lunes, 6 de febrero de 2017

El misterio Diatlov



El 25 de enero de 1959 una expedición compuesta por ocho hombres y dos mujeres, todos expertos esquiadores y alpinistas, llegan en tren a una pequeña ciudad rusa denominada Ivdel, situada en la provincia de Sverdlovsk Óblast, en los montes Urales. La mayoría son estudiantes del prestigioso Instituto Politécnico de la universidad de Ekaterimburgo.

Son personas jóvenes, inteligentes, deportistas experimentados. Tan solo un miembro, el guía y exmilitar Alexander Zolotarev, superaba los 30 años.

Un camionero se ofrece a llevarlos a Vizhai, más al norte; el último enclave poblado, punto de partida de expediciones hacia las montañas. Tienen previsto llegar al cercano monte Gora Otorten, a 1.234 metros de altitud, luego bajar 100 kilómetros hacia el sur, hasta el pico Ojkachahl y, por último, volver hacia el norte siguiendo las orillas del río Toshemka, famoso por sus yacimientos de fósiles del período devónico.

Hace mucho frío, es pleno invierno; pero están preparados y entrenados.

El trayecto es muy exigente por las condiciones climatológicas, pero el grupo es conocedor del entorno y de sus peligros. El 27 de enero parten hacia la aventura. Yuri Yudin, de 24 años, ha pasado mala noche.

Al día siguiente los síntomas de Yuri se agravan. Tiene fiebre alta, dolores musculares y diarrea. Es disentería. Tiene que volver a Vizhai.

El grupo de 10 se reduce a 9 miembros.

El 31 de enero el grupo llega a las estribaciones de la montaña, en el valle del río Auspii. El tiempo ha empeorado y la visibilidad es escasa. Cuando reanudan la marcha la mañana del 1 de febrero se desvían sin darse cuenta hacia el oeste, hacia la montaña Kholat Syakhl, siguiendo la senda que había dejado un cazador de ciervos de la etnia mansi el día anterior. Kholat Syakhl en idioma mansi significa “montaña de los muertos”.

El nombre proviene de una antigua leyenda: hace mucho tiempo nueve cazadores mansi se perdieron en los bosques cercanos a esa montaña. Se los encontró muertos unos días más tarde.

Nueve excursionistas y nueve cazadores.

El líder del equipo, Igor Diatlov, de 23 años y estudiante del Departamento de Radio, estudia con cuidado su posición exacta: se encuentran en la ladera este del Kholat Syakhl, a 10 kilómetros de su destino. El tiempo va a peor y no conviene arriesgarse a continuar la marcha. Con buen ánimo, el grupo prepara el campamento para pasar la noche. Toman imágenes; se les ve felices, relajados.

Apenas a un kilómetro se vislumbra un bosque, pero la ladera tiene muy poca inclinación y no ven necesario avanzar más y buscar un refugio mejor bajo los árboles.

A las 7 de la tarde cenan. La mayoría se retira a dormir; unos pocos se quedan fuera charlando. La temperatura ronda los -15 grados, aunque el viento provoca que la sensación térmica esté por debajo de – 30.

Sobre las 10 de la noche todos se encuentran dentro de la tienda. Algo sucede ¿Un estruendo? ¿Una avalancha? ¿Un ataque?

Comienza el horror. Despavoridos, temiendo por su vida, los jóvenes salen de la tienda rasgando la tela desde dentro con sus cuchillos. Ni siquiera se detienen a descorrer las cremalleras. Con poca ropa, descalzos, algunos en ropa interior, bajan corriendo por la ladera en tres grupos. Detrás dejan su equipamiento, sus ropas de más abrigo. Sólo les empuja la obsesión de llegar a los árboles, a un kilómetro y medio de distancia.

Los tres grupos se llaman a gritos en la oscuridad y se reagrupan bajo un enorme pino. Su situación es desesperada. Sobre todo la de Yuri Krivonischenko, un mocetón de 1,80 metros, 24 años y estudiante de ingeniería. También está sufriendo Yuri Doroshenko, un estudiante de económicas de 21 años. Ambos hombres sólo visten con ropa interior; tienen sólo minutos antes de morir por hipotermia.

Ropa interior en montaña no significa que fueran en calzoncillos, ojo; llevaban camisetas térmicas, jerséis, pantalones largos y calcetines. Pero es una protección insuficiente frente al helado viento.

Demostrando que no se habían dejado llevar completamente por el pánico, el grupo consigue encender una hoguera en la base del árbol. Los hombres arrancan desesperadamente ramas para alimentar el fuego. Frenético, Krivonischenko intenta quebrar las ramas utilizando su peso. Intenta escalar por el pino, y desgarra la piel de sus maños intentando arrancar la corteza. El árbol guarda restos de la piel y la sangre de Krivonischenko y Doroshenko. El esfuerzo les pasa factura. Se mueren de frío.

Krivonischenko lleva dos camisetas, unos pantalones cortos y otros largos encima; no lleva calzado, sólo calcetines. Cae del árbol y queda boca arriba. Sangre en boca, nariz y oídos. El golpe en el tórax hace que le salga espuma de la boca. Hay señales de que lo han arrastrado por los brazos, seguramente para apartarlo del fuego. El calcetín del pie izquierdo está parcialmente quemado. Tiene contusiones en piernas, brazos y tórax. Presenta una herida en la cabeza, seguramente por la caída del árbol. Doroshenko, a su lado, también se muere. La temperatura de la piel desciende rápidamente y el metabolismo se retarda. A los 32 grados la mente desvaría, la sangre, más viscosa, deja de fluir hacia los órganos. Se entra en coma. Hay múltiples microinfartos. A los 20 grados hay asistolia y fibrilación auricular. El corazón se detiene. El organismo se rinde al helor. Ambos fallecen.

Los forenses encontraron en los pantalones de Krivonischenko restos de lágrimas.

Los amigos no pueden hacer nada. Ellos mismos se están muriendo. El pino ha comenzado a arder hasta una altura de 5 metros, pero ello apenas si les aporta calor. Rustem Slobodin, estudiante de ingeniería de 23 años, se ha caído del árbol y tiene una fractura de cráneo de 18 cm; pero no ha perdido el sentido. Tapan los cuerpos de Krivonischenko y Doroshenko con ramas. Dyatlov le quita la camisa al cadáver de Doroshenko y se la pone. Quiere sobrevivir.   También le quitan la ropa a Doroshenko.

