jueves, 13 de diciembre de 2012

Banderas



Las banderas son, grosso modo, paños coloridos que se alzan sobre un mástil vertical, a menudo acompañados de himnos laudatorios interpretados por una banda. Dependiendo del color, tamaño y disposición del dibujo se identifican con un territorio, una organización internacional o un equipo deportivo. Son un símbolo identitario de enorme fuerza por su simplicidad, y cuando se alzan, conmemorando por ejemplo una victoria deportiva, arropadas por el estruendo del fervoroso himno, suelen provocar lágrimas de emoción.

Las banderas antaño servían, fundamentalmente, para localizar a los tuyos en la refriega de la batalla, y así evitar desafortunados malentendidos. Esta ancestral función pervive en los campos de fútbol, lugares de pasión desenfrenada. También informa de la identidad nacional de un buque, y su hondear en popa manifiesta un determinado ordenamiento jurídico, unas costumbres, una cultura... Una patria, en definitiva.

La primera bandera documentada históricamente nos obliga a viajar lejos, al Imperio Persa, durante la Dinastía Aqueménide (550 a.C.), con la bandera denominada "Derafsh Kaviani". Pero si queremos encontrar la primera bandera rectangular sobre mástil vertical, debemos fijarnos en la (preciosa) bandera veneciana, que, si bien consta de un estandarte cuadrado (o gonfalón), se le añadieron unas tiras extra para que pudiera ondear mejor.



Fue una idea que prosperó con gran éxito.

¿Cuál es la bandera nacional más antigua? Según tengo entendido, es la, Dannebrog o “Bandera Danesa”, erigida hace casi 800 años.



Toda bandera busca un simbolismo en sus colores, formas o emblemas. El rojo es un homenaje a la sangre de los mártires de la patria (las patrias se construyen sobre la osamenta de sus muertos en combate), el azul puede llamar a la esperanza del cielo despejado o, como en el caso de Guatemala, a la presencia de dos océanos; el negro puede ser un tributo a un pasado esclavista y el blanco, a menudo, simboliza la pureza.

Pero hay ocasiones en las que la simbología es extraordinaria, y ningún ejemplo se me ocurre mejor que el de las dos Coreas.

La Corea del Sur es un estado democrático, moderno y - esto es curioso - mayoritariamente agnóstico o cristiano (45% ateos, 30% de cristianos frente a un 22% de budistas). Sin embargo, la influencia taoísta es tan evidente que deja un reflejo en su enseña. La bandera de Corea del Sur, llamada Taegeukgi, es un compendio de representaciones simbólicas.

Sobre un fondo blanco, que representa la paz, el tajitu taoísta muestra el Yin y el Yang, manifestación del todo a partir de los opuestos. Por si esto fuera poco, a su alrededor aparecen cuatro trigramas, llamados gwae, que proceden del texto (en origen) taoísta "I Ching", (libro de los cambios). Son la tierra, el cielo, el agua (la luna) y el fuego (el sol). Sin duda, una bandera de lo más completa.

Frente a tanta espiritualidad, la vecina (y rival) Corea del Norte destaca por un pragmatismo admirable; fruto, sin duda, del materialismo histórico que impregna el marxismo que ostenta. Así, su emblema no puede ser más prosaico: a las faldas del monte paektu se nos muestra con todo detalle una central hidroeléctrica, con su torreta de alta tensión incluida.

Claro que el simbolismo puede ser más explícito. Preocupante, incluso. Así, el desaparecido reino de Benín, situado en el sudoeste de Nigeria, famoso por sus magníficas estatuas en bronce, no deja lugar a la interpretación en lo que a su bandera se refiere. Claramente, no es un reclamo turístico.

Sí tiene mucho de turística la bandera de Camboya, en la que muestran su tesoro nacional: el magnífico templo de Angkor, la mayor estructura religiosa construida por el hombre.

Y, frente a la violencia implícita en banderas como la de Hezbolá, me gusta la bandera del (breve) Emirato del Caucásico Norte, que a principios de siglo utilizaba la media luna musulmana para dibujar una sonrisa

Anécdotas sobre banderas hay miles. La bandera de Irak, por ejemplo, muestra la frase "Dios es grande". Esto no es extraordinario. Lo realmente asombroso es que el texto que aparecía en la bandera estaba escrito por Sadam Hussein. Era su letra.

Por supuesto, la bandera ha cambiado. Es normal que un país varíe el diseño varias veces a lo largo de su historia. En el caso concreto de Afganistán, el cambio es más norma que excepción; no en vano es la nación que más veces ha rediseñado su bandera a lo largo del siglo XX. Al menos eso afirma la CIA en su página web.

