martes, 16 de marzo de 2021

Mi disco "Nocturna, a calm night"


 

Acabo de publicar en varias plataformas un disco, con 10 temas instrumentales. 

Le he puesto por nombre "Nocturna, a calm night"

Si pulsan a este enlace pueden acceder a una muestra de las 10 piezas.

Nocturna, a calm night

Lo pueden encontrar en Spotify, Apple Music, YouTube, Tidal, Amazon, Tiktok y el resto de plataformas. 

Yo escribo, compongo música o hago fotografía como un ejercicio de catarsis que me resulta del todo necesario. Es la mejor manera que tengo de purificar las marejadas internas que me agitan. 

Y como no tengo sentido de la vergüenza ni pudor, suelo compartir mis ocurrencias por si a alguien aprovechan. Sin más pretensión que despertar un ánimo o interés. Desde luego, nunca he ganado dinero con estas expresiones dispersas de mi sentir, a lo sumo unas céntimas de euro que me ingresó Amazón por el libro sobre el cosmos. 

La música que he compuesto y hoy hago pública es melancólica, porque refleja el estado de mi alma. Fueron temas compuestos de noche, en un estudio auxiliar que tengo en la primera planta de mi casa. Los arreglos, la interpretación de instrumentos, la producción, mezcla y edición... todos son míos. Y se nota, porque no son profesionales. En la bodega tengo otro estudio con mejor equipamiento, en el cual jóvenes con talento y experiencia podrían haberme ayudado a sacar a la luz una obra mejor acabada. Pero no quise: esto lo compuse, interpreté y grabé en soledad. 

No importa, porque no pretendo hacer pública una obra de éxito o de calidad. Esto es un desahogo que necesitaba compartir; nada más. Nada menos.

La fotografía la hice hace años, en un viaje a la Asturias más recóndita con mi mujer y los niños. Ascendía un puerto por una carretera comarcal, rodeado de una niebla densa. En lo alto, por un momento, las nubes se apartaron y dejaron entrever un ocaso de árboles hechizados por el sol moribundo.

Fue un viaje maravilloso, que recuerdo con una ternura infinita. Los niños eran pequeños. Y ella estaba a mi lado.

Antonio Carrillo.

jueves, 11 de marzo de 2021

Zwicky y Baade; de almendros, supernovas y nombres que se disuelven



El día llega a su fin, como tantos otros. El sol se ha puesto hace tres horas; los días se alargan perceptiblemente y noto menos frío. En mi calle los almendros inmensamente blancos anuncian una primavera cercana.

Pero todo esto no importa. En realidad, ¿qué ha pasado hoy que merezca la pena reseñar?

Veamos: en medio de esta avalancha constante e interminable sobre la terrible pandemia del COVID-19, sobre sus cifras e incertidumbres, recuerdo unas pocas noticias de actualidad. La decisión del Parlamento Europeo sobre la inmunidad de unos políticos catalanes prófugos de la justicia, la declaración del extesorero de un partido político sospechoso de corrupción, los incentivos económicos que se dirigirán a los sectores más golpeados por la crisis… noticias todas ellas importantes y con fecha de caducidad.

No solo los almendros; también los cerezos están en flor, con un exquisito rosa pálido.

No puedo evitarlo. Me distraigo de lo fundamental con una facilidad pasmosa. No tengo remedio. De todo lo que ha pasado hoy solo guardo recuerdo de dos noticias que casi han pasado desapercibidas. Primero, el rescate de un cayuco repleto de inmigrantes subsaharianos en alta mar, a mucha distancia de las islas Canarias. Llevaban días en el inmenso océano. Cuatro personas habían muerto durante la atroz travesía, pero ya no estaban: los compañeros habían arrojado sus cuerpos al mar. Encontraron un muerto más entre una masa salobre y deshidratada de cuerpos rotos por el agotamiento. Al llegar a puerto un menor fue trasladado al hospital psiquiátrico: el horror de estos días le había destrozado por dentro.



