miércoles, 12 de noviembre de 2014

El español en peligro

 
 

Las poblaciones humanas presentan distintos rasgos fenotípicos tales como el tono de la piel, la forma del cuerpo, más redondo o alargado, o la cantidad de glóbulos rojos en la sangre. De este modo el humano se adapta a distintas condiciones medioambientales, en un cambio progresivo, gradual, que Julian Huxley denominó “clina”.

Con las lenguas sucede algo similar: hay una variación lingüística progresiva en el tiempo y el espacio, resultado de lo que llamamos un continuo o complejo dialectal.  Tanto es así que, de la misma manera que resulta difícil hablar de un “humano negro” prototipo, es muy complejo fijar el arquetipo pacífico de una lengua como la española; un idioma, por razones históricas y geográficas, constituido por múltiples dialectos, todos ellos distintos pero igualmente merecedores de llamarse “español”.

Y, dejémoslo claro una vez más para que no haya equívocos, no hay un español mejor que otro.

Sin embargo, considero que la fuerte variación diatópica (por razones geográficas) supone para la lengua española un grave riesgo de desnaturalización. Creo que hay señales de peligro que están pasando desapercibidas. Considero, en definitiva, que todos los hispanohablantes deberíamos reflexionar sobre la deriva errática que está tomando nuestra lengua común.

Para entender el origen del problema resulta imprescindible ofrecer una breve semblanza de este fenómeno de evolución cultural que llamamos español.

Todo comienza hace dos mil años, con tres provincias romanas en la península ibérica que presentan importantes diferencias: la rica y fértil Bética y la prestigiosa Lusitania, ambas en el suroeste, de donde proviene el tesoro del mineral, del aceite, el vino o la manufactura del famoso garum; la Tarraconensis al noreste, con menos riqueza material y un carácter más militar. En la Tarraconensis se encuentra Asturias, el último territorio conquistado por los romanos durante las guerras Cántabras, bajo el mando directo de Augusto. En los distintos territorios el latín adopta vocablos y expresiones celtas, íberas e incluso fenicias. El propio nombre “España” tiene un pasado fenicio. Significaba “playa de conejos”.

Con el desmembramiento del impero romano (un proceso gradual, pero que fecharemos en el 410 d.C.), y faltos de la fuerza centrípeta y aglutinante del gobierno imperial, regiones y valles de Hispania, ahora más aislados y bajo la dominación de invasores germanos, adoptan dialectos romances significativamente distintos unos de otros.

Hablo, pues, de hechos históricos y particularidades geográficas que determinarán la evolución de las distintas hablas peninsulares. En la Bética y la Lusitania, por ejemplo, romanizadas muy pronto durante las guerras Púnicas que enfrentaron a romanos y cartagineses, encontramos rasgos arcaicos en su latín. Un latín que proviene del sur de Italia. Algunos estudiosos defienden el hecho de que las diferencias léxicas y sintácticas en España son mayores que entre los países hispanoamericanos. Y después de lo dicho, no es de extrañar.

El mejor ejemplo lo tenemos acaso en la belicosa Asturias.

¿Han oído hablar del Eonaviego? Es un dialecto romance que se habla en unos pocos concejos (municipios) del occidente asturiano, una zona con apenas 40.000 habitantes, mezcla de asturiano-leonés, castellano y gallego. Por ejemplo, esta lengua peculiar tiene 7 vocales, como el gallego. Se habla únicamente en una zona situada junto a Galicia, zonas del noroeste peninsular que tienen de antiguo relaciones comerciales con la Lusitania (Portugal y parte de Extremadura) a través de la Vía de la Plata, una de las principales vías de comunicación terrestre, que parte de Mérida y acababa en Astorga (León); posiblemente los mismos caminos por los que el rico estaño tartesio transitaba de norte a sur rumbo a Fenicia o Grecia.

Un documento notarial del año 1.300, relativo al monasterio de Villanueva de Oscos, nos muestra la influencia gallega en el Eonaviego:

“Esta doaçon uos damos al dito moesterio por las nosas almas e de aquelos de que foy el dito herdamento".
 
Lo que resulta más curioso es que en la propia Asturias, unos valles más hacia el este (apenas unos kilómetros), el idioma (y el paisaje) cambia. El asturiano-Leonés es un idioma importante en la historia del español, porque es la monarquía asturleonesa la que inicia la reconquista cristiana. El dialecto castellano, que acabará siendo oficial, comparte con el asturleonés el hecho de tener 5 vocales, no 7 como el Eonaviego. Es decir: como Don Pelayo frenó en Covadonga el año 722 la acometida de los árabes (una zona asturleonesa y no eonaviega), usted y yo hablamos una lengua, el español, con cinco vocales.

El Padre Nuestro, en Asturleonés (también llamado bable), se escribe así:

Pá nuesu que tas nel cielu, santificáu seya'l to nome. Amiye'l to reinu, fáigase la to voluntá lo mesmo na tierra qu'en cielu. El nuesu pan de tolos díes dánoslu güei y perdónamos les nueses ofenses lo mesmo que nós facemos colos que mos faltaren. Y nun mos dexes cayer na tentación, y llíbramos del mal. Amén.

 


Lo que sigue es una historia de siglos en absoluto lineal; en el 711 los árabes habían invadido la Península Ibérica excepto, como dijimos, un pequeño enclave en el que se hablará el asturleonés. Dos siglos más tarde el Reino de Asturias se extiende hacia el oeste y se denomina Reino de León. En el 932 el llamado “Condado de Castilla”, bajo la figura señera de Fernán González, alcanza la categoría de estado autónomo y, un siglo más tarde, se denominará como Reino de Castilla, con su capital en Burgos. En la riojana Sierra de la Demanda se escribirán las primeras palabras en castellano (aunque esto plantea dudas) y, sí seguro, las primeras en un idioma extraño que nada tiene que ver con el latín: el vascuence. La España medieval se encuentra dividida pues en varios reinos: en los valles de los Pirineos, por ejemplo, se mantuvo otra lengua, más cercana al catalán y al gascón que al Asturiano, castellano o gallego: el navarroaragonés:
 
Pai nuestro, que yes en o zielo, satificato siga o tuyo nombre, bienga ta nusatros o reino tuyo y se faiga la tuya boluntá, en a tierra como en o zielo. O pan nuestro de cada diya da-lo-mos güei, perdona las nuestras faltas como tamién nusatros perdonamos a os que mos faltan, no mos dixes cayer en a tentazión y libera-mos d'o mal. Amén.
 
