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lunes, 1 de octubre de 2018

Aznavour


El 1 de abril del año 2011 publiqué este artículo. Uno de los primeros.

Hoy, 1 de octubre de 2018, Aznavour se ha ido.

Tengo una pena sorda, una sensación de pérdida. Y siento lástima. Por mí.

Es un día extraño. Está siendo una noche extraña.

Escuchen la canción que acompaña a estas líneas:

"Il te suffisait que je t'aime"

Y permitan que la melancolía haga su tarea de entrelazar los recuerdos y gemidos, de bajar los ojos y perderse de nada que no sea uno mismo.

Escuchen. Sientan. Sigan vivos.


El lenguaje de la melancolía: "Il te suffisait que je t'aime"


El año 1964 charles Aznavour publica su álbum Hier Encore. Como era costumbre en la época, además del LP se publican sencillos con las canciones más importantes. La canción que da título al álbum, "Hier encore", le valió a Aznavour el premio de la Asociación Americana de los Autores Compositores. Cuando sale a la venta el sencillo, en la cara B del pequeño disco se ofrece una única canción. En absoluto una de las canciones más conocidas de Aznavour. Una canción triste y aparentemente sencilla; un poema de una belleza arrebatadora.

Portada de Hier encore
"Il te suffisait que je t'aime", "Te bastaba con que yo te amara", recoge un tema recurrente en Aznavour: el paso del tiempo y la melancolía por un pasado - una juventud - irremediablemente perdidos. Con una cadencia que sobrecoge, el marido deja entrever su  rendición ante lo inevitable. Ella no le entiende, no escucha sus palabras ni encuentra consuelo en su amor. La melodía insiste una y otra vez en un mismo fraseo, como una rueda que gira inmisericorde, sumando años, arrugas, achaques y añoranzas. El tono sube, hay momentos en los que parece que la voz levanta vuelo, pero las frases terminan con un mismo gemido: Il te suffisait que je t'aime. Como en el "Ne me quitte pas" de Brell, la congoja es tan profunda que se siente como propia.

Afortunadamente para los que no conocemos este maravilloso idioma, contamos con una traducción de Antonio Carrillo Robles.

Disfrútenla.







"Il te suffisait que je t'aime"

Nous avions vingt ans toi et moi
Quand on a sous le même toit
Combattu la misère ensemble
Nous étions encore presqu'enfants
Et l'on disait en nous voyant :
"Regardez comme ils se ressemblent"

Nous avons la main dans la main
Surmonté les coups du destin
Et résolu bien des problèmes
Le ventre vide en privation
Tu te nourrissais d'illusions
Il te suffisait que je t'aime

Nous avons lutté tant d'années
Que la fortune s'est donnée
Mais l'âge a pris ton insouciance
Tu te traînes comme un fardeau
Et ne ris plus à tout propos
Et pleures ton adolescence

Et passes du matin au soir
Des heures devant ton miroir
Essayant des fards et des crèmes
[Más Letras en http://es.mp3lyrics.org/as2k]
Et moi, je regrette parfois
Le temps où pour forger tes joies
Il te suffisait que je t'aime

Si je le pouvais mon amour
Pour toi j'arrêterais le cours
Des heures qui vont et s'éteignent
Mais je ne peux rien y changer
Car je suis comme toi logé
Tu le sais à la même enseigne

Ne cultive pas les regrets
Car on ne récolte jamais
Que les sentiments que l'on sème
Fais comme au temps des années d'or
Et souviens-toi qu'hier encore
Il te suffisait que je t'aime

Pour moi rien n'a vraiment changé
Je n'ai pas cessé de t'aimer
Car tu as toujours tout le charme
Que tu avais ce jour béni
Où devant Dieu tu as dit : " oui "
Avec des yeux baignés de larmes

Le printemps passe, et puis l'été
Mais l'automne a des joies cachées
Qu'il te faut découvrir toi-même
Oublie la cruauté du temps
Et rappelle-toi qu'à vingt ans
Il te suffisait que je t'aime



Teníamos 20 años tú y yo,
cuando bajo el mismo techo
combatimos la miseria juntos.
Nosotros éramos casi unos niños
y decían cuando nos veían
"mirad cómo se parecen".

Con una mano sobre la otra
superamos los muchos golpes del destino
y resolvimos muchos problemas;
pasando hambre en la privación
te alimentabas de ilusión.
Te bastaba con que yo te amara.