Pienso en esa persona que no respira, que desaparece bajo las aguas. Cuando nació su madre le dio de comer entre sus brazos. Aprendió un idioma y con él una concepción del mundo, una cultura. Tuvo identidad, soñó durante sus noches y amó cuanto pudo. Y fue amado. Era como yo, como usted, con otro color de piel, y lo arrojaron al mar. Podemos pensar que nunca existió, pero es indudable que cuando nació su familia le puso un nombre y apellido, al que respondía. Sus conocidos estarán añorándolo ahora mismo sin conocer de su trágico final. No sabrán que ya no sueña con un futuro mejor. Que no está.

El Atlántico se está llenando de nombres. Y no es tan grande.

Hay una segunda noticia: resulta que la realidad en la que vivimos consiste en un cosmos que crece cada vez más rápido, como una burbuja que se expande en todas direcciones y en la que no hay un centro. Pero los cálculos de esta expansión, según el método que empleemos, dan siempre resultados contradictorios.

Es un tema difícil de entender; la realidad tal y como la vemos no es capaz de explicar lo que observamos por telescopios: la velocidad a la que rotan las galaxias, la medición de la radiación de fondo de microondas o el cálculo en detalle de las supernovas distantes. Como nada tiene sentido nos hemos inventado una realidad alternativa, en la que el 94% del universo, de la realidad, se compone de algo que no podemos ver ni medir. De algo que no es materia ni energía tal y como la conocemos.

La noticia de hoy, apenas unas pocas líneas, propone la existencia de un nuevo tipo de energía oscura en los inicios del universo, una cuya transición de fase implica una densidad energética significativamente más baja.

Es solo una teoría, difícil de probar empíricamente. Es sencillo detectar la llegada de la primavera por la floración de los árboles, pero sin embargo sabemos que esos árboles, los inmigrantes muertos en el mar o el calor del sol, la materia y la energía de la que estamos hechos, solo representa un 6% de lo que hay, de lo que es. El 94% restante lo llamamos materia y energía oscuras no porque no emitan o reflejen la luz, sino porque nos son tan extrañas que no podemos siquiera detectarla. Tan solo vemos sus efectos sobre la materia bariónica. Querríamos ser pintores y plasmar el cosmos en toda su complejidad y belleza, pero nuestros ojos no detectan los colores; vivimos en una realidad opaca de infinitos grises. Así es como vemos en realidad.

Con esta capacidad que tengo de distraerme de lo importante la noticia de la nueva energía oscura recupera en mi mente dispersa las imágenes en blanco y negro de dos científicos de la primera mitad del siglo XX: Zwicky y Baade. Y su increíble historia.

Observen este rostro:



Corresponde a Fritz Zwicky, nacido en Bulgaria, en 1898. Trabajó como matemático y físico en el Instituto de Tecnología de California (el famoso CalTech, donde trabajaban los protagonistas de la serie Big Bang Theory). Es probable que Zwicky fuese el científico más brillante, menospreciado y antipático de todo el siglo XX.

¿Les parece difícil de creer? La primera temporada de la serie Cosmos, una odisea espacial finaliza con un episodio bajo el título “sin miedo a la oscuridad”, en el que se otorga un protagonismo especial a la figura de Fritz Zwicky. Neil deGrasse Tyson, su presentador, se refiere a Zwicky con estas palabras: “les presento a Fritz Zwicky, el hombre más brillante del que habrán oído hablar jamás”.

Zwicky vivió y se formó en Suiza como matemático y físico experimental, experto en materia condensada y la física del estado sólido. Cuando llegó a Caltech comenzó a investigar sobre ionización gaseosa y termodinámica, pero se dice que un día discutió con Robert A. Millikan, premio Nóbel de física, al que Zwicky acusó de no haber tenido jamás una buena idea. La conversación subió de tono y Zwicky retó a Millikan a sugerir una rama de la física, en la que demostraría su genio. Sus palabras exactas fueron: "Yo tengo una buena idea cada dos años. Dame tú el tema, yo te daré la idea”. Millikan aceptó y le propuso el reto de conseguir algo en astrofísica.