Hay banderas de todos tipos, unas sencillas y otras muy complejas. La bandera de Turkmenistán, por ejemplo, es una pesadilla para los niños que deben reproducirla en la escuela. La culpa la tiene una franja a la izquierda, que representa cinco diseños de alfombras. Casi la totalidad de las banderas son rectangulares, salvo la de Nepal. Además, tanto Suiza como el Vaticano presentan las únicas banderas cuadradas.



Acabamos, y lo hacemos como solemos, con alguna anécdota que les resulte atractiva.

Por ejemplo, habrán oído en más de una ocasión que los cinco anillos de la bandera olímpica representan a los cinco continentes. Sin embargo, y según afirma el Comité Olímpico Internacional, esto no es así; los anillos olímpicos representan en realidad el carácter universal de los juegos, ya que al menos uno de los cinco colores está en cualquier bandera del mundo.

En este año se han batido récords en lo que se refiere a tamaños. Los hinchas del equipo Universidad de Chile fabricaron una bandera de 18.500 metros cuadrados. Utilizaron 22 mil metros de tela en su construcción y tardaron tres en años en terminarla.

Y, sin embargo, no es la más grande. este honor corresponde al equipo bonaerense River Plate, que paseó por las calles de Buenos Aires una bandera de casi ocho kilómetros de longitud, y 35.233 metros cuadrados.

Por último, ¿sabían que Marte tiene bandera? Por supuesto no tiene carácter oficial, aunque ha sido aprobada por la Mars Society y la Sociedad Planetaria, y en la actualidad ondea sobre la Flashline Mars Arctic Research Station (FMARS) situada en la Isla Devon, Canadá. Además, ha viajado por el espacio a bordo del transbordador espacial Discovery.

Esta bandera es muy peculiar, en tanto representa el porvenir que se le espera al planeta Marte. La banda de color rojo simboliza Marte tal y como es en la actualidad. Los colores verde y azul simbolizan etapas en la transformación (terraformación) del planeta, con la presencia del agua y la vida.

Una bandera que representa una esperanza de futuro. Sin duda, el simbolismo llevado al extremo.

Aunque, si tuviera que elegir una bandera, creo que me quedaría con la de Naciones Unidas, que encabeza este artículo.

Esa sí es una bandera cargada de esperanza.

Amén.

Antonio Carrillo

martes, 11 de diciembre de 2012

LA VIDA OCULTA





 Por una vez, el texto no es mío ¡Qué más quisiera!

Es de mi amigo Antonio Téllez.

Gracias, Antonio.


Hay una idea que me ronda desde hace tiempo. Tiene varias caras y todas ellas podrían considerarse cuando menos sugerentes, tal vez inquietantes.

Surgió a raíz de un curioso fenómeno que experimentó mi padre como consecuencia de la fuerte medicación que se veía obligado a tomar para paliar los efectos del Parkinson que le había sido diagnosticado unos años antes. Esa medicación podía provocarle cierto tipo de alucinaciones, especialmente contemplar objetos o personas que no se encontraban frente a él, cuya existencia sólo se generaba en su cerebro medicado.

La primera vez que tuve conocimiento de ello fue una de las tardes que iba a visitarlo. Al llegar, y justo después de que nos besáramos, me dijo: “Sé que no es cierto pero acabo de verte aquí, frente a mí, en este salón”. Aquello me resultó curioso y, a pesar de que no volvimos a mencionar el asunto, a mí me dejó un extraño rastro, me asaltaron pensamientos que, en contra de lo que pudiera parecer, nada tenían que ver con la naturaleza de la alucinación sino con su propio significado y (de pronto descubrí que eso era lo que me perturbaba) su integración natural en el resto de acontecimientos “reales” que habían formado parte de aquella jornada de la vida de mi padre.

¿Acaso era más real cualquier imagen contemplada con la desgana habitual en la televisión que aquella representación de mi cuerpo en el salón?, ¿o el rumor ininteligible de un aparato de radio?, ¿o tal vez cualquier otro pensamiento, desde la más complicada reflexión intelectual a la ensoñación más delirante?. Para mi padre, durante la fracción de segundo que tardaba la desconfianza en poner en duda la visión inmediata, mi imagen era tan real como la que, minutos después, polemizaba con él, con el apasionamiento propio de nuestras discusiones, casi siempre de contenido político.

Una cosa me llevó a otra y, ya de vuelta en casa, me vi reflexionando acerca de todos los momentos en los que nuestras vidas se desarrollan en realidad en las vidas de otros. Son esos momentos en los que los demás nos piensan, nos sueñan, cuando formamos parte del recuerdo de otra persona, protagonistas de un suceso en el que participamos pero que, tal vez, nosotros ya ni siquiera recordemos. Y lo curioso es que tales pensamientos, sueños o recuerdos pueden llegar a ser extraordinariamente intensos para aquellos que los experimentan, sin que en la inmensa mayoría de los casos seamos nunca conscientes de ello.