 
Los siglos transcurren y se avanza en la reconquista, una labor de siglos. Mientras, en los territorios dominados por los árabes de la antigua y rica Bética, los cristianos no convertidos hablan un idioma extraño, el mozárabe, un habla romance pero fecunda de términos provenientes del árabe y que se escribe con la grafía árabe. Cuando los territorios antaño musulmanes pasan a ser cristianos, los hablantes mozárabes adoptarán el idioma oficial del reino más poderoso, el castellano; pero impregnarán el mismo de palabras procedentes del árabe; un fenómeno más acusado cuanto más al sur se encuentren. Al español llegan palabras como tambor, alcalde, zanahoria, jarabe, almohada, tabique, tarea, ojalá, azufre, azul, aceite, aduana, noria, alcohol, naranja, café… todas provenientes del árabe. Con ello el español, como lengua que se impondrá en toda la península, comienza a tomar forma; pero se conserva una diferencia significativa entre los distintos dialectos peninsulares.

Lo que sucede en el sur peninsular nos importa, porque será de Andalucía o Extremadura de donde provengan buena parte de los hispanoparlantes que pueblen las américas. Y no me refiero tanto de la fonética, que determinará un habla distinta de la castellana, como del léxico y, muy especialmente, de la sintaxis.

En los territorios que se mantuvieron durante siglos bajo dominio árabe las tres religiones y culturas “del Libro”, árabes, cristianos y judíos, convivieron en relativa paz. Ello supuso, como ya he dicho, que el habla cristiana (romance), con su latín antiguo, se enriqueciese de vocablos árabes. La variedad léxica del sur es, en efecto, sorprendente. Permítanme, en este sentido, que ofrezca un ejemplo: mi madre era de Jerez de la Frontera y mi padre de San Fernando; ambas poblaciones de la provincia andaluza de Cádiz. A pesar de pertenecer a una misma provincia y de la poca distancia, a menudo mis progenitores empleaban palabras distintas para definir un mismo objeto. Por ejemplo: el juguete infantil volador que yo llamaba “cometa” (como en casi toda España), mi padre lo llamaba “barrilete” (como en zonas de Argentina, Cuba o Uruguay). Mi madre, sin embargo, lo conocía como “Pandorga” (al igual que en Paraguay).

La pregunta surge: De todas las acepciones propuestas, ¿cuál es la correcta?

La respuesta es: todas.

Sin embargo, esta pluralidad léxica, que considero un ejemplo de riqueza y diversidad cultural, sí plantea un problema a la hora de tener que escoger un término que pueda reconocerse universalmente por todos los hispanohablantes. Y volvemos al meollo del problema; si tengo que escribir un texto que se entienda en Asturias, Madrid, Andalucía, México, Uruguay o Panamá ¿Qué palabra empleo?

Porque, además, el léxico puede dar lugar a malentendidos. De nuevo abuso de una experiencia personal: hace casi 20 años me encontraba en un bar barcelonés, confieso que a horas intempestivas, acompañado por unos colegas de curso y conferencias. Uno de mis amigos, algo embriagado, hombre por lo demás de edad y ánimo sereno, catedrático reconocido de Derecho Laboral en su patria centroamericana, se animó a comentar en alto:

“Pues yo ahora me comería unas pollitas”

En su español americano, el verbo “comer” significaba algo así como “tendría una aventura amorosa con..” (por decirlo suavemente), y con “pollitas” decía “jovencitas”.

Todavía recuerdo el silencio incómodo en el bar.

También caben interpretaciones en sentido contrario: en España el verbo “coger” es sinónimo de agarrar, pero en buena parte de América resulta inadecuado su uso por razones de sobra conocidas. Por lo tanto, si voy a escribir un texto que va a ser leído en América, mejor haría en emplear un sinónimo para no herir susceptibilidades

 
Pero, lo decía, no sólo es el léxico. La Andalucía medieval, muy especialmente durante la época de esplendor Omeya, era refugio de sabios y pensadores, la reserva intelectual del occidente europeo. El contraste entre los reinos cristianos, rústicos y batalladores, y la cosmopolita y sabia Córdoba de Abderramán III era, simplemente, tremendo. Hablamos de un lugar en donde no sólo florecían la matemática, la filosofía, las ciencias de la naturaleza o la astronomía. Más importante incluso: el pueblo participaba de esta fuerza cultural que se manifestaba, por ejemplo, en frecuentes concursos públicos de poesía.  El público jaleaba al ganador con gritos de “Alá”, que con el tiempo hemos convertido en “Olé”.

La reconquista sirvió para que los vencedores del norte adoptaran costumbres más refinadas, embebidos de la riqueza del sur. Pero, además, se mantuvo en territorios más meridionales un gusto por el habla más rica en matices. Lo diré sin ambages: en Andalucía se pronuncia pésimamente el castellano si nos basamos en la ortodoxia fonética, pero es un castellano fecundo, exuberante. Por desgracia, se confunde “pronunciar” el castellano con “estructurarlo”, “construirlo”. Curiosamente, Lorca, Machado, Alberti, Juan Ramón Jiménez, Góngora, Bécquer, Cernuda, Zambrano, Francisco Ayala, Giner de los Ríos, Emilio Lledó, Madariaga, Muñoz Seca, Pemán, Nebrija… y tantos otros estudiosos y escritores. Todos ellos eran andaluces.

Y de esta habla rica es de donde proviene un español, el americano, que a su vez se enriquece de los vocablos precolombinos y de una dispersión geográfica increíble que genera múltiples dialectos.

Pero volvamos al término “cometa”, y en concreto a la palabra “barrilete” que empleaba mi madre en Jerez y Chipiona. En el extremo occidental de la provincia de Cádiz significa “cometa”, así como en Argentina, Cuba y Uruguay, en estos dos últimos países con la particularidad de que su forma debe ser hexagonal y más alta que ancha. Sin embargo en México, el país con un mayor número de hablantes del idioma español, “barrilete” significa aprendiz, especialmente de los abogados. En el resto de Iberoamérica y en España al que aprende el oficio de un abogado se le denomina de otra manera: “pasante”.
 