Luchamos tantos años
cuantos nos dio la fortuna;
pero la edad se ha llevado tu despreocupación,
te arrastras como un fardo
y dejas de comer a propósito,
y lloras tu adolescencia.

Y pasas de la mañana a la noche,
horas y horas delante de tu espejo,
probándote maquillajes y cremas.
Y yo echo de menos a veces
el tiempo en que para forjar tu alegría
te bastaba con que yo te amara.

Si yo pudiera, amor mío,
por ti yo pararía
el golpe de las horas que pasan.
Pero no puedo cambiar nada,
porque estoy, bien lo sabes,
en tus mismas condiciones.

Pero no cultives la pena,
porque sólo se cosechan
los sentimientos que se aman.
Haz como tantos años atrás,
y acuérdate que sólo ayer
te bastaba con que yo te amara.

Para mí no ha cambiado realmente nada,
yo no he dejado de amarte;
porque sigues teniendo el encanto
que tenías aquél bendito día
en que ante Dios Dijiste "si",
con los ojos bañados en lágrimas.

Pasa la primavera, y después el verano,
pero el otoño oculta alegrías
que debes descubrir tú misma.
Olvida la crueldad del tiempo,
y recuerda que a los veinte años
te bastaba con que yo te amara.



Antonio Carrillo Tundidor.

jueves, 28 de julio de 2011

La palabra intraducible, el error de Hanibal Lecter y la envidia en el mundo de las letras




Todos los idiomas tienen palabras intraducibles. En inglés hay una muy curiosa: "logrolling".
¿Qué razón puede haber para disponer de una palabra que significa "publicidad mutua que se dispensan dos escritores"? la palabra no se refiere tanto a elogio o admiración como a publicidad. Es decir, se adivina una finalidad crematística, un interés comercial en esta loa compartida.
Para entenderlo, digamos que, familiarmente, también se utiliza "logrolling" para referirse a los "favores políticos". Sería pues el quid pro quo que hizo famoso el personaje de Hannibal Lecter de "El silencio de los corderos".
Por cierto, resulta curioso que un personaje tan brillante como el doctor Lecter cometa un descuido conceptual tan grave: la locución quid pro quo hace referencia a un error gramatical, al hecho de confundir dos términos similares. Familiarmente, se utiliza para indicar la confusión que provoca el parecido entre dos personas.
La expresión correcta para definir el "toma y daca" propio de la reciprocidad sería, entonces, otra: do ut des (doy para que des).

En definitiva, llama poderosamente la atención que un idioma tenga una palabra que signifique "publicidad entre escritores". Da una idea muy interesante sobre el mundo de la literatura; un universo propio en el que esta palabra atisba intereses, rencillas o envidias. ¿Acaso el mundo de la edición, traducción, revisión o creación literaria es refugio de egos superlativos y relaciones espurias?
En tal caso, quienes sientan la llamada de la pluma, y no se vean capaces de escapar de su embrujo, siempre pueden burlar tanta oquedad buscando resquicios de luz y confianza en amistades, familias o libros.
 En definitiva, conviene asomar el rostro a la brisa y al aire libre.

de "pasarlascanutas.com"


Y hay una palabra en inglés para decirlo: "alfresco".

¿La conocían?

Antonio Carrillo



miércoles, 27 de abril de 2011

El mejor traductor, 3: la traducción literal Vs. la literaria.


Interpretación de "las manos" de Escher por Myriam Mahiques



Un traductor no se limita a trasladar un texto de un idioma a otro. Una palabra puede tener distintos significados, o pueden elegirse distintas palabras para expresar lo mismo; es el contexto y la intención que se le  intuye al autor lo que nos encauza hacia unas palabras y no otras.

Un programa informático de traducción, por avanzado que sea, siempre tendrá problemas para identificar el contexto, la intención, lo que se intuye; una base de datos nunca podrá abarcar la totalidad de lo que se quiere expresar, se aturullará con el humor, con los juegos de palabras, con la emoción. En su famoso ensayo "La nueva mente del emperador", el profesor Roger Penrose dejó establecido que la inteligencia artificial es una quimera irrealizable. Es algo con lo que yo estoy de acuerdo. Construir una máquina consciente y pensante implica entender y aprehender cómo funciona el órgano más complejo que jamás haya existido: el cerebro humano. Y eso es algo, por el momento, fuera de nuestro alcance. No se engañe: los neurólogos y los psiquiatras están abrumados por lo difícil que resulta su tarea. Por cada respuesta fiable que encuentran, les surgen diez preguntas nuevas.