Desde entonces esa idea, esa sensación de que existe una parte de la vida de cada uno de nosotros que se nos hurta, que permanece generalmente oculta a nuestro conocimiento, vuelve a manifestarse con cierta insistencia . Y cuando tomo conciencia de ser yo el sujeto de la vida oculta de otros, tras someter el suceso a un mínimo test de dolor y de oportunidad, como si de un regalo se tratase decido revelar esos momentos y me escucho decir: Anoche soñé contigo. He estado pensando en ti esta mañana. O Ayer me acordé de cuando nosotros….

Antonio Téllez

martes, 20 de noviembre de 2012

La importancia de dominar un idioma



He decidido que mis hijos aprehendan un idioma.

Quiero decir: pretendo asentar en ellos el respeto a la palabra. Querría que adquirieran un léxico profundo, que les permita arropar todas las sensaciones, cosas y pensares.

Me haría feliz que cultivaran y respetasen el habla y la escritura, acicalados ambos como se limpia el cuerpo, aseados como la moral de un niño. Que a su paso por lugares y personas dejen la impronta de un verbo sereno.

Pretendo que mis hijos aprehendan un idioma, y he decidido que sea el castellano. Al fin y al cabo, es el idioma que escucharon en el seno de su madre, y lo hablan desde los tres años.

No convienen los experimentos en cuestiones de tanta importancia. El padre de Montaigne, un hombre harto peculiar, decidió que su hijo pasara los primeros años con unos humildes campesinos, pero, en tanto el niño alcanzaba la edad del balbuceo, contrató los servicios de un latinista alemán. Maestro y pupilo sólo se comunicaba en la vetusta lengua, enclaustrados ambos en un mundo clásico, con Virgilio, Séneca o Cicerón como amigos de la infancia; un universo mental que llevaba 1.000 años muerto. Las criadas tenían prohibido hablarle, y el padre y la madre tuvieron que aprender un latín rudimentario para poder comunicase con su hijo.

Con Montaigne parece que el experimento salió bien; o al menos eso afirma el autor renacentista. Pero el riesgo es excesivo. Todo idioma resulta trascendental, porque de su mano alcanzamos la condición de personas. Somos lo que pensamos y sentimos, cierto, pero nuestra naturaleza social nos obliga a compartirnos. Sin los otros no hay lenguaje, sino estéril soliloquio. Es por eso que el lenguaje nos conforma; porque la vida, el devenir, reside en los demás y la manera cómo nos insertamos en un cuerpo (órgano) social.

Las palabras son armas poderosas: definen y modifican la realidad. Un léxico amplio nos abre la ventana de la mente a un cosmos rico en matices, diverso y fascinante. Nuestra voz es un fiel reflejo de cómo está estructurada la mente, y la más bella de las formas se derrumba si no se sustenta en un hablar coherente. Porque, si bien la piel sufre el embate del tiempo, el lenguaje tiene en el mismo tiempo su aliado, y gana en lozanía con los años y la experiencia.

No hay mejor cura de rejuvenecimiento que cultivar el habla.

Además, el español es un idioma con futuro. La fortuna de que se hable en dos continentes le confiere una variedad y riqueza dignas de encomio. En este sentido, querría llamar la atención sobre un aspecto que considero esencial: es importante cómo se construye el castellano, la riqueza de su vocabulario, y no tanto la manera como se pronuncia. Lo digo por aquéllos que denostan el habla andaluza por su acento, o menosprecian los ritmos y cadencias sudamericanos por no acomodarse a un castellano neutro en su pronunciación. Sin embargo, en Cádiz, Colombia, México o Perú se habla un español significativamente más rico que en Madrid. Y lo digo con conocimiento de causa. Les propongo una prueba: comparen el habla de un adolescente pastuso (sur de Colombia) con el de un madrileño. Seguro que el colombiano emplea el doble de palabras, y no comete tantos errores gramaticales, como el horrible laísmo que impera en Castilla.

Si acaso, los jóvenes colombianos deberían vigilar la acometida de los anglicismos en el lenguaje cotidiano. Y es éste asunto, el de la conservación y cuidado del idioma, que nos compete a todos, ya que es obligado que preservemos el patrimonio cultural como un tesoro de gran valor. No hay herencia más importante.


Coda: viajo en un tren de cercanías desde Alcalá de Henares rumbo a Madrid. A mi lado, un grupo de adolescentes charlan sobre su futuro. Una joven comenta:

- "Mi madre no entiende. La he dicho que si quiero aprender inglés tengo que irme un año a Irlanda".