Y gracias a este desafío repleto de testosterona nuestra percepción del cosmos cambió para siempre. Zwicky descubrió la materia oscura, las supernovas y las estrellas de neutrones. Además dedicó buena parte de su vida a la búsqueda de galaxias (publicó un catálogo con 6 volúmenes) y en su tiempo libre diseñó motores a reacción para aviones pesados. Y, sin embargo, siempre fue menospreciado. Ni tan siquiera se valoró su nombre para el premio Nóbel ¿Por qué?

Los colegas odiaban a Zwicky; no lo soportaban. Tenía una personalidad violenta, hiriente y arrogante. Llamaba a sus compañeros físicos "spherical bastards", y afirmaba sin asomo de pudor que Galileo y él eran las dos únicas personas que sabían utilizar correctamente un telescopio. En CalTech lo consideraban un bufón excéntrico, con ideas descabelladas y un comportamiento inexcusable. Era un gran deportista, aficionado al montañismo y la práctica del esquí, y demostraba su virilidad haciendo flexiones en el suelo del comedor utilizando un único brazo, en presencia de profesores, investigadores y estudiantes. Menospreciaba a sus alumnos a los que solía gritar “¿Quién diablos es usted?”. No es de extrañar que cuando Oppenheimer publicó su estudio sobre las estrellas de neutrones ni tan siquiera citase a Zwicky, con el que compartía pasillo. Sus descubrimientos sobre la materia oscura se olvidaron durante 40 años, y cuando Kit Thorne escribió “Agujeros negros” describió a Zwicky como una persona de talento para las ideas pero sin conocimiento de las leyes de la física. Thorne decía que tuvo la ayuda de un colega para hacer los cálculos más difíciles y poder acceder a las mejores observaciones estelares.

Ahora les invito a estudiar otro rostro:



Lo que ven es el reflejo de un alma cándida. El rostro de un hombre educado: Walter Baade, el astrónomo observacional más influyente del siglo XX. Y principal colega del ogro Zwicky.

Nacido en Alemania en 1893, hijo de un maestro, el amable Baade estudió matemáticas, física y astronomía en las universidades de Münster y Gotinga. Después de lograr el doctorado en 1919 trabajó en el Observatorio de Hamburgo, en Bergedorf, de 1919 a 1931. En 1920 descubrió Hidalgo, el primer planeta centauro, y en 1931 se trasladó a los Estados Unidos, al Observatorio Monte Wilson, dependiente del CalTech. Allí conoció a Zwicky y juntos revolucionaron la percepción del cosmos cuando publicaron el 15 de enero de 1934, en la revista Physical Review, un simple párrafo de 24 líneas.

En esas pocas palabras, por primera vez, se hablaba de fenómenos que hoy nos son sobradamente conocidos: supernovas, estrellas de neutrones y su relación con los rayos cósmicos. Kip S. Thorne lo define como «uno de los documentos más perspicaces de la historia de la física y de la astronomía». Muchas de las ideas expuestas tardarían 40 años en confirmarse experimentalmente y acabaron siendo el fundamento de la astrofísica de finales del siglo XX.

Desde principios de siglo los astrónomos habían detectado en el cielo puntos esporádicos de luz de una intensidad que parecía imposible. Zwicky y Baade pensaron que la clave estaba en el neutrón, una partícula subatómica que acababa de descubrir en Inglaterra James Chadwick. Se les ocurrió que si una estrella gigante se colapsaba tras agotar su combustible a una densidad inimaginable, incluso los electrones se verían empujados hacia el núcleo, formando neutrones. A este objeto superdenso lo llamaron estrella de neutrones.

Además pensaron que, tras su colapso, habría una inmensa cantidad de energía sobrante, suficiente para producir la mayor explosión del universo. A estas explosiones las denominaron supernovas.

