jueves, 7 de agosto de 2014

Una sonrisa de verano: La verdadera historia del Diferencial Alemán y la Prima de Riesgo




Juan me había pedido que recogiera a su prima Teresa, que llegaba en autobús procedente del norte. Nadie más tiene coche, y nunca he sabido decir que no. 

Mala combinación.

Soy el orgulloso propietario de un Audi 100 2.2 E que heredé de mi abuelo. Veinticinco años tiene mi vehículo, y todavía rinde servicio en las comarcales curvas del pueblo. Tiempo ha que dejaron de funcionar cristales eléctricos, limpiaparabrisas y aire acondicionado, y es cierto que algo traquetea la dirección; pero 386.000 kilómetros es mucho trecho, y más teniendo en cuenta el firme irregular que ha debido transitar. Si bien fue diseñado para rodar majestuoso sobre asfaltos impolutos, mi pobre coche soporta una existencia agitada de saltos, giros bruscos y caminos embarrados. Pero nunca ha mostrado reticencia alguna ante las exigencias de una vida rural; antes bien, mi Audi es una institución en el pueblo. Ante cualquier contingencia, siempre acudían a mi abuelo para un traslado urgente a la ciudad.

Heme aquí camino abajo en busca de la tal Teresa, de la que nada sabía. "Es generosa de carnes y tiene el pelo rubio", me había dicho Juan. Pocas indicaciones me parecieron, por lo que pergeñé un plan astuto. Nada más llegar a la estación de autobuses, me situé con un cartón enorme que sostenía en lo alto, en el que podía leerse: "transporte (gratis) Teresa prima de Juan el de la Jacinta".

Al poco, me vi sorprendido por la aparición de una belleza sin par, trigueña la cabeza, enjuta de cintura y generosa de pechos. "Soy Teresa", me dijo la diosa, "y por Dios baja el cartel de los cojones", añadió, con una voz bellísima.

Demudado por tan grata presencia, salí al calor de la calle llevando caballeroso su equipaje. Mi Audi resplandecía aparcado bajo un sol de justicia, justo enfrente. "¿Vamos a ir en eso?" preguntó la futura madre de mis hijos. "En efecto", respondí ufano. Sin duda, no esperaba Teresa transporte tan señorial como un Audi clásico, y yo me sentía - he de confesarlo - henchido de orgullo.

Tras forcejear unos instantes con la manilla, conseguí abrir la puerta, y pronto estuvimos de camino al pueblo, felices ambos y frenético yo. Despedía Teresita un olor exquisito, y me atrajo sobremanera que llevara el pelo Rubio intenso en su mayor parte y negro caoba en las raíces, donde nace de natural. Sin duda, la muchacha tenía buen gusto y apetecía de seguir las últimas tendencias de la capital. No me perdía detalle mientras conducía, con breves miradas de soslayo: uñas de un rojo fulgurante, blusa de leopardo con generoso escote y falda breve con medias de mallas. Espléndida y elegante. Sudaba copiosamente mi dama, pero ello no mermaba en absoluto su donaire y delicadeza.

Fue una de tantas miradas la que no me permitió observar el enorme socavón al que caímos directos. El golpe fue morrocotudo, y mi amada soltó un "su puta madre" bien justificado. El pobre y vetusto coche salió del trance con un ruido estruendoso que provenía de abajo y, a los pocos minutos, un sonido de tuercas, cojinetes y arandelas anunció la tragedia: mi pobre Audi se detuvo bruscamente, arrojándonos contra el cristal.

Alfonso el tuercas acudió con su grúa, y se dispuso a echarle un vistazo de inmediato. En cuanto salió de debajo del vehículo, leí en su rostro serio la gravedad de la avería. "Es el diferencial, está roto"

"Pero tendrá arreglo", supliqué.

"Habrá que pedirlo. Esto viene de Alemania"

Lo que había empezado como un sueño, se tornó en pesadilla. Tere, lejos de ser la dulce criatura que yo pensaba, resultó ser un pendón de mucho peligro; y me pasé las semanas esperando anhelante la llegada del diferencial alemán.

Resultó ser un verano horrible.

Todo por culpa del Diferencial Alemán y la Prima de Riesgo.

Antonio Carrillo.

lunes, 4 de agosto de 2014

Una sonrisa de verano; el animista

Foto de Rosario Garrido


dedicado a Rafael Yáñez, por si logro despertarle una sonrisa.

Yo trabajaba ¿saben? en una empresa que fabricaba componentes electrónicos para multinacionales. Conseguíamos estropear cualquier electrodoméstico a los dos años de cumplirse la garantía.

Un día me despidieron, con otros. De repente. Sin previo aviso.

La empresa tuvo la gentileza de regalarnos un curso de "refuerzo del ánimo y búsqueda activa de empleo", tal era el nombre.  

El conferenciante dedicó una hora a convencernos de que todo lo sucedido había sido culpa nuestra. Yo era quien sostenía las riendas de mi vida, y un pensamiento positivo era la llave que abría todas las puertas al éxito. El despido, antes que un infortunio, era una oportunidad para alcanzar hitos más altos. Todo dependía de la fuerza de mi espíritu, de mi ánimo.

La hora restante, aprendimos papiroflexia. 