Los amigos deciden dividirse.

Dyatlov, Rustem y Zinaida Kolmogorova intentan subir la pendiente, volver a la tienda. ¿Por qué una mujer se apresta a realizar un esfuerzo tan físico en tales condiciones? La respuesta puede ser muy simple; Kolmogorova, de 22 años, era estudiante del Departamento de Radio, como Dyatlov. Y en los bolsillos de su compañero se encontró una fotografía de Zinaida. Eran pareja. Murieron en un mismo empeño por sobrevivir. Quisieron morir juntos.

Dyatlov cayó el primero. Apenas si pudo recorrer 300 metros. Llevaba un abrigo de piel desabrochado, un jersey y pantalones. No llevaba calzado.


Casi 200 metros más adelante Rustem se afana por seguir. No puede caminar erguido y se arrastra penosamente. Tiene heridas las manos, los brazos, los tobillos y las rodillas. La frente abrasada y la piel arrancada en el antebrazo derecho.

Lleva una sola bota, en el pie derecho.

Es posible que él encendiera el fuego. En los bolsillos lleva una caja de cerillas, su pasaporte, un peine, un lápiz…. Se detiene. Fallece.

Finalmente, a unos 150 metros, apenas a 500 metros de la tienda y de la salvación, Zinaida.   

Resistió más que los hombres porque estaba mejor pertrechada. Llevaba dos gorros, dos camisas y dos jerséis, tres pantalones y tres pares de calcetines. Pero no fue suficiente.

Los que esperaban más abajo supusieron que sus compañeros habían caído. Desesperados, se adentraron en el bosque, buscando un lugar donde guarecerse del viento. Alexander Zolotarev, un veterano de la Segunda Guerra mundial, con 37 años, puso en marcha un plan que podría haber dado resultado. Excavaron en la nieve un refugio, profundizando en un barranco. Intentaron aislar el suelo de la nieve colocando ramas. Pero el cansancio y la hipotermia hizo mella en sus maltrechos cuerpos y no pudieron profundizar lo suficiente. Además, tres de ellos tropezaron y cayeron desde una cierta altura.

Nicolas Thibeaux-Brignolles murió a resultas de la caída. Tenía 24 era años y era estudiante de ingeniería. Tenía una herida en la cabeza que le produjo una hemorragia fatal

Liudmila Dubinina, una joven estudiante de económicas, apenas 21 años, tuvo una muerte horrible. La caída le había roto varias costillas, una de las cuales le dañó el corazón. Le había quitado a Krivonischenko el jersey y el pantalón.

Las fracturas en el pecho y una nariz destrozada hacían que respirar fuese un suplicio. Murió con la cabeza echada completamente hacia atrás, buscando un último aliento. La boca quedó completamente abierta, expuesta a los carroñeros, que le arrancaron la lengua y el labio superior.

Zolotarev le quitó la chaqueta a Dubinina. El veterano guía también se había caído. Presentaba varios traumatismos que le costaron la vida.

Sólo quedaba con vida Alexander Kolevatov, estudiante del departamento de geotecnia de 25 años. No había sufrido una caída y no estaba herido. Solo, abandonado de todos, murió de frío.

Hasta aquí la historia.

Si buscan sobre el misterio Diatlov en internet verán decenas, sino cientos de páginas. La gran mayoría intentan responder a la pregunta ¿por qué abandonaron la tienda aterrados, en medio de la ventisca, sin abrigo ni pertrechos? ¿Qué sucedió aquella noche?

Calculo que un 70% de las páginas optan por fenómenos extraños: luces misteriosas en el cielo, presencias extraterrestres, prácticas militares con ultrasonidos o incluso la intervención de un Yeti ruso. También se especula con que los estudiantes fuesen en realidad espías embarcados en una misión secretísima y misteriosa que salió mal.

En fin… francamente, prefiero formular teorías más plausibles.

La investigación llevada a cabo por las autoridades soviética no sirve de ayuda. Termina con la conclusión de que los excursionistas fueron víctimas de una “fuerza mayor desconocida”.

Vamos, que ni idea.

La explicación más verosímil sería que huyeron de morir enterrados bajo la nieve. Responderían al estruendo de un alud e intentarían escapar de la ladera.

Pero no hubo tal avalancha. Según parece, las tiendas aparecieron en mal estado, pero no enterradas ni con un destrozo que demostrara tal fatal avalancha. Una pequeña cruz de madera, clavada en el suelo, permaneció enhiesta.


¿Pudo tratarse acaso de un error, una confusión? El ejército soviético realizaba todo tipo de pruebas en la zona de los Urales. ¿Acaso un caza supersónico MIG volando a baja altitud rompió la barrera del sonido cerca del campamento? ¿Los excursionistas confundieron una explosión sónica con una avalancha?

También es posible que se produjese un pequeño alud de nieve fresca producto de la tormenta que sepultara en parte la tienda. Los excursionistas, cogidos por sorpresa durante el sueño, tardaron en poder abandonarla; para entonces ya sufrían de hipotermia. Ello explicaría que rasgasen la tienda desde dentro. Quizás huyeron temiendo una avalancha mayor.

¿Por qué saldrían con poca ropa? Es posible que al menos algunos miembros de la expedición estuviesen aquejados del denominado “desnudo paradójico”. A menudo, las personas que llegan a un nivel extremo de hipotermia percibe una intensa sensación de calor, debida a la dilatación de los vasos sanguíneos periféricos y la afluencia de sangre caliente proveniente del interior del cuerpo. Desorientados, los pobres desgraciados se quitan la ropa, lo que provoca una mayor bajada de la temperatura corporal.

Son todas conjeturas.


Acabo con una anécdota: el acceso a la zona fue prohibida a esquiadores y otros aventureros durante tres años tras el incidente.

Pero hay más; ¿recuerdan lo de los nueve excursionistas y los nueve cazadores? Pues bien; un año después del suceso se produjo un accidente aeronáutico cerca del monte.

¿Saben cuántas personas iban en el avión y perecieron?