Y de nuevo un problema: “pasante” en México define a un licenciado que está preparando su tesis doctoral.  En el resto de la comunidad hispanohablante sería un “doctorando”, aunque en países como Chile, Bolivia o el propio México existe la palabra “tesista”.

Es un laberinto que se adivina interminable.

Si voy a escribir un texto que sea entendible para toda la comunidad hispanohablante, tendré que elegir unos términos y prescindir de otros. ¿Qué criterio elijo?

Para contestar a esta pregunta, lo primero que debo preguntarme es si hay un diccionario que sea referencia absoluta sobre la terminología del español. Y no es una pregunta absurda, porque de hecho hay más de un diccionario “oficial”. Me explico: la Academia Nacional de Letras de Uruguay, a quien compete la defensa del idioma oficial en el país sudamericano, publicó en el año 2011 el “Diccionario del Español del Uruguay”. Hay más de 10.000 voces o acepciones propias de los uruguayos y que “no son empleadas en el español estándar”.

¿Un ejemplo? “Auxiliar” en Uruguay es como se define a la rueda de repuesto de un automóvil.

Por cierto, ¿”Automóvil”, “coche”, “vehículo”, “turismo” o “carro”? ¿”Autobús”, “Guagua”, “autocar”, “ómnibus “o “camión”?

Hay también diccionarios del español de Honduras, de México o Argentina, por ejemplo, pero no todos redactados por las Academias de la Lengua.

Pues bien, en mi opinión sí hay un diccionario de referencia de la lengua española; es el Diccionario de la Lengua Española que edita la Real Academia Española en colaboración con la Asociación de Academias de la Lengua Española. Su carácter panhispánico e integrador se refleja en la intervención activa de la Asociación de Academias de la Lengua Española, y tiene su refrendo en la incorporación de nuevos americanismos usados en al menos tres países. También se han introducido guineanismos, de tal manera que en la edición vigesimotercera, recién editada, hemos pasado de 88.431 entradas a 93.111.
 
 

No sólo se citan expresamente a todas las Academias de la Lengua Española; además, el Diccionario tiene como denominación “Diccionario de la Lengua Española”, no de España o de la lengua de España. Es una obra de todos y para todos. Como dice la propia Academia, el Diccionario es uno de los principales instrumentos de que dispone para seguir velando por la esencial unidad de la lengua española.

 Pues bien, mi recomendación sería que, en aras de acordar un español estándar, utilizásemos el diccionario de la RAE como guía. Siempre que una palabra aparezca como un localismo, ya sea canario, andaluz, cubano o guineano, parece conveniente optar – siempre que sea posible – por un sinónimo más extendido y entendible por la generalidad de hablantes. Otra pista nos la ofrece el diccionario, cuando una entrada remite directamente a otra que resulta ser un sinónimo, y en donde sí se define su significado.
 

De lo que hablo es de (y sólo de) utilizar un español estándar en escuelas, traducciones o comunicaciones que afecten a más de una región, de tal manera que fijemos unas normas de uso común y que faciliten lo que es la esencia de todo lenguaje: su carácter de herramienta de comunicación. Porque, y cito textual lo que expresa la Asociación de Academias (todas las Academias de español): “si no existiera ese conjunto de preferencias comunes, y cada hablante emplease sistemáticamente opciones particulares, la comunicación se haría difícil y, en último extremo, imposible”. Más claro incluso: “La norma surge, pues, del uso comúnmente aceptado y se impone a él, no por decisión o capricho de ninguna autoridad lingüística, sino porque asegura la existencia de un código compartido que preserva la eficacia de la lengua como instrumento de comunicación”.

Como el español se habla en más de veinte países, es inevitable que haya normas y usos diversos. No hablo de que todos hablemos igual. Más bien hablo de “una expresión culta de nivel formal, extraordinariamente homogénea en todo el ámbito hispano, con variaciones mínimas entre las diferentes zonas, casi siempre de tipo fónico y léxico” (De nuevo la Asociación de Academias). Es la lengua de las escuelas, de los ensayos y libros científicos, de las traducciones dirigida a lectores de todo el mundo.

Pero esta homogenización de la que habla la Asociación de Academias de la lengua española corre serio peligro. No tanto porque en ocasiones se discuta la primacía de la RAE y su diccionario (que también), sino por la intromisión de extranjerismos que afectan no sólo al léxico, sino a la sintaxis. El español que se habla en los EUU difiere del que se enseña en las escuelas, pero corremos el riesgo de que su influencia viaje como una ponzoña a través de modismos ajenos al español culto.

¿Se han fijado? Hay una Academia Norteamericana de la Lengua Española. Pero no la hay de la lengua inglesa ¿Por qué? No hay Academias de la Lengua Inglesa en ningún país del mundo. Tampoco la cultura anglosajona sabe de Documentos de Identidad, ni su ordenamiento jurídico se basa en Códigos escritos, sino en la jurisprudencia. Es otra cultura, distinta a la nuestra. Y, créanme, en su seno el español estándar corre peligro.

Para un idioma un siglo, dos, no es nada. Pero bastan esos 200 años para que cambien sus estructuras, adentrándose, en palabras del hispanista Günther Haensch, en una senda peligrosa. Ya tenemos, al menos, tres españoles estándar: el ibérico, el rioplatense y el mexicano.

Nos entendemos, cierto, y estamos a tiempo de tomar conciencia del problema. Pero observo una tendencia clara al abandono, a una falta de rigor. Y hablo de España, en donde el español se empobrece por decenios, con una juventud cuyo conocimiento de la sintaxis es deficiente y su vocabulario paupérrimo.

Pensemos en términos de “activo económico”. Un mismo idioma derriba fronteras y fomenta el intercambio. Nos hace más ricos e influyentes. ¿Vamos a descuidar un recurso tan increíble? ¿Permitiremos que se asiente la frase “vacunar la carpeta” (vacuum the carpet) como “aspirar la alfombra”?

Sería una lástima, porque “alfombra” es una palabra de origen árabe. Forma parte de nuestra historia común, de nuestra identidad como hispanohablantes.

Es una hermosa palabra, que nos pertenece a todos.

Antonio Carrillo

jueves, 6 de noviembre de 2014

El español neutro



 
Yo vivo de la palabra.

Todos vivimos con y para la palabra.

Yo, además, vivo de ella.