Aprender inglés es algo maravilloso. Ortega decía que dominar otro idioma significaba adquirir un alma distinta. Pero debemos ser coherentes. Antes de adentrarnos en el estudio de un segundo idioma, asentemos unas bases firmes que nos permitan dominar con soltura y seguridad nuestro idioma materno. No pretendamos construir una casa desde el tejado.

Como en otras tantas ocasiones, nos distraemos de lo fundamental. Afianzar nuestra lengua nos consolida como individuos. Y, a menudo, se tarda toda una vida en aprehender (con "h" intercalada) un idioma. Porque no es tarea fácil.

Pero merece la pena.

Antonio Carrillo.

martes, 13 de noviembre de 2012

Estatura


 
Lo confieso, tengo complejo de bajito.

Creo que se debe a mi baja estatura. 

Mido 1,72.

1,70, rebate la pérfida de mi mujer. Y, en estas lides, 2 centímetros no es asunto baladí. Si, por ejemplo, midiera 1,75, no sería bajito ni tendría complejo alguno.

¿Importa la estatura en el hombre? Sin duda. Montaigne lo explicaba con su genial pluma:


"Allí dónde reside la pequeñez, ni la anchura y curvatura de la frente, ni la claridad y suavidad de los ojos, ni la moderada forma de la nariz, ni la pequeñez de orejas y boca, ni la regularidad y blancura de los dientes, ni la suave espesura de una barba del color de la cáscara de una castaña, ni el cabello ahuecado, ni la redondez armoniosa de la cabeza, ni la frescura del color, ni el aspecto agradable del rostro, ni un cuerpo sin malos olores, ni una adecuada proporción de los miembros pueden hacer guapo a un hombre"


No piense el lector que una absurda paranoia se ha apoderado de mí; hay datos empíricos que reafirman la importancia de la estatura varonil. Resulta llamativo que, en los EEUU, los niveles más altos de las empresas los copen, en una proporción sorprendente, varones cuya estatura supera el 1,83. ¿Cómo se explica este dato, si la estatura media para los varones norteamericanos es de 1,76? Digo más: de entre los 43 presidentes de la historia de los EEUU, sólo 5 eran bajitos. No puede ser una casualidad. El último presidente "bajito" fue William McKinley, a finales del XIX, y medía 1,70.

La mayoría de las mujeres consideran más atractivos a los hombres altos. Esto es un hecho incuestionable ¿Por qué?

Científicos de la universidad de Utah, dirigidos por el biólogo David Carrier, descubrieron que los varones golpean con más fuerza cuando tienen los dos pies asentados en el suelo, y que golpear hacia abajo aumenta la fuerza del impacto. Es decir, en un combate el hombre alto lleva ventaja. Esto significa que un hombre alto tiene más posibilidades de salir ganador tras una pelea, y, por consiguiente, es más capaz de proteger a su hembra y descendencia. Esta ventaja evolutiva las mujeres la perciben de manera inconsciente, y por supuesto no tiene sentido práctico hoy en día. Pero, del mismo modo que una situación económica desahogada hace más atractivo a un hombre, su fuerza física y la salud que manifiestan sus genes también juegan a su favor.


Insisto en que es una cuestión del subconsciente, una ventaja atávica que las hembras valoran desde el brumoso mundo de los instintos y las emociones. Los machos volvemos la mirada ante una hembra dotada de unas curvas prominentes. Esto es así porque un pecho y unas caderas amplias denotan una mejor disposición fisiológica a la hora de dar a luz. Es un razonamiento simple, pero no simplista. Somos, en última instancia, animales, y por ello querer analizar esta cuestión desde una perspectiva axiológica resulta absurdo ¿Acaso afirmo que la mujer se siente atraída hacia un hombre violentó? Claro qué no. Pero la necesidad de protección, como el sexo, está arraigada en nuestro cerebro emocional, y condiciona nuestras decisiones de manera significativa.

En realidad, es sencillo: si eres alto, los otros hombres te respetan, y te sientes deseado. Todo ello refuerza la confianza en ti mismo, un pilar fundamental sobre el que se asienta la posibilidad del éxito.

La estatura de un individuo se debe a múltiples factores, pero hay dos que juegan un rol fundamental: la alimentación (en España la talla media ha subido 7 cm los últimos 40 años) y, por encima de todo, el fenotipo; la adaptación al ambiente. Un esquimal será muy bajo y más bien regordete: la esfera es la figura que mejor conserva el calor corporal. Un africano de la sabana será alto y delgado, para así poder disipar mejor el calor sofocante.

 
Quizás tenga la curiosidad de consultar la talla promedio de su país. Pulse en este link:


Me ha llamado la atención, por ejemplo, que la talla media de los españoles sea superior a la de los norteamericanos. Dudo que el dato sea correcto.