Sí. Nueve.

Desde entonces, todas las personas que visitan ésta zona evitan ir en grupos de nueve personas.
Pero es una casualidad. De eso estoy seguro.

Antonio Carrillo

jueves, 26 de enero de 2017

Muros




Muros ha habido siempre. Y siempre los habrá

Hace poco se encontraron los restos de un muro de 30 metros de largo situado en la entrada de una cueva del noreste de Grecia. Los humanos que lo construyeron pretendían proteger su hogar de las heladas rachas de viento.

Este muro, del paleolítico superior, tiene una antigüedad de 23.000 años.

En los albores del holoceno, hace unos 10.000, en áreas de la media luna fértil, los humanos desarrollaron la agricultura. Es un periodo de transición del nomadismo al sedentarismo que denominamos mesolítico.

Los humanos se asientan en lugares muy determinados y acumulan excedentes alimenticios que deben proteger. Los muros surgen como un recurso defensivo que no abandonaremos. En el oriente próximo, durante la denominada cultura natufiense, aparecen las primeras murallas de las que tenemos noticias. Jericó, a 25 kilómetros de Jerusalén, es una ciudad cananea del valle del Jordán. Su muralla es extraordinaria: 9.000 años antes de Cristo tiene una longitud de 650 metros, 4 metros de altura y 2 metros de ancho. Con una torre situada dentro de la muralla.

Jericó es un recordatorio de la violencia, del abuso y la necesidad de preservarnos contra los
extraños. La maldad y la codicia humana se refugian tras la larga sombra de los altos muros.

O puede que no.

Un grupo de cazadores-recolectores del neolítico temprano, apenas 40 o 50 miembros en el mejor de los casos, no debían ser adversarios contra una población, la de Jericó, de más de 1.000 habitantes.

Una muralla defensiva no tiene demasiado sentido si no se tienen enemigos.

Hay una explicación alternativa para los muros de Jericó. Su situación, cerca de una ladera, le hacía vulnerable frente a las inundaciones y acometidas de agua y barro en épocas de lluvia. La muralla, por consiguiente, tenía como fin salvaguardar las viviendas, graneros y edificios públicos.

No siempre se cumple el refrán “piensa mal, y acertarás”

La ciudad de Beidha, en Transjordania, también disponía de un muro de retención contra las inundaciones 6.000 años antes de Cristo.

Sin embargo, la guerra pronto se adueñó de nuestra vida. 4.000 años antes de Cristo la increíble fortaleza de Lichashen, en Armenia, contaba con una muralla de 5 kilómetros de longitud, 7 metros de altura y 22 torreones. Sin lugar a dudas, Lichashen, situada en un alto a 100 metros sobre la llanura, tenía una función defensiva. Y debía ser inexpugnable.

Pero si se piensa en murallas, sin lugar a dudas la más famosa es la Gran Muralla China. Los chinos temían las incursiones de los pueblos nómadas del norte, y construyeron una muralla que llegó a superar los 21.000 kilómetros. Yo la he visitado, y doy fe de que es un monumento grandioso (y agotador a las pocas horas de caminar por sus empinados adarves)

Hay un detalle curioso: los chinos no pretendían tanto evitar la llegada de los combatientes mongoles como impedir que pudiesen pasar con sus caballos, unos animales no muy grandes pero veloces y resistentes, a cuyos lomos los arqueros se convertían en un arma terrible.

La muralla cayó.

Todas las murallas caen, sin excepción.

Los romanos construyeron grandes “Limes” o muros fronterizos; fundamentalmente dos: el muro de Adriano, que dividía Inglaterra en dos partes, y el limes Germanicus, de casi 600 kilómetros. Había muchos más, en Europa, Asia y África.

Sin embargo, tampoco los limes consiguieron preservar al Imperio Romano del embate de los pueblos vecinos.

Lo he dicho: raramente los muros son infranqueables.

El muro más resistente y exitoso fue, en mi opinión, la Muralla de Teodosio, que protegía Constantinopla y mantuvo inexpugnable la ciudad durante 1.000 años. Sólo la llegada de la pólvora logró claudicar su fabulosa fortaleza.

Otros muros famosos de la Edad Media fueron Danevirke o Götavirke, ambos en el norte de Europa. Y, mucho más tarde, (tristemente) famoso fue el Muro de Berlín, que trataba de impedir la salida de los alemanes orientales en su huida hacia la democrática República Federal de Alemania.

En fin; esta perorata sin mayor interés no tiene más causa ni justificación que poder mencionar la confirmación de que se va a construir un gran muro que recorrerá toda la frontera entre los EEUU y México.

Como en el caso de Jericó, me cabe albergar una duda. El muro ¿pretende evitar la inmigración ilegal desde México? ¿No será acaso un intento de evitar la huida masiva de ciudadanos norteamericanos durante los próximos 4 años de era Trump?

Bromas aparte, le auguro un escaso éxito al muro. Dudo incluso que sean capaces de realizarlo todo a lo largo de la frontera.

La historia demuestra que los muros son un síntoma de debilidad.

De miedo.

Antonio Carrillo

martes, 24 de enero de 2017

El mecanismo de Anticitera



Hacia el año 70 a.C. un ya vetusto buque romano, de unas trescientas toneladas de desplazamiento, se hundió cerca de la isla griega de Anticitera, entre las islas de Citera y Creta, en pleno mar Egeo. Mucho más tarde, en otoño de 1900, unos recolectores de esponjas lo localizaron, a unos sesenta metros de profundidad.

Durante dos años la búsqueda en el pecio supuso jugosos trofeos para los arqueólogos: piezas de cristal, ánforas, joyas, estatuas, cerámica, monedas, mármoles,... Destacó, por encima de todo, el hallazgo del conocido como "Efebo de Anticitera", una impresionante estatua de bronce de 1,94 metros, datada hacia el 340 a.C.

La imagen, que sostenía un (desconocido) objeto esférico en su mano derecha, pudo ser obra del famoso escultor Eufranor. Es, sin duda, maravillosa. Técnicamente perfecta.

Fue en el año 1902 cuando el arqueólogo Valerios Stais recuperó del fondo un extraño mecanismo construido en bronce. Este hecho pasó casi desapercibido.