Dirijo una empresa, una agencia de traducción. Un lugar de puentes livianos, cimentados de verbos y sujetos y asfaltados de adverbios y adjetivos. Todos los días se reciben encargos y se trazan rumbos nuevos, que buscan hermanar culturas y saberes con la diplomacia de la palabra traducida. Es una red que se acrecienta con los años, labores anónimas las más de las veces, que nos ha permitido ser testigos de excepción de la fascinante acrecida de un pais castigado de suyo por la historia y sus pésimos gobernantes.
 

Trabajo en la calle Mayor, frente a la Plaza Mayor, zona señera del Madrid más antiguo, en donde un pasado de siglos asienta un urbanismo de recodos, adoquines y piedras gastadas. Llevamos traduciendo sin descanso, en este mismo lugar, desde 1950. Las remodelaciones en los despachos no han callado del todo el rumor de esas primeras máquinas de escribir; los muchos diccionarios – hoy en franco desuso – permanecen en sus estantes como testigos mudos de una época en la que la traducción tenía más de oficio que de negocio.

Hablo de un pasado más digno y respetuoso con una labor difícil, que necesita de un aprendizaje de muchos años y que, de hecho, no acaba jamás. En Tradux, mi empresa, hemos adoptado un código ético que nos niega la opción de competir en un entorno hostil, de mercaderes y esclavistas.

Es algo de lo que estamos orgullosos, aunque nos cueste lidiar en lodazales y trincheras para las que nos faltan recursos y vocación.

Porque yo vivo de la palabra pensada y cuidada. De la palabra cultivada con el interés que se pone sobre lo que realmente importa. No siempre es el dinero. Además de las tareas propias de la gestión, en ocasiones ayudo en la revisión de textos.

En esta red intrincada y diaria de contratos, manuales o documentos oficiales casi siempre hay un mismo idioma al inicio o al final del sendero: el español. Nuestra lengua materna, la lengua a/desde la que traducimos.

Lo dije hace ya tres años y lo repito ahora: no hay un lenguaje fundamental; lo fundamental es el lenguaje. Hablar de un idioma mejor que otro es tan absurdo como defender la idea de un Dios más creíble o una música superior. Lo cultural, por diverso y subjetivo, rehúye todo intento de prelación, de preferencia. Sin embargo, la historia del español, su gestación, sus primeros pasos en un entorno cambiante y profuso en influencias lingüísticas diversas, su expansión hace 500 años por todo un continente… Son todos factores que convierten este idioma en un fenómeno cultural significativamente complejo. Tanto es así que, en ocasiones, más parece que habláramos de geolectos con diferencias tan significativas que ponen en solfa la existencia de una sola lengua.   
 
    

Los datos hablan por sí solos: el español es el segundo idioma del mundo como lengua materna, tras el Chino, con cientos de millones de hablantes, y es el único idioma que se habla en los seis continentes: América, Europa (sólo en España; el idioma oficial de Andorra es el catalán), África (es idioma oficial en Guinea Ecuatorial y en el Sahara Occidental, así como en las ciudades españolas de Ceuta y Melilla y las islas Canarias), Asia (En donde su presencia es testimonial: en Filipinas se le reconoce el estatus de lengua oficial para los documentos coloniales no traducidos, y existe una Academia Filipina de la Lengua Española; y en Israel hay una comunidad Sefardí cuya lengua es el ladino, una mezcla de castellano medieval, hebreo, algo de griego y turco) Oceanía (el español es el idioma oficial en la Isla chilena de Pascua; y querría citar el caso de la isla de Guam y su idioma, el chamorro; una mezcla de polinesio y español. Un idioma en las antípodas de España y que tiene en su alfabeto la letra ñ, con palabras como “saludu”, “amigo”, “Buena”, “yo”, “adiós” “probecho”, “nabidat”, “aire”, “noche”….) y la Antártida (en donde sólo hay dos asentamientos civiles, con escuelas, uno argentino y otro chileno. En ambos se enseña como lengua nativa el español).

La variación diatópica del español es un asunto que nos debería ocupar a todos, porque en nuestro idioma tenemos un tesoro que estamos obligados a preservar. La lengua es algo vivo, cambiante. Pero debe cuidarse de la influencia empobrecedora de los extranjerismos, así como de la falta de rigor en su uso y enseñanza. Si optamos por el camino más cómodo, corremos el riesgo de sucumbir a una corriente falsamente igualitaria en la que se prefiere obviar la excelencia. No digo que debamos hablar cotidianamente cuidando escrupulosamente las formas; ello atentaría a la función primera de todo lenguaje: comunicar algo de forma espontánea en un entorno sociocultural determinado. Pero si escribo un artículo periodístico, me expreso en televisión o traduzco un texto, es necesario (exigible, diría) un conocimiento de las normas gramaticales y lexicales más básicas que determinan lo que es correcto y lo que no. Existe, de hecho, un Diccionario Panhispánico de Dudas, redactado por las Academias de España, Colombia, Ecuador, México, El Salvador, Venezuela, Chile, Perú, Guatemala, Costa Rica, Filipinas, Panamá, Cuba, Paraguay, Bolivia, República Dominicana, Nicaragua, Argentina, Uruguay, Honduras, Puerto Rico y Norteamérica. Su publicación representó un gran logro en la dirección correcta, aunque puede que resulte insuficiente.

Con el español nos enfrentamos a un serio inconveniente (o una gran suerte, depende de cómo se mire). Una particularidad gramatical puede ser correcta y aceptada en un determinado ámbito geográfico, pero no en otros. Hablo de opciones que, sin dejar de ser legítimas y reconocidas por las Academias de la Lengua del país en cuestión, sin embargo resultan ajenas y extrañas al resto de los hispanohablantes. Hablamos una lengua rica y diversa.

El español nació en un entorno cambiante, sometido a fuertes variaciones por razones geográficas o culturales. De hecho, en España acabaron surgiendo cuatro idiomas oficiales, reconocidos como tales por la Constitución Española: el español, catalán, gallego y vasco. Por si esto no bastase, la España en la que nace el español es un territorio agreste, que facilita con el paso del tiempo la consolidación de dialectos muy diferentes unos de otros (España es el segundo país más montañoso de Europa, justo detrás de Suiza). Pero, además, es un territorio en el que la reconquista provoca constantes movimientos migratorios y una interrelación inevitable entre una España cristiana y otra árabe, en la que se habla un idioma, el mozárabe, que si bien procede del latín se escribe con el alfabeto y muchos vocablos árabes.