En definitiva; la estatura es asunto que importa, pero conviene tomársela con cierta distancia. Mi esposa mide cerca de 1,80, y no tuvo reparos en elegirme como pareja (siempre me dio la impresión de que es la mujer la que elige). Además, siempre puedo consolarme con un dato asombroso que leí recientemente: la atracción gravitatoria de la Luna  no sólo tiene efectos sobre los océanos y las mareas; la tierra firme puede elevarse hasta 20 centímetros. Es un consuelo saber que, en algunos momentos del año, mi estatura (en relación con el centro de la Tierra) asciende hasta el metro noventa.
 
 

Acabo como me gusta, con un asombro: Robert Wadlow fue el hombre más alto que haya existido jamás. Llegó a la asombrosa altura de 2,72. Desde su nacimiento, problemas con la glándula pituitaria le provocó un crecimiento continuo, que sólo acabó con su muerte. Siendo adolescente, ya medía 2,20. Un tropiezo en un desfile le provocó una herida en el tobillo, que al infectársele le causó la muerte. Era el año el 15 de julio de 1940, y tenía sólo 22 años.

Su ataúd medía 3 metros y pesaba media tonelada. Hicieron falta 12 hombres para portarlo.

Antonio Carrillo

viernes, 26 de octubre de 2012

Moderación



 
Dedicado a Isabel de Leite: ¡arriba ese ánimo!

Las cosas van mal. Aún diría más: van a ir a peor.

Estamos inmersos en un proceso de cambio estructural; nos enfrentamos a una crisis económica, cierto, pero también de modelo social. Vivimos una época convulsa en la que sentimos cómo se cimbrean los cimientos que antes creímos sólidos.

La incertidumbre y el miedo asoman por las calles y los rostros, el desasosiego se adueña de cualquier conversación. Nos sabemos perdidos e indefensos. Miradas sin humor transmiten una misma pregunta: ¿seré el siguiente en caer? ¿Qué será de mis hijos? ¿Cuándo acabará todo? La sonrisa ha desaparecido de los barrios y las plazas.

Sumidos en esta con-fusión, en esta niebla espesa que todo iguala, deambulamos apagando la radio por no oír una triste cantinela, y cerramos la mirada a los miles que buscan alimento en lo más profundo de los contenedores. Muchos nos refugiamos en nosotros mismos. Vivimos, de alguna manera, "en-si-mismados".

Pero es importante tomar conciencia de que la penalidad, que no la risa, es una fiel y persistente compañera del ser humano. El hambre es la norma, no la excepción. Vivir una existencia confortable y segura es, de hecho, un privilegio al alcance de muy pocos. Así ha sido siempre.

Propongo una gimnasia mental, saltos de la memoria hacia el pasado de Europa. El siglo XI, por ejemplo, fue una época de grandes hambrunas y epidemias. Durante todo el siglo se contabilizaron 26 años de malas cosechas. En concreto, hubo siete años consecutivos, de 1087 a 1095, en los que la hambruna provocó verdaderos estragos. Puede resultar difícil de creer, pero se asaltaba a los caminantes, se los asesinaba y asaba su carne. El viajante era una fuente de proteínas, y la caza del humano se hizo costumbre. También se exhumaban los cadáveres para consumir su carne. Un ejemplo del horror lo tenemos en el caso acaecido en la ciudad de Tournous, en Francia, en cuyo mercado se vendía la carne humana como si fuera de vaca. Según cuenta el cronista Radulfo Glaber, el vendedor reconoció los hechos (tras haber sido sometido, es de suponer, a un cruento interrogatorio) y fue quemado vivo.  La carne humana confiscada alguien la desenterró y devoró esa misma noche.



El siglo XIV fue nefasto, todos lo sabemos. El XVII también fue propicio para que cabalgaran los jinetes del hambre, la guerra o la peste. Una terrible hambruna comienza en Rusia, en 1601, y desde entonces se suceden los desastres por toda Europa. Entre otros factores, queremos llamar la atención sobre el fenómeno climático conocido como "Pequeña Edad de Hielo", un frío persistente que arruinó cosechas. Un orfebre en Palermo y un pescador de Nápoles encabezaron graves protestas de un pueblo que moría de hambre y enfermedad. En Córdoba, una mujer grita alocada recorriendo las calles: lleva en brazos a su hijo muerto de hambre. Estalla espontánea la protesta ciudadana, como había sucedido en Sevilla hacía pocos años. El pueblo, desesperado, no puede más.

¿Y? ¿Acaso no estamos hoy protegidos por los excedentes que la tecnología alimentaria y el capitalismo consumista generan? ¿Qué sentido tiene retrotraerse a tan lejanas épocas? ¿Qué enseñanza nos pueden aportar?