El traductor, por tanto, debe atesorar un buen conocimiento de la cultura del texto de origen para así poder adentrarse en el metalenguaje, en las oscuras oquedades del significado. Por ello la traducción literal resulta empobrecedora: porque al santificar el significante se pierde toda la riqueza del significado. E incluso, desde el punto de vista meramente formal, las traducciones son erróneas. Un texto en castellano atestado de formas pasivas está gramaticalmente mal, por mucho que se haya trasladado la literalidad del texto francés. Hay una exigencia ineludible de adaptar el idioma de origen a las formas y reglas del idioma de destino, sin que se pierda la esencia creadora que inspira el texto original.

¿Que no es fácil? Por eso no existe una computadora capaz de hacerlo.

En ocasiones, el traductor se detiene en su trabajo y necesita que le venga la respuesta. Es una espera difícil de explicar; sabe que tiene la clave, pero necesita de un instante de inspiración para encontrarla. ¿Cómo podríamos programar en un software la intuición, la pausa? ¿Cómo podríamos insertar en lenguaje informático la necesidad de salir a la calle, de distraer el cerebro en cosas aparentemente inconexas con el trabajo de traducción, de aprovechar el bagaje de una vida no sólo profesional sino, por encima de todo, personal, para hacernos mejores traductores con los años?

Bertrand Russell decía que tenía la certeza de que una formulación matemática era correcta antes de hacer la comprobación ¿Cómo lo sabía? Por su belleza. Había una sensación de plenitud y de coherencia interna de la que se embebía la fórmula. Y esa certeza le llegaba al instante. Todos hemos sentido lo que Henri Bergson llamaba "aliento vital" o Abraham Maslow " instantes de flujo": una experiencia brevísima en la que el tiempo se detiene y se alcanza una sensación reconfortante de plenitud y paz. En la traducción sucede: ésa, y no otra, era la palabra, la frase que el texto requería. La he encontrado porque soy traductor, porque tengo como oficio el encontrar maneras de darle nueva vida a lo que ya está vivo.

Soy un buscador de tesoros maravillosos: de palabras.

Y, sin embargo, el traductor no crea la obra. El texto, literario, comercial, técnico o jurídico, sólo tiene un autor. Un traductor puede sentir la necesidad de "mejorar" el texto tal y como le llega. Pero, al igual que un corrector de estilo apenas afina la melodía de manera que sea formalmente correcta, un traductor intenta transponer las intenciones del autor de manera que sea comprensible para su propia cultura. Se convierte así en la voz del autor, cierto, pero no es el autor. Tiene el encargo de llegar a conocer las intenciones de quien creó la obra, desentrañar los riesgos que ha asumido, las sensaciones que asoman, la sutil descripción de un lugar o un personaje... pero hablamos de un universo simbólico ya creado.

La traducción literal es peligrosa. La traducción libremente literaria lo es también. Encontrar el justo medio, la medida de lo que el texto requiere, es una tarea que el buen traductor debe asumir como condición inexcusable.

Antonio Carrillo Tundidor

miércoles, 6 de abril de 2011

Libro recomendado: "escribir ficción" Edith Wharton



 
Título
Escribir Ficción
Autora
Edith Wharton
Editorial
Páginas de Espuma
Traducción y prólogo
Amelia Pérez de Villar
ISBN
978-84-8393-082-3



Queda dicho: voy a recomendar un libro del que sólo he leído el prólogo, apenas 9 páginas. Acaba de llegar a mi mesa, y no me ha dado tiempo a más; pero he sentido el impuso de escribir, y a esta compulsión respondo.
Justo al terminar el prólogo me vino una imagen: la de un joven escultor florentino que se levanta antes de que amanezca. Se dirige a un patio interior que utiliza como taller, bombea del pozo un cubo de agua y espera sentado a que amanezca. Permanece quieto, mirando una enorme pieza de mármol, una roca blanca situada en el centro del patio que ilumina la luna.
Nadie ha querido esculpir sobre esta piedra, porque tiene imperfecciones, sobre todo en su lado izquierdo. Amanece. El joven se sube a una escalera y lentamente deja que el agua empape la piedra. Los primeros rayos de la mañana, junto con el agua derramada, permiten escudriñar el interior marmoleo, en la búsqueda de pequeñas burbujas de aire, vetas casi imperceptibles o sutiles desperfectos. El joven acaricia la piedra, como lleva haciendo desde niño cuando ayudaba en una cantera cerca de casa. En ese momento está solo, la piedra y él. El tiempo fluye despacio, como el agua.
El joven se llama Miguel Ángel, y está apoyando su frente sobre lo que acabará siendo – sobre lo que ya es -  su “David”.