En un segundo artículo, días más tarde, relacionaron la dispersión de partículas tras la explosión con la radiactividad detectada por Victor Hess diez años antes. Recordemos que Hess había ascendido con un globo de hidrógeno hasta los 5.000 metros portando detectores de radiación, y se sorprendió al descubrir que cuanto más ascendía mayor era la cantidad de radiación detectada, y que lo que observaba eran partículas muy energéticas. Esa radiación enorme ¿venía acaso del sol? Hess ascendió durante un eclipse y también de noche, pero la radiación era constante. Dedujo pues que la radiación procedía del espacio profundo y la denominó rayos cósmicos.

Gracias al insoportable Zwicky y al gentil Baade la radiación presente en todo el universo cobró sentido. Eran los ecos de lejanos cataclismos cosmológicos.



Otro hito del pensamiento creativo de Zwicky lo tenemos en el descubrimiento de la materia oscura, de la verdadera naturaleza sobre la que se articula la realidad. Observó que las galaxias de los cúmulos de Coma se movían demasiado deprisa, como si una fuerza invisible tirase de ellas; y a su vez una cantidad de masa mayor que la detectada ligaba unas galaxias con otras. Había mucha más masa de la que se veía, una materia invisible, oscura. Como siempre las observaciones de Zwicky cayeron en el olvido, y sólo las observaciones de Vera Rubin, muchos años más tarde, trajeron de vuelta la idea de que existía tal materia oscura.

En esta vorágine de especulaciones y descubrimientos el amable Baade le aportó a Zwicky una capacidad de observación sin igual y una formidable base teórica para poder fundamentar matemáticamente las intuiciones del ogro búlgaro. Baade contó con una ventaja inesperada: la segunda guerra mundial lo convirtió en un ciudadano alemán susceptible de ser espía. Por lo tanto, las autoridades le obligaron a confinarse en el condado de Los Ángeles, en su observatorio, en donde, mientras el resto de físicos dedicaban su tiempo y esfuerzos en el estudio y desarrollo de armas y avances técnicos de uso militar, un Baade feliz disfrutaba del privilegio de los apagones frecuentes en tiempo de guerra. Él solo con el mejor telescopio del mundo y en una oscuridad inaudita. Debió de ser inmensamente feliz.

Baade aprovechó esta oportunidad para observar las distintas poblaciones de estrellas en la galaxia de Andrómeda, pudo distinguirlas por su edad y reformular el tamaño y edad del universo, mucho mayor de lo que se creía. Mientras, Zwicky especuló con la posibilidad de que las galaxias, con su masa enorme, pudiesen actuar como lentes gravitacionales según una teoría de Einstein. Como siempre la comunidad científica no le hizo ni caso, hasta que 50 años más tarde se pudo probar que era cierto. Durante años Baade medía el universo y cambiaba la percepción que teníamos de la edad y la evolución de las estrellas, y Zwicky imaginaba un universo sorprendente en el que no podemos ver de lo que está compuesto y, por si fuera poco, nos obliga a ser escépticos con lo que vemos, porque la gravedad alteraba las imágenes como si estuviésemos dentro de un laberinto de espejos deformantes.

Cuando trabajaban juntos las estrellas explosionaban, se contraían en esferas tan densas que un centímetro cúbico pesaba miles de millones de toneladas, y una radiación se expandía por un universo mucho más cambiante y extraño de lo que pudiésemos siquiera imaginar.



Todo esto por unas pocas líneas en una nota de prensa. Es curioso lo que recordamos. Cuando leí la noticia se me vino una imagen, la de Baade huyendo ladera arriba escapando de Zwicky, buscando el refugio de su amado observatorio del Monte Wilson. Por alguna razón, el búlgaro había amenazado de muerte a su colega alemán si lo veía pasear por el campus de CalTech. Lo había acusado de ser nazi y lo tenía horrorizado. Baade había conseguido que el departamento de físicas estableciese que nunca se quedasen solos. Temía por su vida.

Baade mira descompuesto si Zwicky lo persigue. Su colega es una persona paranoica e imprevisible. En ocasiones trabajan juntos con unos resultados increíbles; en otras el ogro inteligente y genial se comporta como un auténtico matón de patio de colegio.

