me parece la avalancha de anglicismos que observo en muchos países.

Pondré un ejemplo de hoy mismo: una traducción en la que el sujeto “tomaba” clases de… Pues bien; según la RAE el verbo “tomar” tiene ¡es increíble! 39 significados. El primero de ellos es “coger”. Sin embargo, ninguno de los 39 hace referencia al acto de “cursar” determinados estudios ¿Por qué entonces lo de “tomar”? Porque, y es una suposición, en inglés se emplea el verbo “take”, que significa “tomar” en español. Si estoy en lo cierto, el uso del verbo “tomar” como sinónimo de "cursar", algo muy extendido, es incorrecto.

¿Peco de exquisito? Fijar un idioma es preservarlo de su disolución. Las normas existen porque todo idioma precisa de una estructura compartida y asumida por sus hablantes. Si no es así, si se generan enclaves en los que se abandona el habla culta a favor de un habla popular progresivamente distinta, ocurrirá como sucedió con el latín. El español, italiano o portugués son hijos de un mismo padre, pero con el abandono de la enseñanza y uso del latín clásico se emanciparon en un proceso irreversible.


Lo mismo puede suceder con el español. Y no sería bueno. Demostraría una desidia insoportable por nuestra parte y nos haría perder influencia como sociedad hermanada por un mismo idioma.

Hablamos español. Hagamos gala de ello y cuidemos de lo que es nuestro.

Podemos sentirnos orgullosos


Antonio Carrillo

viernes, 15 de abril de 2011

El mejor traductor 2. Los peligros del bilingüismo.




El bilingüismo real es un fenómeno excepcional, que suele tener su fundamento en la existencia de dos progenitores con distinto idioma materno, o en el fenómeno del equilingüismo: la existencia de una región en la que se hablan indistintamente dos idiomas.

Una persona que ha aprendido un segundo idioma en una edad más adulta puede adquirir un dominio fabuloso de otra lengua, pero raramente será bilingüe. Siempre tendrá un idioma de referencia, en el que escribe, fantasea o sueña. Conocer en profundidad un idioma no implica asimilarlo a tu idioma materno. El idioma de la madre se aprende desde dentro del útero; se nace con una predisposición genética y ambiental a un tono, ritmo, fuerza y velocidad. Por eso los recién nacidos alemanes lloran de distinta manera que los franceses o japoneses. El idioma materno se aprehende con nanas y canciones, mientras se bebe la leche de la madre. Escuchando.

Una persona bilingüe no es traductor per se. Sin duda cuenta con un bagaje extremadamente valioso si quiere acabar siéndolo; pero cometería un error de bulto si lo confiara todo al dominio de ambos idiomas. Principalmente, porque el bilingüismo lleva implícito un inconveniente grave: la persona realmente bilingüe no suele ser consciente del idioma en el que habla. Están hasta tal punto imbricados los idiomas en su psique que su consciente no establece una distinción entre ambos.

El oficio de traducir consiste en “expresar en una lengua lo que está escrito o se ha expresado antes en otra” (RAE). En la Oficina de Interpretación de Lenguas, dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores, lo expresan de una manera bastante didáctica: “procura traducir un texto de tal manera que, si en el futuro tu trabajo se volviera a traducir al idioma original, el resultado fuese lo más similar posible”. Este aspecto es el más complicado en el mundo de la traducción, puesto que el idioma es reflejo de una cultura, de una manera de entender y expresar la realidad que, a menudo, difiere enormemente entre distintas lenguas.

En castellano distinguimos entre “ser” y “estar”; el primero hace referencia a la esencia del sujeto, lo identifica, mientras que “estar” define su estado, actual o permanente. La filosofía alemana ha profundizado en esta cuestión con obras como “Ser y Tiempo” de Heidegger; la francesa tiene en Sartre su máximo exponente de la corriente Existencialista (con su obra “El Ser y la Nada”), que trata de demostrar que “la existencia precede a la esencia”. En español la distinción entre “ser” y “existir” forma parte del inconsciente adquirido; la cuestión ontológica que plantea el “ser” la tenemos resuelta, en gran manera, gracias a nuestra lengua.

