martes, 24 de abril de 2012

El aliento de la palabra



Dedicado a Yosune Castellano, maestra de mi hijo. Gracias Yosune.

En ocasiones se produce un desgarro, una brusca sacudida en nuestro interior. Es un aliento vital que detiene, apenas por un instante, el tiempo.

Basta haberlo sentido una sola vez para no olvidarlo jamás. Hay una plenitud, una comunión con lo que realmente somos, que nos fortalece, reconforta y emociona.

Les propongo algo: este artículo se compone de unas pocas frases. Disfrútenlas; pero les ruego que respeten su ritmo. Si están ocupados, contaminados de ruido o con la mente en otro lugar, es mejor que lo dejen para otro momento. Estas pocas frases merecen, necesitan, de ustedes por completo. Les aseguro que habrá merecido la pena.

Estas pocas palabras están dirigidas sólo a usted. Quieren decirle algo. Se conocen de antes. Expresan emociones y verdades más antiguas que el hombre. La sabiduría es una manera de recordar lo que ya sabíamos antes de nacer.

Les deseo un viaje sosegado y profundo.

Y que en algún momento su tiempo se detenga.

A escuchar.

Antonio Carrillo.




"A menudo el sepulcro encierra, sin saberlo, dos corazones en un mismo ataúd."
A. de la Martié





"Cuando era joven leía casi siempre para aprender; hoy, a veces, leo para olvidar."
Giovanni Papini





"Cada cual tiene la edad de sus emociones ."
Anatole France





"Algunos encuentran el silencio insoportable porque tienen demasiado ruido dentro de ellos mismos."
Robert Fripp





"Lo que la oruga llama el fin del mundo, el resto del mundo lo llama mariposa."
Lao Tse





"Escribo para que la muerte no tenga la última palabra."
Odysseus Elytis





"Los libros me enseñaron a pensar, y el pensamiento me hizo libre."
Ricardo León





"La historia cuenta lo que sucedió; la poesía lo que debió suceder."
Aristóteles





"La lectura de un buen libro es un diálogo incesante en que el libro habla y el alma contesta."
 André Maurois





"Los libros enseñan a vivir y a morir."
Petrarca





"Adquirir el hábito de la lectura es construirse un refugio contra casi todas las miserias de la vida."
William Maugham





"Con la palabra, el hombre supera a los animales, pero con el silencio se supera a sí mismo."
 Paul Masson

martes, 17 de abril de 2012

El dios más feo del mundo



Se respira inquietud en las alturas donde habitan los dioses. Hera está de parto, y hay un continuo trajín de comadronas. La inquietud se explica por el mal carácter de la parturienta, mujer de genio encendido, pronto vengativo y enormes poderes.

La paternidad no está del todo clara. Malas lenguas, como la de Hesíodo, afirman que el nasciturus fue engendrado sólo por su madre, sin intervención de varón alguno. Fue un arrebato, después de que su esposo Zeus engendrara a la hermosa Atenea (que nació de su cabeza) y al no menos bello Dionisio (que nació de un muslo). Sin duda, ejercer de tocólogo en el Olimpo debía de resultar harto entretenido.

Homero, sin embargo, defiende la idea de que la inseminación se produjo por los cauces habituales, y afirma que el padre es, en efecto, el gran Zeus. Sea como fuere, y tratándose de mitología griega, es seguro que algo interesante está a punto de suceder.

El parto llega a buen fin, y la madre, como es natural, requiere ver a la criatura. Los pediatras, sin embargo, se muestran reticentes; que si tiene poco peso, que si una incubadora... La madre insiste, y no conviene hacerle enfadar. Finalmente, le muestran al tierno fruto de su vientre, y la madre sacude el Olimpo con su lamento: "¡Este no es mi hijo!". En una demostración de su fuerte (y mal) carácter, arroja a la criatura por el borde del Olimpo. El niño había nacido feo, con una cabeza desmesurada, rostro poco agraciado, brazos grandes y débiles piernas. En absoluto semejaba el retoño de una diosa. El llanto del bebé se apagó entre las nubes, en una terrible caída hacia la Tierra.

Hefestos, que así se llamaba el nuevo dios, cayó durante nueve días, en un espanto que parecía no tener fin. La fortuna quiso que evitara las afiladas rocas de unos arrecifes, pero, con todo, el golpe contra la superficie del océano fue terrible. A resultas del mismo, el pobre niño quedó definitivamente cojo para el resto de sus días. Dos ninfas del mar, Tetis y Eurínome, se compadecieron del infante y lo cuidaron durante nueve años en una cueva de la isla de Lemnos, donde creció hasta convertirse en un joven maestro artesano del metal. Acudió más tarde a Naxos, lugar en el que Cedalión le enseñó todo lo que sabía sobre el arte de la forja. Muy pronto se fue haciendo famoso por la perfección de su obra.

Siempre les estuvo muy agradecido a las dos diosas que lo salvaron, y a la nereida Tetis (madre de Aquiles) le regaló un maravilloso "dije", un colgante formado por un finísimo hilo de plata en el que se engarzaban bellísimas perlas azules. Tetis, orgullosa, acudió a un acto de sociedad en el Olimpo portando la espléndida joya, que no pasó desapercibida. En un momento dado, la propia anfitriona, la mismísima Hera, se la llevó aparte, preguntando por la procedencia de la alhaja. Tetis intentó ocultar la verdad, pero finalmente se vio obligada a contarlo todo. El "dije" que embellecía su cuello era obra del hijo que Hera había arrojado al vacío hacía años.