Imbuido de espíritu positivo me dirigí a una librería, en concreto a la sección denominada "libros de autoayuda". Me sorprendió la cantidad y variedad del género expuesto, y confieso que me sentí desorientado. Necesitaba consejo. Bajo el letrero "búsqueda de libros" un joven se afanaba en teclear sobre la superficie acristalada de un enorme teléfono móvil.

- Disculpe. Busco un libro.

- ¿Si? - la mirada seguía pendiente de la pantalla.

- Verá, es por el ánimo, ¿entiende? Necesito un estímulo.

- Un momento.

El joven se levantó y volvió al cabo con un libro (profusamente ilustrado) con el título Kamasutra que, si bien no dejaba de tener su interés, no respondía exactamente a lo que andaba buscando. Azorado, decidí retomar la búsqueda por mí mismo. 

De nuevo ante la estantería, un volumen llamó mi atención: "La verdadera clave de la felicidad", obra del doctor Joseph Diedermann, profesor de Psicoayuda Evolutiva en la Universidad de Woolford, California, EEUU.

Entusiasmado, me dirigí a casa dispuesto a embeberme del conocimiento de tan sabio prohombre.

El autor defendía con férreos argumentos neurológicos que la clave de la felicidad radicaba en el olor. Los aromas, que teníamos tan olvidados, facilitaban que nuestro sistema límbico se inundara de paz, reposo y equilibrio, tan necesarios en la vorágine de la vida actual. Riguroso como soy, procedí a la quema sistemática de grandes cantidades de lavanda, cedro, albahaca y bergamota, amén de otras sustancias de difícil pronunciación. A las dos semanas, la recurrencia de vómitos propios y denuncias por parte de la Comunidad de Vecinos me convenció de abandonar el empeño. 

De nuevo en la librería, Margaret W. Hedger, profesora titular del "Instituto Hall Blanc de Concienciación Humana" me prometía la felicidad en 10 cómodos pasos. Como me considero de natural metódico, la idea de programar un camino hacia el bienestar interior me atrajo de enseguida.

Una vez en casa, me sorprendió gratamente que el primer paso tuviera por título "Aprenda a respirar". Como lo de insuflar aire a los pulmones es algo que tengo sabido desde nada más nacer, creí conveniente pasar al siguiente capítulo. De nuevo una sorpresa: "Aprenda a escuchar". Una vez más, la autora afrontaba el estudio de una función corporal que domino a la perfección: la de oír, puesto que a mis 52 años todavía disfruto de una audición perfecta. Así, uno tras otro, pasé raudo por todos los capítulos. Tan sólo en "Escuche a su corazón" sopesé la necesidad de comprar un fonendoscopio “Littman”.  

Finalmente, y en apenas quince minutos, había ojeado el libro en su totalidad sin encontrar nada que no supiera. Creí que había sido víctima de una estafa, y decidí a tener más cuidado en la elección del siguiente libro.

Tras dedicar unos instantes a la reflexión y la papiroflexia, bello arte en el que había conseguido avances significativos, me encaminé a la librería, en donde ya me conocían. 

Hubo sucesivos intentos con acupuntura, autohipnosis, yoga, senderismo, jardinería, enemas curativos o musicoterapia. Todos ellos, a la larga, infructuosos. Iba camino de abandonarme al desánimo cuando mis tristes ojos se posaron en un volumen: "La sociedad animista". Me sorprendió encontrar un libro sobre el ánimo entre otros dedicados a la antropología. Supuse que se debía a un error.

¡Era mi libro, sin lugar a dudas! Existían sociedades enteras dedicadas al ánimo. Según creí entender, el asunto consistía, básicamente, en adorar al sol y las cosas que nos rodean, participando en ritos de agradecimiento a la lluvia, los árboles y animales. La pertinaz sequía, endémica en Castilla, me impidió lo primero, pero, por fortuna, en la acera de enfrente languidecía un pírrico platanero que el ayuntamiento había abandonado a su suerte. En las horas que pasé junto a mi árbol me hice amigo de infinidad de dueños de perros, a los cuáles yo idolatraba (a los perros, no a los amos) en mi nueva condición animista. De hecho, me compré un labrador, que me acompaña desde entonces.

Un amigo (dueño de un dálmata) me consiguió trabajo, y todo fueron parabienes salvo en un mínimo detalle: la adoración al Sol me obligaba a entablar loas al astro en el momento de su aparición, a las seis de la mañana, desde la terraza de mi casa. Elegí la fórmula milenaria que el faraón Akenatón empleara todos los días en la ciudad de Ajetatón, junto a la hermosa Nefertiti.

Acumulo tantas denuncias de la Comunidad de Vecinos que empiezo a preocuparme.

Pero si me siento bajo de ánimo, sólo tengo que reposar, junto a mi perro, practicando el noble ejercicio de la papiroflexia.

Eso es, en definitiva, la felicidad.

Antonio Carrillo

miércoles, 30 de julio de 2014

La guerra del pueblo dani


 


El artículo sobre la tribu de los aka ha suscitado un debate sobre el peligro de caer en la falacia rousseauniana del “buen salvaje”, y en la fácil idealización de los modos de vida primitivos como parte del mito de la “edad dorada”, un pasado de felicidad, igualdad y libertad perdido en aras del materialismo y la civilización.