Sin embargo, la preocupación por el “ser” ha llevado a la lengua alemana a procurar definir los estados del ente (con palabras como el “dasein” de Heiddeger) y el problema de la alienación. Finalmente, Heiddeger llegó a decir que “el problema de la filosofía no es la verdad, sino el lenguaje”.

Una persona verdaderamente bilingüe en alemán y español se enfrenta entonces a un problema: tiene dos percepciones del “ser” muy distintas. Ortega y Gasset lo expresó con gran acierto: “quien domina absolutamente otro idioma, lo que adquiere es otra alma”. Esto es cierto, pero: ¿Cuál de las dos almas predominará a la hora de traducir? ¿Es posible que se dé un estado totalmente ambivalente, en el que se puede dominar el tránsito de una estructura de pensamiento germánica a otra mediterránea, y viceversa, sin que haya momentos de confusión?

Esto es extremadamente difícil. Las personas “fijamos” un idioma porque precisamente el idioma que en que hablamos y pensamos (y soñamos) nos define. Lo otro puede resultar esquizofrénico. Tenemos una necesidad ancestral por definirnos, por sentirnos parte de un grupo que comparte un mismo arquetipo simbólico. Somos íntima y ontológicamente gregarios. Un traductor lo que hace es trasladar un texto a su idioma materno, que es el que realmente domina. El resultado final le pertenece porque le pertenece a su clan, a sus iguales. Realiza un gran esfuerzo por interpretar la intenciones de una cultura que no es la suya pero que conoce bien, de manera que pueda compartir esta visión con su comunidad, haciéndola comprensible para los suyos.

Pero hay una dualidad. La traducción se sustenta en esta paradoja. El traductor tiene que conocer la cultura desde la que traduce, pero su labor fundamental es hacer el texto comprensible para su propia cultura. Siempre hay una leve labor de transformación, de acomodo. Por esto la traducción es un oficio, que se aprende tras muchos años de práctica.

Una persona bilingüe no es traductora. Para serlo tiene que trabajar duramente durante años. Tiene que ganárselo, como el resto.


Antonio carrillo Tundidor

miércoles, 6 de abril de 2011

Libro recomendado: "escribir ficción" Edith Wharton



 
Título
Escribir Ficción
Autora
Edith Wharton
Editorial
Páginas de Espuma
Traducción y prólogo
Amelia Pérez de Villar
ISBN
978-84-8393-082-3



Queda dicho: voy a recomendar un libro del que sólo he leído el prólogo, apenas 9 páginas. Acaba de llegar a mi mesa, y no me ha dado tiempo a más; pero he sentido el impuso de escribir, y a esta compulsión respondo.
Justo al terminar el prólogo me vino una imagen: la de un joven escultor florentino que se levanta antes de que amanezca. Se dirige a un patio interior que utiliza como taller, bombea del pozo un cubo de agua y espera sentado a que amanezca. Permanece quieto, mirando una enorme pieza de mármol, una roca blanca situada en el centro del patio que ilumina la luna.
Nadie ha querido esculpir sobre esta piedra, porque tiene imperfecciones, sobre todo en su lado izquierdo. Amanece. El joven se sube a una escalera y lentamente deja que el agua empape la piedra. Los primeros rayos de la mañana, junto con el agua derramada, permiten escudriñar el interior marmoleo, en la búsqueda de pequeñas burbujas de aire, vetas casi imperceptibles o sutiles desperfectos. El joven acaricia la piedra, como lleva haciendo desde niño cuando ayudaba en una cantera cerca de casa. En ese momento está solo, la piedra y él. El tiempo fluye despacio, como el agua.
El joven se llama Miguel Ángel, y está apoyando su frente sobre lo que acabará siendo – sobre lo que ya es -  su “David”.