Tengo que apagar el ordenador; mañana madrugo. Habrá nuevas noticias que despierten recuerdos desordenados. Puede ser cualquier cosa. Un sabio que corre colina arriba huyendo de otro sabio. Quizás un almendro en flor. O un océano que se lamenta con cada nombre que disuelve. No lo sé.



Echo de menos a mi mujer. Contarle estas tonterías, que ahora guardo para mí.

Es posible que lo que llaman materia oscura sea en realidad el reflejo de su recuerdo.

O no.


Antonio Carrillo

lunes, 22 de febrero de 2021

SEDNA

 



No se me da bien contar historias. Al fin y al cabo, antes fui un pez.

A menudo divago narrando anécdotas absurdas, sin apenas interés. Por ejemplo: mucha gente piensa que los peces respiramos agua, y no es cierto. Como el resto de los animales, de dentro y fuera del océano, respiramos dioxígeno molecular, un compuesto gaseoso formado por dos átomos de oxígeno. Por lo tanto, todos los peces necesitamos que haya dioxígeno disuelto en el agua para no ahogarnos. Por eso en las peceras un pequeño motor permite una circulación de aire en forma de burbujas que ascienden ¿Cómo es posible que encontremos esta molécula gaseosa en los océanos? Primero, porque la superficie del mar está en contacto con la atmósfera, rica en dioxígeno, y se produce un intercambio gaseoso. Cuando el mar está agitado el aporte de oxígeno es mayor. Además, los microorganismos vegetales y las algas también producen oxígeno como resultado de la fotosíntesis, y parte de ese oxígeno permanece en el agua.

En el océano la mayoría opina que gran parte del dioxígeno que circunda la Tierra se originó primero en el mar. Guárdenme un secreto: los animales acuáticos nos sentimos calladamente orgullosos de nuestro rico entorno y de nuestra herencia.

Antes yo no era un ser muy listo, es cierto, pero recuerdo vagamente el placer de deambular por el ártico; el frío mar boreal permite una mayor concentración de gas disuelto y es rico en algas y plancton. Pero todo acabó bruscamente una mañana, cuando una foca me devoró.

No me quejo, es ley de vida; y lo de ser foca en realidad fue divertido. La interacción social era mayor y se jugaba a menudo. Uno podía esperar una larga y plácida vida rodeado de congéneres, pero tuvo su fin un día de verano mientras buceaba bajo la banquisa y divisé un agujero en el hielo. Pensé que podía aprovechar para asomar la cabeza y respirar el dioxígeno anhelado.

Sufrí entonces un dolor lacerante y cayó una oscuridad definitiva; había sido arponeado por un cazador inuit. El boquete abierto en el hielo era una trampa.

Y fue partir de ese momento que todo cambió, y tomé conciencia de mi inua, de mi alma.

Fue un fogonazo, de repente. Era una magia tan antigua como la vida misma. Después de matarme el cazador me honró con una ceremonia para preservar mi espíritu, dándome las gracias por el aporte de carne, grasa y piel. Además, en el poblado el chamán bendijo mis restos y rogó por que formase parte del sutil equilibrio de la vida. Ya no era solo pez o foca; los esquimales me abrieron los ojos a una realidad espiritual de la que todos formamos parte como una unidad indisoluble. El pueblo inuit me hizo partícipe de esa verdad que llamamos inconsciente colectivo. La vida con los ropajes de la percepción y la memoria.

Comprendí el origen del mundo, al principio una masa uniforme de agua que se vio alterada por la caída de grandes trozos de tierra desde el espacio. Y en esa primera tierra firme aparecieron los hombres, unos seres maltrechos, sin gracia ni talento, que no sabían ni caminar; pero los dioses les ofrecieron el mayor de los regalos: la mujer. Bajo su cuidado e inteligencia la humanidad comenzó a prosperar.

Las mujeres inuit están encargadas de la tarea más trascendental para la supervivencia del poblado: mantener vivo el fuego en el interior de las casas sobre una mezcla de musgo y grasa. Para un pueblo que vive seis meses bajo una permanente oscuridad y atenazados por un frío extremo el fuego es el bien más preciado. De hecho, los inuits piensan que las estrellas del firmamento son pequeños agujeros que dejaban ver las fogatas de nuestros familiares ya fallecidos.