Hera, lejos de mostrar arrepentimiento o contrición, y deseosa de disponer de tan bellas preseas, ordenó que Hefestos acudiera presto a su presencia. El hijo repudiado hizo oídos sordos a la petición procedente del Olimpo, aunque finalmente envió un presente para su madre: un maravilloso trono de oro.

Cuando ésta se sentó en él, quedó atrapada por cadenas invisibles, de tal manera que le era imposible levantarse. Tampoco el todopoderoso Zeus pudo liberarla. Enseguida se negoció con Hefestos su vuelta al Olimpo y la liberación de Hera, pero se empecinó en no responder a tales requerimientos.

La solución vino de la mano de su hermano Dionisos, quien fue capaz de emborrachar a Hefestos y llevarlo de vuelta al Olimpo a lomos de un asno. No era la manera más digna de ingresar en la morada de los dioses, balbuceando beodo echado sobre un jumento. Todos los dioses se burlaron de él, aunque había un atisbo de admiración hacia esta patética figura: nunca antes nadie había sido capaz de aprisionar a Hera.

Hefestos, en cuanto recobró el sentido, se enfadó por la artimaña, pero, listo como era, se hizo fuerte e impuso sus condiciones para liberar a su madre y volver a casa: pidió que se le facilitara una fragua, un taller y ayudantes para poder realizar su oficio. Además, y aquí viene la sorpresa, exigió casarse con la más bella de las diosas: Afrodita.

Todos los habitantes del Olimpo se quedaron mudos: ¡ese ser sudoroso, sucio, de pelos enmarañados y cuerpo contrahecho, osa pedir la mano de la más bella! Sin embargo, la reacción de la diosa del amor y la beldad fue sorprendente; se acercó a Hefestos sonriente y se abrazó a él, aparentemente contenta. La muy ladina pensaba que con un marido tan horrible podría seguir haciendo su santa voluntad, y que su esposo se plegaría a cualquier solicitud o capricho de tan bella cónyuge.

Habrá quien piense que soy muy duro en mis calificativos hacia Afrodita, pero lo cierto es que la diosa no era, precisamente, un ejemplo de virtud y moderación. Antes bien, tenía ganada cierta fama de buscona (perdóneseme la expresión) entre las mujeres del Olimpo, que tenían que sufrir la humillación de ver a sus maridos babeando ante la agraciada mujer, porfiando para poder introducirse en su lecho (en el que Afrodita rara vez dormía sola). En definitiva, y sin ambages, era Afrodita una pendona de cuidado, que utilizaba un cinturón mágico para ganarse admiraciones y favores entre los hombres, doblegando su voluntad.

Nuestro pobre Hefestos, ajeno a esta triste condición que le esperaba, se mostraba feliz tras haberse casado con la diosa de la belleza. Se sabía el dios más envidiado del Olimpo, y forjó para ella hermosas piezas que ensalzaron, aún más si cabe, su donaire. Construyó un palacio de bronce, en el que autómatas de oro le ayudaban en su fragua. Todo parecía irle de fábula.

Pero la voluble Afrodita, incumpliendo los sagrados votos del matrimonio, se entregaba (entre otros) al violento Ares, el dios de la guerra, según se narra en la Odisea. El viril y aguerrido Ares era el antagonista musculado del maltrecho Hefestos, que incluso precisaba de unos soportes de metal para mantenerse erguido. Cuando Helios, el sol, que todo lo ve, informó a Hefestos de su oprobio, el marido agraviado pergeñó una venganza sutil: tejió una red de bronce muy fina, la escondió en el dormitorio de su esposa y le dijo que se ausentaría por asuntos de negocios ¡excusa tan vieja como el mismo mundo! Así, oculto tras unos cortinajes, observó la innoble conducta de su mujer, sobre la cual dejó caer la red en pleno fragor amoroso. Hesíodo nos cuenta cómo avisó de inmediato al resto de los dioses, y cómo el suceso fue motivo de gran algarabía en el Olimpo. Hermes el Argifonte, desvergonzado, afirmó que no le habría importado ocupar el lugar de Ares y sentir tal vergüenza. Otros dioses (sobre todo diosas), se mostraron escandalizados: "es el justo castigo para una mujer tan descocada", dijo una. "en cuanto la vi supuse que sucedería algo así", se comentaba. "No puede uno fiarse de mujeres como ésta".

Esto demuestra que Afrodita no tenía muy buena prensa entre el resto de las esposas.

Hefestos no los liberó hasta que ambos prometieron poner fin a su romance, y Eros le entregó en compensación un tesoro en oro y piedras preciosas. Sin embargo, si hemos de ser sinceros, no cumplieron su promesa. En concreto, Afrodita no cejó en sus aventuras extramatrimoniales con Hermes y Dionisos; e incluso con mortales como Anquises. Sembró cizaña ayudando a Paris a raptar a la bella Helena, lo cual dio inicio la guerra de Troya. Ahora bien; para Ares había sido un duro golpe: el dios de la guerra, aguerrido y violento, atrapado desnudo en una red y ridiculizado frente al resto de los dioses por la inteligencia de un dios deforme. Temió Ares la habilidad de Hefestos, y procuró no molestarlo en lo sucesivo.

Visto lo cual, no es de extrañar que al pobre Hefestos se le avinagrara el carácter; y que protagonizara oscuros (e imperdonables) escándalos con la diosa Atenea. Prefería trabajar en su fragua situada en la misma Tierra, acompañado por sus tres fieles cíclopes. Se decía que su taller se encontraba bajo el Etna (otras informaciones lo situaban bajo el Stromboli). Por fortuna, los negocios iban muy bien, y lo mantenían ocupado: construyó las armas de los dioses, como las flechas de Artemisa, los rayos de Zeus o el tridente de Poseidón. También fabrico armas para los principales héroes, como el escudo de Eneas o la armadura de Aquiles. Obras suyas son el carro de Helios, las cadenas con la que se sujetó a Prometeo, el cetro de Agamenón, el collar de Harmonía o la corona de oro de Ariadna. También fabricó a la primera humana utilizando para ello el barro: Pandora.