Durante 500 años perduró el mozárabe en zonas del sur peninsular, lugares de donde provinieron buena parte de los expedicionarios que se hicieron a la mar en pos de la aventura de las Indias. Ello explica que el español que se habla en América presente rasgos similares al español del sur de la península.

Si a ello sumamos los 500 años transcurridos tras la llegada de los españoles a los territorios de ultramar, la enorme extensión que acabó adoptando el español como idioma materno y las influencias de las lenguas precolombinas en las distintas áreas, no resulta extraño que sea difícil llegar a un acuerdo sobre lo que podríamos llamar un “español neutro” o “español internacional”. Es decir, un español válido y asumible en cualquier país de habla hispana.

Es un tema muy delicado, porque puede parecer que se intenta imponer un español más culto u ortodoxo, y en absoluto es así. De hecho, no creo que exista un español ortodoxo; hace cien años el español que se habla en Castilla podía arrogarse tal derecho. Pero hoy en día, afortunadamente, no es así. Insisto en ello: no hay un español mejor que otro. Lo que sí hay es un buen o mal uso del español, y la necesidad de acordar claves que nos ayuden a definir un español lo más neutro posible, por mor del entendimiento mutuo entre todos los hispanohablantes.

En el caso de las traducciones, el asunto es de una enorme importancia. Imagine: una empresa alemana o china quiere traducir su página web a un idioma en alza como es el español. Pero, claro está, sólo precisa de una traducción. No de 20.

¿Qué español se escoge? ¿El que se habla en México? ¿El argentino? ¿El cubano? ¿El colombiano? ¿El de Burgos? ¿El de Madrid?

Son tales y tan significativas las diferencias que la pregunta es pertinente. En un próximo artículo intentaré esbozar una respuesta.

Por el momento, dejo una reflexión en el aire: el español se asienta, a pasos agigantados, en Norteamérica. Ya ostenta, tras México, el rango de segundo país por número de hispanohablantes. Sin embargo, el español que se habla en EEUU presenta tal cantidad de “injertos” del habla inglesa que resulta extraño; han bastado dos generaciones para que de la calle surja un dialecto con nombre propio: el espanglish. Este hecho, ¿es factible evitarlo? No lo creo. ¿Es inconveniente? Tampoco. Los humanos, seres sociales, nos adaptamos rápidamente al entorno cultural y escogemos palabras que nos ayudan a transmitir y comprender un mensaje. Es normal que los hispanohablantes adopten palabras del inglés, especialmente en el lenguaje técnico. Sin embargo, considero imprescindible insistir en que el español que se enseña en las escuelas, que se escribe en la prensa o con el que se expresa un locutor debe ser formalmente correcto. Comprensible, sí, pero acorde a las normas gramaticales y lexicales que rigen este idioma. Yo puedo hablar un español informal con mis amigos, pero el español que aprendo y leo debe ser, en lo posible, correcto. En este sentido, más peligroso que el espanglish me parece la avalancha de anglicismos que observo en muchos países.

Pondré un ejemplo de hoy mismo: una traducción en la que el sujeto “tomaba” clases de… Pues bien; según la RAE el verbo “tomar” tiene ¡es increíble! 39 significados. El primero de ellos es “coger”. Sin embargo, ninguno de los 39 hace referencia al acto de “cursar” determinados estudios ¿Por qué entonces lo de “tomar”? Porque, y es una suposición, en inglés se emplea el verbo “take”, que significa “tomar” en español. Si estoy en lo cierto, el uso del verbo “tomar” como sinónimo de "cursar", algo muy extendido, es incorrecto.

¿Peco de exquisito? Fijar un idioma es preservarlo de su disolución. Las normas existen porque todo idioma precisa de una estructura compartida y asumida por sus hablantes. Si no es así, si se generan enclaves en los que se abandona el habla culta a favor de un habla popular progresivamente distinta, ocurrirá como sucedió con el latín. El español, italiano o portugués son hijos de un mismo padre, pero con el abandono de la enseñanza y uso del latín clásico se emanciparon en un proceso irreversible.


Lo mismo puede suceder con el español. Y no sería bueno. Demostraría una desidia insoportable por nuestra parte y nos haría perder influencia como sociedad hermanada por un mismo idioma.

Hablamos español. Hagamos gala de ello y cuidemos de lo que es nuestro.

Podemos sentirnos orgullosos


Antonio Carrillo

martes, 28 de octubre de 2014

La voz de Dios


 
Son quince notas.

Una melodía muy simple. Una sucesión de blancas y negras, en un ritmo ternario, un compás hipnótico de tres tiempos. El ritmo al que cantan las olas.
 
 

Son quince notas, en ocho compases. Fíjense al principio: la melodía se toca quedamente por el bajo, en apenas treinta segundos. Medio minuto y quince notas que se suceden. Parece poca cosa.

 

Enseguida (30 segundos) el bajo repite la melodía, pero surgen otras voces. Es lo mismo, pero distinto. Las ocho notas ya no están desnudas; revestidas ahora de sonidos de seda, que apenas las rozan, las notas miran hacia lo alto, embelesadas.

Una tercera vez (1 minuto). El bajo ostinato de nuevo vuelve a insistir en su lamento de tonalidad menor; y unas voces, distintas de nuevo, conversan con él. Todo es delicado, etéreo.

La cuarta vez que el bajo repite su canción (1 minuto y 26 segundos) hay un sonido que se eleva, más alto. Hay dos melodías ahora, hermanadas. A este fenómeno lo llamamos contrapunto, y asistimos a su forma última, suprema.

Lo que está escuchando es música en su estado más puro. Stokowski opinaba que esta obra era a la música lo que una catedral a la arquitectura: una de las obras más espirituales y perfectas jamás concebidas.

Hasta veinte variaciones se suceden, una tras otra, todas distintas e iguales; hipnóticas en su complejidad y sencillez. Es una paradoja difícil de entender. En tu mente la melodía primera permanece siempre, incluso en los fragmentos en los que no está.

Lo que está escuchando es una obra que Bach compuso con apenas 21 años, una Passacaglia y fuga. Hay una armadura de clave con tres bemoles: si, mi, la. La obra está escrita en la tonalidad de Do menor.