Por tanto, en un intento pendular por mostrar la otra “cara de la moneda” de las sociedades tradicionales, hablaré de otro pueblo tradicional que vive (o vivía) anclado en una cultura neolítica.

El pueblo de los dani.
 
 

Lo que sigue es una historia de muerte y miedo. De venganza y odio. No me parece oportuno obviar los detalles más truculentos, porque es preciso que nos adentremos en la psicología colectiva de los dani como pueblo; debemos entender cómo pensaban y las razones últimas que explican su brutal sentido de la vida.

Si en los aka parecía reinar la concordia, la risa, en los dani gobierna el puño recio de la guerra constante, de la muerte violenta como forma de entender la convivencia.

Pero, y esto es muy importante, esta no es una historia de buenos y malos. Es decir, no podemos (o debemos) volcarnos en reflexiones axiológicas inútiles, en un intento por emitir dictámenes morales desde nuestra postura de observadores del fenómeno humano. La antropología nos enseña que no hay un ideal de cultura que nos sirva de marco de referencia ético; simplemente, es un experimento destinado al fracaso porque no es objetivamente validable. Todos los pueblos tienen su pasado, sus vicisitudes y sus circunstancias, y los humanos somos fruto, muy especialmente, de las condiciones geoclimáticas y demográficas en las que vivimos.

Nuestro entorno determina, como ningún otro factor, nuestro carácter. Por ello no sería justo hacer extrapolaciones morales sobre unos humanos que llevan decenas de miles de años sobreviviendo en un entorno tan complicado como el de Nueva Guinea, y compararlos con otras gentes que viven en parajes selváticos africanos. Insisto: no es una historia de gente enferma, deleznable en su modo de vivir o con una tara moral innata.

Es, eso sí, una historia enormemente triste.
 

Nueva Guinea es una isla al norte de Australia. Y es inmensa. Después de Groenlandia es la mayor isla del planeta. Y está surcada de inmensas cadenas montañosas y valles de difícil acceso.

Es un lugar único por muchos aspectos pero, por encima de todo, fascina su inmensa riqueza (diversidad) cultural. Con apenas siete millones y medio de habitantes, los lingüistas llevan descubiertas más de 800 lenguas; y se sospecha que quedan muchas por descubrir. ¿Casi mil idiomas con menos de ocho millones de habitantes? ¿Cómo se explica?
La razón a esta diversidad la tenemos en la agreste orografía de Nueva Guinea. Hay ocasiones en las que se han encontrado poblados aislados que han desarrollado una lengua propia tras miles de años de incomunicación. Una aldea, un idioma propio. El intercambio cultural y material en Nueva Guinea es difícil. Incluso en la actualidad no conocemos con exactitud cuántas tribus pueden vivir aisladas y sin contactar en el interior de la mitad este de la isla. Sospechamos que al menos decenas, y hay constancia de prácticas caníbales.

Nueva Guinea no es un lugar amable en el que practicar senderismo. Tampoco la costa es un paraíso; en sus manglares abunda la malaria y el cólera.


Si observan este mapa realizado por el Ministerio de Asuntos Exteriores español, aparecen señalados los países extremadamente peligrosos que no se deben visitar a no ser que resulte imprescindible. Dominan dos manchas ,en el centro de África y en la zona de Oriente Medio.  Pero ¿ven esa mancha solitaria en Oceanía, la mitad de una isla? La isla es Nueva Guinea, y la mitad este corresponde a Papua Nueva Guinea. La isla se encuentra dividida en dos partes; la occidental pertenece a Indonesia y es un territorio (algo) más pacífico. La oriental tiene su propio gobierno; es un Estado independiente.

Los dani viven en el valle de Baliem, en la "zona segura" de Nueva Guinea, en el extremo occidental bajo dominio de Indonesia.

Los dani son pueblos que viven en zonas montañosas; y son, por encima de todo, guerreros. Los hombres no cohabitan en las mismas cabañas que las mujeres, ya que consideran el sexo una práctica que debilita su ardor guerrero. Un hombre dani puede tardar dos años en consumar un “matrimonio”, y las mujeres no suelen tener más de dos hijos a lo largo de su vida.
 

Durante toda su vida, la mujer cultiva los campos con toscas herramientas de piedra, cocina, cría a los bebés y se ocupa de mantener las cabañas y el poblado limpio.

Los hombres separan pronto a los niños de la influencia perniciosa de las mujeres, y les inculcan desde muy temprano el odio al vecino. Los dani viven en un estado perpetuo de vigilancia y recelo, esperando el ataque de un poblado cercano o preparando una incursión de castigo. El principal motivo que justifica las hostilidades suele ser la venganza.
 

Una de las imágenes más increíbles que puede verse la tienen al inicio de este escrito: es un guerrero dani en su atalaya, a decenas de metros de altura sobre la copa de los árboles, vigilando por si hay un ataque. Frente a la imagen del pueblo aka abrazando a sus hijos y riendo, destaca la concentración del guerrero solitario.