Hefestos es por consiguiente un dios importante: el dios del fuego y la forja, así como de los herreros, los artesanos, los escultores, los metales y la metalurgia. Era adorado en todos los centros industriales y manufactureros de Grecia, especialmente en Atenas. En una época en la que la metalurgia era asunto de estado, Hefestos, y sus equivalentes en otras religiones, ocupaban un lugar prominente en el panteón local. No en vano, buena parte de la antigüedad se divide en periodos conocidos como “edad de los metales” (cobre, bronce e hierro); y es una evidencia que el conocimiento del secreto de las aleaciones traía consigo el alza y derrumbe de civilizaciones enteras.

Del dios más feo nos queda el legado del uno de los templos más bellos de Atenas. El templo de Hefestos, construido en el 449 a.C. por Ictino, uno de los arquitectos del famoso Partenón, se ubica en efecto del lado occidental del Ágora. Da cuenta de su importancia el que fuera uno de los primeros edificios incluidos en el programa de reconstrucción de Pericles. En la actualidad, se caracteriza por ser el templo dórico mejor conservado de toda Grecia. Ello se explica porque se convirtió primero en iglesia y luego en panteón, por lo que no se lo utilizó como cantera. A su alrededor, proliferaban las fraguas y los jardines.

Por último, una curiosidad de las que nos gusta incluir: la apariencia física de Hefestos parece indicar una afección conocida como arsenicosis; es decir, envenenamiento crónico por arsénico. La exposición prolongada a dosis altas de arsénico provoca cojera, cambios en el color de la piel y distintos tipos de cáncer. Pues bien, le sorprenderá saber que desde la antigüedad los forjadores utilizaban arsénico con el fin de reducir la formación de burbujas durante fundición, pues el arsénico impide la absorción de gases a través de los poros del molde, lo cual asegura un producto más endurecido y de mejor calidad. Por consiguiente, la mayoría de los herreros de la Edad de Bronce habrían padecido esta enfermedad, y sufrirían de cojera, cáncer o gangrena. ¿Les sorprende? Su dios sufría de los mismos síntomas. Era un reflejo de ellos mismos.

A mis muchos lectores andinos les puede interesar saber que en ciertas zonas del mundo se sufre de Hidroarsenicismo; es decir, de una enfermedad ambiental crónica cuya etiología está asociada al consumo de aguas contaminadas con sales de arsénico. Es un tema que preocupa y es objeto de estudio en zonas andinas de Chile y Argentina. También en España y México se registran casos todos los años.

Antonio Carrillo

viernes, 13 de abril de 2012

El riesgo de ser diferente: 1907 (pintura), 1908 (música) y 1909 (arquitectura)





Dedicado a Carolina Rodrigo, duende del MOMA.


Los europeos de principios del siglo XX tenían razones para sentirse moderadamente optimistas. El último conflicto de importancia, la guerra franco-prusiana, había finalizado en 1870, y una generación desconocía el horror de la guerra (salvo excepciones, como España). Por primera vez en milenios, desde los tiempos de la pax romana, las madres y esposas dormían tranquilas: sus hijos y maridos no luchaban en tierras lejanas, en parajes sembrados de tumbas sin nombre.

Se vivía un empuje económico y tecnológico impresionante; hablamos de una época en la que los trenes y automóviles acortan distancias, en la que el hombre ha aprendido a volar, algo con lo que siempre ha soñado; domina la electricidad y vislumbra con vértigo la verdadera dimensión del universo. En Alemania se ensaya con éxito un primer estado del bienestar, en Francia se avanza en el descubrimiento de vacunas que salvarán millones de vidas y en Estados Unidos se alzan orgullosos los primeros rascacielos. Se ha explorado el planeta hasta sus últimos confines, se alcanzan los dos polos, y el futuro se adivina lleno de retos apasionantes, todos al alcance de la mano. El ser humano se cree capaz de alcanzar las estrellas, y se sabe capaz de fotografiarlas. Se instalan las primeras escaleras mecánicas, se fabrican automóviles en cadenas de montaje, en Jerez de la Frontera (donde tengo familia) se inaugura en 1890 el primer alumbrado público por electricidad de España...

El rigor victoriano parece difuminarse lentamente frente al empuje de esta ola de optimismo y modernidad. Un ejemplo lo tenemos en la moda; falta poco para que Cocó Chanel libere a la mujer del corsé. Se inventa el sujetador, las faldas se pegan al cuerpo y se acortan mostrando los tobillos; es una generación de mujeres que, por primera vez, parecen dispuestas tener voz propia. Se inician los movimientos sufragistas.

Nace un nuevo estamento social fruto del desarrollo tecnológico, la mecanización del trabajo y la potenciación del sector terciario: la clase media. Empieza a definirse un cuerpo demográfico formado por profesionales liberales, funcionarios, administrativos o técnicos cualificados que demandan servicios y ocio. La cultura, en sus más variadas manifestaciones, deja de ser un club privado con acceso restringido a la clase alta. El arte se expande voraz hacia estos estratos sociales de reciente creación. Es una sociedad de excedentes, de seguridad y bienestar. De medios de comunicación globales, de cables tendidos a lo largo del Atlántico, de cabinas telefónicas, de salas de cine.