Amelia es traductora, cierto. Y de las mejores. Pero es escritora por encima de todo, y por eso le bastan nueve páginas para transmitir toda su pasión por la escritura, su conocimiento arcano de la palabra y el silencio, del tiempo y la pausa, su desprecio por lo banal y efímero. Amelia ha debido recibir un hechizo en algún momento de su vida, posiblemente de muy joven, porque conoce el misterio de la voz que se traza sobre papel. Los escritores primero escuchan, se muestran atentos a lo que les rodea, se empapan de imágenes y sonidos. Pero siempre acaban solos con ellos mismos, en un soliloquio con un buen amigo, y les llegan palabras de muy adentro. De donde realmente nacen las palabras.
Hay prólogos que te obligan a seguir leyendo, los hay que incluso justifican por sí mismos la compra de un libro. En su prólogo al Diccionario de Filosofía, Fernando Savater realiza una descripción magnífica de lo que significa “vivir la filosofía”, ser filósofo. El prólogo de Amelia pertenece a esta categoría, y por ello escribo estas líneas. 
Es muy de agradecer la labor que está realizando la editorial “Páginas de Espuma”, atreviéndose a publicar textos como “Escribir Ficción”; pero además es necesario resaltar la justicia que representa el que se cite en la portada el nombre de la traductora. “Justicia” es dar a cada cual lo que merece. Es en estos detalles en los que se adivina la labor de un editor comprometido con la cultura y la excelencia.
Es en estos pequeños detalles en los que deposito la esperanza por un futuro mejor, en el que personas como Amelia Pérez de Villar obtengan el reconocimiento que merecen, y mis hijos puedan al menos tener la oportunidad de optar por la sutileza frente a la estulticia, por el matiz frente al barullo embrutecedor en el que estamos inmersos. 

Antonio Carrillo Tundidor   

jueves, 3 de marzo de 2011

Las curiosidades del lenguaje: el lenguaje primordial

EL LENGUAJE PRIMORDIAL
http://www.tradux.es/


los seres humanos estamos hechos de palabras, y nos alimentamos del contacto con nuestros semejantes. Ningún otro animal nace tan indefenso, tan insatisfecho (del latín "in satis factum": no suficientemente hecho)

Venimos a la vida arropados por un entorno cultural que nos conforma y conforta, nos ofrece respuestas, seguridades y certidumbres. Nuestro devenir está repleto de preguntas, de inquietudes y curiosidades. La búsqueda deviene en vida, en transcurso, siempre acompañados, nunca solos.

Aprendemos el habla escuchando los ecos de nuestro entorno, incluso desde el seno materno. El término "sordomudo" es incorrecto; los sordos no son realmente mudos, pero sin la escucha no han podido aprehender el habla. El historiador griego Herodoto pensaba que nacemos con un idioma. No es cierto. Lo demuestran los estudios realizados sobre los llamados "niños salvajes",  niños criados por animales y sin contacto con otros seres humanos. Son individuos que imitan el gruñido de los animales, sin un habla gramaticalmente estructurada. Prefieren la compañía de otros animales, y suelen morir jóvenes. Esto prueba la necesidad el auxilio de los demás para llegar a ser lo que la naturaleza nos depara: individuos.

El infierno no son los otros, es la falta de los demás. Cuando nace su hijo, el padre musulmán lo acurruca en los brazos y le susurra al oído versos del Corán. Cuando fallezca, alguien le susurrará, durante su último aliento, versos sagrados en el mismo idioma.