Sabemos mucho de los dani porque se descubrieron muy tarde; las potencias coloniales no habían dictado normas que modificaran su cruento modo de entender la vida. Es por ello que conocemos en detalle la guerra en 1964 entre una alianza de poblados del norte contra una confederación de aliados del sur.
 

Durante unos meses ambos contendientes se enzarzaron en luchas, en ocasiones en campo abierto, a menudo emboscadas o encuentros fortuitos con un desenlace fatal. Todo derivó, finalmente, en una enorme matanza (el 5% de la población) de danis del sur a lo largo de un único día; especialmente mujeres y niños. No los exterminaron por completo porque un aliado les ofreció finalmente apoyo.

Cuando terminó, la guerra había acabado con la vida del 15% de los dani de la zona en apenas seis meses. Si se paran a pensarlo, es un porcentaje impensable en una guerra moderna. Pero hay más: para matar con una lanza o un arco rudimentario tienes que acercarte mucho. Un proyectil de la Primera Guerra Mundial masacraba individuos anónimos a cinco kilómetros de distancia. Un fusil abatía cuerpos que apenas se vislumbraban a 800 metros. Pero con una lanza, un cuchillo… estás quitándole la vida a otro humano mirándole a los ojos. Y en sociedades tan pequeñas, seguramente sabes quién es, cómo se llama, a cuántos hijos dejas huérfanos. Y no tienes opción; si no lo matas, él te matará a ti.

No es extraño que cuando se les pregunta a los dani por las matanzas como forma de vida, se justifican quitándole al vecino la condición de ser humano. El “otro” no merece la consideración de persona. Y, así, en su barbarie, no hacen distingos entre hombres, mujeres o bebés.

Les propongo algo; ¿tienen hijos? Los dani involucraban en el odio y la guerra a sus hijos de seis años. Miren a sus hijos de esa edad ¿se los imaginan insultando a los niños del poblado vecino, clavando sus pequeñas lanzas en el cuerpo del enemigo muerto? Es la educación por y para el odio. En realidad, es la cultura del miedo.

Un dani le explicó a un occidental lo terrible que resulta desde niño salir a orinar fuera de la cabaña y hacerlo con pánico, por si hay alguien emboscado esperando para matarte. Los sueños de los dani están llenos de pesadillas, de horrores premonitorios.

 
No llevan una existencia feliz. No hay honor, valentía ni sacrificio en una guerra tan sucia. Si estás en minoría, abandonarás al hermano con tal de salvar tu vida. Estos ideales románticos que insuflaban de orgullo el pecho enmedallado de los oficiales durante la primera Guerra Mundial… en una guerra tribal no se hacen prisioneros, no hay tratados ni límites al horror. Si acaso, se entrega el cuerpo del caído para que la familia (primero) tenga constancia de su muerte y (segundo) lo embalsame si lo cree conveniente. A menudo los cuerpos incorruptos de los caídos en combate convivían con sus familiares.


Las mujeres dani, por ejemplo. En lo único que participan con los hombres es en la guerra, dándoles ánimos. Si una mujer dani sufría una pérdida en la familia, debía expresar su duelo de la siguiente manera: con una piedra se golpea salvajemente un dedo hasta que se fractura las falanges. Después, con el dedo ya entumecido, un amasijo de huesos rotos y carne, se lo arranca con un cuchillo. Las ancianas dani muestran sus manos vacías de dedos.

 
Pero, la pregunta surge ¿qué diferencia hay entre los dani y los aka? Primero, el entorno: Nueva Guinea obliga a que se formen comunidades relativamente aisladas que deben competir por unos recursos a menudo escasos. Además, los dani tienen algo que los aka desconocen; posesiones. Fundamentalmente, cerdos. Los cerdos dan idea del estatus alcanzado por un individuo o una tribu; no forman parte fundamental de su dieta (hay pocos y son valiosos, se destinan a banquetes ceremoniales), pero defienden sus cerdos con la vida. Los aka no tienen nada de valor; el entorno les ofrece todo lo que necesitan para asegurar la supervivencia, y desconocen el valor de la propiedad.

Pero hay una pregunta más ¿les merece la pena? Si se les ofrece una alternativa, estas sociedades guerreras ¿no optan por una vida sin miedo?
 
 

La respuesta la tienen en: www.baliem-valley-resort.com, un hotel compuesto por 15 bungalós circulares que imitan las casas tradicionales dani, pero en el que disfrutan de baño privado, agua caliente o piscina. Cerca, un poblado dani le ofrecerá un “singsings”, una danza ritual en la que los hombres se vestirán a la manera tradicional (con una calabaza en el pene).

 
Cuando los turistas se hayan ido, llevándose sus cámaras de fotos repletas de imágenes pintorescas que enseñar a los amigos, los dani seguramente se pondrán pantalones y camisetas. Las mujeres ya no van con los pechos al aire ni están dispuestas a amputarse los dedos. A las autoridades Indonesias les sorprendió lo pronto que los dani estuvieron dispuestos a abandonar lo que eran costumbres ancestrales. En la actualidad, la guerra tribal se circunscribe a poblados más aislados del interior.

Los danis han descubierto que este turismo incipiente les permite comprar más cerdos. Y que se vive mejor sin miedo.
 