En realidad, el mecanismo no tiene una apariencia tan espectacular como el Efebo; en sus orígenes consistía en una caja de madera de apenas 34 centímetros de alto por 18 de largo, con aperturas en la parte frontal y posterior. Una esfera anterior y dos posteriores ofrecían diversos datos astronómicos. Lo que Stais recuperó del fondo era una estructura muy deteriorada en la que se adivinaban engranajes y piezas de relojería.

Pasaron los años, y el avance logrado en las técnicas de escáner por imagen, muy especialmente la tomografía computarizada, nos permitió adentrarnos en el interior metálico del mecanismo oxidado. La sorpresa fue mayúscula: nos encontrábamos ante una especie de computadora analógica de una complejidad mecánica increíble, cuyo nivel de acabado y miniaturización parecía más propio (al menos) del siglo XVII que de un artefacto del siglo I A.C.

El Mecanismo de Anticera se convirtió, entonces, en un enigma famoso.

El objeto contaba con, al menos, treinta y cinco engranajes diferenciales en ángulo, aunque algunos expertos elevan el número de engranajes probables a setenta y dos, si tenemos en cuenta el número de planetas conocidos en su época. Diminutas inscripciones grabadas sobre las piezas de metal servían de manual de uso; si bien actualmente se distinguen 2.000, se calcula que el mecanismo mostraba, al menos, unas 10.000 palabras en griego ¡en un artefacto que medía 34 centímetros!

Por cierto, una curiosidad: por primera vez aparece escrita la palabra "Ispania".

¿Para qué servía tal objeto? Su dueño introducía una fecha determinada por medio de una manivela lateral. Este gesto ponía en funcionamiento el artefacto portátil, que utilizaba conjuntamente distintas escalas temporales (los conocidos como ciclos sótico, metónico, de Saros, Calíptico...), lo cual permitía obtener un sistema de cálculo que incluía los años bisiestos, la irregulares de las órbitas elípticas tanto planetarias como lunar; e incluso predecía los eclipses. De esta manera, el aparato ofrecía información exacta y concreta sobre situación de planetas, ciclos lunares, salida de estrellas; funcionaba también como instrumento de navegación (astrolabio), calculaba el movimiento de la Luna y del Sol, y el tiempo que faltaba para determinados acontecimientos de importancia, como los distintos juegos olímpicos que se celebraban en varias ciudades de Grecia... Era un calendario infinito. Su nivel tecnológico era, aparentemente, imposible para la época.

Esto ha llevado a algunos autores a definir el mecanismo de Anticitera como un Oopart.

La palabra Oopart es el acrónimo en inglés de "Out of Place Artifact", artefacto fuera de lugar. Ejemplos que se postulan como Oopart son el "Cráneo de cristal Mitchell-Hedges", los "aviones quimbayas" o las "líneas de Nazca", por ejemplo; objetos o diseños (aparentemente) imposibles de realizar sin una tecnología moderna.

Sin embargo, si hemos de ser rigurosos, lo cierto es que no existen tales Ooparts; y en el caso del  Mecanismo de Anticera sabemos que hubo antecedentes. Arquímedes había diseñado y construido planetarios, y en la antigüedad abundan las referencias a mecanismos y autómatas de una enorme complejidad, algunos incluso impulsados por vapor. La pregunta no es por qué existió el mecanismo de Anticitera; la pregunta es, debe ser, por qué nuestra especie perdió este bagaje científico casi por completo, y retrocedió más de mil años.

Les propongo algo: comparen estas dos imágenes. Una es el Efebo de Anticitera. La otra, una virgen románica del siglo XII
¿Qué ha pasado en estos mil quinientos años, que separan la técnica de esculpido y fundido del Efebo con la tosquedad de la imagen medieval?

Ha pasado la desaparición de las bibliotecas de Alejandría, Serapeo y Pérgamo, el cierre del Liceo y la Academia y, en definitiva, la desaparición del espíritu helénico, la investigación y la búsqueda de la excelencia en el saber. Las religiones monoteístas impusieron sus verdades incontrovertibles, y el mundo, antes esférico, se volvió plano, yermo y vacío de matices.

Lo poco que quedaba, refugiado en la griega Bizancio, cayó bajo la espada de la IV cruzada. Por fortuna, los árabes y los scriptorium de los monasterios resguardaron parte del pasado, y por ello nos ha llegado (parte de) la voz de Platón o Erastótenes.



Pero es cierto que se perdió mucho, demasiado. ¡Cuántos libros de Aristóteles, tragedias de Sófocles, inventos de Arquímedes! La máquina de Anticera es un cruel recordatorio de este vacío. Las sentencias absolutistas proclamadas en púlpitos, minaretes y sanedrines abonaron la tierra de certezas, y gestaron obediencia ciega donde antes florecía el frágil pétalo de la duda.  

El saber volvió, renació con la altura de las catedrales góticas, y luces como las de Erasmo iluminaron la senda que traza una simple pregunta y el ansia por saber.

Pero mientras, durante 2.000 años, hundido en el viejo y sabio Egeo, un rescoldo del esplendor del pasado espera a ser descubierto. Al menos el mecanismo de Anticitera ha vuelto para dar testimonio de la luz de su época.

Casi todo lo demás ardió en Alejandría. Y cuando los tenues rescoldos se apagaron, sobrevino la oscuridad.

Una silente oscuridad de más de mil años.

Antonio Carrillo.

domingo, 22 de enero de 2017

El origen de la vida: el primo Locki




Imagine. Somos estudiantes en la Alejandría del siglo II, y en la asignatura de biología repasamos los escritos del gran Aristóteles, muerto hace cuatro siglos. La vida, objeto de nuestro estudio, se circunscribe a lo que podemos analizar a simple vista en los laboratorios de la universidad: a los animales y las plantas. El maestro griego afirmaba en sus escritos - apenas unos apuntes para impartir clases - que los delfines segregan leche; deben estar emparentados con lobos y humanos.

Su lógica indiscutible y su capacidad de análisis lo condujeron a una conclusión difícil de creer: estamos, en efecto, ligados a esos animales marinos tan frecuentes en aguas del Mediterráneo. Somos unos primos cercanos, a pesar de sus aletas y nuestras manos.