Amelia es traductora, cierto. Y de las mejores. Pero es escritora por encima de todo, y por eso le bastan nueve páginas para transmitir toda su pasión por la escritura, su conocimiento arcano de la palabra y el silencio, del tiempo y la pausa, su desprecio por lo banal y efímero. Amelia ha debido recibir un hechizo en algún momento de su vida, posiblemente de muy joven, porque conoce el misterio de la voz que se traza sobre papel. Los escritores primero escuchan, se muestran atentos a lo que les rodea, se empapan de imágenes y sonidos. Pero siempre acaban solos con ellos mismos, en un soliloquio con un buen amigo, y les llegan palabras de muy adentro. De donde realmente nacen las palabras.
Hay prólogos que te obligan a seguir leyendo, los hay que incluso justifican por sí mismos la compra de un libro. En su prólogo al Diccionario de Filosofía, Fernando Savater realiza una descripción magnífica de lo que significa “vivir la filosofía”, ser filósofo. El prólogo de Amelia pertenece a esta categoría, y por ello escribo estas líneas. 
Es muy de agradecer la labor que está realizando la editorial “Páginas de Espuma”, atreviéndose a publicar textos como “Escribir Ficción”; pero además es necesario resaltar la justicia que representa el que se cite en la portada el nombre de la traductora. “Justicia” es dar a cada cual lo que merece. Es en estos detalles en los que se adivina la labor de un editor comprometido con la cultura y la excelencia.
Es en estos pequeños detalles en los que deposito la esperanza por un futuro mejor, en el que personas como Amelia Pérez de Villar obtengan el reconocimiento que merecen, y mis hijos puedan al menos tener la oportunidad de optar por la sutileza frente a la estulticia, por el matiz frente al barullo embrutecedor en el que estamos inmersos. 

Antonio Carrillo Tundidor   

domingo, 3 de abril de 2011

El mejor traductor 1: "Conscientemente competente"

http://www.tradux.es/

Un traductor no deja de aprender nunca.


La variedad de temas y un cambio siempre frenético en el desarrollo tecnológico le obligan a una consulta permanente. El traductor nunca puede estar confiado: todos los días surgen retos nuevos, una palabra que no conocía, un giro que no está seguro de cómo traducir. Traductores con 40 años de experiencia me han transmitido su inseguridad, la necesidad que tienen de confirmar un término en el diccionario. Siempre son los mejores los que dudan.


Un traductor acomodado y seguro de su infalibilidad es un mal traductor. Para explicarlo, utilizaremos una vieja herramienta de la psicología industrial: la "teoría del conscientemente competente".


Todos pasamos por distintas fases:


  • 1. "Inconscientemente incompetente". Desconozco si existen naves extraterrestres, y, por tanto, soy inconsciente de su existencia y, lógicamente, incompetente para pilotarlas.


  • 2. "Conscientemente incompetente". Sí soy consciente de la existencia de helicópteros, y tengo la completa seguridad de que no soy capaz de pilotarlos. Soy conscientemente incompetente.


  • 3. "Conscientemente competente". Cuando aprobé el examen de conducir, respetaba escrupulosamente los límites de velocidad, los pasos de cebra y el resto de las indicaciones; era consciente en todo momento de lo que hacía, poniendo todos mis sentidos en la conducción. Cumpliendo las normas.


  • 4. "Inconscientemente competente". Después de 22 años, a menudo conduzco sin ser consciente de lo que hago, distraído, pensando en otras cosas. Son muchos años haciendo lo mismo, y tengo ritualizados gestos y manías. Me considero un conductor experimentado, competente, seguro de mí mismo, con cientos de miles de kilómetros recorridos. Pero mi conducta en la conducción es inconsciente, intuitiva.


La mayoría de los accidentes tienen que ver con esta cuarta fase. Exceso de velocidad, adelantamientos indebidos, distracciones al volante... son resultado de un exceso de relajación.