Y yo, que comparto el alma de la tribu, que formo parte de su exquisita mitología, sé que tienen razón. Salvo que las estrellas no arden, porque no hay oxígeno en ellas. Nuestros antepasados viven en fuegos que no son fuegos, y que queman sin arder.

El pueblo inuit ama y respeta la palabra. Cuando surge una discusión entre ellos, por un insulto o afrenta, se dirime el problema con un enfrentamiento público a base de canciones y versos. La palabra improvisada e ingeniosa puede ser un arma poderosa si la blande una inteligencia viva y mordaz.

Y fue en una de esas noches interminables, de historias y relatos en el interior cálido de una cabaña, que un anciano contó la historia de Sedna. La historia del mar. Mi historia. La historia de todos.

Lejos, en los albores del tiempo, en una isla sin nombre vivía un hombre viudo y su hija Sedna, de gran belleza. Una mañana el horizonte avisó de la llegada de un barco extranjero. El capitán era un hombre apuesto y encantador, y embriagado por la belleza de Sedna la sedujo y convenció para que abandonase a su padre y a su pueblo. Pero al poco de partir Sedna se dio cuenta de que su amado era en realidad un cruel brujo. Un ser contra natura que disfrutaba haciendo daño a la mujer.

Sedna lloraba asomada al océano, aterrorizada por su destino. Su padre escuchó los lamentos y se hizo a la mar sobre su kayak para rescatarla. Lo consiguió, y juntos huyeron intentando regresar al hogar, a la libertad. Pero el malvado brujo, enfadado por haber perdido a Sedna, juró que la joven no podría escapar de él, y con sus embrujos provocó que el océano se agitase embravecido en una tempestad atronadora, como nunca se había visto.

El padre de Sedna está aterrorizado; piensa que el mar está siendo gobernado por los designios de los dioses enfadados y arroja a su hija Sedna a las aguas. La joven se hunde un instante para en seguida salir a frote y, desesperada, se aferra con fuerza a la borda del kayak. Aterrada le suplica a su padre que le perdone la vida, que la salve. Pero la pequeña canoa no resiste el empuje que supone tener a Sedna agarrada, se escora peligrosamente, y el padre toma una decisión terrible: blande un hacha y con golpes repetidos corta los dedos y las manos de Sedna.

El rostro de Sedna se hunde y desvanece en un camino sin retorno a las profundidades del frío océano. Milagrosamente sus pequeños dedos amputados se convierten en todas las especies de peces que hay en el Océano Ártico. Los pulgares se convierten en focas o morsas. Las manos en ballenas.

La mar se llena de seres que respiran, y desde entonces, en lo profundo, vive en soledad Sedna, la reina del mar. A sus dominios van las almas de los que mueren para ser juzgadas por lo que hicieron en vida. En ocasiones escasea la pesca y el pueblo pasa hambre; otras muchas el océano se agita nervioso. Los hombres saben que Sedna está nerviosa: sus largos cabellos se han enredado y la muchacha se revuelve furiosa porque no tiene manos ni dedos para alisarlos. Los chamanes sabios, en la orilla, mueven sus manos y cantan, peinando a la joven diosa. Con el tiempo la mar vuelve a la calma.

Se hace el silencio en la cabaña. Los más pequeños reflexionan sobre el respeto a los seres que habitan en los mares y la necesidad de respetar a las mujeres. Todo se engloba en una visión equilibrada y coherente de la realidad. La llama consume el oxígeno y da calor. Las hijas se abrazan a sus madres y sueñan con Sedna.

Yo, que solo soy espíritu y que antes fui pez, estoy en todos ellos, en la tribu y los animales, en el mar y el hielo. En los vivos y los muertos. En el firmamento. Y puedo viajar a otra Sedna lejana que vive en una oscuridad permanente. Una Sedna de agua y frío.