 
De todos modos, la isla de Nueva Guinea, y muy especialmente su extremo oriental, sigue siendo un país poco recomendable si se pretende viajar sin ayuda, especialmente el interior. Necesitas un guía que te indique lo que puedes hacer y lo que no, qué caminos son transitables y cuáles están vedados a extraños; qué gestos pueden malinterpretarse o si se vive un momento de tensión por un altercado reciente.
Pero, con todo, es un lugar fascinante por su diversidad ¿Saben que en la lengua dani sólo hay dos palabras para describir los colores: "oscuro" y "claro"? Me parece un dato sorprendente ¿Qué puede explicar que los dani describan (representen) la realidad en blanco y negro? ¿Qué implicaciones psico/sociológicas tiene este hecho? ¿Tiene algo que ver con la violencia, o es una casualidad?

Conocer a los dani, saber de su historia, nos ayuda a entender mejor la naturaleza del hombre. Porque hay algo dani en nosotros, como hay algo aka.

Somos diversos, impredecibles a menudo. Complejos.

Humanos. Demasiado humanos.


Antonio Carrillo.   

jueves, 3 de julio de 2014

De las abejas y los padres aka



Dicen que las abejas desaparecen. Y es asunto que preocupa. Mucho.

Einstein dijo en una ocasión que el día que desaparecieran las abejas, a la civilización le quedaría una década de vida. En realidad, exageraba; los países del primer mundo diseñaremos cultivos transgénicos que nos librarán del hambre. Distinto es el tercer mundo: miles de millones de seres humanos dependen de las abejas para conseguir polinizar sus cosechas.
Igual, empujados por el hambre y la desesperación de ver morir a sus hijos, estos desgraciados se deciden a saltar las vallas que nos separan. Y sospecho que no hay muro ni arma de fuego capaz de detener esta marea.

En fin; hablaba de las abejas. Que no vuelan.
Y no saben el porqué.
Humildemente, propongo una razón: hace tiempo unos sesudos ingenieros aeronáuticos estudiaron el tamaño del cuerpo de la abeja y la envergadura de sus alas, y emitieron un dictamen basado en una larga cadena de razonamientos matemáticos:

La física dicta que las abejas no pueden volar.

Por fortuna, las abejas no saben de aerodinámica y, por consiguiente, vuelan.

¿Acaso las abejas, víctimas de una rara mutación genética, han logrado avances en el campo de la mecánica de fluidos y han descubierto que, en efecto, no pueden volar?
Este asunto me trae a la memoria a los padres aka.
 
Los pigmeos aka son una tribu de “salvajes incivilizados” detenidos en una sociedad cazadora/recolectora paleolítica. Los pobres no saben nada de los últimos avances en el estudio del comportamiento y la pedagogía infantil.
Ello explica que hagan tan mal las cosas. Contraviniendo cualquier manual al uso, los padres aka malcrían a sus hijos y acuden prestos si un niño llora. Los niños akas pasan buena parte del tiempo en brazos de sus mayores, especialmente de los padres.
Un estudio de Naciones Unidas proclamó a los hombres aka los mejores padres: llevaban en brazos a sus hijos el 40% del tiempo. Impensable en nuestra cultura de “dificultosa” conciliación familiar.
Les propongo una reflexión: un ratón resguarda a su progenie en una madriguera, y se pasa el día fuera, buscando alimento. Sólo amamanta a las crías unos instantes al cabo del día. En el extremo opuesto tenemos a los primates, como los orangutanes o los chimpancés. Las hembras llevan a las crías todo el tiempo en su regazo, y las alimentan a demanda.
Usted que cree; el Ser Humano, en última instancia, ¿es un primate o un roedor?
Un niño occidental nace, y un pediatra se lo lleva para lavarlo y hacerle los primeros estudios. La enfermera dejará al niño dormir en una cuna para que la madre pueda descansar. Todo es muy aséptico.
Un niño aka nace, y toda la tribu se reúne alrededor de una hoguera. La criatura recién nacida va pasando por los brazos de todos los integrantes de la tribu, que lo manosean, besan, bailan con él y le cantan melodías hermosísimas. Porque, curiosamente, la música aka es una de las más bellas e intrincadas que existen. Músicos occidentales han estudiado sus instrumentos, la asombrosa capacidad de improvisación y el uso casi instintivo que hacen de la técnica del contrapunto en su música vocal.
Estos “salvajes” acogen al recién nacido como miembro de una comunidad de la que forma ya parte, en la que crecerá como individuo y será cuidado desde el principio como una persona merecedora de respeto. El niño no será una pertenencia de los padres. Por cierto, los aka no conciben el maltrato infantil. Lo consideran una aberración.
Los padres aka no saben de psicología infantil, ni tienen acceso a los miles de ensayos escritos sobre cómo dormir, dar de comer o controlar las rabietas de los niños. Y, sin embargo, algo extraño sucede: los niños aka, a los que se calma cuando llaman la atención de sus mayores, lloran de media mucho menos tiempo que los niños de las sociedades modernas. Son niños con un despertar de habilidades motrices y psicosociales más temprana. Niños menos dependientes.
Los aka lo hacen todo mal. Son como abejas, cuyo desconocimiento de la física les permite volar.
Y los niños aka vuelan en las alas de la risa. Porque, ¿saben?, sus hijos ríen más que los nuestros.
Pobres salvajes ignorantes.