Y, sin embargo, todo fenómeno social oculta siempre otro rostro, apenas perceptible. El hombre que viaja a velocidades inimaginables, que fabrica en cadena más y más objetos de consumo, se ve saturado por demasiados estímulos, demasiada información. Todo va demasiado rápido, apenas si se dispone de tiempo para asimilar (para incorporar a sí mismo) tanta novedad. La cultura, en concreto, se vuelve objeto de mercadeo, se homogeneíza. En palabras de Stravinski, “Sobresaturados de sonidos, las gentes caen en una suerte de embrutecimiento que les quita toda facultad de discernimiento y les vuelve indiferentes a la calidad”. La masificación sin formación implica pasividad, alienación. Humberto Eco lo expresa con crudeza: "Las persuasiones ocultas y las excitaciones subliminares de todo género, desde la política a la publicidad comercial, hacen palanca sobre la pacífica y pasiva adquisición de “buenas formas” en cuya redundancia, sin esfuerzo alguno, se apoya el hombre medio."

De alguna manera, la sociedad busca remedio al vértigo, al miedo que le provoca el vacío laico de sólo tener. Las personas viven esclavizadas a férreas cadenas de producción que buscan eficacia, resultados. Ellas mismas se vuelven dependientes de este espejismo consumista y tecnológico. En realidad, cunde una cierta sensación de fatalismo en el plano humanístico: ¿cómo superar el sistema filosófico planteado por Kant? ¿Cómo asumir el vértigo del subconsciente freudiano? ¿Acaso se puede componer una sonata mejor que Beethoven, orquestar mejor que Mahler; qué ópera puede superar la fuerza e intensidad de Wagner? ¿Qué teatro podría competir con Shakespeare? Tenemos el cine, una música rítmica nueva que puede bailarse, la radio vendrá pronto; y la ciencia teórica nos abre una puerta a la relatividad que cambiará la percepción misma de la realidad ¿No es acaso suficiente?

No, no lo es. Mientras una mayoría se rinde a la publicidad, al consumo y la tecnología, a las "buenas formas", unos pocos protestan, se agitan incómodos, buscan alternativas desde el arte. ¿Por qué son una minoría? Porque sólo un puñado de individuos son inmunes a la manipulación social. Lo cierto es que la protesta de la mayoría, cuando regresa el fantasma de la guerra y el hambre, con más fuerza que nunca, adopta formas burdas, poco creativas. Le debemos a Filippo Tommasso Marinetti el "Manifiesto futurista", publicado en Le Figaro en 1909: una proclama en la que toma cuerpo la ideología fascista: "Nosotros queremos exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febril (...) y el puñetazo". "Queremos glorificar la guerra –única higiene del mundo– el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los libertarios, las bellas ideas por las cuales se muere y el desprecio de la mujer". "Queremos destruir los museos, las bibliotecas, las academias de todo tipo, y combatir contra el moralismo, el feminismo y contra toda vileza oportunista y utilitaria".

En España se gritó impunemente: "¡que muera la inteligencia!"

El hombre medio, adocenado, se dejará llevar por corrientes totalitarias, tanto de izquierdas como de derechas, para luego volver a caer arrepentido y dócil en el cálido abrazo del capitalismo feroz, el verdadero Leteo del siglo XX. Siempre conducido, manipulado, una masa conformista y miope.

Pero lo decíamos antes: en la agitación de unos pocos sí hay arte, palpita el humanismo inconformista. ¿Son una minoría? Siempre lo han sido. Adorno afirma que la creación, hoy más que nunca, debe permanecer aislada e ininteligible. El arte nunca será fácil ni democrático; ni comprendido. La cultura no puede ser light; exige esfuerzo, concentración y tiempo. El entretenimiento puede tener fundamento en la música, la literatura o la imagen; pero una canción pop o un best-seller suelen ser efímeros, fácilmente digeribles. La minoría vanguardista que responde a este reto de búsqueda no busca reconocimiento, ni le facilita la tarea al público. A menudo son menospreciados, vilipendiados por los que exigen una digestión suave del arte. Sólo el tiempo hace justicia con ellos.

Lo que sigue son tres ejemplos de valor. Tres personas que asumieron el riesgo de ser (y crear) diferente:


1907, pintura

El 10 de diciembre de 1896, Alfred Jarry estrena la obra "Ubú rey" en el Théâtre de L'Oeuvre de París. Es una fecha importante: esa noche nace el teatro del absurdo, una manifestación surrealista que renueva no sólo el lenguaje (la obra comienza con la palabra "merdre"), sino también el vestuario, gestualidad o puesta en escena. El estreno fue un auténtico escándalo, con abucheos y vítores. Sólo se representó en dos ocasiones.

Alfred Jarry se creyó su propio personaje, y vivió una vida desordenada, frenética. Montado en bicicleta y borracho, a menudo se le veía disparar una pistola que portaba en el cinto. Cuando murió, nueve años más tarde, al preguntarle por su último deseo, pidió un mondadientes. Absurdo hasta el final.

Un joven amigo y admirador, pintor español de cierto nombre, heredará su pistola. Se muestra inquieto. Ese mismo año (1907) ha terminado una obra extraña, atrevida y desconcertante. El pintor se llama Pablo Picasso, y acaba dar las últimas pinceladas a su cuadro "Las Señoritas de Aviñón".

Picasso llevaba meses estudiando esta pintura, esbozándola. Como es costumbre en el artista, realiza múltiples bocetos en los que cambia personajes, fondos y perfila detalles. En total son más de 800 estudios. La obra no es fruto de la improvisación, pero resultó tan desconcertante que sólo se la enseñó a sus amigos más próximos, que mostraron su sorpresa. Algunos se burlaron, y una mayoría le pidió que recapacitara.