El maestro alemán la compuso para órgano; pero lo que le propongo que escuche es una transcripción para orquesta realizada por Stokowski, el director que comenzó siendo organista. En realidad es un pequeño (gran) sacrilegio, pero la orquesta, el más sublime de los instrumentos junto con la voz humana, aporta una infinita variedad de timbres que afinan, delimitan, las muchas voces que intervienen en esta obra. Además, el órgano es un instrumento muy difícil de grabar con la suficiente fidelidad.

El órgano está sustancialmente ligado a una atmósfera, a un entorno que le ofrece algo más que acústica. Pero esto es muy difícil percibirlo con una grabación. Al menos, esa es mi opinión.

En todo caso, pido disculpas por el atrevimiento.

Hay, dentro de la obra, claves numéricas: las 20 variaciones se dividen a su vez en dos grupos de 10 (como los Mandamientos). En la décima variación, por ejemplo, (4 minutos y 47 segundos) la melodía del bajo desaparece. En la partitura para órgano reina el silencio. Sin embargo ¿no lo escuchan, aunque no esté?

 

También se pueden dividir las variaciones en grupos de cinco. Por ejemplo, al comienzo de la quinta variación (2 minutos 18 segundos) cambian las notas del bajo. Ya no son sólo blancas y negras. Cuando el sonido pierde la continuidad y se hace quebradizo, más vulnerable, se dice que está rielando. Es decir: que brilla con luz trémula.

He leído que esta composición simula la forma de una cruz. Es discutible y, en todo caso, intrascendente.

La obra termina (8 minutos, 50 segundos) con una fuga maravillosa, al principio con la melodía asumiendo el protagonismo de la mano derecha; más tarde, en el minuto 9 y 21 segundos, la melodía regresa al bajo; y se suceden diálogos en los que se pierde por momentos (nunca del todo) y regresa. La obra finaliza a los 14 y 54 con un majestuoso acorde en Do mayor.

No pretendo hacer una guía de audición. Lo único que les ruego es que la escuchen con calma, en silencio. No son más que 15 notas ¿saben?, repetidas de muy diversas maneras durante 15 minutos.

Pero, desde hace ya muchos años, estas 15 notas me acompañan y confortan. Es algo que quería compartir.

En este link he elegido la obra, en la versión editada por DECCA con la Orquesta Filarmónica Checa dirigida por el propio Stokowski:


¿Saben? Les envidio si es la primera vez que la escuchan.
Que la disfruten.
 

Antonio Carrillo

lunes, 20 de octubre de 2014

Aristóteles. Poética. El arte de la escritura

Dedicado a Carmen Segovia, y a su palabra





Conviene volver a los textos clásicos. Siempre resulta fascinante rescatar una voz fallecida hace 2.400 años, y que ha servido de inspiración a toda una civilización.

La nuestra.

Aristóteles es, con toda seguridad, una de las personas más inteligentes que hayan existido jamás. Su curiosidad era proverbial; su capacidad, increíble. Tuvo que crear de la nada los fundamentos teóricos de muchos ámbitos del saber humano, y nadie ha sido tan influyente en tantos aspectos de la ciencia y del conocimiento.

"La Poética" es, probablemente, el estudio literario que ha ejercido una mayor influencia durante siglos; pero no son más que anotaciones, apuntes que el autor disponía para servir de apoyo durante sus clases orales peripatéticas. Está construido por fragmentos ,a veces inconexos; simples recordatorios de lo que constituía el meollo de la charla.

Lo que no sabemos, lo que hemos perdido, puede ser inmenso.

De todos modos, los breves apuntes a los que me refiero son válidos para establecer unas pautas simples, unos cánones de obligado cumplimiento para quien pretende convocarse al regazo de las musas de la literatura.



La magnitud


La belleza consiste en magnitud y orden, por lo cual no puede resultar hermoso un animal demasiado pequeño (ya que la visión se confunde al realizarse en un tiempo casi imperceptible), ni demasiado grande (pues la visión no se produce entonces simultáneamente, sino que la unidad y la totalidad escapan a la percepción del espectador)


Toda obra tiene innata una duración, un tiempo y espacio.

Hay una enseñanza básica que conviene observar siempre: el autor escribe, cierto; pero, por encima de todo, borra.


Lo accesorio


Es preciso (...) que las partes de los acontecimientos se ordenen de tal suerte que, si se traspone o suprime una parte, se altere o disloque el todo; pues aquello cuya presencia o ausencia no significa nada, no es parte alguna del todo.


Los aderezos innecesarios confunden al lector. La obra atesora una coherencia interna tal que no sobra ni falta una sola nota.

¿Difícil? Por ello escribir es un don al alcance de muy pocos.


la emoción


El temor y la compasión pueden nacer del espectáculo, pero también de la estructura misma de los hechos, lo cual es mejor y de mejor poeta.


Se pueden utilizar todo tipo de trampas que sirvan de atajos en la senda de la emoción. Pero la obra, contenida, debe ser capaz de alimentar por sí misma tales sentimientos, sin provocarlos artificiosamente. Sin prefabricar ni imponer el efecto, diría Eco.



El artista

El arte de la poesía es de hombres de talento o de exaltados; pues los primeros se amoldan bien a las situaciones, y los segundos salen de sí fácilmente.


¿De dónde proviene la creatividad? De los adentros, claro está. Hay personas que se saben escuchar, y recrean ese soliloquio transformándolo en diálogo; y las hay que no distinguen con facilidad el universo interior de la realidad objetiva.

Los segundos pueden llegar a ser artistas si no se les diagnostica y medica a tiempo.


Las partes 


Toda tragedia tiene nudo y desenlace


Esta afirmación de Perogrullo es de lo más conveniente, porque a menudo los autores pierden de vista aspectos tan básicos como que el nudo llega desde el principio, o bien que muchos, después de anudar bien, desenlazan mal. Este es un problema muy común; pocas cosas hay tan difíciles como saber poner fin a una obra.



La mesura


La mesura es necesaria en todas las partes de la elocución; en efecto, quien use metáforas, palabras extrañas y demás figuras sin venir a cuento, conseguirá lo mismo que si buscase adrede un efecto ridículo


Si se siguiera a rajatabla este consejo, se publicaría sólo un 10% de lo que repleta hoy las estanterías de las librerías, incluidos algunos éxitos de ventas que quieren parecer literatura y son, en realidad, humo de especias.