(Coda: los principios de la física que permiten comprender el vuelo de las abejas se descubrieron hace poco; el asunto es más complejo de lo que parece)

Antonio Carrillo

miércoles, 4 de junio de 2014

Anécdotas asombrosas sobre los mamíferos



Los mamíferos son animales de sobra conocidos, que apenas deparan sorpresas. Todo el mundo sabe que los animales más grandes que hayan existido jamás son mamíferos; en concreto, la especie llamada Ballena Azul.
 
Claro que… en realidad no es una ballena.
Mamíferos, decía.
Los hay que ponen huevos: el famoso ornitorrinco.

Claro que… no es el único mamífero que pone huevos. El equidna común y el de hocico largo también ponen huevos. Curioso éste último: su pene termina en cuatro puntas.
Pero hablaba del ornitorrinco; un mamífero venenoso. Claro que… no es el único. Hay dos especies más, el Almiquí de Cuba y el almiquí Paradójico; también tienen veneno. Son animales extraños estos Solenodones, auténticos fósiles vivientes (se han encontrado fósiles de hace 60 millones de años).




En lo que sí resulta único el ornitorrinco es en su genética: la mayoría de los mamíferos definimos nuestro género por pares de cromosomas (XY en los humanos). El ornitorrinco define su género por 5 pares.

Como las aves.
Resulta que los mamíferos sí pueden sorprendernos. Por ejemplo, yo no sabía que el sudor del hipopótamo es rojo. ¡Pero si hay incluso mamíferos que vuelan, como los murciélagos!
Ah, que lo sabía.
Claro que… no todos los murciélagos practican el vuelo como forma de vida. Existe un murciélago que prefiere caminar. El murciélago de cola corta de Nueva Zelanda tiene en el suelo la fruta y los insectos que constituyen la base de su dieta. Por ello la evolución les ha hecho adaptarse a una existencia cuadrúpeda; tienen unas uñas inusuales en los pulgares y los dedos de los pies; y repliegan totalmente sus alas, de manera que caminan sin impedimento.

En fin, la riqueza de la biosfera siempre nos sorprende. Pero volvamos a lo que era el inicio del artículo, los celebérrimos mamíferos. Al menos una cosa sí está clara: las hembras segregan leche de sus glándulas mamarias con la que alimentan a las crías. De ahí nos viene el nombre de mamíferos.



Claro que… el murciélago frugívoro de Malasia es asombroso. El macho escoge unos frutos ricos en hormonas femeninas, de manera que pueden segregar leche y ayudar a las hembras en la tarea de alimentar a la prole.
¡Pero basta! Demasiadas excentricidades. Ahora me dirán que el perezoso es capaz de mover la cabeza en un ángulo inverosímil, como la niña del exorcista.

 
… En realidad sí puede. Tiene dos vértebras extra en su cuello, lo que es extraordinario.
¡Basta definitivamente! Nada puedo decir más extraño.

Claro que…

Antonio Carrillo

lunes, 2 de junio de 2014

Diabulus in musica

 


En el piano tocamos teclas blancas, y otras más pequeñas de color negro.  Cuando pulsamos una tecla negra tocamos la mitad de un tono; si es “hacia arriba”, a esta alteración la llamamos sostenido, y bemol si es “hacia abajo”. El sostenido de una nota es el mismo sonido que el bemol de la siguiente. En realidad, es la misma tecla negra.
En ocasiones la música la interpretamos en un "modo menor", y suena "más triste" o melancólica (o, al menos, así lo percibimos) Si sólo tocamos negras la música suena a “oriental” ¿Por qué? Porque la música oriental se compone sólo de 5 notas; y 5 son las teclas negras que hay en una octava. Pruebe a tocar sólo notas negras en un piano: parecerá una melodía china.

 
Una cosa más: en el piano las teclas negras se agrupan de intervalos de dos y de tres. Hay dos tránsitos, de Mi a Fa y de Si a Do, en los que no hay teclas negras. Esto se debe a que estos intervalos no corresponden a un tono, sino a medio tono. Les aseguro que ha costado mucho esfuerzo llegar a un acuerdo al respecto.
Cuando tocas tres notas juntas (acorde) o en rápida sucesión (arpegio) a veces “suenan bien”, y otras no. Llamamos tonales a los sonidos que suenan bien y atonales aquéllos que no se conjugan armoniosamente. En general, hacemos acordes “agradables al oído” dejando una distancia tipo de tres y cinco notas (Do, Mi, Sol). El acorde llevará el nombre de la primera nota (acorde de Do mayor).
 
Esta larga introducción tiene como fin el hablarles de un fenómeno inaudito que sucedió hace siglos; de unas notas musicales que estaban prohibidas.
Para ello me tengo que ir muy atrás en el tiempo, a una época sin partituras tal y como las conocemos, una época sin acordes y en la que un Sol sostenido no era exactamente igual a un La bemol. Y nos vamos tan lejos, a la Edad Media, para hablar de un intervalo prohibido por la iglesia.

Para hablar del “diabulus in musica”.
 