Aunque no fue entendida, esos primeros amigos se encontraban ante la primera obra cumbre del siglo XX, la joya del MOMA de Nueva York. Sin embargo, fue vendida en 1924 por poco dinero.

Les propongo algo. Observen estos dos rostros.

El primero se corresponde al rostro de una mujer íbera. Hay belleza en él, sensualidad serena y orgullo. Lo reconocemos enseguida, nos es cercano; y aunque se trate de una forma plana, sin fondo, éste se adivina.

El segundo es una máscara violenta, fracturada, situada sobre un cuerpo vuelto de espaldas, en una postura anatómicamente imposible. Y, sin embargo, no nos extraña del todo.



Hay algo atávico que nos permite encontrarle un sentido a sus ángulos oscuros, a una anatomía del rostro inadecuada. Del mismo modo que un cuadro expresionista cobra sentido desde la distancia, esta imagen bucea en nuestra psique y nos parece posible que una mujer se represente de esta manera nueva, diferente. Es un rostro turbador, el de una máscara africana congoleña.

¿Cómo es posible que en un mismo espacio se represente un rostro íbero y un esbozo de máscara africana, y que el resultado tenga un mínimo de coherencia?

Picasso nos adentra en el cubismo, un espacio inexplorado, y consigue integrar sus ángulos planos en un continuo desde la ortodoxia. Las señoritas de Aviñón muestran un tránsito desde lo conceptual a lo abstracto, de izquierda a derecha, fluyendo en un único espacio. Vistos los dos rostros por separado parecen irreconciliables; pero es Picasso, y en su obra la vanguardia más furibunda busca inspirarse en clásicos como El Greco. ¿Acaso no perciben su influencia en las figuras estilizadas y anhelantes? La ruptura no es tanta; pero cuesta percibirlo.


Este cuadro transpira inteligencia, curiosidad e intuición.

Al final de sus días, Picasso será el primer artista vivo cuya obra cuelgue de los sacrosantas paredes del Louvre, el mejor museo del mundo.


1908 Música

Un año más tarde, en la Viena de 1908, un discípulo de Mahler provoca otra sacudida en el arte, en esta ocasión en la música.

Desde el año 1600 toda la música nacía de una tonalidad, de un determinado sonido. Aunque los grandes maestros fueran capaces de abandonar esta tonalidad durante la obra, siempre se acababa con la tónica. Su fuerza de atracción era insuperable (la palabra griega "tonos" significa tensión)

En ocasiones los compositores se embarcaban en viajes arriesgados lejos de la tónica. En "la perla negra" de Bach la mano derecha alcanza unas pocas notas disonantes, extrañas. Chopin (con el último movimiento de la "sonata 35") o Liszt se atreven a jugar con los límites de la tonalidad. El cromatismo de Wagner en "Tristán e Isolda" provoca incertidumbre, y Mahler confunde al oído con el uso de la "tonalidad progresiva"; sus sinfonías (salvo la primera y sexta) comienzan y finalizan en distintas tonalidades. Ello provocó que su obra fuera, en ocasiones, objeto de una crítica feroz.

Sus alumnos Arnold Schoenberg, Berg y Webern fundaron la Segunda Escuela de Viena, y era sólo cuestión de tiempo que uno de ellos se atreviera a "atentar" contra la tonalidad. El valiente que dio ese paso fue el más brillante de los tres: Schoenberg. En 1908 estrena con gran escándalo su "cuarteto para cuerdas número 2", y ya nada será igual: en su cuarto y último movimiento no hay una armadura de clave al inicio del pentagrama. Schoenberg se adentra así en el llamado "atonalismo libre", y 300 años de discurso armónico saltan por los aires. Es curiosa la semejanza con Las señoritas de Aviñón; en ambas obras se entrelazan tradición y vanguardia en una sola pieza.

¿Qué impulsó a Schoenberg a realizar algo tan atrevido? La obra tiene una intensidad tremenda, y en los textos (es inusual, pero los dos últimos movimientos incluyen una pieza para soprano) se puede escuchar frases como: "los árboles y caminos que amaba se desvanecen". Schoenberg era un hombre culto, sensible, y pasaba por una situación personal terrible: su esposa Mathilde lo engañaba, y el asunto fue de dominio público cuando abandonó a su marido y sus hijos. Sin embargo, la obra lleva como dedicatoria "a mi esposa".

Schoenberg, al igual que Picasso o Stravinsky, era un estudioso y un profundo conocedor de su arte. Lo demuestra el que pocos años más tarde publicara uno de los mejores tratados de armonía jamás escritos. Admiraba la música del XVII y XVIII. Pero sentía un impulso irrefrenable a liberar la melodía del compás y tono. Su música buscaba provocar una incertidumbre en el oyente, que a menudo se pierde sin la referencia de la tónica. No hay un grado armónico, no hay una "dominante"; ni tan siquiera contamos con la ayuda de una "nota sensible" que nos empuje hacia un centro tonal que calme tanta tensión.

Tal música, tal ejercicio de libertad (y en el caso del dodecafonismo, de rigor técnico) es, por decirlo con franqueza, insoportable si no se tienen grandes conocimientos musicales o una sensibilidad muy acendrada hacia lo contemporáneo. La música clásica moderna está al alcance de muy pocos; la gente no conoce ni una sola pieza atonal, pero cualquiera reconoce el "Concierto de Aranjuez" ¿Por qué?