Pero 1.500 años más tarde, a mediados del XVII, un comerciante de telas neerlandés, Anton van Leeuwenhoek, que utilizaba lupas cada vez más potentes para comprobar la calidad de los tejidos, y que llegó a dominar la técnica de la fabricación y pulido de las lentes, las cuales sujetaba a estructuras rígidas (microscopios), observó fascinado un mundo nuevo; aparentemente infinito. El mundo de lo pequeño. El ingente universo microscópico, bullente de vida.

Lo vivo ya no eran sólo animales y plantas. Había mucho más. En una gota de agua incontables seres de formas fantasmagóricas llevaban una existencia silente y anónima.

Resulta curioso – o al menos a mí me lo parece – que sepamos bastante de cómo se forman los elementos de la Tabla periódica en el corazón de las estrellas moribundas, que podamos detectar el levísimo soplo de las ondas gravitacionales o que transcribamos órdenes complejas utilizando lenguajes de programación cada vez más sofisticados; pero, sin embargo, somos incapaces de crear ni un atisbo de vida.

Lo intentamos. Simulamos las condiciones atmosféricas que existían en la Tierra primigenia, en ocasiones damos rodeos o hacemos trampas pergeñando atajos. Son miles de laboratorios enfrascados en este intento y jamás se ha creado una simple célula. Nada.

Podemos enviar al hombre a la Luna, pero somos incapaces de alumbrar una bacteria.

La razón es evidente: la bacteria más sencilla es, en realidad, de una complejidad apabullante. De las ramas del saber científico, pocas hay tan arduas e intrincadas como la química orgánica. No recreamos vida porque ni tan siquiera sabemos cómo se creó. Es extraño: pretendemos implantar en potentes computadoras una inteligencia artificial, pero balbuceamos como bebés si buceamos en el océano abisal de la biología.


¿Les extraña? La vida es el triunfo, momentáneo, efímero pero glorioso, sobre la entropía. En un universo que tiende inexorablemente al desorden y al frío, la vida es un auténtico milagro. La vida es propósito, equilibrio. Una célula, a través del metabolismo, interactúa con un entorno caótico y lo convierte en ¿cómo decirlo? energía con intención. Sus herramientas bioquímicas entrañan una complejidad fascinante; y, en ocasiones, las células colaboran unas con otras generando organismos pluricelulares, universos isla cuyo devenir es siempre incierto. Y, entonces, el milagro se trasunta en magia: un organismo multicelular hace uso de la psicomotricidad fina que posibilita un sistema nervioso evolucionado, cerrando y abriendo agujeros de un instrumento hecho de madera, rodeado de otros organismos con instrumentos distintos que suenan todos al unísono, armónicamente.

Y la música de Schubert, muerto hace casi 200 años, revive. El sonido de una orquesta.

Adentrémonos, pues, en los orígenes. El árbol de la vida, su estudio, encierra muchas sorpresas. La mayor de todas, posiblemente, nuestra propia identidad. Saber de dónde venimos es la manera de desentrañar la pregunta definitiva: quiénes somos.

La vida comenzó sorprendentemente pronto, en una Tierra muy joven e inhóspita. Tenemos registros fósiles que lo demuestran. Da la impresión de que, lejos de la imagen mistérica y elitista que se le supone, la vida tiene un alma de pícaro carterista, dispuesto a aprovechar cualquier resquicio para sobrevivir con lo mínimo, incluso cuando las condiciones son extremadamente difíciles. Es algo que nos debe hacer reflexionar: es posible que la vida sea un fenómeno más común de lo que pensamos, en absoluto circunscrito a nuestro planeta.

Esto es algo que acabaremos por saber, y que tendrá grandes implicaciones no sólo científicas; también filosóficas o teológicas.

He hablado de vida, en singular, cuando lo correcto sería hablar de vidas. Tenemos indicios de que en los albores de la Tierra hubo varios intentos, todos distintos en su esencia, de desarrollar vida; pero todos los experimentos y combinaciones se extinguieron, salvo uno basado en el carbono. Hablo, pues, de un antepasado común a todos los seres vivos que tiene nombre: LUCA (Last Universal Common Ancestor). Se le atribuye una antigüedad de unos 3.800 millones de años.

Toda vida, por muy distinta que nos parezca, procede de LUCA. Los seres vivos somos miembros de una única familia.

Lo que había en LUCA lo hay en todo ser vivo que forma la biosfera. Fundamentalmente tres características: primero, la posibilidad de vencer la entropía interrelacionando con el entorno a través de unos procesos bioquímicos que llamamos metabolismo. Además, este juego de relaciones, de crecimiento y de réplica o procreación tiene un sentido, obedece a una lógica eficaz que se transmite y afina a lo largo de los milenios. A este orden lo denominamos genética, y está presente en el ADN.

Por último, pero no menos importante: no sólo funcionamos y lo hacemos con orden. También somos únicos, diferenciados. Para ello necesitamos de una membrana que nos aísle (en cierta medida, porque nos relacionamos con el entorno) y nos determine. Somos sistemas cerrados, lo cual nos permite afrontar el reto de luchar – y a la larga perder, todos morimos - contra la entropía.

Metabolismo, genética y membrana. Los tres pilares de la vida.

Con un inicio (tronco) común, LUCA, podemos intentar esbozar el árbol genealógico de la vida. Desde 1977 este árbol se basa en una estructura básica: la célula. Hay tres dominios, tres ramas principales, tres tipos de células: las bacterias, las eucariotas (animales, plantas, hongos y protistas) y unas células muy simples que generalmente viven en ambientes muy extremos, unos seres misteriosos que se descubrieron hace relativamente poco, las arqueas.


Tanto las bacterias como las arqueas tienen algo en común: son células procariotas. Esto significa que no tienen su ADN resguardado en un núcleo ni en ellas flotan la mayor parte de los orgánulos. Son, por tanto, células pequeñas y simples.

Conclusión lógica: las bacterias y las arqueas son vetustas primas hermanas; y nosotros, las complejas células eucarióticas, una rama distinta, aparte, más evolucionada.

Pues resulta que no. De eso nada.