Querría primero llamar la atención sobre un hecho terrible: la especulación salvaje (e inmoral) sobre los alimentos en los mercados de futuros, templos del capitalismo salvaje al que nos hemos visto abocados, y el consiguiente aumento de los precios. A nosotros, ciudadanos del primer mundo, nos ha afectado en términos de cotización y mercado de valores. A una familia africana le ha supuesto morir de hambre. Hoy, ayer. Mañana. ¿Acaso los jinetes ya no galopan? Todos los días mueren 24.000 personas por hambre. Ahora, mientras lee estas líneas.
 

Les va a sonar exagerado, pero tenemos suerte de haber nacido en Europa. Por el momento no parece que vayamos a pasar hambre; el Estado asegura un abastecimiento de agua potable y se mantienen los servicios de alcantarillado y limpieza. No se prevén, por consiguiente, brotes epidémicos agudos que pongan en peligro nuestra vida. La seguridad ciudadana está garantizada por las fuerzas del orden, y el acceso al sistema de salud pública alcanza al 90% de la población. Se siguen cobrando las pensiones y se mantiene la seguridad jurídica en las transacciones mercantiles y monetarias.

Son cosas que damos por hechas, lo sé, pero conviene valorarlas. Y mucho. Porque finalmente se lucha por lo que de verdad importa. Porque empieza a haber motivos para la preocupación. Y porque hace apenas diez años mi abuela Francisca me obligaba a detener el coche junto a un campo para rebuscar garbanzos. Mi (nuestras) abuela conoció el hambre, y detestaba que se tirara la comida. Seguro que les suena conocido.



En los periodos de escasez es imprescindible saber priorizar los gastos. Es fácil gastar; lo difícil es aplicar recortes. Me entristece y abochorna que a miles de inmigrantes se les deniegue la atención sanitaria. Me preocupa que se abandone la educación pública y la investigación en I+D, que es donde se construye el futuro de mis hijos. Me aterra que saneemos las cuentas de los bancos mientras aumentan las listas de parados. En definitiva, me preocupa que no sepamos distinguir lo esencial de lo accesorio. Que no defendamos un modelo de Estado del Bienestar que ha supuesto el mayor avance en aras de la dignidad humana. Un éxito que a todos nos pertenece e incumbe por igual. Así de claro lo digo.

¿Quién atenta contra el Estado del Bienestar? En primer lugar, una clase política profesionalizada y sus adláteres, los poderes fácticos que rapiñan en la inmisericorde selva del mercado. Permítanme dos anécdotas de esta misma semana: apenas a 100 metros de donde escribo algo extraño sucede en el vestíbulo de una Consejería de la Comunidad Autónoma de Madrid. No hay apenas actividad, y los ascensores se encuentran todos en la planta baja, con las puertas abiertas. Se espera la llegada de la señora Consejera. Ha dado órdenes de que a su llegada deben estar a su disposición los ascensores: y debe subir sola. Los funcionarios (la señora Consejera es un cargo político) deben esperar a que la señora Consejera se encuentre acomodada en su mullido sillón para reiniciar la actividad en la Consejería. Si la señora Consejera se retrasa todo el organigrama se detiene; o bien se utilizan las escaleras de servicio.


La señora Consejera ha llegado, pero poco después una Directora General acude a una cita en la sede de la presidencia. Es afortunada, porque su destino se encuentra a 50 metros. Sólo debe cruzar la calle y caminar apenas 5 minutos. A pesar de que casi asoma noviembre, el día es soleado y los termómetros marcan unos agradables 20 grados. Sin embargo, la señora Directora General espera en el vestíbulo. Al poco, un subordinado hace una señal: un taxi le espera en la puerta. Como han peatonalizado gran parte del centro de Madrid, la señora Directora General se ve obligada a dar un enorme rodeo que supone un trayecto de 15 minutos. Entre todos pagamos la carrera al taxista; pero claro, una Directora General no puede llegar andando.

Por cierto, esta Directora General acaba de llamar "ganado" y le ha mostrado el dedo corazón a una subordinada, una funcionaria de alto rango muy cualificada que ha debido superar unas oposiciones extremadamente difíciles. A la señora Directora General, de nuevo un cargo político, se le desconocen sin embargo los méritos. Es novia de alguien importante, creemos.

Ya escucho sus protestas, lectores: son dos ejemplos absurdos e intrascendentes, apenas una anécdota. Los he elegido porque, precisamente, hacen hincapié en un aspecto que consideró esencial: la moderación. La administración eficaz de los bienes públicos, que presupone una política de austeridad por parte de los responsables políticos.