Nuestro cerebro reconoce las armonías como propias, es capaz de anticiparse a un sonido; la estructura musical tiene una lógica que compartimos y necesitamos. Cuando falta, cuando el sonido se desestructura, lo que nuestra cloquea percibe es caótico, desorganizado. Por eso - lo confieso - no me gusta el sonido de Schoenberg, me exige demasiado; prefiero mil veces solazarme con el "Stabat Mater" de Poulenc, un autor denostado y calificado a menudo como mediocre. Su música me provoca emociones que nada tienen que ver con la desazón que sobreviene con la música de Stockhausen, Stravinski, Boulez o Holler. Les adjunto el video de la primera parte:

Y, sin embargo, reconozco que el problema es sólo mío. Quiero decir: Schoenberg no es un fraude ni estaba equivocado; el tiempo le ha dado la razón. El problema radica en mi imposibilidad técnica para entender la profundidad estética, la belleza interna que sin duda manifiesta su obra. No me gusta lo que no entiendo, y es importante en este punto ser humildes: es una lástima que, por desconocimiento, no pueda disfrutar de la música que se compone en la actualidad, pero jamás patearía ni silbaría en un concierto simplemente porque no entiendo lo que oigo. Envidio de veras a las pocas personas que conozco capaces de disfrutar de Mozart y de Berg por igual; maestros como Gordon Burt, cuyo íntimo conocimiento de la música le permite tales prodigios.

¿Les suena elitista lo que digo? Lo es ¿Cuánta gente creen capaz de comprender en profundidad la obra de Kant? Mucha menos de lo que pudiera parecer. Hay licenciados en filosofía que sólo alcanzan los estratos más externos de su pensamiento. Profundizar en Kant está al alcance de unos (muy) pocos. Schoenberg dejó dicho que “el arte es un mensaje para la humanidad, aunque no siempre está hecho para que lo entiendan todos”. Me sumo a esta declaración de principios; puede que no entienda a Schoenberg, pero su música, el avance que representa su investigación y su obra, representa un patrimonio del que me siento orgulloso. El que sea más o menos conocida no importa lo más mínimo.

El enemigo del arte es, en ocasiones, el propio artista, cuya búsqueda puede conducirlo al absurdo. Malevich creó en 1918 un cuadro denominado "Cuadrado blanco sobre fondo blanco", que se puede observar en la exposición permanente del MOMA. Es un lienzo blanco en el que aparece torcido un cuadrado blanco; nada más (y nada menos, me dirá un estudioso del arte moderno). Duchamp colocó un urinario en un museo de arte, y demostró que el marco en el que se expone la obra afecta a la esencia y percepción de la misma. En música, el mejor ejemplo nos lo ofrece John Cage. En 1952 compuso la obra titulada "4’ 33”. La partitura es una sucesión de símbolos de silencios. David Tudor, un famoso pianista, tuvo los redaños de interpretarla; imagínese la escena: el pianista aparece en el auditorio, saluda, se sienta frente al piano y se queda sin tocarlo exactamente 4 minutos y 33 segundos. Transcurrido ese tiempo, se levanta y vuelve a saludar.

¿Es esto arte? Por supuesto, es algo sujeto a debate. En la actualidad hay un intento de consensuar lo que es vanguardia y lo que es chabacanería. Pero es muy complicado definirse ¿Quién se atreve a patalear primero? La semana pasada vi en una exposición la obra de un artista reconocido. Consistía en tres vitrinas. En la primera había un folio de papel, y un letrero en el que ponía: "folio de papel". La segunda contenía un folio algo arrugado. En el cartel se leía "folio semiarrugado". Creo que se lo esperan: la tercera presentaba un folio arrugado en forma de bola. No hay sorpresas, el cartel ponía "folio arrugado".

De nuevo, ¿es esto arte? Debe serlo; no ha salido barato, y lo ha pagado un organismo público. Pero el asunto me plantea dudas. No por estar en una vitrina es arte ¿O sí? Hace tres años un periódico publicó el resultado de un curioso experimento. Situaron a Joshua Bell, uno de los mejores violinistas del mundo, y a su Stradivarius (de nombre Gibson ex Huberman) valorado en 3,5 millones de euros, en el metro de Nueva York. El joven maestro estuvo tocando vestido con vaqueros durante casi una hora, y únicamente recaudó 32 dólares y 17 céntimos. No se detuvo a escucharlo prácticamente nadie. Su técnica prodigiosa pasó desapercibida entre la vorágine de gente camino del trabajo ¿No les sorprende? Me pregunto ¿qué sucedería si colgara enmarcado un dibujo de mi hijo de cuatro años en un museo de arte moderno? ¿Protestaría la gente por la engañifa? ¿Pasaría desapercibido?

No me atrevo a apostar.


1909 Arquitectura

Pero es momento de acabar: un año más, 1909, y otra obra única.

En el distrito berlinés de Moabit, nos detenemos a contemplar una fábrica. Se trata de la Fábrica de Turbinas AEG, obra de Peters Behrens.

Con el cambio de siglo, la arquitectura sufre una convulsión tanto en sus concepciones como en sus objetivos. El Modernismo había dejado una herencia en forma de adornos y ornamentos que atentaban contra el racionalismo y la funcionalidad del edificio en sí. Se intenta por tanto eliminar todo lo que no sea esencia (funcional), y surgen lemas como "la forma sigue a la función" o "menos es más".