El tritono en música es un acorde (un arpegio en la Edad Media) que incluye tres tonos enteros (no tres notas) entre la primera y la última nota. Por ejemplo, en el acorde de Do tendríamos un tono entre Do y Re, otro tono entre Re y Mi y ¡ojo! Sólo medio tono entre Mi y Fa ¿Recuerdan lo de los intervalos en los que faltan teclas negras? Tengo pues dos tonos y medio; me falta un semitono para tener un tritono ¿Cómo lo resuelvo? Subiendo la última nota (Fa) medio tono y tocando la tecla negra (Fa sostenido). Este arpegio (Do, Mi, Fa sostenido) estaba prohibido en la Edad Media; se pensaba que el diablo podría entrar dentro del cuerpo de las personas a través de su sonido ¿Por qué?

Tal acorde causa desasosiego. Nuestro oído musical está acostumbrado a una armonía en la que los sonidos encajan en un equilibrio bellamente conseguido; basta una variación de medio tono para que el edificio se tambalee, pidiendo una resolución temperada.
El tritono se utiliza para crear ambientes emocionales inestables, como en las películas de miedo.
Es por esto que estaba prohibido; la música representaba la perfección formal de Dios, y todo quebranto de la norma era peligroso. Los medievales pensaban (y no estaban muy equivocados) que la música se entrelaza con hilos invisibles con el alma humana.
Por cierto, para evitar el problema del “diabulus in musica” los interpretes medievales solían prescindir de la nota Si. (Guido de Arezzo cambió la nota Si por Si bemol el 991.)
Finalmente, ¿cómo se resuelve un tritono? Depende de dónde esté la última nota de la escala, la llamada “nota sensible”. Si la última nota es la más aguda, se sube un semitono; en el ejemplo anterior, pasaríamos de fa sostenido a sol. Si la sensible es la más grave se baja un semitono.
La música utiliza mucho este recurso para generar tensión. Y el tritono reina en el Jazz y su maravillosa improvisación. También hay tritonos en la música Heavy, a menudo utilizados sin que los compositores sean conscientes de ello.
Por último, esto que acabo de explicar, ¿es universal? No. La música tiene un componente cultural importantísimo. Por ejemplo, en la europa occidental utilizamos intervalos de tercera, como expliqué, pero en países europeos más orientales, como Hungría, utilizan a menudo acordes de segunda (Do, Re).
Música y demonios; la música como don casi divino.
Perdonen lo aburrido del artículo. Sirva como excusa el que la música forma parte de mí.
 
Antonio Carrillo

jueves, 29 de mayo de 2014

El bosque de los suicidas



En el idioma japonés existe una palabra muy extraña.
“Karoshi”
Significa “morir por exceso de trabajo”. Es un vocablo inaudito para un español, se lo aseguro.
Por fortuna.
Por causas de índole cultural y religiosa, que tienen por fundamento la demografía en un país con escasos recursos, los japoneses supeditan los intereses privados al bien de la comunidad. Tiene arraigada desde la infancia el “Shudan Ishiki”, la conciencia de pertenecer a un grupo, ya sea familiar o empresarial. Y el honor es la manifestación de una vida virtuosa de servicio a los demás, sin mácula que pueda abochornar a los más allegados.
Es así que la crisis económica, la posibilidad de quedarse sin trabajo o no poder pagar los enormes préstamos que son norma en la economía japonesa, supone una carga de estrés a menudo insoportable. Y ello conlleva una tasa de suicidio inusualmente elevada.

 
De hecho, el suicidio forma parte de la cultura milenaria de un Japón que, a pesar de su vestimenta tecnológica, sigue siendo un país sorprendentemente conservador en sus tradiciones. Y hay una benevolencia, una comprensión hacia el suicidio, impensable en una sociedad tan individualista como la occidental.
A menudo la explicación es tan simple como que los prestamistas incluyen en el contrato seguros de vida, con cláusulas de pago en caso de suicidio. Los deudores, que cargan con la vergüenza de haber puesto como avalistas a familiares o conocidos, finalmente no encuentran otra salida que la propia muerte para saldar sus deudas y reestablecer su honor.

Hay algo más: la ley japonesa establece que los inconvenientes que pueda causar un suicida con su acción deben sufragarlos su familia directa. Es decir, si alguien se tira a las vías de un tren y causa desperfectos, o simplemente genera molestias o retrasos a los usuarios del transporte público, los allegados deben compensar a los afectados.
Es así que los japoneses se suicidan en lugares aislados; y hay un lugar por encima de todos, el segundo lugar en el mundo, tras el Golden Gate de San Francisco, por número de personas suicidadas.

El bosque Aokigahara.

El bosque de los suicidas.
Aokigahara, en las faldas del volcán Fuji, cerca de Tokio, es un lugar muy hermoso, espeso y grande, con una extensión de 35 Km2. Japón, a pesar de su densidad poblacional, cuida con esmero de su patrimonio natural.
 