En un baño de humildad, la genética demuestra claramente que hay una enorme semejanza entre las arqueas y nosotros, las eucarióticas, en lo que se refiere a la manera como procesamos y transmitimos la información, hasta el punto de que - y aquí viene una sorpresa - en realidad es muy probable (casi seguro) que animales, plantas y hongos seamos poco más que arqueas transformadas.


Por decirlo en Román paladino: la genética dice sin apenas género de duda que provenimos de las arqueas. El árbol, por tanto, comienza con dos únicas ramas, arqueas y bacterias. Nosotros somos una ramificación de la primera

Imagine: hace miles de millones de años unas arqueas sibilinas, hambrientas y con mal genio, se comieron a unas pobres bacterias (a este banquete se lo denomina endosimbiosis); pero, como sucede en el mito de Saturno y sus hijos, no las llegaron a digerir. Las voraces arqueas se “contaminaron” tras el contacto con las bacterias, transformándose en algo completamente distinto. De hecho, las bacterias sobrevivieron en su interior y les obligaron a cambiar. En esos primeros tiempos las denominadas “transferencias horizontales” (transferencias genéticas de bacterias a arqueas, por ejemplo) no eran raras. Es muy probable que los virus, oportunistas y marrulleros, ayudasen en esta tarea de mezcolanza actuando como catalizadores.


Suena un tanto a película de terror de serie B. Pero hay pruebas incontestables de este fenómeno de posesión.

La prueba más significativa: flotando en el citoplasma de cada una de nuestras células eucariotas miles de corpúsculos extraños se postulan como la consecuencia de esta endosimbiosis. Las mitocondrias (en animales y hongos) y cloroplastos (en plantas) son en realidad antiguas bacterias que conviven con nosotros aportándonos energía. Pero, orgullosas, conservan su propio genoma. El genoma de una bacteria. El llamado ADN mitocondrial, que sólo se hereda de las madres.

En definitiva: usted y yo, querido lector, somos el resultado de unas arqueas glotonas contaminadas por bacterias oportunistas que sobrevivieron en su interior ofreciendo un trato que beneficiaba a ambas partes.

¿Quiere más pruebas?


Aunque la genética confirma sin lugar a dudas nuestra herencia arquea, se da una paradoja: nuestra membrana, una parte fundamental de nuestra estructura, es de tipo bacteriano. Simplificando, las membranas celulares están hechas, básicamente, de grasas (lípidos), pero las hay de dos tipos: el tipo L (bacterias y eucarióticas) y el D (las arqueas).

Tenemos, pues, membranas L iguales a las de las bacterias. Hay algo (mucho) de bacterias en nosotros.

Pero hay más. El año pasado, en el 2015, encontramos a un primo hermano, mezcla de arquea y eucariótica. Un eslabón evolutivo que demostraba la endosimbiosis.

Encontramos a Locki.

Castillo de Locki: cortesía Universidad de Bergen
A 2.500 metros de profundidad, entre Noruega y Groenlandia, científicos de la universidad de Bergen descubrieron hace unos años en el lecho marino estructuras de 10 metros de altura: chimeneas o ventilas hidrotermales de aspecto fantasmal. Los descubridores las denominaron “El Castillo de Locki”, en honor al dios nórdico del misterio y del engaño.

En mayo del 2015 (hace dos días, como quien dice) se hizo público un descubrimiento fascinante; estas chimeneas eran el hogar de unas arqueas asombrosas, células procariotas, simples, pero con características eucarióticas en su genética, con genes que afectaban al funcionamiento de la membrana que sólo se habían encontrado en animales y plantas. Una prueba viviente del paso evolutivo de arquea a eucariótica.

A estas arqueas muy voraces, a las que les encanta deglutir otras células, los científicos suecos que las encontraron les dieron el nombre de “Locki”.

Por supuesto una noticia tan trascendente paró las rotativas y obligó a interrumpir las retransmisiones deportivas y los programas de entretenimiento. Hoy todo el mundo sabe del hallazgo de Locki y de las implicaciones que ello tiene para entender de dónde venimos y lo que somos.

Bueno; estoy siendo sarcástico. Mis disculpas.

Saber todo esto ¿para qué sirve? ¿Merece la pena divulgarlo?

No se puede saber de todo, pero todo forma parte del saber. Aristóteles observó a los delfines y los emparentó al resto de los mamíferos, a pesar de vivir en el agua. Si un invertebrado artrópodo tiene 6 patas es un insecto. Un arácnido tiene 8 y un crustáceo 10. Sólo hay que contar las patas para saber que un escorpión es un arácnido. Hay moluscos con dos conchas (mejillón), una (caracol), con concha interna (calamar) o sin concha (pulpo).

Y uno se para a pensar; el pulpo que ha formado parte de mi almuerzo está directamente emparentado con cualquier caracol de mi jardín (O, si se es francés, el caracol que he comido es pariente del pulpo).

No les va a cambiar la vida saber de la existencia de Locki, ni de cómo está formada la membrana de cada una de sus células. Tampoco resulta muy práctico perder el tiempo pensando en pulpos y caracoles. Lo reconozco.  Pero considero necesario que existan lugares donde se ponga al alcance de cualquiera estos conocimientos que nos ayudan a afinar nuestra visión de la realidad, de lo que somos. El que la Tierra sea esférica y no plana no es determinante para nuestra vida diaria, pero saberlo nos sitúa en un contexto relativo, complejo y fascinante.

Si encontramos pruebas fósiles de la existencia de vida en algún momento de la historia del planeta Marte ello no pagará nuestra hipoteca, pero sin duda que habrá un instante de vértigo. El estudio de Locki nos puede ayudar en la tarea de conocer nuestros orígenes, la clave de nuestra evolución. En todo caso, todo conocimiento es un impulso definitivo hacia la libertad que proviene del discernimiento.

Saber de todo esto nos hace un poco más libres. Es algo en lo que creo.

En todo caso, espero que no les haya resultado una pérdida de tiempo.