Con los años los traductores ganan confianza, experiencia, se sienten más seguros; pero normalmente las traducciones son diferentes, son distintos temas, otros clientes y destinatarios. Una actitud inconscientemente competente es arriesgada, y conduce al error antes o después. Los traductores trabajan para ganarse la vida, y a menudo sufren la presión de unas fechas de entrega cortísimas. Se comprometen a realizar un elevado número de palabras gracias a una experiencia acumulada durante años, que les permite traducir más deprisa. Pero, al igual que sucede con la conducción, la prisa conlleva riesgos.


Todo traductor debe partir de la base de que no es posible dominar todos los temas, de que la consulta a diccionarios o internet es un requisito imprescindible y, por supuesto, debe reservar un tiempo a la revisión de su trabajo. Toda traducción esconde una trampa, y conviene estar atentos.


Pondré un ejemplo sencillo: es preciso traducir del inglés el expediente pericial del accidente sufrido por un buque en la maniobra de atraque. Hubo daños en el propio buque y en la carga. El traductor se enfrenta a un léxico jurídico y mercantil muy técnico, con palabras como "fletamento", "conocimiento de embarque", "incoterms", etc.


Como no es su especialidad, el traductor procura documentarse sobre lo que significa unas "condiciones FOB" o el que se emita el "ETA", y le dedica mucho tiempo; pero en la traducción pasa de largo por un término en apariencia sencillo y menor: "pilot". Lo traduce como "piloto" o, en su caso, como timonel.


En realidad, en derecho marítimo la palabra "pilot" significa "práctico"; es decir, define al profesional encargado de dirigir la maniobra de atraque dentro del puerto. Es un experto que el propio puerto designa para, con el permiso expreso del capitán, dar las órdenes pertinentes que aseguren una navegación en puerto segura. Dirige, en definitiva, toda la maniobra hasta el amarre.


Hay una cuestión de técnica jurídica que el traductor no está obligado a conocer, pero que tiene relevancia en este caso. El práctico da las órdenes durante la maniobra de aproximación y atraque del buque, y por tanto lo más probable es que el accidente se deba a una negligencia suya. Pero no forma parte de la tripulación, no es el timonel, como en principio se tradujo y, por tanto, el capitán y su armador quedarían exonerados de responsabilidad por lo acontecido.


En realidad, esto no es así. El capitán siempre es el responsable de lo que sucede. El práctico, a efectos de responsabilidad, sólo asesora. El fletador o el propietario del casco deberán actuar entonces contra el capitán y su armador. Posteriormente, éstos podrán repetir contra el práctico por una actuación negligente.


Todo este entramado jurídico de responsabilidades e indemnizaciones dependen, entonces, de como se traduzca la palabra "pilot".


En la siguiente traducción habrá peces cuya denominación dependa del país al que van destinados, o incluso del caladero del que se han extraído; en otra, las formas societarias no tendrán una correspondencia clara entre distintos ordenamientos jurídicos, o habrá una patente de una técnica novedosa repleta de términos intraducibles. En definitiva, el traductor se verá siempre desbordado por múltiples señales de tráfico a las que deberá estar atento; y si se vuelve confiado, inconscientemente competente, caerá en la trampa.




Antonio Carrillo Tundidor

martes, 15 de febrero de 2011

Curiosidades del lenguaje: falsos equívocos y etimología popular





Falsos equívocos y etimología popular


Son muchos los que creen que la palabra "Yucatán" significa "no te entiendo", y que su uso se debió a un divertido equívoco entre los españoles y los pobladores indígenas. Pero, por desgracia, la realidad es más prosaica; según algunos autores la palabra procede del maya "Yokot´an", que significa "gente que habla yoko". Otros lingüistas mayas afirman que la palabra realmente significa "El que quiere hablar". No es un caso único, también circulan leyendas urbanas sobre palabras como "Canguro".