En efecto, no nacemos con la facultad del habla, pero es tanta su importancia que podemos morir si se nos escatima. Como nos recuerda Humberto Eco, el rey Federico II de Sicilia experimentó con dos bebés, a los que ordenó que no se les hablara desde  su nacimiento. El experimento tenía como finalidad averiguar qué idioma adquirirían los niños. Los dos sufrieron una muerte repentina e inexplicable. Seguramente, las nodrizas les racanearon no sólo el habla, sino también las caricias. Las pobres mujeres no querrían establecer un vínculo afectivo con criaturas a las que no se les permitía consolar con palabras o arrullos. Para ellas tuvo que ser una tortura. Su tragedia particular, como tantas otras, forma parte de la vergüenza humana.

Durante el siglo XX, en orfanatos de la antigua Unión Soviética, se disparó el índice de muertes durante los primeros meses de la infancia, sin que hubiera una razón aparente. Un estudio posterior demostró que el hacinamiento y las pésimas condiciones en las que se criaba a los niños no permitían que disfrutaran del contacto físico ni verbal necesario. Sin caricias, la vida parecía carecer de sentido, y muchos se dejaban morir en el vacío. Incluso hoy en día no es excepcional conocer por boca de psiquiatras infantiles de casos en los que niños adoptados en instituciones públicas de la antigua Europa del Este manifiestan importantes trastornos mentales, como el “Trastorno Generalizado del Desarrollo”. La causa parece ser siempre la misma: la falta de muestras de afecto en los primeros meses de vida y el poco contacto verbal con los bebés. Si no se les habla y acaricia, los bebés humanos desarrollan una sinapsis deficiente, muy especialmente en el vínculo que establece el "sistema límbico" (las emociones) con los lóbulos prefrontales. Negar a un niño el afecto es acto de crueldad inaceptable. Es un crimen contra la (su) humanidad.

El habla, en definitiva, se adquiere, y es sumamente importante. De hecho, estudios recientes parecen confirmar que la disposición neuronal hacia la facultad del habla comienza a desarrollarse ya en el seno materno. Durante muchas semanas la escucha se convierte en un sentido fundamental en la penumbra del seno materno. Por increíble que parezca, los niños lloran tanto dentro de la madre como una vez nacidos en su propio idioma. Según un famoso estudio de la Universidad de Würzburg, realizado en 2009, los bebés lloran reproduciendo las tonalidades propias del idioma materno. Una de las investigadoras, Kathleen Wermke, comenta que “El hallazgo más espectacular de este estudio es que los neonatos humanos no sólo son capaces de reproducir distintos tonos cuando lloran, sino que prefieren las pautas sonoras típicas del idioma que han oído durante su vida fetal, en el último trimestre de gestación”. Más adelante volveremos sobre la cuestión del tono, de la música, fundamental para este artículo.

¿Cómo se originó el lenguaje? Rousseau, el primer antropólogo para Levi-Strauss, cree que la facultad del habla es una manifestación tanto del contexto social como del entorno físico o del clima en que se vive. Es una característica evolutiva, que nace tanto de la necesidad de cortejar a una pareja (con música, adornos y danza) como, en estadios evolutivos más avanzados, de transmitir conocimientos. El propio Darwin estudió el lenguaje en aves o mamíferos, y la correlación que se daba entre lenguaje, tonalidad y danza.

De hecho, en ocasiones las facultades sonoras de algunos animales resultan sorprendentes. En youtube circula un video grabado por el naturalista británico Richard Attemborough, en el que se muestra las facultades del ave Lira, capaz de imitar incluso el sonido de una máquina fotográfica.

También en los humanos la música, junto con la danza, llama a los lugares mas profundos del cerebro. Parecería la lengua de la Naturaleza. ¿En qué lengua hablaba nuestro cerebro en sus orígenes? El prestigioso neurólogo Oliver Sacks nos ofrece una pista increíble en su ensayo "musicofilia": todos los bebés humanos nacen con una facultad única. Nacemos con un oído tonal perfecto. Y esto es, créanme, asombroso.

Imagine que se encuentra dando la espalda a un piano, y alguien toca una tecla. Sólo 1 de cada 45.000 humanos adultos tiene la capacidad de afirmar, sin género de dudas, qué nota se ha pulsado. A esto lo llamamos oído absoluto u oído tonal perfecto. Una persona que goce de este don puede decir en qué tonalidad susurra el viento entre las ramas de un sauce, o si están afinados los instrumentos de una orquesta. Lo que para nosotros es una realidad de sonidos grises, para ellos la vida ofrece una gama inacabable de matices musicales y sonoros. Mozart lloraba en la cuna cuando oía un violín desafinado. Y en una maternidad los niños recién nacidos se muestran inquietos si la música a la que están acostumbrados suena en una tonalidad distinta, o con disonancias.