El pragmatismo y la funcionalidad no están reñidos con la estética. Pero si se diseña un edificio, primero se debe analizar en profundidad su uso, sacar el máximo provecho del espacio y la luz; se debe responder con inteligencia a los retos que la tecnología y los hábitos de vida plantean: Le Corbusier, por ejemplo, alzará las viviendas sobre pivotes para así dejar espacio al automóvil, una presencia cada vez más importante. Otro asunto que conviene destacar es el uso de materiales constructivos antes denostados, como el hormigón armado o el acero, con una significación estética que los dignifica. Si ambos están en la esencia misma del edificio, ¿por qué ocultarlos? Y, finalmente, la arquitectura abordará los proyectos como una entidad completa que engloba el edificio en sí y sus elementos accesorios: mobiliario, complementos, etc. Entramos en una era de arquitectos diseñadores, que pretenden tener un control absoluto sobre todos los elementos estéticos de la obra.

La Fábrica de Turbinas AEG es un primer intento de plasmar este nuevo concepto de la arquitectura, un esfuerzo por crear arte aplicado, además, a algo tan humilde como una nave industrial. No había precedentes: un artista iba a hacer historia diseñando una fábrica. Pero además de ser magnífico en su forma y acabado, el edificio aportaría luz, ventilación, ergonomía y espacio. Es la esencia misma del movimiento racionalista, del cual Behrens fue un precursor: la fábrica no sólo es bella y armoniosa en su sencillez; además aporta unas soluciones que mejoran las condiciones de trabajo en su interior.

Unos pilares de hierro, roblonados en los encuentros, enmarcan vanos en forma de paredes de cristal translúcido que permiten la entrada de luz natural a un espacio interior diáfano y enorme: 127 metros. Se asemeja a un templo clásico. Funcional pero cuidado hasta el mínimo detalle, el arquitecto se define como creador y firma un espacio imponente. ¿Por qué una fábrica no puede ser bella, además de funcional? Behrens diseño la papelería, mobiliario, productos industriales, anuncios, accesorios…

Peters Behrens, un nombre desconocido para una mayoría. Pero déjenme decirles algo: en su estudio aprenden el oficio cuatro jóvenes arquitectos, Walter Gropius, Mies van der Rohe, Adolf Meyer y Le Corbusier.

El germen de la arquitectura del siglo XX se encuentra en una fábrica de turbinas, casi oculta entre árboles, al norte de Berlín.

Tres años consecutivos, tres formas de ser diferente, tres nombres: Picasso, Schoenberg y Behrens.

Tres dentelladas a la mediocridad.

Antonio Carrillo.

martes, 3 de abril de 2012

Historias del casete


La edad adulta es un largo periodo de certidumbres. Tras los embates de la juventud, y antes de que nos sorprenda la ancianidad (la ancianidad siempre aparece por sorpresa, creo haberlo dicho antes), la edad adulta es un extenso páramo de siembra y recolección. A estas alturas de la vida ya hemos definido lo que somos, quién nos acompaña en este tránsito y dejamos una impronta en forma de descendencia. Todo correcto y acorde a la norma y costumbre de nuestro lugar.

Somos adultos, nos ganamos el pan que nos alimenta, respetamos la ley y hacemos lo posible por ser coherentes.

Tendemos, asumámoslo, al apostolado. No en vano, nos convertimos en progenitores. Y se produce un fenómeno curioso: rememoramos nuestro pasado con un ápice de añoranza. "En mi época" es una expresión de adultos. Nuestro discurso se vuelve, entonces, costumbrista; y hay un velo de aburrimiento y paciencia en los ojos de nuestros hijos. Son las "batallitas de papá".

Recordamos la primera ocasión en que vimos una televisión en color, el primer PC de sobremesa (que no tenía sistema operativo interno, y cuyos disquetes eran enormes y flexibles), la novedad del vídeo Beta o VHS, el lujo en forma de aire acondicionado en el automóvil, el avance que supuso la dirección asistida, la comodidad del mando a distancia... "es increíble lo que se ha avanzado en 35 años", "en mi época los niños jugábamos más en la calle", "jamás se me hubiera ocurrido hablarle así a un maestro", etc.

Lo que sigue es un ejemplo de discurso costumbrista. Si tiene más de 40 años, éste es también su discurso, estoy seguro. Y tengo la certeza de que se va a reír. Si tiene menos de 30, le sonará a discurso de su padre. No se preocupe; le queda poco para llegar a la edad de contar sus propias "batallitas". Es inevitable.

¿Saben? En mi (nuestra) época no había CDs, sino discos de vinilo, llamados LP, y unos objetos asombrosos protagonistas de nuestra adolescencia: los casetes.

El otro día encontré uno en un cajón de casa.

Los casetes era la manera barata que teníamos los jóvenes de grabar y oír nuestra música. Los LP eran caros, y no
siempre nos gustaban las 10 canciones que contenían. Los casetes, esas carcasas
de plástico con una cinta magnética dentro, nos permitían disponer de más música, hasta dos horas, podíamos llevarla con nosotros gracias al walkman y hacían posible grabar la música que tenía un amigo o la que oíamos por la radio. El casete fue un compañero fiel durante muchos años.Un amigo al que casi hemos olvidado.


El cassette nos convirtió en expertos rebobinadores blandiendo un bolígrafo "bic cristal". Su superficie hexagonal encajaba perfectamente en los agujeros de las bobinas. ¿Recuerda cómo girábamos el casete en el aire, mientras sujetábamos el bolígrafo con una mano?

Había tres tipos de casetes: los normales, los de cromo y, últimamente, unos llamados de metal, carísimos, inaccesibles, y en los que apenas se producía ruido de fondo. Eran, eso sí, preciosos. Lo del ruido de fondo se solucionaba accionando la opción dolby; aunque nunca me convenció del todo: las grabaciones perdían brillantez y se producía una pérdida considerable en los agudos. Con el tiempo, las pletinas evolucionaron, y podías incluso encontrar los inicios de la siguiente canción de manera automática. Esto es algo que asombrará a un joven de hoy que escuche música en formato mp3. En nuestra época, hacia el pleistoceno medio, perdíamos mucho tiempo buscando una canción.