Sin embargo, podemos presentar ejemplos ciertos de palabras cuyo uso proviene de una mala interpretación o simplemente tienen un origen peculiar. Algunas están aceptadas por la RAE; otras no. Se denomina "etimología popular" o "paretología" a la "Interpretación espontánea que se da vulgarmente a una palabra relacionándola con otra de distinto origen" (RAE). Los ejemplos son casi inagotables:




•  TORPE – Si le denominan “torpe” le están echando en cara su lentitud, su poca gracia. Sin embargo, en realidad, si somos justos con su etimología, lo que en realidad le están llamando es feo, o incluso inmoral, puesto que la palabra “torpe” procede del latín “turpis”, que significa feo o deshonroso. ¿Cómo llegó a significar lento? Seguramente la clave esté en el verbo “torpeo”, que significaba “estar inmóvil”, y al que se parece bastante. El “pez torpedo” debe su nombre no a su velocidad, sino a que es capaz de paralizar a sus víctimas con una descarga eléctrica; (los romanos, conocedores de sus cualidades, los utilizaban para la cura del reuma).  

•  EXPLOTAR – El verbo “explotar” suena parecido a explosión, y por ello se utilizó para definir la acción de hacer explosión. Sin embargo, hasta fechas recientes la RAE indicaba que su uso representaba un barbarismo, pues el significado original y primero de “explotar” es sacar provecho de alguien o extraer de una fuente sus recursos, lo cual nada tiene que ver con un estallido. Posteriormente se ha propuesto el uso alternativo del verbo “explosionar”, sobre todo en conjunciones transitivas con el significado de hacer que algo estalle, como sería el caso de las explosiones controladas. En todo caso, el tema resulta controvertido.

•  CANAPÉ – La etimología en ocasiones nos adentra en viajes largos como en este caso, pues la palabra “canapé” proviene de “mosquito”. “Mosquito” en griego se decía “kónops”, de donde se deriva “Konopéion”: pabellón de cama o “mosquitera”. La palabra llegó al latín como “conope(um)”, de donde procede el “canapé” o sofá francés. ¿Qué relación guarda todo esto con el pequeño aperitivo a que estamos acostumbrados? Simplemente, es una comparación entre el sofá, que soporta el cuerpo, y el pan, que soporta una porción de comida. Si busca canapé en el diccionario, incluirá la acepción de sofá. 

•  INHUMAR - "Inhumar" un cadáver puede llamar a confusión, puesto que se puede creer que procede de la palabra “humo”, y, por tanto, que su significado sea la quema de un  cuerpo; pero esta palabra no procede de "humo", sino de "humus", tierra en latín. Además, puede provocar equívoco el que, en efecto, se proceda a inhumar las cenizas, práctica bastante habitual. En todo caso, el acto de quemar un cadáver se denomina “cremación”, aunque preferimos el término “incineración”, al que remite la RAE.

•  CLINICA – Si acudo a una clínica lo más probable es que vaya a someterme a una asistencia ambulatoria, que no precisará de un internamiento. Así sucede con las clínicas dentales o las clínicas oftalmológicas. En general, parece que las clínicas tienen menos entidad que los centros hospitalarios. Y, sin embargo, resulta curioso profundizar en su etimología. La palabra “clínica” procede del griego “kliné”, que significa “cama”. La característica de una clínica, según su etimología, es la presencia de camas, y por tanto la posibilidad de estar internado bajo vigilancia médica.  

•  VAGABUNDO – Podría parecer que su etimología es clara: los que vagan por el mundo.  De hecho, no es raro escuchar la palabra "vagamundo", inexistente. En realidad, el sufijo bundus latino se utilizaba para dar mayor énfasis a la palabra (como en meditabundo, por ejemplo)

•  MOCHILA – La palabra procede del vasco “motxil”: recadero. Hasta aquí, podría ser razonable. Pero es que “motxil” deriva a su vez de “motz”, que significa “rapado. Y es que a los jóvenes, por aquello de los piojos, se acostumbraba a raparles el pelo. Este ejemplo, y otros muchos, se encuentran en el Diccionario de Origen de las palabras de Espasa

•  CERROJO - Antiguamente, las puertas se cerraban con "verrojo" (de "veru": cierre). Pero con el tiempo, ya que su función era cerrar, "verrojo" pasó a ser "cerrojo".