La música ha sido nuestra compañera desde hace millones de años, sobre todo si se acompaña del movimiento acompasado del cuerpo. La única posibilidad de estimular los cerebros aquejados de demencia severa procede de la música; fundamentalmente si se acompaña de una danza. Lo llevamos en lo más primitivo de nuestros genes; estamos filogenéticamente diseñados para danzar alrededor del fuego al ritmo de unos instrumentos de percusión. Resulta curioso: la música activa muchas zonas de la corteza cerebral, alterando su fisonomía al punto que un médico forense sólo puede adivinar la profesión de un fallecido si éste ha sido músico. La estructura de su cerebro es única.

Por desgracia, este oído tonal perfecto muere pronto. La coclea, posiblemente una de las zonas más fascinantes de la fisonomía humana, permite que las miles de sutiles ramificaciones que parten hacia el cerebro, cada una afecta a una frecuencia diferente, pierdan exactitud, o incluso deshace el vinculo sináptico. Nuestro oído musical pierde entonces afinación, y deja "espacio" para que se desarrolle el lenguaje.

Según Sir Roger Penrose, eminente físico británico, no basta la simple lógica de enunciados basada en razonamientos binarios (verdad o mentira, 0 y 1) para entender el funcionamiento de nuestro cerebro. En definitiva, la lógica de los lenguajes informáticos no alcanza en absoluto el grado de sutileza que denota el pensamiento humano, en el que confluyen una lógica común con otra que, en palabras de María Zambrano, deviene en lenguajes (y lógicas) poéticas. Y, además, contamos con los sentimientos, el inconsciente o la intuición. El lenguaje primordial humano, si acordamos que no puede ser la música, que decae en la niñez, debe superar la lógica binaria, y debe mostrar tal  flexibilidad que le permita nombrar todas las cosas; sus combinaciones no deben tener fin, porque siempre la intuición, la imaginación o la inventiva nos exigirá una denominación nueva en un universo simbólico o tecnológico renovado. Nos adentramos entonces en la búsqueda de lo que Humberto Eco denomina "la lengua perfecta".

No faltan voluntarios para este "el dorado" lingüístico. La lengua Aymara, por ejemplo, es un lenguaje de la Andes que se localiza en poblaciones cercanas al lago Titicaca, con alrededor de un millón y medio de hablantes. No es muy sabido, pero gracias al pueblo Aymara los humanos cultivamos la patata. Su lengua no se basa en una lógica binaria, sino en una estructura trivalente (lógica de tres valores) y una riqueza lexical y combinatoria tal que se calcula puede alcanzar más de 300.000 formas verbales. En consecuencia, es muy flexible, apta para expresar conceptos abstractos o arquetípicos, y ofrece una manera peculiar de estructurar el tiempo, al parecer única. La música y la danza ocupa un lugar preeminente en la cultura Aymara. En definitiva, se postula como una buena candidata a la lengua perfecta.

Pero, ¿y si nos arriesgamos a dar un paso más y proponemos la lengua de los daimonides, de la magia y las hadas, la lengua que alimenta "el fuego secreto de los filósofos", según el celebérrimo ensayo de Patrick Harpur?. Alguien tan ortodoxo como Manuel García Teijeiro, catedrático de Filología Clásica de la Universidad de Valladolid, habla de La lengua de los dioses y de los fantasmas, "una lengua que es absolutamente perfecta, donde la relación entre el nombre y la cosa no es caprichosa, sino que esta basada justamente en la esencia misma del ser". Se trata entonces de unir el signo a la realidad, de manera que cambiando los signos (las palabras) se podría también cambiar la propia realidad. Resulta entonces imperativo ocultar el verdadero nombre hebreo de Dios, o se desconoce el nombre del chamán, para evitar que puedan apropiarse de su esencia y su poder. En esta realidad alternativa, hay una palabra para cada cosa, y la lengua alcanza alturas ontológicas.