Como siempre, gracias por su paciencia

Antonio Carrillo

miércoles, 19 de octubre de 2016

El ingrediente fundamental de la felicidad




El ingrediente fundamental de la felicidad es un olor que se conoce, un tono de voz que no se ha olvidado.
Somos excepcionales: entre tanto ruido podemos rescatar la mirada hermanada, el pulso acompasado después de años de latir juntos. No hay redención salvo en la mirada de quienes amamos.  Sin alharacas ni sonoras demostraciones de afecto.
Con el tiempo se aprende a callar.  
El amor ama el silencio del roce distraído.
La muerte es un castigo inhumano, porque nos substrae de los demás. Y nos arrebata el olor de los padres, la paciencia del amigo, el calor del compañero.

Perdona. Me fui por las ramas.
Quería decir, simplemente, que el ingrediente fundamental de la felicidad eres tú.


Antonio Carrillo

lunes, 17 de octubre de 2016

El almirante deprimido




Abomino de todas las guerras. Y, sin embargo, incluso del horror se puede rescatar una sonrisa.
No hay mejor respuesta: el humor desnuda el embozo culpable de los hombres que emponzoñan la historia con sangre, ambición y bilis.
A principios del siglo XX el mundo hedía a muerte. Acostumbrados a un siglo XIX bastante calmado tras las guerras napoleónicas, las tensiones coloniales, la debilidad de vetustos imperios y la presión de las potencias emergentes (como Alemania o Japón) elevaron la tensión a niveles preocupantes.
Las matanzas por los recursos eran, simplemente, cuestión de tiempo.
Japón, pocos decenios antes un mundo feudal, llevaba 50 años modernizándose a su manera callada y eficaz. Matriculaban a sus jóvenes en universidades europeas y norteamericanas, y contrataban los servicios de asesores occidentales en un proceso de industrialización sorprendente.
Japón quería expandirse a expensas de una China debilitada, pero en este empeño surgieron fricciones con Rusia, que exigía un mayor control sobre la península de Corea o el territorio de Manchuria. Al fin y al cabo, Rusia precisaba de una salida al océano Pacífico libre de hielos en invierno, su eterno problema.
Previendo el conflicto, los rusos se prepararon. La flota del oeste, con base en el mar báltico, preparó unas maniobras propagandísticas que pretendían demostrar el poderío de la armada rusa.
Con gran boato y no poco entusiasmo los buques de guerra se aprestaron a cañonear unos blancos compuestos por barcos herrumbrosos. Un gran estruendo acompañó al martillear de la artillería; el público, expectante, contemplaba el espectáculo desde el puerto.
Por desgracia, los artilleros rusos no se distinguían en absoluto por su puntería, y ninguno de los blancos inmóviles resulto siquiera rozado. El almirante Rozhestvensky, famoso por su mal genio y apodado “el perro loco”, arrojó por la borda sus prismáticos. Cuando la bruma se disipó sí se apreciaron daños en varios de los remolcadores que mantenían a los blancos en posición. Afortunadamente, no hubo heridos.
Rozhestvensky, un tanto desesperado, ordenó entonces disparar 7 torpedos.
El primero ni tan siquiera salió; se atascó. Los dos siguientes giraron por sorpresa 90 grados a babor y se dirigieron hacia tierra, lo que causó no poca inquietud entre los asistentes.
Otro par de prismáticos del furioso almirante Rozhestvensky volaron hacia el agua.
El siguiente torpedo, con rumbo estribor, desapareció mar adentro.
Dos torpedos, sorprendentemente, se dirigieron rectos y formales hacia su objetivo. Pero fallaron. El último torpedo, que tuvo un inicio prometedor, viró en redondo 180 grados y describió una trayectoria errática entre los barcos que formaban la flota. Se desató el pánico, porque cualquiera de los buques temía resultar dañado.  
El Almirante Rozhdestvenski, ya sin prismáticos que arrojar, cayó en un mutismo absoluto y se encerró en su camarote. Supongo que pidió vodka.
Iniciada la guerra, con la derrota de la flota rusa del Pacífico, el bueno de Rozhestvensky recibió la orden del zar Nicolás II de acudir a los mares de oriente para enfrentarse a la flota japonesa.
Total, era un viajecito de 30.000 kilómetros de nada, de Europa a Japón.
Una flota comandada por cuatro acorazados zarpó del puerto lituano de Libau el 15 de octubre de 1904. Pueden creerme: a bordo del buque insignia, el acorazado Suvorov, se embarcó una partida suplementaria de prismáticos para el almirante. Hay pruebas documentales de este hecho.
Al poco de partir, Rozhestvensky recibió un telégrafo del almirantazgo: se rumoreaba que los japoneses disponían de cuatro torpederos, buques pequeños y veloces capaces de hundir un acorazado con sus torpedos. La noticia corrió como la pólvora entre los integrantes de la flota rusa, y cundió el pánico.
Los accidentes y malentendidos comenzaron enseguida: en aguas danesas un barco que se acercó portando mensajes diplomáticos pudo escapar sin daños tras ser confundido con un torpedero japonés. Poco más tarde el buque taller de la flota arrojó 300 obuses a tres embarcaciones enemigas, que en realidad resultaron ser un pesquero alemán, un velero francés y un barco mercante sueco. Afortunadamente, los artilleros rusos hicieron gala de su proverbial puntería. Ni uno solo de los 300 proyectiles hizo blanco.
Ya se hablaba en Europa del fastuoso quehacer del convoy ruso; pero, a una semana de partir, el 22 de octubre, sucedió lo impensable.
Al caer la tarde la nave de suministro Kamchatka, que cerraba el convoy, confundió un barco sueco con una torpedera japonesa. Y de hecho afirmó haber sido atacado. Toda la flota era presa de los nervios, y a las primeras luces de la mañana, entre la niebla, los rusos creyeron distinguir a una fuerza enemiga.
Y atacaron.
A este suceso se lo conoce como “el incidente del banco Dogger”. Los rusos dispararon contra 48 pesqueros ingleses que estaban faenando tranquilamente. Toda una flota de navíos de guerra contra unos barcos desarmados.
Y lo cierto es que casi quedaron empate.
De los 48 pesqueros sólo uno resultó hundido, el barco de arrastre Crane. Murieron su capitán y el primer oficial. Del resto de la flota civil inglesa tenemos noticias de otro fallecido y tan sólo 5 heridos. Algo difícil de creer, si no fuese porque buques como el crucero ruso Oriol reconocieron haber disparado más de 500 proyectiles sin hacer un solo blanco.
Ajetreados y un tanto despistados inmersos en la densa niebla, los navíos rusos se dispararon los unos a los otros. El crucero Aurora casi resultó hundido por fuego aliado, con un muerto y varios heridos. También hubo heridos en el crucero Donskoi.