El "fader" era también una herramienta imprescindible. Gracias a él podías aprovechar al máximo la duración de la cinta, disminuyendo progresivamente el sonido los últimos diez segundos. Con el fader se hacía desaparecer la voz del locutor de radio, y parecía que te habías comprado las últimas novedades discográficas; esto era especialmente útil en las grabaciones para fiestas, en las que querías quedar (ante las chicas) como un tipo moderno.

Las cajas de los casetes nos enseñaron el concepto de reciclaje. Cambiábamos las partes posteriores y anteriores según se iban rompiendo (eran bastante frágiles), y lo normal era encontrar elementos sueltos y desemparejados por cualquier rincón de la casa. Que un casete se encontrara en su caja correspondiente constituía una rara excepción.Las cintas de 120 minutos se encasquillaban a menudo, y tenías el inconveniente de tener que apuntar todas las canciones en un espacio extremadamente pequeño. La letra, diminuta, se hacía ininteligible. Cuando se rompía la cinta, se podía volver a pegar con cinta celo. Pero era un trabajo de gran precisión, para que luego no hubiera atascos al enrollarse.

El casete nos acompañó en viajes interminables, en los tiempos en los que no había autovías y los viajes duraban diez o más horas. La guantera del coche era un amasijo de cintas (sin caja) que se identificaban con nombres a menudo crípticos: "cantautores I",
"instrumental IV", "Rocío Jurado y otras"... El coche de nuestros padres se engalanaba con las empastadas voces de Mocedades, las canciones de Mari Trini, Serrat o Alberto Cortez, Camilo Sesto o Perales. Durante años, la canción de autor y melódica impuso su dominio.

Pero los hijos fuimos creciendo, y se hizo necesario llegar a un entente cordial. El casete ha sido un elemento revolucionario fundamental para la juventud de los ochenta, y creo que no exagero si afirmo que el muro de Berlín se debilitó en parte por las corrientes de modernidad y transgresión que facilitaron, entre otros factores, el intercambio imparable de casetes y, con ellos, de música rock, punk, heavy...

En nuestra pequeña revolución doméstica algunas cintas se hicieron su hueco en
la guantera del coche: Mecano, La Unión, Secretos, Cómplices... todo convenientemente "light"; hasta que se produzco la crisis, provocada por mi hermano Iñigo, quien, con valor, defendió su derecho a que se escuchara su (otra) música. Todavía recuerdo el volantazo de mi padre cuando sonaron las primeras estrofas de "Extremoduro":

"Hizo el mundo en siete días
y Extremadura el octavo,
a ver qué coño salía;
y ese día no había jiñado." (sic)

El casete dominaba esos espacios siempre fascinantes que eran los bares de carretera. Lugares fronterizos, de carteles de toros o bufandas de fútbol, repletos de humo y tortilla, en los que uno podía encontrarse vitrinas en las que se vendían navajas, productos de la tierra (aceite, queso o chorizo) e, indefectiblemente, todo tipo de cintas. En modernos expositores giratorios, salvaguardados por un candado, se exponían casetes de lo más variado; Carmela, el Fary, Bertín Osborne o sevillanas. Además, uno podía encontrar cintas de humor de Eugenio o Arévalo, siempre bienvenidas.

Yo, cuando parábamos, lo primero que hacía era curiosear los casetes.

Por último, el casete era una eficaz herramienta de conquista. A una novia le regalabas una selección exquisita de música romántica, actual pero sensible; algo que diera una buena imagen de ti. Te esmerabas con la letra en el papel que acompañaba a la caja, y siempre rompías la breve pestaña de la parte superior, esperando que así no se pudiera volver a grabar encima. Esas cintas, como nuestro incipiente amor, estaban destinadas a ser eternas.

Afortunadamente, y dado el carácter veleidoso de las pérfidas féminas, la cosa se solucionaba fácilmente poniendo una cinta de papel celo en el hueco. Con esta solución tan sencilla, se podía volver a grabar. No era cosa de desaprovechar un casete. Por desgracia, no había celo para curar el corazón desengañado a los quince años.

En fin, eran tiempos de radiocasetes Sony, enormes y pesados, con dos pletinas, que utilizaban unas pilas gigantescas que duraban poquísimo. Eran tiempos de pasar horas eligiendo música frente al equipo familiar, calculando el tiempo. Tiempos de espera y paciencia, con una banda sonora magnífica: Alan Parsons, Supertramp, Vangelis, Police, E.L.O.,...

No eran tiempos mejores, ni mucho menos. Eran sólo distintos. Todos los tiempos son distintos aunque, en lo más profundo, supongo que todos se parecen. No tengo intención de caer en la fácil trampa de la nostalgia.

Pero... no sé. En esta era tan digital, de luces led y espacios virtuales, el casete lo recuerdo como un objeto enormemente orgánico. Veías la cinta transcurrir lenta, al igual que decaen los granos imperceptibles de un reloj de arena; y una rueda se empequeñecía mientras otra se engordaba...

Los discos compactos y blu-ray se encierran y giran en espacios
tecnológicos, misteriosos y ocultos; nada que ver con los discos de vinilo, en los que la aguja navegaba sobre minúsculos surcos, a dos velocidades: 33 ó 45 (los "maxi sencillos", más baratos, a 45 rpm, con sólo dos canciones).

Todo parecía ir a otro ritmo.

Pero es un espejismo. Seguro. El recuerdo de un tiempo pasado que no volverá.

Cualquier tiempo pasado... pasó.

Antonio Carrillo