Si llegas al bosque, lo primero que te llama la atención es la existencia de senderos delimitados por cinta policial, bastante descuidados; hay residuos por doquier, botellas, envases… y, curiosamente, muchos envoltorios vacíos de pastillas. De vez en cuando, un letrero escrito en japonés e inglés te conmina a pensar en tu familia, a reflexionar sobre lo bello que es vivir, a buscar ayuda.
En el interior la espesura oculta, sí, restos humanos. Aunque el Estado realiza redadas con cientos de operarios para retirar los cuerpos de los suicidas, el bosque es grande y frondoso. Hay huesos humanos y cuerpos momificados. Los últimos años el Gobierno decidió no publicar el número de muertes, para así evitar el efecto llamada de un fenómeno que va en aumento; más de un centenar de personas al año. Ni las patrullas policiales ni los guardas forestales pueden evitar el incesante aumento de cadáveres. Muchos eligen ahorcarse de las ramas de los árboles; otros escogen el envenenamiento por consumo de medicinas.
Hay jóvenes entre los fallecidos, cada vez más.
El bosque Aokigahara acoge la angustia insoportable de miles de almas que no le vieron sentido a la vida. Un drama, estarán de acuerdo, terrible.
Por cierto; el gobierno español no refleja con verosimilitud las cifras reales de suicidios en la España doliente de hoy. De seguro que los datos resultarían estremecedores.

 
No es más que una impresión, claro. Pero veo demasiada desesperación en demasiados rostros.
Y la sombra del miedo.
Aokigahara no es un lugar exclusivo de Japón.
Créanme.
La sombra del ciprés es alargada.
Mucho.

Antonio Carrillo

viernes, 23 de mayo de 2014

Viudo. En recuerdo a mi padre

 
 
 
 
 

Era de noche. Venía del hospital. Mi padre se moría.

Mis hijos y mi mujer dormían. Yo subí y, en poco tiempo, hice esto.

Mi padre no llegó a verlo.

Pero ¿saben? esa noche dormí como un niño

Antonio Carrillo

sábado, 17 de mayo de 2014

El abad satiriásico



Dedica a Isabel de Leitte, amiga y traductora de portugués. Gracias por el texto y por tu amistad.

En la “Torre do Tombo” de Lisboa, Archivo Nacional portugués creado en 1378, en su armario 5, pliego 7, encontramos un texto, como poco, fascinante, la


 
SENTENCIA PROFERIDA EN 1587 EN EL JUICIO CONTRA EL ABAD DE TRANCOSO (Beira Alta)

La pena es muy dura:

"Padre Francisco da Costa, abad de Trancoso, con sesenta y dos años, será degradado de sus órdenes y arrastrado por las calles  públicas, atado a la cola de los caballos, descuartizado su cuerpo, colocando sus cuartos (restos...), cabeza y manos en diferentes distritos,
 
Claro que el delito es no menos grave:

 por el crimen por el que fue juzgado y que él mismo no negó, siendo acusado de haber compartido lecho:

con veinte y nueve ahijadas habiendo tenido con ellas noventa y siete hijas e treinta y siete hijos; de cinco hermanas ahijadas, tuvo dieciocho hijas;

de nueve comadres, treinta e ocho hijos y dieciocho hijas; de siete amas de leche, tuvo veinte e nueve hijos y cinco hijas;

de dos esclavas tuvo veinte y un hijos y siete hijas; se acostó con una tía, llamada Ana da Cunha, de quién tuvo tres hijas.

Es tal el número, que el tribunal sentenciador se ve obligado a hacer un recuento:

Total: doscientos e noventa y nueve descendientes, de los que doscientas y catorce son del sexo femenino y ochenta y cinco del masculino, habiendo concebido en cincuenta e tres mujeres".
 

El Abad debía ser persona con un metabolismo excepcional y mentalidad liberal:

No satisfecho tal apetito, el mal-hadado abad se acostó con un esclavo adolescente, llamado Joaquim Bento, quién le acusó  de abusar de su nefando conducto noches continuas cuando no había allí mujeres.

Además, dos ayudantes de misa, infantes menores, le acusan de que fueron obligados a realizar pecados orales, completos y nefandos, por los que ellos mismos se culpan por defender sus conductos intocados, en vista de la malicia exigente del  mal-hadado abad.
 
Pero no sufran. Nuestro venerable Abad no tuvo, finalmente, mal final:
 


"El Rey D. João II le perdonó la muerte y mandó ponerle en libertad a los diecisiete dias del mes de Marzo 1587, con el fundamento de haber ayudado a poblar aquella región de la "Beira Alta" (linda con España por la zona de Bejar, Salamanca,, etc.), tan despoblada. En provecho de su real hacienda, le condena a la degradacion en Tierras de Santa Cruz (Brasil), adonde es enviado para vivir en la villa de "Baía de Salvador" como colaborador del repoblamiento a llevar a cabo por los portugueses. El Eey ordena que se guarde esta sentencia en el Real Archivo y los demás papeles que formaron los autos". 


Por tanto, en 1587 el abad embarca rumbo a Salvador de Bahía, Brasil, con la orden de hacer aquello en lo ha demostrado experiencia y probada habilidad; el fornicio productivo.

 
Nota: en 1583 la ciudad de Salvador de Bahía sólo tenía 1.600 habitantes; pero en años posteriores su  población creció inusitadamente, lo que la convirtió en una de las ciudades más grandes de América. Desconocemos la razón, pero algo sospechamos.

Antonio Carrillo