 
Por cierto, un inciso; el mismo crucero Aurora, que sobrevivió al desastre de 1905, inició la revolución de octubre de 1917 al amotinarse su tripulación y negarse a levar anclas y salir a la mar. A las 21:45 un disparo de su cañón de proa fue la señal que utilizaron los insurgentes para iniciar el ataque contra el Palacio de Invierno de San Petersburgo (Por entonces Petrogrado).
Sigamos: tras el desastre en el Atlántico Norte, la flota rusa fue bautizada por los periódicos de toda Europa como "la flota del perro rabioso". La armada inglesa, la más potente del mundo, pareció ansiosa de pedir explicaciones a sus colegas rusos. De hecho, Rozhéstvenski se vio obligado a atracar en el puerto de Vigo, donde dejó como chivos expiatorios a algunos oficiales que no contaban con su simpatía.
Lo sucedido en Dogger fue un desastre para la maltrecha moral del convoy ruso. La mayoría de los puertos donde procuraban abastecimiento les negaron ayuda, e Inglaterra les cerró el paso por el Canal de Suez; para llegar a Asia, debían bordear toda África.
Por cierto, las chapuzas se sucedieron. Cerca de la costa marroquí un barco se enredó con un cable submarino. El capitán no se detuvo a pensar demasiado sobre la naturaleza o función de tal cable, y ordenó cortarlo, sin más.
Tras destrozar el cable telegráfico que unía África con el resto del mundo, todo un continente estuvo incomunicado durante casi una semana.
Escaso de moral y de prismáticos, Rozhéstvenski navegó siete meses; al poco de llegar a su destino, el 16 de mayo, se le unió la denominada “tercera escuadra del pacífico”, una flota de destartalados barcos de guerra al mando del contralmirante Nebogatov (el único oficial que se había presentado voluntario para tan infausta tarea). Rozhéstvenski, que despreciaba a Nebogatov, y que tras la odisea sufría de frecuentes crisis nerviosas y migrañas, no quiso compartir los planes de ataque.
Finalmente, el 27 de mayo, la flota rusa se enfrentó a la flota japonesa del almirante Tōgō Heihachirō, al que se le conocía como el “Nelson de oriente”. Los rusos contaban con un total de 35 buques, con 8 acorazados, 7 destructores y 9 cruceros.

 
A Rozhéstvenski le habían llegado informes de que los japoneses atacarían desde el este pero, lo habrán adivinado, los nipones aparecieron por el noroeste, aprovechando las mejores condiciones de viento y mar. Rozhéstvenski intentó virar a una situación más ventajosa (lo cual entrañaba un cierto riesgo, porque un fallo de diseño provocaba que a la Suvorov le entrase agua durante los virajes cerrados), pero se enfrentaba a un enemigo invisible y, a la larga, fatal: los moluscos.
Rozhéstvenski había navegado durante más de 200 días por aguas cálidas, atravesando en dos ocasiones la línea del ecuador. La obra viva de sus buques (la parte sumergida) estaba infestada por todo tipo de limo, algas y moluscos. La velocidad de sus acorazados apenas si llegaba a los 8 nudos.
Dos detalles más: los japoneses habían optado por construir acorazados más pequeños y rápidos, pero equipados con una artillería pesada de largo alcance. En definitiva, eran más rápidos y golpeaban desde más lejos. Además, por primera vez las naves contaban con comunicación por radio; pero mientras los japoneses contaban con equipos de transmisión hechos en casa, modernos y eficaces, fruto de la modernización del país, los rusos utilizaban tecnología alemana y francesa que fallaba a menudo.
Rozhéstvenski y su nave Suvorov fueron golpeados brutalmente. El almirante resultó herido en el cráneo y quedó inconsciente. El destructor Buinyi primero, y el Bedovii más tarde, recogieron al maltrecho Rozhéstvenski; pero finalmente no pudo evitar caer en manos niponas. Lo trasladaron a un centro hospitalario en Japón para que se recuperara de las heridas.
Por cierto; semanas más tarde, en el sanatorio, recibió la visita de cortesía de su adversario, el almirante Tōgō Heihachirō.
La batalla duró menos de dos días y acabó con el contralmirante Nebogatov rindiendo su espada a bordo del acorazado Mikasa. Asistimos a un momento histórico; por última vez un comandante en jefe rindió sus barcos en alta mar a bordo del buque insignia enemigo tras una batalla. La guerra moderna no hará posible que se vuelva a repetir un gesto similar.




El balance final es desolador: los rusos perdieron 6 acorazados, 4 cruceros y 5 destructores. Los 2 acorazados restantes fueron apresados. Sumaron más de 4.000 muertos y 6.000 prisioneros. De la flota inicial de 35 buques sólo pudieron conservar 8. Los japoneses tan sólo perdieron 3 destructores, con un saldo de 116 muertos y 538 heridos.
Nebogatov permaneció detenido como prisionero de guerra por los japoneses. Cuando pudo volver a Rusia se enfrentó al escarnio de haber sido degradado y despojado de sus títulos nobiliarios. En un consejo de guerra celebrado en el invierno de 1906 se le condenó a morir fusilado. La pena fue conmutada a 10 años de prisión por el zar, de los que finalmente cumpliría tan solo 3 años.
Y, a todo esto, ¿qué sucedió con Rozhestvensky?
Recuperado de las heridas, tras la firma del Tratado de Portsmouth que ponía punto y final al conflicto, volvió a San Petersburgo a bordo del transiberiano. Insistió en cargar con las culpas de lo acaecido, pero no se le dispensó el mismo trato que a Nebogatov, que estaba enemistado con parte del gobierno ruso. Siempre supo Rozhestvensky descargar las culpas en otros.
Falleció “el perro loco”, bajo arresto y por causas naturales, en 1909.  Sus restos reposan en un monasterio de San Petersburgo. En paz.


Antonio Carrillo