•  AZAFATA -  Procede de “azafate” (bandeja) que a su vez procede de “sáfat”, palabra árabe que significaba “cestillo en el que las doncellas depositan los perfumes” y demás objetos que las señoras necesitan tener a mano tanto al amanecer como al anochecer. Hoy en día las azafatas (o azafatos) prefieren la denominación “Tripulantes de Cabina de Pasajeros” o T.C.P.; y su función y responsabilidad sobrepasa, con mucho, la de atender las necesidades del pasaje.

•  SINCERO – como sucede a menudo, hay varias versiones sobre el origen de la palabra. Algunos autores defiende que procede de sin + número cero o vacío; otros defienden que procede de sin + cera, y lo explican por las artimañas que los escultores renacentistas utilizaban para disimular con cera los desperfectos en sus obras de mármol. Otros autores defienden la teoría de la cera, pero en relación con la miel adulterada que se vendía en Roma. Esta última explicación parece la más probable. 

•  MOROSO – la palabra procede del latín “morosus”, que significa malhumorado. El problema es que se parece a mora (retraso). Este y otros ejemplos de etimología popular los pueden encontrar en la página dechile.net

•  LATENTE - (del latín "latens") a menudo se utiliza esta palabra como sinónimo de "palpitante"; y de  hecho se parece a "latido"; sin embargo, realmente significa ‘oculto, escondido o aparentemente inactivo’. La palabra correcta es "latiente".

•  PECUNIO – si busca esta palabra en el diccionario de la RAE, no espere encontrarla. Y el caso es que se utiliza, y mucho, en relación con el dinero. Procede de “pecus”, palabra latina que significa ganado (el ganado era expresión de riqueza y moneda de intercambio en la antigua Roma). Le propongo que busque “peculio”, una palabra mucho menos conocida, del latín “peculio”, y que sí significa dinero. ¿Por qué el error? Por la palabra “pecunia” (igual nombre en latín), que define el diccionario de la RAE como forma coloquial de decir dinero.

•  MINIATURA - "Miniatura" no procede de "mínimo" o "menor", sino de "minio", el oxido de plomo que se empleaba como pintura. Por lo tanto, las miniaturas no tenían por qué ser de pequeño tamaño. Hoy en día la RAE lo admite como sinónimo de tamaño pequeño.

•  EN PELOTAS - Si uno se queda "en pelotas" no significa que muestre necesariamente sus gónadas masculinas (llamadas vulgarmente pelotas), sino que se queda a pelo descubierto (pelo + el sufijo aumentativo otas).

•  TESTICULOS – Ya puestos a hablar de genitales, la palabra “testículos” tiene una etimología bastante curiosa. Procede del latín “testis”, que significa “testigo”. Junto con el sufijo diminutivo “iculu” (pequeño) vienen a significar “pequeños testigos” de la virilidad masculina. No haremos más comentarios.

•  ALTOZANO - Si nos situamos en un "altozano" queremos decir que estamos en un lugar elevado. Pero su etimología resulta de lo más sorprendente. Procede de la palabra "antuzano", que proviene de ante (delante) ostium (puerta); es decir, delante de la puerta. Los "antuzanos" son espacios abiertos frente a un edificio, generalmente delante de las puertas de las iglesias, donde se reunía la población tras asistir a misa, y que solían estar situadas en la parte alta de las poblaciones.

•  ÁLGIDO – Decimos que se alcanza el punto álgido en el sentido de más alto. Pero “algidus” en latín significa tener frío. La explicación de por qué ha llegado a significar lo contrario es apasionante: en el siglo XIX Europa sufrió una terrible epidemia de cólera. Los médicos describieron las fases de la enfermedad, haciendo hincapié en que el momento más importante se alcanzaba cuando el enfermo tenía una mayor frialdad en la piel.


Antonio Carrillo Tundidor