En definitiva, se puede divagar lo que se quiera; la lista de lenguas candidatas a la lengua perfecta sería enorme. Las culturas ágrafas parten con ventaja: atesoran una gran variedad de nombres de especies que deben memorizar; les va la vida en ello. También deben recordar sus mitos, una visión única de la realidad que explica los fenómenos celestes y le da sentido a la vida. Los Yaganes, por ejemplo, poseen un vocabulario que supera las 40,000 palabras, y los esquimales utilizan 63 formas para el presente y 252 disidencias; y disponen de decenas de palabras para definir los distintos matices del color blanco. El antropólogo "Marvin Harris" nos muestra en su ensayo "Nuestra especie" otros ejemplos; como el kwakiutl, una lengua de los indios norteamericanos que sería la pesadilla de cualquier estudiante de bachillerato: tiene el doble de casos que el latín.

Pero, finalmente, la búsqueda resulta infructuosa: no existe un lenguaje perfecto. No lo es la música, ni la lengua de las hadas, ni una lengua indígena por muy compleja que sea. Como opinaba Rousseau, cada cultura ha ido adaptando su lengua a sus necesidades y acondicionamientos geográficos o climáticos. Hablar de la lengua perfecta implica reconocer la existencia de una cultura perfecta, lo que constituye un error imperdonable. ¿Acaso hay una cultura superior a otra? ¿Hay civilizaciones, razas o creencias intrínsecamente preponderantes? ¿Quién puede arrogarse la facultad de decidir qué culturas son superiores? ¿Qué criterio utilizaría?

A principios del siglo XX, durante la Primera Guerra Mundial, en Vineland, un pequeño pueblo del estado de New Yersey, se aprovechó el reclutamiento de tropas con destino al frente europeo para realizar una serie de test de inteligencia a más de un millón de norteamericanos. El resultado final sorprendió a los investigadores: la inteligencia promedio del varón norteamericano adulto se correspondía a la de un adolescente de 14 años. Como había que dar una explicación a unos resultados tan bajos, se optó por lo más obvio: la pureza de raza de los colonos blancos originarios de Inglaterra u Holanda se había contaminado con la presencia de afroamericanos y la afluencia masiva de inmigrantes procedentes del Mediterráneo, de países de este de Europa o de asiáticos. El resultado de los test aconsejaba un segregacionismo que preservara la pureza y superioridad blanca frente al salvajismo o primitivismo innato de los negros. Las consecuencias de esta política se hicieron sentir hasta la década de los 70.

Incluso en los años 80 se publicaron libros en los que se demostraba que los afroamericanos conseguían en los test de inteligencia valores sensiblemente por debajo de los blancos. Ello provocó una encendida polémica, en la que algunos pensadores bienintencionados atribuían los bajos niveles de los afroamericanos a las condiciones educativas y sociales que soportaban los niños en los suburbios de las ciudades. No es que nacieran menos inteligentes, sino que la falta de estímulo educativo y la convivencia en unos entornos familiares desestructurados hacían imposible que sus cocientes fueran similares al de los blancos. Y en esta explicación, precisamente, radica el error.

¿Qué mide un test de inteligencia? En principio debería medir las capacidades y herramientas cognitivas y emocionales que atesora un individuo con el fin de acomodarse con éxito en un entorno determinado. ¿Cómo puede medir un test las habilidades sociales que desarrolla un joven afroamericano para integrarse en un grupo o clan? ¿Cómo puede medir un test el bagaje cultural propio y definitorio del rap, o de cualesquiera otras manifestaciones artísticas provenientes de la comunidad afroamericana? En definitiva: ¿Se espera que un afroamericano de buenos resultados en un test de inteligencia diseñado por blancos para blancos? Afirmo que sería necesario hacer test individualizados, al punto de que cada individuo pudiera manifestar sus habilidades en campos tan difícilmente medibles como la inteligencia emocional, la sensibilidad artística, la capacidad empática o la intuición. Y ello no es posible.

No hay un ser humano igual a otro, y no hay dos culturas iguales. Pero es imperdonable establecer un rango que valore en una escala medible el ambiente cultural, social o lingüístico en que uno se haya desarrollado. No hay una lengua perfecta, lo hemos dicho; tampoco hay lenguas mejores o peores. Un niño tropieza, y su madre encuentra las palabras, la entonación, con la que consolarlo. Un padre regaña a su hijo y le muestra un sendero en valores y comportamientos que hagan de él un individuo adaptado y respetuoso con las costumbres de su pueblo. En ese momento la lengua que se emplea, sea la que sea, es siempre la lengua más perfecta.

No existe un lenguaje primordial; lo primordial es el lenguaje.

Antonio Carrillo Tundidor