O una especie de humo.


Metáforas


Lo más importante con mucho es dominar la metáfora. Esto es, en efecto, lo único que no se puede tomar de otro, y es indicio de talento; pues hacer buenas metáforas es percibir la semejanza.


Fundamental. La metáfora nos permite llegar a lugares que la razón no alcanza, y explicar lo que no tiene explicación posible, y recrear lo que nunca debió de existir. Es indicio de talento, y no puede imitarse ni robar de otro. Se tiene o no. Y basta.


Verosimilitud


Se debe preferir lo imposible verosímil a lo posible increíble


Hay un orden último que debe respetarse, dice Aristóteles, el de la verosimilitud. Esta exigencia hace del trabajo de crear (pues de trabajo hablamos) algo más complicado aún. El autor debe constreñirse a lo creíble, aunque resulte imposible de facto. De este modo, el lector puede embarcarse en un trayecto no exento de imaginación ni de fábula, pero coherente al fin y al cabo. Aristóteles le dedica un precioso elogio a Homero, cuando dice que fue el gran maestro de los demás poetas en decir cosas falsas como es debido.



Y basta, en lo que pretendía ser un artículo breve. Pero no puedo terminarlo sin hacer mención a la magnífica edición con la que he trabajado. Se trata de una edición trilingüe griego/latín/español de la editorial Gredos traducida, ni más ni menos, que por Valentín García Yebra.






Acabaré con las últimas palabras de su magnífica introducción:



Espero que mi traducción no merezca críticas tan duras como la de Sepúlveda contra Alcyonio. En todo caso, prometo no seguir el ejemplo de éste. No compraré los escritos de mis censores para quemarlos, sino para enmendar mis yerros. Y antes echaría al fuego mi propia obra que las de quienes me demostrasen que merecía quemarse.


Querido lector, si es usted traductor o escritor, grábese con fuego las palabras del maestro.


Antonio Carrillo Tundidor

viernes, 17 de octubre de 2014

El lenguaje como arma






El lenguaje es un arma. Una herramienta poderosa capaz de derribar los más altos muros. Una luz que ilumina tenue lo que prefiere permanecer oculto. 

Propondré tres ejemplos en los que el lenguaje muestra su músculo apoyándose en la lógica, la creatividad y el humor.


Lenguaje y lógica.

21 de septiembre de 1860. Frankfurt del Meno, Alemania. Empieza a hacer fresco. La asistenta del filósofo Arthur Schopenhauer se adentra, como cada mañana, en la habitación del maestro. Lo encuentra muerto, sentado en su sofá. Conserva un atisbo de sonrisa en su semblante.

Ha vivido 72 años. Durante este tiempo, ha preferido a menudo la compañía de sus perros a la de las personas, y se ha declarado abiertamente ateo, y admirador de España. La sociedad de su época no siempre le ha reconocido sus muchos méritos; sin embargo, su pensamiento y su magnífica prosa iluminarán la obra de autores como Nietzsche, Kierkegaard o Freud.

En un cajón de su escritorio se encuentran encuadernadas apenas 44 páginas de una obra sin título. Schopenhauer había expresado anteriormente sus dudas sobre la conveniencia de haber escrito sobre las "estratagemas de la mala fe que tan frecuentemente se utilizan al discutir"; incluso llega a afirmar que le "repugnan la iluminación de todos estos escondrijos de la insuficiencia y la incapacidad, hermanadas con la obstinación, la vanidad y la mala fe". Sin duda, hubiese preferido no dedicar su tiempo a algo tan peligroso, y mucho menos hacerlo público; sin embargo, se publica una primera edición en 1864.

Alianza Editorial ofrece el año 2002 una edición de bolsillo de "El arte de tener razón". El texto original alcanza las 50 páginas, en formato muy pequeño; es un librito minúsculo. Su contenido sorprende: se suceden 38 estrategias dialécticas que conducen, inexorablemente, a imponer cualquier criterio en una discusión. Uno a uno, Schopenhauer desgrana los procesos lógicos que se pueden encontrar en el transcurso de un diálogo y, como si de una partida de ajedrez se tratara, va proponiendo movimientos discursivos que  conduzcan, finalmente, a imponer un determinado punto de vista, aunque el protagonista no tenga la razón de su parte.


La verdad, en realidad, carece de importancia.

Con el uso de esta dialéctica erística utilizaremos, si es preciso, argumentos falsos y estrategias que escondan trampas, a menudo éticamente reprochables. Ello resulta irrelevante. Estamos inmersos en una batalla y sólo nos mueve el afán de victoria. A cualquier precio.

Es un juego, entonces, diabólico, en el que el intelecto puro abate inmisericorde toda resistencia, acorralando al contrario hasta dejarlo exhausto, inerte, furioso, confundido o falto de argumentos. Como si de un árbol de decisiones se tratara, Schopenhauer ofrece una respuesta lógica a todos los impedimentos que el contrario pueda argüir. El intelecto se pone al servicio no de la verdad, sino del convencer. 38 puñetazos duros como piedras, fríos como mármol.
 
 
Es, en verdad, un libro tremendamente peligroso. Por lo actual.

Lenguaje y creatividad.
 
Es la primavera del año 2000 en el Estado de Virginia, y un grupo de antiguos oficiales se presentan en la residencia de Paul Van Riper, oficial veterano del Vietnam y ex-presidente de la Universidad del Cuerpo de Marines; un viejo militar muchas veces condecorado que relee, en su retiro, antiguas obras de estrategia militar. Sus antiguos colegas vienen a pedirle que participe en un juego de ordenador, en una simulación de guerra que ha costado 250 millones de dólares. Le piden que ocupe el lugar del enemigo.
 
Estados Unidos considera el Golfo Pérsico una zona peligrosa, y quiere prever cualquier contingencia con la que pueda encontrarse. La superioridad del ejercito norteamericano es siempre abrumadora y, sin embargo, nada se deja a la improvisación. El Pentágono ha diseñado el mayor escenario de guerra virtual que se haya preparado jamás: el "Millennium Challenge". Cualquier contingencia puede preverse; nada se deja al azar.