Este tema me sirve de excusa para llamar a Zaeluco, legislador de la ciudad griega de Locri. Antaño esclavo y pastor, Zaeluco propugnó las primeras leyes griegas, hace 2.600 años; y aunque era partidario de la nobleza, se cuenta que tuvo una idea genial para acabar con los desmanes que cometían los más ricos. Así, dictó que cualquier mujer podía ser atendida por varias doncellas, pero sólo si estaba borracha. Además, podía llevar joyas de oro, y vestidos bordados, pero sólo si ejercía el oficio de prostituta. También los hombres podían llevar anillos de oro, pero debían ser proxenetas.

Fue dictar estas leyes, y en Locri se acabaron de inmediato los grandes cortejos y la ostentación. No hubo disturbios; nadie se había visto obligado a adoptar tales medidas. Pero, por supuesto, no querían parecer lo que no eran.

No es seguro que la historia de Zaeluco y las joyas sea cierta. Sí se han conservado otras disposiciones legales suyas francamente curiosas. Por ejemplo, si un ciudadano proponía a la asamblea una reforma o sustitución de una ley, debía presentarse con una soga al cuello, con la cual ahorcarle si la propuesta no se aprobaba. Se condenaba con una multa a los ciudadanos que, provenientes de lejanos lugares, trajeran con ellos inventos o novedades. Y beber vino contraviniendo las indicaciones del médico se condenaba con la muerte.

"O tempora, o mores".

Tampoco hace falta llegar a los extremos de Kaveh I, el rey sasánida que ordenó a sus nobles repartir sus riquezas y mujeres con los pobres (tuvo que huir al exilio); pero la moderación es necesaria. No pasa nada por caminar 50 metros bajo el sol de Madrid. Es saludable. Incluso puede que mejore el humor.

A pesar de los pésimos augurios con los que comencé, la crisis pasará, y vendrán tiempos de prosperidad. Lo importante son las secuelas que dejen estos años de penuria. En los últimos 30 años nos hemos centrado en la riqueza y el consumo, descuidando aspectos de calado como la calidad en la educación, la formación en valores o la importancia del ocio inteligente. Hemos conducido la sociedad hacia un páramo en el que todos somos consumidores anónimos de tecnología, flotando en nubes especulativas que nos impiden toda visión y, por tanto, toda perspectiva. Les interesa que así sea. Un pueblo inculto es más manejable.

De todos los datos que aporta la crisis, aparte por supuesto del paro o el número de desahucios, el más significativo es el conocido como "Coeficiente de Gini". Mide la desigualdad. En internet pueden consultar el lugar que ocupa su país:
 

España, una de las principales economías del mundo, ocupa el lugar 53. Y cayendo. Es decir, aumenta la distancia entre los que más tienen y los pobres. Estamos por debajo de países como Malí, Portugal, Burundi, Egipto, Pakistán o Grecia. ¿Les sorprende? A mí no.

Los jóvenes españoles están abandonando las carreras universitarias porque no pueden pagar las tasas de la universidad pública. Hoy hemos sabido que el paro registrado supera el 25%, un dato realmente escalofriante. El poder adquisitivo ha bajado a niveles de hace veinte años, y se cierran centros de atención social por doquier. La Administración en quiebra abandona a su albur a los más desprotegidos.

Esta realidad sangrante es responsabilidad de todos. Si en vez de obsesionarnos por adquirir el último teléfono inteligente nos centráramos en lo esencial, en defender los derechos tan duramente ganados, cuando salgamos de la crisis habremos asentado los cimientos de una sociedad distinta, menos basada en el consumo. Tenemos que arrancarnos del cuello el yugo del "Tener" para crecer, todos juntos, en la tarea de "Ser". Transmitir valores de humanismo, de moderación. De pausa.
 
 

Estamos dejando abandonados a su suerte a una generación entera, a la que hemos educado en valores insanos. Nosotros mismos estamos enfermos de miedo. Un miedo soterrado y susurrante, casi imperceptible, pero permanente.

¿Lo escuchan?

Antonio Carrillo

martes, 16 de octubre de 2012

La muerte más absurda.


 

En este blog hemos hecho mención a varias muertes grotescas, como la del director de orquesta que falleció al golpearse con la batuta, o la del famoso matemático que murió de hambre por negarse a comer, víctima que era de una paranoia: caer envenenado.
 
 
Pero hay más muertes reseñables por su rareza; como el caso de Arnaud, hermano de Montaigne, quien murió a edad temprana (27 años) por un desgraciado accidente jugando al tenis (el llamado "jeu de paume"). Hay familias que no deberían practicar deporte alguno; el propio Montaigne estuvo a punto de fallecer practicando la equitación.
 