 


El 14 de noviembre de 2003, desde el observatorio de Monte Palomar de San Diego, se detectó un cuerpo extraño dentro de nuestro sistema solar; aparentemente se trata de un planeta enano, como Plutón, pero su órbita es tan lejana que desde su superficie el Sol parece una estrella más, brillante pero sin forma. Está muy, muy lejos. Demasiado.

Es el objeto grande más distante del Sol que conocemos, con una órbita asombrosamente excéntrica, que pasa de un afelio (mayor distancia) de 960 ua (ua es la abreviatura de Unidad Astronómica, la distancia promedio de la Tierra al Sol) a un perihelio (menor distancia) de 76 ua. Con una órbita tan elongada este cuerpo tarda 11.400 años en completar una vuelta alrededor del Sol. Para que lo sitúen en perspectiva el planeta enano Plutón, cuando se encuentra en su afelio, está a un máximo de 48 ua, y solo tarda 248 años en completar su órbita. 

Si pudiésemos acercarnos a este cuerpo astronómico ¿qué veríamos?

Es una esfera con 1.000 kilómetros de diámetro. Destaca por la intensidad de su color rojo, como si fuese un Marte en miniatura. Está tan lejos de todo que nunca ha sido molestado; no se observan cráteres ni relieves causados por el impacto de meteoritos.

Su superficie es químicamente compleja. En 1979 Carl Sagan descubrió las tolinas, unas moléculas orgánicas muy primitivas y de enorme complejidad, formadas a partir de moléculas ricas en nitrógeno, como el metano, cuando son bombardeadas por radiación ultravioleta. El resultado es un hidrocarburo rico en nitrógeno y carbono de color rojizo. En la superficie de este cuerpo helado hay, además de tolina, agua congelada, metano, nitrógeno, metanol y carbono, formando una capa superficial rica en compuestos orgánicos.

¿De dónde viene este cuerpo tan peculiar, con una órbita tan lejana? No lo sabemos con certeza. Algunos científicos especulan con que perteneció a otro sistema planetario y fue capturado por el nuestro. Otros opinan que en los orígenes de nuestro sistema solar una estrella que transitaba cerca alteró su órbita. Los hay que afirman que es una prueba de la existencia de un gran planeta aun por descubrir. Lo cierto es que este cuerpo existe, que orbita en los límites de nuestro sistema solar, que lo descubrimos por pura casualidad y que tiene nombre.

Se llama Sedna.

Sus descubridores lo llamaron Sedna en recuerdo de la diosa de las profundidades heladas del océano ártico. Y puede que el nombre sea premonitorio, porque el pequeño planeta Sedna puede ocultar en su interior un secreto fascinante.

Si estuviésemos sobre la superficie de Sedna habría una oscuridad sin igual en nuestro sistema solar; el sol no calienta y apenas si ofrece una luz difusa. El día dura unas 10 horas, y cuando se oculta el Sol el firmamento debe engalanarse en un espectáculo digno de verse. Pero si profundizásemos dentro de Sedna, si atravesásemos su superficie helada rica en compuestos orgánicos, es posible que encontrásemos un océano de agua líquida. Un verdadero reino de Sedna ¿Cómo es posible?

Hay un fenómeno natural conocido como “calor por desintegración nuclear”. En pocas palabras, los cuerpos del sistema solar están compuestos por múltiples elementos de la tabla periódica, y los más pesados se acumulan en el núcleo. El interior de planetas y satélites están calientes porque los isótopos radiactivos de elementos como el uranio, el torio o el potasio interactúan con los átomos de otros elementos, causando movimiento en sus partículas elementales y, en consecuencia, calor.

Los modelos que se manejan de calentamiento interno a través de la desintegración radiactiva indican que Sedna podría ser capaz de soportar un océano subterráneo de agua líquida. Todo dependerá de la cantidad de elementos radiactivos presentes en Sedna.