 
 
Durante la preparación del juego, Van Riper desgrana algunas órdenes extravagantes que los informáticos traducen al programa de simulación. Mientras tanto, se cruzan apuestas ¿Cuánto va a tardar en rendirse el ejército enemigo? ¿24 horas ¿Tres días? ¿Lograrán mantener sus posiciones una semana? Nadie cree que aguanten tanto. De hecho, durante el primer día de simulación, el ejército norteamericano, seguro ya de su victoria, lanza un ultimátum con las condiciones de la rendición; pero el ejército de Van Ripel comienza a comportarse de una manera inesperada.
 
48 horas más tarde el ejercito de los EEUU se ve obligado a rendirse incondicionalmente y deciden parar la simulación para saber lo que sucede. 16 buques americanos, portaaviones y cruceros, están dañados o hundidos por misiles ocultos en pequeños barcos pesqueros. 20.000 soldados de los EEUU han muerto sin que su propio ejército pudiese disparara ni una sola vez.

Este caso verídico procede del ensayo "Inteligencia intuitiva" escrito por Malcolm Gladwell, y publicado en castellano el año 2005 por la editorial Taurus. Es un ejemplo magnífico de cómo la creatividad, o la intuición, resultan un arma formidable si se emplean canales adecuados de expresión. Van Ripel sorprendió al ejército norteamericano porque no hizo lo que se suponía que debía hacer, pero además porque utilizo lenguajes inesperados que superaron toda barrera tecnológica.
 
 
Los analistas no entendían cómo la operativa de los aeropuertos o los mismos teléfonos móviles del ejército de Van Ripel no se habían visto afectados por las emisiones de microondas, que inutilizaban todo dispositivo tecnológico y toda posibilidad de comunicación.


Descubrieron que los aviones operaban  normalmente siguiendo señales luminosas por la noche, y los pilotos aprendieron un lenguaje improvisado, obedeciendo las indicaciones de enormes banderas agitadas en lo alto de las torres de control (un sistema que se emplea en la mar desde hace siglos). Los mensajes importantes iban todos ocultos en textos religiosos, intocables para las patrullas norteamericanas, y se emplearon palomas mensajeras y motocicletas  de pequeña cilindrada para transmitirlos.
 
Con la victoria de Van Ripel, la creatividad se impuso al músculo.

Lenguaje y humor.

R.B.A. Libros publica el año 2009 en castellano la primera gran biografía dedicada a uno de los personajes más abyectos del siglo XX: Heinrich Himmler. El autor, Peter Longerich, dedica 700 páginas repletas de datos, fechas y citas a la tarea hercúlea de desentrañar la personalidad del caudillo de las SS, responsable directo del genocidio de millones de personas.

En este ámbito cruel e inhumano, se preguntarán ¿Dónde puede florecer el humor?

En julio y agosto de 1941 los valientes soldados de las unidades de caballería de las SS fusilaron a hombres, mujeres y niños judíos en zonas de Lituania, Letonia y Polonia. En un principio, la orden relativa a la zona de los pantanos de Prípiat detallaba que "los pobladores "racial o humanamente inferiores" debían ser fusilados, las hembras y niños deportados; el ganado y los alimentos embargados. Las aldeas serán arrasadas a fuego". 

El 1 de agosto se endurece la orden; el II regimiento de caballería recibe la orden expresa de Himmler de "fusilar a todos los judíos y empujar a las hembras a los pantanos". La I unidad de caballería recibió órdenes similares.


A partir de ese momento, se desencadenó el horror; Himmler siempre exigía más muertos. Se iniciaron una sucesión de matanzas que culminaron en sucesos como el Kamenez/Poldolsk, con 23.000 muertos en 3 días, o la masacre de septiembre de Kiev, con 33.771 judíos fusilados.

Un ejemplo retrata la catadura moral del sujeto: El 15 de agosto, en el curso de un viaje a Baranowicze, Himmler, acompañado de un séquito de dirigentes de las SS y periodistas asistió, según su propio diario, a un fusilamiento masivo de mujeres y hombres. Como la ejecución fue rodada por un cineasta, aparece en la diario como "Cena en tren. Noticiario Semanal. Película". Para él la matanza no era tal; rodaban una película.

Tras la primera descarga, Himmler se acercó a la fosa, y observó que alguien seguía vivo. Ordenó a un teniente que lo rematara en su presencia. Estaba fascinado.

Insisto ¿Y el humor?

A Himmler se le debía combatir con balas, qué duda cabe, pero el verdadero antagonista de Himmler no es otro soldado. Lo opuesto a Himmler es un humanista, o un cómico. Facundo Cabral decía que "todo cantor es una buena noticia, porque un cantor es un soldado menos". Frente a Himmler, Hitler, Stalin o Pol Pot, la figura que representa la civilización no habla; es un vagabundo mudo que pasea un bastón cimbreante y se muestra caballeroso, torpe y desgreñado, pero digno. Cuando finalmente habló lo hizo en la película "El gran dictador", poco antes de la época de las matanzas del este de Europa, proclamando su amor por la democracia, la libertad y el hombre.

Pero ¿Y el humor y Himmler? No se me olvida.

Recordemos que el 1 de agosto había ordenado empujar a mujeres y niños judíos a los pantanos. La Unidad montada del II Regimiento de Caballería se había negado sistemáticamente a fusilar a mujeres y niños. Sin embargo, la orden de su superior era explícita, y debía ser obedecida por los militares.

Y obedecieron. Pero al pie de la letra. Ordenaron a las mujeres y niños que se descalzaran y se introdujeran en el pantano. Allí se mantuvieron en pie un tiempo, con el agua por los tobillos. Después, los dejaron ir, y enviaron el siguiente radiomensaje a Himmler:
 

"Empujar a las mujeres y los niños a los pantanos no tuvo el éxito esperado, pues los pantanos no eran lo suficientemente profundos como para permitir el hundimiento"

La historia, sin embargo, no tiene un final feliz. No podía tenerlo. La unidad montada del II regimiento acabó cediendo a las presiones y fusiló más de 25.000 mujeres y niños judíos. Pero por un instante, sólo por un instante, Himmler recibió el telegrama que merecía. El humor y la burla frente a la arrogante necedad del tirano.
 
 
Porque cualquier animal puede matar, pero sólo el humano ríe.


Conviene no olvidarlo.

Antonio Carrillo Tundidor.