En la antigüedad se acumulan las defunciones absurdas: Dracon de Tesalia, legislador ateniense, fue asfixiado hasta la muerte por el entusiasmo de sus seguidores en el teatro de Aegina. Murió bajo el peso de cientos de capas que depositaron sobre él en señal de respeto. No menos absurda es la muerte del dramaturgo Esquilo: un águila confundió su lustrosa calva con una piedra, y le estrelló una tortuga en la cabeza.

En ocasiones, la buena praxis profesional puede llevar a la muerte. Es el caso del abogado Clement Vallandigham; convencido como estaba de que su defendido no cometió asesinato, se dispuso a demostrar ante el jurado que era perfectamente posible disparar contra uno mismo estando arrodillado, para lo cual utilizó una pistola descargada.

Pero la pistola sí estaba cargada, sí era posible tal muerte accidental y, si bien Clement Vallandigham perdió la vida, ganó el caso.

Otro abogado, de nombre Garry Hoy, intentó demostrar a unos invitados que los cristales de su despacho eran irrompibles. El mundo perdió a un entusiasta defensor de la arquitectura y la resistencia de materiales, en una caída de 91 metros.

Mala suerte la de Carlos VIII, rey de Francia, un hombre que apenas superaba el metro de estatura y que murió al golpearse la cabeza con el dintel de la puerta. David Flannery, sin embargo, falleció siendo justo ganador de un premio: "A ver quién es capaz de estar más tiempo de pie en las vías de un tren mientras un mercancías se acerca a toda velocidad".

Y es que la juventud resulta harto peligrosa en su profusión de testosterona. David Grundman, de 27 años, tomó la determinación de cortar cactus a base de disparos en el desierto. Entusiasmado tras conseguir que un cactus pequeño cayera al primer disparo, se enfrentó a un cactus saguaro centenario, de 7 metros de alto, que cayó sobre él y lo mató. Extraña forma de morir en duelo.

Según narra la saga Orkneyinga, Sigurd el poderoso retó al caudillo escocés Máel Brigte a un enfrentamiento: 40 hombres por bando en el campo de batalla. A Sigurd no se le debían dar bien las matemáticas, puesto que acudió con 80 hombres y ganó la contienda. Sin embargo, el tramposo tuvo su justo castigo, puesto que ató la cabeza de Brigte a la silla de su caballo y, mientras cabalgaba, el roce con los dientes de su víctima le provocó una herida mortal al infectarse.

Hablando de cuentas: James Griffith, experto en accidentes de paracaidismo y profesor de psicología en la Universidad de Shippensburg, afirma que el 10 % de las muertes se producen por “no tirar” o "tirar tarde" de la anilla. Y es que, afirma, a los seres humanos se nos da fatal contar el tiempo. Será que uno cae desde un avión y se distrae pensando en otra cosa.
 
 
Es importante que sepa que, según la centenaria Ley Inglesa, es ilegal morir en el Parlamento británico. Además, en la ciudad de York es perfectamente legal asesinar a un escocés dentro de las antiguas murallas, pero sólo si el escocés lleva un arco y flechas. Son detalles que conviene saber cuando uno viaja.

Muerte desgraciada la del juez de Atletismo alemán Dieter Strack, de 75 años, quien falleció en Dusseldorf tras ser alcanzado por una jabalina. A su edad ya longeva, y presuponiendo ciertos problemas de vista, se lanzó a una meritoria carrera para medir la distancia del lanzamiento. Fue alcanzado en el cuello por la jabalina.

Menos meritoria resulta la muerte del famoso destilador de whisky Jack Daniel quien, al no recordar la combinación de su caja fuerte, se dedicó a darle de patadas. Se lastimó el dedo gordo y murió por la infección. Muerte tan absurda como la de Allan Pinkerton, creador de la primera agencia de detectives del mundo. Murió por morderse la lengua en una caída.

Pero pocas muertes tan estúpidas como la de Jennifer Strange, mujer de 28 años de Sacramento, que murió reteniéndose las ganas de orinar en un concurso de radio. Su cuerpo no soportó el exceso de agua, y falleció por hiperhidratación.  
 
El premio que hubiese conseguido: una consola Wii.

Acabamos: François Faber fue un ciclista Luxemburgués, ganador del Tour de Francia de 1909. No murió por causa de un accidente ciclista; su muerte tiene un algo de entrañable.

Faber se encontraba en una trinchera el 9 de mayo de 1915 en Carency, el frente occidental de la Primera Guerra Mundial. Recibió entonces un telegrama en el que se le informaba de que su esposa había dado a luz a una hija.
 

Faber, padre primerizo, empezó a aplaudir y gesticular entusiasmado. Con ello, le descubrió su posición a un francotirador alemán.

Y murió. Como tantos otros. Antes o después.
 
Inevitablemente.

Antonio Carrillo