Pero imaginen: a 20 veces la distancia de Plutón una pequeña esfera sólida de 1.000 kilómetros de diámetro puede ocultar un océano en penumbra de agua líquida rica en nutrientes orgánicos. Sería un lugar propicio para que la vida experimentase en sus muchas formas durante miles de millones de años, porque la lejanía de Sedna supone dos ventajas: una menor incidencia de la radiación solar, a lo que ayudaría las capacidades aislantes de la tolina, y un entorno libre de acometida de meteoritos y cometas. Un remanso de paz en medio de la nada. Bajo la apariencia de un mundo yermo, oscuro y frío podría bullir la vida.

Pero sería una vida muy distinta a la nuestra. ¿Por qué? Por la ausencia total de oxígeno atmosférico, de dioxígeno molecular. La vida en Sedna sería anaeróbica, capaz de sobrevivir en un ambiente libre de oxígeno. Es importante recordar que en la Tierra hay lugares propicios para la vida anaeróbica. Por ejemplo, el interior de nuestro organismo. Y en sus orígenes toda la vida en la Tierra era anaeróbica. Pero en Sedna, sin la facultad energética que aporta el oxígeno, la vida sería posiblemente muy sencilla. Poco evolucionada. No habría células eucariotas. Todo son especulaciones y es muy improbable que enviemos una sonda a explorar Sedna.

 

He vuelto. Vuelvo a ser yo. Se lo advertí; no se me da bien contar historias.

Es porque antes era un pez.

En el cosmos toda la vida está interconectada por cuerdas invisibles e indetectables, capaces de soslayar tiempos y distancias. Los chamanes lo saben, como saben que Sedna aguarda en lo más profundo del océano ártico. Como saben que conviene peinar sus negros cabellos.

Aquí, en la Tierra, y en lo más profundo del espacio.

 

Antonio Carrillo

lunes, 3 de agosto de 2020

El hombre que golpeaba los órganos con un martillo



Bach, Haydn o Haendel compartieron un mismo sistema de notación musical; el mismo que utilizamos hoy en día, con algunos cambios pero perfectamente reconocible.

Un músico del siglo XXI puede interpretar una obra de Bach a partir de una partitura original. Y esa pieza sonará igual tanto si la interpreta un músico australiano como si la toca un profesor del conservatorio de Oklahoma.

El problema lo tenían los intérpretes de hace 300 años. En realidad, daba un poco igual que Bach hubiese fijado en la armadura una tonalidad, o diferenciase a lo largo del pentagrama entre las distintas notas de la escala cromática (las notas de un piano, para entendernos: blancas y negras).

Lo que Bach anotaba como un do se tocaba como fa en el pueblo de al lado. O como la nota si en Italia.

La culpa de este desbarajuste la tiene un señor con aspecto rudo, malencarado y sucio, que se adentra en una iglesia con un martillo en la mano. La gente se aparta. Tiene una mirada encendida, fijas sus pupilas en los sutiles tubos del órgano de la iglesia.

Es el afinador.

Es un profesional que, a base de martillazos contra los extremos de los tubos, modifica el sonido estrechando o ampliando la boca cónica del tubo metálico. Es posible que utilice un diapasón como guía, pero hay tantos diapasones como afinadores. Por lo tanto, cada órgano tiene una afinación distinta. Resulta curioso: por regla general, sabemos que el sonido que los ingleses denominaban la se correspondía a un fa en Alemania.

Los instrumentos utilizaban los órganos como guía para afinarse.

A Bach le costaba encontrar músicos o cantantes profesionales que pudiesen interpretar con garantías de calidad su música. Seguramente, Bach jamás escuchó ninguna de sus (varias) pasiones con toda la riqueza de matices y timbres que emanan de su genio como músico. Se tuvo que conformar con lo que había en su época.

Y hoy, el día del estreno de su Pasión según San Marcos (una partitura que se ha perdido), Bach se entera de que el afinador ha rajado uno de los tubos del órgano y ha optado por cortarlos todos. El instrumento suena, al menos, una octava más agudo.

Total: la mayoría de los que acudan a la iglesia no son precisamente melómanos. La música es parte de la liturgia.

El afinador se aleja, silbando. Con el martillo al hombro. Sudoroso.

Antonio Carrillo